Voces

viernes 18 jun 2021 | Actualizado a 01:31

Hambrientos de pan y democracia

Este contagio popular propagado en los territorios del hambre y la pobreza son gritos de protesta

/ 26 de mayo de 2020 / 06:02

En el periodo prehispánico, los sonidos producidos por los pututus precedían rituales de sanación o retumbos de rebelión. Hoy, en medio de la pandemia, esos sonidos ancestrales, al tono de los cacerolazos y petardos en las urbes, nuevamente se oyen por doquier en el norte de Potosí, como protesta por el hambre en el decurso de la emergencia sanitaria, y también para exigir “elecciones ya”.

Este gran “pututazo” de los ayllus del norte de Potosí es señal del malestar de los hambrientos por pan y democracia. Al igual que la propagación del COVID-19, la indignación popular se extiende a los barrios populares y las comunidades rurales. Este contagio popular propagado en los territorios del hambre y la pobreza son gritos de protesta por la mala gestión sanitaria y económica del Gobierno transitorio, que condena a los pobres a un hambre punzante.

Esta indignación popular se encarnó en el conflicto desatado en el botadero de Kara Kara, al sur de la ciudad de Cochabamba, en demanda de una canasta de alimentos familiar y elecciones nacionales. Este conflicto fue instrumentalizado por el Gobierno para estigmatizar a los vecinos de Kara Kara, reproduciendo imaginarios raciales patentizados en discursos de las autoridades y columnas de opinión que criminalizan/estigmatizan racialmente a los movilizados de Kara Kara.

Esta lógica binaria civilizado/salvaje fue acompañada por otro clivaje: higiénico/contagioso, proporcionando a este conflicto su propio matiz. Los imaginarios raciales tildaron otra vez a los movilizados como los culpables de que la ciudad esté apestada por basurales y, en el curso de la presencia del COVID-19, se asociaba a la basura acumulada como un foco de infección para la salud de la “gente de bien” de Cochabamba. De esta manera, el gobierno de Áñez quizás buscaba un chivo expiatorio para arremeter con una estrategia discursiva/simbólica para inflar un ambiente de tensión, y así tener una cortina de humo que distraiga a la opinión pública de los casos de corrupción que permean la actual gestión gubernamental.

Esta personificación del chivo expiatorio (masista, salvaje y violento) anida en el imaginario de la clase media urbana. En el conflicto de Kara Kara, el Gobierno intentó reactivar aquellos imaginarios raciales que fueron vitales para las movilizaciones urbanas de octubre y noviembre pasados. En rigor, la construcción de ese fantasma masista que iba a invadir la ciudad sirvió para generar una psicosis colectiva, y hoy intentaron resucitar a ese fantasma devenido en un espectro apestado.

El Gobierno necesitaba de esta estrategia discursiva para recuperar a su base social: la clase media, hoy desconsolada por el proceder corrupto gubernamental. Aunque su subjetividad racista (sus prejuicios hacia los indígenas/campesinos) sigue latente. Sin embargo, los movilizados de Kara Kara se dieron cuenta de que estaban ingresando en una trampa gubernamental, y negociaron rápidamente para desactivar el conflicto, vaciando de pretextos al gobierno de Áñez, hoy a la deriva.

Mientras tanto, el hambre sigue acechando a los más pobres. Para los hambrientos de pan y democracia, el establecimiento de un gobierno legitimado por vía del voto es vital para generar consensos con el propósito de enfrentar a la pandemia y al hambre. Quizás por estas razones los sonidos de los pututus siguen haciendo eco por dondequiera.

Yuri F. Tórrez, sociólogo.

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La prosperidad urbana

/ 18 de junio de 2021 / 01:28

Dentro de la política nacional para el desarrollo integral de las ciudades, la ONU Habitat presentó el Primer reporte del estado de la prosperidad de las ciudades de Bolivia. Es un documento muy importante, ejecutado con solvencia profesional, e impecablemente presentado, que desarrolla las líneas establecidas por ese organismo para evaluar la prosperidad de las ciudades en todo el orbe. Como se trata de un documento de suma importancia, éste debe ser conocido por los profesionales del rubro y la ciudadanía en general. Por ello, haré sucesivos comentarios a tan significativo documento para conjugar aportes constructivos (aportes que, además, se promueven en el texto para construir nuevos índices extendidos o contextuales de la Ciudad Próspera).

