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Monday 22 Jul 2024 | Actualizado a 03:25 AM

Vivir bajo el influjo del coronavirus

El COVID-19 ha puesto a prueba la economía mundial y la eficacia de los modelos políticos

/ 20 de marzo de 2020 / 20:19

El símbolo más contundente (y a la vez el más patético) de la globalización ha sido sin duda la aparición del COVID-19, aquel virus mortal, made in China, cuya propagación suma y sigue ya por 120 países, golpeando a centenas de miles de personas y matando a millares, incluyendo a 250 en un solo día en Italia. Además de sus consecuencias devastadoras a nivel sanitario, el COVID-19 ha puesto a prueba la economía mundial y la eficacia de los modelos políticos: ¿autocracia o democracia? Hay que añadir que sus efectos colaterales están causando un daño pedagógico irreparable en millones de jóvenes, que se ven privados de educación por el cierre de escuelas, colegios y universidades.

En París, luego del dramático discurso del presidente Emmanuel Macron invocando la unidad nacional para enfrentar este flagelo, no cabía duda de que toda la comunidad se encontraba inerme ante un enemigo invisible y feroz, que ataca arteramente a ricos y pobres; a poderosos y humildes; a hombres, mujeres y niños; cebándose especialmente con los ancianos y los enfermos crónicos.

A ello se agrega la decisión de Donald Trump de poner en cuarentena por 30 días a todo estante y habitante del continente europeo que desee visitar o transitar por territorio estadounidense. Su ultimátum causó hipertensión entre sus compatriotas y otros viajeros que temían un ostracismo sine die. Como acompañamiento sonoro a la tragedia, las emisiones informativas de televisión, radio o prensa describen la evolución de la pandemia, con estadísticas espeluznantes y comentarios aguateros que pronostican cuando menos un año de sufrimientos antes que la ansiada vacuna sea elaborada y distribuida.

Las reglas para evitar el contagio alteran los usos y costumbres más tradicionales, como vetar el darse la mano o besarse en las mejillas, ritos sociales típicamente franceses. También se recomienda la distancia de al menos un metro con su interlocutor, el lavarse las manos con abundante jabón al menos siete veces al día y luego frotarse los dedos con gel hidro-alcohólico.

Las drásticas medidas gubernamentales desembocan en el cierre de fábricas, hoteles, líneas aéreas, varias modalidades de transporte, y podrían significar el fin de suministros fluidos a los supermercados alimenticios. Ese ambiente apocalíptico provoca la afluencia masiva de la clientela a los almacenes de abarrotes, para provisionarse de artículos de primera necesidad. Inútil relatar que la escasez de jabón y del ahora afamado gel hidro-alcohólico es notoria.

El uso del transporte en común inevitable para millones de peatones sigue afluente, haciendo caso omiso a las recomendaciones oficiales, aunque se nota que precavidos usuarios viajan enmascarados, tocan los pestillos de puertas y ventanas con manos enguantadas y se miran unos a otros con sospecha. Las conversaciones cotidianas tienen una sola temática: el coronavirus, salpicadas de cierto grado de morbosidad al comentar que Trump estaría contaminado al igual que el brasileño Bolsonaro; el premier canadiense, Justin Trudeau; el vicepresidente español, Pablo Iglesias; el actor Tom Cruise o el futbolista Cristiano Ronaldo. Mayor fruición en los chismes resalta el contagio de siete diputados del Parlamento francés y del Ministro de Cultura.

Italia, enclaustrada en sí misma, y Francia dudando si imitaría ese extremo, nos trae el recuerdo de la llamada “gripe española”, que entre 1917 y 1918 causó en Europa 50 millones de muertos. O cuando en esos mismos territorios, durante la Edad Media, las aldeas urbanas amuralladas, impedían el paso de los pestíferos que, excluidos, esperaban una muerte solitaria en las puertas de la ciudad, llorando su desgracia.

La impotencia de la ciencia, de la política y de la religión me trae a la memoria el verbo poético de César Vallejo cuando dice que “hay golpes en la vida, tan fuertes, yo no sé… golpes como el odio de Dios…”. Pero si ese fuera el caso, ¿por qué ese castigo divino?

