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lunes 2 ago 2021 | Actualizado a 05:56

Cómo crear una depresión pandémica

La búsqueda de una salida fácil y la falta de paciencia de Trump para contener la pandemia pueden desatar una depresión a gran escala. Si pudiéramos controlar el nuevo coronavirus, la recuperación sería, de hecho, bastante veloz

/ 17 de mayo de 2020 / 06:36

La semana pasada, la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos validó de manera oficial lo que ya sabíamos: tan solo unos meses después de iniciada la crisis ocasionada por el coronavirus SARS-CoV2 (responsable de la enfermedad COVID-19), Estados Unidos ya tiene un nivel de desempleo similar al registrado durante la Gran Depresión. Sin embargo, eso no es lo mismo que decir que estamos en una depresión. No sabremos si lo estamos hasta que veamos si el desempleo extremadamente alto continúa por mucho tiempo, digamos durante un año o más. Por desgracia, el gobierno de Donald Trump y sus aliados están haciendo todo lo que pueden para que sea más probable que se genere una depresión a gran escala.

Antes de que lleguemos ahí, permítanme comentar algo sobre el informe del desempleo. Observen que no dije “el peor nivel de desempleo desde la Gran Depresión”, dije “un nivel como el de la Gran Depresión”, una declaración mucho más fuerte. Para entender por qué dije eso, necesitan leer el informe, no solo ver las cifras que se mencionan en los encabezados.

Una tasa de desempleo del 14,7% es bastante terrible, pero la oficina incluyó una nota que indica que es probable que ciertas dificultades técnicas hayan ocasionado que esta cifra sea inferior al desempleo real por casi cinco puntos porcentuales. Si esto es cierto, en este momento tenemos una tasa de desempleo en torno al 20%, lo que significaría que es peor que la de casi todos los años de la Gran Depresión, excepto los dos peores. La interrogante es cuán rápidamente podremos recuperarnos.

Si pudiéramos controlar el nuevo coronavirus, la recuperación sería, de hecho, bastante veloz. Es cierto, la recuperación de la crisis financiera de 2008 tardó mucho tiempo, pero eso se debió en gran medida a problemas que se acumularon durante la burbuja de la vivienda, en especial un nivel de deuda familiar sin precedentes. Parece que ahora no tenemos problemas equiparables.

No obstante, controlar el virus no significa “aplanar la curva”, lo cual, por cierto, ya hicimos, pues logramos disminuir la propagación de la COVID-19 lo suficiente para que nuestros hospitales no se saturaran. Controlar al SARS-CoV2 significa aplastar la curva: hacer que la cantidad de estadounidenses contagiados disminuya y luego mantener un alto nivel de pruebas para identificar los casos nuevos de inmediato, en combinación con la trazabilidad de contactos para que podamos poner en cuarentena a quienes tal vez hayan estado expuestos al virus.

Sin embargo, para llegar a ese punto, primero necesitaríamos mantener un régimen estricto de distanciamiento social durante todo el tiempo que sea necesario, para reducir las nuevas infecciones a un nivel bajo. Y luego tendríamos que proteger a todos los estadounidenses con el tipo de pruebas y medidas de trazabilidad ya disponibles para la gente que trabaja directamente con Donald Trump, pero casi para nadie más.

Aplastar la curva no es fácil, pero es muy factible. De hecho, muchos otros países, desde Corea del Sur y Nueva Zelanda hasta, créanlo o no, Grecia, han logrado hacerlo. Los países que actuaron velozmente para contener el coronavirus pudieron reducir de manera importante la tasa de infecciones con más facilidad cuando dicha tasa todavía era baja, en lugar de pasar varias semanas en negación.

No obstante, incluso los lugares con brotes severos pueden disminuir sus cifras si mantienen el curso. Pensemos por ejemplo en la ciudad de Nueva York, el epicentro original de la pandemia de Estados Unidos, donde la cantidad de casos nuevos y muertes solo es una pequeña fracción de la que era hace unas semanas.

