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lunes 18 ene 2021 | Actualizado a 06:38

El miedo al ‘otro’

El Covid-19 ha resultado muy efectivo para la desmovilización, para la aceptación y para la exacerbación del miedo al ‘otro’.

/ 28 de marzo de 2020 / 22:24

Desde octubre pasado, el catálogo de injusticias que hemos tenido que soportar se hace tan pesado que ya la indignación se cansa. Y peor ahora, que el Covid-19 ha resultado muy efectivo para la desmovilización, para la aceptación y para la exacerbación del miedo al “otro”. Porque el miedo al coronavirus es abstracto, inasible. Mientras que el miedo a quien se te aproxima tosiendo por la calle es concreto, y hace emerger lo más básico de nuestros instintos de supervivencia.

Y no es que hayamos estado escasos de ese rechazo visceral a quien consideramos ajeno a nuestra identidad, perteneciente a un grupo alterno, inferior, distinto al grupo que consideramos “nuestro”. El “quién soy yo” se define, desde siempre, en relación a quién no soy, a quién es el otro. La idea misma del estado nacional se basa en crear la ilusión de una comunidad imaginada, que borra nuestras diferencias y nos hace sentir que todos somos parte del mismo bando. Pero en tiempos de dictadura y de corona no hay amor que valga. La cuarentena nos separa físicamente uno del otro, y las redes sociales se convierten en el espacio donde se ventilan todos los miedos, disfrazados de un odio que no por ser ancestral es menos doloroso.

El temor al contagio se ha convertido en una excusa más para trazar las diferencias entre los “civilizados”, que educadamente obedecen al Gobierno y se quedan recluidos, y los “salvajes”, que comen chuño y salen a la calle a vender a pesar de las prohibiciones. A estos últimos debe caerles el más duro peso de la ley, dicen quienes se proveen en el supermercado una o dos veces cada día.

El miedo genera violencia, eso es sabido. Violencia de policías metiendo a la gente a patadas a sus casas. Violencia del ministro que amenaza con cárcel y persigue a quienes se atreven a publicar un video no autorizado. Violencia de vecinos que impiden a los enfermos ser atendidos en hospitales públicos. Violencia simbólica que racializa el virus y lo pinta de alteño, colla, cocalero, indio… No importa si es en relación a un virus o a un proceso político, el miedo al otro es el justificativo para todas las injusticias que nos han impedido ser una sola comunidad imaginada a lo largo de casi dos siglos. Y el miedo se exacerba en momentos de crisis, cuando la sobrevivencia física o política del grupo dominante se percibe en riesgo, y el culpable es el “otro”.

Considerar al otro “salvaje” (vándalo, terrorista, horda…) implica bestializarlo, y justifica el odio de quien siente amenazados sus privilegios. Si el “otro” es una bestia sedienta de sangre que está viniendo a tu barrio a saquearte y a atacarte, es “normal” que quieras defenderte. Y es natural que lo odies. Considerar al otro “ignorante” (engañado, llama, masiburro…) implica inferiorizarlo y justifica, por tanto, el desprecio de quien siente avasallado su espacio. Si el “otro” es un ignorante, que no sabe lo que hace ni por qué lo hace, es “normal” que quieras quitarle el derecho a decidir por sí mismo. Y es natural que lo excluyas y lo arrincones.

Considerar al otro “sucio” (pagado, corrupto, narcotraficante…) implica inmoralizarlo y justifica, por tanto, el asco de quien se cree superior. Si el “otro” es un ser sin valores ni principios, que actúa solamente por intereses bajos, es “normal” que lo excluyas de la vida social. Y es natural, casi, que se lo elimine por completo.

Es descorazonador ver el nivel de violencia simbólica y verbal que campea por las calles y las redes sociales desde octubre. Claro que antes también existía, pero estaba más escondida. Claro que ese miedo disfrazado de odio, desprecio y asco está en la esencia misma de nuestra formación social y nacional. Las trincheras que los vecinos construyeron en las esquinas de sus casas para defenderse de las “hordas de salvajes” que venían para atacarlos desde El Alto o las áreas rurales se han repetido cíclicamente en nuestra historia. Aunque no las veamos, siguen ahí. Es un virus más peligroso que el Covid-19, la peste y el cólera combinados.

