Voces

jueves 7 jul 2022 | Actualizado a 09:21

Pandemia y culto a la personalidad

Los republicanos están seguros de tener todo bajo control, con el liderazgo de un hombre que no cree en la ciencia

/ 7 de marzo de 2020 / 22:07

El equipo del presidente Donald Trump y sus aliados piensan —al menos por el momento— que el coronavirus COVID-19 es, en realidad, algo bueno para Estados Unidos. Además, consideran que se trata de un engaño perpetrado por los medios de comunicación y los demócratas. Encima, según ellos, no es para tanto, y agregan que los ciudadanos deberían comprar acciones de las empresas farmacéuticas. En cualquier caso, están seguros de tener todo bajo control, con el liderazgo de un hombre que no cree en la ciencia.

Desde el día en que Donald Trump salió elegido presidente de Estados Unidos, a algunos nos preocupó cómo su gobierno iba a afrontar una crisis no causada por él mismo. Extrañamente, llevamos tres años sin descubrirlo. Hasta ahora, todos los problemas graves que ha encarado la Casa Blanca, desde las guerras comerciales hasta el enfrentamiento con Irán, se los ha buscado el propio Gobierno. Pero parece que el coronavirus COVID-19 podría convertirse en la prueba que tanto temíamos. Y los resultados no tienen buena pinta.

La historia de la respuesta de Trump a la pandemia comenzó de hecho hace varios años. Prácticamente en cuanto asumió el cargo, empezó a recortar la financiación a los centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés). Lo cual llevó a su vez a este organismo a recortar en un 80% los recursos que dedica a los brotes epidémicos mundiales. Trump también cerró por completo el departamento del Consejo de Seguridad Nacional dedicado a la seguridad sanitaria mundial.

Los expertos advirtieron de que estas medidas exponían a Estados Unidos a graves riesgos. “Daremos vía libre a los microbios”, declaraba, hace más de dos años, Tom Frieden, un exdirector muy admirado de los CDC. Pero el gobierno de Trump tiene una idea preconcebida sobre la procedencia de las amenazas contra la seguridad nacional —básicamente, esa horrible gente de piel oscura— y es hostil a la ciencia en general.

De modo que hemos entrado en la crisis actual con una situación ya de por sí debilitada.

Y los microbios han llegado. La primera reacción de los trumpistas fue considerar el nuevo coronavirus como un problema chino, y también que lo que es malo para China es bueno para los estadounidenses. Wilbur Ross, secretario de Comercio, lo festejó como un acontecimiento que “acelerará la vuelta de puestos de trabajo a Norteamérica”. La historia cambió al quedar claro que el virus se estaba extendiendo mucho más allá de China.

En aquel momento, para los republicanos se convirtió en un engaño perpetrado por los medios de comunicación. Rush Limbaugh, locutor de radio y comentarista político conservador, opinaba: “Parece que el nuevo coronavirus está siendo utilizado como arma para derrocar a Donald Trump. Pues bien, voy a contarles la verdad sobre  este virus… El coronavirus es en realidad un resfriado común, amigos”.

Posiblemente no les sorprenda oír que Limbaugh estaba extrapolando. Allá por 2014, los políticos y los medios de derechas intentaron efectivamente utilizar como arma política un brote epidémico, el virus del Ébola, y el propio Trump escribió más de 100 tuits denunciando la respuesta del gobierno de Barack Obama (que fue de hecho bastante competente y eficaz en esta materia).

Y por si se lo están preguntando, no, el coronavirus COVID-19 no es como el resfriado común. De hecho, los primeros indicios apuntan a que puede ser tan mortal como la gripe española de 1918, que llegó a matar a 50 millones de personas.

Evidentemente, los mercados financieros no están de acuerdo en que el virus sea un engaño. El jueves anterior, el índice Dow Jones ya había perdido 3.000 puntos respecto a la semana pasada. La caída de los mercados parece preocupar más a la Casa Blanca que la perspectiva, ya saben, de que mueran personas. De modo que Larry Kudlow, jefe de economistas del Gobierno, se esforzó en declarar que el virus estaba “contenido” —contradiciendo a los centros para el Control y la Prevención de Enfermedades— e insinuó que los estadounidenses compraran acciones. La Bolsa siguió cayendo.

