Voces

viernes 29 may 2020 | Actualizado a 06:47

1 de mayo en tiempos difíciles

La actual crisis debiera considerarse como una oportunidad para atenuar los abismos de la desigualdad social

/ 3 de mayo de 2020 / 06:28

Todas las previsiones sobre el curso que abarcaría la crisis del coronavirus COVID-19 a escala planetaria han sido sobrepasadas por la realidad. A estas alturas sigue siendo un acontecimiento en pleno desarrollo, lo que impide extraer conclusiones definitivas, que podrían ser desmentidas muy rápidamente por los hechos. Pareciera que el único tema en el que muchos concuerdan es que, concluida la pandemia, la normalidad a la que se arribe no será la misma. El mundo habrá cambiado mucho. Según los optimistas, para bien. Según los pesimistas, para mal. Y según los escépticos (como quien escribe este artículo), nada cambiará hacia un signo positivo sin una acción organizada y consciente de la mayoría de la gente.

En tal sentido, la actual crisis debiera considerarse como una oportunidad, quizá la última, para atenuar los abismos de la desigualdad social, y para frenar, por lo menos en parte, la agresión contra el entorno natural que nos rodea, del que formamos parte y con el cual debiéramos reconciliarnos. ¿Soñar no cuesta nada? Verdad, es un sueño, una aspiración ideal legítima e irrenunciable. Si los seres humanos estuviésemos completamente privados de soñar, si no pudiésemos adelantarnos a la realidad y contemplar con la imaginación la obra bosquejada, sería imposible entender las causas que motivan a las personas a emprender grandes obras.

Los líderes que en 1886 fueron ejecutados en Chicago soñaron con la jornada laboral de ocho horas y con una sociedad libre de la degradante semiesclavitud de niños y mujeres. Más de 200 años después se los sigue homenajeando como pioneros de muchas conquistas posteriores.

Juan Albarracín, Luis Oporto y otros autores recuerdan que la conmemoración del 1 de mayo, promovida en Bolivia inicialmente por pequeños grupos de artesanos e intelectuales como la “fiesta del Día del trabajo”, paulatinamente se fue transformando en una jornada de reafirmación de reivindicaciones, de fortalecimiento de la organización y de despliegue de propuestas de cambio social. Los  autores señalan que en 1907 la Sociedad de Obreros “El Porvenir” organizó en La Paz la celebración del 1 de mayo “en homenaje y recuerdo de la tragedia de Chicago” con el siguiente programa: “30 de abril: velada artística literaria, realizada en el Teatro Municipal. 1 de mayo: desfile de trabajadores, agrupados en organizaciones gremiales y obreras. Recepción social en el hotel ‘París’”. “El festival artístico-literario organizado por las instituciones obreras de La Paz fue calificado de espléndido con discursos aplaudidos, como el del delegado de la Unión Gráfica Nacional, Wenceslao Ballón”.

La prensa liberal de la época saludó entusiasta estas celebraciones, con el obvio propósito de reforzar la utilización como masa votante que hacían de los grupos de artesanos y obreros. Pero no faltaron voces en contrario. El Diario publicó el 30 de abril una nota que en parte salientes decía: “¡Alerta! Se trata de festejar, por primera vez, la fiesta del trabajo en Bolivia, el próximo 1 de mayo, este sería el paso más temerario. Es una manifestación emboscada de la protesta contra el capitalismo… La fiesta del trabajo es esencialmente socialista… es de aquellas que tratan de inculcar en los pueblos la criminal utopía de la igualdad soñada. Obreros, ¡no sóis socialistas! ¿Por qué cooperar en una manifestación caracterizada del socialismo? ¡Alerta obreros! Y alerta también vosotros los de las clases acomodadas. Lo que hoy se proyecta es una chispa que puede producir un gran incendio”.

El 1 de mayo pasado estuvo marcado por el aislamiento social impuesto por la cuarentena, es comprensible. Pero también abundaron reflexiones que, pese a todo, no renuncian el objetivo de una sociedad menos polarizada entre ricos y pobres. De hecho, repartir el peso de la salida de la crisis y la recuperación con un mínimo de equidad debiera significar que aporten más los que tienen más… y ahí se verá qué intereses predominan en cada uno de los gobiernos.

