Voces

martes 21 sep 2021 | Actualizado a 01:10

Volver a la calle, recuperar la voz

La sobreabundancia y la diversidad de los contenidos producen ofuscación, impiden la transparencia. Cuanto más ruido hay, menos se escucha lo que suena.

/ 5 de mayo de 2020 / 06:11

El confinamiento personalizó el espacio público y redujo la vida ciudadana a las redes sociales. El planeta se convirtió en una peculiar sala de espera donde todos estamos separados pero interconectados, escuchando y compartiendo supuestos datos científicos, análisis, opiniones, testimonios, rumores y especulaciones de todo tipo. Ante la crisis, funcionó la lógica del naufragio: no se sale de una emergencia con asambleas populares, sino con órdenes. Le cedimos el poder a las autoridades y nos encerramos, nos quedamos en casa mirando las pantallas. Pasamos a ser fundamentalmente receptores solitarios de distintos contenidos, mientras la calle se quedaba sin voz, perdiendo su posibilidad de construir un debate, de ser y hacer política.

Cada día nos ofrecen una cantidad inmensa de informaciones: reales, falsas, fidedignas, manipuladas, coherentes, contradictorias, abstractas o muy concretas, científicas o esotéricas. Desde la supuesta presencia de ovnis hasta la invitación de Donald Trump a inyectarse cloro, pasando por diferentes noticias, testimonios dramáticos, informes y contrainformes de expertos o incluso de algunos gobiernos sobre el éxito o el fracaso, la promesa o la imposibilidad de hallar una posible vacuna contra el coronavirus SARS-CoV2. Somos un silencio enfrentado a un exceso de palabras.

Los incipientes planes de regreso a la normalidad abren también la posibilidad de retomar nuestro lenguaje común, de reactivar los espacios públicos y comenzar a evaluar de otra manera todo lo que nos ha pasado. Hasta ahora, este exceso de información se ha convertido en una nueva forma de opacidad. A medida que más se ve, que más se escucha y que más se lee, se corre también el riesgo de acumular cada vez más dudas y más inseguridades frente a la realidad. La sobreabundancia y la diversidad de los contenidos producen ofuscación, impiden la transparencia. Cuanto más ruido hay, menos se escucha lo que suena.

No en balde la verbosidad parece haberse convertido en una estrategia narrativa de muchos gobiernos. Las causas pueden ser variables: desde la ignorancia, la negligencia o la simple torpeza, hasta una calculada maniobra de protección y de control. Pero la consecuencia siempre es la misma: una marea de palabras, girando alrededor del virus y aturdiendo a la ciudadanía. Muchas veces, más que informar, distraen. Hablan para postergar la verdad. Para disfrazarla, para evitarla. Hablan, quizás, para que nadie pregunte demasiado.

El palabrerío permanente, sin embargo, no es una exclusividad de las autoridades. El mundo de pronto tiene un superávit de expertos en las más diversas materias: médicos, inmunólogos y virólogos de variada índole. Pero también físicos especializados en curvas epidémicas. Analistas versados en emergencias públicas, terapeutas dedicados al estudio de las conductas en cautiverios, numerólogos entregados al seguimiento de la aparición de extraterrestres, peritos ocupados en la investigación de múltiples conspiraciones, semiólogos de cuentos chinos. Todos dispuestos a hablar, a ofrecer un diagnóstico, a dar un dictamen, a compartir su opinión. “Estar al día”: aquello que hasta hace poco era un valor, una virtud, hoy más bien puede ser una forma de locura.