* Es cineasta

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No es lo mismo, pero es igual

/ 17 de enero de 2021 / 01:41

La semana pasada una turba de seguidores de Donald Trump tomó violentamente las instalaciones del Congreso de Estados Unidos, con el objetivo de impedir que se certifique oficialmente la derrota de su líder en las elecciones presidenciales. Poco después empezaron a circular ingeniosos memes comparando ese evento con lo ocurrido en Bolivia en 2019, cuando una turba de seguidores de Mesa, Ortiz, Cárdenas y otros perdedores de las elecciones presidenciales atacaron y quemaron instalaciones de los Tribunales Electorales Departamentales para impedir que se termine el conteo oficial de los votos.

La justificación para ambas acciones es una palabra sin pruebas que la respalden: Fraude. Desde mucho antes de las elecciones, el candidato Trump cuestionó el sistema electoral norteamericano y a las personas a cargo de administrarlo. “Será el fraude más grande de la historia”, afirmó en Twitter el 24 de mayo pasado. O sea: un “fraude monumental”, como se dice por estos pagos.

Una vez realizadas las elecciones y verificada su derrota, Trump se negó a reconocer esa realidad y llamó a sus seguidores a movilizarse para defender su voto. Exactamente lo mismo que hizo Carlos Mesa cuando en 2019 perdió contra Evo Morales por un 10% de diferencia. Decir que hubiera ganado la elección si se iba a segunda vuelta, es lo mismo que decir que Bolivia hubiera ganado el Mundial si no lo hubieran eliminado en la primera fase.

Tanto en Estados Unidos como en Bolivia, las declaraciones de fraude sin respaldo real encendieron iras irracionales y generaron violencia con tintes fascistas. Entre los cánticos de la turba que atacó el Capitolio se podían oír insultos a legisladores demócratas y amenazas contra la izquierda y los inmigrantes, y se podía ver muchos símbolos antisemitas. En los puntos de bloqueo de Bolivia los cánticos incluían insultos racistas, machistas y homofóbicos. En ambos casos, hubo también profusión de banderas nacionales, de biblias y de carteles con alusiones religiosas.

En Estados Unidos se está investigando ahora la participación en la toma del Capitolio de grupos paramilitares muy bien organizados, con armas, logística y asesoría de militares y policías en retiro. En las movilizaciones de 2019 en Bolivia sucedió exactamente lo mismo: en muchos puntos de bloqueo de la Paz vimos la presencia de jóvenes cruceños que se hacían cargo de la organización y la logística con tácticas sospechosamente similares a las castrenses. En el caso de Cochabamba se ha mostrado incluso videos de policías coordinando con los motoqueros.

El rol de la Policía y el Ejército, en el caso boliviano, fue determinante. Cuando ambas fuerzas traicionaron su rol constitucional y se plegaron a las fuerzas sediciosas, cayó el gobierno legalmente establecido. En el caso norteamericano eso no ha sucedido. La posesión del presidente electo está prevista para dentro de unos días y, con un poco de suerte, ese país (y el mundo) se librará de Donald Trump el 20 de enero. Aquí también prevaleció la democracia y nos libramos del gobierno dictatorial instalado por la traición del Ejército y la Policía, la ambición de la oligarquía agroindustrial y la ceguera de las clases medias “pititas”.

Hay algunas diferencias. Ayer el Congreso gringo aprobó el inicio de un juicio político contra Trump por incitar a la violencia. Sus cuentas en redes sociales fueron canceladas, como las de muchos de sus seguidores. Aquí quienes incitaron a la quema y toma de instituciones todavía se campean impunemente. Muchos son candidatos a alcaldes o gobernadores y escriben lo que les da la gana en sus redes sociales. Tanto allá como acá, la justicia es la última de las prioridades.

Verónica Córdova es cineasta.

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Un ojo adelante y otro atrás

/ 3 de enero de 2021 / 07:05

Hay dos formas de comenzar un nuevo año. La primera es quemando en la calle o tirando por la ventana aquello que te trajo dolor, parálisis o descontento durante los meses pasados. Esta manera reflexiva de terminar una etapa implica mirar hacia atrás para recontar agravios, errores y traspiés, con el valor de reconocerlos y asumirlos para que no se repitan en la etapa que comienza. La noche de Año Nuevo, en esta tradición, hacemos un recuento de todo lo malo que vivimos este malhadado 2020, que en realidad comenzó dos meses antes con 21 días de intolerancia y violencia, con un golpe de Estado, con dos masacres y con miles de familias destruidas, perseguidas, separadas, heridas y encarceladas. Ya desde sus primeros minutos, 2020 vino arrastrando un clima de incertidumbre y de angustia.

Después vino la pandemia con su carga de temor, aislamiento e impotencia. Se perdieron vidas, se perdieron trabajos, se perdieron ingresos y se perdieron confianzas. Muchos perdieron abuelos, esposos, madres, hijas. En el intento desesperado de salvarlos, muchos perdieron sus ahorros de toda la vida. La generación más joven perdió un año de escuela. El país perdió en un año reservas, proyectos y certezas que le tomó una década construir.