Llegados a ese punto, parece que el Gobierno Federal por fin se dio cuenta de que a lo mejor necesitaba hacer algo aparte de insistir en que todo iba fenomenal. Pero según Greg Sargent y Paul Waldman, periodistas de The Washing-­ton Post, inicialmente el equipo económico de Trump propuso pagar la respuesta al virus recortando la ayuda a los pobres; concretamente, las subvenciones para calefacción a personas de bajos ingresos. Crueldad donde la haya.

El miércoles pasado, el tuitero en jefe celebró una rueda de prensa sobre el coronavirus, buena parte de la cual la dedicó a lanzar pullas incoherentes contra los demócratas y los medios de comunicación. Sí anunció, no obstante, quién lideraría la respuesta del Gobierno ante esta amenaza. Y en lugar de poner al mando a un profesional sanitario, le ha dado el trabajo al vicepresidente, Mike Pence, quien mantiene una interesante relación con la política sanitaria y la ciencia.

Al comienzo de su carrera política, Pence mantenía una peculiar postura en materia de salud pública y afirmaba que fumar no mata. También ha insistido una y otra vez en que la evolución no es más que una teoría. Como gobernador del estado de Indiana, bloqueó un programa de intercambio de agujas que podría haber prevenido un importante brote de VIH, y en su lugar recomendó la oración. Y ahora, según The New York Times, los científicos de la Administración pública tendrán que pedir permiso a Pence para hacer declaraciones sobre el coronavirus COVID-19.

De modo que la respuesta de Trump a la crisis gira por completo en torno a sí mismo, está enteramente centrada en dar una buena impresión del presidente, no en proteger a Estados Unidos ni a sus ciudadanos. Si los hechos no dejan en buen lugar al Presidente, él y sus aliados atacan a los mensajeros, y echan la culpa a los medios de comunicación y a los demócratas, al tiempo que impiden que los científicos nos mantengan informados.

Y a la hora de escoger a personas para abordar una crisis real, Trump valora más la lealtad que la aptitud. A lo mejor el twitero en jefe —y Estados Unidos— tienen suerte y esto no acaba siendo tan malo como podría. Pero si alguien siente confianza ahora mismo es que no está prestando atención.

* es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008. © 2015 Th e New York Times. Traducción de News Clips.

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Locos, cobardes y el golpe de Trump

/ 4 de julio de 2022 / 00:23

Al igual que mucha gente, esperaba lo peor del comité del 6 de enero: discursos largos y monótonos, fanfarronadas de políticos presumidos, mucho él dijo, ella dijo. Lo que obtuvimos en cambio ha sido fascinante y aterrador.

Los sospechosos habituales, por supuesto, se fijan en los detalles —aunque nunca en los puntos cruciales, como el deseo de Donald Trump de participar en un asalto armado al Capitolio, y nunca, de forma reveladora, bajo juramento— y algunos medios de comunicación, vergonzosamente, les siguen el juego. Pero, siendo realistas, ya no hay duda de que Trump intentó anular los resultados de unas elecciones legales y, cuando todo lo demás falló, alentó e intentó instigar un ataque violento contra el Congreso.

Dejaré que los expertos legales averigüen si la evidencia debe conducir a un proceso penal formal y, en particular, si el propio Trump debe ser acusado de conspiración sediciosa. Pero ninguna persona razonable puede negar que lo que sucedió después de las elecciones de 2020 fue un intento de golpe, una traición a todo lo que representa Estados Unidos. Todavía veo a algunas personas comparando este escándalo con Watergate. Eso es como comparar el asalto y la agresión con una infracción de tránsito. Las acciones de Trump fueron, con mucho, lo peor que jamás haya hecho un presidente estadounidense.

Pero aquí está la cosa: docenas de personas dentro o cerca de la administración Trump deben haber sabido lo que estaba pasando; muchos de ellos seguramente tienen conocimiento de primera mano de al menos algunos aspectos del intento de golpe. Sin embargo, solo un puñado se ha presentado con lo que sabe.

