Voces

martes 1 dic 2020 | Actualizado a 01:58

COVID, COVID, COVID

‘El que es sabio refrena su lengua’ (Proverbios 10:19, espero que no me tilden de violar el laicismo estatal).

/ 5 de mayo de 2020 / 06:05

Hablamos sobre el COVID-19. Pensamos sobre el COVID-19. Soñamos (“pesadilleamos”, más bien) sobre el COVID-19. Vivimos “sobre” el COVID-19 más que “con” el COVID-19. ¿Por qué tememos tanto al COVID-19?

En mi columna Virus y elecciones: ¿pe(s)cadores ganan? (24/03) lo adelantaba: ¿por qué le tememos al COVID-19 si han muerto menos de 250.000 personas en todo el mundo desde su inicio, mientras que la Peste Negra mató a un tercio de la población europea en el siglo XIV, con la gripe española murieron entre 20 y 40 millones de personas en 1918, y el VIH/sida provocó más de 40 millones de fallecidos? ¿Por qué el mundo se ha paralizado?

De los 196 países miembros y asociados de la Organización Mundial de la Salud (OMS), solo 14 permanecían inmunes a la pandemia hasta el lunes: Kiribati, Lesotho, Islas Marshall, Micronesia, Nauru, Niue, la impenetrable Corea del Norte, Palau, Samoa, Islas Salomón, Tonga, Turkmenistán, Tuvalu y Vanuatu; además de las Islas Cook (ajenas a la OMS). Por tanto, ya son 187 países (los restantes 182 de la OMS más los Territorios Palestinos, Kosovo, el Vaticano, el Sahara Occidental y Taiwan) en los que viven (o vivían) algunos de los 3.482.848 infectados con el nuevo coronavirus.

¿Por qué tememos tanto al COVID-19? Por su rápido contagio (en Corea del Sur se mapeó una persona contagiando a más de 1.000 en pocos días), por su período de latencia asintomático (cerca de 14 días), por su confusión con otras afecciones conocidas (gripe, resfrío, incluso dengue), y por el alto índice de agravamiento de los casos ya sintomáticos: entre el 10% y el 15% de los pacientes internados por el virus SARS-CoV-2) ingresan en las unidades de terapia intensiva (UTI), y el 90% de éstos requiere intubación y ventilación mecánica durante al menos dos o tres semanas. También ha contribuido mucho a ese temor la “infopandemia”, que se ha desatado alrededor de la verdadera pandemia: una explosión de información, sobre todo en canales digitales y redes sociales, pero también en medios masivos, muchas veces tergiversada, falsa o alarmista, y poquísimas veces contrastada.

Para los gobiernos, el principal temor era otro: la insuficiente infraestructura sanitaria para casos graves. Según aumentaban los contagios, la inicial displicencia (alimentada por las falsas estadísticas de China y su presto “control”, tan elogiado por la OMS) se convirtió en pánico y desesperación, con acciones propias de un filibusterismo: barcos y aviones cargados de preciosos y escasísimos insumos médicos, retenidos y embargados en escalas en países intermedios; retención de cargas que se enviaban a segundos países…

¿Cómo estábamos en Bolivia? Muy desprotegidos, por muchos años de falta de inversión humana y de recursos en la salud pública (los 14 años de gobierno del MAS fueron de despilfarro en inutilidades). ¿Cuáles eran las posibilidades? Empezar sin dar margen a que el COVID-19 tomara la delantera y golpeara (recordemos la Europa de tranquilidad y paseos con más de 300 casos en España y en Italia; o el premier británico, Boris Johnson, anunciando que priorizarían la economía… hasta que terminó en una UTI).

A pesar de los agoreros y los críticos festinados, partiendo de cero, o menos aun, en condiciones heredadas y sin recursos, el 4 de marzo (cuando había solo un sospechoso que luego fue descartado) se empezaron a tomar recaudos y a buscar, en ese mercado canibalizado, lo que el país necesitaba para protegerse. Y cuando el 10 de marzo se confirmaron los dos primeros casos, inmediatamente se declaró situación de emergencia nacional.

