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sábado 19 jun 2021 | Actualizado a 18:19

Una cuarentena propia

Las cuarentenas también ponen en perspectiva la situación que sufren demasiadas mujeres en circunstancias prepandémicas

/ 19 de mayo de 2020 / 06:37

Mi WhatsApp se desborda con las quejas domésticas de la cuarentena, las mías incluidas. Los lamentos detallan que la limpieza es interminable; las compras básicas, una odisea; los niños malcriados; las tareas de la escuela imposibles; los maridos ineptos. Entre los cambios paradigmáticos que impulsa la pandemia del nuevo coronavirus está la concientización masiva de los titánicos quehaceres domésticos. Y si bien el tema no es estrictamente femenino, en la mayoría de los hogares las mujeres somos las encargadas de gestionar la creciente pila de polvo que se acumula.

Hay razones para que sea un tema relevante en este momento. El tiempo que las mujeres latinoamericanas dedican al trabajo doméstico y de cuidados no remunerados triplica al de los hombres. En Argentina, las mujeres realizan el 76% de las tareas domésticas no remuneradas. Los hombres que hacen algo en la casa dedican más o menos la mitad del tiempo que las mujeres. La rabia en los mensajes de mis amigas refleja la asimetría de género en el cumplimiento de estas tareas de cuidado.

Hace ya casi un siglo que Virginia Woolf planteó en la novela Una habitación propia que las mujeres habrían producido menos grandes obras literarias porque carecían de las condiciones necesarias: libertad social, dinero, tiempo y espacio. Ni la mujer más talentosa podría destacarse sin el entorno adecuado, argumentó. Entre otras cosas, Woolf contempla los costos temporales de lo doméstico. Actualmente, la economía feminista explica que la enorme brecha económica entre los géneros no se debe a falta de capacidad femenina, sino a desventajas estructurales. Para las mujeres, las obligaciones domésticas, la falta de alternativas de cuidado de los niños (como guarderías) y la discriminación tienen un efecto empobrecedor. Un cálculo estima que mejorar la incorporación femenina al mundo laboral remunerado aumentaría el PIB de Latinoamérica un 14% en los próximos cinco años.

Sin embargo, la cuarentena desafía estos esquemas injustos. En algunas casas, las tareas se redistribuyeron por razones de fuerza mayor. A los suertudos que teletrabajamos nos tocó asumir responsabilidades y tareas que antes hacían otros: la educación de nuestros hijos, su cuidado en horarios laborables, la limpieza de la casa. Hay tareas nuevas, como la desinfección constante y el cuidado de personas mayores a la distancia.

El llamado segundo turno (el trabajo del hogar no remunerado que cumplen las mujeres al terminar su día laboral) es injusto, pero realizable. Pero los terceros, cuartos y quintos turnos que hoy exigen las cuarentenas son imposibles. Evidencian los límites de las mujeres, pero también de los hogares como unidad asilada. Los esfuerzos de dos adultos también son insuficientes. Las cuarentenas brindan una perspectiva urgente a las políticas de cuidado que reclaman las feministas desde hace mucho tiempo.

Escribo esto detrás de una puerta cerrada, mientras mi pareja juega con nuestra hija y cocina. Mientras los misteriosos conocimientos domésticos de las mujeres se van socializando, junto con la conciencia de los esfuerzos que requieren, los esposos de mis amigas muestran su talento en la limpieza. Estas realidades felices diluyen lo que comencé como diatriba feminista.

Sin embargo, no es la suerte de todas. El aumento significativo de la de violencia doméstica en las últimas semanas demuestra que estas encerronas familiares entrañan un verdadero peligro para las mujeres. En Argentina, las llamadas a una línea de emergencia por violencia de género han aumentado un 40%, y se registraron al menos 26 feminicidios desde que comenzó la cuarentena. Las denuncias de violencia doméstica aumentaron aún más en la región: en Colombia, un 142% y en México, el 80%. ¿Cómo quejarme entonces de la aspiradora y los platos sucios cuando los feminicidios son cotidianos? Porque la violencia de género es la expresión extrema de creencias sociales machistas, como las que le adjudican a las mujeres lo doméstico (aunque esto no implica que el que no lava platos es un golpeador).