¿Y qué hay de los republicanos en el Congreso? Es casi seguro que muchos, si no la mayoría, se dan cuenta de la enormidad de lo que sucedió; después de todo, el asalto al Capitolio puso sus propias vidas en peligro. Sin embargo, 175 republicanos de la Cámara votaron en contra de la creación de una comisión nacional sobre la insurrección del 6 de enero, con solo 35 a favor. ¿Cómo explicar esta abdicación del deber? Sin embargo, el ala no loca del Partido Republicano, con solo un puñado de excepciones, ha hecho todo lo posible para evitar cualquier ajuste de cuentas sobre el intento de golpe. Lo que me hace pensar en la naturaleza del coraje y la forma en que el coraje, o la cobardía, está mediado por las instituciones.

Los seres humanos pueden ser increíblemente valientes. Sin embargo, si el coraje físico es raro, el coraje moral, la voluntad de defender lo que crees que es correcto, incluso frente a la presión social para conformarte, es aún más raro. Y coraje moral es lo que los asociados de Trump y los miembros republicanos del Congreso carecen de manera tan notoria.

¿Es esto una cosa partidista? Realmente no podemos saber cómo responderían los miembros del otro partido si un presidente demócrata intentara un golpe similar, pero eso se debe en parte a que tal intento es más o menos inconcebible. Como los politólogos han señalado durante mucho tiempo, los dos partidos son muy diferentes, no solo en sus políticas, sino también en sus estructuras institucionales.

El Partido Demócrata, aunque puede estar más unificado que en el pasado, sigue siendo una coalición flexible de grupos de interés. Algunos de estos grupos de interés son dignos de elogio, otros no tanto, pero en cualquier caso la laxitud les da a los demócratas espacio para criticar a sus líderes y, si así lo desean, adoptar una posición basada en principios.

El Partido Republicano es una entidad mucho más monolítica, en la que los políticos compiten por quién se adhiere más fielmente a la línea del partido. Esa línea solía estar definida por la ideología económica, pero en estos días se trata más de posicionamiento en las guerras culturales y lealtad personal a Trump. Se necesita un gran coraje moral para que los republicanos desafíen los dictados del partido, y los que lo hacen son excomulgados de inmediato.

Hay una excepción que confirma la regla: la sorprendente posición a favor de la democracia de los neoconservadores, las personas que nos dieron la guerra de Irak. Ese fue un pecado terrible, que nunca se olvidará. Pero durante los años de Trump, cuando la mayoría del Partido Republicano se arrodilló ante un hombre cuyo horror comprendía completamente, casi todos los neoconservadores prominentes, desde William Kristol y Max Boot hasta, sí, Liz Cheney, se pusieron firmemente del lado del Estado de derecho.

¿De dónde viene esto? No creo que sea una calumnia para el coraje de esta gente señalar que los neoconservadores siempre fueron un grupo distinto, nunca completamente asimilado por el monolito republicano, con carreras que se basaban en parte en reputaciones fuera del partido. Podría decirse que esto los deja más libres que la variedad de jardín de los Republicanos a actuar de acuerdo con sus conciencias. Desafortunadamente, eso todavía deja el resto.

Si los demócratas son una coalición de grupos de interés, los republicanos son ahora una coalición de locos y cobardes. Y es difícil decir qué republicanos presentan el mayor peligro.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Los efectos del cambio climático

/ 27 de junio de 2022 / 01:31

The New York Times publicó un reportaje sobre la desecación del Gran Lago Salado, una historia que me avergüenza admitir que había pasado por alto. No estamos hablando de un acontecimiento hipotético en un futuro lejano: el lago ya ha perdido dos tercios de su superficie y los desastres ecológicos parecen inminentes.

Lo que está ocurriendo es bastante grave. No obstante, lo que me ha parecido en verdad aterrador del informe es lo que la falta de una respuesta eficaz a la crisis del lago dice sobre nuestra capacidad para responder a la amenaza mayor y, de hecho, existencial del cambio climático.

Si no te aterra la amenaza que supone el aumento de los niveles de gases de efecto invernadero, es que no estás prestando atención, algo que, por desgracia, mucha gente no hace. Y aquellos que son o deberían ser conscientes de esa amenaza, pero que obstaculizan la acción en aras de los beneficios a corto plazo o de la conveniencia política están, en un sentido real, traicionando a la humanidad.

Dicho esto, el hecho de que el mundo no actúe sobre el clima, aunque sea inexcusable, también es comprensible. Porque, como han señalado muchos observadores, el calentamiento global es un problema que casi parece diseñado para hacer que la acción política sea difícil. De hecho, la política del cambio climático es difícil por al menos cuatro razones.

