Voces

miércoles 25 nov 2020 | Actualizado a 07:21

Con mis frutas en la cuarentena

Aquel espacio de dos cuadras se convirtió en un hervidero de productores intercambiando sus productos entre ellos.

/ 20 de mayo de 2020 / 07:12

Desde medianoche esperamos expectantes, junto a mi madre, al transporte de imprevisible tráfico. Por la restricción de motorizados, solo llegamos hasta detrás de una colina. De ahí caminamos con nuestros bolsos y la caja de fruta en la espalda. Eran las 3.10 de la madrugada, los pasajeros caminábamos en fila en la oscuridad, evitando causar ruidos por los bordes de las acequias y por un callejón que conduce a la avenida central de Cotagaita, Potosí.

Cuando llegamos al área de expendio de “abastecimiento”, dos cuadras de extensión, los puestos distribuidos estaban ocupados. Los funcionarios municipales habían delimitado el piso. Una “x” separaba a un vendedor del resto. Los abastecedores reubicaban sus cajas de uva, duraznos y sacos de verduras conversando en voz baja, como si alguien los vigilara. Algunos discutían por ocupar un lugar próximo al semáforo: ese punto es de mayor afluencia. “¿Tanto mosquito?”, decían con fastidio, y algunos optaron por quemar cartones para ahuyentar a los insectos con el humo.

“Miren, son las 4.00, mi esposa es la número 90. En la acera duermen en colchones haciendo fila en el Banco Unión”, dijo alguien. Ningún comprador transitaba, pero todos expusimos las frutas, las verduras y los otros productos. Al marcar el alba, funcionarios municipales comenzaron a controlar el uso de barbijos y la temperatura de las personas. Simultáneamente, los conscriptos llegaron a los toldos de control instalados en los dos ingresos. Luego, otros dos funcionarios con mochilas de desinfección se aprestaron a realizar su trabajo.

¿Cómo es esa enfermedad, el coronavirus? ¿Es un bicho? ¿De qué tamaño será? Murmuran las personas, preguntándose entre ellos con curiosidad. La gente del campo desconoce las causas, los síntomas y las consecuencias del COVID-19, solo escuchan alarma y temor.

Hasta las 11.30 horas, una veintena de consumidores aproximadamente habían visitaron el lugar, mientras los productores éramos más de 50. Fue infructuoso ofrecer una cuartilla de uva por Bs 10; una caja de durazno por Bs 15 (la cual habitualmente se vende en Bs 80); o un montón de haba, ajo, zanahorias y cebollas, entre otros productos, por tan solo un Bs. El peso del producto no definía el precio, sino la cantidad, al azar. En coro los vendedores ofertaban con insistencia sus productos.

Desde las 10.00 aumentó nuestra desesperanza. Nos habían instado a canjear uva por otros productos. Nos resistimos a inexcusables ofrecimientos: teníamos fe de vender. Al final, nuestra renta fue Bs 15. Entonces, congeniamos con impotentes y preocupadas mujeres que intentaban librarse canjeando sus productos para irse a casa por lo menos con otros comestibles también necesarios. Las herbáceas eran las menos requeridas, y por tanto, las más ofrecidas para el trueque. Aquel espacio de dos cuadras se convirtió en un hervidero de productores intercambiando sus productos entre ellos: frutas por tubérculos, verduras por otras, frutas por otras, herbáceas por verduras… antepusimos nuestras generosidades.

Así, mientras, los conscriptos, policías y funcionarios municipales presionaban a retirarse del lugar minutos previos al mediodía, los abastecedores cargaban sus voluminosos bultos para retornar a sus comunidades. Debían caminar varios kilómetros o abordar un transporte hasta llegar a sus destinos. Nos ardían los ojos por el trasnoche, tuvimos que dormir por la tarde. Los que no lograron vender o canjear todos sus productos, debían madrugar nuevamente al día siguiente.

En mi comunidad, compuesta por 220 familias, producimos 30 quintales de uva en promedio. ¿Cuál es el destino de los 6.600 quintales que producimos? A la fecha, se echó a perder. Lo que restó de la helada quedó para los roedores y las aves. Algunos transformaron sus uvas en vinos caseros y pasas. ¡Visítennos! Cuando comenzó la cuarentena, el río aún estaba lleno de agua turbia, rebalsaba a los terrenos: era imposible vender a las bodegas de Tarija. Pero, ¿será que el Gobierno central está tomando en cuenta las enormes pérdidas del campesinado por causa de la cuarentena? ¿La Gobernación habrá elaboró algún programa de salvataje? ¿Y el municipio, ha hecho algo? En absoluto, nadie. Este es el precio de la cuarentena para nosotros.