Las cuarentenas también ponen en perspectiva la situación que sufren demasiadas mujeres en circunstancias prepandémicas. En Argentina, solo la mitad de las mujeres participan en el mercado laboral, 21 puntos porcentuales menos que los hombres. La brecha es más amplia todavía para sectores con menos educación. Ahora estamos entrando en la fase maratón de los resguardos por la pandemia. En Argentina se discute la vuelta al trabajo sin ninguna respuesta oficial de cómo harán los padres laburantes en un mundo sin guarderías, colegios, niñeras ni abuelos.

Ante la aguda presión económica, las parejas enfrentarán crecientes debates acerca de quién vuelve a trabajar y cómo. Las mujeres entran a esta batalla en condición de desigualdad: son ellas las que se harán cargo del hogar, por razones económicas y sociales, lo cual exacerbará las desventajas que ya acarrean, y su costo de oportunidad laboral. Escribo esto de manera entrecortada, interrumpiendo el flujo de la escritura entre distintas tareas domésticas. Y mientras me demoro en terminar esta nota, pienso: quisiera que la nueva conciencia colectiva de la realidad doméstica impulse políticas de apoyo a todas las familias con los cuidados y que, al final, todas tengamos más libertad para salir de la casa y entrar a nuestra propia habitación. Virginia Woolf lo entendería.

Jordana Timerman, periodista argentina y editora del Latin American Daily Briefing. © The New York Times Company, 2020.

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Vivas nos queremos y juntas nos defendemos

La acción colectiva de las mujeres es una de las posibles salidas al laberinto de violencia de género. La tendencia de cosificar el cuerpo femenino impulsa el acoso que sufrimos las latinoamericanas de manera cotidiana.

/ 12 de enero de 2019 / 03:43

El episodio más reciente de activismo feminista en la Argentina empezó el 11 de diciembre pasado. En una presentación, acompañada por medio centenar de colegas e integrantes de un colectivo de actrices, Thelma Fardin acusó a Juan Darthés de violarla en un hotel en Nicaragua hace nueve años, cuando ella tenía 16 años y él 45. La actriz reveló que rechazó los avances de su agresor, quien desoyó sus negativas y le contestó: “Mirá cómo me ponés”.

Era predecible que las minucias de la historia —la vestimenta que usó la víctima, la erección del acusado— fueran motivo de discusión masiva. Se esperaba menos, sin embargo, el repudio generalizado de la sociedad argentina a la agresión. Y menos todavía que las redes les dieran la vuelta a las palabras que Darthés supuestamente utilizó para exculparse: la frase de abuso se convirtió en un lema del activismo feminista, #MiráCómoNosPonemos.

La campaña que desató el caso de Fardin se asemeja al #MeToo, la etiqueta que surgió en 2017 para compartir historias de abuso y acoso y solidarizarse con las sobrevivientes de estos delitos. Pero la versión local se diferencia y cobra fuerza por ser colectiva. Y es que Thelma Fardin no estuvo sola, fue cobijada por el colectivo Actrices Argentinas y después respaldada por la indignación social que se solidarizó con su acusación. Desde el inicio, la denuncia contra Darthés se planteó como parte de una amplia lucha en contra de la violencia de género, y ha sido impulsada por el apoyo de los poderosos movimientos de derechos de la mujer de la Argentina.

La militancia femenina tiene una larga trayectoria en el país, marcada por la icónica protesta de las Madres de la Plaza de Mayo, un grupo de mujeres que arriesgaron sus vidas al marchar contra la sangrienta dictadura argentina. Desde entonces los movimientos promujeres, sus herederas, se han fortalecido por décadas en los Encuentros Nacionales de Mujeres, que iniciaron en 1986. En 2015, comenzó una nueva era feminista con las movilizaciones masivas de “Ni Una Menos” en repudio a los feminicidios. Esa ola feminista tuvo resonancia en buena parte de América Latina. Y para 2018, los colectivos de mujeres le dieron aún más visibilidad al movimiento cuando tomaron las calles y portaron pañuelos verdes en demanda de la legalización del aborto.

