Voces

sábado 8 ago 2020 | Actualizado a 01:40

La vida o la libertad

Nos dan a escoger entre la libertad o la vida como alternativas: si tenemos elecciones, perderemos la vida, dicen.

/ 10 de mayo de 2020 / 06:16

El jueves 30 de abril, en medio de un sonado “petardazo” ciudadano, la senadora Eva Copa promulgó la Ley de Postergación de las Elecciones 2020, determinando que éstas se lleven a cabo en un plazo máximo de 90 días a partir de su promulgación. Inmediatamente, la Presidenta transitoria rechazó la realización de elecciones “hasta que éstas no sean un riesgo para la vida y la salud”. Un coro de opinadores y políticos la secundó: aquél que pide elecciones en realidad quiere la muerte de la población. La sustentación de la impugnación que se hizo de esa ley ante el Tribunal Constitucional asume que el derecho a la salud debe primar sobre el derecho a elegir.  Así, nos dan a escoger entre la libertad o la vida como alternativas: si tenemos elecciones, perderemos la vida, dicen. Si recuperamos la libertad de elegir a quienes nos gobiernan, enfermaremos y moriremos irremisiblemente, auguran.

Pero ¿cuándo esos dos conceptos se hicieron excluyentes? ¿Qué gran diferencia puede haber entre hacer cola durante 30 minutos para emitir tu voto y hacer cola durante horas para cobrar un bono? ¿Qué diferencia hay entre quienes entregan comida a domicilio y quienes entregan papeletas y ánforas? ¿Se puede estudiar una licenciatura vía internet pero no se puede capacitar jurados electorales por esa misma vía? Si estamos dispuestos a abrir las fábricas, las empresas y las oficinas del país para evitar un colapso económico, ¿no deberíamos, con mayor razón, estar dispuestos a votar para evitar el colapso social y democrático?

Dicen que la Ley de postergación no es constitucional porque la presidenta del Senado no puede hacer las veces de presidenta de la Asamblea Legislativa. Y lo dicen quienes aceptaron sin pestañear que la segunda vicepresidenta del Senado haga las veces de Presidenta del Estado.

Dicen que la Asamblea Legislativa Plurinacional es ilegítima e ilegal, porque su mandato se cumplió en enero y, por tanto, todas sus acciones son nulas de pleno derecho. Y olvidan que la señora Áñez funge de presidenta en virtud de su mandato como senadora, elegida en la misma fecha y legislatura que el resto de los asambleístas. Si se cierra el Congreso, no solamente estarían confirmando el golpe de Estado que tanto niegan, sino que la señora Áñez tendría que irse también a su casa.

Piden que se posterguen las elecciones sin fecha, hasta que se venza una pandemia que, dicen los expertos, nos acompañará por lo menos otro par de años. Piden reconfigurar los mapas de votantes en función a la población de cada zona, olvidando que nuestra geografía electoral es territorial y no poblacional. Piden regresar a foja cero en el proceso electoral, con la esperanza de, esta vez, vetar la participación del Movimiento al Socialismo (MAS). Quieren recomenzar todo, con la ilusión de que el desquite les permita mejores resultados.

El hecho es que, como está de fracturado nuestro tejido social y de dañada nuestra institucionalidad democrática, las elecciones son la última esperanza que nos queda de resolver nuestras diferencias de forma pacífica. El Gobierno transitorio se balancea sobre columnas de paja: no tiene autoridad política ni moral, no genera consensos, se derrumbaría de un soplo si no estuviera sostenido por las armas del Ejército. Su única función y objetivo constitucional era llamar a elecciones en un máximo de 90 días. Ya han pasado 180 días de su gestión, que esta ley acaba de renovar por otros 90, y así todavía interpone demandas para evitar cumplir con su único objetivo: devolver al pueblo la libertad de elegir a su Gobierno.

