Voces

Sunday 3 Mar 2024 | Actualizado a 19:38 PM

Crónica de un incidente: el infame test

‘No le podemos hacer la prueba’, respondieron, ‘no cumple los requisitos. Vaya a un laboratorio privado, fue la sugerencia’.

/ 23 de abril de 2020 / 08:51

Abrió los ojos, miró de un lado para el otro. Se levantó, aún era temprano, encendió el televisor, vio algo de noticias. Planchó la camisa blanca. Preparó un desayuno simple. Ya su vida era simple, en soledad, con los hijos grandes. Miró de reojo esa noticia que hablaba de una extraña enfermedad. Algo que viene de lejos. Pensó, como muchos, que esas cosas no pasan acá. En fin, se dispuso a consumir un día más. Salió a la calle, caminó entre la muchedumbre. De pronto el café de siempre frente a él. Ahí los amigos, también los de siempre. Saludó a todos y entregó un abrazo cálido. Hoy, ellos eran su familia. Rieron a momentos, carcajadas que movían sus dientes. Y de pronto serios, callados. Alguien dijo que parecía que iban a prohibir salir de casa, que la cosa se había puesto difícil. Se despidió de los amigos. “Adiós muchachos”, les dijo, “mañana los abrazo nuevamente”.

Caminó pensando ir a casa, como cada día, pero cambio de idea. Subió a un taxi. Habló con el chofer. Comentaron de política, pero más de fútbol. El conductor le preguntó si sabía de esa enfermedad de la que todos hablan. Dijo que no. Llegó a destino, pagó la tarifa del viaje. Entró a la casona vieja, varias de las mesas estaban ocupadas por turistas, encontró un espacio para él solo y se dispuso a almorzar en aquel lugar de viejos recuerdos. Desenterró algunos momentos, con ella comían ahí los domingos. Era su espacio y su momento. Para los dos solos, como él lo estaba ahora. Pensó en lo feliz que fueron. Comió. Aquella sopa estuvo mejor que nunca. Pensó en ella otra vez. En voz baja dijo para sí que la extrañaba, también que mantenía su amor por ella a pesar de su partida. Fue un día diferente, atípico. La ceremonia dominical pasó a miércoles, él no sabía por qué y tampoco le importaba.

Quiso volver a casa caminando, no hacía frio, lo acompañaba una sensación de tristeza y de extraño presentimiento. Se cansó, ya tenía algunos años encima, de esos que cansan por solo tenerlos. Pensó que la edad nos reduce a todos, pero no se sintió mal por ello. Hizo una pausa, volvió a emprender la caminata, ahora a un ritmo más lento, casi como un paseo matinal. Al fin en casa, subió las escaleras que lo conducían al primer piso, lo hizo apoyado en las barandas, con un pequeño descanso antes de llegar al último peldaño. Abrió la puerta, se fijó que una ventana estaba abierta, preparó en la cocina un café suave, buscó esas galletas a las que nunca renunció, encendió la radio, quiso fumar, prefirió que no. Escuchó una noticia infrecuente, impensada: desde mañana las personas de su edad no podrán salir a la calle. Una enfermedad extraña está matando gente, hay miedo y nadie sabe explicar qué pasa. Terminó el café, enfiló hacia el almacén, compró algunas cosas y se encerró en su casa, con la vista fija en el televisor y un temor que lo agitaba.

Pasaron los días, habló con su hijo y con su hija. Le dijeron que se cuide, que cuando todo sea normal, volverían al país a visitarlo. Quiso dormir, no podía, pensó que era insomnio. A última hora durmió un poco. La siguiente noche, menos. Las noticias solo hablaban de contagios y muertos. Cada día más estadísticas y más aterradoras. Pensó en sus amigos, hablaba con ellos, ya no los podía ver. Extrañaba los abrazos de cada mañana. “Las cosas están cada vez peor”, dijo.

Pasaba horas en la ventana. Una tos molesta hizo que prepare un té caliente y se recueste antes de lo habitual. Las noticias seguían dando reportes estadísticos de contagios y muertes. Otra vez sin dormir, la cama de siempre ahora le parecía incómoda, fue a buscar un vaso de agua, era media noche, traspiraba, había fiebre en su cuerpo. “¿Qué hago?”, pensó, “si no puedo salir”. Tomó un par de pastillas y tuvo unas cortas horas de sueño. Despertó inquieto, con el cuerpo mojado en sudor. Pensó en esa extraña enfermedad, vio el número de emergencia en el televisor. Llamó, le hicieron preguntas, se puso nervioso, respondió sin explicar bien lo que sentía. “Lo llamaremos”, le dijeron, “está usted bien, esto pasará pronto”.