Wilbert Villca López, sociólogo.

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La riqueza de la Chiquitanía

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/ 25 de noviembre de 2020 / 06:47

Los últimos años el fuego puso en el mapa las tierras bajas del país y en especial a la Chiquitanía. De todas partes del país se preocuparon y movilizaron para alertar sobre el problema de los incendios y tratar de combatirlos. Y no es para menos, de acuerdo con los datos registrados por SATRIFO, Sistema de monitoreo y alerta temprana de riesgos de incendios forestales, el año pasado se quemaron 1,5 millones de hectáreas de bosques y este año se quemaron 600.000 hectáreas de bosques en todo el país.

Al mismo tiempo, menos visibles, están los números que reflejan la gran riqueza natural y cultural de la Chiquitanía. Estudios botánicos han registrado 2.843 especies de plantas útiles que crecen sin ser sembradas. Gracias al conocimiento tradicional pasado de generación en generación, y poco a poco registrado de manera formal, se conoce las propiedades de estas plantas, que así pueden ser usadas para alimentos, medicina y varios otros usos.

La abundancia de varias de estas plantas abre la oportunidad a que, además del consumo local, haya un consumo comercial con prácticas sustentables que cuiden el bosque, generen ingresos a las comunidades rurales y beneficien al público en general haciendo posible que puedan acceder a las propiedades beneficiosas de estas plantas. Con base en las propiedades conocidas, emprendedores bolivianos están sumando sus conocimientos y experiencia para aprovechar estas plantas del bosque y generar más y nuevos productos. Algunos ejemplos son la almendra chiquitana, el aceite de cusi y la oleorresina de copaibo.

La almendra chiquitana, producida por árboles de porte pequeño, es consumida por las comunidades por su sabor agradable. Estudios de su composición revelan que es una de las almendras más nutritivas, ya que tiene una alta proporción de proteínas y antioxidantes. Así, esta almendra se la vende tostada con sal o también confitada, y puede ser usada en refrescos, en leches vegetales, en granolas e incluso galletas.

Se conoce tradicionalmente que se puede extraer aceite de los frutos de la palmera de cusi y usarlo para el cuidado del cabello. Las nuevas iniciativas han mejorado el proceso de extracción preservando mejor las propiedades, generando el aceite virgen de cusi. Por sus características humectantes y nutritivas, este aceite es usado en champús, jabones de tocador e incluso en máscara para pestañas.

El copaibo es un árbol de porte alto que produce en su tronco una oleorresina. La oleorresina de copaibo tradicionalmente ha sido utilizada en la Chiquitanía para curar heridas por sus propiedades cicatrizantes y desinflamantes. Estudios más detallados del copaibo han permitido desarrollar productos para usos no conocidos, como las lociones repelentes de mosquitos.

La riqueza de la Chiquitanía es inmensa. Sus áreas naturales y su gente brindan productos y conocimientos ancestrales que están generando trabajo, y que pueden desarrollar productos naturales que contaminen menos y beneficien más a la población boliviana. Podemos darles la mano y caminar juntos hacia un futuro más sostenible para todos.

Ruth Delgado es gerente de Proyecto de la Fundación Amigos de la Naturaleza.

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Las muertes de 2019 no son ‘narrativas’

/ 25 de noviembre de 2020 / 06:45

Lo hemos seguido de cerca, por el testimonio de las víctimas, la crudeza de las muertes y el reporte de los periodistas, aunque escaso (amerita un gran debate sobre esto): en Sacaba y Senkata hubo hechos fácticos, no narrativas.

Hay centenares de testimonios y documentos compilados en informes de instituciones nacionales, organizaciones no gubernamentales y organismos internacionales de derechos humanos: Defensoría del Pueblo, Human Rights Watch, Clínica de Derechos Humanos de Harvard, Amnistía Internacional, Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos (OACNUDH) y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), organismo independiente de la Organización de Estados Americanos (OEA) que en su informe preliminar —rechazado por el gobierno de Jeanine Áñez— llamó a los hechos masacres.

Esos informes coinciden en que en Sacaba y Senkata, además de otros puntos de conflicto y de movilización en noviembre de 2019, hubo graves violaciones de derechos humanos y que la represión policial-militar terminó con decenas de fallecidos.

La Defensoría del Pueblo, en su informe Crisis de Estado, violación de derechos humanos octubre-noviembre 2019, encontró que de las 37 muertes ocurridas en los conflictos poselectorales 27 fueron por impacto de bala, la mayoría de ellas en Sacaba, Senkata y La Paz.

