Voces

miércoles 23 jun 2021 | Actualizado a 14:46

1 de mayo en tiempos difíciles

La actual crisis debiera considerarse como una oportunidad para atenuar los abismos de la desigualdad social

/ 3 de mayo de 2020 / 06:28

Todas las previsiones sobre el curso que abarcaría la crisis del coronavirus COVID-19 a escala planetaria han sido sobrepasadas por la realidad. A estas alturas sigue siendo un acontecimiento en pleno desarrollo, lo que impide extraer conclusiones definitivas, que podrían ser desmentidas muy rápidamente por los hechos. Pareciera que el único tema en el que muchos concuerdan es que, concluida la pandemia, la normalidad a la que se arribe no será la misma. El mundo habrá cambiado mucho. Según los optimistas, para bien. Según los pesimistas, para mal. Y según los escépticos (como quien escribe este artículo), nada cambiará hacia un signo positivo sin una acción organizada y consciente de la mayoría de la gente.

En tal sentido, la actual crisis debiera considerarse como una oportunidad, quizá la última, para atenuar los abismos de la desigualdad social, y para frenar, por lo menos en parte, la agresión contra el entorno natural que nos rodea, del que formamos parte y con el cual debiéramos reconciliarnos. ¿Soñar no cuesta nada? Verdad, es un sueño, una aspiración ideal legítima e irrenunciable. Si los seres humanos estuviésemos completamente privados de soñar, si no pudiésemos adelantarnos a la realidad y contemplar con la imaginación la obra bosquejada, sería imposible entender las causas que motivan a las personas a emprender grandes obras.

Los líderes que en 1886 fueron ejecutados en Chicago soñaron con la jornada laboral de ocho horas y con una sociedad libre de la degradante semiesclavitud de niños y mujeres. Más de 200 años después se los sigue homenajeando como pioneros de muchas conquistas posteriores.

Juan Albarracín, Luis Oporto y otros autores recuerdan que la conmemoración del 1 de mayo, promovida en Bolivia inicialmente por pequeños grupos de artesanos e intelectuales como la “fiesta del Día del trabajo”, paulatinamente se fue transformando en una jornada de reafirmación de reivindicaciones, de fortalecimiento de la organización y de despliegue de propuestas de cambio social. Los  autores señalan que en 1907 la Sociedad de Obreros “El Porvenir” organizó en La Paz la celebración del 1 de mayo “en homenaje y recuerdo de la tragedia de Chicago” con el siguiente programa: “30 de abril: velada artística literaria, realizada en el Teatro Municipal. 1 de mayo: desfile de trabajadores, agrupados en organizaciones gremiales y obreras. Recepción social en el hotel ‘París’”. “El festival artístico-literario organizado por las instituciones obreras de La Paz fue calificado de espléndido con discursos aplaudidos, como el del delegado de la Unión Gráfica Nacional, Wenceslao Ballón”.

La prensa liberal de la época saludó entusiasta estas celebraciones, con el obvio propósito de reforzar la utilización como masa votante que hacían de los grupos de artesanos y obreros. Pero no faltaron voces en contrario. El Diario publicó el 30 de abril una nota que en parte salientes decía: “¡Alerta! Se trata de festejar, por primera vez, la fiesta del trabajo en Bolivia, el próximo 1 de mayo, este sería el paso más temerario. Es una manifestación emboscada de la protesta contra el capitalismo… La fiesta del trabajo es esencialmente socialista… es de aquellas que tratan de inculcar en los pueblos la criminal utopía de la igualdad soñada. Obreros, ¡no sóis socialistas! ¿Por qué cooperar en una manifestación caracterizada del socialismo? ¡Alerta obreros! Y alerta también vosotros los de las clases acomodadas. Lo que hoy se proyecta es una chispa que puede producir un gran incendio”.

