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martes 13 abr 2021 | Actualizado a 15:31

Tres reglas para la pandemia de Trump

No podemos confiar ni en el juicio ni en los motivos del hombre que debería estar encabezando la respuesta contra el coronavirus

/ 28 de marzo de 2020 / 22:30

Donald Trump le llama ahora al Covid-19 “el virus chino”. Por supuesto: el racismo y culpar a otros por sus propios fracasos son las características que definen su presidencia. Pero si vamos a ponerle un apodo, es mejor referirse a este virus como la Pandemia de Trump. Es cierto, el coronavirus no se originó en Estados Unidos. Pero la respuesta de la Casa Blanca a la amenaza ha sido catastróficamente lenta e inadecuada, y la bolita se detiene con Trump, quien minimizó la amenaza y desalentó la acción hasta hace unos cuantos días.

Comparemos, por ejemplo, el manejo del coronavirus en Estados Unidos con el de Corea del Sur. Ambos países reportaron su primer caso el 20 de enero, pero Corea del Sur de inmediato implementó las pruebas generalizadas; ha usado los datos de las pruebas para orientar la distancia social y otras medidas de contención y la enfermedad parece estar en decadencia en ese país.

En cambio, en Estados Unidos, las pruebas apenas comenzaron; hasta el 20 de marzo, solo habíamos efectuado la prueba a 60.000 personas, en comparación con las 290.000 de Corea del Sur, aunque tenemos seis veces más su población. Y la cantidad de casos aquí parece estarse disparando. Los detalles de nuestro fracaso son complejos, pero todos se derivan en última instancia de la minimización de la amenaza por parte de Trump: apenas hace dos semanas, afirmaba que la Covid-19 no era peor que la influenza (ahora afirma haber sabido todo el tiempo que se avecinaba una pandemia).

¿Por qué Trump y su equipo niegan y retrasan las medidas? Toda la evidencia sugiere que no quiere hacer o decir nada que pueda hacer que disminuya el precio de las acciones, cosa que parece considerar la medida clave de su éxito. Tal vez por eso ya desde el 25 de febrero Larry Kudlow, el economista jefe del Gobierno, declaró que Estados Unidos había “contenido” el coronavirus, y que la economía estaba “aguantando bien”. Bueno, esa fue una mala apuesta. Desde entonces, la Bolsa de valores más o menos se ha olvidado de todas sus ganancias obtenidas durante la presidencia de Trump. Más importante, la economía está claramente en caída libre. Entonces, ¿qué deberíamos hacer ahora?

Les dejaré las políticas sanitarias a los expertos. En cuanto a las políticas económicas, sugiero tres principios. Primero, centrarnos en las dificultades, no en el PIB. Segundo, dejar de preocuparnos por los incentivos para trabajar. Tercero, no confiar en Trump. Respecto al primer punto: muchas de las pérdidas de empleos que experimentaremos en los próximos meses no solo serán inevitables, sino en realidad, deseables.

Nosotros queremos que los trabajadores que están o podrían estar enfermos se queden en casa, para “aplanar la curva” de la propagación del Covid-19. Queremos cerrar total o parcialmente los grandes establecimientos comerciales, como las plantas de autos, que podrían actuar como placas de Petri humanas. Queremos cerrar los restaurantes, los bares y los establecimientos de venta minorista que no son de necesidad básica.

Ahora, seguramente habrá pérdidas de empleos adicionales e innecesarias ocasionadas por una caída en el gasto de los consumidores y las empresas, razón por la cual deberíamos implementar un estímulo general importante. Sin embargo, las políticas no pueden, y no deberían, evitar la pérdida generalizada y temporal de empleos.