En este sentido, las redes sociales son ambivalentes: ayudan y confunden. Son un espacio importante para nuestra necesidad de comunicarnos, de estar con los otros; pero también son una plataforma para las noticias falsas, para el narcisismo o para la simple tontería. Su oferta es infinita. En menos de un minuto puedes hacer un zapping y ver a un hombre que llora la muerte de su madre, a una joven que muestra las primeras lentejas que ha cocinado en su vida, a un supuesto experto demostrando que el nuevo coronavirus es una ficción rusa, a un perro mordiendo una cobija, a un grupo de médicos aplaudiendo a un generoso taxista que trae gratuitamente a los enfermos a un hospital, a una señora desafinando en un balcón. Internet, sin duda, establece una gran diferencia en esta pandemia. Nos ha ayudado a acompañarnos y a comunicarnos, pero también ha contribuido a crear esta sensación de exceso de información que aturde y confunde. Es necesario revisar lo ocurrido durante estos meses, exigir transparencia en todos los sentidos, conocer en realidad qué ha pasado, cómo se actuó, dónde estamos y hacia dónde vamos. La vuelta a la vida social representa el regreso a la palabra compartida, a la práctica del lenguaje en común, a la insustituible experiencia de encontrarse, de hablar y debatir. Se trata, sin duda, de una experiencia de fuerza, de poder. Volver a la calle implica, necesariamente, recuperar la voz como colectivo, como ciudadanía.

Alberto Barrera Tyszka es escritor, su libro más reciente es la novela «Mujeres que matan». © 2020 The New York Times Company.

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En defensa de la telenovela

/ 8 de septiembre de 2021 / 01:19

Con la llegada de las plataformas y el cambio drástico del consumo de contenido audiovisual, se presagió la muerte de la televisión abierta y de uno de sus productos más emblemáticos en Latinoamérica: la telenovela. La televisión, tal y como la conocíamos la mayoría de los que nacimos en el siglo XX, estaba destinada a desaparecer. Y los culebrones eran dinosaurios sentimentales que se irían apagando lentamente.

Pero pocos años después, aún con el contundente decaimiento de los canales tradicionales de televisión, la telenovela está de regreso. Netflix —la plataforma de streaming (o transmisión en directo) más poderosa del planeta— ha comenzado a producirlas mientras Univision y Televisa, los productores del género en español tradicionalmente más importantes, se han unido en una nueva plataforma que tendrá el melodrama como una de sus apuestas centrales.

La telenovela es un producto latinoamericano único y a lo largo del tiempo, frente a distintas circunstancias, ha mantenido una alta popularidad en las audiencias. Sin embargo, carga también con permanente mala fama. Sería más saludable reconciliarnos con este género, comenzar a dejar de percibir a la telenovela como un placer culposo de nuestra identidad.

Hace más de dos décadas, el poeta cubano Heberto Padilla me contó que había coincidido en la facultad de Filosofía y Letras de la universidad de La Habana con Delia Fiallo, considerada la reina de los culebrones en el continente. Decía Padilla que una vez le preguntó a Fiallo cómo hacía ella para inventarse esos melodramas intensos, sus exitosas historias televisivas. La respuesta de la autora —según Padilla— me pareció sensacional: “No lo sé muy bien, chico. Yo leo La tempestad, me siento a escribir y me sale Topacio”. Había en esas frases el ingenio y la picardía de establecer una relación entre la obra de Shakespeare y una de sus famosas telenovelas ofreciendo tan solo como vínculo un natural proceso de lectura y escritura personal.

Años después, conocí a Delia Fiallo. Por supuesto que le comenté mi conversación con su compatriota. Ella la negó, me dijo que no recordaba que aquello hubiera ocurrido, su supuesta respuesta le parecía inverosímil. Yo le confesé que el cuento me parecía tan bueno que no me importaba si era o no cierto. Hablamos largamente sobre la leyenda negra que pesa sobre el género, sobre su visión y su trabajo como una de las autoras fundacionales de la telenovela latinoamericana. Fiallo, quien acaba de fallecer hace tres meses en Miami, me pareció una mujer brillante, muy asertiva, con una interesantísima historia personal. Conocía perfectamente a Shakespeare. Había adaptado muchos clásicos para la radio. Pero también era capaz de escribir Cristal.