Defender la salud y la vida es solo una excusa, saben perfectamente que si las elecciones se llevaban a cabo la semana pasada, como estaba previsto, habrían perdido. Y saben también que si se llevan a cabo dentro de 90 días, seguirán perdiendo. Tomaron el poder en los hombros de una mentira y su apoyo popular mengua todos los días. Pero han cometido tantos errores, delitos y tropelías que temen que si le devuelven al pueblo la soberanía, van a llegar al final de su vida política. Y quizás también de su libertad.

Verónica Córdova, cineasta.

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‘Nos mataron como a animales’

/ 2 de agosto de 2020 / 00:15

El título no solo responde al informe sobre las masacres de Senkata y Sacaba publicado por la Universidad de Harvard. Es una expresión repetida muchas veces durante los aciagos días de noviembre: la sensación de que quienes se oponían al Golpe no eran vistos como seres humanos. Que no solo los policías y militares que salieron a reprimirlos, sino también los medios de comunicación, las autoridades de facto y una buena parte de la clase media los ponía en una categoría distinta, a la que podían referirse como “hordas” y definir como “terroristas” para, por esa vía, dispararles impunemente.

Es un tropo clásico del racismo, que se usó con el mismo efecto por los nazis contra los judíos, por poner solo un ejemplo. Una vez que separas a un grupo del tuyo y lo despojas de las cualidades que en el discurso predominante nos caracterizan como “humanos” (racionalidad, libre albedrío…) es mucho más fácil convencer a tus seguidores de discriminar, perseguir y luego eliminar físicamente a ese grupo.

Estamos viendo ese proceso desarrollarse delante de nuestros ojos, desplegarse en nuestras redes sociales, materializarse en discursos, imágenes y comentarios que hace muy poco habríamos hallado inaceptables. Es ahora frecuente escuchar a cualquier persona referirse a ciertos grupos como “llamas” o “burros” y representarlos con el rostro de simios. El periódico El Deber de Santa Cruz publica con indignante frecuencia ese tipo de ilustraciones en su sección de humor gráfico. Representar al que no comulga con nuestras ideas como a un animal no es una broma inocente: es un paso hacia el despojo de derechos que se asignan justamente por la condición humana de quienes los reciben. El derecho al voto, por ejemplo.

Otra forma menos explícita, pero igual de efectiva, de deshumanizar al otro es asumir su incapacidad de voluntad propia, su imposibilidad de decidir libremente, en base a su conciencia, cómo participar de la vida social y democrática. Un ser humano que solo participa de la vida colectiva “obligado”, “pagado” o (en otra forma de animalización frecuente) “arreado como ganado”, es un ser humano incompleto, en el mejor de los casos un “niño” y en el peor de los casos un sub-humano. Bajo esa lógica, durante más de un siglo de vida republicana se excluyó a la mayoría de la población boliviana de la ciudadanía y el voto. Si no se asume que el otro puede tomar decisiones libres y conscientes, no puede confiársele el destino de gobernar o decidir cómo ser gobernado. Una vez instaurada esa idea en el discurso general, resulta aceptable eliminar la opción política de esa población, quitarle la personería jurídica a su instrumento político, orillarlo hacia la abstención y suponer que no habrá reacción alguna.

O que sí la habrá. Ahí es donde entra otro tropo del fascismo: asumir que el otro, al ser subhumano, es también bestial, peligroso, salvaje. Que vendrá en “hordas” desde El Alto para saquear los barrios paceños (como publicó Página Siete en noviembre). Que hará volar la planta de Senkata, matando no solo a miles de alteños sino también a sus propias familias. Que es capaz de disparar a sus propios compañeros o de traer gente enferma para deliberadamente contagiar a los que participen en una marcha, como afirman sin escrúpulos ciertos ministros.

Deshumanizar al otro es el primer paso para subyugarlo, perseguirlo, eliminarlo. La historia nos muestra que es muy sencillo, y que puede darse de forma muy rápida en ciertas condiciones de crisis. No podemos permitir que ese discurso termine de separarnos. Cada uno de nosotros es responsable de evitarlo, porque cada uno de nosotros sufriremos las consecuencias si no lo hacemos.

Veronica Córdova es cineasta.

