Voces

miércoles 3 jun 2020 | Actualizado a 17:30

Para después de mañana y otras reflexiones

Ahora opinaré sobre cuál forma de gobernarnos preferiría. Latinoamérica heredó de España y Portugal la idea de gobiernos fuertes y centrales.

/ 7 de abril de 2020 / 06:31

El sábado murió Luis Fernando Aute (recuerdo a Massiel cantando “Rosas en el mar” en 1967), y pocos días antes, el 23 de marzo, Lucía Bosè, la gran musa del neorrealismo italiano. Ambos fueron parte de una larga lista que ahora me regresó a los años 80, cuando desaparecieron al menos dos generaciones de grandes artistas, en plenitud de sus juventudes, por el entonces desconocido VIH. Hoy la mayoría son de las tercera y cuarta edades, como si la Parca quisiera completar, 40 años después, el trabajo que no concluyó. Este encierro y estas muertes me han recordado que la inmediatez muchas veces no me deja mirar cuando escribo a futuro. Aprovecharé ahora, con tiempo y con la confianza de que muchos la leerán, sin inmediateces que lo impidan, para elucubrar sobre una Bolivia que quisiera ver.

Primero que todo, entre 2003 y 2005 (incluso no estando permanente en el país) encabecé un largo estudio como consultor de la Universidad Estatal de Nueva York (The State University of New York: Suny) sobre cómo veíamos y aspiraríamos a que fuera el sistema parlamentario en Bolivia. Como han pasado 15 largos años, no creo que haya observancia de la propiedad intelectual del estudio.

Se hicieron muchas encuestas y muchísimas entrevistas en profundidad. En algunas, para evitar susceptibilidades ideológicas, se les dijo que eran para otros destinatarios, incluyendo las cátedras que ejercía en la Universidad Católica Boliviana. Políticos, sobre todo congresistas (en un amplio arco político, desde Felipe Quispe y Evo Morales hasta Leopoldo López y Ernesto Suárez), directores de medios y periodistas, líderes de opinión… comentaron sobre cuál, según su percepción, sería el mejor modelo legislativo para Bolivia. Ganaron un Congreso unicameral y diputados uninominales. También recibieron amplio apoyo un sistema de elección que no coincidiera con el presidencial y las llamadas elecciones de medio término, pero que en nuestro hipotético caso abarcarían el medio final de un período presidencial y la mitad inicial del siguiente. Hubo muchísimos más resultados, pero me quedo con estos tres en lo congresal.

Ahora opinaré sobre cuál forma de gobernarnos preferiría. Latinoamérica heredó de España y Portugal la idea de gobiernos fuertes y centrales. Basta recorrer desde la independencia los caudillismos presidenciales, cuasi monárquicos, muchos de ellos fatales para nuestros países. Mucho se nos ha pontificado sobre las “virtudes” del presidencialismo. Yo abogo por el parlamentarismo, con un presidente (como en Alemania, para no hablar de monarquías simbólicas) revestido de la representación del Poder, pero sin ejecutarlo; y un jefe de gobierno, llamémosle primer ministro, como en Canadá o, de nuevo, Alemania, en delegación de la mayoría parlamentaria —propia o aliada— que gestione ese poder. Con dos condicionantes al presidente: siete años de ejercicio (los pitagóricos) y no reelección. Entretanto, el jefe de gobierno tendría tres años y medio de ejercicio (si no lo saca antes el Parlamento) hasta la siguiente elección, de medio término o término final de la presidencia. Hay quienes representarían con lustre el Poder, pero no serían aptos para ejercerlo.

Mientras que otros, con gran aptitud para gestionarlo, nunca serían beneficiados con él en un presidencialismo. Las cortes leonesas de 1188, el Riksdag sueco de 1435, y el Parlamento británico de 1707 fueron los antecedentes (el Senado romano y la Ekklesía griega fueron excluyentes). Alexis de Tocqueville y Montesquieu lo defendieron, y los padres fundadores en 1776 y la Asamblea Nacional Constituyente en 1789 lo aplicaron. Claro que habría que cumplir lo que preconizaba Jürgen Habermas: el debate racional y sereno que lleva al consenso y no las manos levantadas por consignas.

