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miércoles 3 jun 2020 | Actualizado a 18:40

En cuanto al coronavirus, tenemos el primer lugar

La gente lo llama un proyecto de ley de “estímulo”, pero eso no es lo que realmente es.

/ 5 de abril de 2020 / 06:46

Cuesta trabajo creerlo, pero apenas hace un mes Donald Trump y sus secuaces estaban desestimando el coronavirus COVID-19 diciendo que no era gran cosa. El 26 de febrero, Trump declaró que “Hoy hay 15 personas y esas 15 en un par de días van a ser casi cero”. Su comentario llegó un día después de que Larry Kudlow, el principal asesor económico de su gobierno, declaró que el virus se había contenido casi por completo y que la economía estaba “aguantando bien”.

Hasta el 3 de abril había más de 270.000 infectados y 6.800 fallecidos por causa del COVID-19 en Estados Unidos. No sabemos cuántos casos más habrá, porque todavía estamos bastante rezagados con las pruebas. Sin embargo, eso nos convierte en el epicentro mundial del coronavirus y la trayectoria de Estados Unidos es peor que la de cualquier otro país.

En cuanto a la economía: la semana pasada, más de 3 millones de trabajadores solicitaron seguro contra desempleo, una cantidad que está totalmente fuera de lo normal, aun cuando muchos otros que se quedaron sin empleo de un momento a otro no tienen derecho a prestaciones por desempleo. Resulta evidente que estamos perdiendo empleos incluso más rápido que en los peores momentos de la crisis financiera de 2008-09, cuando “solo” perdíamos 800.000 empleos al mes. El rechazo y la negación de Trump influyeron bastante en nuestra situación actual. Y se le debería hacer responsable de ello. No obstante, en este momento, la pregunta fundamental es si estamos haciendo lo suficiente para lidiar con esta catástrofe.

Y la respuesta es no. Estamos haciendo parte de lo que deberíamos estar haciendo, principalmente gracias a los esfuerzos de los gobernadores demócratas y los miembros demócratas del Congreso, una frase que puede sonar partidista, pero que sencillamente es la verdad. Sin embargo, todavía nos estamos yendo a pique en frentes cruciales, sobre todo porque incluso ahora Trump y su partido no están enfrentando la amenaza como deberían.

¿Qué deberíamos estar haciendo? Tres cosas importantes. Primero, necesitamos un empuje total para llevar el equipo médico indispensable adonde se necesita. Esto se refiera a todo, desde mascarillas y otros equipos de protección personal para los trabajadores de salud hasta respiradores artificiales para los pacientes críticos. También, por supuesto, significa una gran expansión de las pruebas.

Las varias semanas que perdimos por la negación de Trump nos han dejado muy rezagados en la curva pandémica, y miles de estadounidenses morirán innecesariamente en consecuencia. Pero una táctica defensiva en la que todos participemos todavía podría hacer una gran diferencia. Por desgracia, eso todavía no está ocurriendo. Trump tiene el poder de movilizar a la industria para fabricar equipo fundamental, pero se ha negado a usar esa facultad, declarando con ligereza que “no somos coordinadores de envíos”.

En realidad, no queremos que sea un coordinador de envíos. Queremos que sea un policía de tránsito, que dirija los recursos donde más se necesitan; una función que el Gobierno Federal siempre ha desempeñado en tiempos de guerra, que es a lo que más se asemeja esta crisis. Pero él no va a asumir la responsabilidad, así que ahora estamos viendo una desbandada caótica que con toda seguridad matará a miles de personas más.

En segundo lugar, necesitamos reducir la propagación del virus, con la reducción de contactos personales que puedan llevarnos a nuevas infecciones: “distanciamiento social”. La buena noticia es que varios estados han tomado medidas decididas y han cerrado los negocios que no son fundamentales, han prohibido casi todo tipo de reuniones, y han emitido órdenes de refugiarse para evitar que la gente salga. Los indicadores tempranos muestran que esas medidas están funcionando.

La mala noticia es que Trump está pidiendo que Estados Unidos “reabra” sus negocios e instituciones para la semana de Pascua, una estrategia que casi todos los expertos en salud pública consideran catastrófica. Claramente, todavía no se toma la pandemia en serio. Y algunos gobernadores republicanos comparten su irresponsabilidad. Por ejemplo, Ron DeSantis, el gobernador de Florida, todavía se niega a cerrar las playas de su estado. Así que las medidas críticas para disminuir la propagación de la pandemia son parciales y el Presidente está ofreciendo lo opuesto al liderazgo. No obstante, buena parte del país está haciendo lo correcto, a pesar de Trump.