En 2020, todos perdimos algo. Pero no podemos cerrar este año solamente haciendo un catálogo de agravios. Hay que tirar por la ventana los dolores y las rabias, sacudirse las penas (como migas de la falda) y quemar todo lo que nos hizo daño: la intolerancia, el racismo, la indolencia, la violencia, la corrupción, la flojera, el miedo, la desconfianza. Hagamos una enorme hoguera, y veamos cómo se queman la bronca y la tristeza hasta disolverse en cenizas.

La segunda forma de comenzar el año es mirando hacia adelante, enumerando las esperanzas que le darán forma a nuestras acciones en cada uno de los meses que se avecinan. Doce uvas, doce meses, doce de la noche, doce campanadas. Hay quienes cuentan billetes, hay quienes cambian el color de sus calzones, hay quienes cargan una maleta y salen corriendo por la calle. Hay quienes solo sueñan con un abrazo, y este año es probable que no lo tengan. No importa: cualquiera sea la cábala, los deseos para el siguiente año son concretos, redondos y jugosos como una uva tarijeña:

Que en 2021 derrotemos al virus del COVID-19. Que seamos capaces de cuidarnos unos a otros y que el Estado cumpla su función de protegernos. Que no haya hospitales que rechacen pacientes, ni pacientes que mueran en abandono. Que los barbijos no nos conviertan en números sin rostro y el miedo no nos convierta en enemigos. Que en 2021 recuperemos nuestro ajayu colectivo y derrotemos la intolerancia y el racismo que nos divide en dos bandos. Que haya justicia para los muertos, los heridos, los perseguidos y los encarcelados, para que nunca nadie más se atreva a hacer un golpe de Estado. Que empecemos el proceso de reconciliarnos: que se cuenten las historias, que se reconozcan los errores, que se curen las heridas.

Que en 2021 se remiende lo desgarrado, se repare lo roto y se comience de nuevo, en todos los ámbitos. Que haya trabajo, que haya pan, que haya libros, que haya rosas. Que haya vida y ésta se disfrute en libertad, en dignidad y en abundancia.

Existen dos formas de comenzar un nuevo año y ambas son necesarias para cerrar el ciclo. Mirar atrás, para aprender de lo vivido. Y mirar adelante, para convertir la esperanza en objetivos.

Verónica Córdova es cineasta.

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Itinerario de un golpe

/ 20 de diciembre de 2020 / 00:37

Dice el historiador Eric Hobsbawm que escribir la historia de un periodo reciente, que uno ha vivido, es de alguna manera recolectar, amplificar y corregir los propios recuerdos. Y por muy insignificante que sea la parte que vivimos, como testigos o actores, debemos contribuir a entender por qué sucedieron los eventos, para evitar que se repitan.

Yo no soy historiadora, pero siento como muchos la responsabilidad de preservar datos y sucesos que pueden fácilmente perderse en la vorágine de información que, desde todos los bandos, oscurece y obnubila la reconstrucción de octubre y noviembre de 2019.

Una fuente importante para la reconstrucción histórica son los reportes de medios de comunicación, a los que se suele considerar veraces y neutrales, capaces de consignar información verificada y balanceada. La prensa boliviana de esas semanas no puede, sin embargo, ser considerada fuente válida. Para empezar, porque muchos medios escritos no se imprimieron los días de la crisis y sus versiones digitales están solamente en la Web, desde donde pueden ser modificadas o desaparecer en cualquier momento. Pocos medios televisivos llegaron a los lugares de los hechos para reportar, por ejemplo, las masacres. Unos por cuidar la seguridad de sus periodistas, otros porque los pobladores indignados les negaban el paso. Y otros también porque su línea editorial requería que muestren algunas cosas pero escondan otras. Las radios comunitarias habían sido silenciadas días. La Kawsachun Coca y la Soberanía de Cochabamba fueron saqueadas e incendiadas. A pocas cuadras de mi casa, paramilitares tomaron la sede de la CSUTCB y torturaron al director de Radio Comunidad. Lo golpearon, lo amarraron de un árbol y lo agredieron delante de todos los vecinos.

