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Wednesday 8 Feb 2023 | Actualizado a 19:07 PM

Un cataclismo para los planes de Trump

El Presidente está tratando una amenaza urgente como si fuese un problema de relaciones públicas.

/ 14 de marzo de 2020 / 23:27

Durante tres años, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha tenido suerte en todo. Solamente ha afrontado una crisis no provocada por él —el huracán María— y aunque su chapucera respuesta favoreció al potenciamiento de una tragedia que mató a miles de ciudadanos estadounidenses, las muertes se produjeron fuera de cámara, lo que le permitió negar que hubiera ocurrido algo malo.

Ahora, sin embargo, nos enfrentamos a una crisis mucho mayor con el coronavirus COVID-19. Y la respuesta del tuitero en jefe ha sido incluso peor de lo que sus detractores más duros podrían haber imaginado. Ha tratado una amenaza urgente como si fuese un problema de relaciones públicas, combinando la negación con frenéticas acusaciones a los demás. Su gobierno no ha proporcionado el requisito más básico para cualquier respuesta a la pandemia: pruebas generalizadas para hacer un seguimiento de la difusión de la enfermedad.

Tampoco ha aplicado las recomendaciones de los expertos en sanidad, y se ha dedicado a imponer absurdas prohibiciones de viajar a los extranjeros, cuando todo indica que la enfermedad ya está muy instalada en Estados Unidos. Y su respuesta a las repercusiones económicas ha oscilado entre la complacencia y la histeria, con una fuerte mezcla de amiguismo.

Es un misterio por qué el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades, normalmente un organismo muy competente, no ha proporcionado en absoluto recursos para efectuar pruebas generalizadas del nuevo coronavirus durante las primeras fases de la pandemia, tan cruciales.

Pero es difícil evitar la sospecha de que la incompetencia está relacionada con la política, quizá con el deseo por parte de Trump de restar importancia a la amenaza. Según la agencia de noticias Reuters, la Casa Blanca ha ordenado a los organismos sanitarios que traten todas las deliberaciones sobre el coronavirus COVID-19 como información reservada. No tiene sentido, y es de hecho destructivo desde el punto de vista de la política pública; pero tiene perfecto sentido si el Gobierno Federal no quiere que la ciudadanía sepa de qué modo sus acciones están poniendo en peligro la vida de los estadounidenses.

En todo caso, está claro lo que deberíamos hacer ahora que ya debe de haber miles de casos en todo Estados Unidos. Necesitamos ralentizar la difusión de la enfermedad creando “distancia social” —prohibiendo las reuniones grandes, animando a quienes puedan hacerlo a trabajar desde casa— y poniendo en cuarentena los puntos con más casos de contagio.

Tal vez esto no baste para impedir que enfermen decenas de millones de personas, pero extender la pandemia en el tiempo ayudaría a prevenir la sobrecarga del sistema sanitario, reduciendo enormemente el número de fallecidos. Pero en su discurso, Trump casi no ha hablado de eso; sigue actuando como si el coronavirus fuera una amenaza que los extranjeros están trayendo a Estados Unidos.

Y en lo que respecta a la economía, Trump parece fluctuar de día en día —incluso de hora en hora— entre las afirmaciones de que todo va bien y las exigencias de estímulos enormes y mal concebidos. Su grandiosa idea para la economía es una completa moratoria del impuesto sobre la renta. Según Bloomberg News, les dijo a los senadores republicanos que quería que la moratoria se extendiera “hasta las elecciones de noviembre, para que los impuestos no volvieran a cobrarse antes de que los votantes decidan si él mantiene o no su cargo”. Sería una medida enorme. Los impuestos sobre la renta suponen el 5,9% del PIB estadounidense. En comparación, el estímulo del gobierno de Barack Obama en 2009-2010 llegó a un máximo del 2,5% del PIB.

Pero estaría muy mal enfocado: grandes exenciones para los trabajadores con buenos salarios, y nada para los desempleados o aquellos sin baja médica remunerada. ¿Por qué hacerlo de este modo? Después de todo, si el objetivo es poner dinero en manos de los ciudadanos, ¿por qué no enviarles cheques? Al parecer, los republicanos no pueden concebir una política económica que no adopte la forma de una rebaja de impuestos.