Esto me lleva a lo tercero que debemos hacer: proporcionar asistencia financiera a las familias y los negocios ante una contracción económica inevitable. Lo que estamos viendo en esas solicitudes crecientes de seguro de desempleo no es una recesión convencional; más bien es un coma inducido médicamente, para bien del paciente, es por eso que el deseo de Trump de que la gente regrese a trabajar es mortalmente equivocado. Pero la gente necesita comer aun cuando no pueda trabajar.

Así que dos vivas para los 2,2 billones de dólares que el Senado aprobó la semana pasada. La gente lo llama un proyecto de ley de “estímulo”, pero eso no es lo que realmente es. Más bien debería considerarse una ayuda en caso de desastre: cheques para familias, mejores prestaciones de desempleo, asistencia para hospitales y estados en apuros, y préstamos para ayudar a las pequeñas empresas a sobrevivir.

Se trata de un proyecto de ley que dista de ser perfecto, y tiene mucho potencial para el abuso por intereses especiales, pero, en definitiva, es mejor que las ideas que Trump y otros republicanos estaban proponiendo apenas hace unos días, más que nada porque los demócratas insistieron en que la legislación en realidad ayudara a los necesitados.

Sin embargo, lo que la legislación aprobada no hace es prevenir una enorme cantidad de muertes si, como parece muy probable, la rápida diseminación del coronavirus satura los hospitales que todavía no tienen el equipo que necesitan. Y la tragedia es que muchas de esas muertes serán resultado directo de un mal liderazgo: el desprecio de Trump por la pericia y la negativa a tomarse la amenaza en serio, una negativa que sigue paralizando nuestra respuesta incluso ahora.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2020.

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Elogio a los líderes falibles

Negarse a admitir los errores no solo es un defecto de carácter, sino que puede conducir al desastre. Se ha necesitado una pandemia para demostrar cuánto daño puede infligir un líder con un complejo de infalibilidad

/ 31 de mayo de 2020 / 07:22

La semana pasada, Joe Biden hizo una broma improvisada que podría interpretarse como que da por hecho los votos de los ciudadanos estadounidenses de color. No fue para tanto: Biden, quien cumplió con cabalidad su cargo durante el gobierno de Barack Obama, ha tenido desde siempre una fuerte afinidad con los electores negros, y ha insistido en emitir propuestas políticas destinadas a disminuir las brechas en la riqueza y la salud con base en criterios étnicos. De cualquier modo, Biden se disculpó. Y al hacerlo, dio poderosas razones para elegirlo a él en lugar de a Donald Trump en noviembre. Verán, Biden, a diferencia de Trump, es capaz de admitir un error.

Todos cometemos errores y a nadie le gusta admitir que se equivocó. Sin embargo, enfrentar los errores pasados es un aspecto fundamental del liderazgo. Por ejemplo, piensen en el cambio en los lineamientos sobre los cubrebocas. En la fase inicial de la pandemia, los voceros de los centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) les dijeron a los estadounidenses que no era necesario usar tapabocas en público. Sin embargo, a principios de abril, cambiaron de opinión en vista de nueva evidencia sobre cómo se propaga el nuevo coronavirus; a saber, que las personas que no presentan síntomas también pueden contagiar a los demás. Así que recomendó a toda la población usar mascarillas de tela al salir de casa.

¿Qué habría pasado si los CDC se hubieran negado a admitir que se habían equivocado y hubieran mantenido sus recomendaciones iniciales? La respuesta, casi con toda seguridad, es que el número de personas que han fallecido de COVID-19 en Estados Unidos (más de 100.000 hasta la fecha) sería mucho más elevado. En otras palabras, negarse a admitir los errores no solo es un defecto de carácter, sino que puede conducir al desastre. Y eso es exactamente lo que ha sucedido con Trump.

La incapacidad patológica del mandatario estadounidense para admitir un error (y sí, realmente se eleva al nivel de patología) ha sido evidente desde hace años y ha tenido graves consecuencias. Por ejemplo, lo ha convertido en un blanco fácil para dictadores extranjeros, como el norcoreano Kim Jong-un, quienes saben que, sin ningún problema, pueden incumplir cualquier promesa que Trump piense que le han hecho. Después de todo, si el tuitero en jefe condena las acciones de Kim, eso significaría admitir que se equivocó, al haber afirmado anteriormente que había logrado avances diplomáticos con el líder norcoreano.