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Ojos que ven

/ 19 de julio de 2020 / 00:58

Cuando era jovencita, escuchaba las historias de quienes lucharon en las dictaduras de los años 70 con gran admiración, y en el fondo, con cierta envidia. Ellos vivieron tiempos heroicos. Ellos tuvieron la oportunidad de arriesgar el pellejo. Ellos enfrentaron dilemas verdaderos, fueron como el Che en forma y fondo —no sólo se lo tatuaron en el ombligo. 

Era una ingenuidad, que se hace amarga hoy al comprobar que en Bolivia vivimos una nueva versión de esas dictaduras. Para demostrarlo no voy a hacer un recuento de heridos, muertos, perseguidos, encarcelados —porque ellos están ahí, mirándonos con espanto. El que quiere verlos, los ve. Los otros, cierran los ojos.

El que tiene ojos para ver reconoce que en América Latina la democracia liberal ha llegado a su fin, y la pandemia le está dando el tiro de gracia. Estamos entrando a un nuevo ciclo: un neoliberalismo dictatorial, una Dictadura 2.0

En esta neo-dictadura ya no basta con controlar los medios masivos, porque los pueblos se comunican y se organizan por las redes. Ya no basta con organizar partidos de derecha y competir en elecciones, porque los pueblos han entendido el juego de la partidocracia y votan con militancia por sus propios proyectos. Por eso aparece de nuevo la cita nefasta de Kissinger para justificar el golpe de Pinochet en Chile: “No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras un país se hace comunista por la irresponsabilidad de su propio pueblo”.

Toca entonces desechar la democracia, que ya no es útil a los intereses de quienes mandan. En Bolivia estamos otra vez como en los 70: movilizándonos para que se nos permita votar, ese derecho que creíamos conquistado hace décadas. No me extrañará que esa lógica empiece a aplicarse en toda la región, porque el ejemplo de Argentina ha encendido alarmas. Si le das al pueblo la posibilidad de elegir, generalmente comete la imprudencia de no votar por sus enemigos. ¡Qué desatino! Usando la pandemia como excusa, Chile ha suspendido hasta nuevo aviso su referéndum constituyente. Ecuador quiere postergar sus elecciones, a pesar de que no le tocan hasta el año que viene. 

El mecanismo de la judicialización y criminalización de quienes se oponen al neoliberalismo ha funcionado por un tiempo, el caso de Brasil es emblemático. Pero en un mundo donde todos graban sus interacciones para cuidarse las espaldas, donde todo se filtra y se divulga, es un camino que tarde o temprano resulta contraproducente. Mejor eliminar de una vez ese incordio: Elecciones libres, inclusivas, transparentes… ¡a quién se le ocurre! Mejor eliminar parlamentos, constituciones, defensorías del pueblo, puros obstáculos al régimen de Orden, Paz y Trabajo que quieren revivir los que mandan. 

¡Ah! Los viejos, buenos tiempos… cuando ningún indio podía votar o entrar a la plaza o se atrevía a mirarlos de frente; cuando las leyes estaban hechas para que puedan estafar y robar y hacerse ricos a costilla del Estado, sin que nadie los fiscalice. Un gobierno de militares, curas y empresarios: eso es lo que hace falta para que cada quien vuelva al sitio que le corresponde. Eso es lo que maquinan, al amparo de la pandemia.

Inicia un nuevo ciclo de oscuridad, pero llegamos a él con ojos nuevos. En las calles se multiplican las miradas, todos tienen una cámara-teléfono con la que se registra, se documenta y se viraliza la historia. Ya no pueden mentirnos, escondernos ni amedrentarnos. Parece que hemos retrocedido décadas, pero no es cierto. Estamos en una oscuridad distinta, en una tiniebla fértil, regada por décadas de haber visto que es posible construir dignidad, soberanía, esperanza, conquistar derechos para todos y todas. No nos van a quitar esas certezas, aunque nos quiten los ojos. Porque nuestros ojos están, al fin, bien abiertos. Y miran.

Verónica Córdova es cineasta.