Lo que las políticas pueden hacer es reducir las dificultades que enfrentan quienes están provisionalmente sin trabajo. Eso significa que necesitamos gastar mucho más en programas como la licencia por enfermedad con goce de sueldo, las prestaciones para el desempleo, los cupones de comida y el programa de seguros de salud para la gente de escasos recursos (Medicaid) que ayude a los estadounidenses en desgracia, que necesitan mucha más ayuda de la que obtendrán de una dádiva de dinero en efectivo en general. Este gasto también proveería un estímulo, pero esa es una preocupación secundaria.

Esto me lleva a mi segundo punto. Los sospechosos habituales ya están objetando que ayudar a los estadounidenses necesitados reduce su incentivo para trabajar. Ese es un pésimo argumento incluso en los buenos tiempos, pero es absurdo ante una pandemia. Y los gobiernos estatales que, alentados por la Administración Trump, han estado tratando de reducir la asistencia pública mediante la imposición de requisitos laborales deberían suspender todos esos requisitos de inmediato.

Por último, en relación con Trump: en los últimos días la televisión estatal, digo Fox News, y los comentaristas de la derecha han pasado de manera abrupta de desechar el Covid-19 por ser un engaño liberal a exigir que se acaben todas las críticas al Presidente en un momento de emergencia nacional. Esto no debería sorprendernos. No obstante, aquí es donde la historia de la pandemia de Trump (y todas esas semanas desperdiciadas cuando no hicimos nada porque el Mandatario no quería saber sobre nada que lo dañara políticamente) se vuelve relevante. Demuestra que incluso cuando las vidas estadounidenses están en riesgo, las políticas de este Ggobierno solo tienen que ver con Trump, lo que piensa que lo hace verse bien, sin importar el interés nacional.

Esto significa que mientras el Congreso asigna fondos para reducir el dolor económico del Covid-19, no debería darle a Trump ninguna autoridad para decidir cómo se gasta el dinero. Por ejemplo, aunque tal vez sea necesario proveer fondos para algunos rescates empresariales, el Congreso debe especificar las reglas que definen para quiénes son esos fondos y en qué circunstancias. De lo contrario saben lo que ocurrirá: Trump abusará de su autoridad para recompensar a sus amigos y castigar a sus enemigos. Así es él.

Lidiar con el coronavirus sería difícil en la mejor de las circunstancias; será particularmente difícil cuando sabemos que no podemos confiar ni en el juicio ni en los motivos del hombre que debería estar encabezando la respuesta. Pero estamos entrando a una pandemia con el presidente que tenemos, no con el presidente que desearíamos tener.

* Es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2020.

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¿Por qué los republicanos no son populistas?

/ 3 de abril de 2021 / 01:24

El Plan de Rescate Estadounidense del presidente Joe Biden es tremendamente popular, incluso entre los electores republicanos. Aún no tenemos información exacta sobre la próxima iniciativa demócrata, pero es posible que tenga buenos resultados en las encuestas porque combinará una inversión importante en infraestructura y aumentos en los impuestos para las corporaciones y los ricos. Ambos temas son muy populares.

Sin embargo, al igual que el plan de rescate, lo más probable es que el próximo plan tampoco obtenga un solo voto republicano en el Congreso. ¿Por qué los republicanos electos siguen tan comprometidos con las políticas económicas de la derecha que ayudan a los ricos mientras timan a la clase trabajadora?

Al igual que muchos observadores, solía pensar en un modelo del Partido Republicano parecido al que se presenta en What’s the matter with Kansas?Es decir que, al igual que Thomas Frank, autor del libro de 2004 que lleva ese título yo en esencia veía al Partido Republicano como una empresa dirigida por y para plutócratas, gestionada para ganar elecciones al aprovecharse de las quejas culturales y la hostilidad racial de los blancos de la clase trabajadora. Pero, la intolerancia solía ser un espectáculo para la plebe; el partido regresaba a sus prioridades a favor de los ricos después de que terminaban las elecciones.