Sin embargo, se ha necesitado una pandemia para demostrar cuánto daño puede infligir un líder con un complejo de infalibilidad. No es una exageración sugerir que la incapacidad de Trump para reconocer los errores ha acabado con la vida de miles de estadounidenses. Y parece probable que cobre la vida de muchos más antes de que todo termine. De hecho, en la misma semana en que Biden cometió su inofensiva metedura de pata, Trump redobló la insistencia en su extraña idea de que la hidroxicloroquina, un medicamento que se usa contra la malaria, puede prevenir la COVID-19, al afirmar que él mismo la estaba tomando, aun cuando nuevos estudios indican que en realidad ese medicamento aumenta la letalidad. Puede que nunca sepamos cuántas personas han muerto porque Trump siguió promocionando ese medicamento, pero, sin duda, el número está por encima de cero.

A pesar de ello, la extraña incursión del Presidente en la farmacología palidece en importancia cuando se le compara con la forma en que su insistencia en que siempre tiene razón en todo ha paralizado la respuesta de Estados Unidos a un virus mortal. Ahora sabemos que durante enero y febrero Trump ignoró las repetidas advertencias de los organismos de inteligencia sobre la amenaza que representaba el nuevo coronavirus. Ni él ni su círculo más cercano querían oír malas noticias y, en específico, no querían oír nada que pudiera amenazar al mercado de valores.

No obstante, lo verdaderamente sorprendente es lo que sucedió en la primera mitad de marzo. Para entonces, la evidencia de una pandemia emergente era abrumadora. Sin embargo, Trump y compañía se negaron a actuar, y continuaron con sus declaraciones optimistas. En gran medida, según se sospecha, debido a que no podían imaginarse admitir que sus primeras aseveraciones habían sido erróneas. Cuando el Mandatario estadounidense finalmente, aunque de manera muy breve, se enfrentó a la realidad, ya era demasiado tarde para evitar un número de muertes que ya ha superado los 100.000 decesos.

Puede que lo peor esté todavía por venir. Si no se sienten aterrados por las fotos de las grandes multitudes reunidas durante el fin de semana del Día de los Caídos que no llevan cubrebocas ni practican el distanciamiento social, no han estado poniendo atención. Sin embargo, si hay una segunda ola de casos de COVID-19 en Estados Unidos, Trump (quien ha solicitado de manera insistente que se relajen las medidas de distanciamiento social a pesar de las advertencias de los expertos en salud) ya ha declarado que no exigirá un segundo confinamiento. Después de todo, eso significaría admitir, al menos implícitamente, que, para empezar, se equivocó al presionar para que hubiera una pronta reapertura.

Esto me regresa al contraste entre Trump y Biden. En ciertos sentidos, el tuitero en jefe es una figura tan patética que inspiraría lástima si sus defectos de carácter no estuvieran causando tantas muertes. Imaginen cómo debe sentirse ser tan inseguro, tan falto de autoestima, que no solo siente la necesidad de alardear todo el tiempo, sino que además tiene que afirmar que es infalible en todo. Biden, por otra parte, aunque no sea el candidato presidencial más impresionante de la historia, sin duda es un hombre que se siente a gusto consigo mismo. Sabe quién es, razón por la cual ha podido reconciliarse con antiguos críticos como Elizabeth Warren; y cuando comete un error, no le da miedo admitirlo. En los últimos meses hemos visto cuánto daño puede hacer un presidente que nunca se equivoca. ¿No sería un alivio tener en la Casa Blanca a alguien que no sea infalible?

Paul Krugman

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Cómo crear una depresión pandémica

La búsqueda de una salida fácil y la falta de paciencia de Trump para contener la pandemia pueden desatar una depresión a gran escala. Si pudiéramos controlar el nuevo coronavirus, la recuperación sería, de hecho, bastante veloz

/ 17 de mayo de 2020 / 06:36

La semana pasada, la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos validó de manera oficial lo que ya sabíamos: tan solo unos meses después de iniciada la crisis ocasionada por el coronavirus SARS-CoV2 (responsable de la enfermedad COVID-19), Estados Unidos ya tiene un nivel de desempleo similar al registrado durante la Gran Depresión. Sin embargo, eso no es lo mismo que decir que estamos en una depresión. No sabremos si lo estamos hasta que veamos si el desempleo extremadamente alto continúa por mucho tiempo, digamos durante un año o más. Por desgracia, el gobierno de Donald Trump y sus aliados están haciendo todo lo que pueden para que sea más probable que se genere una depresión a gran escala.

Antes de que lleguemos ahí, permítanme comentar algo sobre el informe del desempleo. Observen que no dije “el peor nivel de desempleo desde la Gran Depresión”, dije “un nivel como el de la Gran Depresión”, una declaración mucho más fuerte. Para entender por qué dije eso, necesitan leer el informe, no solo ver las cifras que se mencionan en los encabezados.