En esta nota reflexionaré sobre el concepto base que se aplica universalmente para medir la Prosperidad de las Ciudades (el llamado índice CPI), porque es un tema de múltiples interpretaciones. Es una inquietud que no impugna el objetivo principal del estudio que es: lograr “una herramienta estratégica dirigida a los niveles de gobierno y la sociedad para que las administraciones puedan tomar decisiones y definir políticas públicas basadas en evidencia”. Pienso que el término prosperidad es complejo de estandarizar. ¿Cómo podemos igualar la prosperidad urbana de una ciudad colla, con una de Noruega, o con una ciudad argentina llena de blanquiñosos llegados en barcos? Según la ONU, la prosperidad se puede englobar en seis variables: Productividad, Infraestructura para el desarrollo, Calidad de vida, Equidad e inclusión social, Sostenibilidad ambiental, Gobernanza y Legislación urbana. Todos temas capitales y muy preciados en la mentalidad del planificador urbano o regional. Pero, ¿por qué no se incluyen componentes claves de este tiempo como la dimensión cultural? Dicho en términos coloquiales: ¿cómo entiendo mi prosperidad urbana? ¿cómo la entiende el vecino que se farrea en pandemia en la fiesta patronal?, o ¿cómo entiende la prosperidad urbana el contrabandista y acaudalado dueño de un cholet? Comprendo, pero no comparto, la línea conceptual de estos estudios que nacen de esa visión estadística, planificadora y reductora de los aspectos multidimensionales de lo urbano.

Conocer nuestra casa mayor es vital. Los gobiernos no pueden legislar ni ordenar el caos vital que todos construimos más allá de las voluntades planificadoras porque, hasta el día de hoy, las cifras ocultan al ser humano, los planos y los esquemas ocultan las dimensiones culturales que, pienso, son la llave de nuestro futuro.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Un caudillo americano

/ 17 de junio de 2021 / 02:47

Separar Salta y Jujuy del Alto Perú es un error histórico que suele cometerse. El Ejército del Norte no tuvo fronteras para detener el avance de los realistas.

La cultura porteñocéntrica logró convencer a la mayoría de los argentinos de que la libertad y la independencia en nuestro territorio nacieron en Buenos Aires y en mayo de 1810. Pero en realidad fue el Alto Perú el teatro de operaciones más importante de la guerra de emancipación de la región. Digamos que no fue en el Plata donde se produjeron los sacrificios necesarios sino en ese vasto territorio que va del Tucumán al Desaguadero. Porque fue allí donde hombres y mujeres entregaron sus vidas, sus sangres, sus familias, sus propiedades por la Revolución, y no en la lejana Buenos Aires. Porque durante casi dos siglos los escritores de las patrias chicas (Argentina y Bolivia) quisieron inventar una frontera ficticia en Salta y Jujuy y ubicaron allí la “guerra gaucha”. Pero se trata de una falsedad histórica: las actuales provincias de Salta y Jujuy pertenecían a la zona de influencia del Alto Perú, no fue la vanguardia guerrillera que debía evitar que los realistas invadieran un supuesto y ficticio “territorio patrio”. Salta y Jujuy eran, en realidad, la retaguardia de una guerra de guerrillas que en verdadero y completo “territorio patrio” se extendía hasta el Desaguadero y que dejó miles de muertos y más de 50 caudillos asesinados o ejecutados por las armas del rey.

Antezana, Ávila, Camargo, Hidalgo, Hinojosa, Indaburu, Muñecas, Murillo, Warnes, Padilla son algunos de los apellidos de los patriotas que dieron la vida por la independencia de las Provincias Unidas en una guerra de guerrillas, rescatada incluso por el propio Bartolomé Mitre pero olvidada con posterioridad por los relatos porteñocéntricos. Y entre los nombres de esos mártires se encuentra el de un gaucho salteño, líder entre los suyos, olvidado y traicionado por los poderosos de esa provincia durante un siglo, pero siempre recordado por los hijos del pueblo. Su nombre es Martín Miguel de Güemes.