Puede que los multimillonarios hayan puesto al Partido Republicano en la vía del extremismo, pero es evidente que perdieron el control de las fuerzas que conjuraron. El Partido Republicano ya no puede guardar la intolerancia en un cajón, después de cada elección, para enfocarse en sus asuntos importantes como el recorte de impuestos y la desregulación. En cambio, ahora los extremistas son los que mandan. A pesar de una derrota electoral y una insurrección violenta, lo que queda de la vieja clase dominante republicana se ha degradado en el altar del trumpismo.

Sin embargo, aunque el poder en el Partido Republicano se ha alejado casi por completo de la clase dirigente conservadora, el partido sigue comprometido con una ideología económica de recortes de impuestos y gasto. Y no resulta evidente por qué. Cuando Donald Trump avasalló a los candidatos de la clase dirigente en 2016, parecía posible que llevara a su partido hacia lo que algunos políticos denominaron “democracia de Herrenvolk”, en la que las políticas públicas son realmente populistas e incluso igualitarias, pero solo para los miembros de los grupos raciales y étnicos adecuados.

Como candidato, Trump a menudo sonaba como si quisiera ir en esa dirección y prometía no disminuir las prestaciones sociales, así como comenzar un enorme programa de infraestructura. De haber cumplido esas promesas y mostrado una pizca de populismo verdadero, tal vez seguiría siendo presidente. Sin embargo, en la práctica su recorte de impuestos y su intento fallido de revocar Obamacare se apegaron por completo al manual de estrategias conservadoras de siempre. La excepción que confirma la regla fue la política agrícola de Trump, que incluyó enormes subsidios para los agricultores a los que afectó su guerra comercial, pero se las ingenió para entregárselos casi todos a los blancos.

¿Acaso la continuación de políticas económicas impopulares que hizo Trump fue solo un reflejo de su ignorancia personal y falta de interés en el trasfondo de las políticas? Los acontecimientos ocurridos desde las elecciones sugieren que no. Ya mencioné la alineación de la oposición republicana contra el paquete de asistencia de Biden. El rechazo al populismo económico también se ve a nivel estatal. Piensen en Misuri. Uno de sus senadores, Josh Hawley, declaró que los republicanos deberían ser “un partido de la clase trabajadora, no un partido de Wall Street”. Sin embargo, los republicanos en la legislatura estatal acaban de bloquear el financiamiento para expandir Medicaid que tendría un costo muy bajo para el Estado y que ya había aprobado la mayoría de los electores.

¿Qué está pasando? Sospecho que la ausencia de populismo verdadero en la derecha tiene mucho que ver con la cerrazón de mente de la derecha: puede que la clase dirigente conservadora haya perdido poder, pero sus esbirros siguen siendo los únicos en el Partido Republicano que saben algo sobre políticas públicas. Y es posible que los grandes capitales todavía compren influencia incluso en un partido cuya fuerza proviene en su mayoría de la intolerancia y el odio. En todo caso, por ahora los políticos republicanos les están haciendo un gran favor a los demócratas, al aferrarse a ideas económicas desacreditadas que ni sus seguidores aprueban.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times

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El plan económico republicano es un insulto

No se trata de una oferta para hacer concesiones, sino de una exigencia de rendición casi total.

/ 3 de febrero de 2021 / 01:02

Así que 10 senadores republicanos proponen un paquete económico que se supone que es una alternativa al Plan de Rescate Estadounidense del presidente Joe Biden. Se dice que la propuesta solo sería de una fracción del tamaño del plan de Biden y, en aspectos importantes, le quitaría toda la sustancia al alivio económico. Sin embargo, los republicanos quieren que Biden ceda a sus deseos en nombre del bipartidismo. ¿Debería hacerlo? No, no, 1,9 billones de veces no.

No es solo que lo que sabemos de la propuesta del Partido Republicano indique que es bastante inadecuada para una nación que sigue asolada por la pandemia de coronavirus. Más allá de eso, por su conducta los republicanos perdieron todo derecho a pedir bipartidismo, o incluso a que se les conceda cualquier presunción de buena fe.

