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sábado 19 jun 2021 | Actualizado a 17:51

Lección inesperada de la pandemia

Si nos lo proponemos, podemos pensar (y acaso crear) nuevas maneras de convivir, maneras auténticas de ‘hacer comunidad’

/ 13 de mayo de 2020 / 06:14

Estamos expuestos a una multiplicidad de fenómenos difíciles de leer, en un tiempo detenido, y sentimos la amenaza. Necesitamos lucidez antes de que el mundo se reordene y se reinstale, porque sería deseable al menos conseguir que lo haga con algún elemento más humano. La pandemia y el desplome económico suponen una problematización del modo en que se podrán desarrollar la mayoría de las actividades humanas en el futuro. ¿Cómo inventar una nueva normalidad? Este estado de despojamiento de herramientas es posiblemente un momento único como disparador de ideas, aunque al principio solo consigan expresarse en forma de balbuceos.

Uno de los aspectos inéditos del actual impase es la ausencia de otro. Hasta ahora estábamos acostumbrados a ver proyectos políticos que se construían frente a un “otro”. Ahora no; ya no hay posibilidad de guerras santas. Se puede ilustrar esta reflexión con un análisis que desarrolla David Quint (Epic and Empire). La épica, desde Virgilio, es un género abiertamente político, ligado a la historia de un grupo específico que pretende que la historia le dé la razón, por ser él (con su líder) quien representa la razón misma de la Historia (en singular… y con mayúscula).

Esto se vio en Bolivia en el discurso muchos regímenes. En ellos hacía falta: a) un líder indiscutido; b) un enemigo (la derecha, la izquierda) al que achacar los males pasados; c) la convicción de estar avanzando de acuerdo con un pretendido “sentido de la Historia”; y d) la seguridad de que el enemigo político no tiene razones dignas de tal nombre, y que no es más que un rejunte de fuerzas poco cohesionadas: se trata de bárbaros.

En el libro VIII de la Eneida, el asombrado Eneas observa las escenas grabadas en la superficie del escudo que forjó para él el dios Vulcano a pedido de la diosa Venus (madre del héroe). Es un escudo profético, en el que están representados los hitos más importantes de la futura ciudad de Roma. En el centro mismo del escudo (el lugar más relevante) se encuentra representada, en varias escenas, la batalla de Actium (año 31 a.C.). De un lado está Augusto, que va acompañado de los miembros del Senado y del pueblo, lo cual le confiere legitimidad; mientras que los perdedores buscaron alianzas con pueblos bárbaros, incapaces de una operación razonada. Intervienen los mismos dioses. Los de los bárbaros no pueden competir con los olímpicos, a pesar de su terrible aspecto. Después de la victoria, Augusto hace su entrada triunfal en la urbe, y es asociado con la divinidad solar. La alegría estalla por todas partes.

Si toda la épica posterior tomó como modelo a Virgilio se debe a que logró hacer un poema de calidad extraordinaria. Mientras que los creadores de relatos épicos de los siglos XX y XXI aprendieron solamente los resortes ideológico-políticos. No buscaron hacer una obra maestra, sino que les bastaba una “línea gráfica”: una estética de cómic (sin desmerecer el género) que en su esquema es deudora del poeta mantuano. Guillermo Francovich describe el modo de operar de los regímenes despóticos: “convierten la historia en instrumento de poder. No solo se apoderan del presente y del futuro, sino que tratan de hacerse dueños también del pasado. Lo tergiversan o lo deforman de modo sistemático, cuando no lo inventan cínicamente de acuerdo con sus conveniencias del momento”.

Frente a los escenarios polarizados que se quisieron instalar en Bolivia a finales de 2019, en los que se turnaron dos narrativas, lo que parece claro es que en esta nueva situación no existen (por ahora) los elementos que hemos visto como condición para la mentira épica. No hay líderes que nos quieran arrojar al combate contra el “otro”. Nadie es hoy el dueño de la Historia. El problema que se ha instalado nos afecta a todos. La ausencia de líderes mesiánicos y de “veredas contrarias” es una oportunidad para recordar que también era posible pensar sin ese ruido.