El Mandatario también quiere supuestamente proporcionar ayuda a sectores específicos de la economía, entre ellos a la industria del petróleo y el esquisto, una continuación de los esfuerzos de su gobierno por subvencionar los combustibles fósiles.

En cambio, los demócratas han propuesto un paquete de medidas que abordaría de hecho las necesidades del momento: pruebas gratuitas para detectar el coronavirus, bajas por enfermedad remuneradas, ampliación de las prestaciones por desempleo, y un aumento de los fondos de contrapartida federales destinados a programas de sanidad pública; lo cual, al aliviar la presión sobre los presupuestos estatales, ayudaría a los estados a cubrir las demandas de la crisis y a sostener su gasto total.

Por cierto, fíjense en que estas medidas ayudarían a la economía en un año de elecciones, y por lo tanto, podría decirse que favorecerían políticamente a Trump. Pero los demócratas están dispuestos a hacer lo correcto de todas formas, en drástico contraste con el comportamiento de los republicanos tras la crisis financiera de 2008, cuando presentaron una oposición de tierra quemada a todo aquello que pudiera mitigar el daño.

Sin embargo, la Casa Blanca no quiere saber nada de esto, y uno de sus funcionarios llegó incluso a acusar a los legisladores demócratas de impulsar “un programa de izquierda radical”. Supongo que las bajas médicas remuneradas equivalen a socialismo, incluso en una pandemia.

Entonces, ¿qué está ocurriendo? Lo que estamos viendo es un cataclismo, no solo de los mercados, sino también de la mente de Trump. Cuando ocurren cosas malas, el tuitero en jefe solamente sabe hacer tres cosas: insistir en que las cosas van estupendamente bien y que sus políticas son perfectas, bajar los impuestos y darles dinero a sus amigotes.

Pero ahora la Casa Blanca se enfrenta a una crisis en la que ninguna de estas respuestas habituales va a funcionar y en la que, de hecho, necesita cooperar con la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, para evitar una catástrofe. Lo que vimos en su discurso del miércoles pasado fue su absoluta incapacidad para ponerse a la altura de la situación. Necesitábamos ver a un líder; lo que vimos fue a un fanfarrón incompetente y delirante.

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Menos población en China

/ 21 de enero de 2023 / 00:57

La población china disminuyó el año pasado por primera vez desde las muertes masivas asociadas con la desastrosa campaña del Gran Salto Adelante de Mao Zedong en la década de 1960. O tal vez sería más preciso decir que China ha anunciado que su población disminuyó. Muchos observadores están escépticos frente a los datos chinos.

En todo caso, queda claro que la población de China está o pronto estará en su punto máximo; lo más probable es que la población lleve varios años en picada. ¿Por qué el descenso de la población no es una buena noticia, un indicio de que en China y en el mundo en general habrá menos personas exigiendo los recursos de un planeta finito? La respuesta es que el declive de la población crea dos grandes problemas para la gestión económica. Estos problemas no son irresolubles, pues hay claridad intelectual y voluntad política. Pero ¿China estará a la altura del desafío? Eso no está nada claro.

El primer problema es que una población que disminuye también es una población que envejece y en todas las sociedades que conozco dependemos de los jóvenes para mantener a las personas mayores.

El otro problema es más sutil, pero también es grave. Para mantener el empleo pleno, una sociedad debe tener un gasto total que sirva para mantener la capacidad productiva de la economía. Podría pensarse que la disminución de la población, lo cual reduce la capacidad, facilitaría esta tarea. Sin embargo, la caída de la población —en especial de la población en edad de trabajar— tiende a reducir algunos tipos importantes de gasto, en particular el gasto en inversión. Después de todo, si disminuye la cantidad de trabajadores, hay menos necesidad de construir fábricas, edificios de oficinas, etcétera; si el número de familias disminuye, no hay mucha necesidad de construir viviendas.

El resultado es que una sociedad en la que hay un declive en la población en edad de trabajar —y en la que todo lo demás se mantiene igual— tiende a experimentar una debilidad económica persistente.