La comisión mixta de la Asamblea Legislativa recibió un informe del Instituto de Investigaciones Forenses (IDIF), que certificó que las muertes fueron a causa de impactos de bala de armamento de reglamento policial o militar. Las fotografías mostradas en su momento testifican el uso de, por ejemplo, ametralladoras y fusiles automáticos livianos (FAL).

Además, algunos de los heridos aún mantenían en sus cuerpos balas de reglamento.

Esos elementos no son una narrativa, son hechos que ocurrieron “de verdad”. Los testimonios de las familias así lo certifican.

Menospreciar esa tragedia humana es revictimizar a quienes sufrieron la muerte o lloran la ausencia de sus seres queridos. Es naturalizar la cruel acción del Estado sobre el derecho a la vida de las personas y criminalizar el derecho a la libre movilización.

Para quienes no quieren diferenciar hechos de las narrativas, valgan estos cuestionamientos: ¿Con qué fin fue promulgado el Decreto Supremo 4078 si militares y policías no iban a usar armas letales? ¿Cómo es posible que en el “enfrentamiento” solo hayan habido civiles muertos y militares o policías ni rasguñados? ¿Eran terroristas los movilizados?

La narrativa de los sucesos la instaló el gobierno de Jeanine Áñez. Narrativa es decir que los movilizados se mataron entre sí, como señaló insistentemente el exministro de Gobierno ahora prófugo Arturo Murillo.

Narrativa es decir que las Fuerzas Armadas no dispararon un solo proyectil, como dijo también de forma persistente el exministro de Defensa Luis Fernando López. Fotografías muestran a militares disparando FAL y desde los camiones de asalto, ametralladoras.

Narrativa es decir que los movilizados eran sediciosos o terroristas.

Narrativa es decir que los vecinos movilizados tenían el plan de “volar” a dinamitazos la planta de Senkata y con esa acción “matar” a alteños en un gigantesco radio.  Y es una falsedad que el muro de la planta haya sido derribado a dinamitazos (hay videos de esa acción perpetrada a empujones).

Narrativa es que con la intervención de las Fuerzas Armadas y la Policía se “pacificó” el país, como repetía Áñez.

Narrativa es ignorar todos esos informes creyendo que no tocan otras muertes. La diferencia de las muertes en Sacaba, Senkata y el sur de La Paz fueron por la intervención de fuerzas del Estado, no por civiles. Al final, esas muertes también fueron investigadas y los culpables merecen también la sanción.

Rubén Atahuichi es periodista.

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‘Quo tendimus’, Lucho

/ 24 de noviembre de 2020 / 09:01

Para la entrega anterior, al escribirla me motivé en las Vidas paralelas de Plutarco de Queronea para, en elipsis, escribir mis Vías paralelas. Hoy me he dado cuenta que estos largos meses de cuarentena —y de muchas crisis— me han dejado refrescar las lecturas que, con excelente recuerdo, tuve en la adolescencia; por eso, aprovechando este período de casi calma —cual “ojo de tormenta”— al escribir entre las elecciones nacionales —antes, durante e inmediato después— que ya pasaron y las subnacionales que pronto empezarán y con peligro que me digan petulante, agradeceré a la memoria del Quo vadis de Henryk Sienkiewicz el poder preguntarle a nuestro Presidente: Quo tendimus, Lucho(¿Hacia dónde vamos?). (El ‘Lucho’ se lo agradezco al expresidente Morales que, con coloquialidad y, muy probablemente como yo ahora hago, sin atrevimiento del ninguneo llamó así afectivamente al Primer Mandatario).

Con tino y pertinente sagacidad, el candidato Arce Catacora —antes ministro, ahora Presidente— marcó en sus declaraciones de campaña un conjuntos de actitudes y valores diferenciados entre un “antes” —el “antes de antes” de la Transición, que vale decir: “antes” de la noche que se “paró” el TREP— y su “ahora” —que equivaldría a decir “después de elegido”—, lo que, para tranquilidad de muchos dentro y fuera de Bolivia —en los de “fuera” no sabría si se incluían las matricias (para estar en onda de despatriarcado) y los patricios del Grupo de Puebla—, se repitió en frases memorables (cual highlights de lo que sería su manera de gobernar) de su discurso de investidura: “Nuestro Gobierno buscará en todo momento reconstruir nuestra patria en unidad, para vivir en paz”, que reforzó al decir: “A pesar de las diferencias estamos en la obligación de estar a la altura del pueblo que nos demanda unidad, paz y certidumbre, unidad y complementariedad entre oriente y occidente, entre el campo y la ciudad, todos somos Bolivia” y que, en justo homenaje a Marcelo Quiroga Santa Cruz, mártir de la democracia, confirmó diciendo que “no es el odio lo que impulsa nuestros actos, sino una pasión por la justicia”.