Una tasa de desempleo del 14,7% es bastante terrible, pero la oficina incluyó una nota que indica que es probable que ciertas dificultades técnicas hayan ocasionado que esta cifra sea inferior al desempleo real por casi cinco puntos porcentuales. Si esto es cierto, en este momento tenemos una tasa de desempleo en torno al 20%, lo que significaría que es peor que la de casi todos los años de la Gran Depresión, excepto los dos peores. La interrogante es cuán rápidamente podremos recuperarnos.

Si pudiéramos controlar el nuevo coronavirus, la recuperación sería, de hecho, bastante veloz. Es cierto, la recuperación de la crisis financiera de 2008 tardó mucho tiempo, pero eso se debió en gran medida a problemas que se acumularon durante la burbuja de la vivienda, en especial un nivel de deuda familiar sin precedentes. Parece que ahora no tenemos problemas equiparables.

No obstante, controlar el virus no significa “aplanar la curva”, lo cual, por cierto, ya hicimos, pues logramos disminuir la propagación de la COVID-19 lo suficiente para que nuestros hospitales no se saturaran. Controlar al SARS-CoV2 significa aplastar la curva: hacer que la cantidad de estadounidenses contagiados disminuya y luego mantener un alto nivel de pruebas para identificar los casos nuevos de inmediato, en combinación con la trazabilidad de contactos para que podamos poner en cuarentena a quienes tal vez hayan estado expuestos al virus.

Sin embargo, para llegar a ese punto, primero necesitaríamos mantener un régimen estricto de distanciamiento social durante todo el tiempo que sea necesario, para reducir las nuevas infecciones a un nivel bajo. Y luego tendríamos que proteger a todos los estadounidenses con el tipo de pruebas y medidas de trazabilidad ya disponibles para la gente que trabaja directamente con Donald Trump, pero casi para nadie más.

Aplastar la curva no es fácil, pero es muy factible. De hecho, muchos otros países, desde Corea del Sur y Nueva Zelanda hasta, créanlo o no, Grecia, han logrado hacerlo. Los países que actuaron velozmente para contener el coronavirus pudieron reducir de manera importante la tasa de infecciones con más facilidad cuando dicha tasa todavía era baja, en lugar de pasar varias semanas en negación.

No obstante, incluso los lugares con brotes severos pueden disminuir sus cifras si mantienen el curso. Pensemos por ejemplo en la ciudad de Nueva York, el epicentro original de la pandemia de Estados Unidos, donde la cantidad de casos nuevos y muertes solo es una pequeña fracción de la que era hace unas semanas.

Sin embargo, hay que mantener el curso. Y eso es lo que Trump y compañía no quieren hacer. Durante un tiempo pareció como si, por fin, la administración republicana estuviera dispuesta a tomarse en serio al COVID-19. A mediados de marzo, el Gobierno introdujo las directrices de distanciamiento social, aunque sin imponer regulaciones federales. Pero en fechas recientes todo lo que escuchamos de la Casa Blanca es que necesitamos reabrir la economía, aunque todavía estamos muy alejados de donde deberíamos estar para poder hacerlo sin arriesgarnos a tener una segunda ola de infecciones.

Al mismo tiempo, el Gobierno y sus aliados parecen estar empecinados en no otorgar la ayuda financiera que nos permitiría mantener el distanciamiento social sin las dificultades financieras extremas. ¿Extender las prestaciones por desempleo mejoradas hasta el 31 de julio? “Sobre nuestro cadáver”, dice el senador Lindsey Graham. ¿Ayudar a los gobiernos estatales y locales, que ya despidieron a un millón de trabajadores? Eso, según Mitch McConnell, sería un “rescate para los estados demócratas”.

Como dice Andy Slavitt, quien dirigió los programas para proporcionar una cobertura médica a las personas mayores de 65 años (Medicare) y a aquellos que no tienen ingresos para contratar un seguro (Medicaid) durante el mandato de Barack Obama, Trump es un derrotista. Ante la necesidad de hacer su trabajo y lo que se requiera para acabar con la pandemia, simplemente se rindió. Y desentenderse de su responsabilidad no solo matará a miles de personas, sino que también podría convertir la caída provocada por el COVID-19 en una depresión.

Así es como funcionaría: en las próximas semanas, muchos estados republicanos abandonarán las políticas de distanciamiento social, mientras muchos individuos, atendiendo lo que dicen Trump y Fox News, comenzarán a comportarse de manera irresponsable. Eso ocasionará que el empleo aumente un poco durante un periodo breve. Pero muy pronto será evidente que el COVID-19 estará saliéndose de control. La gente volverá a sus hogares, sin importar lo que Trump y los gobernadores republicanos digan.

