Voces

lunes 17 may 2021 | Actualizado a 20:48

Un embajador vs el narcoministro

Raymond Cesaire fue un hábil diplomático que brilló en Santiago, en Lima, en el Congo y en otros destinos

/ 18 de abril de 2020 / 07:39

En la misma semana corona-viral fallecieron el embajador francés Raymond Cesaire, en París, y el exministro del Interior de Bolivia Luis Arce Gómez, en una clínica paceña. Como ambos, fui testigo y actor en ese aciago 17 de julio de 1980, jornada del más sangriento golpe de Estado perpetrado en la historia de Bolivia.

En tanto que ministro de Educación y Cultura, a tempranas horas de ese día acudí al llamado angustioso de la presidenta Lydia Gueiler, para asistir a una reunión de gabinete. Minutos antes se había amotinado la guarnición de Trinidad y el cuartelazo inició su marcha. Los ministros militares se encontraban ausentes, y el único que estaba presente, el de Defensa, se apresuraba en hacer aprobar su decreto para compras —decía— impostergables.

Hacia mediodía, nos llegó la noticia del asalto a la COB, y del asesinato de Marcelo Quiroga Santa Cruz. Más tarde irrumpió fieramente en el Palacio Quemado un contingente de paramilitares al mando del conocido delincuente “Mosca” Monroy. La Presidenta nos encomendó a Oscar Peña Franco y a mí indagar la situación. No fuimos muy lejos. En la sala de edecanes una golpiza ensangrentó a Oscar y, simultáneamente, el “Mosca” encañonó su metralleta en mi vientre hasta que el edecán Agustín García me liberó, amenazándolo a su vez con su pistola. Momento en que el asesino se explicó: “No se meta capitán, nos mandan los ‘luchos’”. Se refería a Luis García Meza y a Arce Gómez.

Prontamente logramos sacar a la presidente Gueiler de su despacho a la azotea del Palacio, donde permaneció hasta su traslado a la nunciatura apostólica. En el entretecho palaciego permanecimos ocultos en posición fetal tres ministros (los otros dos eran Salvador Romero Pittari y Jaime Ponce García). Por la tarde recién pude telefonear a mi amigo el embajador francés Cesaire, solicitando asilo diplomático.

La negativa del Gobierno golpista a concederme salvoconducto forzó mi confinamiento en la residencia francesa de Obrajes por largos tres meses junto con otros combatientes. Cesaire, quien raudamente encabezó la acción diplomática de sus colegas, nos traía diariamente noticias manifiestas y encubiertas. Un día, luego de entrevistarse con Arce Gómez (a quien hostigaba regularmente) me advirtió de la animadversión que sentía hacia mi persona, y me ofreció exfiltrarme en una operación clandestina autorizada por París y organizada prolijamente por el propio embajador.

Una fría madrugada me embarqué junto con el médico comunista Mario Barragán, también asilado, en el Mercedes Benz con chapas diplomáticas que conducía Claudie Cesaire, esposa del embajador. Vencimos el riesgo de tres retenes militares hasta llegar a orillas del Lago Titicaca, donde nos esperaba un botecillo y otros cuatro compañeros. Atravesamos las aguas sagradas con mil vicisitudes para arribar a Puno. Operación exitosa.

Años después, coincidimos con Raymond Cesaire en varios niveles diplomáticos, incluyendo la coyuntura vecinal en la capital gala. Vivía él en la avenue Bosquet y yo, en Champs de Mars. También fuimos colegas en la Academia de Ciencias de Ultramar y en la Legión de Honor, donde ambos ostentamos el alto grado de comendador. Raymond fue hábil diplomático que brilló en Santiago, en Lima, en el Congo y en otros destinos. Cabeza de una familia ejemplar, deja un gran vacío para sus hijos, Jean Marc, Benedicte y Bertrand, y en los amigos que supo cultivar y que admiraban su talento, su coraje y su estilo reverente de gran señor.

