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Sunday 25 Feb 2024 | Actualizado a 01:28 AM

El miedo al ‘otro’

El Covid-19 ha resultado muy efectivo para la desmovilización, para la aceptación y para la exacerbación del miedo al ‘otro’.

/ 28 de marzo de 2020 / 22:24

Desde octubre pasado, el catálogo de injusticias que hemos tenido que soportar se hace tan pesado que ya la indignación se cansa. Y peor ahora, que el Covid-19 ha resultado muy efectivo para la desmovilización, para la aceptación y para la exacerbación del miedo al “otro”. Porque el miedo al coronavirus es abstracto, inasible. Mientras que el miedo a quien se te aproxima tosiendo por la calle es concreto, y hace emerger lo más básico de nuestros instintos de supervivencia.

Y no es que hayamos estado escasos de ese rechazo visceral a quien consideramos ajeno a nuestra identidad, perteneciente a un grupo alterno, inferior, distinto al grupo que consideramos “nuestro”. El “quién soy yo” se define, desde siempre, en relación a quién no soy, a quién es el otro. La idea misma del estado nacional se basa en crear la ilusión de una comunidad imaginada, que borra nuestras diferencias y nos hace sentir que todos somos parte del mismo bando. Pero en tiempos de dictadura y de corona no hay amor que valga. La cuarentena nos separa físicamente uno del otro, y las redes sociales se convierten en el espacio donde se ventilan todos los miedos, disfrazados de un odio que no por ser ancestral es menos doloroso.

El temor al contagio se ha convertido en una excusa más para trazar las diferencias entre los “civilizados”, que educadamente obedecen al Gobierno y se quedan recluidos, y los “salvajes”, que comen chuño y salen a la calle a vender a pesar de las prohibiciones. A estos últimos debe caerles el más duro peso de la ley, dicen quienes se proveen en el supermercado una o dos veces cada día.

El miedo genera violencia, eso es sabido. Violencia de policías metiendo a la gente a patadas a sus casas. Violencia del ministro que amenaza con cárcel y persigue a quienes se atreven a publicar un video no autorizado. Violencia de vecinos que impiden a los enfermos ser atendidos en hospitales públicos. Violencia simbólica que racializa el virus y lo pinta de alteño, colla, cocalero, indio… No importa si es en relación a un virus o a un proceso político, el miedo al otro es el justificativo para todas las injusticias que nos han impedido ser una sola comunidad imaginada a lo largo de casi dos siglos. Y el miedo se exacerba en momentos de crisis, cuando la sobrevivencia física o política del grupo dominante se percibe en riesgo, y el culpable es el “otro”.

Considerar al otro “salvaje” (vándalo, terrorista, horda…) implica bestializarlo, y justifica el odio de quien siente amenazados sus privilegios. Si el “otro” es una bestia sedienta de sangre que está viniendo a tu barrio a saquearte y a atacarte, es “normal” que quieras defenderte. Y es natural que lo odies. Considerar al otro “ignorante” (engañado, llama, masiburro…) implica inferiorizarlo y justifica, por tanto, el desprecio de quien siente avasallado su espacio. Si el “otro” es un ignorante, que no sabe lo que hace ni por qué lo hace, es “normal” que quieras quitarle el derecho a decidir por sí mismo. Y es natural que lo excluyas y lo arrincones.

Considerar al otro “sucio” (pagado, corrupto, narcotraficante…) implica inmoralizarlo y justifica, por tanto, el asco de quien se cree superior. Si el “otro” es un ser sin valores ni principios, que actúa solamente por intereses bajos, es “normal” que lo excluyas de la vida social. Y es natural, casi, que se lo elimine por completo.

Es descorazonador ver el nivel de violencia simbólica y verbal que campea por las calles y las redes sociales desde octubre. Claro que antes también existía, pero estaba más escondida. Claro que ese miedo disfrazado de odio, desprecio y asco está en la esencia misma de nuestra formación social y nacional. Las trincheras que los vecinos construyeron en las esquinas de sus casas para defenderse de las “hordas de salvajes” que venían para atacarlos desde El Alto o las áreas rurales se han repetido cíclicamente en nuestra historia. Aunque no las veamos, siguen ahí. Es un virus más peligroso que el Covid-19, la peste y el cólera combinados.

* Es cineasta

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El amor y la belleza

/ 30 de julio de 2023 / 01:28

El 28 de julio pasado abrió sus puertas la Casa Museo Inés Córdova-Gil Imaná: una hermosa casita en Sopocachi, donde se guarda y exhibe la vida y las obras de esos dos grandes artistas. El mundo que rodeó la vida de Inés y de Gil fue un mundo de amor y de belleza. Son pocos los que pueden reivindicar esa enorme fortuna.