Notables palabras que, unidas a un gabinete de nuevos nombres, trajeron la sensación que la frase “Este 8 de noviembre de 2020 iniciamos una nueva etapa en nuestra historia, y queremos hacerlo con un gobierno que sea para todas y todos sin discriminación”, era la mandatoria del Primer Mandatario.

Pero quizás no todos los recién advenidos las oyeron porque pronto empezó una competición para colegir quién vituperaba más a la Transición —el “de antes” que sí tuvo muchas sombras pero también nefastas herencias— para convencernos que “antes de antes” Bolivia fue Jauja, a pesar de que: si en el súper ciclo de precios extraordinarios para nuestras materias primas ingresaron más de $us 50.000 millones, 32.000 millones de estos fueron para gasto corriente —en sueldos y jornales se trepó de poco menos de un $us 1.200 millones (Bs 8.000 millones) en 2006 hasta más de $us 4.600 millones (Bs 32.000 millones) en 2019—; el PIB bajó de crecer el 6,8% en 2013 a solo el 2,9% en 2019 —este 2020, con la pandemia, será -11,1%—; las RIN cayeron de más de $us 15.000 millones en 2015 a poco menos de $us 6.500 millones en 2019; el déficit fiscal llegó en 2019 a casi $us 2.500 millones —7,7% del PIB, aunque este 2020 se pronostica que caerá a -11,1% por la pandemia—, el superávit acumulado del 14,5% entre 2006-2014 pasó a un déficit acumulado del 36% entre 2015-2019, y la deuda externa trepó de poco más de $us 3.000 millones en 2006 a más de $us 11.000 millones en noviembre de 2019 (datos todos del MINEF y el BCB). Con el Ministro Arce y sin pandemia.

Los primeros 100 días de gobernar la actual Administración Arce concluirán el martes de ch’alla tras la q’oa —homenaje e invocación a la Pachamama— y el periodo de gracia que la opinión pública da a un nuevo gobierno en cualquier país dará lugar al simbolismo popular y cristiano del Miércoles de Ceniza. Confiemos que de la gracia no pasemos a unos nemontemi criollos.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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La última tarde con Gustavo

/ 23 de noviembre de 2020 / 10:04

Con el extraordinario historiador y entrañable amigo, Gustavo Rodríguez, recién fallecido, teníamos pactado una entrevista hace tiempo para hablar sobre su experiencia de vida, su compromiso social y su oficio de historiador. Pero, el deterioro de su salud conjuró inicialmente con este propósito. Empero, el pasado viernes 16 de octubre, a media tarde, sonó mi teléfono. Era Gus preguntándome si tenía tiempo para zanjar nuestro compromiso. Obviamente, accedí a escuchar sus añoranzas y sus recuerdos del querido Keynes, como lo conocían sus amigos. Él estaba postrado en una cama de un hospital de Lima, vía Zoom, yo estaba en Cochabamba.

No fue un viernes cualquiera, fue un viernes nostálgico, inclusive una leve llovizna y un cielo atiborrado de nubes le proporcionaba a ese atardecer cochabambino una sensación de tristeza a nuestra conversa. En ese encuentro virtual, común en estos tiempos de pandemia, ambos, percibimos que era nuestra última charla.

Allí en el nosocomio limeño batallando con su cuerpo, Gustavo empezó a excavar sus recuerdos. Como buen historiador sabía de la necesidad de dejar una huella devenida en un testimonio de vida. Como si fuera el último aliento de Sísifo, sacaba fuerzas de flaqueza, para que sus aptitudes de escarbador del pasado sirvan, esta vez, para reencontrarse con sus propias memorias sobre su tarea intelectual. Con la lucidez de siempre, Gustavo empezó a tejer sus memorias: “Yo escogí Bolivia, pude irme cuando estudiaba en la FLACSO-Ecuador a una universidad canadiense, pero decidí retornar”.

