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jueves 26 nov 2020 | Actualizado a 08:51

Esta tierra de negación y muerte

Estados Unidos se ha destacado desde hace mucho tiempo como la tierra de la negación y la muerte

/ 12 de abril de 2020 / 07:55

La muerte llega rápido. Hace solo tres semanas la valoración oficial de la Casa Blanca y de Fox News era que el coronavirus COVID-19 no era gran cosa, que las afirmaciones que dijeran lo contrario eran un engaño motivado políticamente y perpetrado por gente que estaba en contra de Donald Trump. Ahora tenemos una crisis sanitaria absoluta en Nueva York, y todo parece indicar que hay muchas otras ciudades que pronto estarán en la misma situación.

Es casi una certeza que la situación empeorará. Estados Unidos está en la peor trayectoria de cualquier país avanzado (sí, peor que Italia en la misma etapa de la pandemia), con casos confirmados que se duplican cada dos días. No estoy seguro de que la gente entienda, incluso ahora, lo que implica ese tipo de crecimiento exponencial. Pero si los casos se siguen incrementando en esta misma proporción durante un mes, aumentarían en un factor de 1.000 y casi la mitad de los estadounidenses se infectarían. Esperamos que esto no suceda.

Muchos estados, aunque no todos, se encuentran en un cierre de emergencia, y tanto los modelos epidemiológicos como la evidencia temprana sugieren que esto “aplanará la curva”. Es decir, disminuirá de manera importante la propagación del coronavirus. Pero mientras esperamos a ver cuánto va a empeorar nuestra pesadilla nacional, vale la pena tomar un poco de distancia para preguntarnos por qué Estados Unidos ha manejado esta crisis tan mal.

El liderazgo increíblemente malo en las altas esferas, sin duda, es un factor importante. Miles de estadounidenses están muriendo y el Presidente está alardeando sobre sus niveles de audiencia televisiva. Pero esto no solo se trata de un hombre. La negación científica que paralizó la respuesta inicial a esta pandemia también está detrás. Entre los países industrializados, EEUU se ha destacado desde hace mucho como la tierra de la negación y la muerte. Pero ahora estamos viendo cómo estos defectos del carácter nacional se desarrollan a un ritmo muy acelerado.

Sobre la negación: los epidemiólogos que tratan de controlar la amenaza del coronavirus parecen haber sido tomados por sorpresa por la politización inmediata de su trabajo, provocada por las afirmaciones de que estaban tramando un engaño diseñado para herir a Trump, o promover el socialismo, o algo así. Pero deberían haber esperado esa reacción, pues los climatólogos han enfrentado esas mismas acusaciones durante años. Y aunque negar el cambio climático es un fenómeno mundial, su epicentro sin duda se encuentra en Estados Unidos: los republicanos son el único partido negacionista climático importante a nivel mundial.

La ciencia climática tampoco es lo único que rechazan; ninguno de los candidatos que compitieron para lograr la candidatura presidencial del Partido Republicano en 2016 estuvo dispuesto a respaldar la teoría de la evolución. ¿Qué hay detrás de la negación científica de los republicanos? La respuesta parece ser una combinación de lealtad a intereses especiales y lealtad a líderes evangélicos cristianos como Jerry Falwell Jr., quien desestimó el coronavirus diciendo que era un complot en contra de Trump, luego reabrió su universidad a pesar de las advertencias de los funcionarios de salud, y parece haber creado su propia zona de infección personal.

En todo caso, el punto es que décadas de negar la ciencia en múltiples frentes prepararon el escenario para la actual negación del virus, lo que a su vez paralizó las políticas públicas en Estados Unidos durante las primeras semanas fundamentales para contener el avance de la pandemia.

Sobre la muerte: todavía me encuentro con gente convencida de que Estados Unidos tiene la esperanza de vida más alta del mundo. Después de todo, ¿no somos la mayor nación del mundo? Sin embargo, en realidad tenemos la menor esperanza de vida entre los países avanzados, y la brecha se ha venido ampliando durante décadas. Y esta brecha en expansión refleja tanto la falta de un seguro de salud universal como su igualmente único y marcado aumento en “muertes por desesperación” (fallecimientos ocasionados por drogas, alcohol y suicidio) entre personas blancas de la clase trabajadora que han visto esfumarse sus oportunidades económicas.