* Es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia

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OTAN, en búsqueda de enemigos

Carlos Antonio Carrasco

/ 20 de julio de 2024 / 08:40

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) celebró ruidosamente en Washington del 9 al 11 de julio, el 75 aniversario de su fundación, arropada por representantes de sus 32 países miembros. Esta entidad que poco antes de la intervención militar rusa en Ucrania fue calificada por Emmanuel Macron como victima de “muerte cerebral”, recuperó su razón de ser para justificar su existencia en un contexto distinto a la guerra fría, durante la cual fue creada en 1949. Motivo central de la agenda fue, por supuesto, el compromiso de incrementar la ayuda militar en el frente ucraniano y redoblar esfuerzos para evitar una victoria rusa.

Aparte del lenguaje habitual en el comunicado final que implica a China como contribuyente furtivo a la maquinaria bélica de Moscú, los comensales descubren —además— con alborozo, en la cuenca del Indo-Pacífico, un nuevo objetivo de preocupación, aunque esa zona no se encuentre ni en el Atlántico ni en el Norte. Las próximas elecciones presidenciales americanas estuvieron como fantasma subyacente de las deliberaciones y las decisiones del cónclave. Por ello, se aguardó con marcado interés la conferencia de prensa anunciada por Joe Biden, en la que debía recuperar su imagen derrotada en el debate con Donald Trump. Lejos de ese propósito, aparentemente el evento confirmó los rumores acerca de su salud mental al llamar “presidente Putin” al mandatario ucraniano Volodimir Zelenski.

Sin embargo, a mi modo de ver, no fue un lapsus, sino más bien la revelación de su subconsciente sobre el notable parecido entre Putin y Zelenski, pues ambos prolongan esa guerra absurda para mantenerse en el poder, no obstante que el primero fue ratificado por elecciones y el segundo prorroga su férula más allá del periodo constitucional, sin que a ninguno le preocupe sacrificar —indefinidamente— miles de jóvenes vidas.

El ucraniano, ingenuamente, manifestó su inquietud por la posible victoria de Trump, porque, evidentemente, el magnate tiene una pobre opinión de ese pacto militar donde —por ahora— los intrínsecos intereses norteamericanos no están directamente afectados y, en la coyuntura ruso-ucraniana, desde la Casa Blanca, según él, acabaría la guerra en 24 horas. Entretanto, irónicamente, el 3 y 4 de julio, en Astana (capital de Kazakstán) también se reunieron los 10 países que, apadrinados por Pekín y Moscú, componen la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) que en su ala militar se asemeja a los objetivos de la OTAN, pero haciendo contrapeso en el nuevo esquema geopolítico mundial en el que, por ejemplo, en África, tres naciones (Mali, Níger y Burkina Faso) han reemplazado las misiones militares francesas por similares rusas.

Finalmente, cabe destacar que entre los halcones de guerra allí reunidos buscando afanosamente enemigos, brilló la excepción del primer ministro húngaro Víctor Orban, presidente pro tempore de la Unión Europea, quien acababa de cumplir una gira relámpago por Kiev, Moscú y Pekín, en infructuosa gestión de paz para Ucrania que fue cuando menos solitaria oportunidad para la diplomacia en medio del mortífero estimulo armamentista.

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Biden-Macron: un paralelo catastrófico

Carlos Antonio Carrasco

/ 6 de julio de 2024 / 09:09

La proximidad de las elecciones presidenciales en Estados Unidos y los comicios parlamentarios en Francia, convocados para este mismo año pleno de turbulencias, coloca en el espejo de la política internacional a dos gobernantes disimiles que enfrentan igual fenómeno emergente: el populismo, desde áreas geográficas distantes, pero encarando idénticos escollos que escapan al control de su poder.

Desde Washington, Joseph Robinette Biden Jr., mas conocido como Joe Biden, a sus 81 años brega por su reelección como presidente en las elecciones programadas para el 5 de noviembre, coronando su carrera política que comenzó como joven senador en 1975, escalando todos los peldaños hasta la vicepresidencia cuando Obama. Está marcado por trágicas desgracias en su vida privada al perder a su primera esposa junto a su hija en aquel accidente automovilístico; más tarde a su hijo Beau, víctima de un cáncer y finalmente, sufrir los avatares de la adicción de su hijo Hunter, hoy procesado judicialmente por otras infracciones. Tras casi cuatro años en la Casa Blanca, el balance de su gestión podría calificarse como positivo, ello apoya ser aún el candidato único del Partido Demócrata, pese a su desastrosa prestación en el debate frente a Donald J. Trump, su adversario republicano.