Hace unas semanas, Sergio Ramírez escribió una columna donde registró y analizó las reglas dramáticas básicas, presentes en la literatura universal, de las que por supuesto siempre se ha alimentado la ficción audiovisual. Con clara precisión, el escritor nicaragüense estableció las diferencias entre las grandes novelas latinoamericanas y la telenovela. Pero, al final de su texto, apuntó otro elemento: señaló que el melodrama no es un “asunto del ADN latinoamericano” y puso de ejemplo a la antigua tradición de las soap operas en Estados Unidos o a la reciente industria turca de producción de teleculebras. “Todos somos, de un modo u otro, de lágrima fácil”.

Es cierto. El llanto no es una exclusividad latinoamericana. Pero para nosotros la lágrima puede ser un valor, una garantía de calidad y honestidad sentimental, una condición épica. Los latinoamericanos vivimos la cursilería de un modo totalmente distinto. Colectivamente y sin pudor. Nuestras lágrimas son fáciles y públicas.

Sorprende un poco que la convención cultural latinoamericana sea permisiva, o incluso gozosa y celebratoria, de otros géneros tan cercanos a la telenovela como el bolero, la canción ranchera mexicana o el tango. Sentimentalmente, son igual de impúdicos. Su naturaleza, su definición, es el exceso de los afectos, la epopeya del sufrimiento amoroso.

Por supuesto que nada de esto tiene que ver con la calidad de los productos. Ahora que las plataformas se interesan por el género y que los culebrones comienzan a aparecer en esas nuevas plataformas, se abre la posibilidad de que el género se renueve. Con sistemas de producción diferentes, con mayores recursos y capacidades, con ideas distintas, las compañías de streaming pueden aprovechar las posibilidades que tiene ahora la industria para dejar atrás las debilidades que arrastraba la telenovela tradicional.

Las nuevas plataformas tienen más libertad y otras condiciones que permiten superar algunos esquemas cerrados que dominaron la industria: la hipermoralidad, el refuerzo de los estereotipos, la estigmatización de los personajes femeninos o LGBTQ, la truculencia gratuita, la narrativa afincada en el falso suspenso o en los trucos efectistas.

Más que renegar del melodrama, ahora, en todo caso, hay una oportunidad de hacer mejores melodramas.

Alberto Barrera Tyszka es escritor venezolano y columnista de The New York Times.

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El cine latinoamericano brilla en el Festival de Venecia

Entre ellos figura el nuevo filme del chileno Pablo Larraín, "Spencer", con la reconocida actriz Kristen Stewart en el papel de la princesa Diana, que narra las vacaciones de Navidad en las que Lady Di decidió poner fin a su matrimonio con el heredero de la corona de Inglaterra.

"Spencer" del chileno Pablo Larraín es una de las favoritas

/ 29 de agosto de 2021 / 08:55

Con nada menos que cuatro películas en la competición oficial, de un total de 21, entre ellas la esperada «Spencer» sobre Lady Di del chileno Pablo Larraín, el cine de América Latina brilla en el Festival de Venecia.

La 78ª edición de la Mostra veneciana, que se clausura el 11 de septiembre, contará con algunos de los estrenos más esperados del año en la sección más prestigiosa, incluidas las nuevas obras de directores de la talla del español Pedro Almodóvar, la neozelandesa Jane Campion y el italiano Paolo Sorrentino.

Entre ellos figura el nuevo filme del chileno Pablo Larraín, «Spencer», con la reconocida actriz Kristen Stewart en el papel de la princesa Diana, que narra las vacaciones de Navidad en las que Lady Di decidió poner fin a su matrimonio con el heredero de la corona de Inglaterra.

Larraín regresa a Venecia tras haber competido en el 2019 con Ema, una historia sobre la juventud latinoamericana y menos mediática que el filme sobre Lady Di.

Se trata de la segunda película en inglés del director chileno después de «Jackie», sobre el drama de Jacqueline Kennedy tras el asesinato de su marido, el presidente de Estados Unidos, premiada en 2016 en Venecia como mejor guión.