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Reparaciones

Es natural que en tiempo de crisis cada familia, cada grupo, se retrotraiga para protegerse a sí mismo. Si fuera solo la pandemia la que nos lleva a tomar esa actitud tribal, no habría razón para demasiada alarma.

/ 5 de julio de 2020 / 18:11

Uno intenta levantarse con el pie correcto, respirar hondo y mirar el nuevo día con optimismo. Pero el vaso medio lleno no sobrevive mucho rato. Basta asomarse por la ventana: las calles vacías del mes pasado han retomado una normalidad casi extrañada. Ya hay trancaderas, ruido, letreros, vidrieras anunciando mercancías inverosímiles, dadas las circunstancias: ¿Zapatos nuevos? ¿Almohadas? ¿Accesorios para mascotas?

Nos hemos reducido a lo esencial, gastamos lo menos posible, nadie sabe qué va a pasar mañana y mejor estar preparados. Si al principio de la cuarentena comprábamos abarrotes por demás (por si acaso luego no haya) ahora compramos a granel, lo exactamente necesario para el día o, en el mejor de los casos, la semana. Nadie sabe si el mes que viene tendrá ingresos. Ya el Banco está mandando solicitudes de pago. El dueño de casa, al principio razonable, ahora presiona. Ya queda muy poco de lo ahorrado (si queda algo). Ya hemos agotado nuestra red de apoyos, nos hemos prestado de todos los amigos, hemos vendido todo lo vendible. Ya hemos cerrado nuestro negocio, hemos reinventado nuestros servicios, hemos liquidado, rebajado, cambiado de rubro. Los que tienen la suerte de tener empleo viven la angustia de mantener el trabajo: sueldos reducidos o retrasados, sueldos que no llegan; horas extra, cambios de horario, vacaciones a cuenta de la cuarentena. No hay otra que bajar la cabeza, por lo menos tengo esto, qué hago si estoy entre los que reciben su memorándum.

Tomar el minibús, salir a trabajar, hacer las compras: tareas tan repetitivas y sosas que antes casi no registrábamos en nuestra rutina cotidiana, ahora son eventos heroicos. Implican mucha concentración, gran cuidado: en cada desplazamiento nos acecha el peligro. Un peligro que se materializa en los rostros que vemos, ausentes de labios. Las interacciones son mínimas: pareciera que no solo tememos los virus en las gotitas de saliva, sino también en el intercambio de miradas.

Esa desconfianza, sin embargo, precede a la pandemia: viene desde octubre, cuando se quebró el país como se quiebra una copa en la que viertes agua demasiado caliente. Una sola línea visible, longitudinal, acechante. Todavía bebemos en esa copa, sabiendo que en cualquier momento no va a soportar la tensión y va a separarse en dos mitades irreconciliables. Mi abuelo, el gran reparador, solía remendar esas copas por la cara externa con pegamento transparente, en la época en que reparar tenía más sentido que tirar y comprar otra.

No tenemos otro país para comprar, ni habría nunca nada que pague los dolores de esa ruptura. Quizás el remiendo sea imperfecto, quizás tengamos que seguir tratando la copa con cuidado, evitando los golpes y los apis demasiado calientes. Pero esta es la única Patria, la única Matria que hemos heredado y que legaremos a nuestros hijos. Esas miradas tensas, esas manos curtidas, esas esperanzas y angustias embozadas con las que nos cruzamos en la calle cada día, son las mismas que las nuestras. Hay que superar la rajadura que nos divide, hay que creer que somos capaces de seguir considerándonos miembros de una misma comunidad imaginada. Hay que intentar reparar nuestra copa quebrada por el racismo y la intolerancia, y maltratada después por el aislamiento, el miedo y la incertidumbre económica.

Es natural que en tiempo de crisis cada familia, cada grupo, se retrotraiga para protegerse a sí mismo. Si fuera solo la pandemia la que nos lleva a tomar esa actitud tribal, no habría razón para demasiada alarma. Pero el virus que nos acecha no es solo sanitario, y si no somos capaces de recomponernos como sociedad hoy ¿con qué cara veremos a nuestros hijos a los ojos mañana?