Nació en una familia acomodada de Salta, esa ciudad antigua y bonita que crecía gracias al comercio con el Alto Perú. Con sus casas señoriales, de balcones sevillanos y tejados colorados, con sus paredes de piedra, sus ventanas de madera y el barroquismo engalanado, con su aristocracia de barrio, de callejas de barro y piedra. Con su sociedad fuertemente estamental, dominada por españoles con esclavos negros e indios y con los criollos que soportaban el peso de no pertenecer y de recoger lo que el círculo dominante español les dejaba. Y allí, en esos patios rodeados de gruesas paredes, detrás de esos frentes enrejados, de esas puertas que a veces permitían espiar los frutales, transcurría la vida de una ciudad conservadora, religiosa, sincrética, que se enriquecía con la plata que bajaba de Potosí hasta el puerto de Buenos Aires, primero, y luego con el comercio de ganado y ropa.

Las provincias de Salta, de Jujuy o de Tucumán, junto a las ahora bolivianas de Potosí, Charcas o Chiquitos, estaban integradas en un mismo espacio político, cultural y sobre todo económico: dependían en los tiempos de la colonia de la plata extraída del Cerro Rico del Potosí. Y la creación del Virreinato del Río de la Plata por la nueva administración de los Borbones de la Corona española había cambiado el sentido de la circulación extractiva quitándole peso al puerto de Lima y otorgándole más importancia a las bocas de salida de Buenos Aires y de Montevideo. De esa manera, las provincias de Salta y de Jujuy centraban sus economías en las famosas “aduanas secas”, que retenían un porcentaje de las mercaderías que finalmente abandonaban América en los puertos de mar abierto.

La Revolución de Mayo no significó ningún cambio en la relación entre Buenos Aires y el Alto Perú, entre “arribeños” y “abajeños”; de hecho, los levantamientos fueron sincrónicos y sincronizados entre los revolucionarios de las distintas regiones. Si en algunas oportunidades el Ejército Auxiliar enviado por Buenos Aires al Alto Perú se convirtió en una tropa de ocupación tuvo más que ver con las actitudes soberbias de la porteñada que con realidades culturales entre las provincias norteñas. Pero más allá de esos breves desencuentros, hay algo que es indiscutible: altoperuanos, jujeños, salteños, tucumanos, cuyanos, porteños pelearon codo a codo y sin fronteras —fueron inventadas muchos años después— contra los realistas.

Arenales, Azurduy, Belgrano, Dorrego, Güemes, San Martín fueron protagonistas de la lucha de un mismo territorio y de una misma causa. Separarlos es hacerles el juego a los cronistas de los Estados Nación de fines del siglo XIX, a los narradores de los países chicos, que surgieron después del desmembramiento de la Patria Grande. Incluso la declaración de la independencia argentina, en julio de 1816, confirma la verdad histórica de que nunca hubo frontera y que la Argentina y Bolivia estaban convocadas a ser una misma nación. Ese 9 de julio, en Tucumán, entre las provincias firmantes del pacto aparecen los nombres de las regiones altoperuanas de Charcas, Mizque, Chichas (Tarija) y Cochabamba.

En ese marco, el nombre de Güemes, lejos de opacarse, alcanza su verdadera dimensión política. Porque no se trata solo de una figura elegida por José de San Martín —tras las derrotas del ejército comandado por Manuel Belgrano en Vilcapugio y Ayohuma— para ser usada de retén contra la avanzada realista en Salta. La acción de Güemes está en función de una lucha mucho más abarcadora, que incluye la “guerra gaucha” pero también la que Mitre denominó “guerra de republiquetas” pero que no fue otra cosa que la “guerra de guerrillas” o de “montoneras”. Las regiones de Ayopaya, con José Miguel Lanza a la cabeza; La Laguna, donde acaudillaban Padilla y Azurduy; Larecaja, con el sacerdote Ildefonso de las Muñecas; Santa Cruz, con el porteño Ignacio Warnes; Vallegrande, con el español republicano Arenales; Tarija, con Eustaquio Méndez; Cinti, con José Camargo, y Salta, con Güemes. Todos ellos intentaban frenar a los realistas que recibían por el norte el apoyo logístico del Virreinato del Perú.