El 1 de mayo pasado estuvo marcado por el aislamiento social impuesto por la cuarentena, es comprensible. Pero también abundaron reflexiones que, pese a todo, no renuncian el objetivo de una sociedad menos polarizada entre ricos y pobres. De hecho, repartir el peso de la salida de la crisis y la recuperación con un mínimo de equidad debiera significar que aporten más los que tienen más… y ahí se verá qué intereses predominan en cada uno de los gobiernos.

Carlos Soria Galvarro, periodista.

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Una vez más sobre el Che y los libros

/ 13 de junio de 2021 / 02:01

Se han escrito y se siguen escribiendo libros sobre el personaje que este 14 de junio hubiera cumplido 93 años: Ernesto Guevara de la Serna, más conocido como el Che.

Solo de autores bolivianos hemos registrado alrededor de un centenar; y no se crea que todos son encomios y alabanzas, baste mencionar que por lo menos 15 de ellos son de autores militares que, como es previsible, respiran por la herida; los hay también ensayos históricos de gran factura como los realizados por Gustavo Rodríguez Ostria (el último de los cuales tendrá una pronta edición póstuma); otros de matiz interpretativo y a la vez testimonial como los publicados en serie por Humberto Vázquez Viaña antes de fallecer; y también recopilaciones documentales como la serie El Che en Bolivia en cinco volúmenes (con dos ediciones impresas y una última digital descargable sin costo en www.chebolivia.org).

A ojo de buen cubero, podríamos afirmar que solamente la cruenta Guerra del Chaco y la irrenunciable reivindicación marítima produjeron en Bolivia un mayor número de libros que el Che.

He aquí algunos trabajos de bolivianos y extranjeros que nos parecen relevantes: los 10 Quaderni della Fundazione Ernesto Che Guevara (1998-2016), publicados en Italia por Roberto Massari, en los inicios solo en italiano y después en ediciones multilingües; más de una quincena de libros de la pareja cubana Froilán González-Adys Cupull producidos con similar persistencia; el rico aporte explicativo y reflexivo de En la selva (Los estudios desconocidos del Che Guevara… con el que el argentino Néstor Cohan rodea la publicación primicial de lo que él llama Cuadernos de lectura de Bolivia (apuntes y fichas bibliográficas de puño y letra del Che, confeccionados en Bolivia); Ramiro Barrenechea publicó en Santa Cruz Che: Revolución absoluta (2018), comprende: 1) La máscara invisible (destinada a demoler la argumentación de los dirigentes del PCB, principalmente Jorge Kolle), 2) La otra cara del espejo (sostiene la existencia de un “cerco interno” de los dirigentes comunistas bolivianos contra el Che), 3) Frente al capitalismo absoluto: revolución absoluta (ingresa al debate ideológico actual sobre el capitalismo y contra las posverdades que descartan cualquier cambio revolucionario), 4) Hacia una sociedad comunitaria postestatal (interesante parte propositiva).

Una escena imaginaria extravagante: sentados en torno a una mesa dialogan sobre la pertinencia de la obra y el pensamiento del Che, Humberto con Dogmas y herejías de la guerrilla del Che, Gustavo con su inmenso bagaje de información acumulada como historiador, Ramiro con Frente al capitalismo absoluto: revolución absoluta, Néstor con lo mejor de En la selva …, Roberto con Guevara y Marx: ´remaque´ crítico de una antigua película y la pareja Froilán-Adys con La CIA contra el Che. De seguro se desatarían interesantes controversias, enfoques diversos y dejarían temarios abiertos, tanto a la investigación histórica como a la reflexión teórica. Lástima que ya no se pueda realizar “en vivo” dicho debate. Humberto, Gustavo y Ramiro fallecieron en los últimos tiempos, solo quedan sus textos que, de uno u otro modo, recuperan al Che histórico, amenazado de ser convertido en un mito.

¿Puede y debe ser abordada por el mundo académico boliviano la temática aquí planteada? Creemos firmemente que sí, a la sola condición de hacer a un lado la maraña de prejuicios y nada más abrir los ojos ante la realidad que, dicho sea de paso, está mostrando sus más crueles y dramáticas aristas en virtud de la pandemia que actualmente padecemos.