Quiero, como final, reflexionar sobre el COVID-19 y nuestra sociedad. Creo, como Henry Kisssinger refiriéndose a EEUU, que “ahora, en un país dividido, es necesario un Gobierno eficiente y con visión de futuro para superar los obstáculos sin precedentes”. La herencia tras el 10 de noviembre de un país bordeando la quiebra y en profunda crisis sanitaria amilanaría a muchos. Eso no pasó, pero tampoco se dudó en que “ningún país, ni siquiera Estados Unidos, puede en un esfuerzo puramente nacional superar el virus”, como sentenció Kisssinger. La pandemia nos llegó el 10 de marzo con los dos primeros casos detectados, pero desde el 26 de febrero se estaban aislando sospechosos. Hubo y hay muchas carencias, y también errores al improvisar como en todos los países afectados, pero, a pesar de ello, se ha logrado moderar la diseminación.

Aunque las campañas políticas se cancelaron, entiendo que algunos candidatos, no importa el “color”, hagan un proselitismo “suave” a través de acciones solidarias. Incluso comprendo a quienes critican la decisión de Jeanine Áñez de postularse a la presidencia, porque a un candidato le tronchó lo que éste suponía una presunta victoria, y a otro le frustró copar un departamento. Lo que no entiendo ni acepto es la promoción de atentados a la salud, incitando a manifestaciones y movilizando marchas. Eso es criminal en un momento en que la gran mayoría de los actores sociales y políticos aúnan esfuerzos sin consignas políticas.

Tampoco entiendo que una “autoridad” como la Defensora del Pueblo (masista) haga gala pública de falsedad, al afirmar que “Latinoamérica y Bolivia sabían en septiembre de 2019 que la pandemia del coronavirus estallaría”; y que en 2018 “se sabía a nivel” regional que “venía la pandemia”; para rematar que “no por unos casos se va aplicar políticas públicas, eso es irresponsable”. La mentira cae cuando se recuerda que el oftalmólogo de Wuhan Li Wenliang alertó recién el 30 de diciembre de 2019 sobre la posible presencia de un nuevo coronavirus, variante del SARS de 2003. Pero le pregunto, en el hipotético caso de que se sabía desde 2018, ¿qué hizo el MAS? ¿Estolidez o estupidez?

José Rafael Vilar, analista político.

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Pandemia, endemia y un solo país

El coronavirus será una endemia en el mundo hasta que haya suficientes vacunas. En su incidencia mediata primará nuestro comportamiento

/ 2 de junio de 2020 / 11:38

La columna de hoy, en stricto sensu, es un catálogo de información necesaria sobre el COVID-19 para Bolivia y la región. La epidemia “aterrizó” en febrero 25 en Sao Paulo (Brasil), continuando al resto de América Latina: el 27 de febrero en México y el 29 en Ecuador (aunque el 14 llegó de España la primera contagiada); el 1 marzo en República Dominicana; el 3 en Argentina y Chile; el 6 en Colombia, Costa Rica y Perú; el 7 en Paraguay; el 8 en Panamá; el 10 en Bolivia; el 11 en Cuba, Guyana y Honduras (la OMS); el 13 en Guatemala, Uruguay y Venezuela; el 18 en El Salvador y Nicaragua; el 19 Haití y el 23 en Belice, el último.

Neófitos, la gran mayoría, nos confundimos con la abrumadora cantidad de datos, aumentado por la sensibilidad solidaria (y temerosa) por contagios y fallecimientos (trataré de clarificar algunos términos importantes para entender la penetración del virus). La morbilidad  se refiere a la cantidad de afectados por cada 100.000 habitantes; y la mortalidad, al porcentaje de fallecidos del total de afectados. Hasta la noche del domingo, la morbilidad del COVID-19 en Bolivia era de 85,8 (algo mayor a la tasa mundial: 80,4). Y la mortalidad era de un 3,1% (frente al 6,1% mundial).

