Voces

jueves 26 nov 2020 | Actualizado a 08:30

Así estamos

La implementación de los centros de salud no se cumplió en la medida de la promesa

/ 21 de mayo de 2020 / 06:22

Más de 60 días en cuarentena, saliendo una vez a la semana según la terminación del número de carnet. Sin transporte público, sin escuela para los niños, sin universidad para los estudiantes, sin teatros, cines, sin exposiciones, ni museos abiertos. Sin periódicos impresos en las esquinas. Con las construcciones paradas, los negocios detenidos, Sin viajes, ni paseos. Afanados en  adoptar la costumbre del barbijo, dejar los zapatos en la puerta, saludos sin mano ni beso. Anoticiados de los casos de violencia entre las parejas, sin cambiar la costumbre de ser las mujeres las principales víctimas. Violencia de madres y padres contra sus pequeños hijos. Acostumbrados a esperar  por las noches los reportes de contagiados y muertos. Así la población ha cumplido el encierro, con algunas excepciones, como siempre, como en todo.

El objetivo de la cuarentena era evitar un gran número de contagios al mismo tiempo para que no colapse el sistema de salud. Un sistema que en el caso boliviano es casi inexistente. En el ideal esto permitiría implementar hospitales, y asegurar que el personal médico y paramédico esté  dotado de material de bioseguridad que garantice su salud y la efectividad de su trabajo; es decir, ganar tiempo.

A fines de febrero cuando solo se tenía atisbos de lo que significaba el COVID-19, las autoridades de salud de entonces decían que estábamos preparados. Se hablaba de las medidas que se estaban tomando en los aeropuertos para detectar los pasajeros que ser importadores del virus. Pero la verdad es que en ese entonces no se tenía idea de los alcances de la pandemia que ha encerrado al mundo.

A partir de la segunda quincena de marzo, el temor comenzó a mostrar sus primeros tentáculos. Junto a la prohibición de viajes, salidas, reuniones, asistencia a lugares públicos; también llegaron los bonos y las promesas para aumentar la cantidad de pruebas, la implementación de hospitales especiales, camas de terapia intensiva y respiradores. La gente se enclaustró, unos más que otros, pero la implementación de los centros de salud no se cumplió en la medida de la promesa.

Llega el tiempo de salir, ¿qué pasará? ¿Se dispararán las cifras de infectados? ¿La de los fallecidos? No hay cura para la enfermedad y solo estaremos a salvo cuando exista y se aplique una vacuna. Los expertos dicen que para probarla y ver sus efectos en seres humanos deberá pasar al menos  seis meses y otros seis para producirla. Para distribuirla y aplicarla a todo el mundo el tiempo bien podría duplicarse. Siendo optimistas, podremos librarnos de este virus en dos años como tiempo récord. Mientras tanto, en Bolivia estamos expuestos a enfermarnos, con sistemas de salud que no responden, ni a la promesa ni a la demanda. ¿Qué nos queda?.

Lucía Sauma, periodista.

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Miren a los niños

/ 18 de noviembre de 2020 / 01:31

Apenas conocida la convocatoria a elecciones subnacionales emergieron nombres de posibles candidatos a gobernadores, asambleístas departamentales, alcaldes y concejales. Las campañas traerán consigo desfiles de propuestas, promesas, grandes y pequeños encantos para conseguir el voto ciudadano. Generalmente esas buenas intenciones, que suelen quedarse en solo eso porque otra cosa es con presupuesto, son un homenaje al cemento, el asfalto, obras que se pueden ver y tocar si algún día llegan a ser realidad. En esas propuestas la mejora en los valores de la vida humana generalmente está ausente.

Esta columna pretende ser un llamado a las y los candidatos de las elecciones de marzo 2021 para que con absoluta seriedad y responsabilidad presenten un plan que prevenga los infanticidios. Por favor, esfuércense en investigar programas de gobernaciones y municipios que tienen éxito en nuestro país o en otros, donde la misma ciudadanía con la capacitación de sus comunas apoya a madres y padres para que se den cuentan que no se educa a golpes y si se dejan llevar por la ira pueden llegar a matarlos. Es necesario difundir los estudios existentes en los que se demuestra que el maltrato a los niños es producto de un mal manejo del estrés, baja autoestima, desconocimiento de otras formas de educación que no sean los golpes, los insultos, las amenazas. Otros padres o cuidadores de niños aumentan su descontrol con el consumo abusivo de alcohol u otras drogas. Frente a estas situaciones los niños están en total indefensión.