¿Hay un vínculo entre los cientos de miles de muertes adicionales que padecemos cada año en comparación con otros países ricos y las decenas de miles de muertes adicionales que estamos por padecer debido al coronavirus? La respuesta, sin duda, es sí. En específico, cuando hagamos la autopsia de esta pandemia (una frase común que, en este caso, no es una metáfora), probablemente descubriremos que la misma hostilidad que socava con frecuencia los esfuerzos para ayudar a los estadounidenses necesitados fue fundamental en el retraso de la respuesta efectiva a la crisis actual.

¿Qué me dicen sobre el panorama más amplio? ¿Existe algún vínculo entre la prevalencia de la negación de la ciencia que solo se ve en Estados Unidos y los altos índices de mortalidad que también se ven solo en este país? Para ser honesto, todavía estoy tratando de averiguarlo. Una posible explicación es que el contexto político estadounidense le otorga facultades especiales a la derecha religiosa, que está en contra de la ciencia, y que ha apoyado a políticos que están en contra del Gobierno. Empero, no estoy seguro de si esta es toda la historia y los poderes de gente como Falwell son en sí mismos un fenómeno que requiere explicación. De cualquier manera, la cuestión es que, aunque Estados Unidos es una gran nación con una historia gloriosa y muchos motivos de orgullo (yo me considero un patriota casi en todo sentido) el auge de la derecha dura, como dije, también ha convertido a este país en una tierra de negación y muerte. Esta transformación ha venido desarrollándose poco a poco a lo largo de las últimas décadas, solo que ahora estamos viendo las consecuencias de manera acelerada.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2020.

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El coronavirus, el clima y el poder de la negación

/ 18 de noviembre de 2020 / 01:27

Las elecciones de 2020 terminaron. Y los grandes ganadores fueron el coronavirus y es muy probable que el cambio climático catastrófico.

Bueno, también ganó la democracia, al menos por ahora. Al derrotar a Donald Trump, Joe Biden nos salvó de caer en el abismo de un gobierno autoritario.

Sin embargo, el castigo de Trump fue menor al esperado por su mortífero fracaso para enfrentar el COVID-19 y pocos republicanos parecen haber recibido algún castigo. Como decía un encabezado de The Washington Post: With pandemic raging, Republicans say election results validate their approach (Aun con la pandemia arrasando, los republicanos dicen que los resultados electorales validan su estrategia).

Y su estrategia, en caso de que no lo sepan, ha sido la negación y la negativa a tomar incluso las precauciones más básicas y de bajo costo, como pedirle a la gente que use cubrebocas en los espacios públicos.

Las consecuencias epidemiológicas de esta irresponsabilidad cínica serán desastrosas. No estoy seguro de cuánta gente se da cuenta de lo terrible que va a ser este invierno.

Las muertes por COVID-19 tienden a retrasarse unas tres semanas con respecto a los nuevos casos; dado el crecimiento exponencial de los casos desde el principio del otoño, que no ha disminuido en absoluto, esto significa que, para fin de año, podría haber miles de muertes diarias. Y recuerden, muchos de los que sobreviven al COVID-19 sufren daños permanentes en la salud.

Para ser justos, las noticias sobre la vacuna han sido muy buenas y parece probable que por fin lograremos controlar la pandemia en algún momento del año que viene. No obstante, podría haber cientos de miles de muertes de estadounidenses, muchas de ellas evitables, antes de que la vacuna se distribuya de manera generalizada.

Sin embargo, por muy horrible que sea el panorama de la pandemia, lo que más me preocupa es lo que nuestra respuesta fallida dice sobre las posibilidades de enfrentar un problema mucho más grande que plantea una amenaza existencial para la civilización: el cambio climático.

Como muchas personas han señalado, el cambio climático es un problema inherentemente difícil de abordar, no en lo económico, sino en lo político.

Los políticos de derecha siempre afirman que tomarse el clima en serio condenaría la economía, pero la verdad es que, a estas alturas, la economía de la acción climática parece bastante benévola. Los espectaculares avances en la tecnología de las energías renovables hacen que sea bastante fácil ver cómo la economía puede deshacerse de los combustibles fósiles. Un análisis reciente del Fondo Monetario Internacional sugiere que, si acaso, el “impulso de la infraestructura verde” llevaría a un crecimiento económico más rápido en las próximas décadas.

