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viernes 5 mar 2021 | Actualizado a 09:31

Adiós a la ‘dolce vitta’

La calamidad ha despertado los sentimientos más crueles, al autorizar en algunos nosocomios la admisión selectiva de pacientes

/ 4 de abril de 2020 / 08:58

Nadie imaginó que un enemigo microscópico pero poderoso terminaría con el planeta edificado por varias generaciones para el goce material de sus habitantes más afortunados, cuya felicidad era una obscena afrenta a la desgracia que padecía la mayoría de los terrícolas. Se ha ido el mundo en el que los más fuertes física, intelectual, política o económicamente se imponían a los débiles, y los sometían en uno y otro escenario.

La arrogancia de aquellos los hacía presumir de ser inmunes ante la ley; y su dinero les permitía costearse los servicios de salud más caros y sofisticados. No había escollo para el disfrute total de la vida. En menor escala, ululaban los menos ricos pero igualmente beneficiarios del sistema, sea este capitalista o comunista.

Hasta que apareció ese guerrero invisible apodado coronavirus COVID-19 en el confín de la China milenaria para difundirse primero allí y poco más tarde en el resto de Asia, Europa y en las Américas. Curiosamente África, el continente más pobre y relegado del planeta, es el menos afectado hasta hoy, aunque los africanos han sido castigados en el pasado por otras mortíferas epidemias.

Ante el nefario flagelo, han quedado inermes no solo los líderes políticos del momento, sino también los hombres de ciencia más reputados, incapaces de reaccionar prontamente.

El avance imparable del virus también ha comprometido seriamente los cimientos de la estructura financiera mundial.

El comercio internacional y los intercambios locales han sido golpeados fatalmente. Y quedó como única solución paralizar el mundo: todos encerrados en sus propias casas, bajo cuarentenas forzadas, porque los hospitales colapsaron por falta de camas disponibles, de respiraderos artificiales y, sobre todo, de personal médico idóneo y de enfermería básica.

Confrontados al ataque masivo que cobraba vidas por miles, la ciudadanía ha comenzado a cuestionar la eficacia de sus respectivos gobiernos. ¿Mejor valía una férrea dictadura como la de Xi Jinping o una democracia abierta como la italiana? Las comparaciones se apoyaban en uno y otro bando en estadísticas que variaban día a día.

Mientras en Estados Unidos la errática posición del presidente Trump era acremente criticada, no lo era menos en América Latina, con el mexicano Manuel López Obrador, cuya defensa ante el embate del COVID-19 era un amuleto religioso.

Esta catástrofe planetaria con sus cuarentenas militarizadas ha provocado escenas espeluznantes propias de una película terrorífica de ciencia ficción: calles, avenidas y parques desiertos; filas de camiones cargando cadáveres hacia fosas comunes, etc. La calamidad ha despertado los sentimientos más crueles, al autorizar en algunos nosocomios la admisión selectiva de pacientes, rechazando a los mayores de 80 años, a quienes, por vulnerables, les esperaba una muerte segura.

Al escribir estas líneas aún no hay señales de soluciones viables para detener la propagación de la pandemia, ni tampoco de tratamientos seguros y contundentes.

Entretanto, las redes sociales se llenan de fake news y hasta de propaganda política que inventa curas milagrosas, o galenos que, cual samaritanos medioevales, ofrecen sus servicios a ciertas naciones afectadas. Todo ello nos hace aguardar lo mejor, pero estar preparados para lo peor.

Carlos Antonio Carrasco es doctor ciencias políticas, miembro de la academia de ciencias de ultramar de Francia.

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George Schultz

/ 20 de febrero de 2021 / 02:52

Si existir 100 años es ya una hazaña, vivir intensamente hasta el último día es singular excepción. Quien se apagó en su hogar implantado en el campus universitario de Stanford, California, el 6 de febrero es George Schultz, secretario de Estado de Ronald Reagan por seis laboriosos años (1982-1989), durante los cuales construyó las bases para un fresco entendimiento con la Unión Soviética y sedujo a Mikhail Gorbachev para poner fin la Guerra Fría. Aunque nos cruzamos pocas veces en el laberinto diplomático, recuerdo con incontenible ironía, aquel encuentro, sucedido en Brasil, registrado en mi libro De la revolución a la descolonización (un itinerario político y diplomático: 1952-2006), en las páginas 296-297:

