Voces

sábado 8 ago 2020 | Actualizado a 02:12

Para el día ‘después de después de mañana’

‘El coronavirus está poniendo a prueba nuestro sistema’ (Byung-Chul, filósofo y ensayista surcoreano)

/ 21 de abril de 2020 / 06:26

La semana pasada publiqué el artículo “Para después de mañana y otras reflexiones”, comentando el modelo de Estado y país que algunos (o muchos, y me incluyo) quisieran tener.

Espero que haya dado pie a alguna meditación. También reflexioné sobre el COVID-19 y nuestra sociedad, y creo firmemente que, cuando pase la pandemia (aunque el coronavirus seguirá como otras epidemias que nos han llegado, ya sin el carácter crítico), la salud pública en Bolivia tendrá una mayor capacidad para satisfacer las necesidades de la población, superando el abandono de los 14 años anteriores que terminaron de descalabrar un sistema que siempre fue penosamente deficitario.

Hoy quiero reflexionar sobre el día “después de después de mañana”, cuando todo el mundo regrese paulatinamente a sus actividades, las muertes hayan dejado de ser noticias, y el heroísmo de los trabajadores de la salud se mencione como su juramento hipocrático. Estamos atravesando una “infopandemia” y las redes sociales (también los medios, cada vez más dependientes de las redes) nos han provocado una “infoxicación” de bulos y fake news (noticias falsas) como de hipótesis.

En mi anterior columna me referí al VIH para mencionar la generación que entonces “desapareció” con el virus, y cómo éste (más “selectivo” en edad que en promiscuidad) se llevó a muchos, especialmente en Europa. Hoy retomo el tema del VIH/sida para recordar las entonces casi infinitas versiones sobre vías de contagio y formas de prevención que se decían (la curación no era creíble). Las “olas versionales” entonces eran más lentas; hoy las redes sociales han sustituido al vox populi (el “dijeron”) como tsunamis.

Voy a comentar algunas ideas del historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari, gurú del dataísmo (el Big Data como fundamento filosófico), quien fija dos diferencias entre la pandemia del COVID-19 y otras de la historia. La positiva es que en el pasado la ignorancia era lo peor de las epidemias: “la gente moría como moscas y nadie sabía por qué, ni qué se podía hacer contra (las enfermedades”. La negativa son las consecuencias políticas y económicas, porque “el mundo hoy es mucho más frágil”. A pesar de nuestros “conocimientos tan avanzados (somos víctimas de) la falta de unidad global”.

Cuando pasemos a la próxima página, encontraremos un mundo posiblemente distinto: mayor aislacionismo (cierre de fronteras; el #Me First campeando como valor político); el multilateralismo habrá conmocionado (una Unión Europea cuestionada, la OMS venida a menos y, por ende, toda la herencia de San Francisco 1945); una globalización en crisis; la economía global estará profundamente vapuleada; y el mundo, cada vez más dependiente de los flujos de datos (algo aún lejano para nuestras sociedades “rezagadas”, pero algo cotidiano en muchos países, no solo en China), lo cual puede conducirnos a sociedades tan controladas como la retratada en la novela “1984”, de George Orwell.

Súmesele para nosotros un sistema democrático maltrecho después de 14 años de hegemonía autoritaria y ocho anteriores de disgregación del poder del que no escaparon, o contribuyeron, Hugo Bánzer, Jorge Quiroga, Gonzalo Sánchez de Lozada y Carlos Mesa; y una economía calamitosa a pesar de la prosperidad de la “década dorada”, impulsada por los precios extraordinarios de gas, soya y minerales; al extremo de que el dinero que ingresó a Bolivia en esos siete años (de 2008 a 2015) fue similar al de los 180 años precedentes.

Llegado a este punto no pude dejar de recordar la novela “Paisaje después de la batalla”, de Andrzej Wajda, donde la conmoción de la muerte de una joven judía golpea al poeta, ambos recién liberados de un campo de concentración, y desbloquea sus sentimientos y creatividad reprimidos por sus verdugos nazis. Coincido con el filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han en que “el coronavirus está poniendo a prueba nuestro sistema”. La pandemia debe movilizarnos para construir lo mejor —quizás con Vivaldi, como Wajda y “La Primavera”— y superarnos a nosotros mismos.