Encontrar belleza en los objetos cotidianos: la forma de los cerrojos, las manos de las ancianas, la madera de las puertas. Encontrar el amor a una edad temprana, y por cincuenta años compartir tus obsesiones, tus decisiones y tus horas.

El amor entre Gil e Inés es ya leyenda. Eran tan distintos en estilos, en técnicas y en temperamentos, pero a la vez tan complementarios, tan amantes, tan compañeros… Inés era abstracta, ecléctica, franca. Gil era figurativo, constante, dulce. Juntos construyeron una vida plácida y enfocada en el arte, trabajaron juntos y por separado, viajaron, expusieron, publicaron, promovieron, enseñaron, inspiraron. La historia del arte boliviano no se puede contar sin mencionarlos.

En los últimos años de su larga vida su principal preocupación fueron sus hijos de tela, color y textura, su progenie de arte. ¿Qué iba a ser de ellos cuando ya no estén sus padres para protegerlos? ¿A dónde iban a ir a parar centenas de pinturas, cerámicas, collages, tallados, esculturas, tejidos, reliquias?

Inés murió en mayo de 2010, abriendo para Gil una etapa frenética y oscura. Durante una década se afanó en catalogar todas las obras artísticas hechas por Inés, hechas por él, coleccionadas por ambos a lo largo de toda su vida. Se dedicó a sanear la titularidad de la casa en la que trabajaron y vivieron, a buscar la manera de que ese inmenso patrimonio artístico y espiritual los sobreviviera en el tiempo.

Luego de sopesar varias opciones, Gil eligió a la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia para que recibiera en donación su casa familiar y todo su patrimonio artístico, con el compromiso de crear con ellos un Museo.

En abril de 2017 Gil firmó la entrega simbólica de la donación, pero los trámites burocráticos y legales se extendieron hasta agosto de 2019. El mismo día en que se inauguró la exposición Homenaje a un Amor en el Museo Nacional de Arte (la exposición número 103 de la carrera artística de Gil Imaná), se firmó la protocolización final de las donaciones. Ahora solo queda esperar, me dijo en los días siguientes.

Gil partió al encuentro de su amada Inés el 28 de enero de 2021. Se fue sin haber podido ver a sus hijos de arte protegidos y cuidados en la Casa Museo de sus sueños.

Ha tomado un tiempo, pero el sueño ha podido cumplirse. La inmensa obra de Inés Córdova y Gil Imaná ha pasado a manos, ojos y corazón del pueblo boliviano, a través de la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, el Centro de la Revolución Cultural y el Museo Nacional de Arte.

La muestra con que se inaugura la Casa Museo Inés Córdova-Gil Imaná, Tránsito en el tiempo, es una muy reducida representación del arte, la vida y el amor de la pareja. Y el museo en su forma actual es también una sola etapa de lo que más adelante será un espacio más amplio. En los meses y años siguientes, cuando el resto de los ambientes de la casa se vayan remodelando, se podrá mostrar una selección mayor de las más de 6.000 obras que forman parte de la donación.

Desde mañana lunes la Casa Museo estará abierta al público. Vayan, vayan todos a ver cómo el amor puede transformarse en belleza: metales, piedra, lana, fuego, arcilla; ponchos, banderas, tormentas, niebla; cuerpos entrelazados, que a fuerza de amarse se convierten en un solo monolito de piedra.

Verónica Córdova es cineasta.

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Frío

/ 2 de julio de 2023 / 00:08

Hay lugares en el mundo donde en invierno hace mucho más frío que acá. Oslo, por ejemplo. Fargo. Nuuk. Vladivostok. Pero en ninguno de esos sitios la gente sale a la calle para calentarse al sol. Al contrario: se quedan adentro y encienden una chimenea, una estufa o la calefacción.

En La Paz, en cambio, cuando ya no aguantamos las heladeras que llamamos oficinas salimos a la terraza, al patio o hasta a la calle para calentarnos un poquito. Por lo menos los potosinos —que tienen un problema parecido al nuestro— son precavidos y no van a ningún lado sin su frazadita a cuadros colgada del brazo. Los orureños no cuentan, porque ellos hacen trampa: toman api a cada rato.

