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sábado 11 jul 2020 | Actualizado a 06:10

En cuanto al coronavirus, tenemos el primer lugar

La gente lo llama un proyecto de ley de “estímulo”, pero eso no es lo que realmente es.

/ 5 de abril de 2020 / 06:46

Cuesta trabajo creerlo, pero apenas hace un mes Donald Trump y sus secuaces estaban desestimando el coronavirus COVID-19 diciendo que no era gran cosa. El 26 de febrero, Trump declaró que “Hoy hay 15 personas y esas 15 en un par de días van a ser casi cero”. Su comentario llegó un día después de que Larry Kudlow, el principal asesor económico de su gobierno, declaró que el virus se había contenido casi por completo y que la economía estaba “aguantando bien”.

Hasta el 3 de abril había más de 270.000 infectados y 6.800 fallecidos por causa del COVID-19 en Estados Unidos. No sabemos cuántos casos más habrá, porque todavía estamos bastante rezagados con las pruebas. Sin embargo, eso nos convierte en el epicentro mundial del coronavirus y la trayectoria de Estados Unidos es peor que la de cualquier otro país.

En cuanto a la economía: la semana pasada, más de 3 millones de trabajadores solicitaron seguro contra desempleo, una cantidad que está totalmente fuera de lo normal, aun cuando muchos otros que se quedaron sin empleo de un momento a otro no tienen derecho a prestaciones por desempleo. Resulta evidente que estamos perdiendo empleos incluso más rápido que en los peores momentos de la crisis financiera de 2008-09, cuando “solo” perdíamos 800.000 empleos al mes. El rechazo y la negación de Trump influyeron bastante en nuestra situación actual. Y se le debería hacer responsable de ello. No obstante, en este momento, la pregunta fundamental es si estamos haciendo lo suficiente para lidiar con esta catástrofe.

Y la respuesta es no. Estamos haciendo parte de lo que deberíamos estar haciendo, principalmente gracias a los esfuerzos de los gobernadores demócratas y los miembros demócratas del Congreso, una frase que puede sonar partidista, pero que sencillamente es la verdad. Sin embargo, todavía nos estamos yendo a pique en frentes cruciales, sobre todo porque incluso ahora Trump y su partido no están enfrentando la amenaza como deberían.

¿Qué deberíamos estar haciendo? Tres cosas importantes. Primero, necesitamos un empuje total para llevar el equipo médico indispensable adonde se necesita. Esto se refiera a todo, desde mascarillas y otros equipos de protección personal para los trabajadores de salud hasta respiradores artificiales para los pacientes críticos. También, por supuesto, significa una gran expansión de las pruebas.

Las varias semanas que perdimos por la negación de Trump nos han dejado muy rezagados en la curva pandémica, y miles de estadounidenses morirán innecesariamente en consecuencia. Pero una táctica defensiva en la que todos participemos todavía podría hacer una gran diferencia. Por desgracia, eso todavía no está ocurriendo. Trump tiene el poder de movilizar a la industria para fabricar equipo fundamental, pero se ha negado a usar esa facultad, declarando con ligereza que “no somos coordinadores de envíos”.

En realidad, no queremos que sea un coordinador de envíos. Queremos que sea un policía de tránsito, que dirija los recursos donde más se necesitan; una función que el Gobierno Federal siempre ha desempeñado en tiempos de guerra, que es a lo que más se asemeja esta crisis. Pero él no va a asumir la responsabilidad, así que ahora estamos viendo una desbandada caótica que con toda seguridad matará a miles de personas más.

En segundo lugar, necesitamos reducir la propagación del virus, con la reducción de contactos personales que puedan llevarnos a nuevas infecciones: “distanciamiento social”. La buena noticia es que varios estados han tomado medidas decididas y han cerrado los negocios que no son fundamentales, han prohibido casi todo tipo de reuniones, y han emitido órdenes de refugiarse para evitar que la gente salga. Los indicadores tempranos muestran que esas medidas están funcionando.

