Voces

miércoles 26 ene 2022 | Actualizado a 19:39

El miedo al ‘otro’

El Covid-19 ha resultado muy efectivo para la desmovilización, para la aceptación y para la exacerbación del miedo al ‘otro’.

/ 28 de marzo de 2020 / 22:24

Desde octubre pasado, el catálogo de injusticias que hemos tenido que soportar se hace tan pesado que ya la indignación se cansa. Y peor ahora, que el Covid-19 ha resultado muy efectivo para la desmovilización, para la aceptación y para la exacerbación del miedo al “otro”. Porque el miedo al coronavirus es abstracto, inasible. Mientras que el miedo a quien se te aproxima tosiendo por la calle es concreto, y hace emerger lo más básico de nuestros instintos de supervivencia.

Y no es que hayamos estado escasos de ese rechazo visceral a quien consideramos ajeno a nuestra identidad, perteneciente a un grupo alterno, inferior, distinto al grupo que consideramos “nuestro”. El “quién soy yo” se define, desde siempre, en relación a quién no soy, a quién es el otro. La idea misma del estado nacional se basa en crear la ilusión de una comunidad imaginada, que borra nuestras diferencias y nos hace sentir que todos somos parte del mismo bando. Pero en tiempos de dictadura y de corona no hay amor que valga. La cuarentena nos separa físicamente uno del otro, y las redes sociales se convierten en el espacio donde se ventilan todos los miedos, disfrazados de un odio que no por ser ancestral es menos doloroso.

El temor al contagio se ha convertido en una excusa más para trazar las diferencias entre los “civilizados”, que educadamente obedecen al Gobierno y se quedan recluidos, y los “salvajes”, que comen chuño y salen a la calle a vender a pesar de las prohibiciones. A estos últimos debe caerles el más duro peso de la ley, dicen quienes se proveen en el supermercado una o dos veces cada día.

El miedo genera violencia, eso es sabido. Violencia de policías metiendo a la gente a patadas a sus casas. Violencia del ministro que amenaza con cárcel y persigue a quienes se atreven a publicar un video no autorizado. Violencia de vecinos que impiden a los enfermos ser atendidos en hospitales públicos. Violencia simbólica que racializa el virus y lo pinta de alteño, colla, cocalero, indio… No importa si es en relación a un virus o a un proceso político, el miedo al otro es el justificativo para todas las injusticias que nos han impedido ser una sola comunidad imaginada a lo largo de casi dos siglos. Y el miedo se exacerba en momentos de crisis, cuando la sobrevivencia física o política del grupo dominante se percibe en riesgo, y el culpable es el “otro”.

Considerar al otro “salvaje” (vándalo, terrorista, horda…) implica bestializarlo, y justifica el odio de quien siente amenazados sus privilegios. Si el “otro” es una bestia sedienta de sangre que está viniendo a tu barrio a saquearte y a atacarte, es “normal” que quieras defenderte. Y es natural que lo odies. Considerar al otro “ignorante” (engañado, llama, masiburro…) implica inferiorizarlo y justifica, por tanto, el desprecio de quien siente avasallado su espacio. Si el “otro” es un ignorante, que no sabe lo que hace ni por qué lo hace, es “normal” que quieras quitarle el derecho a decidir por sí mismo. Y es natural que lo excluyas y lo arrincones.

Considerar al otro “sucio” (pagado, corrupto, narcotraficante…) implica inmoralizarlo y justifica, por tanto, el asco de quien se cree superior. Si el “otro” es un ser sin valores ni principios, que actúa solamente por intereses bajos, es “normal” que lo excluyas de la vida social. Y es natural, casi, que se lo elimine por completo.

Es descorazonador ver el nivel de violencia simbólica y verbal que campea por las calles y las redes sociales desde octubre. Claro que antes también existía, pero estaba más escondida. Claro que ese miedo disfrazado de odio, desprecio y asco está en la esencia misma de nuestra formación social y nacional. Las trincheras que los vecinos construyeron en las esquinas de sus casas para defenderse de las “hordas de salvajes” que venían para atacarlos desde El Alto o las áreas rurales se han repetido cíclicamente en nuestra historia. Aunque no las veamos, siguen ahí. Es un virus más peligroso que el Covid-19, la peste y el cólera combinados.