Una nota importante para mí, se inscribió circunstancialmente en la Asamblea General anual de la OEA, que tuvo lugar en Brasilia en 1985. La UNESCO me designó Observador y, en tal carácter, asistí a la recepción ofrecida en honor de los delegados, en el Palacio de Itamaraty. Esa noche siguiendo mi calculada puntualidad diplomática, estuve unos diez minutos antes de la hora convocada, al igual que algunos invitados como el ecuatoriano Diego Cordovéz que representaba a la ONU, el boliviano Oscar Arze Quintanilla del Instituto Indigenista Interamericano y otros, con quienes formamos una mesa. Poco después hizo un discreto ingreso George Schultz, secretario de Estado. En esa época no era un secreto la sórdida guerra que emprendió Estados Unidos contra el Director General de la UNESCO, Amadou Mahtar M’Bow, precisamente por el NOMIC (Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación). Oscar Arze me dijo con ironía “Allá va Schultz, es tu oportunidad para arreglar el pleito con la UNESCO… ” Desafío que acepté diciendo “Tienes razón…” y acto seguido ante la mirada atónita de mis amigos, me dirigí resueltamente al encuentro del americano.

Luego de saludarlo, sin ser presentado formalmente, hablamos generalidades y en seguida lo interrogué “Y, ¿es evidente que Estados Unidos se retirará de la UNESCO…?” A lo cual me respondió con notable ingenuidad “Yes, we’re going to pull out” (Si, decididamente saldremos…) Y continúo “Pero no para siempre… ya hicimos lo propio hace unos años en la OIT.” Y me dio una extensa explicación de su estrategia, al cabo de la cual me dijo “Y por qué está Ud. tan interesado en la UNESCO?” Quien contestó por mí fue el embajador americano Diego Atencio que acababa de unirse al grupo: “Porque es el embajador de la UNESCO!” Fue tardía la identificación porque además de esa infidencia también fui testigo de un apresurado parte de guerra que le dio a Schultz, el canciller hondureño Eduardo Paz Garnica, acerca de las acciones conjuntas del ejercito de su país, al unísono con los contras nicaragüenses.

Inútil confesar que dejé la recepción para telefonear al Director General de la UNESCO, ese dato que provenía from the horse’s mouth, directamente del Secretario de Estado. Días después, Estados Unidos depositaba oficialmente su nota de preaviso de retiro de la UNESCO, donde no volvió si no diez años más tarde.

Curiosamente, Donald Trump, en 2018, repitió la argucia de Ronald Reagan y hasta hoy, Estados Unidos, continúa fuera de ese organismo internacional mientras que el senegalés Amadou Mahtar M’Bow festejará en mayo próximo su cumpleaños número 100.   

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Reinventando la diplomacia

/ 6 de febrero de 2021 / 02:25

La pandemia del COVID-19 que está cambiando las estructuras institucionales, el nivel de vida, los sistemas de gobierno y las condicionantes geopolíticas en el planeta entero, también ha llegado al espacio diplomático donde se opera cierta vertiginosa evolución para enfrentar los desafíos del mundo cada vez más globalizado. Remota queda la época medieval cuando se definía la diplomacia como el arte de negociar con los soberanos (que no eran muchos) o del lejano periodo colonial rubricado en el Tratado de Versalles por los pocos Estados independientes que forjaron la Sociedad de Naciones cuyo fracaso dio origen a la ONU, mediante la Carta constitutiva suscrita solo por 51 países. Hoy en día ese organismo mundial cuenta con 193 naciones. Esa dilatada relación —otrora solo interestatal— se complica con la aparición de nuevos actores paralelos como las empresas multinacionales, las organizaciones no gubernamentales (ONG), los grupos de presión de la sociedad civil, las redes sociales y otros. Si la ONU fue creada principalmente para preservar la paz mundial, ahora se añaden temas prioritarios en la agenda como el cambio climático, las epidemias, el resurgimiento del terrorismo, el narcotráfico, los derechos humanos y actualmente la manipulación geopolítica en la producción y distribución de las vacunas contra el COVID- 19. Los Estados, para adoptar sus respectivas posiciones al respecto, deberán contar con secciones especializadas en las cancillerías y además formar cuadros diplomáticos aptos para enfrentar el desafío del multilateralismo rampante. En tanto que las relaciones bilaterales primordialmente entre vecinos ligadas por acuerdos y convenios continúan su fluidez tradicional, la noción multilateral prevalece en torno a entidades regionales, esforzadas por promover políticas de integración. Ello acontece en todos los continentes, sea la Unión Europea (UE), la ASEAN (sudeste asiático) la OUA (África) la OEA (Américas) y una copiosa ensalada de letras que cobijan cofradías inoperantes