Carlos Antonio Carrasco*

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Napoleón: 200 años después

/ 15 de mayo de 2021 / 01:16

El 5 de mayo pasado se conmemoró el bicentenario de la muerte del genial militar y estadista Napoleón Bonaparte, cuya figura continúa siendo controversial. El debate se reavivó cuando en su discurso central el presidente Emmanuel Macron manifestó: “Napoleón es una parte de todos nosotros”, encendiendo la chispa para objeciones que provienen de historiadores revisionistas, cuyas poses humanistas observan el estilo autocrático del general y sus victorias bélicas que sojuzgaron gran parte de Europa, encima de millones de muertos. También las colectividades de afrodescendientes protestan que se rinda pleitesía a quien, por ley de 20 de mayo de 1802, restableció la esclavitud en las colonias francesas. Paralelamente, feministas exaltadas evocan ciertas posiciones misóginas del emperador que en el Código Civil de 1804 confinaba a la mujer a someterse a la tutela del marido o del padre, inferioridad legal que persistió hasta 1970, cuando se reformó la medida. Después del desastre en Waterloo, Napoleón murió, a sus 51 años, desterrado en la isla británica de Santa Helena, presumiblemente víctima de un cáncer estomacal, aunque la autopsia detectó restos de arsénico en sus cabellos, lo cual podría ser indicio de envenenamiento. En el informe, su médico personal, Dr. Francesco Antommarchi, certifica que del cadáver se extrajeron el corazón, el hígado, el estómago y el miembro viril, confiado este último a la custodia del abate Anges Paul Vignali. Así comienza el curioso periplo de aquella reliquia subastada, vendida y revendida hasta que llegó a manos del famoso urólogocoleccionista Dr. Latimmer, quien la legó a su hija Evan, que rechazó venderla, por $us 100.000 ofrecidos en 2007 por una casa de remates de New Jersey. Irónicamente, asombra que desde 1821, cuando la descripción forense estableció que ese falo medía solo 3 centímetros, los morbosos enemigos de Napoleón usaron esa desventaja fisiológica para asociarla a las revelaciones de su mayordomo que delató que el emperador, abrumado de trabajo, disponía de poco tiempo (3 minutos) para aliviar sus urgencias sexuales, al extremo de cumplir — a veces— aquel reconfortante ritual con las botas puestas, para volver súbitamente a su despacho, contiguo a la recámara nupcial. Se calcula que a través de los años Bonaparte dispuso de un batallón de 60 amantes ocasionales que aguantaron —en el lecho— su veloz potencia de fuego. No obstante, la disimilitud de aquellas facciones protestatarias, el legado bonapartista rige hasta hoy en las instituciones francesas como base del ordenamiento legal, la cartografía territorial, el organigrama del Estado, la instauración de la Legión de Honor, entre otras.

Testimonios de la gloria imperial subsisten en los soberbios salones de Versalles o del Museo del Louvre cuyos muros están adornados con los monumentales cuadros de David celebrando las grandes victorias del legendario guerrero. Y, en París, se levanta el Arco del Triunfo, ombligo de la Plaza de L’Etoile (estrella) donde en sus pilares de soporte están grabados los nombres de las batallas notables y la nómina de los más fogueados generales que escoltaron al magnífico corso.

Hace algunos años dediqué una semana completa para visitar la Isla de Elba, primer destino del exilio donde Napoleón vivió varios meses. Recorrí su capital Portoferraio, imaginando cómo desde allí planificó su atrevido retorno a tierra continental para ejercer los famosos 100 días de su efímero gobierno, última hazaña hasta su derrota en Waterloo.

Se estima que se han escrito 110.000 libros sobre su vida y obra y existen bien logrados retratos del emperador popularizando su perfil ventrudo, la mano derecha escondida en la casaca, su bicornio negro, sus botas altas y su rostro enérgico, de pie en sus 168 centímetros de estatura, o bien galopando en su caballo blanco.

Mientras tanto, año preeleccionario en Francia, se dice que Macron rima con Napoleón.

  Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia

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MNR: el poder de los inquilinos del Palacio

