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miércoles 3 jun 2020 | Actualizado a 18:14

Covid-19 en Bolivia

Mantener el aislamiento no es una opción, es una necesidad absoluta y vital para nosotros, nuestra familia y el resto de la sociedad

/ 5 de abril de 2020 / 06:55

Bolivia, como sabemos, tiene uno de los más precarios sistemas sanitarios de América del Sur. Esto no es culpa de nadie y lo es de todos. Nunca, ni en regímenes dictatoriales ni democráticos, hemos podido ponernos de acuerdo para crear un auténtico, operativo y eficiente sistema público de salud. Hemos dejado gran parte de esa tarea nacional, que concierne a todos los bolivianos, en manos de iniciativas e intereses privados, en los que priman el lucro por encima del servicio a la comunidad.

Un sistema con tantas debilidades sistémicas, valga la redundancia, no está en absoluto preparado para afrontar la crisis que se le viene encima. Decir, como hemos escuchado de boca de algún responsable político, que Bolivia está “preparada para contener el brote de la enfermedad”, retrata desconocimiento respecto a la gravedad de la pandemia desatada por el coronavirus Covid-19, y pocos escrúpulos en algunos “servidores públicos” a la hora de informar a la población sobre temas que atañen muy seriamente a la seguridad de todos y a la vida misma de la ciudadanía.

¿Qué hacer entonces? Primero y lo principal: no banalizar. La amenaza es muy grave y real, y está golpeando con furia inusitada a países con sistemas avanzados de cobertura universal en el área de la salud. En segundo lugar tenemos que estar conscientes de que nuestro sistema de salud no tiene capacidad de protegernos, lo cual nos lleva a la tercera y más importante consideración: debemos autoprotegernos. ¿Cómo lo hacemos? El principal y casi único mecanismo de protección social y de autoprotección para evitar enfermar o que el virus se extienda es el aislamiento y el distanciamiento social, medidas que consisten en evitar todo contacto innecesario con personas fuera de nuestro entorno familiar. La mejor manera de hacerlo es quedarse en casa hasta que pase el peligro; aislarse hasta que las autoridades informen de que la epidemia ha remitido.

Mantener el aislamiento no es una opción, es una necesidad absoluta y vital para nosotros, nuestra familia y el resto de la sociedad. Si tenemos necesidad de salir de casa, por razones de trabajo en sectores que presten servicios esenciales; o hacer compras en  mercados, supermercados, farmacias u otras razones urgentes, hay que usar protección: barbijos, guantes y proteger los ojos. El virus penetra en nuestro organismo por vía aérea (nariz y boca), pero también puede hacerlo por los ojos. El aislamiento y distanciamiento social son la base sobre la que se asienta el mecanismo principal de protección de toda la ciudadanía. Si no lo hacemos, lamentablemente las consecuencias podrían ser catastróficas, como ya lo estamos viendo en Italia, España o Estados Unidos, países con una organización social y sistemas sanitarios mejores que el nuestro.

La principal característica del coronavirus es su infectividad, su capacidad de transmitirse de humano a humano con mucha facilidad. Su expansión, como una llamarada, se ha extendido rápidamente por todo el mundo. Estar en contacto, sin protección, con personas infectadas aunque no tengan síntomas significa una muy alta probabilidad de contagiarnos. De ahí la importancia del aislamiento y la protección.

Además del aislamiento, sobre todo cuando por necesidad salimos de casa, es necesario lavarse las manos con frecuencia. Evitar tocarnos la cara porque podemos autocontaminarnos si nuestra mano está contaminada. Debemos evitar a toda costa reuniones de personas. Los locales públicos (mercados, farmacias, etc.) deben limitar el número de personas que ingresan en los mismos para evitar contactos o cercanía entre personas. Por un tiempo, debemos olvidarnos de nuestras buenas costumbres sociales, incluidos el apretón de manos, los abrazos o los saludos con besos. Esta crisis traerá una transformación a toda la sociedad, pero de momento lo importante es que demostremos responsabilidad personal, solidaridad con nuestros compatriotas y compromiso con nuestro país. Quédate en casa.

Alfonso Bilbao Liseca es médico anestesiólogo.

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Coronavirus: las pruebas

Ninguna de las llamadas pruebas rápidas es capaz de detectar la presencia del virus en fase temprana, lo cual resulta fundamental para contenerlo

/ 23 de abril de 2020 / 06:39

El debate sobre las pruebas de detección del virus SARS-CoV-2, causante de la grave enfermedad llamada COVID-19, inunda los medios de información de masas, televisión, periódicos y redes sociales. Todos tenemos una opinión respecto a las dichosas pruebas y queremos hacernos oír, pero quizás vale la pena preguntarnos ¿y si dejamos hablar a los expertos? ¿Quizás ellos saben más y algo mejor que nosotros cuáles son las alternativas más idóneas para manejar correctamente la situación actual con el menor daño posible a la salud de nuestros conciudadanos?

Oigamos lo que dice la Organización Mundial de la Salud (OMS) en varios informes emitidos desde que comenzó la crisis del coronavirus. Dichos informes están basados y avalados tanto por el criterio científico de sus propios técnicos como por la investigación de cientos de laboratorios a lo largo y ancho del mundo. Intentemos resumirlos en pocas palabras, aunque desafortunadamente, en aras de la precisión, hay que usar algunos términos técnicos.