Sin embargo, hay que mantener el curso. Y eso es lo que Trump y compañía no quieren hacer. Durante un tiempo pareció como si, por fin, la administración republicana estuviera dispuesta a tomarse en serio al COVID-19. A mediados de marzo, el Gobierno introdujo las directrices de distanciamiento social, aunque sin imponer regulaciones federales. Pero en fechas recientes todo lo que escuchamos de la Casa Blanca es que necesitamos reabrir la economía, aunque todavía estamos muy alejados de donde deberíamos estar para poder hacerlo sin arriesgarnos a tener una segunda ola de infecciones.

Al mismo tiempo, el Gobierno y sus aliados parecen estar empecinados en no otorgar la ayuda financiera que nos permitiría mantener el distanciamiento social sin las dificultades financieras extremas. ¿Extender las prestaciones por desempleo mejoradas hasta el 31 de julio? “Sobre nuestro cadáver”, dice el senador Lindsey Graham. ¿Ayudar a los gobiernos estatales y locales, que ya despidieron a un millón de trabajadores? Eso, según Mitch McConnell, sería un “rescate para los estados demócratas”.

Como dice Andy Slavitt, quien dirigió los programas para proporcionar una cobertura médica a las personas mayores de 65 años (Medicare) y a aquellos que no tienen ingresos para contratar un seguro (Medicaid) durante el mandato de Barack Obama, Trump es un derrotista. Ante la necesidad de hacer su trabajo y lo que se requiera para acabar con la pandemia, simplemente se rindió. Y desentenderse de su responsabilidad no solo matará a miles de personas, sino que también podría convertir la caída provocada por el COVID-19 en una depresión.

Así es como funcionaría: en las próximas semanas, muchos estados republicanos abandonarán las políticas de distanciamiento social, mientras muchos individuos, atendiendo lo que dicen Trump y Fox News, comenzarán a comportarse de manera irresponsable. Eso ocasionará que el empleo aumente un poco durante un periodo breve. Pero muy pronto será evidente que el COVID-19 estará saliéndose de control. La gente volverá a sus hogares, sin importar lo que Trump y los gobernadores republicanos digan.

De tal modo que estaremos de vuelta a donde empezamos en términos económicos y peor que nunca en términos epidemiológicos. En consecuencia, el periodo de desempleo de dos dígitos, que podría haber durado solo unos cuantos meses, continuará de manera indefinida. En otras palabras, la búsqueda de Trump de una salida fácil y su falta de paciencia ante el trabajo arduo para contener la pandemia pueden ser precisamente lo que convierta una crisis grave pero provisional en una depresión a gran escala.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2020.

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El regreso del zombi de los valores familiares

/ 1 de agosto de 2021 / 01:30

En 1992, durante unas semanas, la política estadounidense giró en torno a los “valores familiares”. El presidente George H. W. Bush tenía problemas electorales por la debilidad de la economía y el aumento de la desigualdad. Así que su vicepresidente, Dan Quayle, intentó cambiar de tema y atacó a Murphy Brown, un personaje de un programa de comedia, una mujer soltera que decidió tener un hijo. Me acordé de ese incidente cuando leí las declaraciones de J. D. Vance, que ahora es candidato republicano al Senado de Ohio. Señaló que algunos demócratas importantes no tienen hijos y arremetió contra la “izquierda sin hijos”. Alabó las políticas de Viktor Orbán, el mandatario de Hungría, cuyo gobierno subvenciona a las parejas que tienen hijos, y preguntó: “¿Por qué no podemos hacer eso aquí?”.