La misión que San Martín encomendó a Güemes, entonces, fue la de no darle tregua al Perú en el sur porque el gran capitán ya estaba ideando la campaña americana de liberación de Chile, vía el cruce de los Andes, y finalmente la liberación de Perú a través de una invasión por el mar. De esa manera, el Virreinato del Perú sería atenazado por los caudillos montoneros del teatro del Alto Perú y por las tropas del propio San Martín desembarcando en las playas de Paracas, cerca de Pisco.

Y Güemes cumplió con dignidad la tarea encomendada por San Martín. Líder popular, caudillo legítimo de la gauchada, se enfrentó a la oligarquía salteña que se mostraba siempre más reacia a los grandes sacrificios en nombre de la independencia que a los acuerdos con las tropas realistas. Víctima de constantes traiciones por las clases dominantes de esa ciudad, Güemes murió en el último avance realista en tierras de lo que unas décadas después será la Argentina como hoy la conocemos. Era hijo de su pueblo y no por casualidad fue el único general que cayó en combate durante la guerra de la independencia.

Pero una última felonía lo estaba esperando al gran caudillo montonero: el olvido. Durante prácticamente un siglo, su nombre fue palabra maldita para los dueños de la provincia norteña. Recién en las primeras décadas del siglo XX, su principal biógrafo, Bernardo Frías, y el poeta nacional Leopoldo Lugones, con su libro La guerra gaucha, lo rescatarán del ostracismo al que lo habían condenado sus enemigos políticos.

Guerrillero maldito para los poderosos de Salta. Defensor de la frontera norte argentina para los historiadores del país chico. Líder popular para los revisionistas del siglo XX. Hoy es tiempo de reivindicar a Martín Miguel de Güemes como lo que nunca debió dejar de ser: un caudillo americano, un hacedor de la Patria Grande.

(Gentileza de la Revista Caras y Caretas)

Hernán Brienza es politólogo e historiador argentino.

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Israel: Gobierno nuevo con políticas viejas

/ 16 de junio de 2021 / 01:45

El 23 de marzo, por cuarta vez en dos años, Israel celebró sus elecciones generales, donde dos tercios del total de los escaños del Parlamento están ocupados por un campo político de corte claramente extremista. El domingo 13 de junio, el Parlamento votó por un nuevo gobierno israelí encabezado por el extremista Naftali Bennett, quien obtuvo 60 votos favorables y 59 en contra, hubo una abstención.

El nuevo gobierno de coalición política heterogénea, llamado el “gobierno del cambio”, está apoyado por ocho partidos de tendencias políticas opuestas. Parece complicado que dure mucho tiempo. Si bien estas elecciones parlamentarias excluyeron a Benjamín Netanyahu de la nueva coalición, también produjeron el parlamento más extremista de la historia de Israel y un gobierno de apartheid y racista muy inestable, además de una oposición muy unida y dura encabezada por Netanyahu.

El Primer Ministro de Israel es quien dirige las reuniones de gobierno, decide los temas a discutir, nombra y destituye a los ministros y es directamente responsable de los servicios de seguridad: el Shin Bit, el Mossad, el Consejo de Seguridad Nacional y el Comité de Energía Nuclear, además de tener poderes especiales para todo lo relacionado con la guerra y los nombramientos militares y de seguridad. Es casi imposible que se apruebe una decisión gubernamental a la que el primer ministro se oponga. Todos estos poderes estarán en manos de Bennett, que pide día y noche una política más dura que Netanyahu.

Entre las características que distinguen a esta ronda de elecciones israelíes, la más importante es la ausencia total de lo que se conoció durante las décadas anteriores, como el campo de la paz israelí. La representación de estas fuerzas ha ido disminuyendo llegando al borde de la extinción y a su ausencia en el mapa político. Ante esa ausencia o su reducción a meras fuerzas marginales, sin influencia alguna, la arena israelí quedó libre para las diferentes variantes de las fuerzas extremistas.

Bennett, de 49 años, es hijo de padres inmigrantes judíos de San Francisco que llegaron a Israel en noviembre de 1967 y cuyos abuelos emigraron a los Estados Unidos desde Polonia.