Los municipios y las gobernaciones tienen que aguzar la inventiva para trabajar en la formación de comunas defensoras de los niños, que infundan gran respeto por ellos. El trabajo debe centrarse en la prevención propiciando que las familias se sientan orgullosas por el cuidado que tienen con sus hijos. Deben recibir capacitación para el manejo de diferentes situaciones que por falta de preparación solo termina en niños violentados por sus propios padres. Hasta el momento de escribir esta columna, en Bolivia se registran 48 infanticidios en lo que va del año, es una cifra estremecedora pero solo muestra los casos conocidos e identificados. Ignoramos cuántos niños en este momento están sufriendo palizas, quemaduras, pellizcos, jalones de cabellos y orejas, gritos que los denigran, que los aplastan como seres humanos.

¿Será posible que quienes candidateen en las elecciones subnacionales tomen en serio la defensa de la infancia y presenten programas reales para librarlos de morir en manos de sus padres, hermanos, tíos, abuelos? Comprométanse en salvar vidas, los votos que reciban les otorgará el poder para hacerlo. Es una lucha que hay que encarar por imposible que parezca.

Lucía Sauma es periodista.

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Salvar a los niños

/ 4 de noviembre de 2020 / 02:01

¿Por qué un padre golpea a unas bebés de cinco meses hasta fracturarles las piernas o los brazos? ¿Por qué una niña es castigada por su madre hasta causarle la muerte? ¿Por qué un niño de nueve años llega al hospital con signos de maltrato en todo su cuerpo y marcas visibles de un intento de ahorcamiento? Todos estos niños fueron torturados dentro de sus hogares por las personas que debían cuidarlos y amarlos como naturalmente se ama a los chiquitos. Estos niños son solo los que se hicieron visibles, son de los que se registraron moretones, fracturas, cortes, quemaduras provocadas. De otros solo quedó la evidencia de la bolsa negra botada en un basurero o la fotografía en los recibos de luz buscando a los padres que los abandonaron.

¿Qué hace que los adultos responsables de esos bebés, de esos niños actúen con tanta saña, con tanta violencia, con tanto descontrol? Indudablemente la mayoría de ellos sufrieron las mismas agresiones, los mismos insultos, los mismos castigos, también a ellos les dijeron que las palizas son por su bien, que los pellizcos los agradecerían cuando sean grandes. Cuando crecieron ¿terminaron agradeciendo que los hayan convertido en agresores, torturadores, infanticidas? Para lastimar a un niño como reportan los miles de datos, solo del Hospital del Niño de La Paz, se tienen que haber sobrepasado los límites de humanidad.

¿Qué hacer, cómo cambiar esta situación? ¿Cómo dejar de ser tan inútiles en parar algo que nos sobrecoge, que nos duele tan profundamente? En los organismos internacionales como UNICEF o la OMS hay recomendaciones para prevenir el maltrato infantil y en algunos países han implementado políticas públicas que van en ese mismo sentido. Todos comienzan por la normativa y en ella se abunda en la prevención del embarazo adolescente o el embarazo no deseado y tienen razón cuando uno ve las estadísticas y encuentra que los padres de las víctimas son muy jóvenes, con problemas económicos y sin perspectivas de mejorar su situación.

La normativa está bien, la intervención de los ministerios de Educación, Salud, Justicia, de las Defensorías están bien, ninguna de esas instancias ni las políticas que aplican deben ser excluidas, todo lo contrario, deberían ser reforzadas. Pero hay un sector que debe jugar un papel más importante y contar con más implementos, es el de la sociedad civil, los vecinos, los grupos de padres, los adultos mayores dispuestos a ayudar. Es decir una especie de voluntariado asistido y capacitado por los municipios para enseñar, y auxiliar a los nuevos padres, acompañar en la crianza de los niños, observar cuando una madre está sobrepasada de trabajo, angustiada por sus carencias. Hay que salvar a los niños de los abusos, los maltratos y la muerte.