No obstante, las medidas climáticas siguen siendo muy difíciles en términos políticos dado: (a) el poder de los intereses especiales y (b) el vínculo indirecto entre los costos y los beneficios.

Consideremos, por ejemplo, el problema que plantean las fugas de metano en los pozos de fracturación hidráulica. Una mejor aplicación de la ley para limitar esas fugas tendría enormes beneficios, pero se extenderían en el tiempo y el espacio. ¿Cómo se consigue que la gente de Texas acepte incluso un pequeño aumento de los costos ahora, cuando el resultado incluye, por ejemplo, una reducción en la probabilidad de que haya tormentas destructivas en una década y a medio mundo de distancia?

Estos resultados indirectos hacen que muchos de nosotros seamos pesimistas en cuanto a las posibilidades de la acción climática. Sin embargo, el COVID-19 sugiere que nuestro pesimismo quedó corto.

Después de todo, las consecuencias de un comportamiento irresponsable durante una pandemia son mucho más evidentes e inmediatas que los costos de la inacción climática. Reúnan a un grupo de personas sin cubrebocas en un espacio cerrado (por ejemplo, la Casa Blanca de Trump) y tal vez vean un aumento repentino en las infecciones tan solo unas semanas después. Podrían ver que ese aumento repentino tendría lugar en su propio vecindario y muy posiblemente afectaría a gente que conocen.

Además, es mucho más fácil desacreditar a los que niegan la existencia del coronavirus que a los que niegan el cambio climático: basta con señalar las muchas muchas veces que estos negadores afirmaron de manera falsa que la enfermedad estaba a punto de desaparecer.

Así que lograr que la gente actúe de manera responsable contra el coronavirus debiera ser mucho más fácil que actuar contra el cambio climático. Sin embargo, en lugar de eso, vemos una negativa generalizada a reconocer los riesgos, acusaciones de que las normas baratas y de sentido común ―como el uso de cubrebocas― constituyen una “tiranía” y amenazas violentas contra los servidores públicos.

Entonces, ¿qué creen que pasará cuando el gobierno de Biden trate de hacer del clima una prioridad?

El único factor mitigante de la política del clima que puedo ver es que, a diferencia de la lucha contra una pandemia, que, en esencia, consiste en decirle a la gente lo que no puede hacer, debería ser posible enmarcar al menos alguna acción climática como algo positivo en lugar de negativo: invertir en un futuro verde y crear nuevos puestos de trabajo en el proceso, en lugar de solo exigir que la gente acepte nuevos límites y pague precios más elevados.

Por cierto, quizá esta sea la principal razón para esperar que los demócratas ganen las elecciones de segunda vuelta en Georgia. La política climática de verdad necesita promoverse como parte de un paquete que también incluya una inversión más amplia en infraestructura y creación de empleos y, simple y sencillamente, eso no sucederá si Mitch McConnell sigue siendo capaz de bloquear la legislación.

Es evidente que tenemos que seguir tratando de evitar un apocalipsis climático, y no, eso no es una hipérbole. Aun cuando las elecciones de 2020 no fueron sobre el clima, hasta cierto punto fueron sobre la pandemia, y los resultados hacen que nos sea difícil ver el futuro con optimismo.

Paul Krugman es Premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Senado republicano, malo para los negocios

/ 15 de noviembre de 2020 / 23:47

Así que la ola azul no cumplió con las expectativas. Joe Biden será el próximo presidente, pero a menos que los demócratas logren una victoria en la segunda vuelta del Senado de Georgia —lo cual, para ser justos, podrían hacer, dada la notable fuerza de sus esfuerzos de organización allí— Mitch McConnell seguirá siendo el líder de la mayoría del Senado.

Las grandes empresas parecen estar contentas con este resultado. El mercado de valores estaba en ascenso incluso antes de que recibiéramos buenas noticias sobre las perspectivas de una vacuna contra el coronavirus. Los intereses corporativos parecen imaginar que florecerán bajo una presidencia de Biden con el contrapeso del control republicano del Senado. Sin embargo, las grandes empresas se equivocan. Es muy probable que un gobierno dividido signifique una parálisis en un momento en el cual necesitamos acciones fuertes con urgencia.