América Latina es uno de los lugares más peligrosos del mundo para ser mujer: la región tiene la tasa más alta del planeta en agresiones sexuales a las mujeres y se estima que 12 mujeres son asesinadas al día. Esta violencia se relaciona directamente a la arraigada cultura machista en la región. La tendencia de cosificar el cuerpo femenino impulsa el acoso que sufrimos las latinoamericanas de manera cotidiana.

Una creencia anacrónica, pero frecuente en la región, considera que la vestimenta de la víctima puede justificar su violación. La idea de que la infame minifalda (o el short, en el caso de Fardin) “provocó” al violador. Una versión contemporánea de este disparate la ofreció en días pasados la empresaria Isela Costantini: “Si te pusiste el escote, hacete cargo de lo que va a generar”.

Pero la provocación real no es el modo en el que nos vestimos. En el libro Putita golosa, la periodista Luciana Peker apunta a una situación demoledora: mientras el feminismo avanza, “la violencia machista, en sus miles de formas, recrudece”. La mayor independencia y visibilidad de las mujeres es parte de lo que genera reacciones cada más agresivas. De hecho, el “Mirá Cómo Nos Ponemos” surgió tras un revés en la lucha de las argentinas. El caso de Lucía Pérez, una joven de 16 años que fue drogada, violada y asesinada en 2016, fue emblemático de la violencia de género y llevó al primer Paro Nacional de Mujeres en la Argentina. Pero en noviembre de 2018, los acusados del abuso sexual y feminicidio de Pérez fueron absueltos por esos delitos.

También hubo otros casos fallidos. Antes de Fardin, otras actrices habían denunciado a Darthés, pero fueron agraviadas socialmente, e incluso el actor enjuició a una de ellas por difamación. Pero la acusación de Fardin ha sido paradigmática y ha logrado cambiar esa situación. Si antes las denunciantes estaban o se sentían solas, hoy muchas mujeres se han animado a contar sus historias, lo que causó un efecto dominó: las llamadas a líneas telefónicas de asistencia a víctimas de violencia de género se multiplicaron exponencialmente.

Fue solo a raíz de la conmoción social generada por la decisión judicial en el caso de Lucía Pérez y aunada a las denuncias masivas de acoso y abuso después de Fardin que el Congreso argentino aprobó la Ley Micaela, que obliga a todos los funcionarios de los tres poderes del Estado a capacitarse en materia de género. Es un avance y el activismo feminista sobre el que se apoya el movimiento Mirá Cómo Nos Ponemos ha mostrado un músculo cada vez más poderoso. Esto ha contribuido a hacer cada vez más palpable la conexión íntima entre los temas (aparentemente diversos) de feminicidio, aborto, acoso sexual e igualdad de género. En el fondo, son pujas en torno a los cuerpos femeninos, una batalla que se intensifica a la par que avanzan las libertades que reivindican las mujeres.

La lucha en contra de la violencia de género y la batalla por el aborto legal, seguro y gratuito son parte de un mismo reclamo: el de las mujeres por sus propios cuerpos. La acusación de Fardin logró mover el foco de las denuncias previas a un plano de discusión amplia y seria. Y lo hizo en un momento clave. No solo porque la violencia de genero está en auge, sino porque el conservadurismo está ganando poder político en la región. Atacan a los derechos humanos en general y los de las mujeres y minorías sexuales en particular.

Los cambios legislativos y las decisiones judiciales solo pueden contribuir a detener la violencia contra las mujeres en la medida en que la sociedad las acepte. Las campañas del feminismo de a pie son clave en este sentido. Son quizás las únicas que pueden y están generando los grandes cambios sociales que se necesitan. Sin embargo, el entusiasmo colectivo del movimiento debe estar consciente de los peligros de la campaña de denuncias sociales, que pueden ocasionar linchamientos sociales instantáneos. Hace unos días, un joven se suicidó tras ser falsamente acusado de abuso sexual.

El caso de Fardin muestra que la acción colectiva de las mujeres es una de las posibles salidas al laberinto de violencia de género que agobia a América Latina. Luchan por una demanda inapelable: vivas nos queremos y juntas nos defendemos.

* Periodista argentina y editora del Latin American Daily Briefing. © New York Times News Service, 2019.

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