Lucía Sauma es periodista.

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Urgente

/ 21 de octubre de 2020 / 03:00

Un año después del fallido acto electoral de 2019, mujeres y hombres bolivianos del campo y las ciudades acudimos a votar con la boca tapada, el carnet y el bolígrafo en mano, realizando larguísimas filas, bajo el sol y la lluvia, dispuestos a entregar nuestra confianza a quien se vea con mejor aptitud para cumplir con lo más urgente, lo importante, lo necesario para sostener nuestras vidas con cierta dignidad y un toque de esperanza. Ya verá el candidato elegido que hay tareas impostergables, de esas que se dicen para ayer. La lista viene encabezada por salud y educación, todo un mundo por hacer, más todavía cuando le sigue trabajo, producción, generación de recursos y todo en tiempos de pandemia. Un enorme desafío que el nuevo gobierno tendrá que afrontar. Una tarea titánica que a los no elegidos les hará decir “de la que me libré” y al seleccionado le quitará el sueño y más de una vez le hará exclamar “en la que me metí”.

Sin embargo, para quien asuma el desafío con integridad, valentía, pleno conocimiento de la situación y suficiente apoyo de la ciudadanía, ésta puede ser una gran oportunidad de reconstruir el país y la vida de sus habitantes con grandeza, encarando lo verdaderamente importante y urgente. Durante este tiempo de crisis sanitaria hemos palpado que si bien hay infraestructura hospitalaria, falta implementarla con personal idóneo y equipos adecuados. Pero también ha quedado evidenciado que la población tiene muchas enfermedades de base como diabetes, obesidad, producto de una mala alimentación, por lo que se deben encarar políticas públicas de prevención, sin descuidar las políticas de atención.

En cuanto a la educación ya no se pueden hacer experimentos o reformas educativas inútiles que no han conducido a nada. Lo que está claro es que el derecho a la educación tiene que ser una realidad para todos, porque es la única forma de salir de la mediocridad y la pobreza en la que Bolivia todavía está sumergida. Se ha dicho que  la educación tiene que actualizarse, innovarse, esas acciones necesitan que los maestros y maestras gocen de una buena capacitación basada en valores de ambición por el conocimiento, superación y actualización permanente.

Claro que son tareas enormes, muy fáciles de decir y con sello de imposibles a tiempo de hacerlas realidad. Pero ese es el desafío, es la encrucijada en la que estamos y no solo los bolivianos más pobres, menos asistidos en educación o salud. Es una necesidad de todos, porque esa situación de carencias es la que nos representa como país, como pueblo. ¿O quien tiene la posibilidad financiera y social de recibir buena educación y gozar de buena salud se libra automáticamente de la Bolivia con los menores índices de desarrollo humano?

Lucía Sauma es periodista.

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Reclamamos respeto

/ 7 de octubre de 2020 / 02:22

Demasiadas entrevistas, demasiados foros, demasiadas promesas, todo olvidable, cansador, nada convincente, cientos de promesas espantadas ante el polígrafo, ese en resumen es el sentimiento que queda de la participación de los candidatos a la presidencia de Bolivia. Mirándolos, escuchándolos, uno se pregunta: ¿Nos merecemos estos candidatos? Tienta contestar que no, entonces ¿qué necesitamos? ¿Expertos de Harvard? No. ¿Millonarios a los que ya no les interese robar las pobrezas que son nuestras riquezas? No.  ¿Grandes estadistas, premios Nobel de Economía, gurús politólogos? No, no y no.

¿Entonces qué? Una respuesta digna es que los bolivianos necesitamos alguien que nos respete y se respete. Necesitamos decencia. Esa respuesta es el reclamo de un país donde se ha clausurado el año escolar y vive retrasando el derecho a la educación de sus niños y sus adolescentes, quienes solo se preparan para repetir la mediocridad que observamos indignados en el circo electoral al que nos someten.