Tal vez este momento sea la mejor ocasión para algunos tipos de análisis. Si nos lo proponemos, podemos pensar (y acaso crear) nuevas maneras de convivir, maneras auténticas de “hacer comunidad”, frente a las lógicas que pretenden enfrentarnos. No puedo dejar de recordar que el papa Francisco, en su visita a Bolivia, veía la necesidad de pasar “de lo que es mejor para mí a lo que es mejor para todos, lo cual incluye todo aquello que da cohesión a un pueblo: metas comunes, valores compartidos, ideales que ayudan a levantar la mirada más allá de los horizontes particulares”. Todos hemos visto (y muchos, participado) en iniciativas solidarias en las que acaso podamos ver algunas claves.

Andrés Eichmann Oehrli, investigador y docente universitario, doctor en Filología Hispánica, miembro de Voces Católicas Bolivia.

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Contra la discriminación y la intolerancia

Si esto se ratifica, el solo hecho de rechazar una afirmación podría considerarse como intolerancia.

/ 14 de marzo de 2017 / 05:05

La Cámara de Senadores tiene para ratificar dos convenciones de la OEA, tendientes a combatir la discriminación y la intolerancia. Ante todo, pienso que es digna de aplauso cuanta iniciativa surja con la intención de superar “toda forma de discriminación y de intolerancia”. El ser humano debería poder vivir libre de toda agresión a su dignidad, y esto es anterior a cualquier otra consideración. Hay que superar las agresiones físicas, por supuesto, pero no son las únicas. El cerebro humano percibe el rechazo exactamente en el mismo centro del dolor físico, lo cual muestra que es tan inaceptable el primero como el segundo.

Está claro que habrá algunas iniciativas mejores que otras, y que en cada caso habrá que evaluar hasta dónde es previsible el beneficio que se intenta, y si en algún aspecto puede haber una consecuencia indeseada. En el caso de las convenciones mencionadas de la OEA, redactadas hace ya varios años, el hecho de que ningún país haya querido suscribirlas puede ser sintomático. Tal vez su negativa se deba a motivos que sería conveniente tener en cuenta también en nuestro país, que sería el único en ratificar tales acuerdos.

Hay ocasiones en que la solución que se propone puede provocar daños mayores que los que procura evitar. Una vez se refirió a este tipo de desaciertos Juan Domingo Perón recurriendo a una nota de humor. El General Aspirina se encontraba departiendo con otras personas y se le acercó un oficial, que le preguntó: “¿General, tiene usted algo para el dolor de cabeza?” La respuesta no se hizo esperar. “Por supuesto”, dijo el interpelado, y acto seguido sacó su pistola y le encajó un tiro en la cabeza. Indudablemente el dolor desapareció de inmediato, pero acaso no era la mejor manera de eliminarlo.

El texto de una de las convenciones define intolerancia como “el acto o conjunto de actos o manifestaciones que expresan irrespeto, rechazo o desprecio de la dignidad, características, convicciones u opiniones de los seres humanos por ser diferentes o contrarias”. Según esto, observa el analista Tomás Henríquez, el solo hecho de rechazar una afirmación (porque uno sostiene otras convicciones u opiniones) podría eventualmente considerarse como intolerancia. Es decir, el texto de la convención colisiona con algo reconocido en el derecho internacional, el derecho a la libertad de opinión.

Por otra parte, ambas convenciones disponen algo sorprendente: los Estados que las ratifiquen deben eliminar, prohibir y sancionar “la elaboración y utilización de contenidos, métodos o herramientas pedagógicas que reproduzcan estereotipos o preconceptos en función de alguno de los criterios enunciados en el artículo 1.1”; es decir el sexo, la orientación sexual o la identidad o expresión de género. Es decir, vuelve a asomar el pensamiento único, propio de los totalitarismos a los que nadie desea regresar. Nótese que esto también entra en choque con otro derecho reconocido en nuestras leyes, el de las familias a educar a sus niñas y niños, también reconocido en el derecho internacional.

Catalina Botero, hasta 2014 relatora de la OEA para la libertad de expresión, advirtió que esta libertad corre peligro a medida que se imponen intereses de grupos decididos a quedarse con un único micrófono. En su momento lo dijo en relación con grupos LGTB a favor de los cuales ella luchó durante años. Paradójicamente, una vez adquiridos sus derechos de libertad de expresión han cambiado de actitud y se muestran enemigos de tal libertad al buscar restringirlos en quienes piensan distinto que ellos.