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Llegamos al mañana por la puerta de atrás

/ 28 de julio de 2020 / 09:47

Cuando el 11 y 12 de noviembre, recién convalesciente de una delicada operación, seguí en televisión y medios virtuales la renuncia y huída del doble defraudador Evo Morales Ayma y el posterior acuerdo de transición constitucional —ejemplo de consensos mínimos—, y pensé que podíamos llegar a vivir un mejor mañana. Hoy, tras la grave epidemia, la iniciada crisis económica y el permanente enfrentamiento político, entiendo que “llegaremos por la puerta de atrás”.

Estos días, leí dos publicaciones sobre el carácter de transición del gobierno actual. Uno era del último zoon politikón boliviano: el expresidente Jaime Paz Zamora —conste que no le tengo ninguna adherencia— y el otro de la exdiputada, exprecandidata presidencial y politóloga Jimena Costa Benavides. Aunque tengo varias discrepancias con ambas publicaciones, coincido plenamente en que el actual gobierno de Jeanine Añez Chávez es de plena sucesión constitucional pero no lo conceptuaría de transición. Para justificarlo y señalar diferencias con ambos, expondré mis razones.

En stricto sensu, el gobierno de la presidente Añez Chávez asumió el ejercicio del Ejecutivo con el propósito de realizar elecciones transparentes en Bolivia y el fraude se sustituyera por el ejercicio de la voluntad popular: desde el inicio y hasta el 22 de marzo —inicio del frenazo de las actividades no imprescindibles por la propagación interna del COVID-19— trabajó prioritariamente para la transición a un nuevo gobierno elegido democráticamente. Las urgencias de la epidemia y las electorales de algunas tendencias impidieron que produjera la efectiva transición para dar al próximo gobernante —quien fuera, ajeno al MAS— la oportunidad de continuar la imprescindible reingeniería del Estado y su legalidad; por el contrario, el gobierno de Añez Chávez ha tenido que abocarse a contener la epidemia —desde las graves carencias en salud dejadas por el cuatroceno masista y con la falta de recursos que se dilapidaron desde el anterior período—, paliar la carestía en la microeconomía de la población —incidiendo en ese empeño nuevamente la falta de recursos dejados—, prevenir la conflictividad social azuzada por el masismo —terrorismo muchas veces—y, a la vez como era su mandato, lograr un nuevo gobierno elegido mayoritariamente y con todas las garantías de ejercicio de derechos y transparencia.

El gobierno de la presidente Añez Chávez sin dudas ha tenido errores continuados achacables a la inexperiencia en el ejercicio de gobernar y consecuente improvisación; también casos de nepotismo y corrupción —el principal: de los respiradores, consecuencia de no haber actuado desde el inicio en desmantelar de masistas los niveles de decisión de la función pública—, y no ha logrado una adecuada comunicación desde el Estado. Todo agudizado por el continuo enfrentamiento —partidario y legislativo— instruido desde Buenos Aires, la falta de acuerdo del arco de fuerzas democráticas —desunidas en fase electoralista y trascendido a la sociedad—, además de descoordinaciones internas. No obstante a todo ello, las luces resultantes son más que las sombras.

Tres candidatos han ejercido o ejercen la presidencia: Añez Chávez, Carlos de Mesa Gisbert y Jorge Quiroga Ramírez, los dos primeros hasta ahora con posibilidades y ya descartadas para el tercero. Los tres han gobernado por sucesión constitucional pero solo el de Quiroga Ramírez fue de paso entre el inicio de la crisis institucional del país con Banzer Suárez y su explosión con Sánchez de Lozada; por el contrario, De Mesa Gisbert intentó —fracasadamente— gestionar la crisis y Añez Chávez aún lo intenta.

Deseo que todos nuestros políticos se munan de lo que Salomón pidió: espíritu atento para gobernar […] y para decidir entre lo bueno y lo malo. Nos urge.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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El elegir en los tiempos del COVID

/ 14 de julio de 2020 / 12:01

«La epidemia (…) había causado en once semanas la más grande mortandad de nuestra historia.”