En cambio, en Paris, Emmanuel Jean-Michel Frederic Macron, a sus 46 años, quien ejerce desde 2017 —reelecto en 2022— la presidencia con un corte casi imperial, sostenido por la mayoría de su partido (ahora) Renaisance, cuya buena parte de sus escaños acaba de perder en las recientes elecciones parlamentarias. Contrariamente a Biden, Macron, a nivel personal, lleva días tranquilos, sin hijos, junto a su esposa Briggitte, su antigua profesora de literatura, su mayor en 20 años…, seducida con esfuerzos dignos de novela romántica. No obstante que su mandato fenece recién en 2027, el sistema semiparlamentario francés otorga amplio poder a la Asamblea Nacional, cuya mayoría escapó de las manos presidenciales, obligándole quizá a gobernar en “cohabitación” con un primer ministro de la oposición, probablemente del RN (Agrupación Nacional) reputado de extrema derecha, en cuyo caso su iniciativa gubernativa quedará seriamente recortada. De darse ese paso, el primer ministro será Jordan Bardella (28), protegido de Marina Le Pen, inefable rival de Macron en las disputas presidenciales.

Tanto Biden como Macron confrontan sus agendas de gestión democrática con propuestas populistas de alto contenido irresponsable, curiosamente en temas parecidos como la inmigración, la seguridad ciudadana y la economía popular. Además, puntos candentes de política exterior podrían optar por rumbos diferentes a los trajinados hasta hoy. Por ejemplo, la ayuda militar y financiera a Ucrania en su pleito con Rusia, en cuyo paquete el envío de tropas francesas o europeas quedaría excluido y la contribución americana a la OTAN tendría un marcado retroceso. En ambos puntos, el Kremlin tendría gran motivo de regocijo.

Carlos Antonio Carrasco
es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia

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Francia en su laberinto

Carlos Antonio Carrasco

/ 22 de junio de 2024 / 08:13

Cuando Emmanuel Macron, en 2017, a sus 39 años, irrumpió como bólido demoliendo los partidos tradicionales, al conquistar la presidencia de la República, con su flamante formación “En marcha”, se propuso modernizar el Estado emprendiendo audaces reformas largamente postergadas. Entonces contaba con sólida mayoría en la Asamblea Nacional. Ahora, en el séptimo año de su mandato (reelecto por el segundo quinquenio en 2022), está sin control parlamentario y enfrenta problemas internos que, añadidos a la frágil situación externa, empañan su gestión gubernamental ocasionando la caída de su popularidad hasta menos del 30%. Ante aquel panorama desalentador se celebró el 9 de junio el sufragio para el Parlamento Europeo, en el que sus partidarios apenas alcanzaron el 14,6% siendo batidos por el RN (Agrupación Nacional), que con el 31,4% se graduó como la primera entidad política del país. Esas cifras fueron decisorias para que Macron, invocando el artículo 12 de la Constitución, disuelva mediante decreto la Asamblea Nacional y llame a elecciones anticipadas para el 30 de junio y de acuerdo con la ley, al balotaje para el 7 de julio. Esta medida adoptada precipitadamente causó devastador terremoto político y tomó por sorpresa a propios y extraños porque puso al electorado frente al dilema de votar por el RN reputado de ser de ultraderecha o por el nuevo Frente Popular (FP) situado en el extremo izquierdo, al haber logrado la hazaña de reclutar en su seno a todos los sectores progresistas. La Renaissance macronista estaría ubicada en el centro. Si la tendencia de los sondeos se confirma, el próximo resultado electoral daría el primer lugar al RN en la mayor parte de las 577 circunscripciones en disputa, relegando al segundo puesto al Frente Popular y a un tercero al macronismo. Ello forzaría a Macron a lo que se denomina la “cohabitación” con la ineluctable designación de un primer ministro emergente del RN. La mera posibilidad de aquella coyuntura provocó manifestaciones antifascistas y alineamientos tan singulares como la declaración del celebrado campeón Kylian Mbappe convocando a no votar por los extremos. En suma, el país está dramáticamente dividido, corriendo el riesgo de tornarse ingobernable si en la Asamblea Nacional no podría conformarse una mayoría absoluta. Pero si asumiese RN el gobierno, trataría de ejecutar su discutible programa que incluye la abolición del jus-solis (derecho de suelo) para los nacidos de padres extranjeros, la revisión radical de las leyes migratorias y una menor dependencia de la Unión Europea. El anunciado duelo electoral entre los extremos del mosaico político está plagado de curiosas contradicciones, por ejemplo, sobre el flanco exterior, RN, con fama de fascista, es partidaria de Israel y contraria a Hamás en el pleito en Gaza, reafirmando su posición contra lo que señala como el islamo-izquierdismo, mientras el Frente Popular es solidario con Palestina y condena acremente el genocidio contra su pueblo. Tanto RN como el FP, aunque retóricamente critiquen la invasión en Ucrania, tienen furtivas aproximaciones con Moscú. En cambio, Macron y sus tropas sostienen la “ambigüedad estratégica” pregonada por el gobierno acerca de los dos frentes de guerra. Por otro lado, en los ajetreos preelectorales han aflorado figuras de la nueva generación política como Jordan Bardella (28), prospectivo primer ministro de RN, activista surgido de barrios populares y sin estudios superiores, y el actual premier Gabriel Attal (34), macronista que, sin ser enemigo de las mujeres, confiesa ser mas amigo de los hombres.

