María F. tiene 45 años y es vecina de una villa alejada de El Alto, tiene una pequeña tienda y algunos sobrinos que la quieren con toda el alma; nunca se casó. María pensó que la cuarentena impuesta por el COVID-19 sería breve y decidió que era el mejor momento para visitar a su familia en el campo, donde crían ovejas y hay siempre alguito para comer. Pasaron los días y María, desesperada por la familia y la casa que dejó con candado, intentó regresar a pie la mayor parte del camino. No pudo. Fue interceptada por el patrullaje de las trancas y obligada a regresar al campo.

María reza ahora a cielo abierto sin iglesia ni juntas vecinales, piensa que el COVID-19 es la peor desgracia, el fin del mundo, “es castigo”, dice cuando le dan ganas de leer la Biblia (por si acaso) o cuando se acuerda que alguna vez fue evangelista. Lleva razón, es incierto todavía lo que la pandemia del COVID-19 le hará a los países pobres o economías descalabradas en la próxima década, pero en algunos casos como en Sierra Leona, dónde solo hay un respirador para 7 millones de almas, Yemen o Siria no es necesario dejar volar la imaginación a la hora de predecir la devastación.

Paradójicamente, María goza de sorpresivos privilegios. Suspiré con un poco de alivio cuando me dijo que se había quedado a cuidar a sus ovejas y que podía salir a pastear y respirar aire puro. “No hay tanta comida, pero hay”, me recalcó, acentuando el “no”. “Nos ayudamos”, pero no será suficiente. Imagino un trueque comunitario, aunque los negocios son siempre negocios para María; igual me dice que no tuvo tiempo de abastecerse y eso le preocupa mucho.

Posiblemente desacatará órdenes e intentará ir a la feria del pueblo a comprar lo indispensable, aunque no le toque en el número del carnet salir el día de feria. Le digo que tiene que guardar la distancia en relación a las otras personas para no contagiarse. No tocarse la cara, lavarse las manos. María le tiene pánico al COVID-19. “Me han dicho que te ahogas y te mueres. Rapidito pasa todo”, concluye.

Es ilusorio creer que el COVID-19 se perderá en la inmensidad del altiplano, que encontraremos la cura en una planta milagrosa en lo profundo de la Amazonía, o que la vacuna llegará en un mes. Es mentiroso creer que nos despertaremos a un final feliz. Pero en esta distopía, al parecer María tendrá más chances de evitar el contagio que un citadino, mucho mejor alimentado y dormido en La Paz o Santa Cruz. Quizás en este universo pandémico los últimos serán los primeros.

Mientras las grandes economías elaboran sus mejores estrategias para sobrevivir e improvisan contener a un monstruo que los ha sobrepasado, y ajustan sus estadísticas para evitar el pánico; mientras la misma élite científica mira con perplejidad al microscópico enemigo, María espera, los vecinos pobres del mundo esperan asfixiados a que aparezcan las soluciones.

Una reciente editorial de The Economist nos tira unos cuantos caramelos respecto a las economías demacradas. Como África, América Latina es pobre, pero joven, y por lo tanto, con altos chances de sobrevivir al COVID-19. El promedio de edad en Bolivia en 2018 rondaba los 27 años, y el grueso de la población nacional estaba entre los 15 y 59 años, lo que representa un bajo riesgo para la voracidad del COVID-19 en números, pero difícilmente en hechos. Lo ha dicho más de una mente iluminada: sobreviviremos al virus, pero no a la pobreza que dejará a su paso.

“Quédate en casa si puedes” ha sido el eslogan de una campaña mexicana que busca despertar la empatía de la población, algo mucho más recatado que “la inmunidad de la manada” (herd immunity), que llevó a terapia intensiva al primer ministro del Reino Unido, a Boris Johnson. “Si puedes” significa para muchos esa gruesa raya entre el privilegio y el pragmatismo, pero no puede ser la condena. ¿Cómo castigar con miedo a alguien ya condenado a la incertidumbre?

María me insiste en que quiere volver a casa porque “seguro ya se han entrado los rateros”. Desconoce que en su lugar del mundo ese aislamiento involuntario es un oasis. Tiene agua de la vertiente, electricidad a veces, señal de celular, coca, y es suficiente. El área rural, que alberga a un tercio de la población boliviana, podría ser en la cuarentena la némesis del paradigma del #quédateencasa. María tiene mucho más chance de evitar el contagio en su pueblo que en El Alto o en La Paz y su insoportable densidad demográfica. Para ella, no debería ser un castigo quedarse en el campo, sino una opción con beneficios. Y lo mismo para los más vulnerables, arrinconados con miedo porque un mal estornudo significa dolor y muerte.

Un crudo cálculo sugiere que por lo menos el 60% de la población en el mundo se infectará con el COVID-19, y de ese porcentaje un 4,4% necesitará cuidados intensivos. Las ciudades, los barrios apretujados de almas y necesidades están infestados de los nuevos tipos de zombies, los asintomáticos no diagnosticados, esos seres llenos de vida y anticuerpos que se han llevado el virus por delante y salen a las calles imberbes, creyéndose supercriaturas (y lo son), repartiendo la enfermedad sin saberlo. No creo que sea mi caso, quizás el de María, pero correr el riesgo no vale la pena.

Tendríamos, sin embargo, que usar a esos asintomáticos a nuestro favor y no en contra. Que el distanciamiento social nos lleve a entender que el aislamiento es necesario, pero finito. La matemática no debería simplificarse a más encierro, menos contagios. La fórmula es a mayor cantidad de asintomáticos con inmunidad confirmada, más rápido llegará la inmunidad de la manada. Es decir, más certezas, menos incertidumbres.

María me contó que hila lana y cuida a sus ovejas, que la siembra de papa ha sido buena, pero que ha escuchado que ha habido contagios en el campo, y que se le está acabando el crédito en su teléfono. La gran alegría es que todavía hay ingredientes para hacer sopaypillas, hasta ver qué sigue.

Inga Llorenti, periodista.