La mala noticia es que Trump está pidiendo que Estados Unidos “reabra” sus negocios e instituciones para la semana de Pascua, una estrategia que casi todos los expertos en salud pública consideran catastrófica. Claramente, todavía no se toma la pandemia en serio. Y algunos gobernadores republicanos comparten su irresponsabilidad. Por ejemplo, Ron DeSantis, el gobernador de Florida, todavía se niega a cerrar las playas de su estado. Así que las medidas críticas para disminuir la propagación de la pandemia son parciales y el Presidente está ofreciendo lo opuesto al liderazgo. No obstante, buena parte del país está haciendo lo correcto, a pesar de Trump.

Esto me lleva a lo tercero que debemos hacer: proporcionar asistencia financiera a las familias y los negocios ante una contracción económica inevitable. Lo que estamos viendo en esas solicitudes crecientes de seguro de desempleo no es una recesión convencional; más bien es un coma inducido médicamente, para bien del paciente, es por eso que el deseo de Trump de que la gente regrese a trabajar es mortalmente equivocado. Pero la gente necesita comer aun cuando no pueda trabajar.

Así que dos vivas para los 2,2 billones de dólares que el Senado aprobó la semana pasada. La gente lo llama un proyecto de ley de “estímulo”, pero eso no es lo que realmente es. Más bien debería considerarse una ayuda en caso de desastre: cheques para familias, mejores prestaciones de desempleo, asistencia para hospitales y estados en apuros, y préstamos para ayudar a las pequeñas empresas a sobrevivir.

Se trata de un proyecto de ley que dista de ser perfecto, y tiene mucho potencial para el abuso por intereses especiales, pero, en definitiva, es mejor que las ideas que Trump y otros republicanos estaban proponiendo apenas hace unos días, más que nada porque los demócratas insistieron en que la legislación en realidad ayudara a los necesitados.

Sin embargo, lo que la legislación aprobada no hace es prevenir una enorme cantidad de muertes si, como parece muy probable, la rápida diseminación del coronavirus satura los hospitales que todavía no tienen el equipo que necesitan. Y la tragedia es que muchas de esas muertes serán resultado directo de un mal liderazgo: el desprecio de Trump por la pericia y la negativa a tomarse la amenaza en serio, una negativa que sigue paralizando nuestra respuesta incluso ahora.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2020.

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Una plaga de ignorancia deliberada

Trump no solo ha fracasado en su intento por afrontar el desafío político que supone la COVID-19. Con sus palabras y acciones, en particular su negativa a usar cubrebocas, ha alentado y potenciado la veta antirracional de Estados Unidos.

/ 5 de julio de 2020 / 18:17

A principios del siglo XX, el sur de Estados Unidos fue devastado por la pelagra, una enfermedad desagradable que ocasiona las “cuatro D”: dermatitis, diarrea, demencia y deceso. Al principio, la naturaleza de la pelagra era incierta, pero, para 1915, Joseph Goldberger, un inmigrante húngaro empleado por el Gobierno federal, había demostrado de forma concluyente que se debía a deficiencias nutricionales relacionadas con la pobreza y en particular a una dieta a base de maíz.

Sin embargo, durante décadas muchos ciudadanos y políticos sureños se negaron a aceptar este diagnóstico y declararon ya sea que la epidemia era una ficción creada por los norteños para insultar al sur o que la teoría nutricional era un ataque a la cultura sureña. Y las muertes por pelagra siguieron en ascenso. ¿Les suena familiar?

Hace meses que sabemos lo que se necesita para controlar la COVID-19. Se necesita un periodo de confinamiento serio para reducir la prevalencia de la enfermedad. Solo entonces se puede reabrir la economía, manteniendo el distanciamiento social según sea necesario, e incluso entonces se necesita un régimen de pruebas generalizadas, trazabilidad y aislamiento de los individuos potencialmente infectados para mantener el virus suprimido.

La mayoría de los países avanzados han seguido este camino. No obstante, Estados Unidos es excepcional, en un sentido negativo. Nuestro índice de casos nuevos nunca disminuyó tanto, porque la disminución de los índices de infección en el área de Nueva York fue compensada por el aumento o la disminución de las infecciones en el sur y el oeste. Ahora los casos están en aumento a nivel nacional, así como en los estados de Arizona, Texas y Florida.

Es cierto que las muertes siguen disminuyendo en toda la nación, aunque están aumentando en algunos estados. Esto refleja alguna combinación de la forma en que las muertes se retrasan con respecto a las infecciones, mejores precauciones para los ancianos, que son los más vulnerables, y un mejor tratamiento a medida que los médicos aprenden más sobre la enfermedad.