He sido un crítico permanente de las falencias en nuestra información epidemiológica (puede leerse en la cronología que publico todos los días), pero no lo he achacado (como algunos políticos desesperados) a un ocultamiento premeditado, sino a una mala comunicación, porque si no, ¿cómo obtengo yo la información desde diversos medios públicos?

José Rafael Vilar, analista político.

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‘Quo tendimus’, Lucho

/ 24 de noviembre de 2020 / 09:01

Para la entrega anterior, al escribirla me motivé en las Vidas paralelas de Plutarco de Queronea para, en elipsis, escribir mis Vías paralelas. Hoy me he dado cuenta que estos largos meses de cuarentena —y de muchas crisis— me han dejado refrescar las lecturas que, con excelente recuerdo, tuve en la adolescencia; por eso, aprovechando este período de casi calma —cual “ojo de tormenta”— al escribir entre las elecciones nacionales —antes, durante e inmediato después— que ya pasaron y las subnacionales que pronto empezarán y con peligro que me digan petulante, agradeceré a la memoria del Quo vadis de Henryk Sienkiewicz el poder preguntarle a nuestro Presidente: Quo tendimus, Lucho(¿Hacia dónde vamos?). (El ‘Lucho’ se lo agradezco al expresidente Morales que, con coloquialidad y, muy probablemente como yo ahora hago, sin atrevimiento del ninguneo llamó así afectivamente al Primer Mandatario).

Con tino y pertinente sagacidad, el candidato Arce Catacora —antes ministro, ahora Presidente— marcó en sus declaraciones de campaña un conjuntos de actitudes y valores diferenciados entre un “antes” —el “antes de antes” de la Transición, que vale decir: “antes” de la noche que se “paró” el TREP— y su “ahora” —que equivaldría a decir “después de elegido”—, lo que, para tranquilidad de muchos dentro y fuera de Bolivia —en los de “fuera” no sabría si se incluían las matricias (para estar en onda de despatriarcado) y los patricios del Grupo de Puebla—, se repitió en frases memorables (cual highlights de lo que sería su manera de gobernar) de su discurso de investidura: “Nuestro Gobierno buscará en todo momento reconstruir nuestra patria en unidad, para vivir en paz”, que reforzó al decir: “A pesar de las diferencias estamos en la obligación de estar a la altura del pueblo que nos demanda unidad, paz y certidumbre, unidad y complementariedad entre oriente y occidente, entre el campo y la ciudad, todos somos Bolivia” y que, en justo homenaje a Marcelo Quiroga Santa Cruz, mártir de la democracia, confirmó diciendo que “no es el odio lo que impulsa nuestros actos, sino una pasión por la justicia”.

Notables palabras que, unidas a un gabinete de nuevos nombres, trajeron la sensación que la frase “Este 8 de noviembre de 2020 iniciamos una nueva etapa en nuestra historia, y queremos hacerlo con un gobierno que sea para todas y todos sin discriminación”, era la mandatoria del Primer Mandatario.

Pero quizás no todos los recién advenidos las oyeron porque pronto empezó una competición para colegir quién vituperaba más a la Transición —el “de antes” que sí tuvo muchas sombras pero también nefastas herencias— para convencernos que “antes de antes” Bolivia fue Jauja, a pesar de que: si en el súper ciclo de precios extraordinarios para nuestras materias primas ingresaron más de $us 50.000 millones, 32.000 millones de estos fueron para gasto corriente —en sueldos y jornales se trepó de poco menos de un $us 1.200 millones (Bs 8.000 millones) en 2006 hasta más de $us 4.600 millones (Bs 32.000 millones) en 2019—; el PIB bajó de crecer el 6,8% en 2013 a solo el 2,9% en 2019 —este 2020, con la pandemia, será -11,1%—; las RIN cayeron de más de $us 15.000 millones en 2015 a poco menos de $us 6.500 millones en 2019; el déficit fiscal llegó en 2019 a casi $us 2.500 millones —7,7% del PIB, aunque este 2020 se pronostica que caerá a -11,1% por la pandemia—, el superávit acumulado del 14,5% entre 2006-2014 pasó a un déficit acumulado del 36% entre 2015-2019, y la deuda externa trepó de poco más de $us 3.000 millones en 2006 a más de $us 11.000 millones en noviembre de 2019 (datos todos del MINEF y el BCB). Con el Ministro Arce y sin pandemia.