Se adentró a desentrañar su pasado, a pesar de haber estudiado economía, en los años 70, se inclinó por la historia, su tesis de licenciatura fue sobre la formación del capitalismo en Bolivia. Fue su primer desafío académico: desprenderse de la mirada marxista ortodoxa en boga. Dijo “aquí no se replicaba las palabras de Marx: las ovejas se comen a las personas” ya que “el capitalismo no necesitaba confrontarse con las estructuras precapitalistas”. Sergio Almaraz ya intuía cuando decía: “estos señores cabalgaban en dos caballos: la burguesía y los terratenientes”. Y en su tesis de maestría, asesorado por René Zavaleta, Gus describió el modelo capitalista que el Movimiento Nacionalista Revolucionario empujaba posrevolución del 52’. Se preocupó, luego, por la historia regional.  

Quizás, el legado más imprescindible fue su forma de concebir el pasado: “Para mí la historia no era una anécdota, sino un compromiso con el pasado, para ver el presente y en ese pasado para ver a los más pobres. Estudiar sus potencialidades de resistencias. Cómo fueron construidos, pero, a la vez, cómo ellos reconstruyeron sus vidas frente a la avalancha del mercado, el capitalismo, la competencia, la blanquitud y el mestizaje”, decía.

La opción por los oprimidos en su tarea historiográfica le llevaría a estudiar a mineros, a obreros, a la plebe cochabambina, a los jóvenes guerrilleros de su generación que apostaron por la utopía socialista, o, últimamente, por la resistencia indígena, los yuracarés, por ejemplo. Gustavo se animó a dar ese “giro político” para mirar al pasado desde las exigencias, las luchas y las contradicciones del presente. Como ese ángel de la historia aludido por Wálter Benjamín que exigía a los historiadores ver la rueda del tiempo para redimir a los oprimidos que siempre fueron parte de la misma tragedia, pero, con un potencial para resistir. Quizás, con ese espíritu benjaniano, Gustavo me dejó una frase que llevaré por siempre en mi ajayu: “Somos militantes del pasado para intervenir en el presente”.

Yuri Tórrez es sociólogo.

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La pelea por el sentido

/ 23 de noviembre de 2020 / 09:58

La pelea por el sentido de los sucesos políticos en Bolivia fue descarnada desde octubre de 2019 y aún lo es. Se ha dado y se da en espacios políticos y sociales, virtuales y físicos. Ha definido dos polos radicalizados violentos, cada uno con mecanismos para reforzarse: exigencias de lealtad, referentes modelo de sus posiciones, capacidad de producción de mensajes y amplia difusión de sus ideas, grupos sociales que recrean y repiten esas posiciones en las redes sociales y otros espacios de interacción social, y grupos sociales violentos en calle.

Lo digo más claro. No hay un solo lado, una sola verdad. Hay al menos dos lados luchando por convertirse en “la” verdad; y muchas veces estas posiciones se tornan violentas provocando reacciones igualmente violentas y victimización del otro polo.

¿Qué sentido está en juego? El sentido de legitimidad de una posición política, es una pelea política por la toma y conservación del poder. Tomo un ejemplo con el respeto que se merecen las personas fallecidas y sus familias. Se han construido varios sentidos acerca de los sucesos de hace un año en la planta de Senkata. Se defiende la posición que la intención de las personas que derribaron el muro de la planta de YPFB era terrorista y pretendían volar media ciudad de El Alto. Hay otra versión: era una lucha por el control de un recurso estratégico de abastecimiento, una presión hacia el gobierno y una reacción a la violencia militar. También se ha mencionado que la intención era recuperar los cuerpos de las personas fallecidas que habían sido trasladados dentro de la planta.

Cada versión ampliamente difundida en medios de comunicación y en redes sociales tiene una intención de legitimar una posición política y desacreditar la contraria. Se puede debatir que una posición fue más difundida que la otra pero ambas tuvieron mecanismos para hacerlo.

Releo lo que escribo y parecen obviedades: que no hay una sola verdad, que es una pelea política. Pero entonces ¿por qué nos dejamos llevar por un debate altamente emocional, lleno de imprecisiones, de información que con seguridad no conocemos a plenitud y de violencia? Porque las redes sociales nos dan el espacio, porque estamos radicalizados y frustrados, porque queremos creer en esa verdad, porque queremos reducir la incertidumbre que nos lastima.

Les traigo malas noticias. Este tiempo exige mayor dedicación a informarnos por fuentes diversas, la incertidumbre no se reducirá, no es tiempo de certezas. La llave para ser feliz es ser complejos, desarrollar capacidad crítica y respetar las posiciones diferentes. ¡Ah! Y también bajarle a la autovictimización que no ayuda en el debate y, con frecuencia, provoca vergüenza ajena.

Eliana Quiroz es ciberactivista y burócrata. blog: www.internetalaboliviana.word-press.com

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