De tal modo que estaremos de vuelta a donde empezamos en términos económicos y peor que nunca en términos epidemiológicos. En consecuencia, el periodo de desempleo de dos dígitos, que podría haber durado solo unos cuantos meses, continuará de manera indefinida. En otras palabras, la búsqueda de Trump de una salida fácil y su falta de paciencia ante el trabajo arduo para contener la pandemia pueden ser precisamente lo que convierta una crisis grave pero provisional en una depresión a gran escala.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2020.

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Trump y sus asesores infalibles

Trump y compañía minimizaron enormemente la pandemia y sus peligros en cada paso del camino EEUU está siendo gobernado por un hombre cuyo ego es demasiado frágil para permitirle admitir haber cometido algún tipo de error

/ 10 de mayo de 2020 / 06:24

“Tienes 15 personas y las 15, en un par de días, van a ser cerca de cero”. “Hemos contenido esto y la economía está aguantando bien”. “El nuevo coronavirus dista de ser tan grave como la influenza común”. “Vamos a tener 50.000 o 60.000 muertes, y eso es genial”. “Bueno, puede que tengamos más de 100.000 muertes, pero estamos haciendo un gran trabajo y deberíamos reabrir la economía”….

A veces se oye decir que Donald Trump y sus secuaces minimizaron los peligros de la COVID-19, y que este error de juicio ayuda a explicar por qué su respuesta política ha sido tan desastrosamente inadecuada. Pero esta afirmación, aunque cierta, pasa por alto aspectos cruciales de lo que está pasando. Porque Trump y compañía no cometieron un error en una sola ocasión. Minimizaron enormemente la pandemia y sus peligros en cada paso del camino, semana tras semana durante un periodo de meses. Y todavía lo están haciendo.

Ahora bien, todo el mundo hace malas predicciones; Dios sabe que yo lo he hecho, pero cuando uno sigue equivocándose y, especialmente, cuando se sigue equivocando en la misma dirección, se supone que se debe hacer una autocrítica y aprender de sus errores. ¿Por qué me equivoqué? ¿Cedí a un razonamiento motivado, creyendo en lo que quería que fuera cierto en lugar de seguir la lógica y la evidencia?

Sin embargo, a fin de hacer esa autocrítica, para empezar, hay que estar dispuesto a admitir que uno estaba en el error. Todos sabemos que Trump mismo es incapaz de admitir tal cosa. En un momento de crisis, Estados Unidos está siendo gobernado por un hombre llorón e infantil cuyo ego es demasiado frágil para permitirle admitir haber cometido algún tipo de error. Además se ha rodeado de gente que comparte su falta de carácter.

¿Pero de dónde vienen estas personas? Lo que me ha sorprendido, mientras los detalles de la debacle del coronavirus de Trump continúan emergiendo, es que no estaba recibiendo malos consejos de figuras oscuras y marginales cuya única pretensión de fama era su exitosa adulación. Al contrario, la gente que le decía lo que quería oír eran, en general, pilares de la clase dirigente conservadora con largas carreras previas a Trump.

El sábado anterior, The Washington Post informó que a finales de marzo Trump no estaba contento con los modelos epidemiológicos que indicaban un número de muertes de más de 100.000 personas; los cuales, por cierto, ahora parecen muy probables. Así que la Casa Blanca creó su propio equipo liderado por Kevin Hassett, a quien ese diario describe como “un expresidente del Consejo de Asesores Económicos de Trump sin antecedentes en enfermedades infecciosas”. Y ese equipo produjo un análisis que los asesores de Trump interpretaron que implicaba una menor tasa de letalidad.

The Washington Post no mencionó que, aparte de no tener ningún antecedente en epidemiología, Hassett tiene un, digamos, historial interesante como economista. Primero atrajo la atención general como coautor de un libro de 1999 en el que afirmaba que las acciones estaban muy infravaloradas y que el índice Dow debería ser de 36.000 (que hoy en día serían aproximadamente 55.000, ajustado por la inflación). De inmediato se hizo evidente que había importantes errores conceptuales en ese libro, pero Hassett nunca admitió el error.

A mediados de la década de 2000 Hassett negó que hubiera una burbuja inmobiliaria, sugiriendo que solo los liberales creían que la había. En 2010, Hassett fue parte de un grupo de economistas y críticos conservadores que advirtieron en una carta abierta que los esfuerzos de la Reserva Federal (FED) para rescatar la economía conducirían a la devaluación monetaria y a la inflación.

Cuatro años más tarde, Bloomberg News trató de contactar a los firmantes para preguntarles por qué esa inflación nunca se materializó. Ninguno estuvo dispuesto a admitir que se había equivocado. Por último, Hassett prometió que el recorte fiscal de 2017 de Trump generaría un gran impulso en la inversión empresarial. No lo hizo, pero insistió en que así fue.