Preguntó si podían hacerle la prueba de contagio, quería saber si la extraña enfermedad estaba en él. La tos constante lo perturbaba, la fiebre también. Pasaron unos días y nada cambió. No olvide tomar sus pastillas era los que siempre escuchaba. Su hijo lo llamaba, su hija también. No quiso alarmar a nadie. Volvió a contactarse con el número de emergencias. “No le podemos hacer la prueba”, respondieron, “no cumple los requisitos. Vaya a un laboratorio privado, fue la sugerencia”.

 Buscó un laboratorio, esperó su día de salida, la tos no lo dejaba respirar, pidió hacer la prueba de la extraña enfermedad. “Son mil pesos”, le dijo una señora seria. No tenía esa cantidad, volvió a casa sin el test. La fiebre marcó 38,4 en el termómetro. Ya no pudo pararse más en la ventana. Las fuerzas le alcanzaron apenas para llegar a la cocina. Preparó ese té caliente que necesitaba, se le cayó la taza, la angustia se instaló en su rostro. Sonó el teléfono, pudo atender, una voz le dijo que mañana lo buscarían para hacerle el test, que el señor ministro ya lo había autorizado. Intentó decir que ya era tarde, pero le salió un gracias. Se quedó en la sala sobre un sillón, pensaba en ella, los amigos y sus hijos. Dejó de toser, la fiebre se transformó en fría humedad. A la mañana siguiente, tocaron el timbre y ya nadie abrió. Le comunicaron al señor ministro que no utilizaron el test, que hallaron a la persona muerta en su casa. El ministro pensó: “En fin, tenemos una prueba más”.

Tenemos la premura de hacer tests masivos para los bolivianos. Es urgente que los laboratorios privados realicen pruebas de diagnóstico de contagio del COVID-19, y sea el Gobierno nacional el que asuma los costos de estas mediciones.

Jorge Richter Ramírez, politólogo

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La culpa es del poder

La obstinación y la insistencia no deben comprenderse como una virtud únicamente.

/ 25 de febrero de 2024 / 06:15

Dibujo Libre

El pensamiento de la escuela estoica, hoy releído en un cúmulo de nuevas lecturas e interpretaciones rescatadas de lo mejor de su razonamiento conclusivo, afirma que, “si no respetas tu tiempo, nadie más lo hará”. La revalorización de los paradigmas e ideales del estoicismo pueden encontrarse en el escenario construido por un mundo desbordado e incontrolado, donde el egoísmo y la ambición múltiple destruyen toda posibilidad de convivencia social tolerante y civilidad democrática. Se escribe y se dice sobre el estoicismo que “una de las razones de su popularidad en el tiempo actual es su enfoque en el desarrollo de la resiliencia y la fortaleza mental, además que nos anima a cultivar la virtud en todas nuestras acciones.” El estoicismo fue, en los hechos, uno de tantos retornos a la tradición clásica de la filosofía en la búsqueda de construir un pensamiento y una concepción más humana de la vida y de las relaciones sociales, pero también de la convivencia en sociedad y de las instituciones de la organización estatal.

Un tiempo antes, la escuela cínica, esa que estuvo representada por Antístenes, Diógenes y su miembro más destacado Crates, mostraron en su pensamiento una molestia por todo convencionalismo e indiferencia valorativa por la propiedad, el matrimonio, el gobierno, las leyes, la buena reputación y todas aquellas convenciones de la vida civilizada, por supuesto que por las instituciones también. Bastaba únicamente, para ellos, la sabiduría, esa que les confería la posibilidad de bastarse a sí mismos, lo cual desde el punto de vista moral era ya suficiente. Frente a esta autarquía, Panecio de Rodas reexpuso el estoicismo convirtiéndolo en una filosofía del humanitarismo, allí el ideal de servicio público, humanidad, amabilidad y simpatía. La razón es ley para todos los hombres y todos los hombres son iguales, aún a pesar de sus condiciones y situaciones en el grupo social. El igual valor de hombres y mujeres, el respeto por los derechos de las esposas e hijos. La tolerancia y la caridad hacia nuestros semejantes. La humanidad en todos los casos. Los derechos extensivos para todos y se debe asegurar la dignidad humana, es la justicia la que debe refrendar que esa dignidad llegue a todos.