El coloquio Che Guevara (1967-2017): imágenes, símbolos y legados, organizado en 2017 por la Université de Versailles Saint Quentin (Francia), hubiera sido imposible sin esos dos elementales requisitos. Se anuncia ahora que, con las presentaciones, también se hace un libro impreso. Uno más.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Lo que deben y no deben hacer los periodistas

/ 30 de mayo de 2021 / 00:33

Varias personas amigas y algunos colegas saludaron el recordatorio que hicimos sobre el Código Nacional de Ética Periodística y el reglamento vigente para el funcionamiento de su tribunal (TNÉP).

Dado que vivimos una temporada saturada de corruptelas, completamos la tarea resumiendo los puntos esenciales del código que, dicho sea de paso, soportó la prueba del tiempo: más de un decenio de vigencia. El TNÉP funcionó, a pesar del alejamiento del sector empresarial que estableció por separado su propio mecanismo exclusivo y excluyente. Remarcamos esto pues cuando el código se aprobó incluía a “los propietarios de los medios públicos y privados”. ¿Será que lo asumen por lo menos en parte, al haber participado en su elaboración?

Pues bien, luego de los propietarios el código abarca a directores, editores, periodistas, trabajadores que tengan que ver con las tareas informativas… así como quienes expresen opiniones a través de los medios. Todos ellos deben:

1) Informar con exactitud, equilibrio, veracidad, oportunidad, pluralismo y contextualizando los contenidos; 2) Presentar las distintas facetas de la información, tomando en cuenta las diversas fuentes…; 3) Presentar la información claramente diferencia de los comentarios. En ningún caso la información debe ser mezclada con opinión o condicionada por publicidad comercial, publicidad y o propaganda o por cualquier otro tipo de presión; 4) Usar siempre fuentes reconocidas, idóneas, apropiadas, confiables y verificadas para obtener noticias, grabaciones, fotografías, imágenes y documentos; 5) Proteger la identidad de las fuentes confidenciales…; 6) Citar obligatoria y correctamente las fuentes cuando éstas no sean confidenciales; 7) Respetar el embargo informativo y el “fuera de registro” (off the record); 8) Acatar y promover el respeto a la legislación referida a proteger los derechos de las personas sin discriminación alguna en el marco de la diversidad humana cultural y social; 9) Defender la naturaleza como un bien colectivo, contribuir a educar para su cuidado y promover la denuncia de hechos que generen contaminación y destrucción ambiental; 10) Salvaguardar la presunción de inocencia promoviendo un tratamiento informativo respetuoso para las personas involucradas; 11) Respetar la dignidad, el honor, la intimidad y la vida privada de todas las personas públicas y privadas (grupos humanos específicos…), deben referirse a sucesos o circunstancias de carácter privado cuando éstos involucren un interés público justificado y demostrable; 12) Proteger la identidad e integridad de todas las personas… sin discriminación alguna.

Asimismo, no deben:

1) Difundir informaciones falsas ni tendenciosas ni guardar silencio, parcial o total sobre hechos noticiosos; 2) Acudir al sensacionalismo ni exhibir… imágenes de cadáveres, de heridos graves o de personas en situaciones extremas, de manera morbosa y reiterativa; 3) Engañar, sobornar, intimidar, presionar… a sus fuentes, ni recurrir a dispositivos no autorizados para obtener información; 4) Invadir la privacidad de las personas fotografiando, grabando o filmando, cuando se le haya solicitado no hacerlo; 5) Hacer apología del delito ni emitir juicio anticipado sobre personas acusadas; 6) Utilizar su influencia como periodistas para obtener ventajas personales de cualquier índole…; 7) Utilizar información reservada… para su beneficio, en detrimento de terceros; 8) Recibir remuneración, obsequio o prebenda alguna de instituciones… que frecuenten en el ejercicio del periodismo.