* Es cineasta

Temas Relacionados

Comparte y opina:

El terrible virus

/ 2 de enero de 2022 / 00:54

Al mismo tiempo en que el país registró el récord de más de 6.000 casos diarios de COVID, un grupo antivacunas realizó una marcha en contra de la inmunización y atacó un punto de vacunación móvil, con el propósito de destruir las vacunas. ¿Cómo explicar este contrasentido?

Todos hemos visto a alguien enfermar con este terrible virus. No creo que haya quien no lo haya conocido, algunos en carne y pulmones propios, otros en familiares y amigos. Hay miles que han perdido a un ser amado, que han peregrinado en busca de medicamentos, plasma, oxígeno, unidades de terapia intensiva, certificaciones forenses, cremaciones. Hay miles que no han vivido el consuelo de sostener la mano de quien moría, de darle un beso en la frente, de organizar un velorio grande y digno para que todos los que lo amaron vengan a despedirse.

Con todas esas dolorosas evidencias, no creo que quede alguien que todavía afirme que el virus no existe y es un invento para cortarnos las libertades. Hay quienes dicen, en cambio, que es un virus fabricado adrede, un arma biológica, un instrumento de dominación mundial a la escala de Marvel.

Si ese fuera el caso, vacunarnos es la única forma en que podemos descarrilar esa enorme conspiración y salvar al planeta de los villanos que quieren esclavizarnos. Y sin embargo, los mismos que creen en la llamada “plan-demia” se estrellan también contra la vacuna y contra las medidas para que la mayor cantidad de personas se inoculen.

“Es una forma de control estatal sobre nuestros cuerpos”, argumentan otros. La razón de ser del Estado es regular la convivencia de las personas, con el fin de evitar que las decisiones libres de unos provoquen daño o muerte a otros. El llamado “contrato social” que rige las sociedades contemporáneas se refiere a eso justamente: todos sacrificamos algunas libertades individuales con el fin de preservar una paz social dirimida por el Estado.

Si bien tú tienes el derecho a no vacunarte, yo tengo el derecho a tener la seguridad de que no vas a contagiarme. Y el Estado debe garantizar los derechos de ambos. La única forma de hacerlo es con la medida que rige desde el 1 de enero: requiriendo el carnet de vacunación o la prueba PCR negativa antes de admitir el ingreso a lugares concurridos, cerrados o llenos de gente vulnerable. Aplaudo la norma, aunque me hubiera gustado que su vigencia empiece antes de que se bata el récord de contagios diarios. Si tú tienes el derecho de hacer una marcha por las calles clamando que la vacuna es una trampa, yo tengo el derecho de verte pasar mientras me vacunan en un puesto móvil. El Estado debe garantizar que no haya ataques y que nadie destruya las vacunas disponibles.

Otro argumento al que acuden quienes se oponen a la vacunación es la desconfianza en su desarrollo, su proceso o sus resultados. Es entendible, no todos tenemos el conocimiento científico que nos permita entender las tecnicalidades de las vacunas, y cuando buscamos información online no necesariamente vamos a llegar a las revistas científicas especializadas. En la red circulan miles de páginas que aparentan ser serias y estar firmadas por autores que presumen grados y méritos, pero que por razones que no podemos ahondar ahora diseminan información a veces falsa, a veces incompleta, a veces tergiversada, pero siempre peligrosa.

La confianza es un bien cada vez más inaccesible, la credibilidad en la ciencia, los médicos, la Iglesia o los gobiernos está minada y en momentos de crisis necesitamos algo o alguien que nos sostenga. Ojalá que sea el amor a nuestras familias, esa única certeza que nos queda, la que nos haga actuar para protegerlas.

Verónica Córdova es cineasta.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Un monumental robo

/ 19 de diciembre de 2021 / 00:56

Entre los cientos de comentarios y repercusiones del escándalo de los contratos con “fantasmas” en Santa Cruz, hay algunos aspectos que me llaman particularmente la atención.

