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martes 2 jun 2020 | Actualizado a 03:49

Adiós a la ‘dolce vitta’

La calamidad ha despertado los sentimientos más crueles, al autorizar en algunos nosocomios la admisión selectiva de pacientes

/ 4 de abril de 2020 / 08:58

Nadie imaginó que un enemigo microscópico pero poderoso terminaría con el planeta edificado por varias generaciones para el goce material de sus habitantes más afortunados, cuya felicidad era una obscena afrenta a la desgracia que padecía la mayoría de los terrícolas. Se ha ido el mundo en el que los más fuertes física, intelectual, política o económicamente se imponían a los débiles, y los sometían en uno y otro escenario.

La arrogancia de aquellos los hacía presumir de ser inmunes ante la ley; y su dinero les permitía costearse los servicios de salud más caros y sofisticados. No había escollo para el disfrute total de la vida. En menor escala, ululaban los menos ricos pero igualmente beneficiarios del sistema, sea este capitalista o comunista.

Hasta que apareció ese guerrero invisible apodado coronavirus COVID-19 en el confín de la China milenaria para difundirse primero allí y poco más tarde en el resto de Asia, Europa y en las Américas. Curiosamente África, el continente más pobre y relegado del planeta, es el menos afectado hasta hoy, aunque los africanos han sido castigados en el pasado por otras mortíferas epidemias.

Ante el nefario flagelo, han quedado inermes no solo los líderes políticos del momento, sino también los hombres de ciencia más reputados, incapaces de reaccionar prontamente.

El avance imparable del virus también ha comprometido seriamente los cimientos de la estructura financiera mundial.

El comercio internacional y los intercambios locales han sido golpeados fatalmente. Y quedó como única solución paralizar el mundo: todos encerrados en sus propias casas, bajo cuarentenas forzadas, porque los hospitales colapsaron por falta de camas disponibles, de respiraderos artificiales y, sobre todo, de personal médico idóneo y de enfermería básica.

Confrontados al ataque masivo que cobraba vidas por miles, la ciudadanía ha comenzado a cuestionar la eficacia de sus respectivos gobiernos. ¿Mejor valía una férrea dictadura como la de Xi Jinping o una democracia abierta como la italiana? Las comparaciones se apoyaban en uno y otro bando en estadísticas que variaban día a día.

Mientras en Estados Unidos la errática posición del presidente Trump era acremente criticada, no lo era menos en América Latina, con el mexicano Manuel López Obrador, cuya defensa ante el embate del COVID-19 era un amuleto religioso.

Esta catástrofe planetaria con sus cuarentenas militarizadas ha provocado escenas espeluznantes propias de una película terrorífica de ciencia ficción: calles, avenidas y parques desiertos; filas de camiones cargando cadáveres hacia fosas comunes, etc. La calamidad ha despertado los sentimientos más crueles, al autorizar en algunos nosocomios la admisión selectiva de pacientes, rechazando a los mayores de 80 años, a quienes, por vulnerables, les esperaba una muerte segura.

Al escribir estas líneas aún no hay señales de soluciones viables para detener la propagación de la pandemia, ni tampoco de tratamientos seguros y contundentes.

Entretanto, las redes sociales se llenan de fake news y hasta de propaganda política que inventa curas milagrosas, o galenos que, cual samaritanos medioevales, ofrecen sus servicios a ciertas naciones afectadas. Todo ello nos hace aguardar lo mejor, pero estar preparados para lo peor.

Carlos Antonio Carrasco es doctor ciencias políticas, miembro de la academia de ciencias de ultramar de Francia.

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Diplomacia a la distancia

La actividad diplomática de las relaciones entre los Estados, sea ésta bilateral o multilateral, se ha visto significativamente afectada por la pandemia.

/ 30 de mayo de 2020 / 07:47

Ni George Orwell ni Franz Kafka, en sus más atrevidas predicciones para el futuro o en sus macabras alucinaciones, pudieron imaginar el mundo en que ahora vivimos, bajo el manto fúnebre del COVID-19. Pandemia que, obviamente, afecta la actividad diplomática de las relaciones entre los Estados, sea ésta bilateral o multilateral. En esta última modalidad, el confinamiento universal ha provocado el cierre casi total de los espacios físicos reservados al trajín de los cabildeos y al acomodo de amplios salones arreglados para acoger a los delegados de 195 naciones independientes. Esto sucede tanto en el Palacio de Cristal de las Naciones Unidas en Nueva York, al ocre palacete horizontal en Ginebra, o a la sede de la Unesco en París.