Empecemos por el fondo. Desde cualquier punto de vista, enero fue el peor mes de la pandemia hasta ahora. Más de 95.000 estadounidenses murieron de COVID-19; las hospitalizaciones siguen siendo mucho más altas que en los picos anteriores.

Es cierto que por fin se vislumbra el final de la pesadilla. Si todo va bien, en algún momento de este año la cantidad de personas vacunadas será suficiente para alcanzar la inmunidad de grupo, la pandemia se desvanecerá y se podrá reanudar la vida normal. Y mientras tanto, vamos a tener que seguir con un cierre parcial. Y la continuación del cierre impondrá muchas dificultades financieras. El desempleo seguirá siendo muy alto; millones de empresas lucharán para mantenerse a flote.

Por ende, lo que necesitamos es una ayuda para el desastre que les permita a los estadounidenses afectados superar los duros meses que se avecinan. Y eso es lo que haría el plan de Biden.

No obstante, los republicanos quieren destripar este plan. Se proponen disminuir la asistencia adicional para los desempleados y, lo que es más importante, cortar esa ayuda en junio, mucho antes de que podamos volver al pleno empleo. Se proponen eliminar cientos de miles de millones en asistencia para los gobiernos estatales y locales. Quieren eliminar la asistencia para los menores. Y así sucesivamente.

No se trata de una oferta para hacer concesiones, sino de una exigencia de rendición casi total. Y las consecuencias serían demoledoras si los demócratas cedieran.

¿Pero qué pasa con el bipartidismo? Como diría Biden: “Hombre, por favor”. En primer lugar, un partido no puede exigir bipartidismo cuando muchos de sus representantes siguen sin reconocer que Biden ganó de manera legítima e incluso los que al fin reconocieron la victoria de Biden se pasaron semanas siguiéndole la corriente a afirmaciones infundadas de una elección robada.

Las quejas de que sería “divisorio” por parte de los demócratas aprobar un proyecto de ley de alivio en una votación de línea de partido, utilizando la reconciliación para evitar el filibusterismo, también son bastante irrisorias viniendo de un partido que hizo exactamente lo mismo en 2017, cuando promulgó un gran recorte de impuestos, una legislación que, a diferencia del alivio de la pandemia, no era una respuesta a ninguna crisis evidente, sino que solo era parte de una lista de deseos conservadora. Y cuando un partido intenta aplicar políticas con un apoyo público abrumador mientras el otro se opone a ellas, ¿quién es con exactitud el que divide?

Esperen, hay más. Todo el mundo sabía que los republicanos, a quienes de la noche a la mañana dejaron de preocuparles los déficits cuando Donald Trump asumió el cargo, redescubrirían de repente los horrores de la deuda pública cuando Joe Biden llegara al poder. Lo que ni siquiera yo esperaba era verlos quejarse de que el plan de Biden da demasiada ayuda a las familias relativamente acomodadas.

De nuevo, consideren el recorte de impuestos de 2017. Según el Centro de Política Fiscal, que es apartidista, ese proyecto de ley les daba el 79% de sus beneficios a las personas que ganan más de $us 100.000 al año. Dio más a los estadounidenses con ingresos superiores al millón de dólares, apenas el 0,4% de los contribuyentes, que la exención fiscal total para quienes viven con menos de $us 75.000 al año, es decir, la mayoría de la población. ¿Y ahora los republicanos dicen preocuparse por la equidad?

En resumen, todo en esta contraoferta republicana apesta a mala fe, el mismo tipo de mala fe que el Partido Republicano mostró en 2009 cuando intentó bloquear los esfuerzos del presidente Barack Obama para rescatar la economía tras la crisis financiera de 2008.

Por desgracia, Obama no supo captar la naturaleza de su oposición y suavizó sus políticas en un vano intento de ganarse el apoyo del partido opositor. Esta vez, parece que los demócratas entienden que es una trampa y no se dejarán engañar de nuevo.