Desde hace mucho tiempo, China ha tenido una economía muy desequilibrada. Por razones que admito no comprender del todo, los formuladores de políticas han sido reacios a permitir que todos los beneficios del crecimiento económico pasado lleguen a los hogares, lo cual ha provocado una demanda de consumo relativamente baja.

En cambio, China ha sostenido su economía con tasas de inversión muy altas, muy superiores incluso a las que prevalecieron en Japón en la parte más alta de su infame burbuja de finales de la década de 1980. Invertir en el futuro suele ser bueno, pero cuando una inversión muy alta choca con una población en declive, es inevitable que una gran parte de esa inversión produzca rendimientos decrecientes.

De hecho, en este momento la economía de China parece depender de un sector inmobiliario increíblemente inflado, lo cual sin duda luce como una crisis financiera en ciernes.

Sería ingenuo suponer que China no puede hacerles frente a sus problemas demográficos. Después de todo, si consideramos el largo plazo, China ha sido una historia de éxito increíble, pues se transformó de una nación pobre y en desarrollo a una superpotencia económica en tan solo unas décadas.

El asunto es que para las economías, al igual que para los fondos de inversión, el rendimiento pasado no es ninguna garantía de resultados futuros. No sabemos hasta qué punto los retos demográficos de China la harán tropezarse, pero hay buenas razones para estar preocupados. He oído a pesimistas que describen la situación de China como si fuera similar a la del Japón posterior al auge, sin el mismo alto nivel de cohesión social que les permitió amortiguar la caída al gobierno y a la sociedad.

Ah, además, China es una superpotencia con un líder autoritario que parece errático. No creo que sea alarmista preocuparse de cómo reaccionará el país si le va mal a su economía.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Oligarcas engreídos

/ 26 de diciembre de 2022 / 01:24

Hace algunos años —creo que fue en 2015— recibí una lección rápida sobre lo fácil que es convertirse en una persona detestable. Era un orador invitado en una conferencia en São Paulo, Brasil, y mi vuelo de llegada se retrasó mucho. Los organizadores, preocupados de que no llegara a la hora de mi ponencia debido al tristemente célebre tráfico de la ciudad, hicieron arreglos para recogerme en el aeropuerto y llevarme directamente al techo del hotel en helicóptero.

Luego, cuando terminó la conferencia, había un automóvil esperando para llevarme de regreso al aeropuerto. Por un minuto me sorprendí pensando: “¿Qué? ¿Tengo que irme en coche?”. Por cierto, en la vida real suelo desplazarme casi a todos lados en metro.

En fin, la lección que aprendí de mi momento de mezquindad fue que los privilegios corrompen y generan con mucha facilidad una sensación de que se tiene derecho a ellos. Y, con toda seguridad, parafraseando a lord Acton, los enormes privilegios corrompen enormemente, en parte porque los muy privilegiados por lo general están rodeados de personas que jamás se atreverían a decirles que se están comportando mal.

Por eso no me sorprende el espectáculo de autoinmolación de la reputación de Elon Musk. Fascinado, sin duda… ¿quién no está? Pero cuando un hombre inmensamente rico y acostumbrado no solo a obtener siempre lo que quiere, sino también a ser un ícono venerado, descubre que no solo está perdiendo su aura, sino que además se está convirtiendo en objeto de burlas masivas, por supuesto que reacciona fustigando de manera errática y, en el proceso, empeora aún más sus problemas.

La pregunta más interesante es por qué en la actualidad estamos regidos por ese tipo de personas. Claramente estamos viviendo en la era del oligarca engreído.

Como recientemente señaló Kevin Roose en el Times, Musk todavía tiene muchos admiradores en el mundo de la tecnología. No lo ven como alguien malcriado que hace pataletas, sino como alguien que entiende cómo se debe manejar el mundo, una ideología que el escritor John Ganz llama bossism, la creencia de que la gente poderosa no debería tener que dar explicaciones a la gente común y corriente, ni siquiera enfrentar sus críticas. Los adeptos de esa ideología obviamente tienen mucho poder, aun si ese poder todavía no protege a personas como Musk de ser abucheadas en público.