El primero de ellos es el aspecto pasional de la denuncia inicial y la forma en que ha sido cubierta en medios y discutida en redes. Que sea un matrimonio roto y una disputa de divorcio la que haya destapado la olla ilumina algunos aspectos idiosincráticos al centro del escándalo. Para empezar, la disputa económica entre el principal acusado y su exesposa tiene siete años de retraso. Según las declaraciones de ambos, su divorcio se produjo en 2014, pero recién este año se caldeó la repartición de bienes y gastos. ¿Será porque recién este año el grupo de poder al que pertenecía Parada dejó la Alcaldía de Santa Cruz? ¿Será porque fue este año que él dejó de tener cargos en reparticiones públicas que le permitían cubrir sus exacerbadas obligaciones pecuniarias? No hay que olvidar que en la gestión de Jeanine Áñez, Antonio Parada fue contratado en la Caja Nacional de Salud en La Paz, donde repitió el mismo modus operandi en el área de Recursos Humanos.

Es además sintomático que la condena desatada en las redes sociales contra Parada no se enfoque en el monumental robo a la ciudadanía cruceña, sino a su incapacidad de mantener callada a su expareja. En Santa Cruz, la existencia de una corrupción generalizada en la Alcaldía no era secreto para nadie: era vox populi. Pocos lo encontraban escandaloso, se asumía como un hecho natural, una falla en el sistema que había que ignorar para no enturbiar las aguas y, si se daba la ocasión, de la que había que aprovecharse. Pero, ¿que una mujer despechada abra la boca y denuncie el asunto por plata? Esa es una afrenta al sistema patriarcal que no puede perdonarse.

Un segundo aspecto que llama la atención es la actitud de quienes se ven implicados en el robo, la forma en que descartan el asunto como si se tratara de una bagatela sin importancia. Me recuerda a la actitud del yerno presidencial Mostajo: “Yo en Estados Unidos tengo avión privado y millones de dólares”, decía. “Trabajar en Bolivia por el sueldito que me ofrecen es un favor que les hago”. Del mismo modo justificaba el exgerente de Entel Elio Montes las millonarias indemnizaciones a sus amigotes por trabajar algunos meses, los vuelos chárter cada fin de semana y el alquiler de suites en hoteles de cinco estrellas. Afirmaba que tanto él como su equipo habían dejado carreras en ascenso en la empresa privada para “hacernos el favor” de trabajar en una empresa pública. Por tanto, debían tener las condiciones laborales que “se merecían” por su nivel y alcurnia. Me parece escuchar esos mismos argumentos de labios de los ladrones del municipio cruceño: Con los suelditos de mala muerte que nos paga la función pública, no queda otra que buscar “soluciones imaginativas” para poder cobrar como se debe mi trabajo, mi formación y mi imagen.

Un último aspecto que llama la atención de este caso son los miles de “pinches” que pusieron su nombre y documentos a disposición de la red de corrupción, a cambio de recibir unos cuantos pesos mensuales por no hacer nada. Aunque estén al final de la cadena alimenticia, estos peces chicos tienen tanta culpabilidad como los peces grandes. El que paga la coima es tan corrupto como el que la cobra. El que se beneficia de un botín es tan ladrón como el que roba. El que mira a otro lado y no denuncia es tan criminal como el que comete el crimen. Este robo monumental en la Alcaldía de Santa Cruz solo fue posible porque hubo un pacto de silencio que se extendió por décadas. Y para que esto pase los cómplices e implicados deben contarse por miles. ¿Habrá suficiente cárcel para tantos criminales?

Verónica Córdova es cineasta.

Comparte y opina:

La ficción federalista

/ 5 de diciembre de 2021 / 01:42

Dice el historiador Yuval Noah Harari que el secreto del dominio humano está en su capacidad de cooperar flexiblemente en grandes grupos. Hay muchas especies que cooperan en enormes grupos, como las hormigas o las abejas, pero sus formas de organización no son flexibles sino muy codificadas. Hay otras especies que sí cooperan flexiblemente, como los elefantes o los delfines. Pero cuando el grupo supera un número dado de individuos debe dividirse, de otro modo la cooperación falla irremisiblemente.