Dejamos pendientes la cláusula de conciencia y el derecho a réplica y rectificación. Lo dicho hasta aquí basta y sobra para el comentario. ¿No les parece?

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Más de un decenio del Código Nacional de Ética Periodística

/ 16 de mayo de 2021 / 00:04

Tiempos hubo en que los trabadores de la prensa jugaban un importantísimo papel en el conjunto del movimiento popular boliviano, sobre todo en las tareas de esclarecimiento y la formación de conciencia en torno a los grandes temas nacionales. Dos de esos grandes temas estuvieron preponderantemente en la agenda periodística: la defensa de los recursos naturales, principal afluente para la formación de una conciencia patriótica y la lucha contra las dictaduras y sus resabios, así como contra nuevos brotes autoritarios surgidos en democracia. ¿Que esto significaba y significa asumir una posición política? ¡Claro que sí! En los mejores términos, lejos de la politiquería barata y los espectáculos circenses que, como en el caso de la Gobernación de La Paz, ofrecen estos días los políticos.

Asombra y duele que algunos colegas de las nuevas generaciones, cargados de títulos académicos y de pronto convertidos en “analistas”, arrojen por la borda esa loable tradición de luchas y, a título de apolíticos, escondan sus verdaderas posiciones no precisamente muy democráticas y menos patrióticas. Y este fenómeno se acrecienta por el extremo debilitamiento, casi dispersión, de las organizaciones sindicales y profesionales de la prensa en todos los niveles. ¿Están desapareciendo los espacios de reflexión y debate que, además, canalizan demandas y preocupaciones laborales? ¿Es dable imaginar a muchos jóvenes, varones y mujeres, trabajando aislados, atenazados por la inseguridad, la soledad y el miedo?

No es la hora de lamentaciones. Al contrario, con el optimismo que resta destacamos una importante creación del gremio: el Código Nacional de Ética Periodística, en torno del cual funciona un mecanismo de autorregulación que incluye un Tribunal y un Consejo Nacional que lo sustentan. Todo esto arrancó en 2009, pero después de un largo proceso de maduración, de intensos debates y construcción de consensos que involucraron a trabajadores de la prensa (sindicatos, federaciones y Confederación), asociaciones profesionales de periodistas (departamentales y la nacional ANPB), asociación de radioemisoras (Asbora), entidades de investigación académica y también agrupaciones empresariales (dueños de medios), aunque estos últimos muy pronto abandonaron la iniciativa y formaron su propio tribunal de honor exclusivo a cargo de la Asociación Nacional de la Prensa (ANP), situación que por similitud de siglas suele ocasionar confusiones. Para evitarlas, he aquí el Preámbulo:

“Este Código —que será aplicado por el Tribunal Nacional de Ética— recoge principios universalmente reconocidos para la autorregulación y el ejercicio ético del periodismo y buscará garantizar el derecho a la información y a la comunicación, …reconocido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (Art. 19), en la Convención Americana de Derechos Humanos (Art. 13) y en la Constitución Política del Estado de Bolivia (Art. 21 numerales 3, 5, 6; Art. 106 y Art. 107)”.

Luego vienen los cuatro Fundamentos y en una docena de incisos se establece lo que DEBEN HACER quienes tengan responsabilidades en el trabajo informativo y en otros ocho se apunta lo que ellos NO DEBEN HACER.

En sus respectivos acápites están el derecho a réplica y a rectificación, la cláusula de conciencia y el referido al funcionamiento del Tribunal Nacional de Ética Periodística (TNÉP), organismo constituido por personalidades representativas de la sociedad civil y connotados periodistas. El TNÉP funciona hace más de 10 años y emitió numerosos e importantes fallos. Al igual que muchas instituciones tiene actualmente dificultades, no solo por la pandemia, sino también por el inesperado fallecimiento, poco antes, de su última presidenta, la periodista Sandra Aliaga. Sin embargo, todos aguardamos que la pronta reactivación del TNÉP contribuya nuevamente a darle un norte al quehacer periodístico.

Carlos Soria Galvarro es periodista.