Por su parte, el cine argentino compite de nuevo con la película «Competencia oficial», de los directores Mariano Cohn y Gastón Duprat, quienes abordan con su conocida sutil ironía el tema del narcisismo de los actores, fenómeno que suele ser tangible en el «lido» veneciano.

Ironía y controversias

Protagonizada por los españoles Antonio Banderas y Penélope Cruz y el argentino óscar Martínez, la película cuenta la historia de un empresario multimillonario que decide hacer una película que deje huella y le genere prestigio social.

Los autores de las aplaudidas películas «El ciudadano ilustre» (2016) y «Mi obra maestra» (2018) regresan a Venecia para ofrecer su mirada mordaz e irónica del mundo del cine, con sus vanidades pero también sus genialidades, según las primeras imágenes en circulación.

Con coproducción española, la cinta, cuyo rodaje en España tuvo que ser interrumpido por la pandemia de coronavirus, participará luego en el festival de San Sebastián.

Si el sarcasmo reina en las películas de Cohn y Duprat, la controversia está garantizada por el mexicano Michel Franco, quien compite con «Sundown», con los célebres actores Tim Roth y Charlotte Gainsbourg.

Franco, ganador el año pasado del León de Plata por su despiadada metáfora del mundo moderno en el filme «Nuevo orden», este año presenta una historia rodada en la ciudad de Acapulco sobre una familia inglesa que ve sus vacaciones interrumpidas por una llamada inesperada.

La visión del cineasta mexicano rivaliza con la del director venezolano Lorenzo Vigas, el primer latinoamericano que se hizo con el León de Oro con su primera película «Desde allá» (2015), quien reside desde hace décadas en México.

Producida por Franco, la segunda película de Vigas, «La caja», también en competición, representa un desafío para el director, quien obtuvo el máximo galardón con un filme crudo, sórdido, sobre adolescencia y homosexualidad.

«La caja» cuenta la historia de un adolescente que atraviesa medio México para recoger los restos de su padre, encontrados en una fosa común.

Los cuatro filmes latinoamericanos deberán competir además con grandes producciones estadounidenses como «The Lost Daughter» de Maggie Gyllenhaal y «The Card Counter» de Paul Schrader.

La sección Horizontes, dedicada a los nuevos cineastas, incluye también varios latinoamericanos: «El otro Tom» del uruguayo radicado en México Rodrigo Plá, «El hoyo en la cerca» del mexicano Joaquín Alejandro del Paso, «El gran movimiento» del boliviano Kiro Russo, «7 prisioneros» del brasileño Alexandre Moratto además de los cortos «Los huesos» de los chilenos Cristóbal León y Joaquín Cociña y «Ato» de la brasileña Bárbara Paz.

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Tribunal Supremo de Italia ratifica condena definitiva a cadena perpetua para 14 represores sudamericanos por el Plan Cóndor

Un grupo de 23 militares y policías de Uruguay, Bolivia, Perú y Chile, responsables de intervenir en operativos militares pactados entre las dictaduras sudamericanas para secuestrar y ejecutar a los disidentes, había sido procesado y condenado en 2019 a cadena perpetua por la Corte de Apelación italiana.

Magistrados del máximo tribunal de Italia

Por Kelly Velásquez (AFP)

/ 9 de julio de 2021 / 17:53

El tribunal supremo italiano confirmó este viernes la sentencia definitiva a cadena perpetua para 14 represores sudamericanos por la desaparición y muerte de una veintena de opositores de origen italiano en el marco del Plan Cóndor, ejecutado por las dictaduras del Cono Sur en las décadas de 1970 y 1980.

Los jueces de la Corte de Casación de Roma, la máxima instancia judicial en Italia, pronunciaron la sentencia al término de dos jornadas de deliberaciones y tuvieron que reducir la lista de 21 represores a 14 por la muerte de varios de ellos.