Carlos Soria Galvarro, periodista.

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No pudieron amordazar la libertad de expresión

La llamada Disposición Adicional Única del DS 4231 tenía la marca y el sello de los tiempos de dictadura.

/ 17 de mayo de 2020 / 07:00

Como lo hicimos en anteriores y posteriores oportunidades, en 1987 y 1988, los trabajadores de la prensa libramos una exitosa batalla contra los resabios dictatoriales. Ocurrió que al senador banzerista Mario Rolón Anaya (quien, entre otras cosas, fue canciller de Luis García Meza) luego de una larga tramitación subrepticia hizo aprobar un proyecto de ley que a la letra decía: “Artículo único.- Los delitos previstos en la Ley de Imprenta de 10 de enero de 1925, serán tipificados de acuerdo al Código Penal vigente, y su trámite procesal se sujetará a las previsiones del Código de Procedimiento Penal”.

Todas las organizaciones del gremio periodístico, incluso algunos directores propietarios de medios de difusión, calificamos aquel proyecto como “Ley mordaza”. El semanario Aquí, dirigido entonces por Antonio Peredo y cuyo director-fundador (Luis Espinal) había sido torturado y asesinado en marzo de 1980 por los militares golpistas, fue el primero en dar la clarinada de alerta, en su edición del 24 de octubre de 1987: “El  Senado aprobó un proyecto de ley que intenta derogar la Ley de Imprenta. Mario Rolón Anaya es el autor de este atentado (…) Si se aprueba la ‘Ley Mordaza’, nadie se atreverá a denunciar la corrupción y el negociado”.

A renglón seguido se realizaron diversos encuentros y conferencias de reflexión y análisis sobre el tema, y se emitieron pronunciamientos, artículos de opinión y editoriales. De un modo general, se admitía la que la Ley de Imprenta adolecía de ausencias notables y procedimientos difíciles de aplicar, pero en sus aspectos esenciales garantizaba el ejercicio de la libertad de expresión, no solo de los y las periodistas, sino también de la ciudadanía en general. Paralelamente tuvieron lugar manifestaciones callejeras cada vez más numerosas y combativas con presencia creciente de dirigentes de organizaciones sociales e incluso parlamentarios, tanto oficialistas como opositores.

El diario Presencia, cuyo director entonces era Armando Mariaca, anotó lo que viene ser una conclusión compartida: “No se trata de sostener que la Ley de 1925 sea ‘intocable’, sino de evitar que una forma precipitada, parcial y poco meditada coarte las libertades que la vieja norma consagra y garantiza”.

Como remate notable y exitoso de esas movilizaciones, el Sindicato de Trabajadores de la Prensa de La Paz (STP-LP, ahora federación) organizó un seminario sobre legislación en comunicación, que marcó las principales pautas sobre el tema, y dio lugar a sendas resoluciones del Senado y de la cámara de Diputados declarando plenamente vigente la Ley de Imprenta. A Rolón Anaya y a los proyectistas que lo apoyaban les salió el tiro por la culata. Los materiales de este importante evento fueron recogidos en el libro Ley de Imprenta contra Ley Mordaza, publicado a fines de 1988 por el STP-LP

En más de 30 años, la situación no ha cambiado, aunque no han faltado intentos por “modernizar” esta ya casi centenaria norma legal o, como ocurrió ahora, querer pasarla por encima no obstante que los principios que la sustentan están ya recogidos en la Constitución Política del Estado, como derechos a la información y la comunicación, y con los mecanismos de autoregulación de los propios periodistas.

La llamada Disposición Adicional Única del Decreto Supremo 4231, emitido por el Gobierno “transitorio”, tenía la marca y el sello de los tiempos de dictadura. En esencia era, agravado, lo mismo que pretendía Rolón Anaya. Querían luz verde para seguir con sus campañas revanchistas y para ocultar las tropelías y desatinos que cometen a diario. No sin razón la Asociación Nacional de Periodistas y la Asociación de La Paz emitieron un pronunciamiento conjunto, rechazando “la penalización de la libertad de expresión”. Las demandas de todos los sectores, dentro y fuera del país, fueron en aumento y les obligaron a dar marcha atrás. Más le vale.

Carlos Soria Galvarro, periodista

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