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jueves 9 jul 2020 | Actualizado a 07:10

¿Aprenderemos de la crisis del coronavirus?

En la actual crisis desatada por la pandemia se debe privilegiar y proteger el capital humano por encima de todo.

/ 1 de mayo de 2020 / 06:38

Buscar lecciones económicas de una crisis en curso no es una tarea muy bien vista. Generalmente las lecciones surgen después de superar la crisis y, dado el triunfalismo consecuente, por lo general se olvidan las lecciones, o no se aprende nada, o ni siquiera se interesan en encontrarlas. Eso pasó con la crisis financiera de 2007 y la gran contracción del comercio mundial en 2008. Ni hablar de lecciones del siglo pasado como la crisis de 1929 y la posterior Gran Depresión, que han desaparecido de los libros de economía.

La novedad que esta crisis no ha sido provocada directamente por factores económicos como los activos financieros tóxicos de las hipotecas en 2007, o la insuficiencia de demanda efectiva en la crisis de los años 30. La causa tampoco es la esencia del capitalismo, como pronosticó Marx en el siglo XIX. En el caso actual el detonante ha sido un virus, el COVID19; mientras que las medidas de contracción de la oferta y la demanda a nivel global, resultantes de las políticas sanitarias aplicadas, han sido los mecanismos de propagación. Después se escribirá mucho sobre la reacción, positiva o negativa, de los gobiernos. Mientras tanto, ¿aprenderemos algo desde el punto de vista económico? Porque desde el punto de vista sanitario, estoy seguro que jamás nos olvidaremos de esta pandemia.

Una primera lección se deriva del cambio brusco de la panacea de la globalización al cierre de fronteras físicas y humanas. Así, de un momento a otro, hemos cambiado de la aldea global abierta a mi aldea nacional cerrada; de la industria sin chimeneas del turismo, a la industria con virus traídos por los de afuera; y de la expresión el mundo es un pañuelo, al mundo es un barbijo. Como todo falso dilema, el problema no es abrirse completamente o cerrarse, sino, cómo insertarse selectivamente a los mercados internacionales en función de las capacidades del país y el momento histórico. Si bien no vendrá la temida desglobalización, es probable que la modalidad de participar en ese mundo global cambie, con nuevas oportunidades pero también amenazas.

Una segunda lección está relacionada con las medidas fiscales o paquetes aplicados por casi todos los países en un contexto en que predominaba la austeridad fiscal, los equilibrios fiscales y la prudencia fiscal. Ahora todos son keynesianos, inclusive el FMI, aunque después venga el problema por sus efectos en la deuda. El cambio brusco de contraer el gasto fiscal a su expansión y del Estado policía al estado gastador nos enseña que en economía el rol estatal depende de las condiciones prevalecientes, y que en última instancia el Estado es el resorte que tiene un país.

En 2001, 40 países adoptaron las reglas de la responsabilidad fiscal. La llamada regla de oro o el límite constitucional del déficit fiscal (adoptada desde los noventa por países como Suecia y el Reino Unido) es una disposición constitucional que restringe la posibilidad de un gobierno de gastar más de lo que recauda, limitando así el crecimiento de la deuda pública para garantizar la sostenibilidad de las finanzas estatales a largo plazo (Wikipedia). Si bien las medidas fiscales se suponen transitorias, ya se abrió la cerrada puerta del equilibrio fiscal a cualquier costo.

Después de las medidas para enfrentar la crisis de 2008, los países siguieron aumentando la concentración del ingreso en beneficio de los más ricos. Lo cual permite inferir una tercera lección: generalmente se salva el capital financiero y no el capital humano. Con esta crisis no se afectó el capital físico. Si bien el capital financiero, que siempre es volátil, registra “pérdidas contables” con las caídas de las Bolsas, termina recuperándose y vuelve a la exuberancia bursátil como si nada hubiese pasado. En cambio, los trabajadores formales e informales pierden su riqueza, sus ingresos y sus ahorros.

En un artículo sobre los costos en capital humano de las crisis, Eichengreen señala que aquellos que sufren el desempleo cuando la situación económica empeora pueden quedar marcados permanentemente. Las consecuencias negativas son más frecuentes cuando el desempleo es recurrente o prolongado. Así, aunque se espera que, como toda epidemia, la actual crisis sanitaria sea transitoria, resulta importante privilegiar y proteger el capital humano por encima de todo.