Según datos de la OMS/OPS (aunque algunos sean poco fiables, como Nicaragua y Venezuela), la morbilidad de Bolivia está por debajo de Chile (521,7), Perú (511,9), Panamá (323,7), Brasil (245,8), Ecuador (229,7) y República Dominicana (168,4). Mientras que la mortalidad es menor que la de Belice (11,1), México (11), Ecuador (8,6), Guyana (7,8), Brasil (5,7), Nicaragua (4,6), Cuba y Honduras (ambas 4,1), Colombia (3,4) y Argentina (3,2).

Cabe aclarara que la morbilidad depende de la cantidad de pruebas de detección realizadas, y es importante diferenciar las existentes. i) La prueba de reacción en cadena de la polimerasa (PCR), la más confiable, pero los resultados tardan en conocerse, es cara, los reactovos para realizarla son escasos, y requerir personal y equipos especializados. ii) Pruebas de anticuerpos (serológicas), que pueden detectar casos que ya se han curado. iii) Y pruebas de antígenos, más simples, rápidas y menos costosas, pero poco confiables.

El dato actualizado para Bolivia al domingo fue de 29.642 pruebas PCR realizadas, según el Ministerio de Salud, lo que significa 2.548 pruebas por un millón de habitantes (2,5 x millar de habitantes en la metodología de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OECD, que agrupa a los países de mayor desarrollo económico. Aunque se trata de una cifra baja, no lo es tanto si la comparamos con la de Colombia (2,3), Japón (2,2) o México (0,6), según estimaciones de la OECD al 4 de mayo.

En Bolivia los departamentos se han agrupado en tres categorías según el nivel de contagios. En Santa Cruz y Beni, con el 89,0% de los casos activos hasta el domingo, se encuentran en el nivel más elevado (las marchas y bloqueos masistas pidiendo elecciones incidieron en una mayor tasa de contagio). En el nivel el moderado se encuentran Cochabamba (6,1%, que aumentó en los últimos días, posiblemente por contagios en los bloqueos), La Paz (2,7%) y Oruro (1,3%). Por último, Potosí (0,4%), Tarija (0,3%), Chuquisaca y Pando (0,1%) se encuentran en el nivel más bajo.

Al margen de las urgentes improvisaciones que se tomaron, de las dificultades en conseguir los insumos y de la corrupción en el caso de la compra de los 170 ventiladores (denunciada como “irresponsable e inmoral” por la Conferencia Episcopal y repudiada por la sociedad), se “aplanó la curva” al contener la propagación y evitar un fuerte aumento de casos al principio. Lo cual contribuyó a evitar la saturación de los servicios médicos, una situación de mucho riesgo sobre todo en Bolivia, donde el MAS durante los 14 años que estuvo en el gobierno, con boom de ingresos, no priorizó nunca a la salud pública, y aún sigue bloqueándola en la Asamblea Legislativa.

Además, las medidas de alivio social (bonos, reducción de tarifas, créditos postergados, etc.) no han dejado que el país caiga en una crisis alimentaria, como ha sucedido en otras naciones. Es momento de entender que el coronavirus será una endemia en el mundo hasta que haya suficientes vacunas. En su incidencia mediata primará nuestro comportamiento.

José Rafael Vilar, analista político.

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Hablemos (¡ya!) de elecciones

“No es el momento de divisiones ni de enfrentamientos por el poder, (es) el momento de unirnos (para) preservar la salud y la vida de todos los bolivianos” (monseñor Sergio Gualberti).

/ 19 de mayo de 2020 / 06:32

La renuncia el 11 de noviembre de Evo Morales Ayma a la presidencia y de sus inmediatos seguidores, junto al desbande apresurado y temeroso de una indignación popular cerraron 21 días de protestas contra el fraude electoral, y 10 días desde que los comités cívicos de ocho departamentos le dieran un ultimátum para que renunciara a su cargo, abandonando el hasta entonces común reclamo opositor al MAS de una segunda vuelta electoral entre Morales y Carlos Mesa, balotaje que había sido apoyado por la misión de observación electoral de la OEA. Distanciado de ese ultimátum, Mesa siguió reclamando la segunda vuelta en solitario.