Transitamos un tiempo en el que no se logran gestionar con suficiencia las ambiciones políticas y de poder, además la historia universal, exhibe sobrados ejemplos de personas que fueron deteriorándose espiritualmente por culpa del poder. Conductas despedazadas por la ambición de acumularlo sin refreno. Personas deshumanizadas, hombres de enorme valía y grandeza reducidos por el obcecado desenfreno del poder. Napoleón, durante su irrefrenable intención de expansionismo imperial afirmó victorioso: “la bala que ha de matarme aún no ha sido fundida”. Aquella vanagloria parecía confirmarse en cada paso que daba el monarca para agigantar su poder. El poder somete, doblega y enferma a líderes y políticos antes que corromperlos. Los domina con una presión impensada e inimaginada. Las tentaciones a las cuales son expuestos parecieran ser incontrolables, y después, finalmente, cuando ya son desconocidos de lo que en algún momento fueron, los corrompe por los cuatro costados.

Concentrar el poder en una sola persona reduce las instituciones y se constituye en una restricción a las garantías de igualdad y libertad. Se dice, y tienen razón, que el poder y los liderazgos son cargas en exceso pesadas y que conviene repartirlos en varias espaldas. Los políticos que no logran abstraerse de la eternización del poder, de la vigencia perenne, concluyen su vida aislados por la paranoia y la monomanía, presos del planteamiento fijo e invariable, del método único, de la inflexibilidad y del pasado exitoso. Las sociedades mutan y se transforman, y los liderazgos insistentes, amarrados al tiempo pasado se convierten en elementos desairados primero y repelidos después.

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“Quien solo sabe usar el martillo, en todo ve clavos” dice la expresión popular. Es una reflexión ante la inalterable rigidez. Si no cambias, sino te transformas sales de la sociedad y no ensamblas con el mundo que te rodea. La obstinación y la insistencia no deben comprenderse como una virtud únicamente. Pueden albergar en sí las caracteristicas propias del vicio de la irracionalidad y la terquedad. Ser valiente es algo distinto de ser temerario. La imaginación de quien cree que siempre ganará y que lo obtendrá todo y que el no darse por vencido -vulnerando a su paso cuanto obstáculo encontrase incluyendo lo legal/institucional- es una demostración de carácter solo construye destrucción y quebranto.

Hoy han rehabilitado el debate sobre el hecho producido por el 21F, casi como desenterrar al occiso para reexaminarlo. La atención de todo lo dicho tiene al mismo actor en el centro de cada palabra. La trama sigue siendo la misma, como si el tiempo se hubiese detenido, una conducta aferrada en torno al poder y sus intenciones no desmentidas de dominio hegemónico. Si no respetas tu tiempo, nadie más lo hará, sentencia la expresión estoica. El tiempo ha transcurrido, en realidad, nunca pudo detenerse, quien quedó inalterado en el pasado es aquel que sigue martirizando a un pueblo con piedras y daños, ensordecido ante el paso de su tiempo, entonces, otra vez, la culpa es del poder.

 (*)Jorge Richter Ramírez es politólogo

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Liderazgo, caudillismo y legado

El autor reflexiona sobre el poder, el paso del tiempo y la renovación dirigencial.

Jorge Richter en Piedra, Papel y Tinta. Foto: Rubén Atahuichi.

/ 11 de febrero de 2024 / 06:33

Dibujo Libre

La historia registra que Roma, entre los años 138 y 161, estuvo gobernada por el emperador Antonino Pío. Fueron 23 años que marcaron un tiempo de paz -allí se estableció de forma real la pax romana-. Antonino fue una persona de reconocida humanidad y clara modestia. Cuando el emperador Adriano pensó en él para señalarlo como su sucesor dijo: “he encontrado un emperador, noble, agradable, obediente, sensato, ni testarudo ni temerario a causa de su juventud, ni descuidado a cauda de su vejez: Antonino Aurelio”. Sin embargo, Adriano tenía otro sentir, su pensamiento estaba en que el verdadero futuro de Roma debía caer en manos de un niño llamado Marco y ser Antonino quien deba cuidar el trono y preparar al futuro emperador. Un emperador que debía formar a otro emperador mientras marche el tiempo y el aprendizaje que determine el momento de ser encumbrado. Durante los 23 años que duró su reinado, tiempo en el cual el imperio conoció un crecimiento excepcional en lo económico, pero de igual manera en lo social/jurídico, Antonino no solo formó, educó y preparó a un futuro emperador, tarea poco envidiable para los políticos actuales, sino que demostró templanza y decencia en el ejercicio del poder. No quiso ser quien estuviese en primer lugar, no privilegió su economía ni a los suyos. Pero por encima de todo, no manoseó el poder para destruir, matar, desterrar, calumniar y menos para consumar excesos, un hecho ilustre y una caracterización que la historia recoge y clasifica dentro de los gobiernos de “Los Cinco Buenos Emperadores”. Decencia y templanza, dos caracterizaciones alejadas de la frivolidad que señala en los tiempos actuales a líderes vanagloriados en destinos que imaginan manifiestos, que buscan descontroladamente el reconocimiento y la grandeza. Un hombre/mujer de Estado, debe esforzarse por ser indiferente a los aplausos y las honradeces. Pero esto requiere una profunda disciplina, valor que para ser logrado exige esfuerzos infatigables y constantes.