En el invierno paceño nos abrigamos poco porque bajo el abrigo no se ve la corbata o el trajecito sastre con el que nos gusta presentarnos al trabajo. Utilizamos estufas que llenan el ambiente de gas. Tecleamos la computadora con guantes de lana. Enjuagamos las tazas con agua hirviendo antes de servir en ellas el café. Hace unos años quemábamos en San Juan las sillas viejas y los periódicos y nos alegrábamos tomando ponche y saltando sobre el fuego. Ahora ni eso hacemos.

Los paceños vivimos el invierno con un estoicismo parecido a la estupidez. Sufrimos el frío como si no hubiera forma alguna de controlarlo. Habiendo ahora gas domiciliario en muchos barrios ¿cómo puede ser que no se le ocurra a alguien instalar calefacción central, no ya en las casas, pero por lo menos en los hospitales y las escuelas? ¿Cómo puede ser que se siga construyendo viviendas sin aislamiento térmico?

En lo que va de este invierno, ya hemos visto dolorosos casos de personas sin techo (o con exceso de tragos) que mueren de hipotermia. Hemos visto también casos de familias que intentan calentarse con hornillas o estufas poco seguras, se duermen con estos aparatos encendidos y terminan intoxicadas por monóxido de carbono. El frío, si bien es un fenómeno natural, recurre cada año con regularidad y existen herramientas meteorológicas que nos permiten prever su agudeza y su duración. ¿Cómo es posible que lo único que se nos ocurra para evitar sus consecuencias dañinas sea retrasar una hora el ingreso a la escuela o la oficina? ¿Y todos los que empiezan su jornada a las 4 o 5 de la mañana, que son la mayoría? ¿Y todos los que deben hacer cola desde esa hora inconcebiblemente fría para acceder a servicios públicos como una inscripción en Derechos Reales o una cita con el cardiólogo?

Y, siendo La Paz una ciudad de inviernos fríos, de viviendas sin calefacción central ni aislamiento térmico ¿cómo puede ser que se permita una suerte de ley de la selva, donde cada nuevo edificio le quita el sol —y por ende, el calor— al edificio de al lado, a la casa de abajo, al parque del frente y a la vida de todos los que tuvieron la mala suerte de vivir allí antes que el edificio recién llegado?

Por lo menos tenemos el consuelo de saber que los ladrones de sol tendrán poco tiempo para disfrutarlo.

Porque en el terreno de al lado se está planificando ya otro edificio.

Verónica Córdova es cineasta.

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Impunidad

/ 21 de mayo de 2023 / 06:00

Siete de cada 10 mujeres en Bolivia han sufrido alguna vez de violencia sexual. Cada año 14.000 mujeres denuncian una violación, lo que podría pensarse equivale a 38 violaciones cada día. Pero no es así: La verdadera dimensión de esta tragedia no la conocemos, ya que la mayor parte de las agresiones sexuales no llegan a ser denunciadas.

Hay otros datos que, yuxtapuestos a los anteriores, tal vez nos ayuden a aproximarnos al verdadero número de violaciones que efectivamente suceden, aunque no se denuncien. Cada año la red de hospitales públicos de Bolivia atiende a 27.000 mujeres por complicaciones de abortos incompletos, lo que podría pensarse equivale a 74 abortos cada día. Pero no es así: estudios conservadores proyectan un mínimo de 70.000 abortos anuales.

Ya escucho las protestas de quienes arguyen que no todas las mujeres que abortan lo hacen porque han sido violadas. Y es cierto. Como también es cierto que el 60% de las violaciones suceden en el interior de la vivienda de la víctima: padres, padrastros, hermanos, padrinos y vecinos son usualmente los violadores, y esa misma condición de cercanía hace que sea más difícil denunciarlos. Y nadie menciona los miles de casos en los que el violador es el marido, quien impone su voluntad sexual sobre su esposa cuando quiere y como quiere, y para colmo le prohíbe el uso de anticonceptivos.

La ley boliviana dice que, si se acude a él como consecuencia de una violación, el aborto es «impune». ¿Impune para quién? ¿para el médico que lo practica? ¿para el sistema legal que debe autorizarlo? Evidentemente es impune para el violador, responsable del embarazo y por tanto del aborto. Pero puedo asegurar que ese aborto no es impune para la víctima de la violación, que debe someter su vida a un horrible escrutinio si es que desea que los canales legales le autoricen ese aborto. No es impune para la mujer que debe someter su cuerpo a una segunda agresión, llamada aborto, a fin de terminar con un embarazo fruto de la violencia. No es impune para la víctima, que debe vivir el resto de su vida con esas dos pesadillas consecutivas. Por eso, en la mayor parte de los casos, las miles de mujeres que han sufrido violencia sexual y deciden abortar no lo harán siguiendo los canales regulares del «aborto impune». Ellas, como todas las demás, acudirán a métodos peligrosos o clínicas clandestinas, siendo una vez más penalizadas, castigadas física y moralmente, algunas veces incluso con la muerte como consecuencia. Pues, a todo esto, lo que queda claro es que en la forma actual de nuestras leyes, la penalización del aborto (incluso en el caso del aborto «impune») es en realidad la penalización de las mujeres.