¿Por qué? A pesar de las noticias de la vacuna, de todos modos nos dirigimos hacia un invierno pandémico de pesadilla, que puede empeorar aún más, en términos humanos y económicos, si un Senado republicano obstruye la respuesta del gobierno de Biden.

Primero, la pandemia: con gran parte de la atención del público centrada ya sea en los últimos esfuerzos desesperados de Donald Trump para robarse las elecciones o en la esperanza de que una vacuna nos permita reanudar la vida normal, no estoy seguro de cuánta gente se da cuenta de lo ruinoso que es el panorama al que nos enfrentamos en los próximos meses. En la última semana, los estadounidenses han muerto de COVID-19 a un ritmo de más de 1.000 al día. Sin embargo, en términos generales, el recuento de las muertes tiene un rezago de unas cuantas semanas con respecto a los casos reportados, y el número diario de nuevos casos se ha duplicado en las últimas tres semanas. Esto significa que es casi seguro que en algún momento del mes que viene habrá 2.000 muertes diarias.

Y el número de nuevos casos sigue aumentando de manera exponencial, por lo que las cosas se pondrán mucho, mucho peor en los meses próximos, en especial porque hasta el 20 de enero no tendremos, a efectos prácticos, un presidente. Para cuando Biden tome protesta, bien podríamos estar teniendo el equivalente a un 11 de septiembre todos los días.

Además de traer muerte, así como daños a la salud a largo plazo, la pandemia que se dispara traerá consigo inmensas dificultades económicas. Es evidente que necesitamos un extenso programa de asistencia en caso de desastre, que proporcione a las familias, las empresas y, no menos importante, a los gobiernos estatales y locales la ayuda que necesitan para evitar la ruina financiera hasta que llegue una vacuna. Y tal vez piensen que un Senado republicano estaría dispuesto a trabajar con el gobierno de Biden en un programa tan necesario a todas luces.

Es decir, tal vez piensen eso si han pasado los últimos 12 años escondidos en una cueva.

Recuerden, McConnell dijo aquella famosa frase: “Lo más importante que queremos lograr es que el presidente Obama sea un presidente de un solo mandato”, en octubre de 2010, en un momento de lenta recuperación y un desempleo exorbitante. ¿Por qué esperar mayor cooperación de su parte, más disposición a actuar en el interés nacional, cuando millones de seguidores de Trump sin futuro acusan a los republicanos de la clase dominante de apuñalar a su héroe por la espalda? Siendo realistas, lo máximo que podemos esperar es un paquete de asistencia tacaño que diste mucho de ser lo que Estados Unidos necesita.

La buena noticia es que la miseria disminuirá cuando la vacuna logre distribuirse de manera generalizada. De hecho, tal vez veamos una fuerte recuperación de los empleos a finales del año que viene. Sin embargo, ese no será el final de la historia. Antes de que el coronavirus atacara, Estados Unidos tenía un nivel de desempleo bajo, pero nuestra prosperidad a corto plazo (y de distribución desigual) ocultaba hasta qué punto estábamos descuidando nuestro futuro. Necesitamos desesperadamente gastar billones en reparar nuestra infraestructura ruinosa, cuidar de nuestros niños y satisfacer la urgente necesidad de actuar contra el cambio climático.

¿Qué tanto de ese gasto fundamental aceptará un Senado republicano? Cero, es la respuesta más atinada. Después de todo, McConnell bloqueó el gasto en infraestructura incluso cuando Trump estaba en la Casa Blanca y la inversión pública podría haber ayudado a mantenerlo en el cargo. Ahora, lo que es malo para Estados Unidos no necesariamente es malo para las corporaciones. Sin embargo, dado donde estamos, un gobierno dividido significaría la parálisis en un momento de crisis, lo que podría ser catastrófico para todos. La verdad es que, incluso por interés propio, los grandes capitales deberían estar apoyando a los demócratas en las elecciones de segunda vuelta de Georgia.

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Las mentiras y los mítines de Trump

Donald Trump miente mucho. No obstante, en las últimas semanas, hemos cruzado una especie de umbral.