Un grupo de 23 militares y policías de Uruguay, Bolivia, Perú y Chile, responsables de intervenir en operativos militares pactados entre las dictaduras sudamericanas para secuestrar y ejecutar a los disidentes, había sido procesado y condenado en 2019 a cadena perpetua por la Corte de Apelación italiana.

«Cometieron crímenes atroces. Han sido juzgados con los principios de la jurisdicción italiana, europea, y se han tutelado los derechos de los italianos que residen en el exterior e inclusive los de ellos», declaró emocionado Andrea Speranzoni, abogado que representa a las víctimas uruguayas.

A excepción del ítalo-uruguayo Jorge Tróccoli, excapitán de navío y poseedor de pasaporte italiano, quien asistió a la primera audiencia del juicio celebrada en febrero del 2015 y quien reside aún libremente en Italia, todos fueron condenados en ausencia.

«A Tróccoli le espera la ejecución de la detención», explicó el abogado.

En la lista de condenados aparece el exministro de Relaciones Exteriores de Uruguay Juan Carlos Blanco Estradé, mientras que tuvieron que ser excluidos los represores bolivianos a la espera de los certificados de muerte de varios de ellos así como de un peruano.

«Sentencia histórica»

La confirmación de la condena suscitó emoción entre el grupo de familiares y defensores de derechos humanos que asistieron a la audiencia en el tribunal romano y que llevaban décadas batallando por obtener justicia.

«Ha sido emocionante, muy emocionante», reconoció en Roma el uruguayo Zelmar Michelini, quien lleva el mismo nombre de su padre, un importante líder político de su país que fue secuestrado y asesinado en 1976 en Buenos Aires en plena dictadura.

Las investigaciones sobre la atroz estrategia aplicada por los regímenes militares del Cono Sur, conocida como Plan Cóndor, fueron iniciadas hace 20 años a raíz de las denuncias presentadas en Italia por los familiares de italianos asesinados o desaparecidos.

La sentencia llegó al término de ocho años y numerosas audiencias, durante las cuales comparecieron testimonios, expertos, familiares y compañeros de detención de las víctimas.

El fiscal italiano Giancarlo Capaldo abrió la histórica investigación contra un grupo de 34 exoficiales y civiles, agentes de la policía y de los servicios secretos de Chile, Uruguay, Bolivia y Perú, pero durante el largo recorrido varios de ellos ya murieron.

Debido a una serie de impedimentos burocráticos, la justicia decidió juzgar por separado a 50 argentinos así como a varios paraguayos y brasileños por los mismos delitos.

«Es una sentencia importante e histórica. La primera en Europa por el Plan Cóndor. Demuestra que la justicia llega de todos modos cuando se han cometido crímenes tan graves y que se tutelan los derechos humanos», afirmó por su parte el abogado Arturo Salerni, quien se ha convertido también en una referencia en la batalla por los desaparecidos argentinos de origen italiano.

A comienzos de julio, la justicia italiana ordenó la detención de tres de los militares chilenos colaboradores del régimen militar de Augusto Pinochet, condenados también en ese proceso. Pero, debido a que declinaron presentar un recurso ante el tribunal supremo, la sentencia se volvió definitiva.

Se trata del coronel Rafael Francisco Ahumada Valderrama, del suboficial Orlando Vásquez Moreno y del sargento Manuel Vásquez Chahuan, actualmente jubilados, culpables del asesinato y desaparición en 1973 de los ciudadanos italianos Juan Jose Montiglio y Omar Venturelli.

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La fragilidad democrática en la región

/ 30 de junio de 2021 / 01:16

Las elecciones han pasado a ser un ejercicio de alto riesgo en nuestra región. Los 91 políticos asesinados durante la reciente campaña electoral en México o la persecución y encarcelamiento de todos los precandidatos a los próximos comicios en Nicaragua son un indicador brutalmente obvio.