(Gabriel García Márquez)

Parafrasié «El amor en los tiempos del cólera» (1985) porque hoy —como el mismo impacto que tuvo el cólera en Colombia entre 1849 y 1850 y motivó la novela— el COVID-19 causa la mayor mortandad documentada en tiempo real que hayamos conocido. No sé si alguna Fermina Daza verá a algún Florentino Ariza, pero sí que el tema electoral —a pesar de la endemia creciente— se nos instala, a veces concebido como panacea y otras como azote en su —hasta ahora— inmediatez.

Concluía mi anterior columna («Rumbo a la nueva ‘(a)normalidad’») asegurando que la siguiente sería con menos pandemia y más elecciones. La realidad da dosis de ambas.

Un amigo querido me facilitó la Guía para organizar elecciones en tiempos de pandemia de la OEA. Interesante documento, casi un vademécum de todo lo posible electoralmente en estos tiempos de COVID pero que, en su lectura, me detuvo en su capítulo Celebrar o postergar. El dilema de las elecciones: “Mantener una fecha preestablecida puede tener implicancias sanitarias y poner en peligro la salud de las personas. Posponer la celebración acarrea consideraciones constitucionales y legales”; y propone cuatro factores de análisis: CONDICIONES DE SALUD, MARCO JURÍDICO, ACUERDOS POLÍTICOS y FECHA. Me centraré en salud y fecha.

Muchos países han postergado sus diversas elecciones por el coronavirus. En Latinoamérica lo han hecho Bolivia y República Dominicana (generales), Chile (plebiscito), Uruguay y Paraguay (municipales), México (algunas estatales), entre otros. Las de República Dominicana se postergaron del 17 de mayo al 5 de julio, en medio de mucha tirantez política y poco más del 55% de participación, con morbilidad (casos detectados x 100.000 habitantes) de 433,8, recuperados el 47,1% del total de casos y mortalidad sobre morbilidad del 2%, todos datos hasta el domingo pasado (Bolivia ese día tenía 405,7 de morbilidad, 30,4% de recuperados y 3,7% de mortalidad sobre morbilidad). Otro ejemplo de lo que pueden representar elecciones fue el de las municipales francesas: la primera vuelta el 15 de marzo (dos días antes de declarar cuarentena) tuvo el 44% de participación; la segunda vuelta el 28 de junio (postergada del 22 de marzo) tuvo el 40% de participación, con más de 208.000 afectados, más de 30.000 fallecidos y 36,4% de recuperados.

Eso nos lleva al factor fecha. Según el estudio del 7 de julio del Institute for Health Metrics and Evaluation de la Universidad de Washington en Seattle (reconocido por la OMS), Francia el 28 de junio estaba ya en el menor nivel de sus contagios y República Dominicana, el día de la elección, estaba en una etapa baja de su curva de contagios (aunque el IHME augura que alrededor del 20/7 le crezcan geométricamente los casos). Bolivia, en ese mismo estudio proyectivo y con las condiciones de flexibilización actuales, se proyecta con 58.000 casos promedio al 6 de septiembre.

Pero hay opciones, la diferencia es la posibilidad. En Galicia hubo elecciones el domingo, con rígidas condiciones de bioseguridad y votó casi el 59%; pero España está en fase de salida de la epidemia y la población gallega es casi la sexta parte de la boliviana repartida por un 2,7% de la superficie boliviana, además que muchos votaron por correo y el voto no es obligatorio. Islandia (su población es el 3,1% de la nuestra) votó durante varios días. En otros hay voto electrónico, con menos contacto. ¿Podríamos implementar alguna —o algunas— de éstas para el 6 de septiembre?

Y aún quedaría otra posibilidad: acuerdos políticos serios. Valdría la pena que la mayoría democrática los considerara, aunque signifique desarmar consignas y limitar ansiedades.

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Rumbo a la nueva ‘(a)normalidad’

A fines de mayo, el pronóstico del IHME para Bolivia era que el pico de la pandemia sería el 27 de julio

/ 1 de julio de 2020 / 06:57

Empezamos la “nueva normalidad” con cuarentena dinámica hasta el 31 de julio y nos recentraremos en dos temas: elecciones y economía. Es ahora bueno analizar dónde estamos y dónde podremos estar. También es adecuado saber realmente, sin bulos ni berrinches (ya agoreros y masistas me han insultado), cuál es la situación de la endemia en nuestro país.