Como señaló Dave Weigel, de The Washington Post, que estaba allí, fue extraño que Vance no mencionara la recién instituida deducción fiscal por hijos de Joe Biden, que supondrá una enorme diferencia para muchas familias más pobres que tienen hijos. También fue interesante que elogiara a Hungría en vez de citar los ejemplos de otras naciones europeas con fuertes políticas pronatalistas. Francia, en particular, ofrece grandes incentivos financieros a las familias con hijos y tiene una de las tasas de fertilidad más altas del mundo desarrollado. Entonces, ¿por qué Vance destacó a un gobierno represivo y autocrático con una fuerte tendencia nacionalista blanca? Era una pregunta retórica.

Tampoco puedo resistirme a señalar que cuando tuiteé sobre algunas de estas cuestiones, al centrarme sobre todo en la debilidad de los argumentos económicos a favor de las políticas pronatalistas, la respuesta madura y ponderada de Vance fue llamarme una “señora rara de los gatos”. Sin embargo, hay una cuestión más extensa en esto: todo el énfasis en los “valores familiares” —en contraposición a las políticas concretas que ayudan a las familias— resulta haber sido un error intelectual épico.

Claro está que Dan Quayle no es un intelectual. Pero su ofensiva de comedia tuvo lugar en medio de un argumento sostenido por pensadores conservadores como Gertrude Himmelfarb de que el declive de los valores tradicionales, en especial de la estructura familiar tradicional, presagiaba un colapso social generalizado. La desaparición de las virtudes victorianas, se argumentaba de manera amplia, conduciría a un futuro de crimen y caos crecientes.

Sin embargo, la sociedad se negó a derrumbarse. Es cierto que la fracción de nacimientos de madres solteras siguió aumentando. Pero el apogeo del soponcio por la pérdida de los valores familiares coincidió con el inicio de un enorme descenso de los delitos violentos. Las grandes ciudades, en particular, se volvieron mucho más seguras: en la década de 2010, la tasa de homicidios de Nueva York había vuelto a los niveles de la década de 1950.

Y como de seguro alguien sacará el tema, sí, durante la pandemia se registró un aumento de los asesinatos, aunque no de la delincuencia en general. Nadie está seguro de las razones, al igual que nadie está seguro de por qué la delincuencia disminuyó tanto para empezar.

También cabe señalar que el declive de las familias tradicionales es incluso más pronunciado en algunos países europeos que aquí; Francia, como he dicho, ha logrado alcanzar una alta tasa de fertilidad, pero la mayoría de esos nacimientos son de madres solteras. Sin embargo, al igual que en Estados Unidos, hay muy pocos indicios de caos social: la tasa de homicidios de Francia es menos de una séptima parte de la nuestra.

Por supuesto, a la sociedad estadounidense no le ha ido bien en todo. Hemos tenido un aumento alarmante de las muertes por desesperación; es decir, muertes por drogas, alcohol y suicidio. Pero es difícil argumentar que esta alza refleja un declive de los valores tradicionales.

De hecho, si observamos la situación en los distintos estados, de los 10 estados donde prevalece con mayor fuerza una medida de los valores tradicionales, la religiosidad, siete tienen una tasa de mortalidad por desesperación superior al promedio. Es casi seguro que se trata de una historia de correlación, no de causalidad.

El hecho es que hay muchas cosas que podemos y debemos hacer para mejorar nuestra sociedad. Hacer más para ayudar a las familias con hijos —con apoyos económicos, mejor atención médica y acceso a guarderías— está en el primer lugar de la lista, o casi. Por cierto, no se trata de animar a la gente a tener más hijos, eso es cosa suya, sino de mejorar la vida de los niños, para que crezcan y se conviertan en adultos más sanos y productivos. Por otro lado, vociferar contra los miembros de la élite por sus decisiones personales no está en la lista en absoluto. Y cuando eso es todo lo que hace un político, es signo de bancarrota intelectual y quizás moral.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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La derecha le apuesta todo a la ignorancia

/ 4 de julio de 2021 / 00:59

Como todos saben, los de la izquierda odian al ejército de Estados Unidos. Hace poco, una conocida figura mediática de izquierda atacó al general Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto, cuando declaró: “No solo es un cerdo, es un estúpido”.