Los humanos somos la única especie que puede cooperar flexiblemente en grupos de miles y a veces millones. Y el secreto de esa cooperación está en lo que Harari llama ficciones: conceptos, consignas o nociones con la capacidad de convencer, de crear una dirección y un propósito colectivos. Estas ficciones movilizan a los individuos al darles un sentido de pertenencia y la capacidad de cooperar con otros.

Para funcionar, las ficciones deben ser suficientemente abstractas y universales como para sobreponerse a diferencias e intereses individuales, y a la vez lo suficientemente concretas y alcanzables como para movilizar voluntades y generar acciones inmediatas. Los humanos hemos creado ficciones muy poderosas: religiones, Estados, corporaciones, dinero, leyes… todas ideas que no existen en el mundo natural, pero que al institucionalizarse han creado consecuencias tan físicas y materiales que hoy se han hecho inescapables. En ese sentido, las ficciones no son mentiras: si bien solo existen en la imaginación humana, tienen tanto poder que se materializan a través de la voluntad colectiva de creer en ellas.

Solo las ficciones bien construidas pueden levantar y sostener movilizaciones populares. En octubre de 2019, la ficción del fraude convenció a miles de salir a las calles, parar el país por 21 días y sentar las bases para un golpe de Estado. En noviembre pasado, por el contrario, la consigna de abrogar una ley en particular no fue suficiente para lograr la misma movilización, porque le faltaba universalidad. Bastaba para movilizar a los sectores que se pensaban afectados por la ley, pero fallaba a la hora de crear un sentido de comunidad y de pertenencia en un grupo más amplio.

La nueva ficción que está tratando de construir la élite cruceña es el federalismo. No es una noción nueva: ya en 1899 tuvo la capacidad de llevar al país a una guerra civil entre el sur y el norte, entre liberales y conservadores, entre la visión indígena y la republicana de país (según como se lo mire).

La ficción federalista tiene demostrada universalidad y abstracción, puede movilizar a multitudes y darles un propósito. En Santa Cruz y Potosí esa visión ya existe y está vigente desde hace tiempo, de hecho sobre esa misma base se boicoteó la Constituyente y se logró introducir la noción de Autonomía en la Constitución de 2009. Pero no era entonces (ni es ahora) una ficción consolidada, pues para materializarse requiere un plazo largo y muchos pasos administrativos de los que alguien debe ocuparse. Ese es el problema con las ficciones: para convertirse en verdades materiales hace falta mucho trabajo, y la fuerza movilizadora de la consigna se diluye en cuanto demanda de la multitud mucho más que su presencia, su voz o sus pancartas.

Con el federalismo sucederá lo mismo: será una excelente bandera para movilizar y para desestabilizar la gestión de gobierno. Pero para ser alcanzable requiere millones de firmas, una nueva Asamblea Constituyente, al menos un año de deliberaciones que lleguen a consensos, un referéndum para aprobar los cambios constitucionales; en fin, mucho trabajo. Si la propuesta va en serio es un horizonte de varios años, llenos de obstáculos y con muy pocas probabilidades de éxito. Eso lo sabe muy bien Luis Fernando Camacho. Por eso la ficción federalista es solamente una excusa, como lo fue el fraude en su momento.

Verónica Córdova es cineasta.

Comparte y opina:

Masacre

/ 21 de noviembre de 2021 / 00:32

Parece solo una palabra, tan útil o anodina como cualquier otra en el diccionario. Si no tuviera una vigencia de apenas dos años, quizás podríamos ignorarla y seguir con nuestras vidas. Como si nada. Pero hay un muro en Senkata. Hay un árbol en la cima de una lomita en Pedregal. Hay un puente en Huayllani. Y hay cientos de padres, hermanos, madres, hijos, esposas, novias para quienes esos lugares están marcados de tragedia. Hay decenas de ajayusque se quedaron prendidos a esos espacios.