Alrededor de 600 estadounidenses siguen perdiendo la vida al día; es decir, estamos experimentando el equivalente a seis 11 de Septiembre cada mes. Y muchos de los enfermos que no mueren por el COVID-19 quedan debilitados por la enfermedad, a veces de no usar cubrebocas, y por lo tanto poner en peligro a otras personas de manera gratuita, se ha convertido en un símbolo político: Trump ha sugerido que algunas personas usan cubrebocas únicamente para señalar su desaprobación hacia la figura presidencial, y muchos estadounidenses han decidido que la necesidad de usar cubrebocas en espacios cerrados es un ataque a su libertad.

En consecuencia, el distanciamiento social se ha vuelto partidista: los autodenominados republicanos hacen menos que los autodenominados demócratas. Todos vimos cómo se desarrolla esto en Tulsa, Oklahoma, donde se congregó una gran multitud (si bien más pequeña de lo que se esperaba), en su mayoría sin cubrebocas y en un entorno cerrado diseñado para propagar el coronavirus.

La moraleja de esta historia es que la respuesta singularmente pobre de Estados Unidos al coronavirus no es resultado nada más de un mal liderazgo en las altas esferas de gobierno, aunque decenas de miles de vidas se habrían salvado si tuviéramos un presidente que se ocupara de los problemas en lugar de tratar simplemente de ignorarlos.

También nos va mal porque, como muestra el ejemplo de la pelagra, en la cultura estadounidense hay una larga racha de pensamiento contrario a la ciencia y la experiencia, la misma racha que nos hace estar excepcionalmente poco dispuestos a aceptar la realidad de la evolución o a reconocer la amenaza del cambio climático.

No somos una nación de ignorantes; muchos, probablemente la mayoría de los estadounidenses, están dispuestos a escuchar a los expertos y actuar responsablemente. Pero hay una facción beligerante dentro de nuestra sociedad que se niega a reconocer los hechos inconvenientes o incómodos y que prefiere creer que los expertos están de algún modo conspirando en su contra.

Trump no solo ha fracasado en su intento por afrontar el desafío político que supone la COVID-19. Con sus palabras y acciones, en particular su negativa a usar cubrebocas, ha alentado y potenciado la veta antirracional de Estados Unidos.

Y este rechazo a la experiencia, la ciencia y la responsabilidad en general nos está matando.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía.
© The New York Times Company, 2018. Traducción de News Clips.

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Tulsa y los muchos pecados del racismo

El intento de Donald Trump de usar el viejo manual racista le ha valido una caída en las encuestas.

/ 28 de junio de 2020 / 07:38

Cuando los funcionarios de campaña de Trump programaron un mitin en Tulsa, Oklahoma, para el 19 de junio, enviaron lo que pareció ser una señal de aprobación a los supremacistas blancos. Esto se debió a que el 19 de junio es el Juneteenth, o Día de la Libertad, un día en que los afroestadounidenses conmemoran el fin de la esclavitud. Además, Tulsa fue el sitio donde ocurrió la masacre racial de 1921, uno de los altercados más letales en la prolongada y violenta ofensiva para negarle a la población negra los frutos de la libertad que con tanto esfuerzo consiguió.

Ahora se afirma que los encargados de la campaña de Trump no comprendían el significado de esa fecha, pero yo no me creo ese cuento. El presidente Donald Trump sí terminó por postergar el mitin para el día siguiente, aunque a regañadientes, pero eso seguramente fue porque a él y a su círculo de allegados les tomó por sorpresa la fuerza de la reacción negativa, tal como les ha sorprendido el apoyo público a las manifestaciones de Black Lives Matter.

Pero mejor hablemos de Tulsa y de cómo encaja en la historia más extensa del racismo en Estados Unidos.
Joe Biden ha declarado que la esclavitud es el “pecado original” de Estados Unidos. Por supuesto que tiene razón. No obstante, es importante entender que los pecados no terminaron cuando se abolió la esclavitud.
Si Estados Unidos hubiera tratado a los antiguos esclavos y a sus descendientes como verdaderos ciudadanos, con plena protección de la ley, habríamos podido esperar que el legado de la esclavitud desapareciera poco a poco.