Un momento. Ese no fue un izquierdista, se trató de Tucker Carlson de Fox News. Lo que hizo estallar a Carlson fue un testimonio en el que Milley dijo en una audiencia del Congreso que consideraba importante “que quienes usamos uniforme tengamos la mente abierta y una buena educación”.

El problema es evidente. La cerrazón y la ignorancia se han convertido en valores fundamentales de los conservadores, y quienes rechazan esos valores son el enemigo, sin importar lo que hayan hecho para servir al país.

La audiencia de Milley formó parte del furor orquestado en torno a la “teoría crítica de la raza”, que ha dominado los medios de comunicación de derecha durante los últimos meses y se ha mencionado unas 2.000 veces en Fox en lo que va de año. A menudo se ven afirmaciones de que los que atacan la teoría crítica de la raza no tienen ni idea de lo que es, pero yo no estoy de acuerdo; ellos entienden que tiene algo que ver con las afirmaciones de que Estados Unidos tiene una historia de racismo y de políticas que, de manera explícita o implícita, ampliaron las disparidades raciales.

Podemos debatir sobre la relevancia de esta historia para las políticas actuales, pero ¿quién se opondría a reconocer hechos tan simples? La derecha moderna, lo haría. La actual obsesión con la teoría crítica de la raza es un intento cínico de cambiar el tema de las muy populares iniciativas políticas del gobierno de Biden, mientras se complace con la rabia blanca que los republicanos niegan que exista. Pero es solo uno de los múltiples temas en los que la ignorancia voluntaria se ha convertido en una prueba de fuego para cualquiera que espere tener éxito en la política republicana.

¿Qué subyace en este compromiso interdisciplinario con la ignorancia? En cada tema, negarse a reconocer la realidad sirve a intereses especiales. La negación del cambio climático le sirve a la industria de los combustibles fósiles; la negación de la evolución le sirve a los fundamentalistas religiosos; el misticismo de la reducción de impuestos… les sirve a los donantes multimillonarios.

Pero también hay, diría yo, un efecto indirecto: aceptar la evidencia y la lógica es una especie de valor universal y este valor no puede eliminarse de un área de investigación sin degradar todo lo demás. Es decir, no se puede declarar que la honestidad sobre la historia racial de Estados Unidos es inaceptable y esperar que se mantengan los estándares intelectuales en todos los demás ámbitos. En el universo moderno de ideas de la derecha, todo es político; no hay temas seguros.

Esta politización de todo crea una enorme tensión inevitable entre los conservadores y las instituciones que tratan de respetar la realidad.

Se han hecho muchos estudios para documentar la fuerte inclinación demócrata de los profesores universitarios, lo que a menudo se considera una prueba evidente de la parcialidad política en la contratación.

El Partido Republicano moderno no tiene cabida para las personas que creen en la objetividad. Una característica sorprendente de las encuestas sobre el partidismo académico es la abrumadora tendencia demócrata en ciencias duras como la biología y la química; pero ¿en verdad resulta difícil de entender si se considera que los republicanos rechazan la ciencia en tantos frentes?

Un estudio reciente se maravilla de que hasta los departamentos de finanzas sean en su mayoría de tendencia demócrata. De hecho, cabría esperar que los profesores de finanzas, algunos de los cuales realizan lucrativas consultorías para Wall Street, fueran bastante conservadores. Pero incluso a ellos les repugna un partido comprometido con la economía zombi.

Lo que me lleva de nuevo a Milley. El ejército de Estados Unidos se ha inclinado de manera tradicional por los republicanos, pero el cuerpo de oficiales moderno tiene estudios superiores, es de mente abierta y, me atrevo a decir, incluso un poco intelectual, porque esos son atributos que ayudan a ganar guerras. Por desgracia, también son atributos que el Partido Republicano moderno considera intolerables.