Bolivia es un país abierto a la diversidad. Lo ha sido siempre, y más ahora que se reconoce a sí mismo como plurinacional. El pueblo boliviano tiene gran apego a la libertad de expresión, de pensamiento y de creencia. Sería penoso ver amenazadas las bases de las culturas bolivianas por intereses extranjeros y/o de grupos que buscan una colonización ideológica. Seguramente seremos capaces de encontrar mejores soluciones contra la discriminación y la intolerancia.

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La Iglesia y la pesadilla de los abusos sexuales

Los abusos a menores son motivo de tristeza y sufrimiento; dolor que ante todo padecen las víctimas.

/ 17 de junio de 2016 / 04:15

Los abusos a menores son motivo de tristeza y sufrimiento; dolor que ante todo padecen las víctimas. Pero todos somos heridos cuando se hiere a los vulnerables. Nos rebelamos. Algo en nuestro interior parece gritar. Y peor si los agresores son sacerdotes. Que los cascos azules (según noticias recientes) hayan cometido estos crímenes en mayor número y en corto tiempo, y que se escuden en el estatus especial de que gozan nos parece una calamidad. Pero de los cascos azules esperamos servicios concretos en favor de la paz, mientras que del sacerdote esperamos la paz misma y una vida ejemplar.

En Bolivia se conocen dos casos de abusos a menores (en Cochabamba). En ambas ocasiones quien llevó adelante la denuncia ante la justicia ordinaria fue el propio Mons. Tito Solari (utilizo aquí el libro-reportaje de Ariel Beramendi). El primer caso (2007) no prosperó ante la justicia ordinaria porque no se trató de violación, sino de “abuso deshonesto” (una fisura más en el sistema legal). Pero el juicio eclesiástico continuó, y el Vaticano aplicó “la más alta de las penas canónicas para un sacerdote (…), lo excluyó del estado clerical”; al menos ya no podía cometer abusos respaldado por la condición sacerdotal.

El otro caso (2009) sí fue tratado por la Justicia; el culpable de los abusos deshonestos (tampoco aquí hubo violaciones) fue condenado a 22 años de cárcel; había cometido otros crímenes. La Iglesia, también en este caso, “lo despojó de su dignidad sacerdotal”.

¿Qué hizo el Arzobispo de Cochabamba, además de iniciar la acción legal? Primero, sufrir por esta durísima herida. “Más de una vez me he planteado si yo mismo debería ir a la cárcel antes que acusar a uno de mis sacerdotes, pero tengo la convicción de que eso no ayudaría ni a la Iglesia ni a las víctimas; porque así (…) no se resuelve la situación de abuso de menores, que son los que más sufren”. Y añade: “Estaba convencido de que si existiera otro caso de abuso en mi diócesis, antes (de la acción legal) llegaría al Vaticano mi renuncia como arzobispo. Las heridas y el escándalo provocados son un sufrimiento indecible”.

También llevó adelante un proyecto de acompañamiento de las víctimas y de prevención, que se llevó a cabo en los internados, en los hogares y parroquias. En un comunicado que difundió en aquel entonces dijo: “Ahora, nuestro compromiso es volcar hacia todos los involucrados nuestros esfuerzos para rehabilitar a los chicos y ofrecerles las mejores oportunidades para que de este mal puedan encontrar renovados impulsos de bien”.

Y en efecto, trabajó intensamente con especialistas (psicólogos, pedagogos, trabajadores sociales), en un esfuerzo tan amable como discreto, que contó con el apoyo de la Secretaría de Estado del Vaticano. Allí consideraron esta labor “una buena práctica que podría repetirse en otras latitudes, como una forma concreta de lucha contra el abuso de menores”. También trabajó para que se hiciera acompañamiento terapéutico a personas que habían cometido ese tipo de crímenes, “ya que se sabe que el 70% de ellos fueron víctimas no tratadas, así que las acciones también incumbían al ámbito carcelario”.