En primer lugar, cuando en la década de 1980 los científicos empezaron a alertar sobre el problema, el cambio climático parecía una amenaza lejana, una cuestión que afectaría a las generaciones futuras. Algunos todavía lo ven así. Este punto de vista es un error garrafal: ya estamos viendo los efectos del cambio climático, en gran parte en forma de un aumento de la frecuencia e intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos. Pero eso es un argumento estadístico, lo que me lleva al segundo problema del cambio climático: todavía no es visible a simple vista, al menos para quienes no lo quieren ver.

Después de todo, el clima fluctúa. Las olas de calor y las sequías ya existían antes de que el planeta empezara a calentarse; las olas de frío siguen produciéndose incluso con un planeta en promedio más cálido que en el pasado. No hace falta un análisis sofisticado para demostrar que hay una tendencia persistente al alza de las temperaturas, pero a mucha gente no le convence ningún tipo de análisis estadístico, sofisticado o no, sino la experiencia en bruto.

Luego está el tercer problema: hasta hace poco, parecía que cualquier intento importante de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero tendría costos económicos significativos. Los cálculos serios de estos costos siempre eran mucho más bajos de lo que afirmaban los antiambientalistas y los espectaculares avances tecnológicos en materia de energías renovables han hecho que la transición a una economía de bajas emisiones parezca mucho más fácil de lo que cualquiera podría haber imaginado hace 15 años. Aun así, el miedo a las pérdidas económicas ha contribuido a bloquear la acción climática. Por último, el cambio climático es un problema global, que requiere una acción global y ofrece un motivo para no actuar. Cualquiera que inste a Estados Unidos a actuar se ha encontrado con el argumento contrario: “No importa lo que hagamos, porque China seguirá contaminando”.

Como he dicho, todas estas cuestiones son explicaciones para la inacción sobre el clima, no excusas. Pero la cuestión es que ninguna de estas explicaciones de la inacción medioambiental se aplica a la muerte del Gran Lago Salado. Sin embargo, los responsables políticos parecen no querer o no poder actuar.

Recordemos que no estamos hablando de cosas malas que puedan ocurrir en un futuro lejano: gran parte del lago ya ha desaparecido y la gran mortandad de la fauna podría empezar ya desde este verano. Y no hace falta un modelo estadístico para darse cuenta de que el lago se hace más pequeño. Desde el punto de vista económico, el turismo es una industria enorme en Utah. ¿Cómo le irá a esa industria si el famoso lago se convierte en un desierto envenenado?

Por último, no estamos hablando de un problema global. Es cierto que el cambio climático global ha contribuido a reducir la capa de nieve, que es una de las razones por las que el Gran Lago Salado se ha reducido. Pero una gran parte del problema es el consumo local de agua: si se pudiera frenar ese consumo, Utah no tendría que preocuparse de que sus esfuerzos fueran anulados por alguien en China o por cualquier otra razón.

Así que esto debería ser fácil: una región amenazada debería aceptar modestos sacrificios, algunos apenas más que inconvenientes, para evitar un desastre a la vuelta de la esquina. Pero no parece que esto vaya a ocurrir. Y si no podemos salvar el Gran Lago Salado, ¿qué posibilidades tenemos de salvar el planeta?

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Bezos, Musk y otros millonarios, a la derecha

/ 30 de mayo de 2022 / 00:47

Los sultanes de Silicon Valley están de mal humor político y algunos multimillonarios repentinamente se han puesto en contra de los demócratas. No es solo Elon Musk; otras personalidades destacadas, entre ellas Jeff Bezos, han hablado muy mal del gobierno de Joe Biden.

Cabe destacar la peculiaridad del momento en que algunos aristócratas de la industria tecnológica han decidido dar este giro a la derecha, en vista de la situación actual de la política estadounidense. Es cierto que algunos intereses económicos reales están en juego. Los demócratas propusieron nuevos impuestos aplicables a los ricos, y el presidente estadounidense, Joe Biden, ha designado a funcionarios conocidos por ser defensores de una política antimonopolio mucho más estricta. También es cierto que las acciones tecnológicas han bajado muchísimo de valor en meses recientes, lo que ha reducido en el papel la riqueza de magnates como Musk y Bezos.