/ 1 de noviembre de 2020 / 01:46

Donald Trump miente mucho. No obstante, en las últimas semanas, hemos cruzado una especie de umbral. Ya no pesa tanto que Trump esté mintiendo, sino que las mentiras se han vuelto cualitativamente diferentes, incluso más flagrantes y cada vez más desvinculadas de cualquier estrategia política plausible.

Antes, las mentiras de Trump solían ser como sus repetidas afirmaciones de que estaba a punto de dar a conocer un plan de atención médica que sería mucho mejor y más barato que Obamacare, además de que protegería a las personas con enfermedades preexistentes.

Quienes seguíamos de cerca el asunto sabíamos que no existía tal plan; de hecho, que no podía existir, dada la lógica del seguro médico. También sabíamos que Trump había hecho la misma promesa muchas veces, pero nunca la había cumplido.

Sin embargo, los electores ordinarios no son expertos en políticas sanitarias y podrían no recordar todas esas promesas incumplidas, así que al menos existía la posibilidad de engañar a algunas personas.

En cierto sentido, las afirmaciones de Trump de que es víctima de una vasta conspiración del “estado profundo” eran similares. A simple vista, eran tonterías para la gente familiarizada con el funcionamiento del gobierno, pero muchos electores no son expertos en educación cívica, y las teorías conspirativas (al igual que sus afirmaciones de que todos los reportajes negativos son “noticias falsas”) ayudaron a protegerlo de hechos incómodos.

No obstante, las mentiras recientes de Trump han sido distintas. El martes, la oficina de ciencia de la Casa Blanca fue más allá de las afirmaciones de rutina de Trump de que estamos “doblando la esquina” al coronavirus y declaró que uno de los mayores logros del gobierno fue “terminar con la pandemia de COVID-19”.

¿A quién se suponía que iba a convencer eso, cuando casi todo el mundo es consciente no solo de que la pandemia continúa sino también de que los casos de coronavirus y las hospitalizaciones están aumentando? Todo lo que hizo fue hacer que Trump pareciera estar aún más fuera de la realidad.

Espera, se pone peor. En el debate de la semana pasada, Trump declaró que Nueva York es una “ciudad fantasma”. Ocho millones de personas pueden ver con sus propios ojos que no lo es.

El miércoles, en Arizona, Trump despotricó sobre California, donde “tienen un cubrebocas especial. Sin importar las circunstancias, no es posible quitárselo. Tienes que comer con el cubrebocas puesto. ¿Verdad, verdad, Charlie? Es un mecanismo muy complejo”. Como pueden afirmar 39 millones de residentes de California, no existe nada ni remotamente parecido.

De nuevo, ¿a quién se supone que esto debe convencer? Es difícil ver las ventajas políticas de estas confabulaciones ridículas, que exigen que la gente rechace su propia experiencia directa. Todo lo que hacen (odio decir esto, pero es obvio) es poner en duda la estabilidad del presidente.

Entonces, ¿qué está pasando? Trump no sería el primer político en responder de manera negativa ante una derrota electoral. “Ya no tendrán a Nixon para que ande por ahí dando ideas”. Recuerden también que Roy Moore, vencido en la elección especial del Senado de Alabama en 2017, nunca reconoció su derrota.

De hecho, casi todo el mundo espera que Trump haga la madre de todas las rabietas y posiblemente incluya llamados a la violencia, si, en efecto, pierde la semana que viene. Hasta cierto punto, puede que solo esté anticipándose.

No obstante, yo también argumentaría que está sucediendo algo más grave. Lo que Trump ha estado revelando, como nunca antes, es que tiene una mentalidad totalitaria.

Después de esas extrañas declaraciones sobre los cubrebocas de California, releí el clásico ensayo de George Orwell ‘Recordando la guerra española’. Observando a los fascistas españoles y sus compañeros de viaje —¡a los que se sumaban muchos en la prensa británica!— a Orwell le preocupó que “el concepto mismo de ‘verdad objetiva’ se está desvaneciendo en el mundo”. Temía un futuro en el que, si el gobernante “dice que dos y dos son cinco, entonces dos y dos son cinco”.