Nunca dejaremos de sentir una profunda amargura cuando en nuestra sociedad ocurran estas violencias contra la dignidad de las personas. En uno de sus comunicados de prensa de aquellos años, Solari declaró: “Todos sufrimos las consecuencias de estos hechos. Necesitamos acogernos a la misericordia de Dios y su ayuda para soportar este dolor, para no dejarnos vencer por el escándalo y para retornar a nuestro camino con un compromiso de mayor fidelidad”. Acaso las grandes lecciones de la Iglesia ante esta realidad sean el agradecimiento a quienes denuncian estos hechos para hacer limpieza desde dentro y, más aún, la solicitud por las víctimas.
 

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Iglesia, homosexualidad y derechos humanos

La Iglesia no es antigay por el hecho de considerar la sexualidad desde la perspectiva de la familia

/ 9 de enero de 2016 / 07:22

Según el jurista argentino Alfonso Santiago, en la actualidad existe una consideración favorable del aporte de la religión y de las comunidades creyentes en los espacios de la vida pública (se refiere sobre todo a las comunidades cristianas y, en particular, a la católica). Por citar solo a dos (no precisamente entusiastas devotos), Mario Vargas Llosa y Jürgen Habermas se han pronunciado en este sentido. Sin embargo, tal consideración favorable parece ponerse entre paréntesis cuando se trata de debates en torno a la homosexualidad. La Iglesia pasa entonces a fósil, representante de tiempos pretéritos, con la rara obsesión de entorpecer el avance de sociedades dinámicas en su búsqueda de libertad. Y estaría a favor de la discriminación de quienes no adoptan la conducta sexual que considera apropiada. ¿Es esto así? Vale la pena examinar estos cuestionamientos.

Lo primero que debería recordarse es que la Iglesia Católica no discrimina a nadie por ningún motivo, ya que busca seguir la enseñanza de Jesús: se ha de amar a todos; ningún ser humano queda excluido de este amor.

La opción de cambiar de sexo o la conducta sexual no entra en consideración aquí. La Iglesia no rechaza a los homosexuales. Otra cosa es que esté convencida de que el sentido del sexo es de complementariedad varón-mujer. No se es antigay (homófoba) por el hecho de considerar la sexualidad desde la perspectiva de la familia y de la mutua donación en el matrimonio.

La Iglesia no condena a personas gays ni a transexuales. Es más, desde su punto de vista no hay “homosexuales” o “heterosexuales” o “bi” o “trans” o “queer”. Hay personas, y todas las personas pueden ser santas si aman a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismas. El catolicismo aborda los temas referidos al sexo con una perspectiva humanista y propone un proyecto de vida basado en valores, buscando el bien de las personas. Desde su visión, el estilo de vida homosexual no beneficia a la persona. Esta visión es compatible con resultados de estudios psicológicos, sociológicos y médicos; pero de ninguna manera se basa en tales estudios, sino en un marco de valores. Este marco (volvamos a subrayar) pone en el centro la dignidad de la persona, independientemente de su conducta sexual (o de cualquier otro tipo).

Respecto del “componente genético” que la Iglesia parece ignorar en esta discusión, recordemos que los estudios actuales son incapaces de afirmar que la homosexualidad tenga un fundamento biológico. En la misma comunidad gay hay quienes sostienen que es algo biológico, mientras que según otros la identidad sexual es una elección que uno mismo diseña. Es frecuente que en estos debates se apele a la ciencia como si ésta hubiera dado ya un veredicto unívoco y definitivo. Sin embargo, las condiciones en que se lleva a cabo la producción de conocimiento hacen que la ciencia rara vez favorezca perspectivas absolutas.

La Iglesia recientemente habría comunicado que una iniciativa en favor de cambios de identidad ocasionados por el previo cambio de sexualidad sería una expresión de neocolonialismo. Esto causó, por lo visto, alguna molestia. No sé si se justifica esta última (merecería otro examen), pero lo que no creo justo es el reciclaje de viejos ataques contra “la cruz y la espada”: —No hables de colonialismo porque tú participaste en uno hace varios siglos. Aunque el argumento es pobre, puede que no sea superfluo indicar que el Evangelio ha sido acogido por la población y es hoy parte de la identidad cultural de Bolivia. No fueron obstáculo los errores (incluso crímenes lamentados por la Iglesia) del pasado. No olvidemos que muchos evangelizadores se opusieron a los abusos de los poderosos (igual que hoy), exponiéndose a todos los riesgos. En nuestra mejor herencia se halla la oposición al abuso, también (pero no solo) al colonial.

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