Los primeros 100 días de gobernar la actual Administración Arce concluirán el martes de ch’alla tras la q’oa —homenaje e invocación a la Pachamama— y el periodo de gracia que la opinión pública da a un nuevo gobierno en cualquier país dará lugar al simbolismo popular y cristiano del Miércoles de Ceniza. Confiemos que de la gracia no pasemos a unos nemontemi criollos.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Vías paralelas

/ 10 de noviembre de 2020 / 11:14

No comentaré Vidas paralelas del gran Plutarco de Queronea pues nada más alejado de mi propósito y del tiempo de estas Vías: serán las del retorno —decisión ciudadana por medio— del socialismo populista: Alberto Fernández Pérez y Luis Arce Catacora.

El kirchnerismo fracasó en 2015 con la economía en bancarrota tras el fin del boom de precios extraordinarios de la soya y la falta de previsión tras el síndrome holandés de los “años dorados” —bonificaciones en lugar de puestos de trabajo, empobrecimiento acelerado de la clase media, exclusión del crédito externo y sin posibilidad del socorro de Chávez—; por el autoritarismo del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner —fracasado en las legislativas de 2013 que le cerró un referéndum prorroguista— y por los escándalos de corrupción, pero las indefiniciones del período Macri y sus desaciertos económicos regresó el kirchnerismo —aparentemente light— en 2019.

De este lado del Pilcomayo y el Bermejo, el evismo —versión boliviana del socialismo 21— llegó a 2019 fracasado en el referéndum de 2016 —luego violentado— y en las judiciales de 2017 —repitiendo el 2011— y su dolido recule en 2018 al abrogar el recién estrenado Código Morales. Lo demás lo paraleliza con la Argentina al 2015: economía en avanzada y progresiva crisis al final del boom para el gas y la soya bolivianos con déficit crónico y creciente del presupuesto, amplia deuda pública, contracción del PIB; falta de previsión; autoritarismo centralista del gobierno de Evo Morales Ayma con escándalos de corrupción que pulularon rayando en la anomia; el quiebre en 2019 con el demostrado fraude electoral y la caída-huída del evismo —maquillado como “golpe de Estado”. Pero, como  el macrismo, el gobierno que le siguió —de transición constitucional— unió a su inexperiencia e improvisada ineficiencia —con pocas y destacadas excepciones de mérito— la inopia con la que el mundo se enfrentó a la pandemia del COVID-19, potenciado aquende por el desfile de ministros: consecuente descontrol de gestión y descoordinación inicial entre los niveles de gobierno que facilitó la corrupción de enquistados y propios, agravado por el estado crítico heredado de la sanidad pública; tormenta que sumó para concluir “perfecta” el parón de la economía por la pandemia y trajo la añoranza por el pretendido mito de un “milagro económico” apropiado de indulgencias ajenas, una clase política asaz mediocre y envanecida —autoengañada y engañando a muchos— y una candidatura, la de Arce Catacora, que prometió recuperar la bonanza —dando a suponer que el Presidente Arce corregirá los errores del Ministro Arce— y ser un “Masismo sin evismo”.

Fernández ha sufrido, a veces con agonía, entre un pragmatismo moderado y el kirchnerismo duro que le dio la victoria y, pandemia por medio, el hundimiento de la economía heredada, con una oposición de los políticos no siempre efectiva pero sí con un creciente rechazo ciudadano. Arce inicia su gestión con gran expectativa de sus votantes —muchos por el mito del milagro y no por el evismo—, con potentes promesas que deberá cumplir entre un evismo recuperando espacios y un Masismo sin Evo: su propio discurso de investidura estuvo entre la conciliación, la indulgencia con el pasado previo, la ausencia de autocrítica real —los males: endilgados a la transición— y la reiteración de promesas de 2005, muchas aún en espera.

La Administración Fernández se ha desgastado mucho y el descontento ciudadano puede volver a cambiar el péndulo político en 2021 con las legislativas de medio término. Arce tiene aún todos los beneficios de la duda ciudadana.

En Bolivia segundas partes fueron convulsas: Banzer, Goni; Paz Estenssoro también en el 64, para la tercera cambió la piel en 1985. Espero que ahora no sea así, por todos nosotros.