La irrupción pandémica del COVID 19 —por otra parte— ha obligado a los operadores diplomáticos a insertarse en los modernos instrumentos de la tecnología digital para programar reuniones virtuales (por ejemplo, vía Zoom), cumpliendo las barreras sanitarias en vigor. Esa modalidad presenta significativos inconvenientes insalvables frente a las ventajas de la vinculación presencial, incluyendo una fastidiosa limitación en el número de participantes y de tiempo en el uso de la palabra. Entonces surge insoslayablemente, la nostalgia por la diplomacia de viejo cuño, aquella cuando un Talleyrand, en el Congreso de Viena (1815) logra revertir la derrota de las guerras napoleónicas en una salida decorosa para la Francia vencida, usando su proverbial habilidad del arte de la negociación, para unir a los antiguos adversarios en aquel “concierto europeo” que duró un siglo.

Imposible de negar el rol cada vez más impactante de las redes sociales en el tinglado de las relaciones internacionales, usadas y abusadas por el presidente Donald Trump, cuyos inefables tuits matinales dictaban el orden del día a países amigos y enemigos. Una influencia determinante en la modulación de la opinión pública, al punto que sus homólogos de naciones grandes y chiquitas imitaban e imitan esa costumbre tornada en herramienta certera y puntual para el posicionamiento de un Estado respecto a los temas de actualidad.

Reglón aparte merecen las representaciones consulares, puente de vinculación del Estado con sus súbditos asentados en el extranjero, en muchos casos convertidos en aportadores importantes de divisas remitidas a su país de origen. En efecto, a guisa de muestra, citaremos a El Salvador receptor de remesas que representan el 16% del PIB. La defensa de los derechos humanos de los inmigrantes y la asistencia legal que se les preste, son parte de la acción consular.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Trump o la locura del poder

/ 23 de enero de 2021 / 01:51

Mi afición por detectar la mutación en el comportamiento de los presidentes una vez que dejan el poder o viceversa con el tiempo se ha convertido en fascinación, particularmente en Bolivia donde los he conocido cercanamente durante medio siglo, circunstancia acaecida también en Francia y más allá.

Estudiar a esos personajes en pleno ejercicio de su fuerza es un entretenimiento agradable y verlos despojados de sus mandatos, postrados en el exilio, en la calle o en un calabozo, es aun mayormente subyugante. En muchos casos, aplicar la somatología para descubrir los síntomas de esa transmutación nos señala que en el momento de gloria se elevan en estatura, su caja torácica se infla con frecuencia, se visten con urbano esmero y hasta su sex-appeal se hace aparente. En cambio, la caída los retorna a su verdadero gabarito, su pecho se torna cóncavo y su pupila trajina el horizonte en busca de sonrisas solidarias. El tiempo de repartir dádivas ha pasado y llega la hora de esquivar venganzas. Las alabanzas se fueron para dar paso al vituperio. Unos escriben sus memorias, espacio adecuado para agradecer las lisonjas acumuladas y, además, tramar la revancha para estigmatizar a los ingratos. Pero los más, se dedican al ocio o a los placeres solitarios.

