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Tuesday 21 May 2024 | Actualizado a 15:14 PM

Del Silala a La Haya

Esta repetida derrota debe atribuirse a Evo, por su agresiva precipitación en el trato diplomático bilateral

/ 21 de febrero de 2020 / 21:52

Triste nostalgia visitar nuevamente la Corte Internacional de Justicia (CIJ), recorrer en el suntuoso Palacio de la Paz aquellos corredores, esos salones soberbios y particularmente la elegante sala de audiencias, donde el 1 de octubre de 2018 Bolivia frente a Chile perdió por segunda vez la añorada salida soberana al océano Pacífico. Ahora se debe responder, en última ronda de la fase oral, la demanda planteada en 2016 por Santiago contra La Paz a propósito de las aguas del Silala. Se trata del caudal hídrico que para los bolivianos se trata de emanaciones locales artificialmente canalizadas por intereses chilenos, con el fin de apropiarse del preciado líquido elemento. Por el contrario, Chile persiste en su tesis de que el Silala es un río internacional de curso sucesivo.

Cuatro años se sucedieron bajo el habitual rito de presentación de réplicas y dúplicas, memorias y contramemorias redactadas por las partes, destinadas al paciente estudio confiado a 15 jueces provenientes de otras tantas naciones, diferentes en origen y mentalidad, formados por distintas escuelas de pensamiento jurídico y doctos en materia de derecho internacional. Elegidos por su integridad personal, éstos deben necesariamente llegar al veredicto, firme e inapelable. Entretanto, los dos países litigantes han experimentado mutaciones entre sus protagonistas en el diferendo, asesorados —además— por equipos de calificados juristas contratados con jugosos estipendios.

Toda esa parafernalia vuelve a mis pupilas, cuando las prestaciones bolivianas, en cuatro ocasiones, a la cabeza del entonces presidente Evo Morales, clamaban histriónicamente su derecho al mar. Para ello, el caudillo cocalero, lejos de estimular con mayor maestría los argumentos que defendía, creyó oportuno impresionar al jurado haciéndose acompañar por un elenco policromo de mineros con casco, polleras con atuendo vernáculo, edecanes engalonados, y personajes notables del entorno provincial.

Pese a aquel primer fracaso, el 23 de marzo de 2016 Evo provocó a Chile con epítetos sonoros, atribuyéndole “robarse el agua”. Para su sorpresa, fue la diplomacia mapochina la que dos meses más tarde interpuso demanda formal en La Haya conminando a Bolivia a enfrentar otra disputa, esta vez por su derecho al uso de las merituadas aguas. Vanos fueron los esfuerzos para defender los puntos de vista nacionales tanto desde el ángulo jurídico como técnico-hidráulico. El resultado de ellos está contenido en la contramemoria que apunta: “una parte del Silala fluye de manera natural hacia Chile y, constituye, por tanto, un curso de agua internacional”.

Ante esa circunstancia de fait accompli (hecho consumado), el gobierno de Jeanine Áñez, por declaración de la canciller Karen Longaric, no tuvo otro recurso que retomar la posta, con el compromiso de “actuar con total transparencia en la conducción de la fase final en que se encuentra esta controversia”.

En suma, esta repetida derrota debe atribuirse a Evo Morales, por su agresiva precipitación en el trato diplomático bilateral con Chile, y por confiar una cartera ministerial tan importante como las relaciones externas a ciudadanos profanos en esa competencia, quienes, además de servir tan solo como decorado folklórico, fueron nefarios para los intereses patrios, por sus declaraciones inoportunas, sus traspiés protocolares y su incoherente ejecutoria.