Y al mismo tiempo, la impunidad es la regla general para una mayoría de violadores. Esta semana hemos sabido de varios que han muerto de ancianos: habiendo recibido homenajes y rodeados de comodidades. El padre Luis María Roma, por ejemplo, fue protegido por la Iglesia aunque se había encontrado evidencia fotográfica de sus múltiples abusos y violaciones a niños y niñas indígenas. “Está tan viejito que ya necesita pañales”, decían quienes recibieron la denuncia y la escondieron bajo el tapete. “Muerto el violador, ya no se puede perseguir los crímenes”, dicen los abogados que defienden al padre Alfonso Pedrajas. “Lo importante no es la pedofilia, sino la necesidad de cariño y ternura” pues los sacerdotes debajo de la sotana “son seres humanos como tú, como yo, como cualquiera”, le dice un periodista a otro comentando el caso. Pobrecitos ellos, que no pueden tener una pareja normal porque su religión se los prohíbe. Por eso violan y abusan a los niños, niñas y jóvenes que tienen a su cargo en instituciones educativas. Y mientras desde los púlpitos los jerarcas piden rezar por ellos, pobrecitos, a quienes “se está estigmatizando injustamente”, las centenares de víctimas de sus crímenes siguen esperando que la impunidad termine: La impunidad del cura violador, la impunidad de la Iglesia encubridora y la impunidad de quienes defienden lo indefendible.

Verónica Córdova es cineasta.

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Rabia

/ 7 de mayo de 2023 / 01:18

Hace algunas semanas, la Defensoría del Pueblo compartió unos datos escalofriantes: En Bolivia cada semana 623 niñas y adolescentes llegan a un centro de salud por estar embarazadas. De ellas, 35 son menores de 15 años.

Eso significa que cada día 5 niñas son víctimas de un crimen sexual. La ley boliviana determina que un menor de 16 años no puede legalmente consentir y por tanto quien mantenga una relación sexual con él o ella está cometiendo violación o estupro. En consecuencia, todos esos embarazos son no deseados, todos son de alto riesgo para la salud física y emocional de las niñas que los sufren y deberían derivar en una interrupción legal. Pero eso no sucede. Casi todas esas niñas son forzadas o presionadas a llevar a término su embarazo. Y casi todas ellas vivirán la falta de oportunidades personales y la pobreza, que heredarán a sus guaguas —que son también víctimas de la violencia infringida.

Nadie quiere un aborto, ojalá nadie tuviera que someterse a uno. La única forma de prevenirlo es con educación sexual temprana, integral y honesta —para que las niñas sepan cómo reconocer y evitar el abuso, la violación o el estupro. Para que las y los jóvenes que decidan tener una relación sexual consentida sepan cómo cuidarse para evitar un embarazo no deseado. Para que los chicos sepan desde niños qué es el consentimiento, cuáles son los límites y en qué momento su insistencia puede considerarse abuso, acoso o violencia.

Pero eso no sucede. Y una educación sexual integral y honesta será más difícil de encontrar ahora que los maestros trotskistas y las iglesias conservadoras se han aliado para erradicarla de las escuelas.   

Hace algunos días, el periódico español El País compartió una noticia escalofriante: Durante casi dos décadas, el sacerdote español Alfonso Pedrajas abusó y violó a decenas de niños en el colegio internado Juan XXIII de Cochabamba.

A pesar de que confesó muchas veces sus crímenes (que él llamaba pecados) fue socapado, encubierto y protegido por todos los confesores, superiores, colegas sacerdotes y hasta por el psicólogo que escuchó el recuento detallado de sus abusos. Los exalumnos del colegio declaran, a su vez, que cuando una víctima denunciaba al “Padrecito” era inmediatamente acallado y hasta expulsado de la institución. Tuvo que ser el propio Pedrajas quien se auto-inculpara en un diario de 385 páginas que salió a la luz una década después de su muerte por cáncer de próstata.