Durante su servicio militar en el ejército, en 1996 participó con el rango de comandante en la denominada “ofensiva israelí contra el Líbano”. El 18 de abril de 1996, mientras su unidad estaba bajo el fuego de los morteros, ordenó bombardear la aldea de Qana en el sur del Líbano, donde se situaba un edificio de las Naciones Unidas que albergaba niños y ancianos, matando a 102 civiles y a cuatro cascos azules. El 30 de julio de 2013, Bennett declaró al periódico israelí The Jerusalem Post: “He matado a muchos árabes en mi vida y no hay ningún problema con eso”.

Se unió a Netanyahu y ejerció como su jefe de gabinete de 2006 a 2008, y dirigió su campaña para liderar el Likud en 2007; también fue nombrado director general del Consejo que defiende los intereses de los colonos, y dirigió la lucha en contra del congelamiento de los asentamientos. Bennett abandonó el Likud y formó el partido Yamina, que obtuvo solo siete escaños en las últimas elecciones.

Bennett es conocido por su fuerte oposición al establecimiento de un Estado palestino y por sus repetidos llamamientos a Israel para que anexe el Valle del Jordán (el 60% de Cisjordania) y dejar algunas ciudades palestinas como Ramallah, Nablus y Jenín con autogobierno, pero con seguridad israelí.

El trasfondo ideológico de Bennett puede ser una motivación de más odio contra los palestinos, pero su posición ahora puede obligarlo a no mostrar esta doctrina públicamente, especialmente porque es muy cercano a los estadounidenses y éstos han comenzado a considerar la solución de “dos Estado” como una solución lógica y viable al conflicto. Bennett seguirá el camino de la postergación hacia cualquier solicitud estadounidense de sentarse a la mesa de negociaciones con los palestinos, porque pretende, como su predecesor, Netanyahu, imponer la solución israelí sobre el terreno: convertir Cisjordania en cantones palestinos bajo la soberanía de seguridad israelí, sin elementos de soberanía como fronteras, aeropuertos y puertos; también cree en los asentamientos y en Jerusalén como la capital unificada y eterna de Israel y la identidad judía del Estado.

Mahmoud Elalwani es embajador del Estado de Palestina en Bolivia.

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Futbolistas de izquierda, una rareza

/ 16 de junio de 2021 / 01:38

“Si la gente no tiene el poder de decir las cosas, entonces yo las digo por ellos” (Sócrates de Souza, el Doctor)

Uno: los dictadores no se meten en política y les va bien. Solo mandan a matar y regalan impunidad a las bestias pardas. ¿Por qué los futbolistas deberían hacer política? ¿Por qué (casi) no hay jugadores que levanten el puño? ¿Por qué los players no dicen lo que piensan? Sostiene El Gran Woming en el prólogo del libro de Quique Peinado, Futbolistas de izquierdas que “la mayoría silenciosa de jugadores siempre recurre al resorte de supervivencia que los lleva a camuflarse con el entorno para aprovechar el privilegio de esa opción llamada apolítica. Si uno es apolítico, es de derechas. Si se define de derechas, es de derechas. Si cree que todos los políticos son iguales, es de derechas. Si reniega de la política, es de derechas. Si no es de nada, es de derechas. Como verán ustedes, ser de derechas es fácil, solo hay que dejarse llevar”.

Dos: media docena de jugadores de la selección peruana pidieron el voto para Keiko Fujimori, que hizo toda la campaña —fallida— con la camiseta de la “franja roja” puesta. Los millonarios futbolistas del hermano país “querían un Perú sin comunismo, libre”. Por eso votaron por “la democracia” y perdieron, como lo hacen casi siempre en la cancha. Ellos fueron: Pedro Gallese, Carlos Zambrano, Jeferson Farfán, André Carrillo, Paolo Hurtado, Raúl Ruidíaz, Wilmer Cartagena, Manuel Trauco, Aldo Corzo, Sergio Peña y Luis Advíncula (del Rayo Vallecano). Solo tres de sus cracks: Paolo Guerrero, Yoshimar Yotún y Renato Tapia se callaron en mil idiomas. El presidente electo, Pedro Castillo, de profesión maestro, respondió a lo Maradona: “Por respeto a este país, y por honor a esta patria, quisiera decirles que la blanquirroja no se mancha”.