Así que ataques como el que recibió Milley eran inevitables. Los de derecha le apuestan todo a la ignorancia, por lo que están destinados a entrar en conflicto con todas las instituciones —incluido el ejército estadounidense— que estén tratando de cultivar el conocimiento.

Paul Krugman es premio. Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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¿Por qué los republicanos no son populistas?

/ 3 de abril de 2021 / 01:24

El Plan de Rescate Estadounidense del presidente Joe Biden es tremendamente popular, incluso entre los electores republicanos. Aún no tenemos información exacta sobre la próxima iniciativa demócrata, pero es posible que tenga buenos resultados en las encuestas porque combinará una inversión importante en infraestructura y aumentos en los impuestos para las corporaciones y los ricos. Ambos temas son muy populares.

Sin embargo, al igual que el plan de rescate, lo más probable es que el próximo plan tampoco obtenga un solo voto republicano en el Congreso. ¿Por qué los republicanos electos siguen tan comprometidos con las políticas económicas de la derecha que ayudan a los ricos mientras timan a la clase trabajadora?

Al igual que muchos observadores, solía pensar en un modelo del Partido Republicano parecido al que se presenta en What’s the matter with Kansas?Es decir que, al igual que Thomas Frank, autor del libro de 2004 que lleva ese título yo en esencia veía al Partido Republicano como una empresa dirigida por y para plutócratas, gestionada para ganar elecciones al aprovecharse de las quejas culturales y la hostilidad racial de los blancos de la clase trabajadora. Pero, la intolerancia solía ser un espectáculo para la plebe; el partido regresaba a sus prioridades a favor de los ricos después de que terminaban las elecciones.

Puede que los multimillonarios hayan puesto al Partido Republicano en la vía del extremismo, pero es evidente que perdieron el control de las fuerzas que conjuraron. El Partido Republicano ya no puede guardar la intolerancia en un cajón, después de cada elección, para enfocarse en sus asuntos importantes como el recorte de impuestos y la desregulación. En cambio, ahora los extremistas son los que mandan. A pesar de una derrota electoral y una insurrección violenta, lo que queda de la vieja clase dominante republicana se ha degradado en el altar del trumpismo.

Sin embargo, aunque el poder en el Partido Republicano se ha alejado casi por completo de la clase dirigente conservadora, el partido sigue comprometido con una ideología económica de recortes de impuestos y gasto. Y no resulta evidente por qué. Cuando Donald Trump avasalló a los candidatos de la clase dirigente en 2016, parecía posible que llevara a su partido hacia lo que algunos políticos denominaron “democracia de Herrenvolk”, en la que las políticas públicas son realmente populistas e incluso igualitarias, pero solo para los miembros de los grupos raciales y étnicos adecuados.

Como candidato, Trump a menudo sonaba como si quisiera ir en esa dirección y prometía no disminuir las prestaciones sociales, así como comenzar un enorme programa de infraestructura. De haber cumplido esas promesas y mostrado una pizca de populismo verdadero, tal vez seguiría siendo presidente. Sin embargo, en la práctica su recorte de impuestos y su intento fallido de revocar Obamacare se apegaron por completo al manual de estrategias conservadoras de siempre. La excepción que confirma la regla fue la política agrícola de Trump, que incluyó enormes subsidios para los agricultores a los que afectó su guerra comercial, pero se las ingenió para entregárselos casi todos a los blancos.

¿Acaso la continuación de políticas económicas impopulares que hizo Trump fue solo un reflejo de su ignorancia personal y falta de interés en el trasfondo de las políticas? Los acontecimientos ocurridos desde las elecciones sugieren que no. Ya mencioné la alineación de la oposición republicana contra el paquete de asistencia de Biden. El rechazo al populismo económico también se ve a nivel estatal. Piensen en Misuri. Uno de sus senadores, Josh Hawley, declaró que los republicanos deberían ser “un partido de la clase trabajadora, no un partido de Wall Street”. Sin embargo, los republicanos en la legislatura estatal acaban de bloquear el financiamiento para expandir Medicaid que tendría un costo muy bajo para el Estado y que ya había aprobado la mayoría de los electores.