Los 85 niños que Pedrajas afirma haber abusado a lo largo de su vida sufrieron la misma indignidad, el mismo dolor y el mismo trauma que las 1.900 niñas violadas cada año en Bolivia. La única ventaja que tuvieron fue que no quedaron embarazados ni fueron forzados a parir y criar a los frutos de esa violencia. Y el cura Pedrajas pudo llegar a viejo sin enfrentar consecuencias porque la gran mayoría de sus víctimas callaron, por temor o por vergüenza.

Una educación sexual temprana, integral y honesta los habría ayudado a reconocer el abuso, la violación o el estupro —y denunciarlo a tiempo. Les habría permitido entender que ningún abuso sexual es culpa de la víctima, que no hay razón para sentir vergüenza, que lo que debe sentirse es rabia: rabia contra el pederasta que abusa de su lugar de poder y confianza entre niños vulnerables; rabia contra una institución que reprime a sus sacerdotes hasta enfermarlos sexualmente, para luego encubrirlos y protegerlos cuando cometen atrocidades; y rabia contra los ignorantes que se oponen a que nuestros niños aprendan en la escuela cómo reconocer y defenderse de los abusos sexuales.

Verónica Córdova es cineasta.

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In-certidumbres

/ 23 de abril de 2023 / 01:12

Las personas necesitamos certezas para vivir, más de lo que necesitamos muchas otras cosas. Las certezas empiezan en pequeño, con un radio de algunos centímetros alrededor de nuestros cuerpos: por la noche, al acostarnos, tenemos la singular certeza de que vamos a despertar mañana para comenzar otro día como el que estamos terminando. El reloj, el calendario, las estaciones y los ciclos nos ayudan a consolidar esa certeza de que estamos vivos y por tanto podemos desear, planear y (con suerte) alcanzar algunos de nuestros sueños. Si no es este año, talvez el próximo. La certeza esencial que (lamentablemente) no todos tienen: la de saber que hay alguien que nos ama, que tenemos padres, hermanas, amigos, vecinos, una red de almas que nos sostendrán en caso de que nuestros planes fracasen o nuestra salud se quiebre.

Pero no solo necesitamos las certezas pequeñas y personales, sino también certezas más largas y amplias, como paraguas sobre la vida cotidiana. Saber que hay normas, acuerdos y reglas que van a ponerse a funcionar en caso de que haga falta. Saber que hay quienes tienen por obligación y función prever situaciones malas y encontrar soluciones a los problemas de cada día. Saber que hay una estructura social que ordena los intereses, prioriza lo importante y contiene la violencia, para que cada uno pueda tranquilamente hornear sus humintas, escribir sus informes, negociar sus productos o imaginar sus obras de arte.

Y como no estamos aislados del resto del planeta, también nos afectan las incertidumbres extranjeras, por lejanas que parezcan. ¿Cuánto tiempo más durará la guerra en Europa? ¿Será que se convierte en una guerra mundial o nuclear? ¿Qué significa para nosotros la lenta pero inminente desdolarización de las economías? ¿Será que la inflación global terminará por sentirse también en nuestros mercados y tiendas? ¿Y qué pasó al final con la crisis climática? Si ya nadie habla de ella ¿será que ya no es un problema?

Necesitamos tanto de certidumbres para vivir que hemos inventado oráculos, rituales, conjuros y fórmulas para predecir lo que no es certero y poder tomar decisiones “informadas”. Le preguntamos al i-Ching, a la coca, al tarot o a las aplicaciones en el teléfono: ¿Lloverá hoy día? ¿Vale la pena invertir en este negocio ahora? ¿Será que este tratamiento me cura?

Necesitamos tanto de certidumbres para vivir y ahora mismo no hay casi ninguna. Preguntas a dos gurús, a dos medios de comunicación, a dos pastores o a dos sabios y cada cual te dará una respuesta diferente o incluso opuesta a la otra. Hay tanta información que al final te quedas a oscuras. La certidumbre de la religión fue hace mucho superada por la de la ciencia. Pero ahora la ciencia está también en duda. Ya no hay certidumbre en la academia, en la prensa ni en las instituciones llamadas democráticas. Ya no hay verdad, nos dicen los filósofos, como antes nos decían que ya no hay historia. Entonces ¿qué es lo que queda?

“Espantado de todo, me refugio en ti”, le escribió José Martí a su hijo. “Tengo fe en el mejoramiento humano; en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti”.

Si nos queda solo una certeza, que sea esa.

Verónica Córdova Como por arte de ma- es cineasta.

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