Los esclavos liberados empezaron desde cero, pero, con el tiempo, muchos de ellos sin duda habrían trabajado hasta mejorar sus condiciones, habrían adquirido propiedades, habrían conseguido que sus hijos tuvieran acceso a una buena educación y se habrían convertido en miembros con pleno derecho de la sociedad. En efecto, eso empezó a suceder durante los 12 años del periodo de la Reconstrucción, cuando las personas negras se beneficiaron brevemente de algo parecido a la igualdad de derechos.

Sin embargo, el acuerdo político corrupto que acabó con la Reconstrucción empoderó a los supremacistas blancos del sur, quienes reprimieron de manera sistemática las victorias de la población negra. Era muy frecuente ver que se expropiaran las propiedades que los afroestadounidenses lograban adquirir, ya fuera mediante algún subterfugio legal o a punta de pistola. Además, la emergente clase media negra fue sometida en la práctica a un reinado de terror.

Ahí es donde entra Tulsa. En 1921, la ciudad de Oklahoma fue el centro de un auge petrolero, un lugar a donde migraban las personas que buscaban oportunidades. Se jactaba de tener una clase media negra cuantiosa, concentrada en el vecindario de Greenwood, al que todos describían como el “Wall Street negro”.

Y ese fue el vecindario destruido por una muchedumbre de residentes blancos, que saquearon negocios y hogares negros y probablemente asesinaron a cientos. (No sabemos cuántos con exactitud porque la masacre jamás se investigó formalmente). Claro que la Policía no hizo nada para proteger a los ciudadanos de color, sino que se unió a los alborotadores.

No es de extrañar que la violencia contra los afroestadounidenses que lograban alcanzar cierto éxito económico desmotivara la iniciativa. Por ejemplo, la economista Lisa Cook ha mostrado que la cifra de personas negras que registraban patentes, la cual se disparó durante varias décadas después de la Guerra de Secesión, se desplomó ante la creciente violencia blanca.

La represión violenta le dio impulso a la Gran Migración Afroamericana, el desplazamiento de millones de afroestadounidenses desde el sur del país hasta las ciudades del norte, que comenzó cinco años antes de la masacre de Tulsa y continuó hasta 1970, aproximadamente.

Incluso en las ciudades del norte, a las personas negras a menudo se les negaban las oportunidades de ascenso social. Por ejemplo, en 1944, los trabajadores de tránsito blancos en Filadelfia hicieron una huelga —lo cual interrumpió la producción para la guerra— como protesta por el ascenso de un puñado de trabajadores negros.

Sin embargo, la discriminación y la represión eran menos graves que en el sur. Y uno habría esperado que la horrenda saga de represión contra la raza negra al fin cesara luego de que la Ley de Derechos Civiles, promulgada un siglo después de la Proclamación de Emancipación, prohibió la discriminación abierta.

Por desgracia, para muchos afroestadounidenses, las ciudades del norte se convirtieron en una trampa socioeconómica. Las oportunidades que atrajeron a los migrantes desaparecieron conforme los trabajos para obreros se desplazaban primero a los suburbios y luego al extranjero. Chicago, por ejemplo, perdió el 60 por ciento de sus empleos en la industria manufacturera entre 1967 y 1987.

Entonces, cuando la pérdida de oportunidades económicas derivó, como suele suceder, en la disfunción social —familias desintegradas y desesperanza—, demasiadas personas blancas de inmediato culparon a las víctimas. El problema, según muchos de ellos, radicaba en la cultura negra o, como sugerían algunos, en la inferioridad racial.

Este racismo implícito no se quedaba solo en palabras; alimentó una oposición a los programas de gobierno, incluido Obamacare, que pudieran ayudar a los afroestadounidenses. Si se preguntan por qué la red de protección social en Estados Unidos es mucho más débil que la de otros países desarrollados, la razón se reduce a una sola palabra: raza.

Por cierto, resulta extraño que no se escuchara a mucha gente dirigir reproches similares unas décadas después a las víctimas cuando en la zona agrícola del este del país las personas blancas experimentaron su propia pérdida de oportunidades y un aumento en la disfunción social, lo cual se manifestó en un mayor número de muertes por suicidio, alcohol y opioides.