/ 1 de mayo de 2021 / 03:10

Monumental investigación histórica la de Valentín Abecia López para acopiar datos sobre la vida y obra de “siete caudillos del MNR” que, en realidad son cinco, más dos cooptados accesoriamente. Como riesgosa selección en las 580 páginas de Inquilinos del poder (Ed. 3600), no están todos los que son ni son todos los que están. Ignorar a Lydia Gueiler es grave omisión no solo por tratarse de la primera mujer presidenta, sino que fue aguerrida dirigente movimientista desde los tiempos recios de lucha contra la oligarquía minero-feudal que imperaba en Bolivia. Pasar revista de las gestiones de Víctor Paz Estenssoro, Hernán Siles Zuazo, Walter Guevara Arze, Gonzalo Sánchez de Lozada y de la presencia de Juan Lechín Oquendo, Ñuflo Chávez Ortiz y Guillermo Bedregal Gutiérrez no es tarea fácil por enmarcarse en espaciostiempos- históricos disímiles de la Revolución Nacional que, obviando el interregno de las dictaduras militares, termina con la captura del gobierno por Evo Morales en 2006. Admira la paciencia del autor para recopilar un mar de detalles sobre las escaramuzas, zancadillas y diatribas fruto de la rivalidad sorda entre los caudillos, que adornan reflexiones más serias acerca de sus respectivas ejecutorias gubernativas. Redacción fluida de agradable lectura salpicada de anécdotas, unas conocidas y otras ignotas que Abecia ha recogido en múltiples entrevistas. Ese relato me preocupa por la fabricación académica que hacen los historiadores de personajes sobresalientes a los que han conocido de lejos o a través de narrativas parcializadas. En el caso que nos ocupa, ocurre que yo trabajé y cohabité de cerca con casi todos ellos. Compartí, por ejemplo, el exilio dorado de VPE en Londres, aquel como embajador y éste, siendo su secretario prolongando —luego— mis funciones a su diestra en el Palacio Quemado, durante su segunda presidencia, habiéndolo seguido, más tarde, al destierro en Lima. Años que respaldan mi juicio sobre las luces y sombras de ese singular estadista. Parejas coincidencias legitiman mi opinión sobre Siles Zuazo, Guevara y Bedregal, con quienes compartimos el agua y la sal en los años de exilio caraqueño. Con esas credenciales me animo a apoyar las analogías y contrastes que señala Abecia, en su epílogo (la más lúcida parte del libro), recordando con mi pluma lo que me decía el presidente tico Pepe Figueres: Guevara es el cerebro, Siles Zuazo, el corazón y Paz Estenssoro el brazo ejecutor de la Revolución Nacional. Por mi lado, creo que Lechín fue el contrapeso indispensable del “poder dual” y Sánchez de Lozada el visionario que adelantó el reloj de la Historia, hacia la modernidad (basta citar la participación popular como fuente de genuina distribución democrática de los ingresos fiscales del país). Luego advino en 2006 lo que comenzó con la sana intención de descolonizar Bolivia, completando la invocación de Carlos Montenegro en Nacionalismo y Coloniaje. Sin embargo, el denominado “proceso de cambio” extravió su ruta por la improvisación y la corrupción. Por ello —quizá— premonitoriamente, termino mi libro De la Revolución a la Descolonización (2006) pronosticando la situación con un vocablo en alemán: unsicherheit (incertidumbre).

Inquilinos del poder, que atribuye las derrotas a la inveterada manía de tratar de perpetuarse en el mando, será la insustituible referencia para comprender al MNR y su sólida contribución al avance de la bolivianidad. En alguna segunda edición, Abecia debería reordenar ciertas citas y datos que inevitablemente se repiten en la porción de cada dramatis personae; además, añadir un índice onomástico de los nombres citados y, quizá, un cuadro calendario de las medidas trascendentales emprendidas por aquellos caudillos.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Vargas Llosa en el laberinto caribeño

/ 17 de abril de 2021 / 00:31

Cuando en 1962 nos recibió en visita oficial en Caracas el entonces presidente Rómulo Betancourt, aún tenía las manos vendadas por las quemaduras que sufrió en el atentado contra su vida, sucedido poco tiempo antes. “Te tenés que cuidar Víctor”, le dijo a Paz Estenssoro. “Trujillo nos lleva en su mira”, añadió. Eran, efectivamente, tiempos recios, como titula la última novela de Mario Vargas Llosa, quien en 351 páginas (editorial Debolsillo, 2020) retrata los vericuetos de aquella época en que, como efecto colateral de la guerra fría, los dictadores patriarcales del Caribe recibían la bendición de los Estados Unidos para sostenerse en el poder, a cambio de aplastar cualquier brote de rebelión popular que pueda aparentar connivencia con aquel enemigo principal: el comunismo soviético. Sobre esa línea difusa Vargas Llosa reivindica la pasantía del coronel Jacobo Árbenz por la presidencia de Guatemala (1951-1954), a quien lo retrata como víctima de una intriga externa. Con esa excelsa maestría que es la suya, Vargas Llosa nos lleva de la mano por las alcobas, los lenocinios, los palacios y los sórdidos callejones donde espías, sicofantas, sicarios, generales, politicastros, proxenetas y casquivanas señoras recorren por turno la pequeña historia de los países ribereños del Caribe. Detrás de bambalinas los intereses mercantiles de empresas multinacionales como la United Fruit nutren con su angurria la caricatura más elocuente del americano feo. Tampoco está ausente la inefable red de agentes de la CIA, derramando dólares para obtener informaciones relevantes o invenciones verosímiles. Ovaciones al autor, por su meticulosa investigación histórica de aquella región, por condimentar sus diálogos con los modismos usados en cada país aludido y por la descripción somatológica de personajes reales o imaginarios. Empero cuando al final el lector asume que se ha embebido en una agradable ficción, se sorprenderá que como epílogo, Vargas Llosa recopila un reportaje a la otrora bella pizpereta Martha Borrero Porras, heroína de la novela, que en verdad es Gloria Bolaños Pons, ahora octogenaria, quien ratifica, en parte, sus aventuras. Entonces queda la duda si la realidad contada era pura ficción o si la enervante ficción fue, más bien, la pura realidad.