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Hablar con propiedad mejora la comunicación

/ 1 de mayo de 2021 / 23:52

Jamás olvidaré una muy saludable charla ofrecida hace muchos años por Isaac Sandoval Rodríguez en el viejo Sindicato de Trabajadores de la Prensa de La Paz (todavía me cuesta llamarlo “Federación”), acerca de la utilización apropiada de conceptos, especialmente en el trabajo periodístico. El prominente abogado, catedrático e investigador del desarrollo histórico social boliviano, se refirió a semejanzas y diferencias entre términos como “Estado”, “nación”, “nacionalidad”, “patria”, “territorio”, “país” y otros afines a veces utilizados desaprensivamente como sinónimos. Nos remarcó también, según creo recordar, que no es lo mismo decir “casa superior de estudios” que “casa de estudios superiores”, o “sesión por tiempo y materia” que “sesión permanente por tiempo y materia”, o peor aún, “ciudad del pagador” en vez de “ciudad de (Sebastián) Pagador”. Por supuesto, Sandoval hizo mención además a la carga histórica que frecuentemente expresan los conceptos y los enconados debates que se producen en torno a ellos.

El tema viene a cuento estos días no precisamente de la irresuelta polémica entre “golpe de Estado” y “fraude” que tiene visos de nunca acabar. Haremos énfasis más bien en los conceptos que encierran “1 de mayo” y “genocidio” con sus correspondientes baños de actualidad. Vayamos por partes. El primer día del quinto mes del año, ayer en el calendario vigente, está dedicado al mundo del trabajo y tiene su raíz histórica en Chicago, cuando en 1886 se desató la lucha por la jornada laboral de 8 horas y culminó con el ahorcamiento de un grupo de dirigentes, los Mártires de Chicago, condenados injusta e ilegalmente. Fueron las organizaciones socialistas que años después propusieron y extendieron a casi todo el mundo la celebración de esta fecha como Día Internacional de los Trabajadores (y de las Trabajadoras, le añaden ahora los movimientos feministas). Se la considera como una jornada de lucha y de reafirmación de las propuestas políticas de igualdad social y fin de la explotación. Pese a la pandemia, esas voces han sido las predominantes en esta ocasión. Claro que también están los que desde siempre buscan limitar la fecha a un inocente “Día del Trabajo”. En su libro El poder minero, Juan Albarracín relata cómo el periódico El Diario elevó el grito al cielo porque los trabajadores paceños decidieron dar el “temerario paso” de conmemorar el 1 de mayo de 1907 y calificó de “criminal” la “igualdad soñada”.

Pasemos al otro tema. Hace pocos días el presidente Biden, por primera vez como política oficial de los Estados Unidos, admitió que Turquía había practicado un genocidio contra el pueblo armenio. Los hechos ocurrieron nada menos que hace ¡106 años! en momentos en que se desmoronaba el Imperio Otomano, pero mantienen una sorprendente actualidad, no otra cosa significa que el presidente turco Erdogan se haya enfurecido y le exige a Biden una urgente retractación, atenido a su rol de potencia intermedia en la región y su posición prominente en el seno de la OTAN, razones que hacen que otros países se abstengan de seguir los pasos de Estados Unidos. Apelamos a una “Guía para Estudiantes” del Museo Memoria y Tolerancia de México para recordar que el caso de Armenia es el más mencionado después del Holocausto, provocado contra el pueblo judío por la Alemania nazi. Pero están también los casos más o menos recientes de Camboya, Guatemala, Antigua Yugoslavia, Ruanda, Sudan, que ingresan a la definición de la “Convención para la prevención y la sanción del delito de genocidio” adoptada en 1948 y se reconocen como genocidio o están en vías de serlo por tribunales o comisiones de la verdad. Cuando hablamos de genocidio, entonces, no nos estamos refiriendo a cualquier acto de violencia criminal o masacres tan frecuentes en el mundo de hoy, sino a la aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos.

   Esito sería.