La palabra “disciplina” que deriva etimológicamente del término en latín “discipulus”, que quiere decir alumno, discípulo, el que debe aprender, conlleva dos roles: quien enseña y aquel que debe instruirse. Un maestro y un alumno/discípulo. La engorrosa tarea de Antonino no concluyó en un fracaso como presagiaban quienes alimentan la idea de que el poder debe entenderse únicamente con un sentido propietario. Antonino formó y educó otro gran emperador como fue Marco Aurelio. Lo encaminó por la disciplina, la ecuanimidad y la templanza lo que le confirió una grandeza no buscada.

Los liderazgos convencionales, inmoderados, tomados por la ambición desenfrenada no admiten, siquiera mínimamente, la probabilidad de formar, educar y construir discípulos que continúen la marcha de los procesos iniciados. Una revolución, el camino de los cambios y las transformaciones pierden aliento cuando se des institucionalizan y se construyen caudillajes -o simulación de dirigentes superiores, jefes, caporales- impuestos, dóciles o contestatarios. Los Estados se extravían en inútiles batallas, sin fin todas ellas, cuando las dirigencias reducen la comprensión del poder a una lucha de pasiones y ambiciones que glorifican, con matices de divinidad, a hombres que se visualizan imágenes delirantes de grandes líderes, aplausos y gritos de histeria en apoyos cuasi fanáticos por el gran líder, el salvador, el imprescindible. Con esa atmósfera dantesca, de tremenda veneración y culto a la personalidad, el espacio del discípulo/ alumno al que se debe guiar, la formación de nuevos hombres y mujeres activos y diligentes para el manejo del Estado ¿es posible?

El proyecto social y popular en Bolivia atraviesa una febril disputa interna que lo conduce -salvo oportuna y puntual intervención de la racionalidad- a una última etapa de desfondo definitivo. No será el primero, sino la reedición, una vez más, de una historia vulgarizada por desórdenes de ambiciones desmedidas. Fijaciones y obsesiones por el poder que incomprenden la necesidad del continuum histórico, que no se personaliza ni verticaliza en un solo nombre y una sola posibilidad.

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¿Cómo se construye continuidad de los procesos transformadores? ¿Cuánto tiempo dura una revolución? ¿Y por cuánto se extiende el espacio de legitimidad de un caudillo hasta empezar a transformarse en un factor de antagonismo social e intrapartidario? Los principios de igualdad entre quienes componen el tejido social de un Estado se desintegran cuando uno de sus actores disrumpe para fundar una asimetría que refiere a un elegido sempiterno, un nombre encadenado a un imaginario inducido de “única salvación posible”.

Resistir la emergencia de otros liderazgos es aplacar la lógica del discípulo/alumno. Es encerrarse en la visión corta y reducida de que solo existe un camino factible. Es someter el pensamiento plural y diverso, las interpretaciones de coyuntura, la evaluación de las deficiencias estructurales y condicionantes del Estado y la sociedad, es reducir y concentrar todo en uno y nada por fuera de ello. Es el camino a la intolerancia, el desprecio por el otro y la no aceptación de que las mezquindades te desvían del camino correcto, ese que toman los grandes hombres/mujeres de Estado que tiene aún mayor valor cuando más cuesta de asumir. Enseñar al discípulo/alumno es lo correcto, aunque debas abandonar tus ambiciones. Hoy quien impulsó a su discípulo, incomprensiblemente comete la felonía de calumniarlo.

Antonino encaminó a Marco Aurelio en un ejemplo digno de aprender, pero también está la opción de otros, de estar más en el espacio de Nerón.