En este momento, sin embargo, estas políticas parecen ser una posibilidad vaga. Sin embargo, lo que el dinero no siempre puede comprar es la admiración. Y resulta que es justo en esta área donde los titanes tecnológicos han sufrido pérdidas tremendas.

Permítanme hablar de teorías aburridas por un minuto. Por lo menos desde que se dio a conocer el trabajo de Max Weber hace un siglo, los sociólogos están conscientes de que la desigualdad social tiene varias dimensiones. Como mínimo, necesitamos distinguir entre la jerarquía del dinero, que les da a algunas personas una porción desmedida de la riqueza de la sociedad, y la jerarquía del prestigio, que les otorga a algunas personas un respeto especial y las hace objeto de admiración.

Las personas pueden ocupar lugares muy distintos en estas jerarquías. Las leyendas deportivas, las estrellas pop, los “influentes” de las redes sociales y, aunque no lo crean, los ganadores del Nobel, en general tienen una buena situación financiera, pero sin duda su riqueza es desdeñable en comparación con las grandes fortunas que vemos en la actualidad. En cambio, si bien los multimillonarios infunden reverencia entre aquellos que dependen de su generosidad, que incluso puede rayar en servilismo, muy pocos son figuras conocidas por el público en general, y todavía menos tienen grupos comprometidos de fanáticos.

Aunque ésta es la regla general, la élite tecnológica lo tenía todo. Sheryl Sandberg, de Facebook, por un tiempo fue un icono feminista. Musk tiene millones de seguidores en Twitter, muchos de los cuales son seres humanos reales y no bots, y en general han sido defensores fervientes de Tesla.

Su problema es que ahora han perdido el brillo. Las redes sociales, que en cierta época se consideraban una fuerza en favor de la libertad, ahora se consideran portadoras de desinformación. Por su parte, el propagandismo de Tesla se ha visto afectado por noticias sobre combustiones espontáneas y accidentes con el piloto automático. Los magnates del sector tecnológico todavía poseen una riqueza inmensa, pero el público —al igual que el Gobierno— ya no los tiene en el pedestal que solían ocupar. Y eso los está volviendo locos.

Por desgracia, la mezquindad plutocrática sí importa. El dinero no puede comprar admiración, pero sí puede comprar poder político; es desalentador que parte de este poder se despliegue en representación de un Partido Republicano que cada vez cae más en el autoritarismo.

Me atrevería a decir que el giro hacia la derecha de algunos multimillonarios del sector tecnológico es, además, totalmente bobo.

Es verdad que los oligarcas pueden hacerse muy ricos con autócratas como Viktor Orbán o Vladimir Putin, quien era profundamente admirado entre gran parte de la derecha estadounidense hasta que comenzó a perder su guerra en Ucrania.

Pero en estos días, para su desgracia y según varias fuentes, los oligarcas rusos están aterrados. Porque hasta la mayor riqueza ofrece poca protección contra el comportamiento errático y el deseo de venganza de los líderes que no tienen el menor respeto por el Estado de derecho.

Tampoco es que espere que personajes como Musk o Ellison aprendan algo de esta experiencia. Los ricos no se parecen nada a ti ni a mí: por lo regular, están rodeados de personas que les dicen lo que quieren oír.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Educación y desigualdad

/ 16 de mayo de 2022 / 01:14

El presidente Joe Biden dice que está analizando detenidamente el alivio de la deuda de los estudiantes, lo que probablemente significa que se avecina un alivio significativo. Por un lado, Biden prometió alivio durante la campaña de 2020. Por otro lado, es una prioridad progresista que puede abordar mediante una acción ejecutiva, lo cual es importante dada la extrema dificultad de obtener algo a través de un Senado dividido en partes iguales.

¿Cuánto alivio ofrecerá? No tengo ni idea. ¿Cuánto alivio debería ofrecer? Estoy a favor de ir tan grande como lo permitan las realidades políticas, pero entiendo que una condonación de deuda demasiado generosa podría producir una reacción violenta. Y no tengo confianza en saber dónde se debe trazar la línea.