Así que está bien que Biden hable con los republicanos y los escuche. Pero, ¿debería hacer alguna concesión sustancial para intentar ganárselos? ¿Debería dejar que las negociaciones con los republicanos retrasen la aprobación de su plan de rescate? En absoluto. Solo tiene que lograr su aprobación.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.    

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Una bizarra espiral negativa

La respuesta republicana a la derrota electoral es intentar amañar las próximas elecciones en Estados Unidos.

/ 1 de febrero de 2021 / 00:16

Esto es lo que sabemos de la política estadounidense: el Partido Republicano está atrapado, quizá de manera irreversible, en una bizarra espiral negativa. Si la insurrección del Capitolio provocada por Trump no le devolvió la cordura al partido —y no fue así—, nada lo hará.

Lo que no está claro todavía es quién, exactamente, acabará enfrentándose a la perdición. ¿Será el Partido Republicano como una fuerza política importante? ¿O será Estados Unidos tal y como lo conocemos? Por desgracia, no sabemos la respuesta. Depende mucho del éxito que tengan los republicanos en la supresión de votos.

Sobre lo bizarro: incluso a mí me quedaba algo de esperanza de que la clase dominante republicana pudiera intentar acabar con el trumpismo. Pero esas esperanzas murieron esta semana. En otras palabras, el liderazgo nacional del Partido Republicano, después de coquetear por poco tiempo con el sentido común, se ha dejado llevar por las fantasías de los extremistas. La cobardía manda.

Y los extremistas están consolidando su dominio a nivel estatal. El partido estatal de Arizona censuró al gobernador republicano por el pecado de intentar contener el coronavirus de manera tardía. El Partido Republicano de Texas adoptó el lema “Somos la tormenta”, que se asocia con QAnon, aunque el partido niega haber tenido la intención de establecer un vínculo. Los republicanos de Oregon apoyan la afirmación carente de todo fundamento, contradicha por los propios alborotadores, de que el ataque al Capitolio fue una operación de bandera falsa ejecutada por la izquierda.

¿Cómo le sucedió esto al partido de Dwight Eisenhower? Los politólogos sostienen que las fuerzas tradicionales de la moderación se han debilitado por factores como la nacionalización de la política y el auge de los medios de comunicación partidistas, en particular Fox News.

Esto ha abierto la puerta a un proceso de extremismo que se refuerza a sí mismo (algo que, por cierto, he visto que ocurre en menor proporción en algunos ámbitos académicos). A medida que los partidarios de la línea dura ganan poder adentro de un grupo, expulsan a los moderados, entonces, lo que queda del grupo es aún más extremo, lo cual saca del grupo incluso a más moderados y así sucesivamente. Un partido comienza quejándose de que los impuestos son demasiado altos; al cabo de un tiempo, empieza a afirmar que el cambio climático es un gigantesco engaño y acaba creyendo que todos los demócratas son pedófilos satánicos.

Este proceso de radicalización comenzó mucho antes de Donald Trump; se remonta al menos a la toma del poder del Congreso por parte de Newt Gingrich en 1994. No obstante, el reino de la corrupción y las mentiras de Trump, seguido por su negativa a aceptar la derrota y su intento por anular los resultados de las elecciones, lo llevó a un punto crítico. Y la cobardía de la clase dominante republicana ha acabado por reforzarlo. Uno de los dos principales partidos políticos de Estados Unidos se ha separado de los hechos, la lógica y la democracia, y no dará marcha atrás.

¿Qué pasará ahora? Se podría pensar que un partido que se va al garete en lo moral e intelectual se encontraría también en el garete político. Y eso es lo que ha ocurrido en algunos estados. Esos fantasiosos republicanos de Oregon, que llevan fuera del poder desde 2013, parecen seguir el camino de sus colegas de California, un partido antaño poderoso reducido a la impotencia frente a una supermayoría demócrata.