Gabriel Loza Tellería, economista, expresidente del Banco Central de Bolivia.

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De la crisis de los años 30 a la crisis de los años 20

Los países están a tiempo para que la actual crisis sea solo de un año, y no se prolongue toda una década, como sucedió hace 90 años

/ 23 de mayo de 2020 / 06:25

El fuerte aumento en EEUU de la tasa de desempleo de un mínimo alcanzado de 3,5% en febrero a un 14,7% en abril, que significa más de 20,5 millones de desocupados, es tal vez el indicador más incuestionable para indicar la magnitud de la crisis desatada por el coronavirus SARS-CoV2, comparada con la crisis de 1929-1932, cuando en EEUU la producción real registró una caída de 30% y el desempleo alcanzó un 33%.

Hace 90 años ocurrió el llamado crack financiero en octubre de 1929, con la debacle de la Bolsa el  28 de octubre de 13% y el 29 de octubre del 12%, lo cual dio origen a la Gran Depresión de los años treinta. Como resultado de la pandemia por el COVID-19, el 12 marzo el Dow Jones cayó un 12%, y el 16 de marzo 10%, totalizando una caída acumulada de 37% en un solo mes.

La crisis de 1929 tuvo su epicentro en Nueva York, y contagió al resto del mundo en la primera fase de la globalización. En cambio, la crisis que hoy atravesamos quizás sea la última fase de la globalización, y si bien su epicentro fue la ciudad china de Wuhan, impulsó el encapsulamiento casi simultáneo de la economía global, dando lugar a un gran confinamiento.

La Gran Recesión fue una crisis sistémica financiera, mientras que la crisis actual es un shock de oferta y demanda, resultante de las medidas de encierro social y económico. Las cuales si bien han provocado caídas bursátiles pronunciadas, pero de muy corta duración y rápida recuperación, todavía no se han convertido en una crisis financiera sistémica.

Un dato interesante es que en la crisis de 1929 Milton Friedman le echó la culpa a la Reserva Federal (Fed) por la depresión, acusándola de no haber reaccionado; pues entre agosto de 1929 y marzo de 1933 la cantidad de dinero en circulación se redujo en un 30%. En cambio, en la crisis actual la Fed bajó inmediatamente las tasas de interés de referencia, y realizó una expansión cuantitativa del dinero, mediante medidas no convencionales con $us 500.000 millones en programas de préstamos de emergencia; y prometió que podría cuadruplicar más el tamaño de su empuje al inyectar $us 2.300.000 millones de dólares a la economía. Es decir, hasta ahora se ha actuado inmediatamente, con medidas tanto fiscales como monetarias.

En la crisis del 29, los países cerraron sus fronteras económicas con altos aranceles y elevadas devaluaciones, dando lugar a una caída del comercio mundial del 66%. Actualmente, si bien las medidas proteccionistas han aumentado, éstas se concentran en productos sanitarios y alimentos. En cambio, los países han realizado fuertes devaluaciones monetarias, como por ejemplo en América del Sur. Así, producto del gran confinamiento se prevé una reducción del comercio mundial en 2020 entre el 13% y el 32%, como consecuencia de la perturbación de la actividad económica normal, causada por la pandemia del COVID-19 en todo el mundo.

Los países están a tiempo para que la actual crisis sea solo de un año y no se convierta en la crisis de los años veinte del nuevo siglo, es decir, de toda una década, como sucedió hace 90 años cuando se rompió el sistema multitaleral incipiente y se dio lugar a salidas unilaterales de quién se salva primero con guerras comerciales y cambiarias.

Todavía tenemos a la Organización de las Naciones Unidas, cuyos Estados miembros han actuado desunidos, un sistema multilateral con instituciones que velan por el comercio como la OMC, y financieras, como el FMI, el Banco Mundial y el Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés), los cuales deberían imponer la cooperación en lugar de la confrontación. Mejor no hablar de las instituciones de integración regional y subregional, que deberán pasar de las palabras a los hechos implementando salidas concretas y concertadas, especialmente mediante la coordinación de sus bancos centrales, como en el caso del Fondo Latinoamericano de Reservas (FLAR).

Gabriel Loza Tellería, economista

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