Pero ¿cómo es posible esto? En realidad, no es una sorpresa que el progreso tecnológico y el creciente producto interno bruto no hayan creado una sociedad feliz e igualitaria. Desde que tengo memoria, tanto el análisis serio como la cultura popular han generado visiones pesimistas del futuro. Pero los críticos sociales, como John Kenneth Galbraith, y los escritores especulativos, como William Gibson, generalmente imaginaban distopías corporativistas que suprimían la individualidad, no sociedades dominadas por plutócratas ególatras y susceptibles que exhibían sus inseguridades a la vista del público.

Entonces, ¿qué sucedió? Sin duda, parte de la respuesta es la gran concentración de la riqueza entre los más ricos. Antes del fiasco con Twitter, ya muchas personas comparaban a Elon Musk con Howard Hughes en el declive de sus últimos años. Sin embargo, la riqueza de Hughes, incluso calculada en dólares actuales, es trivial en comparación con la de Musk, aun tras la reciente caída de las acciones de Tesla. En términos más generales, los mejores cálculos disponibles afirman que la proporción de la riqueza total en manos del 0,00001% más rico hoy en día se ha multiplicado casi 10 veces con respecto a hace cuatro décadas. Además, es indudable que la inmensa riqueza de la superélite moderna ha generado mucho poder, incluido el poder de actuar como un niño malcriado.

Más allá de eso, muchos de los supermillonarios, que como clase solían ser en su mayoría reservados, ahora se han vuelto celebridades. Sin duda, el culto al genio emprendedor ha jugado un papel importante en la debacle gradual de las criptomonedas. Sam Bankman- Fried de FTX no estaba vendiendo un producto real, ni tampoco se sabe que lo estén haciendo sus antiguos competidores que todavía no se han declarado en bancarrota: después de todo este tiempo, a nadie se le ha ocurrido un uso significativo en el mundo real para las criptomonedas que no sea lavado de dinero. Más bien, lo que Bankman-Fried vendía era una imagen: la del visionario con cabello desprolijo y vestimenta desaliñada que entiende el futuro como la gente normal no puede hacerlo.

Musk no está exactamente en la misma categoría. Sus compañías producen automóviles que en verdad se desplazan y cohetes que en verdad viajan. Pero las ventas y en especial el valor de mercado de sus empresas dependen, al menos en parte, de la fuerza de su marca personal, a la cual parece que no puede dejar de destrozar cada día.

Al final, Musk y Bankman-Fried podrían terminar haciendo un gran servicio público al empañar el mito del genio emprendedor, que tanto daño ha hecho. Pero, por ahora, las gracias de Musk en Twitter están degradando lo que se había convertido en un recurso útil, un lugar al que algunos de nosotros acudíamos para obtener información de personas que realmente sabían de lo que estaban hablando. Y parece cada vez más improbable que esta historia vaya a tener un final feliz.

¡Ah!, y si esta columna hace que me suspendan de Twitter —o si el sitio simplemente muere por la mala gestión—, pueden seguir en Mastodon algunas de las cosas en las que pienso, al igual que las opiniones de un número cada vez mayor de refugiados de Twitter.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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¿Cómo China perdió la guerra contra el COVID?

/ 4 de diciembre de 2022 / 01:08

¿Recuerdas cuando el COVID iba a instaurar a China como la potencia dominante del mundo? Todavía a mediados de 2021, mi bandeja del correo estaba llena de alusiones a que el aparente éxito de China en contener el coronavirus mostraba la superioridad del sistema chino respecto al de las sociedades occidentales que, como dijo un analista, “no tenían la capacidad de organizar con rapidez a todos los ciudadanos en torno a un objetivo particular”.

En este momento, sin embargo, China se tambalea mientras otros países están regresando, más o menos, a la vida normal. El país continúa con su política de cero COVID, imponiendo restricciones draconianas en las actividades cotidianas cada vez que surgen casos nuevos. Esta situación está provocando grandes dificultades personales y entorpeciendo la economía; las ciudades en confinamiento representan casi el 60% del PIB de China.