Como dije antes, si bien la esclavitud es el pecado original de Estados Unidos, su horrendo legado fue perpetuado por otros pecados, algunos de los cuales continúan cometiéndose en nuestros días.

La buena noticia es que Estados Unidos tal vez esté cambiando. El intento de Donald Trump de usar el viejo manual racista le ha valido una caída en las encuestas. Su truco publicitario en Tulsa al parecer resultó contraproducente. Seguimos mancillados por nuestro pecado original, pero quizá, finalmente, estemos en camino a la redención.

Paul Krugman
es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008. © 2020
The New York Times. Traducción de News Clips.

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Cuando un país falla en la prueba del malvavisco

Estados Unidos está demasiado desunido como para enfrentar de manera efectiva la pandemia

/ 21 de junio de 2020 / 07:33

La prueba del malvavisco es un famoso experimento psicológico que prueba la disposición de los niños para postergar la gratificación. A los niños se les ofrece un malvavisco, pero se les dice que pueden tener un segundo malvavisco si están dispuestos a esperar 15 minutos antes de comerse el primero. La afirmación de que a los niños con fuerza de voluntad les irá mejor en la vida no se ha sustentado bien, pero el experimento sigue siendo una metáfora útil para muchas opciones en la vida, tanto de individuos como de grupos más grandes.

Una forma de pensar sobre la pandemia del COVID-19 es que plantea un tipo de prueba del malvavisco para la sociedad.

En este punto, ha habido suficientes historias internacionales de éxito sobre cómo lidiar con el coronavirus como para darnos una idea clara de lo que se necesita para vencer a la pandemia. Primero, hay que imponer un distanciamiento social estricto el tiempo suficiente para reducir el número de personas infectadas a una pequeña fracción de la población. Luego se debe implementar un régimen de pruebas, rastreo y aislamiento: identificar rápidamente cualquier brote nuevo, encontrar a todos los que estuvieron expuestos y ponerlos en cuarentena hasta que haya pasado el peligro.

Esta estrategia es aplicable. Corea del Sur lo ha hecho. Nueva Zelanda lo ha hecho.

Pero debes ser estricto y debes ser paciente, mantener el rumbo hasta que la pandemia haya acabado, no ceder a la tentación de volver a la vida normal cuando el virus aún está muy extendido. Entonces, como dije, es una especie de prueba del malvavisco.

Y Estados Unidos está fallando en esa prueba.

Los nuevos casos en Estados Unidos y las muertes han disminuido desde inicios de abril, pero eso se debe casi en su totalidad a que el área metropolitana de Nueva York, después de un brote horrible, ha logrado un gran progreso. En muchas partes del país —incluidos nuestros estados más poblados, California, Texas y Florida— la enfermedad aún se está diseminando. En general, los nuevos casos se estancan y pueden estar comenzando a elevarse. Y, aún así, los gobiernos estatales están empezando a reabrir.

Esta es una historia muy diferente a la que está sucediendo en otros países avanzados, incluso en países muy golpeados como Italia y España, donde los casos nuevos han caído dramáticamente. Ahora parece probable que a fines del verano seamos la única nación rica en la que un gran número de personas aún mueran por el COVID-19.

¿Por qué estamos fallando en la prueba? Es fácil culpar a Donald Trump, un hombre-niño que seguramente se zamparía ese primer malvavisco y luego intentaría robar los de los otros niños. Pero la impaciencia de Estados Unidos, su falta de voluntad para hacer lo que se tiene que hacer para lidiar con una amenaza que no puede ser derrotada con amagos de violencia, es mucho más profunda que un solo hombre.

No ayuda que los miembros del Partido Republicano se opongan ideológicamente a los programas gubernamentales de redes de seguridad, que son los que hacen tolerables las consecuencias económicas del distanciamiento social; como explico en mi reciente columna, parecen determinados a dejar que la ayuda de emergencia crucial expire demasiado pronto. Tampoco ayuda que incluso las medidas de bajo costo para limitar la propagación del COVID-19, sobre todo usar mascarillas (que protegen principalmente a las otras personas), estén atrapadas en nuestras guerras culturales.

Estados Unidos en 2020, parece, está demasiado desunido, con demasiadas personas tomadas por la ideología y el partidismo, como para enfrentar de manera efectiva una pandemia. Tenemos el conocimiento, tenemos los recursos, pero no tenemos la voluntad.