José Rafael Vilar es analista y consultor político

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¿Cuál MAS ganó y por qué?

/ 27 de octubre de 2020 / 08:12

Desde las elecciones nacionales y pasada la perplejidad tras los resultados —para muchos, incluido el Sr. Michel que, al filo de medianoche, mencionaba un 45% obtenido por el MAS—, dos preguntas han permeado los comentarios y opiniones —descontando los triunfalistas y revanchistas, tan aturdidos como los demás—: ¿Cuál MAS ganó? Y en la misma lógica: ¿Por qué ganó? Responderé la segunda primero.

La primera respuesta es que hubo una amplia autonegación de la realidad. Desde centrarse en el rechazo a Morales y su rosca que tendría mayoritariamente la población —actora de “las pititas”— como la razón decisiva al decidir el voto, o en la negación de las tendencias que anunciaban la mayoría de las encuestas —el “cártel de las encuestadoras mentirosas” para Jorge Quiroga y Luis Fernando Camacho—; confiar en que un posible “voto útil” aparecería como factor de victoria, como en 2019 pero sin necesidad de ganarlo en campaña directa —reclamándolo como derecho frente a un librero— o por la infravaloración del verdadero impacto de la crisis económica y social tras el coronavirus en la gran mayoría de los bolivianos —muchos de la clase media emergente que dejaban de serlo y otros que cruzaban los límites de las estadísticas de las pobrezas. Muchos nos equivocamos porque —conscientes los que opinábamos sí de que el “milagro económico” entre 2008 y 2015 no fue resultado de ningún arte de barbiloque sino de fenómenos de mercado donde no incidíamos— no comprendimos que, para los que ahora vivían con muchas escaseces y avizoraban mucha más, el “milagro” sí sucedió y les benefició y el “milagrero” era Luis Arce Catacora. Hasta acá mi mea culpa.

Las del 18 fueron elecciones tranquilas, sin conflictos relevantes ni violencia, algo contra los augurios que llevábamos semanas esperando. ¿Acaso agosto no fue el desborde de la violencia marcada por el desprecio al prójimo? Lo fue. ¿Acaso Arce y Choquehuanca no eran quienes representaban el regreso de los violentos? Y entonces empieza la duda.

¿Es que hay hoy “un MAS” —trancado en su pasado de soberbia, corrupción y despilfarro— o hay “varios MAS”? Como para muchos en Bolivia que pensaron que Luis Arce Catacora fue “el ministro del éxito económico del MAS” y su vicepresidencial David Choquehuanca Céspedes, “el indigenista conciliador que relegaron los que ‘se robaron’ el MAS”, también muchos de ellos pudieron pensar que “había otro (u otros) MAS”. Arce y Choquehuanca hicieron mucho por poner distancia con Morales: Arce no apoyó los bloqueos de agosto y afirmó que “Evo debe aclarar sus asuntos pendientes con la justicia”; Choquehuanca repitió en varias ocasiones que “él no era del MAS sino de IPSP”. ¿Fueron táctica o convicciones? El tiempo lo dirá.

Como mencioné en mi anterior columna (Indecisos (y políticos) golean para el MAS, 20/10], Bolivia llegó a octubre 2020 para terminar un proceso electoral iniciado en octubre 2018, fracasado en octubre 2019 con el fraude y que llegó ahora tras tres postergaciones de fecha comicial por la pandemia, sin finalizar la crisis sanitaria e inmerso dentro de una amplia crisis económica que pondrá en jaque al próximo gobierno. Pero no solo fue el cansancio de los electores y todo lo antes mencionado los que decidieron el voto: también debió pesar el “Octubre Negro” de 2003 y cuán posible podría volver la inestabilidad —que hizo saltar dos gobiernos: a Sánchez de Lozada y a De Mesa.

Si la estrategia ganadora fue el distanciarse del MAS “duro” y presentar a Arce como “el mago de la economía”, pronto sabremos si el próximo Gobierno podrá —o querrá, quizás— mantener el equilibrio entre el MAS “duro”, el posible MAS “conciliador” —“renovador”— y los no-masistas que votaron por Arce: Un equilibrio azaroso.