A principios de noviembre, según informes, muchos trabajadores huyeron de las instalaciones de Foxconn, una enorme planta que fabrica iPhones, no solo porque temían quedar confinados, sino también por temor a pasar hambre. Y en los últimos días, muchas personas en ciudades de toda China se han enfrentado a una represión férrea por manifestarse en contra de las políticas gubernamentales.

No soy experto en China, y no sé qué consecuencias tendrá esto. Por lo que entiendo, los verdaderos especialistas en el país tampoco lo saben. Pero creo que vale la pena preguntarse qué lecciones podemos sacar del paso de China de ser un posible modelo a seguir a convertirse en un ejemplo de debacle.

Es importante enfatizar que la lección no es que no debamos implementar medidas de salud pública durante una pandemia. A veces esas medidas son necesarias. Pero los gobiernos deben ser capaces de cambiar las políticas públicas ante circunstancias cambiantes y a partir de nueva evidencia.

Lo que estamos viendo en China es el problema de los gobiernos autocráticos que no pueden admitir sus errores y no aceptan evidencia que no les gusta.

En el primer año de la pandemia, las restricciones severas, incluso draconianas, tenían sentido. Nunca fue realista imaginar que los mandatos obligatorios del uso de mascarilla e incluso los confinamientos podrían evitar la propagación del coronavirus. Lo que podían hacer, más bien, era ralentizarla.

En un inicio, el objetivo en Estados Unidos y en muchos otros países era “aplanar la curva” y evitar un pico de casos que desbordaran los sistemas de atención médica. Después, cuando quedó claro que habría vacunas efectivas disponibles, el objetivo fue o debería haber sido retrasar las infecciones hasta que la vacunación generalizada lograra brindar protección.

Vimos esta estrategia en lugares como Nueva Zelanda y Taiwán, que al comienzo de la pandemia impusieron reglas estrictas que mantuvieron los casos y las muertes en niveles muy bajos y luego, cuando sus poblaciones alcanzaron la vacunación generalizada, flexibilizaron las reglas. Incluso con las vacunas, la apertura derivó en un aumento pronunciado de casos y muertes, pero no tan grave como habría ocurrido si estos lugares se hubieran abierto antes, por lo que el total de muertes per cápita ha sido mucho más bajo que en Estados Unidos.

Pero los líderes de China parecen haber creído que los confinamientos podrían acabar con el coronavirus permanentemente, y han estado actuando como si todavía creyeran eso, incluso cuando hay una cantidad abrumadora de evidencia que prueba lo contrario.

Al mismo tiempo, China fracasó en diseñar un plan B. Muchos chinos de edad avanzada —el grupo más vulnerable— aún no tienen su esquema completo de vacunación. China también se ha rehusado a utilizar vacunas fabricadas en el extranjero, a pesar de que las vacunas creadas en el país, que no usan tecnología de ARNm, son menos efectivas que las que están recibiendo en el resto del mundo.

Todo esto deja al régimen de Xi Jinping en una trampa creada por él mismo. Está claro que la política de cero COVID es insostenible, pero eliminarla significaría admitir el error, algo que no les resulta fácil a los autócratas. Además, relajar las reglas significaría un aumento importante en los casos y muertes.

No solo muchos de los chinos más vulnerables no se han vacunado o han recibido vacunas de menor eficacia sino que, como se ha buscado erradicar el coronavirus, pocas personas tienen inmunidad natural. También el país tiene muy pocas camas de cuidados intensivos, lo que hace que China no tenga la capacidad de lidiar con una ola de COVID.

Es una pesadilla, y nadie sabe cómo terminará. Pero ¿qué es lo que el resto de nosotros podemos aprender de China?

Lo primero es que la autocracia no es, en realidad, superior a la democracia. Los autócratas pueden actuar con rapidez y decisión, pero también pueden cometer grandes errores porque nadie puede decirles que se equivocan. En un nivel básico, existe una semejanza clara entre la negativa de Xi a rectificar su política de cero COVID y el desastre de Vladimir Putin en Ucrania.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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¿Este es el fin de la criptoindustria?

/ 23 de noviembre de 2022 / 02:25

Eventos recientes han hecho evidente la necesidad de regular a la criptoindustria, que creció de la nada hasta alcanzar una capitalización de mercado de $us 3 billones hace un año, aunque la mayor parte de ese valor ya se evaporó. El problema es que también parece probable que esta industria no logre sobrevivir la regulación.