(*)Jorge Richter Ramírez es politólogo

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El péndulo de la polarización

La democracia está dejando de ser una fiesta de esperanza colectiva y se ha convertido en la arena del Coliseo romano.

El vocero presidencial, Jorge Richter. Foto: Archivo

Por Jorge Richter Ramírez

/ 14 de enero de 2024 / 06:48

Dibujo libre

Ultrafalso. Seísmo. Polarización. Macroincendio. Humanitario. Guerra. Fentanilo. Fediverso. FANI. Euríbor. Ecosilencio. Amnistía. Cada año, la Fundación del Español Urgente (FundéuRAE) selecciona una docena de palabras que son abordadas por la Real Academia Española y la Agencia EFE: son vocablos repetidos con frecuencia, utilizados asiduamente por los medios de comunicación y que marcan en su uso el sentido de los debates de la sociedad y de los hispanohablantes. En 2022, la palabra que saturó los argumentos, las referencias, los esclarecimientos y las ilustraciones fue una que continúa marcando la agenda de interpretaciones y estudios: Inteligencia Artificial (IA). Hoy el término elegido, la expresión del año entre las doce candidatas, es polarización. Pero no es solo un vocablo de referencia singular, sino que se distingue por la evolución de su significante. En sociedades divididas y separadas en antagonismos de apariencia irreconciliable, polarización no resulta una nominación extraña y menos aún inesperada. Hoy, no solo expresa dos opiniones, dos polos respecto de una temática o visiones ideológicas contrapuestas o incluso que confrontan con cierta animosidad. El significante de polarización ha progresado para caracterizar formas estructurales del funcionamiento societal, estructuras y lógicas de poder político y económico. Los intereses que colisionan en lo interno de una sociedad reflejan avideces de poder y pulsión política, resistencias y ofensivas de las subjetividades confrontadas; marcan y definen los “ellos” y los “nosotros”; señalan la polarización política, social, económica y cultural.

¿El fenómeno de polarización societal es nuevo? No, hay décadas de abono en su construcción. Es la consecuencia acumulada de procesos de desigualdades estructurales, exclusiones sociales, culturales y políticas, de marginalidades, de privilegios y de condenas societales determinadas por el colorismo de la piel. La reaparición de las derechas libertarias, convencidas de la no importancia de los consensos, la inclusión social y el diálogo, vienen normalizando de forma constante y dramática la convivencia violenta y el desprecio por el otro. Los espacios intermedios, las zonas resolutivas de las asimetrías sociales también son extinguidas o cuanto menos despreciadas. La lógica de ultraradicalidades y extremismos cede su paso, de ser una desviación democrática para instalarse como una metodología política frecuente, una conducta que en el ultraje ya no reprimido y ahora exacerbado busca ganar adeptos y votos también.

Durante los últimos años, la Ciencia Política junto a otras disciplinas han fundado innumerables construcciones categoriales, explicativas de los hechos sociales y políticos y de las nuevas formas de polarización y polaridad que se van asentando en nuestra sociedad. Tradicionalmente hemos estudiado y utilizado las referencias a polarización política (actitudes y conductas hacia personas y/o partidos políticos) e ideológica (extremismos de no aceptación en el arco de izquierdas y derechas). Sin embargo, hoy las sociedades y los actores políticos ampliaron los márgenes de polarización, trascendiendo a los partidos políticos, las élites dominantes, las militancias o la simpatía política hasta dar lugar a aquello que se denomina “polarización afectiva”: en ella se incorporan distancias sociales, intolerancias, hostilidades, odio, discriminación, exclusiones, racialidad y una emocionalidad negativa exasperada hacia el otro.

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Este 2024 ya está signado, en sus primeros días, por una fuerte polaridad afectiva. No se repara en la necesitada institucionalidad del Estado, en la comprensión de los urgentes acuerdos y consensos políticos, en la gobernabilidad necesaria (la legislativa y la de las calles) o en el establecimiento de un nuevo pacto social. Todo se acciona bajo intereses personales y esos intereses van coreando el desprecio hacia el otro. El péndulo muestra en cada oscilación hacia el extremo una intransigencia mayor.

Carl Schmitt sostuvo que “la esfera de lo político se determina en última instancia por la posibilidad real de que exista un enemigo”. Esto dialécticamente nos muestra que los colectivos sociales, en su alta complejidad, están determinados por las relaciones amigo/enemigo y su constante intento de eliminación mutua. Todo ello conduce, por lo tanto, a poco más o menos que una resignada convivencia con el conflicto, siempre latente y siempre presente.