Asumida constitucionalmente la presidencia el 12 de enero por Jeanine Áñez, el país se abocó a un período electoral, cuya conclusión estaba prevista con la investidura, el 12 de junio, del ganador de los comicios presidenciales previstos para el 3 de mayo, en caso de que no se presentase segunda vuelta.

Dos hechos preelectorales importantes fracasaron: la convocatoria presidencial durante enero para una nonata cumbre de líderes (copia de la fracasada unidad opositora en octubre 2018), y la Cumbre por la unidad que sí se organizó el 1 de febrero, convocada por el Comité Cívico Pro Santa Cruz para lograr un frente único. Una segunda reunión prevista para el 3 de abril nunca se realizó por la cuarentena. En medio, el 24 de enero la presidente Áñez anunció su candidatura.

Coincidí en enero con Roberto Laserna y Juan Cristóbal Soruco en que un frente único anti-MAS era pobre ejemplo de democracia. Pero nos fuimos al extremo contrario: “le ganamos al 20-O: competirán cinco alianzas y cinco partidos” (El síndrome de la mariposa entrampada 28/01/2020). ¿La consecuencia prevista?: “El próximo gobierno necesariamente será de alianzas porque ninguna organización tendrá mayoría legislativa” (Una vez más: más serán menos, 14/01/2020). Pero después de que el 10 de marzo se anunció el primer caso de COVID-19 en el país y el 22 se decretó la cuarentena total, las elecciones quedaron en suspenso.

Hoy estamos de nuevo en tiempo electoral desde que la presidenta del Senado, Eva Copa, promulgó la Ley de postergación de elecciones (impelida por la urgencia de frenar la caída del MAS); y el Ejecutivo presentó la inhabilitación de esta norma al Tribunal Constitucional. Oficialmente no hay campañas, pero el MAS ya está haciendo lo que mejor sabe: crear conflictos. Mientras que otros políticos se aferran a discursos críticos, resaltando fallas del Gobierno o tergiversando realidades, o con acciones electoralistas presuntamente solidarias.

El Gobierno ha enfrentado una crisis para la que Bolivia no estaba preparada: el coronavirus SARS-CoV2. Ni la salud pública (cenicienta del MAS) ni la economía (miseria luego del despilfarro del cuatroceno) habrían resistido sin medidas prestas y creativas que, en lo económico, generaron un plan para proveer a las mayorías de recursos económicos (de diversas formas) y salvar empleos. Gestión de gobierno que no estuvo exenta de yerros: corrupción y favoritismo en ENTEL, con Elio Montes, quien escapó luego de ser despedido a los pocos días; corrupción e ineficiencia en entidades públicas, rápidamente sancionadas; presunta corrupción de mandos medios y falta de control e inmadurez en YPFB; discrecionalidad en vuelos oficiales; decisiones dañinas como tratar de controlar la opinión pública… Además de un deficiente control intergubernamental, de prevención y presto control de daños y de eficaz y proactiva comunicación pública, todos elementos de éxito.

La última encuesta en marzo dio solo un trío en disputa: Luis Arce, Carlos Mesa y Jeanine Áñez. Hoy la elección la decidirá la pandemia: influenciará contra Arce, y potenciará o perjudicará a Áñez, según cómo se perciba su actuación. A Mesa, más allá de sus declaraciones, no le redituará y pudiera afectarle, según cómo la maneje.

José Rafael Vilar, analista de temas políticos y electorales

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COVID, COVID, COVID

‘El que es sabio refrena su lengua’ (Proverbios 10:19, espero que no me tilden de violar el laicismo estatal).

/ 5 de mayo de 2020 / 06:05

Hablamos sobre el COVID-19. Pensamos sobre el COVID-19. Soñamos (“pesadilleamos”, más bien) sobre el COVID-19. Vivimos “sobre” el COVID-19 más que “con” el COVID-19. ¿Por qué tememos tanto al COVID-19?