Este marco, frecuente en las republiquetas de la periferia donde los autócratas se aferran al poder, cambiando o vulnerando la Constitución, también sucede en el primer mundo, aunque con modalidades altamente sofisticadas. Sin embargo, el intento de golpe de Estado perpetrado el 6 de enero en Washington rompe toda tradición, al identificar que el autor intelectual del atropello fue nada menos que el Presidente número 45 de la Unión. Conforme las investigaciones abiertas y encubiertas van tomando forma, se advierte los siniestros objetivos del asalto al Capitolio: matones armados que buscaban ajusticiar a la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, y colgar de un árbol al vicepresidente, Mike Pence, por haber abierto la sesión que permitiría certificar el resultado escrutado por el Colegio Electoral. Esas hordas trumpistas no se agolparon espontáneamente, fueron estimuladas por inspiración presidencial e instigadas por él, en arengas inflamadas de incitación a la violencia. Con anterioridad, frecuentes arrebatos extravagantes y la fobia desatada contra adversarios o adláteres desechados hacían presumir a sus cercanos amigos y a lejanos enemigos que el billonario había perdido la razón y que la seguridad del Imperio estaba dramáticamente comprometida. Esa conducta, debatida y juzgada por los congresales, culminó con la aprobación del impeachment del Mandatario y ante la falta de sanción senatorial, dejó abierta la posibilidad del juicio para inhabilitarlo a postular a cargo electivo alguno. No obstante, alejado el nefario magnate, surgirá sin duda una corriente trumpista sin Trump, por cuanto de 74 millones de americanos que votaron por él, 18 millones aprueban la ocupación del Capitolio y 24 millones se sienten representados por aquellas huestes. Ese capital electoral seguirá siendo inspirado por el expresidente a través de sus testaferros locales en cada Estado de la Unión. Aquella motivación y el temor a que Trump ordene represalias contra ellos o familiares en sus respectivas circunscripciones fueron la causa por la que tan solo 10 republicanos votasen por el impeachment; 197 de aquellos, temerosos de una venganza estilo siciliano, prefirieron hipotecar su lealtad.

Más allá de la inauguración del nuevo presidente, el factor Trump será determinante para conservar la integridad nacional, lubricar la guerra civil o evitarla. La brecha entre quienes objetan el multiculturalismo pregonando la supremacía blanca frente al resto de la población es una peligrosa chispa. En todo caso está a la vista que el Partido Republicano saldrá dividido por este conflicto.

   Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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John Le Carré: novelista, diplomático y espía

/ 9 de enero de 2021 / 04:11

Ninguna pluma como la suya para describir el fascinante mundo de la Guerra Fría, que, con tanto ímpetu, crueldad y entusiasmo, enfrentó a las dos superpotencias: los Estados Unidos y la Unión Soviética, durante más de cuatro décadas. Quienes vivimos y trabajamos en la diplomacia en esa época, nos sentíamos como émulos de George Smiley, el héroe epónimo en los relatos escritos en una veintena de obras por el británico David Cornwell, más conocido por su pseudónimo de John Le Carré. Su muerte acaecida el 12 de diciembre pasado, a sus 89 años, deja un legado copioso de anécdotas, modalidades y astucias en el entretenido universo del espionaje. No escribió sus memorias, porque la creación de sus personajes de ficción era el reflejo autobiográfico de situaciones y gentes que cruzó en su vida personal y profesional. El resto correspondía a su fértil imaginación nacida desde el momento en que su madre desapareció misteriosamente cuando él no había cumplido aún cinco años. Entonces comenzó a admirar a su padre, a quien describe como un magnifico bandido que de todas sus estafas salía siempre inmune.

Su primera juventud transcurre en Berna, donde emprende estudios de Cultura Alemana. Es allí en 1949 donde los servicios secretos británicos lo reclutan como novicio operador, para implantarlo en Oxford, donde la KGB se nutría de futuros agentes. De 1959 a 1964 se desempeña como Segundo Secretario de la embajada en Bonn, una máscara para laborar simultáneamente en el MI5, al servicio de Su Graciosa Majestad. Por coincidencia, yo también cumplía en ese tiempo idéntico rango diplomático en la misión boliviana en Londres y más tarde en 1964, ya de diputado, viajé a Berlín y crucé el famoso puente que conducía a la parte oriental de la ciudad, separada por el infame muro, para acceder al “Checkpoint Charlie” evocado en su opus magna El espía que vino del frío, publicada en 1963. Eran tiempos en que se vivía la vida de peligrosa aventura, casi cinematográfica, donde pululaban los espías, los agentes dobles y las hermosas mujeres como cebo para atrapar adversarios y sus valiosos secretos. La violencia no estaba ausente y el fin justificaba los medios empleados sin escrúpulo alguno. Por ello John Le Carré, en reflexiones posteriores dirá 50 años más tarde que sigue vigente la vieja pregunta: ¿hasta dónde somos capaces de ir en nombre de la legítima defensa de los valores occidentales? El comunismo soviético fue enterrado en 1989, pero hoy en día surgen otros enemigos para batirlos, llámense estos terroristas del islamismo radical o narcotraficantes. Y nuestro autor recorre el mundo con temas recurrentes que dan ocupación a los espías, sea en América Central con El Director nocturno (1994) o El sastre de Panamá (1997) y El canto de la misión (2007) en el África. En otro nivel, las maquinaciones de las multinacionales farmacéuticas son fustigadas en La constancia del Jardinero (2001).