Paul Krugman
es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008. © 2015 Th e New York Times. Traducción de News Clips.

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Trump nos lleva al límite

Desde hace décadas los republicanos han venido explotando la hostilidad racial para ganar elecciones

/ 7 de junio de 2020 / 08:57

A fines del año pasado, Bob Kroll, director del sindicato de policías de Minneapolis, estuvo presente en un mitin de Trump, en el cual le agradeció por terminar con la “opresión de la Policía” que había instaurado Barack Obama y dejar que los policías “les pusieran las esposas a los criminales en lugar de a nosotros”.

Los acontecimientos de la semana pasada, en los cuales la muerte de George Floyd bajo custodia de la Policía de Minneapolis dio lugar a manifestaciones contra la brutalidad policial, que, en respuesta, recibieron más brutalidad policial —incluida una violencia sin precedentes contra los medios noticiosos—, dejan claro a lo que se refería Kroll con eso de que les quitaron las esposas. Además, Donald Trump, lejos de tratar de calmar a la nación, le está echando leña al fuego y parece estar a punto de tratar de incitar una guerra civil.

No creo que sea una exageración decir que Estados Unidos como lo conocemos está en el límite.

¿Cómo llegamos hasta aquí? La historia de fondo de la política estadounidense de los últimos cuarenta años es que las élites acomodadas usaron como arma el racismo blanco para obtener poder político, del cual se sirvieron para instaurar políticas que enriquecieron más a los que ya eran ricos a expensas de los trabajadores.

Hasta antes del ascenso de Trump se podía, aunque a duras penas, negar esta realidad con el rosto impasible. Sin embargo, a estas alturas, se necesita una ceguera deliberada para no ver lo que está sucediendo.

Todavía veo uno que otro reportaje en el que se describe a Trump como “populista”, pero las políticas económicas de Trump han sido lo opuesto al populismo: han sido despiadadamente plutocráticas, centradas principalmente en un esfuerzo exitoso para hacer que se promulgaran enormes recortes de impuestos para las corporaciones y los ricos y en un intento hasta ahora fallido de dejar sin cobertura médica a los pobres y a las familias de la clase trabajadora.

Las guerras comerciales de Trump tampoco han hecho resurgir los trabajos de antaño. Incluso antes de que el coronavirus nos sumergiera en una depresión, Trump ya había fracasado en su propósito de aumentar de manera considerable los empleos en los sectores minero y manufacturero. Así mismo, los productores agrícolas y ganaderos, quienes apoyaron de manera mayoritaria a Trump en 2016, han sufrido graves pérdidas debido a sus guerras comerciales.

Entonces, ¿qué es lo que Trump le ha ofrecido en realidad a la clase trabajadora blanca de la que está compuesta la gran mayoría de su base electoral? En esencia, ha afirmado y encubierto la hostilidad racial.

En ningún otro aspecto es esto más claro que en su relación con la Policía.

Si el egoísmo económico fuera lo único que motivara la orientación política, uno esperaría que los policías estuvieran a favor de los demócratas. Después de todo, son empleados sindicalizados del sector público y los republicanos están en contra de los sindicatos y el Gobierno.

No ganan lo suficiente como para obtener grandes beneficios del recorte de impuestos de Trump. Sus empleos estarán en grave riesgo si se obliga a los gobiernos estatales y locales, cuyos ingresos son escasos, a hacer drásticos recortes al gasto, y los aliados de Trump en el Senado están bloqueando la asistencia que evitaría muchos de esos recortes.

De hecho, las contribuciones políticas de los sindicatos del sector público favorecen de manera abrumadora a los demócratas. Y aunque muchos bomberos votaron por Trump en 2016, el principal sindicato de bomberos respalda a Joe Biden.

No obstante, muchos policías y sus sindicatos siguen siendo seguidores acérrimos de Trump y han dejado muy claro por qué: sienten que Trump los respaldará incluso, o tal vez particularmente, si incurren en comportamientos abusivos en contra de las minorías raciales.

Solo para dejarlo claro, muchos y quizá la mayoría de los agentes de Policía se comportaron bien la semana pasada. De hecho, en algunas ciudades la Policía ha mostrado solidaridad con los manifestantes uniéndose a las marchas o arrodillándose.