Así se ha desarrollado la historia hasta ahora: la criptoindustria alcanzó su máxima fama entre el público el año pasado, cuando apareció por primera vez en pantalla el comercial en el que Matt Damon dice que “la fortuna favorece a los valientes”, patrocinado por la casa de cambio con oficinas en Singapur Crypto.com. En esa época, el bitcóin, la criptomoneda más famosa, se vendía por más de $us 60.000.

En este momento, el valor del bitcóin es de menos de $us 17.000. Así que las personas que compraron la criptomoneda después de ver el anuncio de Damon han perdido más del 70% de su inversión. De hecho, como la mayoría de las personas que compraron bitcoines lo hicieron cuando el precio era alto, la mayoría de las personas que invirtieron en bitcoines —alrededor de tres cuartas partes de los inversionistas, según un nuevo análisis del Banco de Pagos Internacionales— han perdido dinero hasta ahora.

Lo cierto es que el precio de los activos baja todo el tiempo. Quienes compraron acciones de Meta, la empresa que antes se llamaba Facebook, al tope de su valor el año pasado han sufrido pérdidas casi de las mismas proporciones que quienes invirtieron en bitcoines.

Así que la caída de precios no significa forzosamente que las criptomonedas estén perdidas. Sin duda, los seguidores de las criptomonedas no se darán por vencidos. Según un informe de The Washington Post, muchas de las personas que se suscribieron a Twitter Blue Verified, el desastroso intento (ahora en pausa) de Elon Musk para sacarles dinero a los usuarios de Twitter, eran cuentas que promovían política de derecha, pornografía y especulación de criptomonedas.

Más revelador que los precios ha sido el derrumbe de las instituciones de la criptoindustria. La más reciente, FTX, una de las mayores casas de cambio, anunció declararse en quiebra y, al parecer, quienes la operaban sencillamente huyeron con miles de millones de dólares de los inversionistas, fondos que quizá utilizaron para intentar apuntalar, sin éxito, a Alameda Research, empresa perteneciente al mismo grupo.

Sin embargo, después de 14 años, las criptomonedas casi no han logrado ningún avance en su objetivo de adoptar el papel tradicional del dinero. Son demasiado peculiares para poder utilizarlas en transacciones ordinarias. Su valor es muy inestable. De hecho, relativamente pocos inversionistas están siquiera dispuestos a guardar sus claves criptográficas, pues el riesgo de perderlas, por ejemplo, si las guardan en un disco duro que termina en un vertedero, es muy grande.

Por eso, la mayoría de las criptomonedas se compran a través de casas de cambio como Coinbase y (sí, efectivamente) FTX, que aceptan tu dinero y guardan los tókenes de criptomonedas por ti.

Estas casas de cambio no son nada menos que —atención— instituciones financieras, cuya habilidad de atraer inversionistas depende nada menos que —de nuevo, atención— de la confianza de esos inversionistas. En otras palabras, en su evolución, el ecosistema de las criptomonedas se ha convertido exactamente en aquello que supuestamente quería remplazar: un sistema de intermediarios financieros cuya capacidad de operar depende de la confianza que proyecten.

Si es así, ¿qué caso tiene? ¿Qué valor fundamental tendría una industria cuyos méritos, en el mejor de los casos, se limitan a reinventar la banca convencional?

Peor aún, la confianza en las instituciones financieras convencionales se basa en parte en la validación del “tío Sam”: el gobierno supervisa a los bancos, regula los riesgos que pueden tomar y garantiza muchos depósitos; en cambio, las criptomonedas operan prácticamente sin ninguna supervisión. Por eso, los inversionistas dependen de la honestidad y competencia de los empresarios; cuando los acuerdos que ofrecen son extraordinariamente ventajosos, los inversionistas no solo deben creer en su competencia sino en su genialidad.

¿Cómo ha funcionado hasta ahora? Como a los partidarios les encanta recordarnos, las predicciones anteriores sobre el fracaso inminente de las criptomonedas han sido erróneas. De hecho, que los bitcoines y sus monedas rivales no puedan utilizarse en realidad como dinero no quiere decir que no tengan ningún valor; después de todo, podría decirse lo mismo del oro.