Premonitoriamente, John Le Carré dijo alguna vez “Yo desearía que me recuerden como un buen narrador que vivió con las pasiones de su tiempo”. Así sea.

   Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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El club de los autócratas

/ 26 de diciembre de 2020 / 02:53

El próximo 20 de enero se aleja de la Casa Blanca el más conspicuo miembro del club de los autócratas, que entre los derechos humanos y la real politik prefirió esta última opción para frecuentar por ejemplo al mariscal egipcio Abdel Fattah Al-Sissi, a quien llamaba su “dictador preferido” sin importarle los 60.000 prisioneros políticos o las 57 ejecuciones sumarias tan solo durante octubre y noviembre pasados. Ese romance nos recuerda que cuando a Teodoro Roosevelt sus acólitos le advertían que el sátrapa nicaragüense Anastasio Somoza era un hijo de puta, el viejo mandatario replicaba: “Sí, pero es nuestro hijo de puta”. En Medio Oriente, Trump también mantenía estrecho vínculo con el príncipe heredero saudí Mohamed ben Salman (MBS), quien mandó despedazar —en 2018— al periodista Jamal Khashoggi tendiéndole una trampa en el consulado de Arabia saudita de Estambul, mientras más al Norte, se jactaba que el tirano Kim Jongun le escribía love-letters, luego de sus melosos abrazos en Singapur. En tanto que el zar ruso Vladimir Putin merecía sus elogios por ejercer “un modelo de liderazgo”, soslayando el férreo control político de su sistema unilateral. Esas ligazones peligrosas llegaron a Turquía, donde el incombustible presidente Recep Tayyip Erdogan gozaba de su tolerancia frente a su insaciable expansionismo neo-otomano que hoy se extiende desde el Cáucaso hasta el Mediterráneo Oriental.

Evidentemente, los tradicionales cuadros diplomáticos americanos insistían —vanamente— que en las relaciones bilaterales se observe la vigencia de ciertos valores en el marco de su política externa, pero el esfuerzo se estrelló contra la lógica trumpista que en 2016 razonaba que “Estados Unidos no puede dar lecciones de moral, porque también ha matado mucha gente en el mundo”, rememorando —quizá— los crímenes de guerra cometidos en Vietnam y en las inúmeras incursiones militares durante la Guerra Fría, y más recientemente en la lucha contra el islamismo radical. Fuera de ese círculo de autocracias, por razones geopolíticas y comerciales queda la China imperial de Xi Jinping y la teocracia totalitaria de Irán que han sido blanco de la furia y el fuego de Trump. Por motivos de nivel y relevancia geográfica tampoco figuran las dictaduras bananeras del África o las del Caribe como Nicaragua, Venezuela o Cuba, ni los extravagantes gobernantes europeos de Bielorrusia y Hungría. No obstante, en la periferia del mentado círculo tienen elevada apariencia los emiratos y sultanatos del Golfo Pérsico, por su peso hidrocarburífero en la economía mundial.

Irónicamente aquellos amigos de Donald tienen mucho en común no solo en su voraz apetito de sangre, sino porque en sus respectivos países la pena de muerte se aplica regularmente, tarea a la que se está consagrando Trump en su propio territorio, hasta el último día de su mandato.

El tándem Biden-Harris se presume que priorizará la vigencia de ciertos valores fundamentales sobre el pragmatismo mercantilista de su antecesor, aunque para ello tendrá que inventar un enfoque fresco en sus relaciones con el emperador pekinés o con la corte de los ayatolas.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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