En una semana más, el 30 de junio, se aclarará la escala política o por el contrario se esperará el balotaje del 7 de julio cuando se definirá el porvenir de la nación. Entretanto, cabe la sola reflexión que en una palabra sería: ¿incertidumbre?

Carlos Antonio Carrasco
es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Primavera en París

/ 8 de junio de 2024 / 07:53

Con leves lluvias en torno a un aire fresco, París se prepara a ser una vez mas la capital del mundo, en ocasión de los Juegos Olímpicos (JJOO) que se desarrollarán del 26 de julio al 11 de agosto, donde miles de atletas llegados de decenas de países competirán en todas las disciplinas deportivas, bregando arduamente por sus respectivas banderas. Han sido tres años de trabajos forzados para construir la Villa Olímpica, habilitar estadios, limpiar las aguas del Sena y maquillar calles y avenidas donde se disputarán los trofeos que como calentamiento preliminar trajinó la llama olímpica recorriendo por mar y tierra desde Grecia hasta la capital gala.

Entre tanto, los 20 barrios parisinos siguen, separadamente, sus habituales usos y costumbres, porque cada uno de ellos es un universo aparte. Así por ejemplo, en el Séptimo arrondisement (barrio) situado alrededor de la Torre Eiffel, que es donde yo habito desde hace 30 años, los vecinos, aunque siguen sus tareas cotidianas, se alarman ante la noticia que 15 millones de turistas arribarán durante los JJOO y —obviamente— querrán retratarse delante de la famosa torre, para guardar esa imagen para la posteridad. Esa anunciada avalancha ha copado todos los hoteles y los hospedajes temporales modalidad Airbnb sin reclamo alguno por la elevación de costos, gracias a la especial circunstancia.

Desde ahora, los 80 millones de turistas que anualmente invaden el hexágono francés ya deambulan las calles de mi vecindario con sus conocidos atuendos estivales, GPS portable en la mano, buscando lugares emblemáticos del circuito turístico, restaurantes baratos y tiendas de suvenires (made in China). Entre los extranjeros, se abren paso las y los parisinos de a pie, con aire de fastidio ante tanta multitud foránea. Apoltronado en mi café favorito, desde la acera, me entretengo en distinguir las particularidades que van y vienen. Fácilmente identificables están —por ejemplo— las damas sexagenarias francesas que en gran proporción disminuyen con la edad, dramáticamente, de estatura, sobrepasando raramente el metro y medio. ¿A qué se debe ese fenómeno morfológico? Por otra parte, es asombrosa la mayoría de seniors que lucen o deslucen sus blancas cabelleras, con o sin bastón de apoyo. En menor cantidad se asoman en las calzadas jóvenes veinteañeros, siempre presurosos, sin saber adónde van ni dónde llegar. Como lunares visibles, los inmigrantes, legales o no, se ocupan de labores ingratas pero necesarias como el recojo de basura o la limpieza acuífera de las calles. Aquí y allá se observan los distribuidores humanos de mercancías o de comida rápida generalmente de origen africano, galopando sus bicicletas. Con el envejecimiento de la población y la baja fecundidad cuesta imaginarse quién asumiría todos esos roles reservados por ahora a los vilipendiados inmigrantes. Volviendo al cercano jardín del Campo de Marte se ve que los perros de toda raza, olor y color disputan espacio con los infantes al cuidado de sus nodrizas, mientras la propaganda política se incrementa para las elecciones parlamentarias europeas del domingo 9 de junio, cuando el viento sople alto y fuerte hacia la derecha extrema.