Habiendo trabajado y vivido, durante tres años próximos a aquella época en esos lugares como colaborador estrecho del presidente costarricense José Pepe Figueres en la Escuela Interamericana de Educación Democrática, que fue semillero de dirigentes políticos contrarios a las dictaduras tropicales, tuve oportunidad de frecuentar a varios de los dramatis personae de la novela, estudiar sus estrategias conspirativas e incluso ser testigo del incesante tráfico de armas entre las capitales centroamericanas y las naciones insulares de la cuenca caribeña, por ello, me cautivó el relato de Mario, particularmente en los pasajes cuando la mano peluda del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo llegaba a los rincones más inesperados. Y, ciertamente, se extendió también hasta Bolivia, financiando —según testimonios fehacientes— (con un maletín repleto de dólares) el alzamiento falangista donde el 19 de abril de 1959 perdió la vida su místico jefe Óscar Únzaga de la Vega.

  Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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La rebelión de los viejos

/ 3 de abril de 2021 / 01:08

La pandemia que azota al mundo, aparte de los estragos causados por el COVID-19, ha precipitado el reflote de la discriminación latente contra la gente de la tercera edad que fue la primera víctima de ese flagelo, apenas detectado primero en Italia y en España, donde los hospitales, rebasados en su capacidad, algunas veces se veían forzados a seleccionar a los pacientes que acudían a sus servicios de emergencia. La prioridad era, obviamente para los más jóvenes, por cuanto se sostenía que el pronóstico de remisión era improbable en los septuagenarios, y con mayor razón en los octogenarios. Esa lógica prevaleció en los asilos y residencias para ancianos que morían diariamente por centenas, solitarios, debido a las restricciones impuestas por los confinamientos, que les privaban, además, de recibir a sus familiares más cercanos. Esos episodios fueron la chispa que provocó el incendio por los derechos de la ancianidad, objetando el concepto sociológico del edadismo que podría definirse como la segregación en detrimento de las personas viejas. El edadismo es la tendencia de juzgar a un individuo por su edad (sea por viejo o por joven) evitando considerarlo apto para una actividad, un servicio, la función pública o la prestación social, desechando a priori siquiera considerar sus aptitudes o sus aspiraciones. La socióloga francesa Juliette Rennes se ha ocupado de estudiar en profundidad este fenómeno de la sociedad moderna que percibe a la ancianidad como una carga pesada sobre las nuevas generaciones, particularmente en los países desarrollados, donde miles de abuelos y abuelas son depositados por sus descendientes en asilos, cual trastos en desuso. El advenimiento de las vacunas contra el COVID-19 y la prioridad debido a su vulnerabilidad para los ancianos compensa en algún grado el desprecio que significa aislarlos durante el confinamiento.

Como muchas expresiones de protesta identitaria, de reclamos para un trato igualitario para minorías marginadas como los LGBTQ, las feministas, las #MeToo o Black Lives Matter (las vidas negras también cuentan) tienen origen en los Estados Unidos y se expanden a Europa y otras partes del mundo. Allí también surgió en la década de los 70 el grupo Grey Panters (panteras grises) que representaban a las mujeres viejas, primordialmente negras como víctimas propiciatorias del maltrato social.

Esa iniciativa de protesta colectiva de los viejos se está difundiendo velozmente bajo el principio de que la vida tiene igual valor en todas las edades y que, además no solo se trata de sobrevivencia sino del goce pleno de la vida, especialmente ahora que como efecto de la crisis los despidos laborales y/o las jubilaciones forzosas suman y siguen para los mayores de 50 años.

En efecto, sostiene la experta Juliette Rennes, el envejecimiento no se trata solo de la degradación corporal sino también del relegamiento social que asocia a esa etapa vital, la inactividad, la improductividad, la inutilidad y la obsolescencia, lo cual no es enteramente cierto, por citar solo dos ejemplos en Francia, tanto el filósofo Edgar Morin como el exdirector gde la Unesco Amadou Mahtar M’Bow hoy ostentan 100 años de edad, y siguen siendo tan fecundos intelectualmente como en sus épocas mozas, publicando libros y contribuyendo con sus ideas y sabias críticas al avance cultural universal.