A pesar de todas estas dificultades, el historiador que quiera reconstruir los hechos de octubre y noviembre puede hacerlo a través del Internet. A falta de medios que cubran los eventos, miles de testigos ciudadanos grabaron en su teléfono cada situación y la publicaron en las redes. Vimos así cómo un grupo de periodistas interroga a un joven documentalista, lo increpa y finalmente lo entrega a la Policía para que lo detenga. Su crimen: no ser periodista. Vimos a los soldados disparar contra la gente. Vimos a los heridos caer y desangrarse. Es cierto: hay que tener mucho cuidado de analizar, comparar y vetar los testimonios y las imágenes que circulan en Internet. Puede que haya material descontextualizado o manipulado. Puede que se cuelen noticias falsas. La misma acuciosidad que debe tener todo historiador al evaluar sus fuentes, y más, debe aplicarse a las redes.

Sin embargo, a diferencia de Octubre de 2003 o de otro momento histórico, del golpe de Estado de 2019 tenemos evidencias que nos permiten reconstruir su itinerario. Gracias a la valentía de miles de ciudadanos vimos el heroísmo y la desesperación, vimos la impotencia y el abuso, vimos la represión y vimos la resistencia. Todos vimos el golpe de Estado que ahora niegan.

Por eso, pueden desgañitarse gritando que no fue golpe. Pueden echar a andar sus máquinas de opinión y poner a escribir a todos sus amanuenses. Pueden ampararse en interpretaciones torcidas de la Constitución. Pueden oponerse a dar curso a juicios e investigaciones, pueden negarse a aceptar conclusiones y pueden declararse perseguidos políticos y víctimas de una vendetta. Lo que no pueden, no podrán hacer nunca, es borrar las miles de video-evidencias que los testigos y víctimas del golpe de Estado han plantado en el ciberespacio, como banderas de resistencia y como hitos que nos permitirán, poco a poco, reconstruir la historia. Para que nunca se repita.

Verónica Córdova es cineasta.

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Creemos y la justicia

/ 6 de diciembre de 2020 / 07:12

La bancada de Creemos en la Asamblea Legislativa ha lanzado un virulento ataque en contra de la Defensora del Pueblo por su iniciativa de elaborar un Informe acerca de la Situación de la Interrupción Legal del Embarazo como Derecho Humano de las Mujeres. Esta controversia coincide, además, con el debate sobre una iniciativa de legalización del aborto en Argentina.

Ya sea por consciencia, presiones, cálculo, religión o puro miedo, en Bolivia se definió por ley que los seres humanos son sujetos de derecho desde la concepción. Ese extraño remiendo genera una situación legal sui generis: la existencia de un sujeto de derecho que reside en el interior del cuerpo de otro sujeto de derecho. Puesto que uno de esos sujetos aún no ha desarrollado un cerebro que le permita facultades mentales, las decisiones, acciones u omisiones del sujeto pensante podrían resultar en daños a la salud, la integridad o la vida del otro. El embarazo genera así una responsabilidad legal y hasta penal en las mujeres, por lo cual la ley debería garantizarnos el derecho absoluto y exclusivo a decidir si queremos o no asumir esa responsabilidad y sus consecuencias.

Y, ya que estamos en eso, las mujeres demandamos también la educación sexual obligatoria, la distribución gratuita de anticonceptivos y de pastillas del día después, la liberalización total de la decisión de ligarse las trompas —pues en los hospitales aún le piden a las mujeres el consentimiento del marido para realizar este procedimiento. Es más: la vasectomía masculina debería ser también promovida y realizada de forma gratuita en los hospitales públicos.

Si la bancada de Creemos realmente se tomara en serio el discurso de proteger la vida, no sería solamente la vida del no nacido la que defendería —sino la de todas las mujeres y niñas que ya están fuera de la placenta y necesitan ser protegidas de la violación, la exclusión, la violencia y los feminicidios. Si la bancada de Creemos realmente quiere proteger los derechos de los niños, debería empezar por defender su primer y más esencial derecho: el derecho de nacer deseado.

Pero no: la bancada de Creemos solo busca una excusa para defenestrar a la Defensora del Pueblo, a quien no perdonan su actitud valiente durante el golpe de Estado (que, por otro lado, niegan vehementemente).

Además de amenazar a la Defensora por cumplir con su labor, los diputados de Creemos han presentado ante Naciones Unidas y la Unión Europea una denuncia por “la persecución y cacería” en contra de su líder. Hasta este momento, que yo sepa, el señor Camacho no ha sido detenido por la Policía, ni secuestrado por paramilitares; su casa no ha sido saqueada ni quemada; sus familiares no han sido agredidos ni torturados en vía pública; el señor Camacho no ha sido obligado a renunciar a sus funciones, no lo han humillado, no le han echado pintura roja, ni lo han obligado a caminar descalzo entre insultos y escupitajos. ¿De qué persecución política y qué cacería hablan, entonces, los diputados de su bancada? 