El punto es que para Trump y muchos de sus seguidores, ese futuro ya está aquí. ¿Trump cree que hay algo de verdad en sus extrañas afirmaciones de que los californianos están siendo obligados a comer a través de complejos cubrebocas? Esa es una mala pregunta porque no acepta que exista esa cosa llamada verdad objetiva. Hay cosas que quiere creer, y cree; hay otras que no quiere creer, y no las cree.

Lo temible de todo esto no es solo la posibilidad de que Trump gane, o se robe, un segundo mandato, sino el hecho de que casi todo su partido, y decenas de millones de votantes, parecen estar totalmente dispuestos a seguirlo al abismo.

De hecho, la actual estrategia republicana se basa casi enteramente en tratar de asustar a los electores con cosas malas que no están sucediendo —como una vasta ola de violencia anarquista que está arrasando con las ciudades estadounidenses— mientras ignoran las cosas malas que sí están sucediendo, como la pandemia y el cambio climático.

Esta estrategia puede o no funcionar; este año tal vez no lo haga, pero, de cualquier manera, envenenará la vida política de Estados Unidos durante muchos años más.

*Paul Krugman es Premio Nobel de Economía

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¿A cuántos estadounidenses matará Ayn Rand?

/ 24 de octubre de 2020 / 04:22

Hace mucho tiempo, en una nación muy muy lejana (en realidad, apenas la primavera pasada), muchos conservadores menospreciaron el poderío del COVID-19 y calcularon que solo causaría problemas en Nueva York. Es cierto que en los primeros meses de la pandemia el área de Nueva York, que fue el puerto de entrada para muchos visitantes infectados provenientes de Europa, sufrió un fuerte embate. Sin embargo, concentrar en Nueva York las acciones en respuesta a esa acometida también ayudó a respaldar la retórica de derecha sobre una “matanza estadounidense” causada por los terribles males de las ciudades densamente pobladas y diversas. Los estados rurales blancos se creyeron inmunes.

A fin de cuentas, Nueva York controló el brote viral, en gran parte gracias al uso generalizado de cubrebocas, y en este momento esa “jurisdicción anarquista” es uno de los lugares más seguros del país. Con todo y que existe un preocupante repunte en algunos barrios, en especial en comunidades religiosas que no han respetado las normas de distanciamiento social, la tasa de positividad de la ciudad de Nueva York (la fracción de pruebas que muestran la presencia del coronavirus) se ubica apenas por encima del uno por ciento.

Por desgracia, justo cuando Nueva York logró contener su pandemia el coronavirus se disparó fuera de control en otras áreas del país. Observamos un mortífero repunte durante el verano en una extensa zona del Cinturón del Sol. En este momento, el virus se propaga con rapidez por una vasta extensión del Medio Oeste; es posible que las Dakotas, en particular, sean ahora los lugares más peligrosos de Estados Unidos.

El fin de semana pasado, Dakota del Norte, cuyo promedio diario de casos nuevos de coronavirus superó los 700, solo tenía 17 camas disponibles en sus servicios de terapia intensiva. Dakota del Sur, por su parte, tiene una aterradora tasa de positividad del 35%. Aunque la tendencia es que las muertes vayan desfasadas con respecto a las infecciones y hospitalizaciones, en este momento ya se registran más muertes en las Dakotas que en el estado de Nueva York, cuya población equivale a diez veces la población combinada de las Dakotas. Lo peor es que hay muchas razones para temer que la situación empeore conforme las temperaturas más frías obliguen a las personas a permanecer en espacios interiores y la COVID-19 interactúe con la temporada de resfriados.

¿Pero por qué sigue pasando esto? ¿Por qué Estados Unidos sigue cometiendo los mismos errores?

El desastroso liderazgo del presidente Donald Trump, por supuesto, es un factor importante. No obstante, también culpo a Ayn Rand o, de manera más generalizada, a una interpretación distorsionada del liberalismo libertario, una malinterpretación del concepto mismo de libertad.

Si le ponemos atención a las frases que usan los políticos republicanos ahora que la pandemia arrasa sus estados, se percibe una gran negación de la ciencia. La gobernadora Kristi Noem, de Dakota del Sur, ha adoptado por completo la ideología de Trump: cuestiona la utilidad de los tapabocas y alienta la realización de eventos que podrían ser superpropagadores (el festival de motocicletas de Sturgis, que atrajo a casi medio millón de motociclistas a su estado, quizás haya sido clave para disparar el número de infecciones virales).