¿Arce y los que lo acompañen podrán paliar la crisis? Lo que resulte —por éxito o fracaso— definirá los próximos cinco años.

José Rafael Vilar es analista y consultor político

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Indecisos (y políticos) golean para el MAS

/ 20 de octubre de 2020 / 09:48

El domingo fueron las elecciones. Contra los augurios, fueron elecciones tranquilas, sin conflictos relevantes ni violencia, una fiesta democrática celebrada por propios —Presidenta Áñez, TSE, Conferencia Episcopal— y ajenos —veedores internacionales. Las recriminaciones y perplejidades vinieron con las tendencias que, de madrugada, revelaron los exit polls de la empresa Ciesmori y de la organización TuVotoCuenta.

Al final de la jornada de votación, circuló un presunto resultado de TuVotoCuenta que daba una diferencia entre Arce (MAS-IPSP) y De Mesa (COMUNIDAD CIUDADANA) de 44,7% a 32,2%, respectivamente, y Arce —superado el 40% con diferencia del 12,5%— era ganador en primera vuelta. 

Los resultados de los los exit polls fueron más amplios aun: Ciesmori dio 52,4% a Arce y 31,5% a De Mesa —Arce pasaba del 50% más un voto, se acercaba al 53,7% de Morales en 2005 y sobrepasaba el 47,8% del fraude de Morales en 2019—; TuVotoCuenta dio el 53,0% (Arce) y el 30,8% (De Mesa). En ambas, Camacho tenía el 14,1%.

¿Por qué estos resultados? Un análisis desprejuiciado empieza por el cansancio electoral: un proceso iniciado en octubre de 2018 con la convocatoria a primarias, fracasado en octubre de 2019 con el fraude y que llegó a octubre de 2020 —tras tres postergaciones por la pandemia—, sin finalizar la crisis sanitaria y dentro de una crisis económica de amplias proporciones que tensionará, sin dudas, la gestión del próximo gobierno.

El segundo factor: la desunión de los opositores al MAS —siete partidos y alianzas— frente a una organización —más que un partido, aunque en el imaginario lo sea— que, más allá de fricciones internas, estaba unificado bajo una consigna: volver al Poder. La constatación por las encuestas —tan despreciadas por candidatos sin opciones— de la incapacidad de ganar llevó a la bajada de Juntos al reinicio de las campañas pospandemia, y, extemporánea ya, de Libre 21 y ADN. ¿Hubiera significado algo la bajada —tantas veces autoinsinuada antes— de Creemos? Si sus votos hubieran migrado todos a De Mesa, matemáticamente pudo provocar una segunda vuelta pero también hubiera frustrado a sus seguidores, convencidos de su presunto liderazgo —circunscrito en lo regional, inexistente en lo nacional.

La pandemia de coronavirus desnudó falencias del Gobierno transitorio —además de que abandonó el papel de árbitro para ser participante, lo que perjudicó el proceso alargado—, de la oposición y sus candidatos, y adelantó —ampliándola— la crisis económica que se preveía gestionaría el próximo gobierno. Esto ayudó a Arce: como ministro de Economía administró —con aciertos y desaciertos— el boom extraordinario de ingresos por materias primas que, entre 2008 y 2014, dio una falsa bonanza al país pero que el gobierno del MAS logró atribuir, en el imaginario popular, a la gestión de Arce y su partido; ese mismo imaginario, lejos de la macroeconomía, ahora le atribuyó la capacidad mágica —suposición muy errada— de poder solucionar la crisis y le dio muchos votos.

Por último —seguro dejo algo sin analizar—, las mismas campañas: el MAS-IPSP y Creemos se lanzaron en terreno —espero con suficiente bioseguridad— a captar votos y devotos, mientras Comunidad Ciudadana se redujo a las redes y los medios, a medias entre la abulia y, quizás, la soberbia.

El discurso de victoria por Arce tuvo tags positivos —unidad, reconciliación, recuperación— y silencios manifiestos —sin mención de Evo ni el grupo de Buenos Aires, distanciamiento en sus mensajes que ya avanzaba desde los sucesos de agosto y posteriores. ¿Cuánto será cálculo político y cuánto voluntad manifiesta?