* Es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Rebelión solidaria con Palestina

/ 11 de mayo de 2024 / 08:23

Es imposible dejar de comparar las revueltas estudiantiles de 1968 contra la guerra en Vietnam con las actuales insurrecciones que suceden en más de 80 centros universitarios estadounidenses de militante solidaridad con el pueblo palestino masacrado en Gaza. Es la reacción de notable repudio a la invasión de Israel en esa franja donde los incesantes bombardeos han destruido el 80% de sus estructuras habitables, de sus hospitales y escuelas, causando más de 34.000 víctimas fatales, mayormente mujeres y niños, sometidos hoy al hambre y la miseria. Es la conciencia moral de esa juventud que se indigna que su país que pregona estrepitosamente ser guardián de los derechos humanos, sea el principal aliado del régimen sionista al que nutre junto a una copiosa ayuda financiera, modernas armas y apoyo diplomático, para que aplaste a todo un pueblo en lo que en la Corte Internacional de Justicia ha sido acusado como genocidio. La actitud militante de ahora tiene mucho más mérito que aquella observada por la generación del 68, cuya motivación principal fue evadir la conscripción militar para no combatir en una guerra inmoral ajena al interés nacional. Los jóvenes de ahora, en cambio, están movidos por el sentimiento altruista de compasión con esa comunidad a la que se ha despojado de sus tierras, sometiéndola a una condición muy parecida a la esclavitud. ¿Qué demandan los insurrectos? Que se corte todo tipo de nexos académicos y financieros con empresas y asociaciones vinculadas a Israel, además de reclamar el alto al fuego inmediato. Para hacer más notoria su solidaridad con aquella causa, los estudiantes enarbolan banderas palestinas y cantan consignas de la resistencia como “del río (Jordán) al mar (Mediterráneo): un solo corazón”, cubiertos ostentosamente con los típicos kaffiyes (bufandas alba-negras cuadriculadas), con el propósito de identificarse con los combatientes de las intifadas.

Ante el contagio popular de la revuelta, las fuerzas policiales de Nueva York y Los Ángeles fueron movilizadas para hacer desocupar los predios universitarios con inusitada violencia, ejecutando 2.000 arrestos. Sin embargo, las asonadas continúan y se propagan fuera de Estados Unidos hasta México, Cuba, Australia, Alemania y principalmente Francia, donde la emblemática escuela de ciencia política Sciences Po está ocupada durante varios días en copia fiel a sus homologas americanas.

La preocupación crece en la Casa Blanca ante la proximidad de las elecciones presidenciales de noviembre y el notorio deterioro en las encuestas del candidato Biden, peligrosamente contaminado por la ambigüedad de su posición frente a ese conflicto. Y, la incursión armada en el sector fronterizo de Rafah, será la chispa que incendie todo el Medio Oriente.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de
Ciencias de Ultramar de Franci
a.

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George Orwell: el eterno profeta

/ 27 de abril de 2024 / 07:27

Cuando llegué por primera vez a Londres, Orwell había muerto hace pocos años (1950) y sus dos alegorías que se volverían best-sellers servían de catecismos en las frecuentes batallas intelectuales que se libraban en el fulgor de la Guerra Fría. Se trataba del clásico Animal Farm (Revuelta en la Granja) y del no menos celebrado 1984. Ambas obras influyeron grandemente en la juventud de la época para provocar dudas y alta dosis de escepticismo en las bondades pregonadas por el sistema imperante en la entonces Unión Soviética. La primera, escrita con refinada ironía, se trata de la revolución impulsada por los animales de la finca que culmina con la captura del poder, el subsecuente exilio de los patrones acusados de corruptos y la implantación de la dictadura en la hacienda, bajo consignas unánimemente aceptadas como aquella del comunismo invertebrado que decía “todos los animales son iguales”. Aunque las diferencias se hacían cada vez más notorias, pues los cerdos constituían la clase dominante, los perros organizaron la policía y los burros mayoritarios, formaban las masas trabajadoras. Sin embargo, el goce del poder por los puercos empezó a mostrar ciertas preferencias, entonces la teoría oficial trocó el eslogan así: “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que los otros”. Con esa secuencia, comencé a imaginar el denominado proceso de cambio operado en Bolivia a partir de 2006 y cuyo triste epílogo es la insuperable crisis económica e institucional que padece el país hoy en día.