Pero si el gobierno por fin se decide a regular a las firmas de la criptoindustria, lo que, entre otras cosas, les impediría prometer rendimientos imposibles de obtener, es difícil identificar alguna ventaja que puedan ofrecer en comparación con los bancos ordinarios. Incluso si el valor del bitcóin no cae hasta cero (cosa que todavía podría ocurrir), hay muchos motivos para esperar que la criptoindustria, que lucía tan imponente hace apenas unos meses, termine en el olvido.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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La verdad sobre la economía de EEUU

/ 6 de noviembre de 2022 / 00:30

A medida que nos acercamos a las elecciones de mitad de periodo, la mayor parte de la cobertura política que veo enmarca la contienda como una lucha entre los republicanos que se aprovechan de una mala economía y los demócratas que intentan asustar a los votantes sobre la agenda social regresiva del Partido Republicano.

Los votantes, de hecho, perciben una mala economía. Pero las percepciones no necesariamente coinciden con la realidad. ¿Cómo se compara la economía actual con la víspera de la pandemia? Primero, hemos tenido una recuperación más o menos completa en empleos y producción. La tasa de desempleo, del 3,5 %, vuelve a estar donde estaba antes de que llegara el virus. También lo es el porcentaje de adultos en edad productiva empleados. El producto interno bruto está cerca de lo que la Oficina de Presupuesto del Congreso estaba proyectando antes de la pandemia.

Esta buena noticia no debe darse por sentada. En los primeros meses de la pandemia, hubo muchas predicciones de que provocaría “cicatrices”, daños persistentes al empleo y al crecimiento. La lenta recuperación de la recesión de 2007-2009 aún estaba fresca en la memoria de los economistas. Entonces, la velocidad con la que hemos regresado al pleno empleo es notable, tanto que podríamos llamarla la Gran Recuperación.

Aun así, aunque los trabajadores pueden volver a tener trabajo, ¿no se ha visto muy afectado su poder adquisitivo por la inflación? La respuesta puede sorprenderte. En septiembre, los precios al consumidor fueron un 15% más altos que en vísperas de la pandemia. Sin embargo, los salarios promedio aumentaron un 14%, casi igualando la inflación. Los salarios de los trabajadores no supervisores, que representan más del 80 % de la fuerza laboral, aumentaron un 16 %. Por lo tanto, no hubo un gran impacto en los salarios reales en general, aunque la nafta y los alimentos, que no se ven muy afectados por la política, pero son muy importantes para la vida de las personas, se volvieron menos asequibles.

Pero, ¿reducir la inflación no requerirá una recesión fea? Tal vez, y las predicciones generalizadas de recesión pueden estar afectando la percepción pública. Pero son predicciones, no un hecho establecido, y muchos economistas no están de acuerdo con esas predicciones.

Sin embargo, a pesar de lo que he dicho, el público tiene percepciones económicas muy negativas. ¿No nos dice eso que la economía realmente está en mal estado? No, no lo hace. La gente sabe lo bien que lo está haciendo. Sin embargo, sus puntos de vista sobre la economía nacional pueden diferir marcadamente de su experiencia personal.

Para ser justos, el resurgimiento de la inflación después de décadas de inactividad, combinado con los temores de una posible recesión, ha desconcertado a muchos estadounidenses. El punto, sin embargo, no es que el público se equivoque al estar preocupado; es que las opiniones públicas negativas sobre la economía no refutan la proposición de que a la economía le está yendo bien en muchas, aunque no en todas, las dimensiones.

Ahora, no estoy sugiriendo que los demócratas pasen sus últimos días de campaña diciéndoles a los votantes que la economía está realmente bien. No lo está. Pero los demócratas tampoco deberían admitir que la economía en general está en mal estado. Han pasado cosas muy buenas bajo su mando, sobre todo una recuperación del empleo que ha superado las expectativas de casi todos. Y tienen todo el derecho de señalar que mientras los republicanos pueden denunciar la inflación, los republicanos no tienen ningún plan para reducirla.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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