Lo que creo que sé es que gran parte de la reacción violenta a las propuestas para el alivio de la deuda de los estudiantes se basa en una premisa falsa: la creencia de que los estadounidenses que han ido a la universidad son, en general, miembros de la élite económica. La falsedad de esta proposición es obvia para aquellos que fueron explotados por instituciones depredadoras con fines de lucro que los alentaron a endeudarse para obtener credenciales más o menos inútiles.

Lo mismo se aplica a aquellos que asumieron una deuda educativa pero nunca lograron obtener un título, no un grupo pequeño. De hecho, alrededor del 40% de los deudores de préstamos estudiantiles nunca terminan su educación. Pero incluso entre aquellos que lo logran, un título universitario difícilmente es una garantía de éxito económico. Y no estoy seguro de cuán ampliamente se entiende esa realidad.

Lo que se entiende ampliamente es que Estados Unidos se ha convertido en una sociedad mucho más desigual en los últimos 40 años más o menos. Sin embargo, la naturaleza de la creciente desigualdad no es tan conocida. Sigo encontrándome con personas aparentemente bien informadas que creen que principalmente estamos viendo una brecha cada vez mayor entre los que tienen educación universitaria y todos los demás. Esta historia tenía algo de verdad en las décadas de 1980 y 1990, aunque incluso entonces no tuvo en cuenta las enormes ganancias de ingresos en la parte superior de la distribución: el aumento del 1% y aún más entre el 0,01%.

Sin embargo, desde 2000, la mayoría de los graduados universitarios han visto estancarse o incluso disminuir sus ingresos reales. El Instituto de Política Económica tuvo un análisis muy útil de estos datos justo antes de la pandemia. Entre 1979 y 2000, hubo una coincidencia aproximada entre el crecimiento en una medida de la desigualdad general (la brecha entre los salarios en el percentil 95 y los del trabajador medio) y su estimación de la prima salarial promedio para los trabajadores con educación universitaria. Sin embargo, desde 2000, la desigualdad salarial ha seguido aumentando, mientras que la prima universitaria apenas ha cambiado. Además, no todos los graduados universitarios han tenido la misma experiencia. A algunos les ha ido bastante bien, pero muchos no han visto ganancias en absoluto.

Ahora, los estadounidenses en el percentil 95 no se consideran ricos, porque seguramente no lo son, en comparación con los directores ejecutivos, los financistas de fondos de cobertura, etc. No obstante, han visto ganancias sustanciales.

Por otro lado, el típico graduado universitario, que es, recuérdelo, alguien que lo logró y recibió un título acreditado, no lo ha hecho. Entonces, así es como lo veo: gran parte de la deuda estudiantil que pesa sobre millones de estadounidenses se puede atribuir a falsas promesas. Algunas de estas promesas fueron estafas puras y simples; piensa en la Universidad Trump.

Sin embargo, incluso aquellos que no fueron engañados por completo, fueron atraídos por mensajes de élite que les aseguraban que un título universitario era un boleto para el éxito financiero. Demasiados no se dieron cuenta de que las circunstancias de su vida podrían hacer que sea imposible terminar su educación: es difícil para los estadounidenses acomodados de clase media alta darse cuenta de lo difícil que puede ser permanecer en la escuela para los jóvenes de familias más pobres con ingresos inestables.

Muchos de los que lograron terminar descubrieron que las recompensas financieras eran mucho menores de lo que esperaban. Y demasiados de los que fueron víctimas de estas falsas promesas terminaron cargados con grandes deudas.

Por supuesto, hay muchos estadounidenses que han sufrido el aumento de la desigualdad. No diría que los deudores universitarios son mayores víctimas que, digamos, los camioneros que han visto caer sus salarios reales o familias atrapadas en áreas rurales en declive y pequeños pueblos. Y deberíamos estar ayudando a todas estas personas.

Desafortunadamente, la mayoría de las cosas que podríamos y deberíamos hacer por los estadounidenses necesitados, como extender el crédito fiscal ampliado por hijos, no se pueden hacer frente a 50 senadores republicanos, más Joe Manchin. El alivio de la deuda de los estudiantes, por el contrario, es algo que Biden puede hacer. Así que debería.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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La confrontación política llega a Disney

/ 2 de mayo de 2022 / 00:20

Hasta hace poco, la confrontación entre Disney y el estado de Florida podría haber parecido inconcebible. Los ataques de los republicanos de Florida contra el gigante del entretenimiento afectarán, probablemente mucho, a la economía del estado; implican un repentino bandazo hacia la intolerancia en un país que parecía cada vez más tolerante, y las acusaciones contra Disney son, en pocas palabras, delirantes.