En tiempos tecnológicos que favorecen la polarización afectiva, Norma Morandini, premio Pluma de Honor de la Academia Nacional de Periodistas de Argentina piensa con irónica sinceridad: “Las redes sociales que democratizaron la expresión, al ser utilizadas por los gobernantes, como si fueran ciudadanos de a pie, han distorsionado el debate público. Se habla de los malos, no de los males. La cultura de la imagen y el aparecer le dan la razón al poeta portugués, Fernando Pessoa, quien decía: «el que inventó el espejo envenenó el alma». La obsesión por el mostrarse llevó al paroxismo. Todo está a la muestra, si hasta dan ganas de pedir un poquito de hipocresía. Al final las formas y la civilidad son el corsé que nos ponemos encima para no descarriarnos en tiempos de locura. Lo cierto es que la polarización, grieta o brecha, desnuda nuestro fracaso democrático, ya que lo relevante es el respeto que nos debemos y no que pensemos de manera diferente”. La democracia está dejando de ser una fiesta de esperanza colectiva y se ha convertido en la arena del Coliseo romano, allí donde unos y otros se despedazan para intentar sobrevivir.

(*)Jorge Richter Ramírez es politólogo

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Del proceso de cambio a la neurosis

Los caminos del poder no siempre recorren los caminos de la virtud y la corrección, la irracionalidad es también un factor en juego.

Jorge Richter, vocero presidencial, en Piedra, Papel y Tinta. Foto: La Razón.

Por Jorge Richter Ramírez

/ 19 de noviembre de 2023 / 06:50

DIBUJO LIBRE

Fiel a la inclinación más natural del hombre, la estructura política del mayor proyecto popular y social movilizado en la historia de Bolivia va dejando de ser un partido político para convertirse en una neurosis, en los hechos prácticos, dos partidos confrontados y un proceso que puede terminar en hundir a todos sus protagonistas. Erich Fromm, en su estudio “Psicoanálisis de la sociedad contemporánea” se preguntaba: ¿Puede una sociedad estar enferma? Inmediatamente responde advirtiendo sobre “el peso de conciencias dependientes y homogeneizadas” que se imponen sobre la misma naturaleza humana. Esto es lo que llama los consensos coercitivos que devastan toda individualidad, uniforman los comportamientos, extinguen el yo personal y se adscriben dependientemente a modelos de vida y políticos predeterminados. Dice Fromm, también: “Lo que es muy engañoso en cuanto al estado mental de los individuos de una sociedad, es la ‘validación consensual’ de sus ideas. Se supone ingenuamente que el hecho de que la mayoría de la gente comparte ciertas ideas y sentimientos demuestra la validez de esas ideas y sentimientos. Nada más lejos de la verdad. La validación consensual como tal, no tiene nada que ver con la razón ni con la salud mental… El hecho de que millones de personas compartan los mismos vicios, no convierte esos vicios en virtudes, el hecho de que compartan muchos errores, no convierte a éstos en verdades, y el hecho de que millones de personas padezcan las mismas formas de patología mental no hace de estas personas gentes equilibradas…”

Se instalan en el tiempo reciente prácticas de odio que moldean una política que desprecia el respeto societal e individual. Una esmerada habilidad para destruir dignidades, terminar con reputaciones y doblegar moralmente a quienes desafían el pensamiento único y absolutista, que no acepta siquiera tonos de variación. La mala práctica del hombre del odio es seguida, esparcida, extendida y ejecutada por los mensajeros del odiador, con total impunidad que siempre es una construcción plural, diversa, de múltiples participantes, con complicidades de apoyo y asociaciones diversas. Todo este eje, anclado a un dispositivo rápido, común y de fácil implementación: la degradación de las personas públicas en redes sociales, su inusitada violencia mediática y la base de sus discursos odio.

En nuestra política cotidiana, la deformación de los liderazgos políticos por obcecación irracional de poder y de resistencias al paso del tiempo, hace que no todo sea explicable y comprensible, que no siempre haya respuestas posibles y razonadas, que no se encuentre sentido lógico a innumeradas conductas, que no todo sea justo ni merecido. Entonces, se va aprendiendo a vivir con esto, se normaliza la locura y el desenfreno enfermizo de quien odia y destruye para, según su retórica sempiterna, “representar mejor”. Esto ocurrirá mientras la impunidad organizada y su aceptación sigan siendo parte de esa minoría que dirige y se impone categóricamente.