Pero estas estadísticas, escandalosas e indignantes, forman también parte de una crisis más profunda, que alimenta en nuestros países dudas y desconfianzas sobre la democracia y sus procedimientos. La denuncia de fraudes invisibles, la descalificación o el ataque desde el poder a los tribunales electorales, son también maneras de violentar los procesos comiciales, de socavar la ya frágil institucionalidad de nuestras naciones. En la encuesta de Latinobarómetro de 2018, la satisfacción con la democracia alcanzaba solo el 24% en la región, a diferencia del 44% en 2010. Es una perspectiva preocupante en un continente con una gran tradición autoritaria.

No importa demasiado el nombre que le pongamos: polarización, populismos, crisis de representación política, neototalitarismos de derecha o de izquierda… Lo cierto es que los eventos y mecanismos de elección política están cada vez más tocados por distintas formas de hostigamiento y, cada vez menos, consiguen la legitimidad que buscan. Ahora es todavía más evidente: las democracias dependen de las instituciones.

Lo que sucede actualmente en el Perú emblematiza muy bien lo que ocurre o puede ocurrir en un grupo de países de la región. Con el 100% de las boletas contabilizadas por la Oficina Nacional de Procesos Electorales de Perú (ONPE), Pedro Castillo tiene la mayoría de los votos. La diferencia es estrecha —menos de 45.000 actas— pero los resultados son claros.

A pesar de haber asegurado que aceptaría y reconocería los resultados, a pesar de todas las promesas y de haber ofrecido la marca Vargas Llosa como garantía, a pesar de las declaraciones de Estados Unidos, la Unión Europea —que felicitaron al país por celebrar elecciones libres— y de observadores internacionales que certificaron la contienda, Keiko Fujimori insiste en denunciar un fraude, desautorizando los procedimientos y las instancias electorales oficiales, promoviendo entre sus seguidores la idea de que existe un engaño invisible, un delito que no se puede demostrar. Es una apuesta política que instala una falla de origen en el próximo gobierno y agita emocionalmente los peores fantasmas de una sociedad dividida.

La renuncia de Luis Arce Córdova, uno de los miembros de la autoridad electoral del Perú, solo enturbia más el proceso. Arce, quien actualmente está siendo investigado por tráfico de influencias y corrupción, invoca la transparencia y acusa de parcialidad a los demás miembros de la institución. Aunque ninguna de sus denuncias electorales ha prosperado legalmente, Keiko Fujimori no retrocede, pide que se anulen votos y el sábado 26 de junio convocó a una vigilia pública para rezar por la “defensa de la libertad y la democracia”. Ese mismo día, el jefe de la ONPE, Piero Corvetto, denunció que fue agredido por supuestamente avalar un fraude electoral para el cual no hay pruebas.

Durante la vigilia del sábado, Fujimori dijo, atizando la desconfianza: “Queremos saber la verdad”.

Invocar estas grandes causas, actuar como si el país estuviera frente a un cisma definitivo en la historia, es una parte fundamental del conflicto. En Latinoamérica, cada vez con más frecuencia, la alternancia política es presentada y percibida ya no como una forma natural de la vida democrática sino como un trágico apocalipsis.

Cuba, Venezuela y Nicaragua, en rigor, siguen siendo casos aislados y minoritarios en el continente. Y sus experiencias, además, han generado una alerta especial en las otras sociedades de la región. No es azaroso, por ejemplo, que —más allá de la violencia fatal durante la campaña previa— el éxito de las recientes elecciones en México se mida y se pondere más a partir de las reacciones ante los resultados que a partir de los resultados mismos. Para muchos mexicanos, lo más determinante de los comicios era la respuesta — de respeto ante los votos y al organismo electoral— que tendrían el presidente Andrés Manuel López Obrador y su partido Morena después de las votaciones.