En mi columna Virus y elecciones: ¿pe(s)cadores ganan? (24/03) lo adelantaba: ¿por qué le tememos al COVID-19 si han muerto menos de 250.000 personas en todo el mundo desde su inicio, mientras que la Peste Negra mató a un tercio de la población europea en el siglo XIV, con la gripe española murieron entre 20 y 40 millones de personas en 1918, y el VIH/sida provocó más de 40 millones de fallecidos? ¿Por qué el mundo se ha paralizado?

De los 196 países miembros y asociados de la Organización Mundial de la Salud (OMS), solo 14 permanecían inmunes a la pandemia hasta el lunes: Kiribati, Lesotho, Islas Marshall, Micronesia, Nauru, Niue, la impenetrable Corea del Norte, Palau, Samoa, Islas Salomón, Tonga, Turkmenistán, Tuvalu y Vanuatu; además de las Islas Cook (ajenas a la OMS). Por tanto, ya son 187 países (los restantes 182 de la OMS más los Territorios Palestinos, Kosovo, el Vaticano, el Sahara Occidental y Taiwan) en los que viven (o vivían) algunos de los 3.482.848 infectados con el nuevo coronavirus.

¿Por qué tememos tanto al COVID-19? Por su rápido contagio (en Corea del Sur se mapeó una persona contagiando a más de 1.000 en pocos días), por su período de latencia asintomático (cerca de 14 días), por su confusión con otras afecciones conocidas (gripe, resfrío, incluso dengue), y por el alto índice de agravamiento de los casos ya sintomáticos: entre el 10% y el 15% de los pacientes internados por el virus SARS-CoV-2) ingresan en las unidades de terapia intensiva (UTI), y el 90% de éstos requiere intubación y ventilación mecánica durante al menos dos o tres semanas. También ha contribuido mucho a ese temor la “infopandemia”, que se ha desatado alrededor de la verdadera pandemia: una explosión de información, sobre todo en canales digitales y redes sociales, pero también en medios masivos, muchas veces tergiversada, falsa o alarmista, y poquísimas veces contrastada.

Para los gobiernos, el principal temor era otro: la insuficiente infraestructura sanitaria para casos graves. Según aumentaban los contagios, la inicial displicencia (alimentada por las falsas estadísticas de China y su presto “control”, tan elogiado por la OMS) se convirtió en pánico y desesperación, con acciones propias de un filibusterismo: barcos y aviones cargados de preciosos y escasísimos insumos médicos, retenidos y embargados en escalas en países intermedios; retención de cargas que se enviaban a segundos países…

¿Cómo estábamos en Bolivia? Muy desprotegidos, por muchos años de falta de inversión humana y de recursos en la salud pública (los 14 años de gobierno del MAS fueron de despilfarro en inutilidades). ¿Cuáles eran las posibilidades? Empezar sin dar margen a que el COVID-19 tomara la delantera y golpeara (recordemos la Europa de tranquilidad y paseos con más de 300 casos en España y en Italia; o el premier británico, Boris Johnson, anunciando que priorizarían la economía… hasta que terminó en una UTI).

A pesar de los agoreros y los críticos festinados, partiendo de cero, o menos aun, en condiciones heredadas y sin recursos, el 4 de marzo (cuando había solo un sospechoso que luego fue descartado) se empezaron a tomar recaudos y a buscar, en ese mercado canibalizado, lo que el país necesitaba para protegerse. Y cuando el 10 de marzo se confirmaron los dos primeros casos, inmediatamente se declaró situación de emergencia nacional.

He sido un crítico permanente de las falencias en nuestra información epidemiológica (puede leerse en la cronología que publico todos los días), pero no lo he achacado (como algunos políticos desesperados) a un ocultamiento premeditado, sino a una mala comunicación, porque si no, ¿cómo obtengo yo la información desde diversos medios públicos?

José Rafael Vilar, analista político.