 Carlos Soria Galvarro es periodista.

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A 60 años de un hito histórico

/ 18 de abril de 2021 / 00:25

En Playa Girón, Bahía de Cochinos, en el centro sur de la isla de Cuba, el 19 de abril de 1961 fue escrita una importante página de la historia contemporánea. Una operación militar y política preparada al mínimo detalle por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), generosamente financiada y aprobada por el gobierno estadounidense (primero Eisenhower y luego Kennedy) era derrotada en menos de 72 horas por el pueblo cubano, sus Fuerzas Armadas, sus milicias populares y el indiscutible liderazgo de Fidel Castro.

No se trataba de una acción improvisada a último momento con exilados reclutados por su antipatía al gobierno fidelista, sino la culminación de una serie de atentados terroristas, boicot económico (retiro de la cuota azucarera y negativa a proveer de petróleo), aislamiento diplomático y minuciosos planes para el asesinato del líder cubano. El plan consistía en destruir en tierra la aviación mediante la simulación de un levantamiento (aviones yanquis con etiquetas cubanas); desembarco en un lugar alejado y solitario de más de un millar de exiliados anticastristas fuertemente equipados y entrenados, que partieron de Nicaragua (bajo la tiranía de los Somoza); establecimiento de una “cabecera de Playa” en territorio cubano en la cual se instalaría un “gobierno provisional” reconocido de inmediato por la OEA y por el gobierno de Estados Unidos, que a partir de ese momento tendría las manos libres para intervenir directamente.

Pero, les salió el tiro por la culata, fracasaron en toda la línea, se autoengañaron quienes decían que los invasores serían recibidos como libertadores y con los brazos abiertos. Todo lo contrario, la respuesta popular fue unitaria y muy resuelta, además con el acicate de que fue precisamente en esos momentos difíciles que se anunció el rumbo socialista del proceso revolucionario cubano.

La documentación oficial de los archivos estadounidenses, paulatinamente “desclasificada” y expuesta al público, es pródiga en información irrefutable sobre los objetivos y la forma en que fue llevada a cabo esta operación, típicamente imperialista. Sorprende el grado absoluto de sometimiento de los participantes anticastristas, se comportaban como obedientes mercenarios de un poder extranjero, sin tener ni voz ni voto en el diseño y la planificación del operativo.

Tampoco se trataba de una acción aislada y solitaria, era más bien parte sustancial de la política exterior norteamericana obsesionada por la posibilidad de que cundiera el ejemplo de Cuba. Por eso se ajustaban las clavijas de la dependencia en todo el continente y estaba a punto de lanzarse la llamada Alianza para el Progreso, programa de cooperación que resultó un verdadero fiasco, más propaganda que resultados efectivos y condiciones inaceptables para el más mínimo desembolso.

En Bolivia, la punta de lanza de esta política vino a ser el famoso “Plan Triangular” (EEUU, Alemania Federal y BID) para el sector de la minería nacionalizada que, ahora se sabe a ciencia cierta, era un plan condicionado al desmantelamiento de los sindicatos mineros de Catavi- Siglo XX ante el pánico de los yanquis porque Bolivia siga los pasos de Cuba. O sea cuando los trabajadores del subsuelo, con el apoyo de otros sectores laborales, ofrecían tenaz resistencia al “Plan Triangular” no solamente estaban defendiendo sus salarios y sus fuentes de trabajo, sino que también resistían a un modelo autoritario impuesto desde el norte (al respecto, volvemos a recomendar el documentado libro Minas, balas y gringos de Thomas C. Field).

Claro que, en el caso de Playa Girón, la solidaridad del pueblo boliviano no se redujo solo a los mineros. Amplísimos sectores populares se lanzaron a las calles, miles se inscribieron como voluntarios para ir a defender Cuba y otros tantos hicieron largas filas para donativos de sangre.

En 60 años pasaron muchas cosas, pero estos gestos solidarios se quedan para siempre en la memoria.

 Carlos Soria Galvarro es periodista.

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