Verónica Córdova es cineasta.

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La salud ¿primero?

En dos meses no va a desaparecer la enfermedad, pero puede quebrarse la inestable paz que costó casi 40 vidas

/ 21 de junio de 2020 / 07:35

Un breve repaso a los números basta para refutar la consigna que esgrimen quienes usan la pandemia como excusa para mantenerse en un poder que no ganaron en las urnas. Hemos rebasado el límite de los 20.000 contagios y acumulado un saldo de 679 fallecidos. Son números abstractos: no reflejan los nombres, las angustias, las lágrimas ni los desamparos. Es como decir 500 respiradores: Si cada uno de esos inexistentes aparatos habría salvado una sola vida, el tamaño de la tragedia disminuiría en un 80 por ciento.

Otro número que se conoció esta semana es 45.000: la cantidad de pruebas que se han realizado desde que la pandemia llegó a Bolivia, hace 100 días. Nuestro vecino Perú ha realizado 1.360.000 pruebas en el mismo periodo. Este número de pruebas nos permite deducir que se ha aplicado el test a un promedio de 450 personas por día, lo que equivale a un total acumulado de 0,40 pruebas por millón de habitantes. Nuestro vecino Chile ha hecho 30.000 pruebas por millón de habitantes. El índice de positividad de Bolivia es del 44%. O sea: de cada 100 pruebas que se realizan, 44 salen positivas.

Son solo números, sin embargo. No describen los cientos de llamadas al Sedes para pedir una prueba que tarda o no llega nunca. No reflejan el miedo de los miles que combaten el virus con eucalipto, limón, paracetamol y una dosis enorme de desconfianza en el sistema. ¿Para qué ir a un hospital donde lo más probable es que ni siquiera te reciban? ¿Para qué pedir una ayuda que te convertirá en solo una estadística, vulnerable al estigma?

El número fatal, 679 muertos hasta hoy (seguramente habrá más el día que se publique esta columna). Es otro número sin rostro, sin aliento, lleno de mentiras. El número oficial de muertos por COVID en el departamento del Beni es 131. Pero los cementerios donde se entierran confirmados y sospechosos tienen más de 300 sepulturas.

El número de la indignación es 7. Es la cantidad de hospitales públicos de Cochabamba que se negaron a recibir a Juan Carlos, aduciendo falta de condiciones o de espacio. Finalmente, se desvaneció en plena calle y falleció sin auxilio. Tres cementerios se negaron, después, a recibirlo. Desgraciadamente, no es el único caso.

Comparen estos números con otro, más indigno: 11.000. Es la cantidad de bolivianos que cuesta en promedio un día de internación en clínicas privadas. Hay pacientes que han muerto dejando cuentas por pagar por más de 400.000 bolivianos. A falta de regulación del Ministerio de Salud, la medicina privada está lucrando con la pandemia. Mientras tanto, se han reportado 10 casos de personas que han muerto en puertas de hospitales públicos esperando ayuda médica. Los que mueren en sus casas sin ayuda ni siquiera se cuentan. Es hora de que se nacionalicen, aunque sea temporalmente, las instalaciones de salud privadas. No puede ser que superar la enfermedad dependa del tamaño de tus ahorros. No puede ser que la herencia de tu familia sea un número amargo: cuánto habría costado salvar la vida de un ser amado, si tendrías el dinero.

El Gobierno de facto es responsable de estos números terribles, porque le tocó gobernar durante la pandemia. Y en lugar de concentrarse en reducirlos, usa los números como excusa para evitar elecciones. Piden dos meses más de prórroga. ¿Para qué? En dos meses no va a desaparecer la enfermedad, pero puede quebrarse la inestable paz que ha costado casi 40 vidas.

Los números del COVID, lejos de ser un factor de miedo, son un factor de bronca: No podemos seguir dejando la salud, la vida, la economía y la esperanza de 11 millones de personas en manos indolentes, inexpertas, ineficientes e ilegítimas. Una sola es la salida: ¡Elecciones ahora!