Hay varios tipos de pruebas para la detección del virus de la COVID-19. La llamada Reacción en cadena de polimerasa (PCR, por en sus siglas en inglés) es la prueba estándar, la más fiable y en realidad la única que sin objeciones es recomendada por la OMS para el diagnóstico y manejo clínico de los casos. Esta prueba, basada en la presencia del SARS-CoV-2 en vías aéreas superiores (nariz y garganta), tiene una muy alta sensibilidad al detectar prácticamente todos los casos de personas que están infectadas con el virus. También tiene muy alta especificidad, lo cual significa que la prueba sale negativa entre quienes no están infectados; es decir, que no tienen el virus.

Entre las otras pruebas, las llamadas rápidas, una (a) está basada en la detección del antígeno, o sea en la presencia de proteínas propias del virus de la COVID-19; y la otra (b), en la presencia de anticuerpos en nuestra sangre. Los anticuerpos son unas moléculas formadas por nuestro organismo para intentar defendernos de la enfermedad. ¿Cuál es la diferencia entre estos dos tipos de pruebas? La prueba estándar (PCR) es la única capaz de detectar en fase temprana (un día después de la exposición y el contagio) la presencia del virus en las vías aéreas de las personas infectadas. Permite identificar muy pronto a quienes tienen el virus o a quienes han estado en contacto con personas contagiadas. Al identificar pronto a aquellos que tienen el virus y a sus contactos, podemos tomar medidas para proteger a la comunidad, mediante confinamiento, hospitalización, etc.

Es importante recordar que, tras el contagio, las personas permanecen sin síntomas al menos los primeros cinco días, antes de que surja sequedad en la garganta, malestar general, fiebre, tos, etc. Durante este tiempo, estas personas suelen hacer una vida normal, y por tanto, pueden infectar a otros. De ahí la superlativa importancia de detectar la enfermedad en fase temprana y del  confinamiento de la población. Ninguna de las llamadas pruebas rápidas es capaz de detectar la presencia del virus en fase temprana (primeros cuatro o cinco días).

La eficacia de la prueba de antígeno, prueba (a), depende de varios factores, que incluyen el tiempo de comienzo de la enfermedad, la concentración de virus, el procesamiento y otros. Con base en experiencias anteriores, por ejemplo con el virus de la influenza, se podría esperar una sensibilidad entre un 34% y un 80%. Esto significa que un gran número de pacientes pudieran considerarse no infectados cuando en realidad sí lo están. La otra prueba rápida es aún más tardía, ya que depende de la presencia de anticuerpos. Estos anticuerpos no comienzan a aparecer sino a partir de la segunda semana después del inicio de los síntomas, pudiendo aún ser más tardíos dependiendo de factores como el estado inmunológico de la persona y otros. Estas pruebas rápidas (de anticuerpos) en realidad podrían realizarse solo en la fase de recuperación. Este último criterio es la razón principal por la que la OMS no las considera muy útiles para prevenir o interrumpir la transmisión de la enfermedad, y tampoco para poner en marcha actuaciones clínicas efectivas. Sin embargo, las pruebas rápidas tienen mucha utilidad en la investigación epidemiológica, para determinar el grado de afectación del conjunto de la población y para hacer el seguimiento de los que se recuperan tras haber pasado la enfermedad.

Alfonso Bilbao Liseca, médico anestesiólogo.

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Hay varios tipos de pruebas para la detección del virus de la COVID-19. La llamada Reacción en cadena de polimerasa (PCR, por en sus siglas en inglés) es la prueba estándar, la más fiable y en realidad la única que sin objeciones es recomendada por la OMS para el diagnóstico y manejo clínico de los casos. Esta prueba, basada en la presencia del SARS-CoV-2 en vías aéreas superiores (nariz y garganta), tiene una muy alta sensibilidad al detectar prácticamente todos los casos de personas que están infectadas con el virus. También tiene muy alta especificidad, lo cual significa que la prueba sale negativa entre quienes no están infectados; es decir, que no tienen el virus.

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Es importante recordar que, tras el contagio, las personas permanecen sin síntomas al menos los primeros cinco días, antes de que surja sequedad en la garganta, malestar general, fiebre, tos, etc. Durante este tiempo, estas personas suelen hacer una vida normal, y por tanto, pueden infectar a otros. De ahí la superlativa importancia de detectar la enfermedad en fase temprana y del  confinamiento de la población. Ninguna de las llamadas pruebas rápidas es capaz de detectar la presencia del virus en fase temprana (primeros cuatro o cinco días).

La eficacia de la prueba de antígeno, prueba (a), depende de varios factores, que incluyen el tiempo de comienzo de la enfermedad, la concentración de virus, el procesamiento y otros. Con base en experiencias anteriores, por ejemplo con el virus de la influenza, se podría esperar una sensibilidad entre un 34% y un 80%. Esto significa que un gran número de pacientes pudieran considerarse no infectados cuando en realidad sí lo están.

La otra prueba rápida es aún más tardía, ya que depende de la presencia de anticuerpos. Estos anticuerpos no comienzan a aparecer sino a partir de la segunda semana después del inicio de los síntomas, pudiendo aún ser más tardíos dependiendo de factores como el estado inmunológico de la persona y otros. Estas pruebas rápidas (de anticuerpos) en realidad podrían realizarse solo en la fase de recuperación. Este último criterio es la razón principal por la que la OMS no las considera muy útiles para prevenir o interrumpir la transmisión de la enfermedad, y tampoco para poner en marcha actuaciones clínicas efectivas. Sin embargo, las pruebas rápidas tienen mucha utilidad en la investigación epidemiológica, para determinar el grado de afectación del conjunto de la población y para hacer el seguimiento de los que se recuperan tras haber pasado la enfermedad. 

Alfonso Bilbao Liseca, médico anestesiólogo.

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