Los diputados de Creemos acusan a Nadia Cruz de ser “defensora de la muerte”, pero son ellos quienes defienden la muerte al pretender dejar en la impunidad a militares y policías que incumplieron su rol constitucional, se amotinaron, conspiraron y dispararon contra bolivianos desarmados. Si estas imperdonables violaciones quedan impunes, nada nos protege de que se repitan en el futuro.

La única forma de que haya reconciliación, es que haya justicia. Y aunque los diputados de Creemos no sepan lo que esa palabra significa, la justicia llegará tanto para las mujeres como para todas las víctimas de la dictadura.

Verónica Córdova es cineasta.

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Honrar a los muertos

/ 22 de noviembre de 2020 / 01:20

Hubo un tiempo en que la muerte, esa acechante compañera, era siempre recibida con respeto. Aquel que dejó de ser y de estar, era temido por su capacidad de llevarte consigo. Sus familiares más cercanos eran compadecidos, contenidos y amparados por los vecinos y amigos. La gente dejaba de hablar y se paraba en respeto cuando pasaba un desfile fúnebre por la calle. Los cementerios se visitaban en contrición y las tumbas se decoraban con cariño.

Hubo un tiempo en que habría resultado impensable que un grupo de parlamentarios abandone una sesión airadamente, en protesta por una iniciativa de honrar a los muertos. Hubo un tiempo (¿quién lo diría?) en que ni la Policía ni el Ejército se hubieran atrevido a gasificar un cortejo fúnebre, que llegaba a la ciudad con los difuntos de Senkata en sus ataúdes. Quizás para convencernos de que esa situación increíble sucedió realmente, queda la imagen de los ataúdes desperdigados por la avenida, rodeados de gases y custodiados de los tanques apenas por un muchacho en cuclillas, protegiéndose la cabeza y llorando de indignación, de duelo y también, seguro, por efecto de los químicos.

Hubo un tiempo en que un periódico no se atrevería a seguir pisoteando la memoria de los muertos, mintiendo repetida y descaradamente acerca de las circunstancias en que cayeron. En su edición de hoy 19 de noviembre, en una nota titulada Un año después, persiste dolor y división por muertos de 2019, Página Siete publica que en Senkata “los movilizados dinamitaron el muro del recinto e intentaron ingresar, pero fueron contenidos por militares”.

Nadie nunca intentó dinamitar la planta de Senkata. Las imágenes filmadas y los testimonios de víctimas y testigos de esa horrible mañana muestran a una multitud desesperada que empuja el muro, porque cree que dentro de la planta hay heridos de bala. Ninguna de las pericias técnicas de los múltiples organismos de derechos humanos que han investigado el evento han podido demostrar que en ese muro se haya usado dinamita. Página Siete mintió en su edición del 21 de noviembre de 2019, cuando dijo que los vecinos de Senkata “volaron dos muros con explosivos”. Y, un año y muchas investigaciones después, sigue mintiendo. No es casualidad: la narrativa del muro dinamitado sirve para convertir un episodio de represión en un ataque terrorista. Las víctimas se convierten entonces en agresores y se justifica así el tendal de muertos, heridos y presos que resultaron de esa masacre. Las víctimas se estigmatizan así como vándalos violentos, y hasta los doctores y enfermeras se ensañan con los heridos y los torturan en lugar de curarlos.

Hubo un tiempo en que, aun si no conocíamos personalmente al difunto, callábamos con respeto frente a su tumba. No nos atrevíamos a insultarlo, a burlarnos del duelo de sus seres queridos, ni a escribir o decir que merecía morir cuando lo hizo. Guardo en mis redes sociales comentarios terribles de personas comunes (¿padres ellos mismos? ¿madres? ¿hijos?) no solo justificando la masacre, sino incluso alguno lamentando que no haya explotado todo El Alto. Hubo un tiempo en que no nos odiábamos tanto, no nos deseábamos la muerte uno al otro. ¿O quizás simplemente nos cuidábamos de decirlo?

Hubo un tiempo en el que, cristianos o no, estábamos todos de acuerdo con el “no matarás” que era la base mínima de nuestra convivencia en grupo. Hubo un tiempo en el que creíamos que honrar a los muertos era hacerles justicia. Hubo un tiempo en el que demandar justicia por los muertos no era percibido como persecución política. ¿Regresará alguna vez ese tiempo de respeto elemental por la vida, para que podamos sanar nuestras heridas?

Verónica Córdova es cineasta.

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