Sin embargo, los miles de funcionarios del sistema onusiano, habiendo sido relegados a sus respectivos hogares desde mediados de marzo, deben someterse a las nuevas reglas que el tele-trabajo impone. Igual cosa acontece con los delegados permanentes acreditados que, privados de sus sendos despachos, están condenados a pegarse a las pantallas de sus ordenadores y a sus celulares para leer su correspondencia o para comunicarse con sus colaboradores.

Curiosamente, a falta de vinculación presencial, la labor rutinaria se ha incrementado, como fruto del ocio al que los burócratas están sometidos. Ahora, unos y otros cuentan con mayor tiempo para revisar expedientes otrora olvidados o negligentemente acumulados en los desvanes del olvido. También las decenas de reuniones multilaterales programadas con gran antelación debieron volver a planificarse, unas sine die (sin plazo), y otras previniendo la adopción de ejercicios virtuales vía Skype o Zoom. Plataformas en las que los participantes se escuchan mutuamente sin verse; o cuando lo hacen, el moderador puede cortarle el sonido o la imagen, según su humor.

Teniendo en cuenta la complejidad técnica de estos medios, el tiempo de intervención es medido en minutos y segundos, la mayoría de las veces insuficientes para exponer un argumento convincente acorde con la sintonía intelectual o política del impetrante. Este innovador intercambio de ideas y razonamientos está en perfecto desacuerdo con la tradicional praxis diplomática que consiste esencialmente en convencer y seducir hacia su campo a sus interlocutores circunstanciales. El distanciamiento obligatorio exime, además, de la tentación inevitable que el contacto físico causa a menudo: simpatías o antipatías sin causa aparente. Pero también priva a los intervinientes de su posible excelsitud oratoria y del histrionismo que va aparejado en los maestros de la retórica.

En todo caso, efecto de la pandemia, la secretaría de los organismos internacionales ha adquirido mayor poder en la toma de decisiones que de otra manera deberían haber pasado por el tamiz de los órganos controladores: sea el buro o el consejo ejecutivo respectivo. En el orden meramente administrativo, si bien cierto tipo de teletrabajo puede reemplazar la labor presencial, existen numerosos puestos de secretarias, recepcionistas, guardianes, limpiadores, etc. que resultan redundantes con el encierro, y que sin embargo inciden en la planilla de pagos que sigue corriendo. Ante la incertidumbre acerca de la duración del COVID-19 y de su secuela de confinamientos, la crisis económica que se avizora seguramente golpeará la fluidez de los aportes financieros de los Estados a las agencias internacionales. Entonces, la diplomacia a distancia podría cobrar mayor relevancia.

Carlos Antonio Carrasco, doctor en Ciencias Políticas, miembro de la Academia de Ciencias de Francia de Ultramar.

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La crisis del multilateralismo

La seguridad humana ha sido relegada para dar prioridad a cuestiones estratégicas y al equilibrio de poderes.

/ 16 de mayo de 2020 / 07:02

Alarma y sorprende que ante la gigante amenaza que significa para la humanidad entera el COVID-19, las grandes potencias, detentadoras del poder económico y militar, no hubiesen acordado una acción coordinada para enfrentar tamaño flagelo. El tardío encuentro el 10 de abril en videoconferencia entre los miembros permanentes del Consejo de Seguridad fracasó estrepitosamente, al no poder arribar a un texto común en el comunicado final. Entre otros argumentos, Washington insistía en mencionar el origen chino del virus, punto al que China se opone, aduciendo que no se podía politizar tan grave tema.

Pocos días después, Estados Unidos retiraba su aporte financiero a la Organización Mundial de la Salud (OMS) (17% de su presupuesto), acusándola de complacencia con Pekín y mala gestión de la crisis. La actitud estadounidense no es si no resultado de la terca posición de Donald Trump respecto al multilateralismo en general. A inicios de su mandato, se retiró de los acuerdos de París contra el cambio climático, del problema nuclear iraní, de la limitación de armas nucleares intermedias con Rusia, y de su membrecía en la UNESCO.

Entretanto, Pekín se propuso llenar los vacíos que dejaba Washington, lanzando iniciativas como la “Nueva ruta de la seda”. Paralelamente, Xi Jinping movía sus alfiles para controlar cuatro de las 15 agencias internacionales; a saber: la Organización de la Aviación Civil Internacional (OACI), la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), la Organización de Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI), y la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Todas ellas encabezadas ahora por un funcionario chino. El COVID-19 ha permitido a China desplegar la agresiva “diplomacia de las máscaras”, brindándole la ocasión de asistir con donaciones y ventas rápidas de implementos sanitarios no solo a países del tercer mundo, sino también a naciones occidentales.