¿Qué está pasando? Sospecho que la ausencia de populismo verdadero en la derecha tiene mucho que ver con la cerrazón de mente de la derecha: puede que la clase dirigente conservadora haya perdido poder, pero sus esbirros siguen siendo los únicos en el Partido Republicano que saben algo sobre políticas públicas. Y es posible que los grandes capitales todavía compren influencia incluso en un partido cuya fuerza proviene en su mayoría de la intolerancia y el odio. En todo caso, por ahora los políticos republicanos les están haciendo un gran favor a los demócratas, al aferrarse a ideas económicas desacreditadas que ni sus seguidores aprueban.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times

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El plan económico republicano es un insulto

No se trata de una oferta para hacer concesiones, sino de una exigencia de rendición casi total.

/ 3 de febrero de 2021 / 01:02

Así que 10 senadores republicanos proponen un paquete económico que se supone que es una alternativa al Plan de Rescate Estadounidense del presidente Joe Biden. Se dice que la propuesta solo sería de una fracción del tamaño del plan de Biden y, en aspectos importantes, le quitaría toda la sustancia al alivio económico. Sin embargo, los republicanos quieren que Biden ceda a sus deseos en nombre del bipartidismo. ¿Debería hacerlo? No, no, 1,9 billones de veces no.

No es solo que lo que sabemos de la propuesta del Partido Republicano indique que es bastante inadecuada para una nación que sigue asolada por la pandemia de coronavirus. Más allá de eso, por su conducta los republicanos perdieron todo derecho a pedir bipartidismo, o incluso a que se les conceda cualquier presunción de buena fe.

Empecemos por el fondo. Desde cualquier punto de vista, enero fue el peor mes de la pandemia hasta ahora. Más de 95.000 estadounidenses murieron de COVID-19; las hospitalizaciones siguen siendo mucho más altas que en los picos anteriores.

Es cierto que por fin se vislumbra el final de la pesadilla. Si todo va bien, en algún momento de este año la cantidad de personas vacunadas será suficiente para alcanzar la inmunidad de grupo, la pandemia se desvanecerá y se podrá reanudar la vida normal. Y mientras tanto, vamos a tener que seguir con un cierre parcial. Y la continuación del cierre impondrá muchas dificultades financieras. El desempleo seguirá siendo muy alto; millones de empresas lucharán para mantenerse a flote.

Por ende, lo que necesitamos es una ayuda para el desastre que les permita a los estadounidenses afectados superar los duros meses que se avecinan. Y eso es lo que haría el plan de Biden.

No obstante, los republicanos quieren destripar este plan. Se proponen disminuir la asistencia adicional para los desempleados y, lo que es más importante, cortar esa ayuda en junio, mucho antes de que podamos volver al pleno empleo. Se proponen eliminar cientos de miles de millones en asistencia para los gobiernos estatales y locales. Quieren eliminar la asistencia para los menores. Y así sucesivamente.

No se trata de una oferta para hacer concesiones, sino de una exigencia de rendición casi total. Y las consecuencias serían demoledoras si los demócratas cedieran.

¿Pero qué pasa con el bipartidismo? Como diría Biden: “Hombre, por favor”. En primer lugar, un partido no puede exigir bipartidismo cuando muchos de sus representantes siguen sin reconocer que Biden ganó de manera legítima e incluso los que al fin reconocieron la victoria de Biden se pasaron semanas siguiéndole la corriente a afirmaciones infundadas de una elección robada.