Carlos Antonio Carrasco
es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Perfil del jefe de Hamás

Carlos Antonio Carrasco

/ 25 de mayo de 2024 / 08:56

Bajo la censura total imperante y la ausencia de prensa extranjera en la Franja de Gaza, se hace difícil obtener datos de fuente segura acerca de la evolución de la situación provocada por la invasión israelí en esa zona. Sin embargo, el New York Times, mediante corresponsales encubiertos, se da modos para revelar las atrocidades cometidas por los agresores y las avenidas posibles para el “día después” de la guerra. Entre esos elementos he recogido ciertos indicios acerca del estancamiento de las negociaciones en curso para arribar a un anhelado cese al fuego, la liberación de los rehenes y la posibilidad de una tregua de larga duración. Los contactos entre las partes beligerantes, sean en El Cairo o en Doha, se realizan mediante representantes de alto nivel de países mediadores como el director de la CIA americana, diplomáticos egipcios o cataríes y delegados de Hamás. Luego, las conclusiones se trasladan para su aprobación o enmiendas al gabinete de guerra del premier hebreo Benjamín Netanyahu y, por otro lado, a los túneles en Gaza donde la última luz verde está en manos de un personaje singular llamado Yahya Sinwar, de quien se dice ser “el muerto que camina” por haber eludido innumerables intentos de asesinato orquestados por Tel Aviv, tarea en la cual descuella el aparato judío. En efecto, su baja es uno de los mayores objetivos militares de las fuerzas de ocupación. Pero… quién es Sinwar. A sus 62 años, cabello cano, bigote y barba rala, solo sus ojos negros proyectan esa mirada fría, inexpresiva. De mediana estatura, posee el carisma natural que lo catapultó a la cima del poder político y militar de Hamás. Su carrera partidaria comenzó cuando concluyó en 2001 su encierro de 20 años en las mazmorras israelíes acusado de ser autor de la muerte de algunos palestinos sospechosos de colaborar con el enemigo. En la cárcel, aprendió con fluidez la lengua hebrea y pudo estudiar profundamente la estructura del Estado judío, sus fortalezas y las debilidades de su complicado mosaico político. De retorno a su nativa Gaza, no le fue difícil ser reconocido como líder del intrincado tejido de compartimentos estancos que caracteriza a Hamás. Se dice que Sinwar fue el arquitecto de los luctuosos hechos del 7 de octubre de 2023 y responsable ostensible de sus consecuencias para la población gazatíe. No obstante, analistas más cínicos piensan que el 7 de octubre revivió la causa palestina que ya estaba olvidada incluso por los países árabes proclives a los acuerdos de Abraham. Además, la asimétrica campaña militar que destrozó casi totalmente la infraestructura de Gaza y causó 35.000 muertes civiles y 70.000 heridos, produjo el repudio universal de Israel en las Naciones Unidas, los organismos internacionales y la opinión pública en general; puso en duda el sostén tradicional de Estados Unidos, su mejor aliado, e impulsó el fraccionamiento de la sociedad israelí y hasta del judaísmo mundial. Por el contrario, la solidaridad con Palestina creció exponencialmente y sigue aumentando conforme más dura sea la represión, en particular con el asedio a Rafah, al punto que en la Corte Internacional de Justicia se considera calificar esa ofensiva como genocidio.

Irónicamente, tanto Netanyahu como Sinwar, indiciados en La Haya como criminales de guerra, comparten iguales motivos personales para prolongar la matanza. Mientras el primero está consciente que al final del conflicto, él saldría derrotado electoralmente, el segundo sabe que la devolución de los rehenes significaría también el término de su escondite al convertirse en el blanco favorito de su propio asesinato selectivo, incluso una vez pactada la paz.

Carlos Antonio Carrasco
es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia

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