El reclamo de respeto es el de los bolivianos que peregrinaron por los centros de salud para ser atendidos por el COVID-19 y se encontraron con las puertas cerradas porque no había condiciones, mientras llegaban respiradores defectuosos, falsos, inservibles, útiles solo para acumularse donde ni siquiera se recuerde el lugar en el momento de auditarlos. El pedido de respeto es el de los enfermos de cáncer que cumplen una huelga de hambre reclamando la atención que les niegan las clínicas privadas porque el Estado no honró su deuda desde hace meses. Entretanto un letrero en una avenida paceña les envía la promesa electoral de atención gratuita a los pacientes de cáncer, sin tener seguridad de lo llenas o vacías que estén las arcas del Estado.

Aproximadamente 5.000 personas quedaron sin trabajo y ahora viven pendientes de cualquier chispa de esperanza. Estos días los candidatos despilfarraron las ofertas laborales, como prestidigitadores con poco talento abrieron su abanico de ofrecimientos. La gente mide sus posibilidades, tantea sus bolsillos, le bailan en la cabeza las cifras de antiguas promesas, vuelve a pensar en sus posibilidades, otra vez comprueba cuán vacíos están sus bolsillos, entonces las ofertas le suenan como un televisor al final de la emisión.

Cada quien defendiendo su microespacio de influencia se atreve a poner nombres de ganadores en uno u otro debate. Las noticias no son buenas, no hay ganadores, porque las ofertas electorales están lejos de la realidad. Sobre todo de la vida cotidiana de la mayoría de esta sociedad, los que no fueron encuestados, a los que les tiene sin cuidado el foro, el debate, la entrevista, que aunque viven ignorados, no son ignorantes y saben que finalmente, ellos deciden.

Lucía Sauma es periodista.

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Mujer, trabajo y pandemia

/ 23 de septiembre de 2020 / 02:28

Esta época de pandemia y cuarentena trajo para las mujeres, además de la violencia, otras amenazas a sus derechos y libertades. Con razón Naciones Unidas dijo que “es probable que la profunda recesión económica que acompaña a la pandemia tenga un rostro claramente femenino”.

Las mujeres se han insertado en el ámbito laboral ejerciendo trabajos mal pagados, en los que previamente renunciaron a beneficios establecidos por la Ley General del Trabajo como el derecho a un salario mínimo, seguro de salud, vacaciones pagadas, jornada laboral de ocho horas, baja por maternidad y otros derechos que son abiertamente desconocidos por los empleadores. La OIT estima que solo en los próximos tres meses se perderán casi 200 millones de puestos de trabajo en el mundo. En Bolivia, los despidos se masificaron y las mujeres (principalmente ellas) fueron despedidas sin ningún goce de haberes, sin los tres meses de desahucio, sin el pago de los salarios devengados y en muchos casos fueron obligadas a renunciar por quiebra de las empresas.

En varios sectores los contratos en planillas anuales o incluso mensuales son una quimera. Ahora los acuerdos laborales se dan en forma semanal o diaria y por tanto el concepto de salario y mucho más el de beneficios sociales desaparece. En nuestro país el gran bolsón de actividad laboral está en el trabajo llamado informal o de cuenta propia, que implica principalmente la venta callejera, realizada en un 80% por mujeres, quienes también se han visto gravemente afectadas por la cuarentena de seis meses. Para estas trabajadoras esto significó la pérdida del 70% de sus ingresos en los dos primeros meses de confinamiento.

Otro tema importante a tomar en cuenta en el trabajo de las mujeres en tiempos de pandemia es el enorme aumento en las labores del trabajo reproductivo, que no fueron repartidas equitativamente dentro de los hogares. Por ejemplo, el cierre de escuelas supone tener a los niños en la casa debiendo cuidarlos a la par que realizar todas las tareas del hogar, extremar los cuidados de los ancianos y además buscar la manera de inventar otras actividades para cubrir el sustento diario.

La pandemia ha dejado al descubierto la desigualdad en la que las mujeres cumplen su doble jornada: el trabajo productivo que además suele ser más precario para las mujeres y el trabajo reproductivo o de cuidado que generalmente es invisible, gratuito y exclusivamente femenino. Y aunque la Constitución Política del Estado dice que el trabajo que se realiza en el hogar debe ser reconocido en las cuentas públicas, aún no se ha logrado siquiera que sea catalogado como trabajo, aunque la vida de las personas depende de él, todavía se lo considera inferior seguramente porque es ejercido principalmente por las mujeres.

Lucía Sauma es periodista.

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