Pero no está nada claro que esto vaya a ocurrir a nivel nacional. Es cierto que, a medida que los republicanos se han vuelto más extremistas, han perdido un amplio apoyo; el Partido Republicano solo ha ganado el voto popular para la presidencia en una ocasión desde 1988 y la victoria de 2004 fue un caso atípico influido por los efectos duraderos del patriotismo emanado del 11 de septiembre.

Sin embargo, debido a la naturaleza poco representativa de nuestro sistema electoral, los republicanos pueden alcanzar el poder aunque pierdan el voto popular. La mayoría del electorado rechazó a Trump en 2016, pero se convirtió en presidente de todos modos y estuvo bastante cerca de conseguirlo en 2020 a pesar de un déficit de siete millones de votos. El Senado está dividido de manera uniforme a pesar de que los miembros demócratas representan a 41 millones de personas más que los republicanos.

Además, la respuesta republicana a la derrota electoral no es cambiar las políticas para convencer a los votantes, sino intentar amañar las próximas elecciones. Desde hace mucho tiempo, se sabe que en Georgia se suprime de manera sistemática a los electores negros; fue necesario un extraordinario esfuerzo de organización por parte de los demócratas, encabezados por Stacey Abrams, para vencer esa supresión y ganar los votos electorales y los escaños del Senado del estado. Así que los republicanos que controlan el estado están intensificando la privación de derechos, con la propuesta de nuevos requisitos de identificación para los electores y otras medidas para limitar el voto.

La conclusión es que no sabemos si esto es algo más que una mejora temporal. Los planes del presidente que intentó retener el poder a pesar de haber perdido las elecciones fracasaron. No obstante, un partido que se traga extrañas teorías conspirativas y niega la legitimidad de su oposición no se está volviendo más cuerdo, y todavía tiene muchas posibilidades de conseguir todo el poder dentro de cuatro años.

    Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

  

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2020 fue el año en que murió el reaganismo

/ 30 de diciembre de 2020 / 02:23

Quizá las imágenes lo convencieron. Aunque es difícil saber qué aspectos de la realidad logran penetrar la menguante burbuja de Donald Trump (por eso me alegra decir que, después del 20 de enero, no tenderemos que preocuparnos por lo que pase en esa mente nada brillante ni maravillosa), es posible que se haya percatado de la imagen que proyectaba al jugar golf mientras millones de familias en total desesperación se quedaban sin subsidios por desempleo.

Sin importar cuál haya sido el motivo, el domingo por fin firmó un proyecto de ley de asistencia económica que, entre otras medidas, prolongará esas ayudas unos meses. Después de esa decisión, no solo los desempleados dieron un respiro de alivio. En los mercados bursátiles, aumentaron los futuros, que no son un parámetro de éxito económico, pero de cualquier forma son indicadores. Goldman Sachs elevó sus proyecciones de crecimiento económico para 2021.

Así que este año cierra con un recordatorio más de la lección que deberíamos haber aprendido en la primavera: en épocas de crisis, es bueno que el gobierno ayude a la gente que pasa dificultades, y no solo es algo bueno para quienes reciben esos beneficios, sino para toda la nación. Expresado con una frase un poco distinta, 2020 fue el año en que murió el reaganismo.

Cuando hablo de reaganismo, me refiero a una actitud que va más allá de la economía vudú, según la cual los recortes fiscales tienen poderes mágicos capaces de resolver todo tipo de problemas. Después de todo, nadie cree ese aforismo, salvo unos cuantos charlatanes y excéntricos y todo el Partido Republicano.

Más bien, me refiero a un concepto más amplio: la convicción de que ayudar a quienes lo necesitan siempre es contraproducente, que la única manera de mejorar la vida del ciudadano común y corriente es hacer más ricos a los ricos y esperar a que los beneficios se filtren hacia las clases bajas. Esta noción quedó encapsulada en la famosa frase de Ronald Reagan que afirma que las palabras más aterradoras son: “Soy del gobierno y vengo a ayudar”.

Pues bien, en 2020 el gobierno vino a ayudar y eso fue lo que hizo.