Sin embargo, no hay duda de que Trump está del lado de los que rechazan cualquier noción de que los oficiales de Policía —o cualquier otra figura de autoridad— deberían asumir la responsabilidad de su comportamiento abusivo. Recuerden que usó su autoridad para perdonar a miembros del Ejército estadounidense acusados o sentenciados por las mismas fuerzas armadas por haber cometido delitos de guerra.

El 1 de junio, en una llamada con los gobernadores, no mostró ningún indicio de reconocer que las protestas generalizadas pudieran tener alguna justificación o que debería intervenir de alguna manera para unificar al país. En cambio, les dijo a los gobernadores que toda la violencia venía de la “izquierda radical” e insistió en que deben actuar con mayor dureza: “Tienen que dominar la situación o se verán como un puñado de tontos; tienen que arrestar y enjuiciar a la gente”.

Trump, quien se retiró a un búnker subterráneo cuando los manifestantes estuvieron frente a la Casa Blanca, también les dijo a los gobernadores: “A la mayoría de ustedes les tiembla la mano”.

Fue una actuación aterradora.

Como dije, desde hace décadas los republicanos han venido explotando la hostilidad racial para ganar elecciones a pesar de tener una agenda política que daña a los trabajadores, pero Trump ahora está llevando esa estrategia cínica hacia una especie de apoteosis.

Por una parte, en la práctica incita a sus seguidores a la violencia. Por la otra, está muy cerca de invocar una respuesta militar en contra de la protesta social. Y a estas alturas nadie espera ninguna oposición significativa por parte de otros republicanos.

Ahora bien, no creo que Trump logre provocar una guerra racial en el futuro cercano, aun cuando es evidente que se muere por encontrar una excusa para usar la fuerza. No obstante, es probable que en los próximos meses la situación se ponga muy pero muy fea.

Después de todo, si Trump está alentando la violencia y hablando de soluciones militares contra protestas en su mayoría pacíficas, ¿qué harán él y sus seguidores si consideran probable que pierda las elecciones de noviembre?

Paul Krugman
es premio Nobel de Economía.
© The New York Times Company, 2018. Traducción de News Clips.

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Elogio a los líderes falibles

Negarse a admitir los errores no solo es un defecto de carácter, sino que puede conducir al desastre. Se ha necesitado una pandemia para demostrar cuánto daño puede infligir un líder con un complejo de infalibilidad

/ 31 de mayo de 2020 / 07:22

La semana pasada, Joe Biden hizo una broma improvisada que podría interpretarse como que da por hecho los votos de los ciudadanos estadounidenses de color. No fue para tanto: Biden, quien cumplió con cabalidad su cargo durante el gobierno de Barack Obama, ha tenido desde siempre una fuerte afinidad con los electores negros, y ha insistido en emitir propuestas políticas destinadas a disminuir las brechas en la riqueza y la salud con base en criterios étnicos. De cualquier modo, Biden se disculpó. Y al hacerlo, dio poderosas razones para elegirlo a él en lugar de a Donald Trump en noviembre. Verán, Biden, a diferencia de Trump, es capaz de admitir un error.

Todos cometemos errores y a nadie le gusta admitir que se equivocó. Sin embargo, enfrentar los errores pasados es un aspecto fundamental del liderazgo. Por ejemplo, piensen en el cambio en los lineamientos sobre los cubrebocas. En la fase inicial de la pandemia, los voceros de los centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) les dijeron a los estadounidenses que no era necesario usar tapabocas en público. Sin embargo, a principios de abril, cambiaron de opinión en vista de nueva evidencia sobre cómo se propaga el nuevo coronavirus; a saber, que las personas que no presentan síntomas también pueden contagiar a los demás. Así que recomendó a toda la población usar mascarillas de tela al salir de casa.

¿Qué habría pasado si los CDC se hubieran negado a admitir que se habían equivocado y hubieran mantenido sus recomendaciones iniciales? La respuesta, casi con toda seguridad, es que el número de personas que han fallecido de COVID-19 en Estados Unidos (más de 100.000 hasta la fecha) sería mucho más elevado. En otras palabras, negarse a admitir los errores no solo es un defecto de carácter, sino que puede conducir al desastre. Y eso es exactamente lo que ha sucedido con Trump.