1984: Bajo ese título premonitorio escrito 30 años antes —con parecida savia metafórica—, retrata el estado de no-derecho que regía en la Unión Soviética staliniana y pronostica que al cabo de unos años se convertiría en sofisticada dictadura, con justificaciones tan burdas como esa de “el hermano mayor te está cuidando”, o sea un fantasma inexistente, para paliar el asedio policial de la ciudadanía y persuadirla que, no obstante, está constantemente vigilada. Otra joya es el “ministerio de la verdad”, o sea el equivalente en Venezuela del Ministerio de Informaciones, que repite las 24 horas y por todos los medios, incluyendo altavoces, noticias ficticias que siendo la única fuente deben tomarse por verídicas, y la perla más exótica son los principios ideológicos como “la guerra es la paz” o “la libertad es la esclavitud” y “la ignorancia es la fuerza”. Este último parece prevalecer en las manifestaciones en las calles bolivianas.

George Orwell, pseudónimo de Eric Blair, murió de tuberculosis a los 46 años, casi la misma edad que el malogrado opositor ruso Alexei Navalny, y sus escritos han trascendido la flema literaria para convertirse en advertencias premonitorias del devenir político universal. En su juventud se alistó como policía colonial en el entonces Burma (hoy Myanmar), donde fruto de sus observaciones publicó Dias Burmeses, pasantía de cuatro años que lo indujo a una frenética vida sexual con prostitutas y esposas “coloniales”, como cuenta su reciente biógrafo Paul Theroux (ed. Mariner, 400 páginas), que lo dibuja como “un alma atormentada e ingenua” durante esas jornadas asiáticas. Lo que no consigna es el compromiso del autor con la libertad, porque Orwell también —en su momento— se alistó como voluntario en la guerra civil española para combatir al fascismo franquista, inspiración para su Homenaje a Cataluña.

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El asilo cuestionado

Carlos Antonio Carrasco

/ 13 de abril de 2024 / 06:58

La violenta irrupción policial ecuatoriana a la embajada mexicana en Quito, cometida el 5 de abril, para atrapar al exvicepresidente Jorge Glas escondido allí, ha provocado la ruptura de relaciones entre esos países y la reacción universal de condena al irrespeto a las convenciones y los tratados internacionales sobre la inmunidad territorial de las sedes diplomáticas y la potestad de conceder asilo político que goza el Estado acreditado. Esa figura típicamente latinoamericana ha sido hasta hoy sagradamente cumplida tanto por regímenes autocráticos como por gobiernos democráticos, por ello se explica el alboroto suscitado. Un recuento apurado de ejemplos emblemáticos nos trae a la memoria los 63 meses (1948-1954) de encierro que padeció el famoso líder peruano Víctor Raúl Haya de La Torre en la embajada colombiana en Lima, ante la negativa del dictador Manuel Odría de concederle el salvoconducto respectivo. Ni la Corte Internacional de Justicia en La Haya pudo resolver el diferendo, sino un acuerdo entre las partes que permitió el viaje del asilado a Bogotá. Otro caso singular fue la invasión americana (operación Justa Causa) a Panamá (1989) para extraditar al general Manuel Antonio Noriega (alias Cara de piña) de su refugio en la Nunciatura Apostólica, sin observar su condición de jefe de Estado en funciones, aduciendo sus nexos comprobados con el narcotráfico.

Irónicamente, fue en la legación de Ecuador en Londres donde encontró amparo por casi siete años (2012-2018) el australiano Julián Assange, fundador de WikiLeaks, acusado de espionaje por Washington, quien ahora está en manos de la Justicia británica.

Y también ha sido la sede diplomática ecuatoriana en La Habana la que fue intervenida en 1961 y 1981, por la policía castrista para impedir el refugio que buscaban disidentes cubanos.

En Bolivia, a raíz del narcogolpe de García Meza (1981), la presidenta Lydia Gueiler fue albergada en la Nunciatura Apostólica y yo, como su cumplido ministro de Educación y Cultura, encontré asilo en la embajada de Francia, en Obrajes, donde al cabo de tres meses, sin salvoconducto, tuve que salir sigilosamente al exilio.