Asociar la idea del cambio político a las catástrofes y a la histeria no parece ser lo más saludable en un continente que, en definitiva, sigue sin resolver sus grandes problemas de desigualdad, pobreza e impunidad. Más que satanizar la alternancia política y los procesos electorales, es necesario fortalecer la institucionalidad en América Latina. Solo así se pueden dirimir las diferencias con votos y no con balas. El futuro comienza en los árbitros.

Alberto Barrera es escritor venezolano y columnista de The New York Times.

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Los días de Caetano Veloso en la cárcel, un documental para no olvidar

El músico, figura clave para la cultura popular brasileña y un referente mundial de la música sudamericana, no pudo asistir al estreno en Venecia debido a las limitaciones

El músico brasileño no pudo asistir la presentación de su documental en Venecia. Foto: Archivo AFP

/ 6 de septiembre de 2020 / 18:43

Como un testimonio íntimo, para no olvidar, el célebre músico brasileño Caetano Veloso narra en un documental, presentado este domingo a la prensa en la Mostra de Venecia, los 54 días pasados en la cárcel durante la dictadura militar en Brasil (1964-1985).

Con el título Narciso Fuera de Servicio, el músico bahiano, de 78 años, cuenta su arresto en 1968 por orden de los militares, entona algunas canciones y de alguna manera alerta a las nuevas generaciones sobre los peligros de las doctrinas fascistas.

Escrito y dirigido por Renato Terra (Una noche en el 67) y Ricardo Calil (Cine Marruecos), el documental, de 83 minutos de duración, es también una suerte de denuncia de las persecuciones y los prejuicios políticos contra el mundo del arte.

Veloso, figura clave para la cultura popular brasileña y un referente mundial de la música sudamericana, no pudo asistir al estreno en Venecia debido a las limitaciones impuestas por las autoridades italianas a causa de la pandemia de coronavirus.

Después de tres décadas de avances en materia de derechos individuales tras la salida de la dictadura militar (1964-1985) y trece años de gobiernos izquierdistas (2003-2016), la voz de la resistencia en Brasil, como suele ser considerado Veloso en su país, rememora esa dolorosa experiencia, que marcó su vida y la de su país.

Sílabas y endecasílabos

Los largos días pasados en una celda solo, sus sentimientos, miedos y pensamientos, inclusive sexuales, son de alguna manera una invitación a reflexionar sobre lo que implica el empuje conservador de estos días, que encontró su expresión en el discurso del gobierno del derechista y ex militar Jair Bolsonaro.

El músico, poeta y activista, deja su testimonio, para que de alguna manera las nuevas generaciones no olviden lo que fue la dictadura militar.

Con su testimonio, tierno y conmovedor, Veloso denuncia esos años negros.

“Desde mi celda escuchaba gritos, eran de las personas que estaban siendo torturadas. ¡Yo estaba aterrado!», confiesa sentado ante la cámara fija frente a un muro color gris metálico.

En el documental, el artista rememora el período del encierro y revive episodios dolorosos e inolvidables vividos con otros prisioneros, entre ellos con el cantautor Gilberto Gil, su amigo, los dos representantes del movimiento musical Tropicalia y encarcelados por ofender a la bandera y el himno nacional.

Ambos tuvieron que exiliarse al ser excarcelados y continuaron en Europa su labor creativa.

Con tono casi divertido relee el interrogatorio hecho por la policía y recientemente hallado en los archivos de la institución, en el que lo acusan de «terrorismo cultural» por haber cambiado las palabras del himno nacional.

«No se puede: el himno tiene versos endecasílabos y en Tropicalia las sílabas son más largas y poéticas», respondió, según reza el documento.

«Traté de defenderme sin ser traidor», comenta ante la cámara.

Presentado en Venecia fuera de concurso, el filme que no lleva otras imágenes ni otras entrevistas, es un largo relato sobre esos días, sobre las arbitrariedades cometidas por los militares y de cómo nació una forma de resistencia contra la dictadura a partir de un nuevo género musical, Tropicalia, una mezcla libre de géneros y ritmos.

(06/09/2020)

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