Cuando levantaron el cuerpo de uno de ellos, todavía tenía en las manos su bolsa con verduras. A otro lo escondieron los vecinos, lo taparon con un plástico entre los matorrales al pie de un árbol. A algunos les dispararon a mansalva mientras huían entre el humo. Hubo quien murió meses después, cuando ya no era más que piel y huesos.

Hace muy poco estuvieron aquí, visitándonos. Vinieron con una caña de azúcar en las manos, utilizando un corcel o una escalera para sortear la distancia que los separa de nosotros. Vinieron contentos, encarnados en una t’anta wawa o en un insecto, y se detuvieron a las doce a beber la chicha y comer los maicillos que los esperaban en los mast’akus.

Me pregunto qué pensarán al vernos (¡dos años después!) profiriendo los mismos insultos, repitiendo las mismas consignas, cultivando los mismos rencores. Acaso sentirán otra vez el latigazo del odio. Acaso vivirán otra vez el deconsuelo de saber que les dispararon sin asco y la indignidad de ver sus cadáveres gasificados. Me pregunto qué dirán al ver los murales, los homenajes, las pancartas clamando (¡todavía!) una justicia que no llega.

No son los primeros muertos, ni los únicos, de esta nuestra Bolivia tan dulce y violenta. Quizás allá, al otro lado del río, ellos también han formado una asociación, una federación, un sindicato. Quizás se reúnen en ampliados para discutir cómo ayudar a que aquí, entre los vivos, podamos finalmente reconciliarnos.

Cada que se produce una masacre (en Catavi, en Amayapampa, en la Harrington, en los campos de María Barzola…) clamamos justicia y exigimos que no se repita nunca. Pero siempre nos pasa de nuevo. Podemos culpar a la policía, al ejército, a los políticos. Y claro: quien aprieta el gatillo y quien ordena disparar son ambos responsables y deben ser sancionados. Es también responsable quien firma decretos que autorizan a matar sin temor a represalias. Pero hay una responsabilidad adicional, repartida en la sociedad, que hace posible que alguien dispare. Es la incapacidad de ver al otro como a un igual, como a un boliviano, como a un hermano. Es la facilidad con la que insultamos, encasillamos, juzgamos, defenestramos. Es la rapidez con la que somos capaces de pasar de las palabras a las manos, de la protesta a la agresión, de la intolerancia a la violencia.

La escritora ucraniana Svetlana Alexievich cuenta en su libro Últimos testigos cómo el odio puede convertir una comunidad diversa en una zona de guerra: “Todos eran como yo, todos éramos soviéticos. Pero súbitamente nos quitaron la Patria. Despertamos una mañana, miramos por la ventana y había una nueva bandera. De pronto estábamos en otro país. De pronto éramos extranjeros. Vivíamos en un edificio de nueve pisos. Una mañana, nos llevaron a todos los que éramos de otra región al patio. Los demás nos rodearon y cada uno nos golpeó con algo. Recuerdo un niño de cinco años golpeándome con una pala de plástico”.

El odio hace eso. Que todo se derrumbe de pronto. Que seamos enemigos de un día para el otro. Que la palabra “masacre” no nos indigne. Ya es hora de hacer justicia. Ya es hora de tender puentes. Ya es tiempo de superar el odio. Nuestros muertos lo demandan.

Verónica Córdova es cineasta.

Comparte y opina:

Dos vidas

/ 7 de noviembre de 2021 / 00:45

Hay una niña en Yapacaní a la que han violado muchas veces, en cuerpo y en derechos. Primero violaron su derecho a la familia, al ser abandonada por un padre al que nadie menciona. Después violaron su derecho a la protección, al dejarla al cuidado de un pariente que violó su cuerpo en repetidas oportunidades. Cuando quedó encinta, el personal del hospital violó su derecho a la intimidad filtrando su caso a la prensa y permitiendo que la Iglesia Católica violara su derecho a terminar legalmente su embarazo. Aprovechando su vulnerabilidad y la de su madre, la Iglesia violó además su derecho a la salud, sacándola de un centro médico para trasladarla a un hogar de acogida. De acuerdo a la denuncia de la Defensoría del Pueblo, ese recinto no cuenta con las condiciones necesarias para atender un embarazo de alto riesgo, como es el de cualquier niña. A los 11 años, tiene cinco veces más posibilidades de morir como consecuencia del embarazo. Es decir que se está violando también su derecho a la vida.