En el octavo reporte del Índice de Riesgo Municipal COVID-19 del Minsalud, en el país 11 municipios pasaron de riesgo medio y moderado a riesgo alto; los departamentos de Cochabamba (a pesar de su boom de nuevos casos) y el de Potosí son los dos únicos donde se han reducido los municipios en riesgo alto: de 15 a 12 y de 3 a 2, respectivamente. Al 26 de junio, el 24% (82) de los 339 municipios del país estaban con riesgo alto, 50% (170) con riesgo medio y 26% (86) con riesgo moderado, un panorama que nos avisa que las flexibilizaciones de las medidas de cuarentena tienen que ir acompañadas por una adecuada concienciación.

Pero en contraparte, no todas las noticias son malas: El porcentaje de casos activos versus el total de afectados confirmados a nivel nacional el domingo 28 pasado fue del 69,8%: la décimo sexta disminución consecutiva porcentual de casos activos, mientras que el índice nacional de recuperados versus el total de afectados confirmados el mismo día fue de 27,0, el cuarto aumento consecutivo que para el departamento de Santa Cruz fue del 42,9% y su décimo sexto aumento consecutivo porcentual. El promedio de recuperación en 23 países latinoamericanos es del 43.0%, fluctuando entre el 94.1% en Cuba y el 10,0% en Honduras (el promedio mundial del lunes fue del 10,7%).

Otro elemento positivo es el promedio diario de pruebas PCR (aún insuficientes pero muchísimas más que en semanas anteriores gracias a que de un único laboratorio de referencia al comienzo de la pandemia, el Cenetrop, pasamos a 22): se avanzó en las últimas cuatro semanas de 807 pruebas diarias promedio en la semana 11 a 2.138 en la recién pasada semana 15.

Pero el dato más relevante es que, siguiendo el pronóstico del ingeniero Édgar Villegas de que la cantidad de afectados se duplicaba cada 10 días, el domingo debimos bordear los 80 mil casos detectados y tuvimos 31.524, lo que constituye un “aplane de la curva” de contagios de 18 días, beneficiando a una menor saturación crítica de los centros hospitalarios pero, en contraparte, alargando el proceso de la endemia.

Y esto me lleva a las proyecciones del Institute for Health Metrics and Evaluation de la University of Washington en Seattle, que se actualizan periódicamente. Alrededor de fines de mayo, el pronóstico del IHME para Bolivia era que el pico de la pandemia sería el 27 de julio con un promedio de 93 mil casos detectados. Sin embargo, las medidas para flexibilizar la cuarentena en muchos municipios del país le ha llevado el 24 de junio a tres escenarios: el primero, con las medidas de rigidez usadas tendría su pico el 5 de agosto con más de 51 mil casos promedio; el segundo, haciéndolas más rígidas (uso obligatorio de barbijo para todos, distancia social, desinfección continuada, entre otros) daría su máximo el 31 de julio con unos 38 mil casos detectados promedio, y el tercero, flexibilizando la cuarentena, el proceso progresivo actual en todo el país, tendría su pico entre el 5 y el 6 de septiembre (fecha electoral) con casi 93 mil casos detectados, iniciando su descenso (sinusoidal) hasta entrado noviembre cuando alcanzaría valores cercanos a R1 o R0 (R es el índice de reproducción o contagio; por ende R1 es que cada contagiado activo potencialmente contagie a otro, y R0 es cuando cesan prácticamente los contagios y se da por concluido este ciclo de la endemia).

La próxima columna, con mucha seguridad, será menos pandemia y más elecciones. Esperemos hasta entonces.

José Rafael Vilar
es analista y consultor político

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La anormal ‘normalidad’

Sobre intereses sectarios, lo principal es la vida de los bolivianos. No al prorroguismo arbitrario, sí a la defensa de la vida.

/ 17 de junio de 2020 / 05:58

Mi anterior columna (Pandemia, endemia y un solo país, 02/06) la definí como “un catálogo de información necesaria sobre el COVID-19 para Bolivia y la región”. Esa tarea es aún muy necesaria (diría mejor: urgente) porque entendemos mal cuando no hay información para neófitos (somos la gran mayoría), porque muchos no entendemos su peligros y porque otros se dejan engañar por “algunas ideologías políticas que andan cegadas por intereses de poder e inducen al pueblo a cometer errores y poner en riesgo su salud y su vida” (Cuidar a los Ciudadanos, comunicado de la Conferencia Episcopal Boliviana CEB, 10/06).