Las quejas de que sería “divisorio” por parte de los demócratas aprobar un proyecto de ley de alivio en una votación de línea de partido, utilizando la reconciliación para evitar el filibusterismo, también son bastante irrisorias viniendo de un partido que hizo exactamente lo mismo en 2017, cuando promulgó un gran recorte de impuestos, una legislación que, a diferencia del alivio de la pandemia, no era una respuesta a ninguna crisis evidente, sino que solo era parte de una lista de deseos conservadora. Y cuando un partido intenta aplicar políticas con un apoyo público abrumador mientras el otro se opone a ellas, ¿quién es con exactitud el que divide?

Esperen, hay más. Todo el mundo sabía que los republicanos, a quienes de la noche a la mañana dejaron de preocuparles los déficits cuando Donald Trump asumió el cargo, redescubrirían de repente los horrores de la deuda pública cuando Joe Biden llegara al poder. Lo que ni siquiera yo esperaba era verlos quejarse de que el plan de Biden da demasiada ayuda a las familias relativamente acomodadas.

De nuevo, consideren el recorte de impuestos de 2017. Según el Centro de Política Fiscal, que es apartidista, ese proyecto de ley les daba el 79% de sus beneficios a las personas que ganan más de $us 100.000 al año. Dio más a los estadounidenses con ingresos superiores al millón de dólares, apenas el 0,4% de los contribuyentes, que la exención fiscal total para quienes viven con menos de $us 75.000 al año, es decir, la mayoría de la población. ¿Y ahora los republicanos dicen preocuparse por la equidad?

En resumen, todo en esta contraoferta republicana apesta a mala fe, el mismo tipo de mala fe que el Partido Republicano mostró en 2009 cuando intentó bloquear los esfuerzos del presidente Barack Obama para rescatar la economía tras la crisis financiera de 2008.

Por desgracia, Obama no supo captar la naturaleza de su oposición y suavizó sus políticas en un vano intento de ganarse el apoyo del partido opositor. Esta vez, parece que los demócratas entienden que es una trampa y no se dejarán engañar de nuevo.

Así que está bien que Biden hable con los republicanos y los escuche. Pero, ¿debería hacer alguna concesión sustancial para intentar ganárselos? ¿Debería dejar que las negociaciones con los republicanos retrasen la aprobación de su plan de rescate? En absoluto. Solo tiene que lograr su aprobación.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.    

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Una bizarra espiral negativa

La respuesta republicana a la derrota electoral es intentar amañar las próximas elecciones en Estados Unidos.

/ 1 de febrero de 2021 / 00:16

Esto es lo que sabemos de la política estadounidense: el Partido Republicano está atrapado, quizá de manera irreversible, en una bizarra espiral negativa. Si la insurrección del Capitolio provocada por Trump no le devolvió la cordura al partido —y no fue así—, nada lo hará.

Lo que no está claro todavía es quién, exactamente, acabará enfrentándose a la perdición. ¿Será el Partido Republicano como una fuerza política importante? ¿O será Estados Unidos tal y como lo conocemos? Por desgracia, no sabemos la respuesta. Depende mucho del éxito que tengan los republicanos en la supresión de votos.

Sobre lo bizarro: incluso a mí me quedaba algo de esperanza de que la clase dominante republicana pudiera intentar acabar con el trumpismo. Pero esas esperanzas murieron esta semana. En otras palabras, el liderazgo nacional del Partido Republicano, después de coquetear por poco tiempo con el sentido común, se ha dejado llevar por las fantasías de los extremistas. La cobardía manda.

Y los extremistas están consolidando su dominio a nivel estatal. El partido estatal de Arizona censuró al gobernador republicano por el pecado de intentar contener el coronavirus de manera tardía. El Partido Republicano de Texas adoptó el lema “Somos la tormenta”, que se asocia con QAnon, aunque el partido niega haber tenido la intención de establecer un vínculo. Los republicanos de Oregon apoyan la afirmación carente de todo fundamento, contradicha por los propios alborotadores, de que el ataque al Capitolio fue una operación de bandera falsa ejecutada por la izquierda.