Pero lo que está ocurriendo en Florida tiene lógica cuando advertimos que lo que están haciendo el gobernador Ron DeSantis y sus aliados no tiene nada que ver con políticas públicas y ni siquiera con la política en el sentido convencional. Más bien, lo que estamos atestiguando son síntomas de la transformación que ha tenido el Partido Republicano de ser un partido político normal a un movimiento radical construido en torno a teorías conspirativas e intimidación.

Disney World está en un “distrito especial” de más de 10.000 hectáreas dentro del cual, pese a estar pagando impuestos locales sobre la propiedad, la empresa proporciona servicios públicos básicos. Sin embargo, DeSantis promulgó una ley que elimina ese distrito, lo cual pondría en problemas a los contribuyentes locales, a quienes, al parecer, se les cargaría una deuda de más de $us 1.000 millones. Además de emplear a una gran cantidad de personas, este centro turístico atrae a millones de visitantes cada año. No obstante, todo esto quedó en riesgo cuando Florida aprobó su proyecto de ley “No digas gay”, el cual no solo restringía lo que las escuelas pueden decir sobre la identidad de género, sino que limitaba muchísimo sus facultades para orientar a los alumnos atribulados sin que sus padres lo autorizaran y daba pie a que los padres presentaran demandas por transgresiones a unas reglas poco definidas.

Disney no se pronunció acerca de esta ley mientras intentaban que se aprobara con rapidez. Pero una empresa del entretenimiento cuyo negocio depende en parte de su imagen pública, no puede parecer que va demasiado en contra de las costumbres sociales predominantes. Además, la sociedad estadounidense, en general, se ha vuelto mucho más abierta que antes en lo que respecta a la comunidad LGBTQ: la aprobación del matrimonio igualitario aumentó del 17%, en 1996, al 70% el año pasado. Ya muy tarde —tras la aprobación del proyecto de ley—, el director general de Disney finalmente hizo declaraciones de que la empresa estaba en contra. La respuesta de los republicanos ha sido muy radical; pero estos días siempre lo es.

Hace no mucho tiempo, se habría considerado inaceptable usar el poder del gobierno para imponerles sanciones económicas a las empresas por expresar opiniones políticas que no son de su agrado. De hecho, hasta podría ser inconstitucional. Pero el ataque a Disney ha ido mucho más allá de las represalias financieras: de pronto, Mickey Mouse es parte de una extensa conspiración. La vicegobernadora de Florida acusó a Disney en Newsmax de “adoctrinar” y “sexualizar a los niños” con su “plan no secreto”.

 Si esto les parece demencial —que lo es— también es con mayor frecuencia la norma de los republicanos. No creo que los informes políticos estén al día de qué tanto el Partido Republicano se ha “qanonizado”. Como señalé el otro día, casi la mitad de los republicanos creen que “demócratas importantes están involucrados en redes de tráfico sexual infantil de élite”. Esta cifra es todavía más impactante: el 66% de los republicanos creen en la “teoría del gran reemplazo” y aceptan, en su totalidad o en parte, la afirmación de que “el Partido Demócrata está intentando reemplazar al electorado actual con electores de países más pobres de todo el mundo”.

Con esta mentalidad, es lógico que los políticos republicanos ambiciosos promuevan políticas diseñadas para la paranoia de las bases y acusar a cualquiera que se oponga a estas políticas de ser parte de una conspiración perversa.

Además, las inusitadas características de los ataques contra Disney no solo alimentan la locura de las bases del Partido Republicano; lo absurdo de los ataques también es un mensaje intimidatorio para el mundo empresarial. Lo que, de hecho, dice es: “Sin importar cómo gestiones tu negocio o lo inofensivo que sea tu comportamiento, si criticas nuestras acciones o de alguna manera no demuestras lealtad a nuestra causa hallaremos algún modo de castigarte”.

Así que el conflicto con Disney es en realidad el síntoma de un acontecimiento mucho más profundo e inquietante: la qanonización y orbanización de uno de los partidos políticos más importantes de Estados Unidos, lo cual pone en peligro nuestra democracia.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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