El 10 de marzo llegó la epidemia a Bolivia y el 22 el país inició la cuarentena rígida. Hoy, casi 90 días después, estamos bordeando 20 mil casos diagnosticados. ¿Fracasó la cuarentena? A pesar de los números, alarmantes sin dudas, y de algunas proyecciones muy preocupantes, yo sostendré que no.

La proyección de Édgar Villegas que a fines de mayo se llegaría a 10 mil casos se cumplió cabal el primero de junio; su siguiente predicción, que no descartaba que contagios de seis dígitos a fines de julio, la realidad hasta ahora no la confirma. Manteniendo el cálculo promedio de duplicación de contagios detectados cada 10 días, entre el 9 y el 10 de este mes hubiéramos tenido más de 21 mil casos pero a 16 aún bordeamos los 20 mil. ¿Error? No lo creo. ¿Menos pruebas PCR (Prueba de Reacción en Cadena de la Polimerasa, las que entran en las estadísticas)? En la semana pasada, el promedio diario fue de 1.452 pruebas mientras que antes, por ejemplo, en la semana entre el 25 y el 31 de mayo fue de 807 (exceptuando un día donde se informaron atrasadas); en realidad, a más pruebas, más detecciones. Si le sumamos que el porcentaje a nivel nacional de casos activos versus total de afectados confirmados el 13 fue del 81,2%, el 14 del 79,8% y el 15 el 78,7%, disminuyendo consecutivamente por primera vez y, además, consideramos que los pacientes recuperados en salud a nivel nacional el 15 fueron 3.430, el 18,0% de los contagiados totales (2.824 en Santa Cruz, el 24,1%), porcentaje muy superior al 3,3% promedio de fallecidos respecto al total de contagiados desde fines de mayo, entonces, amigos lectores, podemos tener esperanza que hemos logrado aplanar más la curva de contagios.

El estudio del Institute for Health Metrics and Evaluation de la Universidad de Washington en Seattle que mencionó la Presidenta el día de Corpus Christi, fija el “pico” de la curva de contagios totales el 27 de julio con un promedio de alrededor de 94 mil casos; a partir de esa fecha empezaría a disminuir y una proyección para R0 (transmisión cero) sería, posiblemente, de tres y medio a cuatro meses después.

Eso nos lleva a entender la urgencia del mencionado comunicado de la CEB cuando pide “dejar los intereses particulares o de grupos, y buscar coordinadamente lo mejor para todos en esta hora difícil para Bolivia», pidiendo entendimiento en pro del pueblo boliviano, como reafirmó el arzobispo de Santa Cruz, monseñor Sergio Gualberti, el 11 pasado: «estamos llamados a promover la unidad, reconciliación y perdón [porque] persisten resentimientos y rencores que nos mantienen divididos y enemistados, y que incluso dificultan una acción común para enfrentar a la pandemia”.

El mensaje es diáfano: sobre intereses sectarios (movidos por premuras políticas y desesperaciones de cálculo), lo principal es la vida de los bolivianos. No al prorroguismo arbitrario, sí a la defensa de la vida.
Claridad meridiana para hoy en Bolivia, la frase del papa Francisco en su homilía del 26 de marzo en la plaza de San Pedro: “estábamos en la misma barca, […] todos llamados a remar juntos […]. En esta barca, estamos todos”.

José Rafael Vilar
es analista y consultor político

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Pandemia, endemia y un solo país

El coronavirus será una endemia en el mundo hasta que haya suficientes vacunas. En su incidencia mediata primará nuestro comportamiento

/ 2 de junio de 2020 / 11:38

La columna de hoy, en stricto sensu, es un catálogo de información necesaria sobre el COVID-19 para Bolivia y la región. La epidemia “aterrizó” en febrero 25 en Sao Paulo (Brasil), continuando al resto de América Latina: el 27 de febrero en México y el 29 en Ecuador (aunque el 14 llegó de España la primera contagiada); el 1 marzo en República Dominicana; el 3 en Argentina y Chile; el 6 en Colombia, Costa Rica y Perú; el 7 en Paraguay; el 8 en Panamá; el 10 en Bolivia; el 11 en Cuba, Guyana y Honduras (la OMS); el 13 en Guatemala, Uruguay y Venezuela; el 18 en El Salvador y Nicaragua; el 19 Haití y el 23 en Belice, el último.