¿Cómo le sucedió esto al partido de Dwight Eisenhower? Los politólogos sostienen que las fuerzas tradicionales de la moderación se han debilitado por factores como la nacionalización de la política y el auge de los medios de comunicación partidistas, en particular Fox News.

Esto ha abierto la puerta a un proceso de extremismo que se refuerza a sí mismo (algo que, por cierto, he visto que ocurre en menor proporción en algunos ámbitos académicos). A medida que los partidarios de la línea dura ganan poder adentro de un grupo, expulsan a los moderados, entonces, lo que queda del grupo es aún más extremo, lo cual saca del grupo incluso a más moderados y así sucesivamente. Un partido comienza quejándose de que los impuestos son demasiado altos; al cabo de un tiempo, empieza a afirmar que el cambio climático es un gigantesco engaño y acaba creyendo que todos los demócratas son pedófilos satánicos.

Este proceso de radicalización comenzó mucho antes de Donald Trump; se remonta al menos a la toma del poder del Congreso por parte de Newt Gingrich en 1994. No obstante, el reino de la corrupción y las mentiras de Trump, seguido por su negativa a aceptar la derrota y su intento por anular los resultados de las elecciones, lo llevó a un punto crítico. Y la cobardía de la clase dominante republicana ha acabado por reforzarlo. Uno de los dos principales partidos políticos de Estados Unidos se ha separado de los hechos, la lógica y la democracia, y no dará marcha atrás.

¿Qué pasará ahora? Se podría pensar que un partido que se va al garete en lo moral e intelectual se encontraría también en el garete político. Y eso es lo que ha ocurrido en algunos estados. Esos fantasiosos republicanos de Oregon, que llevan fuera del poder desde 2013, parecen seguir el camino de sus colegas de California, un partido antaño poderoso reducido a la impotencia frente a una supermayoría demócrata.

Pero no está nada claro que esto vaya a ocurrir a nivel nacional. Es cierto que, a medida que los republicanos se han vuelto más extremistas, han perdido un amplio apoyo; el Partido Republicano solo ha ganado el voto popular para la presidencia en una ocasión desde 1988 y la victoria de 2004 fue un caso atípico influido por los efectos duraderos del patriotismo emanado del 11 de septiembre.

Sin embargo, debido a la naturaleza poco representativa de nuestro sistema electoral, los republicanos pueden alcanzar el poder aunque pierdan el voto popular. La mayoría del electorado rechazó a Trump en 2016, pero se convirtió en presidente de todos modos y estuvo bastante cerca de conseguirlo en 2020 a pesar de un déficit de siete millones de votos. El Senado está dividido de manera uniforme a pesar de que los miembros demócratas representan a 41 millones de personas más que los republicanos.

Además, la respuesta republicana a la derrota electoral no es cambiar las políticas para convencer a los votantes, sino intentar amañar las próximas elecciones. Desde hace mucho tiempo, se sabe que en Georgia se suprime de manera sistemática a los electores negros; fue necesario un extraordinario esfuerzo de organización por parte de los demócratas, encabezados por Stacey Abrams, para vencer esa supresión y ganar los votos electorales y los escaños del Senado del estado. Así que los republicanos que controlan el estado están intensificando la privación de derechos, con la propuesta de nuevos requisitos de identificación para los electores y otras medidas para limitar el voto.

La conclusión es que no sabemos si esto es algo más que una mejora temporal. Los planes del presidente que intentó retener el poder a pesar de haber perdido las elecciones fracasaron. No obstante, un partido que se traga extrañas teorías conspirativas y niega la legitimidad de su oposición no se está volviendo más cuerdo, y todavía tiene muchas posibilidades de conseguir todo el poder dentro de cuatro años.

    Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

  

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