La actual crisis bilateral entre Quito y México, como explica el comunicado oficial, tiene su origen en la incontinencia injerencista del presidente López Obrador, quien logra aquel extraño goce sensual injuriando a sus homólogos de la región. Esta vez, insinuando que Daniel Noboa salió victorioso, en los comicios del 20 de agosto de 2023, aprovechando el asesinato del candidato Fernando Villavicencio, insidia que provocó la declaración de persona no grata de su embajadora. En revancha, México concedió aceleradamente asilo político a Jorge Glas, sin observar que éste fue sentenciado por la Corte Suprema de Justicia por corrupción, a la pena total de 14 años de cárcel. Ante cierto rumor que un avión mexicano estaba listo para exfiltrar al sujeto fuera del país, aventura favorita de AMLO, el gobierno quiteño ordenó esa desafortunada incursión a la embajada.

En resumen, podrían existir dos avenidas para resolver este diferendo. La primera sería designar dos países amigos como mediadores para estudiar soluciones equitativas y la segunda, más escabrosa, que Ecuador devolvería a Jorge Glas al recinto diplomático mexicano, pero no le concedería el requerido salvoconducto, salvo decisión de la justicia local.

El haber acudido a la Corte Internacional de Justicia es retardar una rápida solución por meses o por años (como en el caso de Haya de La Torre) o acudir a las instancias regionales como la OEA o la Celac, es someter el caso al vaivén de las inclinaciones político-ideológicas del vecindario.

Carlos Antonio Carrasco
es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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La tercera guerra mundial

/ 30 de marzo de 2024 / 07:16

El reciente atentado horrendamente mortífero perpetrado por elementos del ala afgana (ISIS-K) del Estado Islámico, en el Crocus City Hall moscovita, cambia nuevamente el mosaico geopolítico del mundo, al anotar —otra vez— al terrorismo islamista como enemigo principal tanto de Occidente como del Eje del Este, señal inmediata es la declaratoria de alerta máxima en Francia, Italia y otros.

Ese episodio alimenta la inquietud latente entre los analistas de las principales capitales que ya auguraban hipotéticas situaciones emergentes del estallido de una guerra nuclear. Cuando se da por hecho la posible victoria de Donald J. Trump en las elecciones americanas de noviembre próximo, el New York Times escribe: “El riesgo de un conflicto nuclear va en aumento. Las naciones nucleares incrementan sus arsenales hacia la nueva carrera bélica. Hoy en día, la nueva generación de armamento conlleva impredecibles amenazas”, y bajo ese preámbulo describe las instalaciones subterráneas en Omaha del comando estratégico o StratCom, cuyo personal militar está en alerta 24/24 horas, pendiente de la orden presidencial para activar sus 3.700 misiles disponibles, sea para la defensa o el ataque. En cualquier caso, en cuenta regresiva se dispondría de 30 minutos para adoptar esa fatal decisión bajo la única responsabilidad del presidente en tanto que comandante en jefe. Justamente esa potestad que descansa en un solo hombre, alarma a los analistas, conociendo el temperamento volátil de Trump. Las otras potencias nucleares (China, Rusia, Francia, Reino Unido, Norcorea, India y Pakistán), tienen parecidas disposiciones, siendo la Rusia de Putin (reelecto hasta 2030) la más temible por contar con arsenales iguales en sofisticación a los de Estados Unidos. Siempre simulando hipotéticos escenarios, los países miembros de la Unión Europea están incrementando aceleradamente sus presupuestos de defensa, ante la contundente declaración de Trump de que, en caso de ser electo, no acudiría en defensa de aquellos países que se encuentren en mora en sus contribuciones a la OTAN y que dejaría a Rusia luz verde en sus arremetidas. Francia como potencia nuclear sería —obviamente— objetivo favorito de la ofensiva rusa. Ante esa eventualidad, el presidente Macron sostuvo su firme oposición a la posible victoria de Moscú sobre Kiev. Pero todo podría cambiar si, por ejemplo, Trump declarara su neutralidad ante ese conflicto y abandonaría su ayuda militar y financiera a Ucrania.

La angustia europea es tan grande que el principal tema de debate a las puertas de las elecciones parlamentarias de junio es precisamente la posición a seguir acerca de Ucrania.

Otro foco de tensión son las vidriosas relaciones de Tel Aviv con Washington, razón por la cual tanto Bibi Netanyahu como Vladimir V. Putin esperan ansiosamente el arribo de aquel nuevo inquilino en la Casa Blanca.