Las circunstancias arriba anotadas son la base de la aparición de colectivos de la senectud segregada que se abren paso en el laberinto del tejido social para hacer valer sus derechos en aquella etapa terminal de la vida donde su sola esperanza es la celestial eternidad.

 Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Del ‘putsch’ nazi al golpe imaginario

/ 20 de marzo de 2021 / 01:10

Con distancia de 80 años, dos golpes imaginarios en Bolivia señalan con el dedo a la pérfida Albión como eslabón primordial de eventos que no tuvieron lugar.

Ocurrió que la Guerra del Chaco fue no solamente crisol de nuevas ideas políticas germinadas en mentes civiles, sino también semillero de inquietudes entre aquellos militares jóvenes que emergieron de la contienda con ansias de heroísmo, entre ellos el singular oficial llamado Elías Belmonte Pabón, fundador principal de la logia secreta Razón de Patria (Radepa). Pleitos entre botudos provocaron su caída en desgracia que lo expelió en 1941 hacia Berlín, en exilio dorado como Agregado Militar, mientras se desencadenaba la Segunda Guerra Mundial. Gobernaba en La Paz, el general Enrique Peñaranda que, amigo de Washington, se alineó con los aliados, contrariando a los radepistas más inclinados hacia las potencias del Eje, particularmente a Alemania, que interesada en la producción de estaño, material estratégico para sus industrias bélicas, competía con Estados Unidos por el mismo botín. Sea éste el motivo o bien el peligro de que Hitler establezca una cabeza de playa en Sudamérica, fueron razones más que suficientes para tejer una intriga. El 18 de julio de 1941, el enviado gringo Douglas Jenkins visitó al canciller Alberto Ostria Gutiérrez para entregarle fotocopia de una supuesta carta interceptada a Elías Belmonte en la cual éste se habría dirigido al embajador alemán Ernst Wendler, para comprometer su cooperación en la preparación de un golpe de Estado que sería protagonizado por militares que se trasladarían desde La Paz, Santa Cruz y Trinidad, hasta Cochabamba, usando bicicletas para no llamar la atención. El 19 de julio el gobierno declaraba “persona non grata” a Wendler y el 24 de julio, daba de baja por traición a la Patria a Belmonte, a quien se le impediría asomarse siquiera a las costas sudamericanas. Peñaranda, con ese pretexto hizo una redada de elementos opositores a su gobierno en sañuda persecución. Finalizada la guerra, 30 años más tarde se descubrió que aquella carta fue una burda falsificación elaborada por Station M del Servicio Secreto británico, que con esa conjura obtuvo su objetivo buscado: Bolivia proveyó estaño barato a los aliados. Belmonte en 1979 fue desagraviado y tardíamente lució sus estrellas de general.

Irónicamente, el 8 de marzo pasado, un portal ad hoc denominado Desclassified UK, bajo el llamativo título Reino Unido apoyó el golpe de Estado en Bolivia, para acceder a su oro blanco, relata una pretendida confabulación de intereses ingleses por el litio boliviano como razón para la desestabilización del gobierno de Evo Morales, quien sería suplantado por otro más proclive a aceptar las pretensiones de empresarios británicos; para ello, se dice, se organizaron seminarios sobre ciberseguridad y otras reuniones similares.

En base a ese relato tenue y sin ningún asidero oficial que involucre al gobierno de Su Graciosa Majestad, el canciller boliviano convocó al embajador Jeff Glekin para expresarle su indignación. No tardó el comunicado de la embajada en el que se clarifica, entre otros elementos, que los eventos realizados eran parte de acuerdos con el gobierno de Morales, sobre ciencia e investigación.

Si bien el famoso putsch nazi develado en base a una carta falsificada que presumía controlar el estaño boliviano, no llegó a tener lugar, ahora es la codicia por el litio que, según aquel portal fantasma, movió a los consorcios británicos a manipular actores políticos para destronar a Evo Morales.

Lo cierto es que el 10 de noviembre de 2019, ante la renuncia y posterior fuga del presidente, una perfecta sucesión bendecida por el Tribunal Constitucional y consagrada por la Asamblea Legislativa, instauró el gobierno transitorio que organizó elecciones limpias, gracias a las cuales, asumió la primera magistratura, en buena ley, Luis Arce Catacora. La letanía cacofónica del “golpe” desvirtúa la legitimidad del actual mandatario, con fines inconfesables.

La Cancillería nacional, bien haría de privar al gobierno de la Reina Elizabeth II de esa alegación tan risueña como absurda que solo demuestra improvisada artesanía diplomática.

 Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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