El multilateralismo no afecta la soberanía de los Estados, porque se funda sobre la cooperación interestatal. Las normas jurídicas, según los procedimientos acordados, se pueden imponer a todos, pero únicamente si los gobiernos así lo aceptan. Solamente el Consejo de Seguridad, cuyas resoluciones son vinculantes para los países miembros de la ONU, puede imponer reglas contundentes. De ahí su importancia para lidiar globalmente contra el COVID-19. En cuestiones relativas a la salud, los Estados son más reticentes a ceder soberanía, por las muchas aristas que conciernen, como movimientos migratorios, higiene, educación y libertad de circulación, entre otros.

Ahí radica la debilidad de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Bueno es recordar que, en el sistema de Naciones Unidas, es el pariente pobre, que solo cuenta con $us 4.000 millones para sus programas y gastos operativos. Aunque su tarea primordial es la producción de normas y sobre todo de alerta temprana acerca de epidemias y otras calamidades sanitarias. Si la razón de ser del sistema onusiano es la seguridad colectiva para el mantenimiento de la paz, la actual pandemia significa también una amenaza importante para el mantenimiento de la paz y la armonía internacional. Como apunta el secretario General de la ONU, Antonio Gutiérrez, lamentablemente la seguridad humana ha sido relegada para dar prioridad a cuestiones estratégicas y al equilibrio de poderes.

Bajo las circunstancias anotadas, cabe destacar que el mandatario galo, Emmanuel Macron, insiste en la idea de salvar el multilateralismo, considerado como el arte para que los Estados manejen colectivamente las crisis. Esa es la base por la cual Francia promueve una cumbre del P-5 (es decir, los miembros permanentes del Consejo de seguridad). Aunque mañana siempre es tarde, queda la esperanza que la sensatez prime sobre el egoísmo de los cinco grandes.

Carlos Antonio Carrasco, doctor en ciencias políticas, miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Pandemia: el retorno de los cuervos

Semanas de encierro compulsivo en este confinamiento planetario despierta odios, celos, envidias, rencores y antipatías antes guardadas furtivamente

/ 2 de mayo de 2020 / 07:27

Entre las secuelas que trae la pandemia del nuevo coronavirus está la afloración de los más bajos instintos en los hombres y mujeres que juegan en el planeta esa especie de ruleta rusa cuyo concurso sin convocatoria expresa es obligatorio, además de letal. Semanas de encierro compulsivo en este confinamiento planetario despierta odios, celos, envidias, rencores y antipatías antes guardadas furtivamente. La observancia impuesta, de cumplimiento riguroso, con severas penas para los infractores provoca irritación en quienes cumplen, mansamente, la condena contra aquellos que no la acatan. Entonces, el fenómeno de la delación se expande hasta límites obscenos, en unos países más que en otros.

Ello sucede particularmente en Francia, cuya remembranza histórica más marcada es el comportamiento social durante la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial. Se dice que en los archivos policiales figuran casi 5 millones de cartas anónimas con denuncias sobre vecinos que ocultaban judíos, que traficaban en el mercado negro o que frecuentaban medios homosexuales. Es entretenido saber que a aquellas personas dedicadas a tan innoble tarea se las apodaba “corbeaux”, cuervos en francés, debido a que en un bullado caso los laboratorios policiales descubrieron en 1922 a la autora de cientos de misivas, que durante cinco años circularon entre el vecindario denunciando no solo los actos ilegales, si no también intimidades como el adulterio, el incesto y otros secretos que sembraron horrendos pleitos entre los habitantes de un pequeño poblado.

Llevada a los tribunales, Angele Laval se presentó con un singular atuendo: toda vestida de negro y velo de viuda. De ahí se acuño el término “cuervo”, inmortalizado en 1943 en la película de Georges Cluzot. Desde entonces, las delaciones anónimas se atribuyen a los cuervos que, en esta época de confinamiento, han reaparecido en bandadas impresionantes: la prensa local comenta que las centrales telefónicas encargadas de acopiar denuncias de este estilo se encuentran colapsadas por miles de llamadas, la mayor parte, obviamente, anónimas.

En Francia, la delación sigue siendo una pasión, estimulada en ciertos dominios como por ejemplo los delitos fiscales en materia de impuestos. Inclusive el fisco promete compensaciones a denuncias que culminen con el descubrimiento de un fraude, justificando esa actitud como un premio al deber cívico en pro del bien común y de la justicia social. Otros elementos de acusación son los actos terroristas y atentados conexos, las acciones contra abusos sexuales con menores o personas vulnerables.