Es cierto que algunos apoyaban políticas basadas en el efecto de filtración, incluso en plena pandemia. Trump intentó en repetidas ocasiones impulsar recortes a los impuestos sobre nómina, que por definición no representarían ninguna ayuda directa para los desempleados, e incluso intentó (sin éxito) recortar la recaudación de impuestos con una orden ejecutiva.

Por cierto, el nuevo paquete de recuperación sí incluye un recorte fiscal multimillonario para las comidas de negocios, como si los almuerzos con tres martinis fueran la respuesta a la depresión causada por la pandemia.

El rechazo al estilo Reagan de la ayuda a los necesitados también se mantuvo. Algunos políticos y economistas seguían insistiendo, contra toda evidencia, en que ayudar a los trabajadores desempleados de hecho generaba desempleo, pues hacía que se mostraran renuentes a aceptar ofertas de trabajo.

Sin embargo, en general (y sorprendentemente hasta cierto punto), la política económica estadounidense en realidad respondió muy bien a las necesidades reales de una nación que se vio forzada a suspender actividades a causa de un virus mortal. La asistencia para los desempleados y los préstamos a las empresas que podían condonarse si se utilizaban para mantener la nómina contuvieron el sufrimiento. En cuanto al envío directo de cheques a la mayoría de los adultos, aunque no fue la política mejor orientada, sí estimuló los ingresos personales.

Estas acciones intervencionistas del gobierno funcionaron. Con todo y que la suspensión de actividades produjo la desaparición temporal de 22 millones de empleos, los índices de pobreza en realidad bajaron mientras se distribuyó la asistencia.

Además, no surgió alguna desventaja evidente. Como ya he dicho, no hubo ninguna señal de que ayudar a los desempleados los desalentara de aceptar empleos cuando los había. Más aún, el repunte en el empleo visto entre abril y julio, cuando 9 millones de estadounidenses volvieron a trabajar, se dio mientras todavía se ofrecían beneficios más generosos.

Los enormes créditos asumidos por el gobierno tampoco tuvieron las consecuencias desastrosas que los gruñones del déficit no paran de predecir. Las tasas de interés siguen bajas y la inflación se quedó inmóvil.

Así que el gobierno vino a ayudar y de verdad lo hizo. El único problema fue que suspendió la ayuda muy pronto. Los beneficios extraordinarios deberían haber continuado mientras el coronavirus seguía fuera de control. La disposición bipartidista para aprobar un segundo paquete de rescate y el hecho de que Trump haya accedido, aunque renuente, a firmar esa legislación, es un reconocimiento tácito de que así debería haber sido.

De hecho, parte de la ayuda entregada en 2020 debería continuar incluso después de que se generalice la vacunación. La lección de la primavera pasada fue que, si se aplican programas gubernamentales con financiamiento adecuado, es posible reducir en gran medida la pobreza. ¿Por qué olvidar esa lección en cuanto termine la pandemia?

Ahora bien, cuando digo que el reaganismo murió en 2020 no quiero decir que los sospechosos habituales dejarán de repetir sus vaticinios usuales. La economía vudú está demasiado arraigada en el Partido Republicano moderno (y les resulta muy útil a los donadores multimillonarios que desean obtener recortes fiscales) como para que unos cuantos hechos inconvenientes hagan que se esfume.

La oposición a ayudar a los desempleados y a los pobres nunca se basó en pruebas, sino que se originó por una mezcla de elitismo y hostilidad racial. Así que no dejaremos de escuchar la cantaleta sobre los poderes milagrosos de los recortes fiscales y las calamidades del Estado benefactor.

No obstante, aunque el reaganismo no desaparezca, ahora más que nunca será un reaganismo zombi, una doctrina que debería haber perecido al enfrentarse con la realidad, pero que a pesar de todo sigue deambulando por ahí y se dedica a devorar el cerebro de algunos políticos.