El domingo, el parto electoral fue sin violencia. Confiemos que el proceso hasta la proclamación oficial y la transición sigan así.

José Rafael Vilar es analista y consultor político

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Voto convencido, esperanzado o por miedo

/ 13 de octubre de 2020 / 09:23

No voy a hablar del contenido de las encuestas porque, aunque pudiera argüir que el artículo 116 b) de la Ley Electoral 026/2010 me ampara hacerlo hasta el miércoles 14 de octubre porque no es “difusión o publicación de estudios de opinión en materia electoral”, como restringe el artículo 130 a) de la misma norma, pero como un medio me censuró (autocensura) la grabación de una entrevista en vivo donde les comparaba encuestas, prefiero no hacerlo.

Pero como nada me inhibe de hablar en general, voy a hacerlo, con la complicidad de ustedes, mis lectores.

Entre el 8 y el 11 pasados se difundieron cuatro encuestas (me abstengo de identificarlas), con lo que llegamos a 10 realizadas a partir del 22 de julio (solo considero las encuestas de carácter nacional autorizadas por el TSE) y con ellas llegamos a un status de equilibrio (emocional, claro) inestable y al límite: ¿habrá segunda vuelta?, ¿alguien ganará en primera? El margen entre los síes y los noes de los dos primeros ubicados (no los menciono para evitar susceptibilidades legales) en tres de ellas es entre uno y dos puntos porcentuales, redondeados. Y acá va el dilema conflictual: las encuestas dan entre 10 y 22 puntos porcentuales para indecisos: ¡el tercer “candidato con más ‘intenciones’” sería… el que no sabría aún por quién votar! Claro que esas respuestas encuestadas pueden ser para “marear la perdiz” de los estrategas y encuestadores, pero en el atribulado y constreñido (en adhesiones) panorama electoral pospandemia captar indecisos es la opción A+ de cualquier estratega. (Para los que están preguntándose qué pasa con el voto exterior como alícuota del total de habilitados, el porcentaje global es el 4,1% y los mayores aportantes, Argentina (1,9%), España (0,8%) y Brasil (0,6%), cuyas intenciones no fueron encuestadas pero que tienen claras tendencias “históricas”.)

No voy a pedir a Argos Panoptes que nos preste alguno de sus cien ojos para ver mejor ni que Tiresias o Calcas nos auguren. Solo categorizaré un poco los posibles motivadores de votos.

Primero tenemos un “voto convencido”, aquél que un elector —fanático o no— proveerá al lema o candidatura que le empatiza y que deviene en el voto duro, o inamovible. Luego está el “voto esperanzado”, aquél que el elector asigna a un lema o candidatura —y muchas veces: una consigna— que moviliza sus aspiraciones; un ejemplo claro de este voto es el “voto útil” de 2019: para sacar al MAS del poder y que migró de varias candidaturas hacia la que daba más opciones de lograrlo. Por último, me referiré al “voto por miedo”.

El “voto por miedo” no es racional: es puramente emocional. Responde a una única afirmación, que puede expresarse de diversas formas: “me aterra la vuelta del MAS”, “no quiero que regrese el MAS”… “ya no puedo vivir bajo el MAS”(espero que nadie se ofenda por estas alusiones tan precisas e intencionadas).

Como emoción, el miedo debe estar en la base de Maslow: el miedo puede ser tan fuerte motivador como el hambre. Y el miedo —ése que está al final del callejón sin salida y aparece cuando ya se pierden las opciones con esperanza— puede, en pocos días, cambiar totalmente —trastocar— los augurios previos para una elección: ya pasó —por esperanza— en la semana del silencio electoral de 2019, ¿y qué no pasaría por miedo?

Quizás —solo quizás— esta semana —incluyo el domingo con el bolígrafo frente de la papeleta— sea de muchas decisiones abruptas (quizás no). Lo cierto es que aritméticamente —oh Diofanto— solo hay dos candidatos —no tres— que podrían —si el voto ciudadano lo decide— presidir Bolivia los próximos cinco años, pero también hay muchos sentimientos encontrados, asentados en la memoria del país.

Confiemos que el parto sea sin violencia.

José Rafael Vilar es analista y consultor político

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