Tal vez piensen que un economista paga alguna pena profesional por este tipo de historial, no únicamente por hacer malas predicciones, lo cual puede pasarle a cualquiera, sino además por equivocarse en cada coyuntura importante y negarse a admitir o aprender de los errores. Pero no, Hassett sigue siendo, como dije, un pilar de la clase dirigente conservadora moderna, y Trump lo llamó a cuestionar a los expertos en epidemiología, un campo en el que no tiene antecedentes.

Y Hassett no es ni siquiera singularmente malo. A diferencia de, digamos, Stephen Moore (a quien Trump trató de poner en la Junta de la Reserva Federal), Hassett tiene un historial de solo equivocarse en los números y hechos básicos, hasta donde yo sé.

La moraleja de esta historia, diría, es que los observadores que tratan de entender la letal respuesta de Estados Unidos al coronavirus SARS-CoV2, causante de la enfermedad bautizada como COVID-19, se centran demasiado en los defectos personales de Trump y no lo suficiente en el carácter del partido que lidera.

Sí, la inseguridad del Mandatario lo lleva a rechazar la pericia, a escuchar solo a la gente que le dice lo que lo hace sentir bien, y se niega a reconocer el error. Pero el desdén hacia los expertos, la preferencia de leales incompetentes, y la falta de aprendizaje de la experiencia son procedimientos operativos estándar para todo el Partido Republicano moderno. El narcisismo y el solipsismo de Trump son especialmente flagrantes, incluso extravagantes. Pero no es un caso aparte, sino más bien la culminación de la tendencia a largo plazo de la derecha de Estados Unidos hacia la degradación intelectual. Y esa degradación, más que el carácter del tuitero en jefe, es lo que está conduciendo a una gran cantidad de muertes innecesarias.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2020.

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¿Suspenderemos economía en tiempo de pandemia?

Estados Unidos está dominado por una ideología contraria a lo público que nos ha dejado poco preparados para esta crisis

/ 26 de abril de 2020 / 08:11

Hace solo un mes, Donald Trump seguía insistiendo en que el COVID-19 era una cuestión de poca importancia, en comparación con la “gripe común”. Y restaba importancia a las preocupaciones económicas; al fin y al cabo, durante la temporada de gripe, “nada se cierra, la vida y la economía siguen adelante”.

Pero las pandemias atacan con rapidez. Desde que Trump desestimó alegremente el problema, unos 26 millones de estadounidenses han perdido su puesto de trabajo; la implosión económica se está produciendo a tal velocidad que es imposible mantener actualizadas las estadísticas oficiales. En nuestra anterior crisis financiera, la economía cayó en torno a un 6% respecto a su tendencia a largo plazo, y la tasa de desempleo aumentó en cerca de cinco puntos porcentuales. Calculo que lo que se perfila ahora es una caída entre tres y cinco veces mayor.

Se trata de una caída fuera de lo normal no solo desde el punto de vista cuantitativo, sino también desde el cualitativo, porque es distinta a todo lo que hemos visto antes. Las recesiones normales se producen cuando las personas deciden recortar el gasto, con la consecuencia involuntaria de destruir empleo. Hasta el momento, esta recesión refleja principalmente el cierre deliberado y necesario de actividades que aumentan la tasa de infección.

Como ya he dicho, es el equivalente económico a un coma inducido médicamente, en el que se paralizan temporalmente algunas funciones cerebrales para dar al paciente la oportunidad de curarse. Aunque es imposible evitar una recesión profunda, unas políticas acertadas podrían contribuir en gran medida a reducir considerablemente las dificultades que experimentarán los estadounidenses. El problema es que el panorama político del país está dominado desde hace tiempo por una ideología contraria a lo público que nos ha dejado poco preparados, intelectual e institucionalmente, para esta crisis.

¿Qué deberíamos estar haciendo? Ya existe una cierta unanimidad entre los economistas serios acerca de cuál sería la respuesta política adecuada para una pandemia. Partimos de la base de que esta no es una recesión convencional, que exige un estímulo económico amplio. La misión inmediata, más allá de un esfuerzo a gran escala para contener la pandemia en sí, debería ser más bien ser una ayuda en casos de desastre: subvenciones generosas para quienes han sufrido una pérdida repentina de ingresos debido al cierre de emergencia de la economía.

Es verdad que podríamos sufrir una segunda ronda de pérdida de empleo si las víctimas del cierre de emergencia recortan el gasto en otros bienes y servicios. Pero una ayuda adecuada para compensar la catástrofe abordaría también este problema, ayudando a sostener la demanda. De modo que todo es cuestión de ayudar a las víctimas económicas del cierre por el coronavirus. ¿Qué tal lo estamos haciendo?