La incapacidad patológica del mandatario estadounidense para admitir un error (y sí, realmente se eleva al nivel de patología) ha sido evidente desde hace años y ha tenido graves consecuencias. Por ejemplo, lo ha convertido en un blanco fácil para dictadores extranjeros, como el norcoreano Kim Jong-un, quienes saben que, sin ningún problema, pueden incumplir cualquier promesa que Trump piense que le han hecho. Después de todo, si el tuitero en jefe condena las acciones de Kim, eso significaría admitir que se equivocó, al haber afirmado anteriormente que había logrado avances diplomáticos con el líder norcoreano.

Sin embargo, se ha necesitado una pandemia para demostrar cuánto daño puede infligir un líder con un complejo de infalibilidad. No es una exageración sugerir que la incapacidad de Trump para reconocer los errores ha acabado con la vida de miles de estadounidenses. Y parece probable que cobre la vida de muchos más antes de que todo termine. De hecho, en la misma semana en que Biden cometió su inofensiva metedura de pata, Trump redobló la insistencia en su extraña idea de que la hidroxicloroquina, un medicamento que se usa contra la malaria, puede prevenir la COVID-19, al afirmar que él mismo la estaba tomando, aun cuando nuevos estudios indican que en realidad ese medicamento aumenta la letalidad. Puede que nunca sepamos cuántas personas han muerto porque Trump siguió promocionando ese medicamento, pero, sin duda, el número está por encima de cero.

A pesar de ello, la extraña incursión del Presidente en la farmacología palidece en importancia cuando se le compara con la forma en que su insistencia en que siempre tiene razón en todo ha paralizado la respuesta de Estados Unidos a un virus mortal. Ahora sabemos que durante enero y febrero Trump ignoró las repetidas advertencias de los organismos de inteligencia sobre la amenaza que representaba el nuevo coronavirus. Ni él ni su círculo más cercano querían oír malas noticias y, en específico, no querían oír nada que pudiera amenazar al mercado de valores.

No obstante, lo verdaderamente sorprendente es lo que sucedió en la primera mitad de marzo. Para entonces, la evidencia de una pandemia emergente era abrumadora. Sin embargo, Trump y compañía se negaron a actuar, y continuaron con sus declaraciones optimistas. En gran medida, según se sospecha, debido a que no podían imaginarse admitir que sus primeras aseveraciones habían sido erróneas. Cuando el Mandatario estadounidense finalmente, aunque de manera muy breve, se enfrentó a la realidad, ya era demasiado tarde para evitar un número de muertes que ya ha superado los 100.000 decesos.

Puede que lo peor esté todavía por venir. Si no se sienten aterrados por las fotos de las grandes multitudes reunidas durante el fin de semana del Día de los Caídos que no llevan cubrebocas ni practican el distanciamiento social, no han estado poniendo atención. Sin embargo, si hay una segunda ola de casos de COVID-19 en Estados Unidos, Trump (quien ha solicitado de manera insistente que se relajen las medidas de distanciamiento social a pesar de las advertencias de los expertos en salud) ya ha declarado que no exigirá un segundo confinamiento. Después de todo, eso significaría admitir, al menos implícitamente, que, para empezar, se equivocó al presionar para que hubiera una pronta reapertura.

Esto me regresa al contraste entre Trump y Biden. En ciertos sentidos, el tuitero en jefe es una figura tan patética que inspiraría lástima si sus defectos de carácter no estuvieran causando tantas muertes. Imaginen cómo debe sentirse ser tan inseguro, tan falto de autoestima, que no solo siente la necesidad de alardear todo el tiempo, sino que además tiene que afirmar que es infalible en todo. Biden, por otra parte, aunque no sea el candidato presidencial más impresionante de la historia, sin duda es un hombre que se siente a gusto consigo mismo. Sabe quién es, razón por la cual ha podido reconciliarse con antiguos críticos como Elizabeth Warren; y cuando comete un error, no le da miedo admitirlo. En los últimos meses hemos visto cuánto daño puede hacer un presidente que nunca se equivoca. ¿No sería un alivio tener en la Casa Blanca a alguien que no sea infalible?

Paul Krugman

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