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Para el día ‘después de después de mañana’

‘El coronavirus está poniendo a prueba nuestro sistema’ (Byung-Chul, filósofo y ensayista surcoreano)

/ 21 de abril de 2020 / 06:26

La semana pasada publiqué el artículo “Para después de mañana y otras reflexiones”, comentando el modelo de Estado y país que algunos (o muchos, y me incluyo) quisieran tener.

Espero que haya dado pie a alguna meditación. También reflexioné sobre el COVID-19 y nuestra sociedad, y creo firmemente que, cuando pase la pandemia (aunque el coronavirus seguirá como otras epidemias que nos han llegado, ya sin el carácter crítico), la salud pública en Bolivia tendrá una mayor capacidad para satisfacer las necesidades de la población, superando el abandono de los 14 años anteriores que terminaron de descalabrar un sistema que siempre fue penosamente deficitario.

Hoy quiero reflexionar sobre el día “después de después de mañana”, cuando todo el mundo regrese paulatinamente a sus actividades, las muertes hayan dejado de ser noticias, y el heroísmo de los trabajadores de la salud se mencione como su juramento hipocrático. Estamos atravesando una “infopandemia” y las redes sociales (también los medios, cada vez más dependientes de las redes) nos han provocado una “infoxicación” de bulos y fake news (noticias falsas) como de hipótesis.

En mi anterior columna me referí al VIH para mencionar la generación que entonces “desapareció” con el virus, y cómo éste (más “selectivo” en edad que en promiscuidad) se llevó a muchos, especialmente en Europa. Hoy retomo el tema del VIH/sida para recordar las entonces casi infinitas versiones sobre vías de contagio y formas de prevención que se decían (la curación no era creíble). Las “olas versionales” entonces eran más lentas; hoy las redes sociales han sustituido al vox populi (el “dijeron”) como tsunamis.

Voy a comentar algunas ideas del historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari, gurú del dataísmo (el Big Data como fundamento filosófico), quien fija dos diferencias entre la pandemia del COVID-19 y otras de la historia. La positiva es que en el pasado la ignorancia era lo peor de las epidemias: “la gente moría como moscas y nadie sabía por qué, ni qué se podía hacer contra (las enfermedades”. La negativa son las consecuencias políticas y económicas, porque “el mundo hoy es mucho más frágil”. A pesar de nuestros “conocimientos tan avanzados (somos víctimas de) la falta de unidad global”.

Cuando pasemos a la próxima página, encontraremos un mundo posiblemente distinto: mayor aislacionismo (cierre de fronteras; el #Me First campeando como valor político); el multilateralismo habrá conmocionado (una Unión Europea cuestionada, la OMS venida a menos y, por ende, toda la herencia de San Francisco 1945); una globalización en crisis; la economía global estará profundamente vapuleada; y el mundo, cada vez más dependiente de los flujos de datos (algo aún lejano para nuestras sociedades “rezagadas”, pero algo cotidiano en muchos países, no solo en China), lo cual puede conducirnos a sociedades tan controladas como la retratada en la novela “1984”, de George Orwell.

Súmesele para nosotros un sistema democrático maltrecho después de 14 años de hegemonía autoritaria y ocho anteriores de disgregación del poder del que no escaparon, o contribuyeron, Hugo Bánzer, Jorge Quiroga, Gonzalo Sánchez de Lozada y Carlos Mesa; y una economía calamitosa a pesar de la prosperidad de la “década dorada”, impulsada por los precios extraordinarios de gas, soya y minerales; al extremo de que el dinero que ingresó a Bolivia en esos siete años (de 2008 a 2015) fue similar al de los 180 años precedentes.

Llegado a este punto no pude dejar de recordar la novela “Paisaje después de la batalla”, de Andrzej Wajda, donde la conmoción de la muerte de una joven judía golpea al poeta, ambos recién liberados de un campo de concentración, y desbloquea sus sentimientos y creatividad reprimidos por sus verdugos nazis. Coincido con el filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han en que “el coronavirus está poniendo a prueba nuestro sistema”. La pandemia debe movilizarnos para construir lo mejor —quizás con Vivaldi, como Wajda y “La Primavera”— y superarnos a nosotros mismos.

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