La buena noticia es que, gracias a la presión demócrata, la ley CARES, que fue aprobada menos de tres semanas después de que Trump rechazase la idea de que la pandemia pudiera suponer un problema económico, y que establece ayudas por más de 2 billones de dólares, no consiste en un estímulo, sino que se centra principalmente en las cosas en las que se tiene que centrar. Las disposiciones fundamentales de esta ley son las ayudas a los hospitales, a los desempleados y a las pequeñas empresas que mantienen sus plantillas de trabajadores; son exactamente el tipo de cosas que deberíamos estar haciendo.

Lo que resulta especialmente curioso es que se hayan promulgado leyes en su mayor parte sensatas, a pesar de las tonterías que decía el Presidente, quien proponía –cómo no– rebajas de impuestos como solución para los problemas de la economía. De hecho, no se me ocurre ningún otro ejemplo reciente en el que los republicanos hayan aprobado una importante legislación fiscal con el objetivo principal de aumentar el gasto para beneficiar a los necesitados, sin ninguna rebaja de impuestos para los ricos. La mala noticia se presenta en dos partes.

En primer lugar, la ley se queda muy corta respecto a lo que se necesita en un aspecto crucial: la ayuda a las administraciones públicas estatales, que están en la primera línea de la batalla contra la pandemia. A diferencia del Gobierno federal, los estados tienen que equilibrar sus presupuestos cada año. Ahora afrontan un aumento repentino del gasto y enormes pérdidas de ingresos; a no ser que reciban mucha más ayuda, se verán obligados a recortar drásticamente el gasto, lo que debilitará directamente los servicios esenciales y acelerará indirectamente la recesión general. Y no está claro cuándo se solucionará esa laguna, o si se solucionará siquiera. Los republicanos del Senado se muestran reacios a aprobar otro paquete de rescate; supuestamente, las autoridades de la Casa Blanca siguen hablando de rebajar impuestos.

En segundo lugar, décadas de hostilidad a la administración pública nos han dejado en muy mala posición para proporcionar siquiera la ayuda que el Congreso ha aprobado. Las oficinas de empleo de los estados llevan años privadas de fondos, y los estados republicanos han dificultado deliberadamente la solicitud de prestaciones. De modo que el repentino aumento del paro está sobrepasando al sistema de prestaciones; puede que el Congreso haya votado a favor de las ayudas para paliar la catástrofe, pero el dinero no circula.

El programa de los préstamos a pequeñas empresas ha tenido también, a decir de todos, un comienzo caótico. ¿Y qué hay de esos cheques de 1.200 dólares que supuestamente va a recibir todo el mundo? A muchos estadounidenses tardarán en llegarles semanas o meses. No tiene por qué ser así. Canadá ya ha creado un portal de internet y un sistema telefónico especiales para conceder prestaciones por desempleo urgentes. Los alemanes están agradablemente sorprendidos por la rapidez con la que fluye la ayuda a los trabajadores autónomos y a las pequeñas empresas. Pero décadas de ataques conservadores a la idea de que la administración pública pueda hacer algo bien han dejado a Estados Unidos con un caso único de impotencia aprendida. Y a esto se le suma una completa falta de liderazgo en la cima. Sabemos qué deberíamos estar haciendo en materia de política económica y el Congreso ha aprobado una ley de socorro que, a pesar de los fallos, es mejor de lo que yo me esperaba. Pero ahora mismo, tiene pinta de que nuestra respuesta a la emergencia económica va a quedarse muy corta.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2020. 10 ABR 2020 – 18:30 -04

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Esta tierra de negación y muerte

Estados Unidos se ha destacado desde hace mucho tiempo como la tierra de la negación y la muerte

/ 12 de abril de 2020 / 07:55

La muerte llega rápido. Hace solo tres semanas la valoración oficial de la Casa Blanca y de Fox News era que el coronavirus COVID-19 no era gran cosa, que las afirmaciones que dijeran lo contrario eran un engaño motivado políticamente y perpetrado por gente que estaba en contra de Donald Trump. Ahora tenemos una crisis sanitaria absoluta en Nueva York, y todo parece indicar que hay muchas otras ciudades que pronto estarán en la misma situación.

Es casi una certeza que la situación empeorará. Estados Unidos está en la peor trayectoria de cualquier país avanzado (sí, peor que Italia en la misma etapa de la pandemia), con casos confirmados que se duplican cada dos días. No estoy seguro de que la gente entienda, incluso ahora, lo que implica ese tipo de crecimiento exponencial. Pero si los casos se siguen incrementando en esta misma proporción durante un mes, aumentarían en un factor de 1.000 y casi la mitad de los estadounidenses se infectarían. Esperamos que esto no suceda.