El hombre del odio no quiere un entorno de pensantes, de gente de luz, de productores de ideas y de miradas de Estado, menos militantes formados y activos en la opinión, quiere mascotas, obediencia sin más. Muchos están dispuestos y ejercen ese rol infame y despersonalizado. Cumplen las funciones de ser los mensajeros del odiador, destinados a ser solo eso. Participan y compiten entre ellos, en el único papel de trasladar odio, intolerancia, difamación, calumnia, pues no dan para algo más ya que cumplen con el requisito primero de acreditar un encefalograma muy plano, porque cuando la exigencia de pensar llega, realizar ese esfuerzo se les convierte en una tarea sobrehumana, ahí empiezan a sentirse en orfandad, abandonados, lejos del gremio de fuerza que es el club dirigencial del odio.

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Sin esperar el futuro, el hombre del odio y sus mensajeros ya son seres castigados, confinados merecidamente en el pequeño espacio de una militancia destructiva e intolerante pero sí, con altísimo ruido público que los hace ver como una muchedumbre. Castigados porque en sus rostros de odio, de enrabietado descontrol y ceños fruncidos se expresa, indisimuladamente, la desdicha. Caminan, hablan y van por la vida profundamente desdichados. Quien lastima a una mujer, a un joven, a una familia, aunque rece en domingo, vive profundamente desdichado.

El hombre del odio expresa en sus ambiciones desmedidas la evolución inversa y negativa. Si alguna vez sus creencias democráticas cautivaron de gran manera, hoy ha colocado éstas en un paréntesis para sustituirlas por odio y destrucción. En el candelero de cada mesa de las familias, hay algo que vemos todos, que el hombre del odio quiere que seamos una sociedad donde se despedace al otro, que nos maltratemos, que odiemos como él, incomprensiblemente, pero con desenfreno.

Con el hombre del odio, el razonamiento de hoy es: el que se oponga al verticalismo autoritario del caudillo debe aceptar la flagelación y el escarnio público por él ordenado. Quien retroceda ante el escarnio público, debe aceptar el verticalismo autoritario.

Entre 1942 y 1951, Albert Camus fue construyendo un cuaderno de reflexiones filosóficas, apuntes, proyectos de libros, descripciones de países, anécdotas vistas y escuchadas. Todo aquello, años después, constituyó un libro que se presentó bajo el nombre de Carnets. Allí escribió: “La inclinación más natural del hombre es hundirse y hundir con él a todo el mundo. ¡Cuántos esfuerzos desmesurados cuesta ser simplemente normal! Hacen falta ríos de sangre y siglos de historia para llegar a una modificación imperceptible de la condición humana. Tal es la ley”. La tragedia, sin embargo, no es la solución.

(*)Jorge Richter Ramírez es politólogo

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La beatería de la corrección política

¿Qué hacer frente a voces que optan por las consignas violentas y dinamitan toda posibilidad de un diálogo democrático?

El vocero presidencial, Jorge Richter, en entrevista con La Razón.

Por Jorge Richter Ramírez

/ 5 de noviembre de 2023 / 06:17

Dibujo libre

¿Hay vida inteligente entre el insulto gratuito y la dictadura del buenismo? El interrogante va en la tapa del libro La corrección Política, un texto que reúne, en un imperdible debate, a Jordan Peterson, Stephen Fry, Michelle Goldberg y Michael E. Dyson todos ellos hablando, pensando y reflexionando, a favor y en contra, sobre lo políticamente correcto.

Es muy simple decirse y autoseñalarse demócrata, pero es tortuoso actuar como tal. De hecho, en la tiranía del significante vacío de democracia y demócrata, todos buscan instalarse y ocupar un espacio dentro de él, incluso aquellos cuyo comportamiento está más en las formas de lo que Enzo Traverso denomina como los posfascismos, conductas que tienen inserto el espíritu de la intolerancia, el desprecio y los resentimientos. Nuestra atención debe estar en esto. Como sociedad, como individuos, es a momentos importante y necesario enfrentarse a ideas que no nos gustan. A discursos que pueden ofender, pero que se deben combatir también con discursos e ideas, no con odio.