Claro que también se escucha mucha retórica libertaria, comentarios sobre la “libertad” y la “responsabilidad personal”. Incluso los políticos dispuestos a decir que la gente debería cubrirse la cara y evitar las reuniones en interiores se niegan a aplicar sus facultades para imponer reglas en ese respecto, con el pretexto de que esas acciones deberían ser el resultado de una elección individual.

Qué tontería.

Es cierto que hay muchas decisiones que deben basarse en preferencias individuales. El gobierno no tiene por qué opinar acerca de tus gustos culturales, tus creencias o las actividades que realizas con otros adultos capaces de dar su consentimiento.

Pero rehusarnos a utilizar un cubrebocas durante una pandemia o insistir en reunirnos en grupos numerosos en espacios interiores no puede comparase con la decisión de a qué iglesia asistir. Es más parecido a verter aguas residuales en una presa que les surte agua potable a otras personas.

Aunque parezca increíble, todavía hay muchas personalidades destacadas que no parecen comprender (o no están dispuestas a hacerlo) por qué debemos cumplir con las reglas de distanciamiento social. La principal razón no es que queramos protegernos a nosotros mismos. Si fuera así, por supuesto que sería una cuestión de elección personal. Pero en este caso, más bien se trata de no poner en peligro a otros. Es cierto que usar una mascarilla protege en cierta medida al portador, pero su principal función es reducir las probabilidades de que esa persona infecte a otros.

En otras palabras, en estos momentos cualquier conducta irresponsable es, en esencia, una especie de contaminación. La única diferencia radica en cuán grande es el cambio de conducta necesario. Se puede hacer mucho para controlar la contaminación con solo regular a las instituciones de tal forma que las plantas eléctricas emitan menos dióxido de azufre o exigir que los automóviles tengan convertidores catalíticos. Si bien las decisiones individuales, como preferir papel o plástico, caminar o conducir, no son totalmente intrascendentes, sus efectos son tan solo marginales.

Controlar una pandemia, en cambio, requiere sobre todo que las personas modifiquen su conducta: que cubran su rostro o eviten convivir en bares, por ejemplo. No obstante, el principio es el mismo.

No niego que algunas personas se enfurecen a la mínima insinuación de que deberían soportar algún tipo de molestia en favor del bien común. De hecho, por razones que no comprendo bien, parecen enfurecerse todavía más cuando la molestia involucrada es trivial. Por ejemplo, ahora que el número de estadounidenses que mueren cada semana de COVID-19 ronda los 5.000, Donald Trump está obsesionado con los problemas que parecen ocasionarle los inodoros de bajo consumo.

Pero no es momento de preocuparnos por obsesiones insignificantes. Tal vez Trump se queje de que “lo único que escuchas es COVID, COVID, COVID”. Sin embargo, lo cierto es que el rumbo actual de la pandemia es aterrador. Por eso necesitamos más que nunca tener al mando a políticos dispuestos a tomar en serio el problema.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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El partido de Trump aún puede ser la ruina

/ 17 de octubre de 2020 / 22:28

Después de 2016, nadie debería dar nada por hecho pero, en este momento, todo parece indicar que Joe Biden puede vencer a Donald Trump, y tal vez por un amplio margen. Sin embargo, el partido de Trump todavía puede tener la posibilidad de infligir un enorme daño a Estados Unidos y al mundo en los próximos años.

En primer lugar, aunque también se espera que los demócratas asuman el control del Senado, las probabilidades no son tan altas como en la contienda presidencial. ¿Por qué? Porque el Senado, que le da al votante promedio en Wyoming 70 veces más peso que al votante promedio en California, es un organismo muy poco representativo.

Y parece que un presidente que tal vez esté a punto de dejar de tener influencia por no reelegirse (y que perdió el voto popular incluso en 2016) junto con un Senado que representa a una minoría del pueblo estadounidense están a punto de instaurar una supermayoría de derecha en la Corte Suprema. Si quieren un adelanto de lo mal que esto puede resultar, vean lo que está pasando en Wisconsin.