Con la vulgarización del uso de las redes sociales, la proliferación de las fake news (noticias falsas) y la exaltación de los whistle blowers (soplones), y de famosos como Julian Assange o Edward Snowden, la frontera entre el deber ciudadano y la acusación bastarda se hace muy difusa. Y lo que antes era considerado como una sigilosa ocupación despreciable, parece transformar en amables palomas a los sicofantas representados en los siniestros cuervos.

Carlos Antonio Carrasco, doctor en Ciencias Políticas, miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Un embajador vs el narcoministro

Raymond Cesaire fue un hábil diplomático que brilló en Santiago, en Lima, en el Congo y en otros destinos

/ 18 de abril de 2020 / 07:39

En la misma semana corona-viral fallecieron el embajador francés Raymond Cesaire, en París, y el exministro del Interior de Bolivia Luis Arce Gómez, en una clínica paceña. Como ambos, fui testigo y actor en ese aciago 17 de julio de 1980, jornada del más sangriento golpe de Estado perpetrado en la historia de Bolivia.

En tanto que ministro de Educación y Cultura, a tempranas horas de ese día acudí al llamado angustioso de la presidenta Lydia Gueiler, para asistir a una reunión de gabinete. Minutos antes se había amotinado la guarnición de Trinidad y el cuartelazo inició su marcha. Los ministros militares se encontraban ausentes, y el único que estaba presente, el de Defensa, se apresuraba en hacer aprobar su decreto para compras —decía— impostergables.

Hacia mediodía, nos llegó la noticia del asalto a la COB, y del asesinato de Marcelo Quiroga Santa Cruz. Más tarde irrumpió fieramente en el Palacio Quemado un contingente de paramilitares al mando del conocido delincuente “Mosca” Monroy. La Presidenta nos encomendó a Oscar Peña Franco y a mí indagar la situación. No fuimos muy lejos. En la sala de edecanes una golpiza ensangrentó a Oscar y, simultáneamente, el “Mosca” encañonó su metralleta en mi vientre hasta que el edecán Agustín García me liberó, amenazándolo a su vez con su pistola. Momento en que el asesino se explicó: “No se meta capitán, nos mandan los ‘luchos’”. Se refería a Luis García Meza y a Arce Gómez.

Prontamente logramos sacar a la presidente Gueiler de su despacho a la azotea del Palacio, donde permaneció hasta su traslado a la nunciatura apostólica. En el entretecho palaciego permanecimos ocultos en posición fetal tres ministros (los otros dos eran Salvador Romero Pittari y Jaime Ponce García). Por la tarde recién pude telefonear a mi amigo el embajador francés Cesaire, solicitando asilo diplomático.

La negativa del Gobierno golpista a concederme salvoconducto forzó mi confinamiento en la residencia francesa de Obrajes por largos tres meses junto con otros combatientes. Cesaire, quien raudamente encabezó la acción diplomática de sus colegas, nos traía diariamente noticias manifiestas y encubiertas. Un día, luego de entrevistarse con Arce Gómez (a quien hostigaba regularmente) me advirtió de la animadversión que sentía hacia mi persona, y me ofreció exfiltrarme en una operación clandestina autorizada por París y organizada prolijamente por el propio embajador.

Una fría madrugada me embarqué junto con el médico comunista Mario Barragán, también asilado, en el Mercedes Benz con chapas diplomáticas que conducía Claudie Cesaire, esposa del embajador. Vencimos el riesgo de tres retenes militares hasta llegar a orillas del Lago Titicaca, donde nos esperaba un botecillo y otros cuatro compañeros. Atravesamos las aguas sagradas con mil vicisitudes para arribar a Puno. Operación exitosa.

Años después, coincidimos con Raymond Cesaire en varios niveles diplomáticos, incluyendo la coyuntura vecinal en la capital gala. Vivía él en la avenue Bosquet y yo, en Champs de Mars. También fuimos colegas en la Academia de Ciencias de Ultramar y en la Legión de Honor, donde ambos ostentamos el alto grado de comendador. Raymond fue hábil diplomático que brilló en Santiago, en Lima, en el Congo y en otros destinos. Cabeza de una familia ejemplar, deja un gran vacío para sus hijos, Jean Marc, Benedicte y Bertrand, y en los amigos que supo cultivar y que admiraban su talento, su coraje y su estilo reverente de gran señor.

Carlos Antonio Carrasco*

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