En el terreno de las relaciones internacionales, conocida la animadversión de Trump por el multilateralismo, seguramente prescindiría del rol de Naciones Unidas y se acomodaría a la realidad de fresca dicotomía de Occidente con el emergente “Sud-global”, que se va forjando en base del BRICS, donde la bulliciosa Rusia y la silente China pisan fuerte.

En suma, los próximos meses serán el prolegómeno de un nuevo mundo pleno de sorpresas y peligros, incluyendo la eliminación anticipada del candidato Trump.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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El otoño de los patriarcas

Carlos Antonio Carrasco

/ 16 de marzo de 2024 / 14:50

Con el dramático aumento de esperanza de vida, pareciera que la caricatura del patriarca retratada por García Márquez hubiese adquirido la tonalidad de irrefrenable epidemia en todos los confines del mundo, principalmente en los Estados Unidos con la aproximación de los comicios presidenciales en los que dos ancianos se disputan el cargo. Cualquiera que sea el ganador, Donald J. Trump tendría 82 al término de su mandato (2028) y Joseph R. Biden 86, conjetura que está provocando agria polémica en ambos bandos y que ha dado paso a remembranzas etéreas en la historia. En efecto, el legendario Dwight Eisenhower murió a los 78; Franklin Delano Roosevelt a los 63 y el simpático Ronald Reagan a los 93 años, dejando su pasantía en la Casa Blanca a los 79.

El debate se encandila acerca de cuán viejo es ser viejo para ejercer el cargo y en su caso los efectos colaterales que conlleva el peso de los años, citándose como riesgo para la seguridad del Estado, la perdida parcial de la memoria, lo que causa más hilaridad que conmiseración, como los recientes gafes en que incurrió Biden al confundir al presidente de Egipto con el de México o aquellas de Trump que llamó al mandatario húngaro como si fuera de Turquía. Sin embargo, otros casos más allá del Atlántico son mayormente patéticos si recordamos al argelino Abdulaziz Bouteflica, que gobernó desde su silla de ruedas hasta cumplir 82; también el tunecino Habib Bourgiba (84) o el actual mandamás de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas (88); el presidente de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang (81), sin contar la lista de octogenarios que se aferran al poder: Sabah al Jaber Sabah (91) en Kuwait; Emmerson Mnangagwa (81) en Zimbabue; Nangolo Mbumba (82) en Namibia; Paul Biya (91) en Camerún; Alaassane Ouattara (82) en Costa de Marfil; Alexander van der Bellen (80) en Austria; Michael D. Higgings (82) en Irlanda; Sergio Matarella (82) en Italia; George Vella (81) en Malta, y dejaremos de lado al papa Francisco (87 ), anclado en el Vaticano. Naturalmente, la paradoja es que la esperanza de vida en África, donde abundan las gerontocracias, es de 62 años, mientras que en Europa está fijada entre 77 y 83.

En Bolivia, la experiencia histórica bajo la veterana batuta no fue tan mala desde Tomas Frías (1874-1876), de 79 años, con impecable ejecutoria, hasta Víctor Paz Estenssoro, cuyo cuarto periodo salvó que “Bolivia se nos muera” cuando cumplía 82. Y, entre los presidentes más jóvenes, excepto el venezolano Antonio José de Sucre o el beniano Germán Busch, tampoco podría resaltarse en aquellos ni su brillo heroico ni alguna preclara inteligencia.

En lo que atañe a la conservación de una buena memoria, valga decir que el acopio de nombres y lugares en los octogenarios es geométricamente muy superior que en los adolescentes o en los treintañeros, por la simple razón que en los años vividos los viejos debieron recoger multitud de datos para almacenarlos en su cerebro, cantidad —obviamente— menos importante en los más jóvenes. Por lo tanto, el riesgo en los ancianos de no recordar será siempre mayor.

Muy atinadamente, Biden se defendió diciendo que “la cuestión que enfrenta nuestra nación no es cuán viejos seamos, si no cuán viejas sean nuestras ideas”.

Carlos Antonio Carrasco
es doctor en Ciencias Políticas y miembro
de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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