Muchos estados, aunque no todos, se encuentran en un cierre de emergencia, y tanto los modelos epidemiológicos como la evidencia temprana sugieren que esto “aplanará la curva”. Es decir, disminuirá de manera importante la propagación del coronavirus. Pero mientras esperamos a ver cuánto va a empeorar nuestra pesadilla nacional, vale la pena tomar un poco de distancia para preguntarnos por qué Estados Unidos ha manejado esta crisis tan mal.

El liderazgo increíblemente malo en las altas esferas, sin duda, es un factor importante. Miles de estadounidenses están muriendo y el Presidente está alardeando sobre sus niveles de audiencia televisiva. Pero esto no solo se trata de un hombre. La negación científica que paralizó la respuesta inicial a esta pandemia también está detrás. Entre los países industrializados, EEUU se ha destacado desde hace mucho como la tierra de la negación y la muerte. Pero ahora estamos viendo cómo estos defectos del carácter nacional se desarrollan a un ritmo muy acelerado.

Sobre la negación: los epidemiólogos que tratan de controlar la amenaza del coronavirus parecen haber sido tomados por sorpresa por la politización inmediata de su trabajo, provocada por las afirmaciones de que estaban tramando un engaño diseñado para herir a Trump, o promover el socialismo, o algo así. Pero deberían haber esperado esa reacción, pues los climatólogos han enfrentado esas mismas acusaciones durante años. Y aunque negar el cambio climático es un fenómeno mundial, su epicentro sin duda se encuentra en Estados Unidos: los republicanos son el único partido negacionista climático importante a nivel mundial.

La ciencia climática tampoco es lo único que rechazan; ninguno de los candidatos que compitieron para lograr la candidatura presidencial del Partido Republicano en 2016 estuvo dispuesto a respaldar la teoría de la evolución. ¿Qué hay detrás de la negación científica de los republicanos? La respuesta parece ser una combinación de lealtad a intereses especiales y lealtad a líderes evangélicos cristianos como Jerry Falwell Jr., quien desestimó el coronavirus diciendo que era un complot en contra de Trump, luego reabrió su universidad a pesar de las advertencias de los funcionarios de salud, y parece haber creado su propia zona de infección personal.

En todo caso, el punto es que décadas de negar la ciencia en múltiples frentes prepararon el escenario para la actual negación del virus, lo que a su vez paralizó las políticas públicas en Estados Unidos durante las primeras semanas fundamentales para contener el avance de la pandemia.

Sobre la muerte: todavía me encuentro con gente convencida de que Estados Unidos tiene la esperanza de vida más alta del mundo. Después de todo, ¿no somos la mayor nación del mundo? Sin embargo, en realidad tenemos la menor esperanza de vida entre los países avanzados, y la brecha se ha venido ampliando durante décadas. Y esta brecha en expansión refleja tanto la falta de un seguro de salud universal como su igualmente único y marcado aumento en “muertes por desesperación” (fallecimientos ocasionados por drogas, alcohol y suicidio) entre personas blancas de la clase trabajadora que han visto esfumarse sus oportunidades económicas.

¿Hay un vínculo entre los cientos de miles de muertes adicionales que padecemos cada año en comparación con otros países ricos y las decenas de miles de muertes adicionales que estamos por padecer debido al coronavirus? La respuesta, sin duda, es sí. En específico, cuando hagamos la autopsia de esta pandemia (una frase común que, en este caso, no es una metáfora), probablemente descubriremos que la misma hostilidad que socava con frecuencia los esfuerzos para ayudar a los estadounidenses necesitados fue fundamental en el retraso de la respuesta efectiva a la crisis actual.

¿Qué me dicen sobre el panorama más amplio? ¿Existe algún vínculo entre la prevalencia de la negación de la ciencia que solo se ve en Estados Unidos y los altos índices de mortalidad que también se ven solo en este país? Para ser honesto, todavía estoy tratando de averiguarlo. Una posible explicación es que el contexto político estadounidense le otorga facultades especiales a la derecha religiosa, que está en contra de la ciencia, y que ha apoyado a políticos que están en contra del Gobierno. Empero, no estoy seguro de si esta es toda la historia y los poderes de gente como Falwell son en sí mismos un fenómeno que requiere explicación. De cualquier manera, la cuestión es que, aunque Estados Unidos es una gran nación con una historia gloriosa y muchos motivos de orgullo (yo me considero un patriota casi en todo sentido) el auge de la derecha dura, como dije, también ha convertido a este país en una tierra de negación y muerte. Esta transformación ha venido desarrollándose poco a poco a lo largo de las últimas décadas, solo que ahora estamos viendo las consecuencias de manera acelerada.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2020.

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