Neófitos, la gran mayoría, nos confundimos con la abrumadora cantidad de datos, aumentado por la sensibilidad solidaria (y temerosa) por contagios y fallecimientos (trataré de clarificar algunos términos importantes para entender la penetración del virus). La morbilidad  se refiere a la cantidad de afectados por cada 100.000 habitantes; y la mortalidad, al porcentaje de fallecidos del total de afectados. Hasta la noche del domingo, la morbilidad del COVID-19 en Bolivia era de 85,8 (algo mayor a la tasa mundial: 80,4). Y la mortalidad era de un 3,1% (frente al 6,1% mundial).

Según datos de la OMS/OPS (aunque algunos sean poco fiables, como Nicaragua y Venezuela), la morbilidad de Bolivia está por debajo de Chile (521,7), Perú (511,9), Panamá (323,7), Brasil (245,8), Ecuador (229,7) y República Dominicana (168,4). Mientras que la mortalidad es menor que la de Belice (11,1), México (11), Ecuador (8,6), Guyana (7,8), Brasil (5,7), Nicaragua (4,6), Cuba y Honduras (ambas 4,1), Colombia (3,4) y Argentina (3,2).

Cabe aclarara que la morbilidad depende de la cantidad de pruebas de detección realizadas, y es importante diferenciar las existentes. i) La prueba de reacción en cadena de la polimerasa (PCR), la más confiable, pero los resultados tardan en conocerse, es cara, los reactovos para realizarla son escasos, y requerir personal y equipos especializados. ii) Pruebas de anticuerpos (serológicas), que pueden detectar casos que ya se han curado. iii) Y pruebas de antígenos, más simples, rápidas y menos costosas, pero poco confiables.

El dato actualizado para Bolivia al domingo fue de 29.642 pruebas PCR realizadas, según el Ministerio de Salud, lo que significa 2.548 pruebas por un millón de habitantes (2,5 x millar de habitantes en la metodología de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OECD, que agrupa a los países de mayor desarrollo económico. Aunque se trata de una cifra baja, no lo es tanto si la comparamos con la de Colombia (2,3), Japón (2,2) o México (0,6), según estimaciones de la OECD al 4 de mayo.

En Bolivia los departamentos se han agrupado en tres categorías según el nivel de contagios. En Santa Cruz y Beni, con el 89,0% de los casos activos hasta el domingo, se encuentran en el nivel más elevado (las marchas y bloqueos masistas pidiendo elecciones incidieron en una mayor tasa de contagio). En el nivel el moderado se encuentran Cochabamba (6,1%, que aumentó en los últimos días, posiblemente por contagios en los bloqueos), La Paz (2,7%) y Oruro (1,3%). Por último, Potosí (0,4%), Tarija (0,3%), Chuquisaca y Pando (0,1%) se encuentran en el nivel más bajo.

Al margen de las urgentes improvisaciones que se tomaron, de las dificultades en conseguir los insumos y de la corrupción en el caso de la compra de los 170 ventiladores (denunciada como “irresponsable e inmoral” por la Conferencia Episcopal y repudiada por la sociedad), se “aplanó la curva” al contener la propagación y evitar un fuerte aumento de casos al principio. Lo cual contribuyó a evitar la saturación de los servicios médicos, una situación de mucho riesgo sobre todo en Bolivia, donde el MAS durante los 14 años que estuvo en el gobierno, con boom de ingresos, no priorizó nunca a la salud pública, y aún sigue bloqueándola en la Asamblea Legislativa.

Además, las medidas de alivio social (bonos, reducción de tarifas, créditos postergados, etc.) no han dejado que el país caiga en una crisis alimentaria, como ha sucedido en otras naciones. Es momento de entender que el coronavirus será una endemia en el mundo hasta que haya suficientes vacunas. En su incidencia mediata primará nuestro comportamiento.

José Rafael Vilar, analista político.

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