Después de la Segunda Guerra Mundial fue creada la Organización de las Naciones Unidas, con la misión de resguardar la paz y seguridad del planeta. Nació como producto del multipolarismo, el sueño mojado de la humanidad en la que todos los países se encontraban en igualdad de derechos. La diferencia se dio en las condiciones, pues cinco países se quedaron con el derecho al veto, o sea, de hacer lo que les dé la gana. Los demás tienen que estar contentos con estar dentro. Y para ser considerado miembro pleno, aparte de los requisitos legales se tiene que cumplir con el financiamiento. Países que incumplen esta condición, como Surinam, pierden su derecho a voto. Y hay países que están en la lista negra como Venezuela y Yemen. Se lo acepte o no, el tema de presupuesto es indispensable para participar en la ONU.

Actualmente, los tiempos son distintos a los de la Segunda Guerra Mundial. Existen otras necesidades, otros desafíos, otros peligros. Naturalmente que el rol de las Naciones Unidas es puesto en duda. Las nuevas realidades políticas han degradado la danza ritual del lobby político en una burda pantomima de los nacionalismos. Es como si el mundo estuviera demasiado trillado y todos quisieran regresar de inmediato a casa. Los países más poderosos, y en especial Estados Unidos (que debía ejercer el liderazgo), se pertrechan en las propias fronteras, como diciendo que si alguien quiere hacer algo, primero debe tocar la puerta. Aunque suena a nostalgia, mientras existía la Unión Soviética, las Naciones Unidas fue un instrumento de equilibrio. Una vez que la URSS desapareció, la ONU cayó en un profundo fango, el de la instrumentalización. Sucedió en los Balcanes, la guerra de Irak, las famosas misiones de paz, las sanciones impuestas a algunos países, etc.

La ONU se redujo a un aparato burocrático inútil. Y para alguien que ve la política como un terreno de negocios, es obvio que abordará este asunto desde el punto de vista económico. Si yo soy el que más dinero pone, es normal que tenga derecho a decir para qué sirve lo que pongo. Por eso, desde el 2018 el financiamiento y el presupuesto de este organismo se han ido reduciendo. Trump fue quien más énfasis dio al respecto, y en 2019 se produjeron pagos retrasados que dejaron a la ONU casi en estado de parálisis. Entonces se comprendió que el problema financiero solo mostraba el problema político. El multipolarismo ya no es de esta época. Hay una cerrazón universal. Trump fue muy claro en la última asamblea de la ONU cuando dijo “el futuro pertenece a los patriotas, no a los globalistas”.

Sí, la ONU fue un sueño global, y ese sueño ya no existe. Actualmente los conflictos en el mundo se resuelven hablando directamente con el patrón, no con el empleado, tal como en las conversaciones con Corea del Norte, Irán, los talibanes, etc. Estados Unidos dicta sanciones económicas a quien se le antoja. La ONU es un espectador muy caro del acontecimiento mundial.

Con el Coronavirus se ha profundizado más el escepticismo acerca el rol que las naciones unidas tienen en la actualidad. Si algún momento tenían que funcionar era éste. El liderar el combate a la amenaza mundial que supone el Coronavirus. Pero cada país escogió su propio camino, dando la espalda a la cooperación y solidaridad. La acción de Trump al cortar el financiamiento a la Organización Mundial de la Salud ha sido el corolario de esta vía crucis. No se trata de castigarla por considerarla pro-China, sino de degradarla como excusa ante sus votantes por su sinuosa estrategia del control del Covid-19.

El mundo después del coronavirus se presenta como un planeta de naciones aisladas, naciones orientadas a sí mismas. Naturalmente que la globalización no ha muerto, como pretenden los nacionalistas. Esta es una coyuntura aciaga del comportamiento mundial. Y si se quiere estar a tono con los tiempos, hoy más que nunca se necesita resetear a la vieja carcasa de las Naciones Unidas.

Elvis Vargas Guerrero, agricultor y escritor.