La retención de una niña por parte de quienes no tienen potestad legal sobre ella es una forma de secuestro. La propia madre admitió que los responsables del centro de acogida no le permiten entrar a verla. La ONU señaló que impedir la interrupción legal del embarazo de una menor violada puede ser calificado como tortura. Por eso afirmo que la Iglesia ha secuestrado a una niña para poder torturarla durante los meses que faltan para dar a luz a otro niño, que nace sin el primero y fundamental de sus derechos: el derecho a nacer deseado.

Dice la madre que su hija no quiere criar al niño que la están obligando a parir. ¿Alguien puede sorprenderse de eso? Así como una niña de 11 años no está físicamente lista para parir un hijo, tampoco está emocional ni psicológicamente lista para criar a nadie. Entonces la madre afirma que “ya verán después” si lo dan en adopción o lo cría ella. Ambas opciones son malas.

Estoy haciendo un enorme esfuerzo para no juzgar a la señora porque no sé nada de ella, de su vida ni de sus experiencias. Es muy probable que, como siete de cada 10 mujeres en Bolivia, también haya sido víctima de violencia. Es evidente que es una persona vulnerable, a quien la Iglesia ha podido fácilmente manipular con amenazas y promesas. Es fácil deducir que, si no pudo proteger a su hija de la violación primero y del secuestro y la tortura después, no está calificada para criar a otra guagua. Y en cuanto a la adopción, es importante recordar que en 2020 solo seis niños fueron adoptados, quedando 5.678 niños en lista de espera. Dice la Iglesia y sus abogados que la niña de Yapacaní sufriría un trauma si aborta. ¿Y no es traumático para cualquier persona saber que has parido una guagua para abandonarla en un orfanato, sometida a quién sabe qué abusos y estrecheces?

Se ha reportado que, a cambio de firmar el desistimiento al aborto, la Iglesia ofreció a la madre un empleo con Bs 2.000 de sueldo y promesas de cuidar a su hija por los cuatro meses que faltan hasta que la guagua nazca. ¿Y los cientos de meses que vienen después? ¡Qué fácil es forzar tus creencias en la vida de otros, dejándoles a ellos que se encarguen después de las consecuencias!

Como bien dice la Iglesia, en esta historia estamos hablando de dos vidas. La vida de una niña de 11 años y la vida de un violador. Mientras la vida de ella ha sido agredida, su infancia truncada y su futuro puesto en cuestión, de la vida de él se dice muy poco. Sabemos que es de la tercera edad. Sabemos que está bajo detención preventiva. Y sabemos que puede perfectamente caer dentro de la estadística: solo el 6% de las denuncias por violencia sexual llegan a juicio y menos del 2% de los violadores son condenados en firme. Quizás muy pronto este señor salga de la cárcel y se reincorpore a la casa familiar de la niña. Pero de eso, nadie dice nada.

Hay dos vidas que están en juego en esta historia. Los abogados de la Iglesia alegan que el Estado no puede elegir entre los derechos de una niña y los de un bebé, que tiene también derecho a la vida. Y en ese aspecto, desde lo estrictamente legal, la Iglesia está en lo correcto. Debido a la presión de grupos religiosos y a la cobardía de legisladores y asambleístas, la Constitución y las leyes han generado un absurdo: al definir que la vida comienza en la concepción, se determina que el feto es un sujeto de derechos. Como consecuencia, tenemos una niña nacida hace 11 años cuyos derechos están siendo violados para defender los derechos de un ser que aun no ha nacido. Por tanto, si algo bueno puede salir de este terrible drama, es reabrir una discusión que se cerró por cobardía. Ya basta de parches leguleyos y de tratar de estar bien con todos. Es tiempo de discutir, de pelear y de aprobar para Bolivia una verdadera despenalización del aborto.

Verónica Córdova es cineasta.

Comparte y opina:

Últimas Noticias