Verónica Córdova
es cineasta.

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La Cultura no es despilfarro

Un país que no protege su cultura es un país sin alma, sin identidad, sin ajayu y, por tanto, sin futuro.

/ 7 de junio de 2020 / 08:40

Primero levantaron la cuarentena, con excepciones muy significativas. Mantuvieron la suspensión de actividades culturales, deportivas y políticas, al tiempo que autorizaron actos y ceremonias religiosas. La naturaleza discriminatoria de esta excepción no se le escapó ni siquiera a las autoridades eclesiásticas. ¿Será que los virus diferencian entre quienes se reúnen para rezar y quienes lo hacen para escuchar música? ¿Será que las necesidades espirituales, urgentes después del largo encierro, solo se reducen a ir a misa? ¿No es también alimento para el espíritu el teatro, el cine, la tertulia e incluso la reflexión política?

No contentos con discriminar a los artistas, su siguiente decisión es eliminar completamente el Ministerio de Culturas, fusionarlo con Educación, con Deportes, con cualquier cosa, borrando de un plumazo una conquista de décadas. Para ellos el arte es puro despilfarro, la identidad de nuestro país es tan útil como la bocina de un avión, el alma de Bolivia es un invento del Movimiento Al Socialismo y las instituciones creadas por los artistas para proteger su trabajo y estimular la creación son nada más que un gasto insulso.

¿Qué podemos decir ante esta nueva arbitrariedad, ante este despliegue de ignorancia, ante esta nueva manera de censurar y acallar las voces que podrían ser críticas? Eliminar el Ministerio de Culturas es una acción tan fascista como quemar libros en la plaza. Y lo hacen con el pretexto de ahorrar recursos. ¿Esos mismos recursos que derrocharon pagando sobreprecios en respiradores y en bombas lacrimógenas? ¿Esos mismos recursos que malgastaron en viajes en avión para festejar cumpleaños?

Dicen, para colmo, que eliminando el Ministerio de Culturas van a apuntalar la economía de las familias. ¿De qué familias? ¿De las suyas, como han hecho hasta ahora?

El arte es, debe ser, un artículo de primera necesidad, tanto en su consumo como en su producción. Durante la cuarentena, muchos encontramos consuelo y compañía en la música, los libros, las películas. Muchos artistas liberaron su trabajo en las redes sociales, hicieron actividades gratuitas, lanzaron convocatorias, aliviaron la pesada carga del aislamiento y el miedo. Y el Gobierno nos retribuye con discriminación, maltratos y finalmente borrando de un plumazo una institución que nadie “se inventó”: Nosotros la luchamos.

Esta semana circuló una solicitud de renuncia de la autoridad de Culturas, que firmamos cientos de artistas. Ahora, frente a este nuevo atropello, corresponde decir con claridad que no es solamente la Ministra de Culturas quien nos ha fallado en esta pandemia.

Es todo el gobierno de facto, que prioriza la represión antes que la salud; que utiliza la vida (y la muerte) de los bolivianos para tomar medidas que no le corresponden, afectando la economía y la biodiversidad del país en el largo plazo; que asumió el poder supuestamente defendiendo la democracia, y ahora se opone a la realización de elecciones. Ya no hay lugar para la duda, y hasta los más entusiastas pititas van a tener que preguntarse (si les queda un poco de honestidad y sangre en la cara): ¿Qué más se podía esperar de un gobierno que se hizo del poder sobre los cadáveres de decenas de compatriotas?

Nosotros, los artistas, no necesitamos de un Ministerio para componer, para filmar, para escribir, para pintar, para hacer danza, teatro, para —frente a todo obstáculo— seguir creando. Pero un país que no protege su cultura es un país sin alma, sin identidad, sin ajayu y, por tanto, sin futuro. Un Estado que no promueve el arte es un Estado muerto. Y un gobierno que considera la cultura un despilfarro, es un gobierno que no merece ningún respeto.

Verónica Córdoba es cineasta

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