Verán, Wisconsin está pasando por una espantosa ola de coronavirus, que parece encaminada a igualar la ola que golpeó a Arizona en el verano. Al final, Arizona logró contener el brote con órdenes de usar cubrebocas, cierres de bares y restricciones a las reuniones en espacios cerrados. Sin embargo, la legislatura republicana de Wisconsin obstaculizó los intentos de Evers de controlar la pandemia.

Y el miércoles un juez republicano bloqueó una orden que limitaba el número de personas que pueden reunirse en bares y otros lugares públicos.

Entonces, en Wisconsin, un partido rechazado por el electorado está logrando infligir un daño inmenso, que tal vez incluya cientos de muertes innecesarias. Y algo similar pero mucho peor podría ocurrir muy fácilmente a nivel nacional.

Antes que nada, si bien Trump tiene muy pocas posibilidades de ganar el voto popular, aún podría obtener la victoria, aunque a duras penas, en el Colegio Electoral. Si lo hace, podría ser el fin de la democracia en Estados Unidos.

Un resultado más probable es que Trump pierda, pero que los republicanos conserven el Senado. En ese caso, sabemos exactamente lo que pasará: sabotaje fiscal a gran escala. Es decir, el Partido Republicano, al que no le han importado en absoluto los déficits presupuestarios de Trump, redescubrirá repentinamente los males de la deuda gubernamental y bloqueará todos los esfuerzos del gobierno de Biden para sostener la economía y los niveles de vida frente a una pandemia.

Incluso si los demócratas logran hacerse del control del Senado y la Casa Blanca, ahora es casi seguro que se enfrentarán a una Corte Suprema de 6 votos contra 3; es decir, un tribunal dominado por los nombramientos de un partido cada vez más extremista que solo ha obtenido el voto popular a la presidencia una vez en las últimas tres décadas.

En las audiencias de confirmación de Amy Coney Barrett, los demócratas han insistido, con razón y de manera comprensible, en la posibilidad de que un tribunal de este tipo utilice argumentos transparentemente espurios para anular la Ley de Atención Médica Asequible, que ocasionaría que decenas de millones de estadounidenses se queden sin la cobertura de un seguro médico.

El fallo de Roe contra Wade también está en peligro evidente.

No obstante, diría que la mayor amenaza de este tribunal es para la política ambiental.

Pongámoslo de esta manera: supuestamente, Charles Koch está invirtiendo millones de dólares para que se confirme a Barrett.

Eso no se debe a su apasionada oposición al derecho al aborto, ni siquiera, probablemente, a que desee que se anule la Ley de Atención Médica Asequible. Lo que busca, sin duda, es un tribunal que bloquee la regulación gubernamental para las empresas y, sobre todo, un tribunal que frene los esfuerzos del gobierno de Biden para tomar medidas contra el cambio climático.

Como era de esperarse, cuando a Barrett se le preguntó durante su audiencia sobre el cambio climático, pronunció las temidas palabras: “Ciertamente no soy científica”. A estas alturas, todos sabemos lo que eso significa.

No es una expresión de humildad; es una señal de que el orador tiene la intención de ignorar la ciencia y oponerse a cualquier intento de evitar la mayor amenaza que enfrenta la humanidad.

Es difícil exagerar lo peligroso que será si el poder de la Corte Suprema termina siendo utilizado para socavar la protección del medioambiente. Biden ha dejado claro que la acción climática será una parte central de su agenda económica. Y esta acción está a punto de llegar demasiado tarde. Ya estamos empezando a ver los efectos del calentamiento global en forma de incendios e inundaciones y si desperdiciamos los próximos años puede que sea demasiado tarde para evitar la catástrofe.

En otras palabras, si una Corte Suprema conformada por republicanos bloquea una política climática efectiva, no solo será indignante, sino desastroso para Estados Unidos y el mundo. Así que no podemos permitir que eso suceda. Olvídense de todo lo que se ha dicho sobre las normas (que solo parecen aplicar a los demócratas de todos modos). Aquí lo que está en juego podría ser el futuro de la civilización.

Diría que la mayor amenaza de la Corte Suprema de Estados Unidos es para la política ambiental

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y Columnista de The New York Times

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