El desprecio al diálogo, los consensos, la palabra escuchada, son los cimientos del pensamiento único, el corolario de una beatería de la corrección política y la democracia aparente. Es correcto defender la igualdad, la inclusión social, el respeto por la diversidad, los derechos expandidos, pero todo ello se podrá siempre perfeccionar sin ser aludido de desertor. Sin embargo, cuando la corrección política se entremezcla con la obstinación por la acumulación política y de poder termina creando bandos, cerrando el debate, censurando, buscando definir lo que está bien y aquello que no, señalando a personas e ideas y finalmente, dictaminando lo que debe ser aceptado como la verdad única. Una imposición de cómo es y debe ser el mundo, la sociedad y también el Estado. No hay argumentos, solo una única afirmación. Quien se opone será denostado, infamado, mancillado y por supuesto, estigmatizado.

Intentos moralizadores de moralinos evidentes. Imparables en su intención de distanciar las sociedades entre buenos y malos, ellos y nosotros. La corrección política ha desestructurado el viejo y ofensivo lenguaje hasta convertirlo en lo indeseado de una sociedad. Thomas Cranmer, redactor del Libro de Oración Común de la Iglesia Anglicana decía, sin dejar que la razón le asistiera, “No hay nada creado por la mente del hombre que, con el tiempo, no se haya corrompido parcial o completamente”. Esto nos ocurre como un hecho inaceptable con las palabras inclusión, derechos expandidos, pueblos indígenas, originarios, campesinos, revolución cultural y Estado Plurinacional y de todo lo bueno logrado en estos años; hoy se quieren realizar otras acciones que denigran la democracia y el sentido profundo e histórico del principio de inclusión social.

Las acusaciones injustificadas, las denuncias infundadas, el escarnio público, la creída superioridad, el vocabulario rabiento y maledicente, la hostilidad indisimulada y la intolerancia encolerizada son las infamias deformadas de quienes, imaginadamente situados en lo políticamente correcto, hacen del agravio una conducta frecuente. Si la corrección política encierra el sentido de incorporar lo diverso, pues la diversidad de opinión tiene que ser aceptada como fundamento mayor de una sociedad diversa, plural y tolerante.

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Los esfuerzos por una trabajada ética política pareciesen no tener consecuencias positivas. Para ciertos actores políticos, todo está resuelto, acabado y discutido. La sociedad debe ser como ellos la piensan. El Estado debe seguir su mirada reducida pero entendida como universal y quienes se oponen a ellos están en el lado crítico de la historia, en la derechización y lo políticamente repudiable. Stephen Fry grafica de la siguiente manera todo lo dicho: “La Revolución francesa terminó con el Comité de Seguridad General aprobando una ley. La ley decía que se podía coger un trozo de papel que dijera algo así como el citoyen Du Roque es un enemigo de la Revolución, clavarlo en un poste en la plaza principal y esa persona sería detenida. Es básicamente lo mismo que poner un tuit, exactamente la misma idea”.

Estamos transitando un tiempo que denota una angustiante falta de honestidad y responsabilidad con la palabra utilizada. Alguno, desde el peldaño más alto que imagina en pertenencia absoluta, supone también que puede estigmatizar con ilimitada arbitrariedad a todos aquellos que son disonantes con él, que señalan otros caminos, que trabajan el pensamiento crítico o pensamiento superador. Allí, en el púlpito tecnológico de las redes sociales, se instala como si fuese la palabra mayor, y empieza entonces su labor de infamar a todo a quien pueda contrariarlo.

En la radicalidad a la que conduce la intolerancia y el odio, el extremista siempre estigmatiza a quien lo antagoniza y lo critica. En esa tarea, su discurso es una puesta en escena teatralizada, con risas forzadas, mentiras recurrentes en formato victimizado. “Escena histérica y espectacular, de teatralidad religiosa perfecta en el discurso y en el texto” diría Marcia Tiburi.

Quien dice lo que dice sin responsabilidad alguna, debe ser cuestionado, interpelado discursivamente y nos debe conducir a reflexionar y encontrar alternativas políticas al porqué, desde lo que en un principio era la corrección política requerida, van surgiendo discursos que practican la humillación pública del otro de parte de quienes asumen la función no delegada de inquisidores de la sociedad.

La Bolivia 2025 requiere la construcción de una agenda electoral diferente. Diferente quiere decir sin la presencia de quienes hacen del desprecio su forma imaginada de progreso político. Los extremistas se encuentran en la violencia, allí quedan frente a frente con su irracionalidad absurda. Gritan, insultan, calumnian y violentan la sociedad. La violencia los hace sentir poderosos. Con ellos, es imposible la unidad, el logro de objetivos fundamentales y la búsqueda de propósitos comunes.

(*)Jorge Richter Ramírez es politólogo

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