Porque la lección del 2020 es que, cuando estamos en crisis, y en cierta medida incluso en tiempos más propicios, el gobierno puede hacer mucho para mejorar la vida de las personas. Nada debe causarnos más temor que un gobierno que se niega a cumplir su trabajo.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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La guerra de Trump II

/ 29 de noviembre de 2020 / 00:30

Todos sabíamos que Trump reaccionaría mal ante una derrota. Pero su negativa a admitirla, la destructividad de su berrinche y la disposición de casi todo el Partido Republicano a consentirlo han sobrepasado hasta las expectativas de los pesimistas.

Aun así, es muy poco probable que Trump logre cambiar los resultados de las elecciones. Sin embargo, está haciendo todo lo que puede para arruinar a Estados Unidos antes de irse, en lo poco y en lo mucho. Entre otras cosas, sus funcionarios ya están tratando de sabotear la economía, preparando el escenario para una posible crisis financiera durante el mandato de Joe Biden.

Para los que no están enterados, el anuncio repentino de Steven Mnuchin, el secretario del Tesoro, de que pondrá fin al apoyo para varios programas de préstamo creados en marzo quizá no parezca un gran problema. Después de todo, los mercados financieros no están en crisis. De hecho, en un desafío a la predicción de Trump de que “sus planes de ahorro 401(k) se irán al diablo” si perdía, las acciones han aumentado desde la victoria de Biden. Además, buena parte del dinero asignado a esos programas, de hecho, nunca se usó. Entonces, ¿cuál es el problema?

Pues bien, la Reserva Federal, que administra esos programas, se ha opuesto enérgicamente, con justa razón. Verán, la Reserva Federal sabe mucho sobre crisis financieras y lo que se necesita para detenerlas, y Mnuchin está privando a la nación de herramientas que podrían ser fundamentales en los meses o años por venir.

En los viejos tiempos, lo que llamamos crisis financiera por lo general se denominaba “pánico”, como el Pánico de 1907, el acontecimiento que condujo a la creación de la Reserva Federal. Las causas de los pánicos varían mucho; algunos no tienen una causa visible. En todos hay una pérdida de confianza que congela el flujo de dinero en la economía, a menudo con efectos catastróficos para el crecimiento y los empleos. Los pánicos no necesariamente reflejan la psicología popular, aunque algunas veces ésta tiene que ver. Con mayor frecuencia hablamos de profecías autocumplidas, en las que las acciones individualmente racionales producen un resultado colectivo desastroso.

Ahí es donde entran las agencias como la Reserva Federal. Sabemos desde el siglo XIX que tales agencias pueden y deben prestar dinero a los actores que lo necesitan con urgencia durante el pánico financiero, a fin de detener la espiral de la muerte. ¿Cuántos préstamos se necesitan para frenar un pánico? A menudo, no son tantos. De hecho, muchas veces los pánicos terminan con la sola promesa de que se proveerá el efectivo de ser necesario, sin la necesidad de firmar los cheques en realidad.

Tal vez la nueva ola de coronavirus no provoque una segunda crisis financiera; después de todo, ahora sabemos que una vacuna está en camino. No obstante, el riesgo de que haya una crisis no ha desaparecido y es una tontería privarnos de las herramientas que podríamos necesitar para luchar contra esa crisis. La afirmación de Mnuchin de que el dinero ya no es necesario no tiene sentido, y no está claro si su sucesor podrá revertir con facilidad sus acciones. Dado todo lo demás que está sucediendo, es difícil ver la decisión de Mnuchin como algo más que un acto de vandalismo, un intento de aumentar las probabilidades de un desastre con el sucesor de Trump.

El asunto es que, hasta esta última jugada, parecía que Mnuchin podría ser uno de los pocos funcionarios que se las ingenió para acabar su servicio al mando de Trump sin destruir su reputación por completo. Bueno, olvídense de eso: ya forma parte de las filas de los leales a Trump decididos a destrozar al país antes de irse.

*es Premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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