Los que nos dicen que no hay que mezclar fútbol y política, también callan cuando los jugadores adinerados se alejan/olvidan sus pueblos/orígenes humildes y piden el voto con la camiseta puesta en favor de políticos corruptos y asesinos. Su entrenador, el argentino Ricardo Tigre Gareca, se hizo al loco: “Los jugadores se pueden expresar libremente”. ¡Qué lejos quedó mi tocayo del gran Marcelo Bielsa cuando se negó a saludar a Piñera tras lograr la Copa América para Chile! Cuando la “china” vaya presa, nadie se acordará de ella. Será una Jeanine más. Es más fácil dejarse llevar.

Tres: hace un año el delantero del Real Betis Balompié de Sevilla, Borja Iglesias, se pintó la uñas de negro para solidarizarse con la lucha antirracista en Estados Unidos y el movimiento “Black Lives Matter”. La cascada de insultos homófobos que recibió provocaron una respuesta filosófica de parte del jugador gallego: “Te das cuenta con esto que no estamos bien”. Cuando hace dos semanas, le preguntaron en televisión si había más futbolistas de izquierdas que de derechas, dijo: “El jugador medio tiende a ir hacia una derecha no muy extrema porque valoran mucho el tema económico”. Los jugadores no entienden que se juega, no para ganar sino para que no te olviden. Tienen miedo a la crítica y al paredón de las redes sociales. Es difícil salir del armario, por eso no tenemos jugadores ni rojos, ni maricones. Hay pavor a la estigmatización, a exponerse, a que no te perdonen por tu rebeldía. Los players son vendidos como cromos, como esclavos modernos. Y muchos no se dan cuenta, como decía Sócrates, que “los futbolistas son artistas y por tanto son los únicos trabajadores que tienen más poder que los jefes”.

Cuatro: varios jugadores de equipos de primera en Bolivia —cuyos nombres prefiero olvidar— participaron activamente de la “(contra)revolución de los pititas”. Postearon fotos sonrientes en los bloqueos y por primera vez manifestaron sus simpatías políticas, saliendo de su zona de confort. Otros, sin embargo, sufrieron represalias, agresiones callejeras y amenazas por internet por haber expresado sintonía con el expresidente Evo Morales. Así le pasó a Luis Héctor Cristaldo, argentino naturalizado boliviano e integrante de la selección que clasificó al Mundial Estados Unidos 1994, cuando fue a comprar gaseosa a la caserita de la esquina de su barrio en Santa Cruz. Hace miles de años, los jugadores iban caminando a la cancha, agarraban transporte colectivo y se mezclaban con la hinchada. Era una fiesta popular. Ahora llegan en sus vagonetas con vidrios polarizados y patean en defensa propia contra el “comunismo”. Es una fiesta para unos pocos. ¿Por qué (casi) no hay futbolistas de izquierdas en Bolivia? Por una cuestión de clase. O simplemente por esa manía nuestra de dejarnos llevar, de no tomar partido.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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No basta pedir perdón

/ 16 de junio de 2021 / 01:31

Perdón parece ser la palabra más difícil es el título de una hermosa canción de Elton John y ciertamente no es fácil pedir perdón de verdad, pero además no es suficiente si al pedido no le sigue la acción para corregir el daño. Sin reparación, el perdón se convierte en la forma más fácil de sepultar hechos que han afectado gravemente a una persona, un grupo o un pueblo y mandar al olvido cientos de vidas, de sueños, de grandes y pequeñas esperanzas.

El 4 de junio, el Primer Ministro de Canadá dijo que estaba decepcionado porque la Iglesia Católica no se disculpó por los abusos y muertes de cientos de niños indígenas en el sistema de internados cristianos, que existían en ese país desde el siglo XIX hasta la década de 1970, creados y solventados por el Gobierno con el fin de que olviden su cultura. Más de 150.000 niños indígenas fueron obligados a dejar sus hogares para vivir sin amor, soportando frío, hambre, abusos sexuales y maltrato físico, en esos recintos construidos especialmente para que abandonen su forma de vida, no hablen ni les hablen en su lengua materna. En 2017 el primer ministro Justin Trudeau pidió disculpas, pero no fue suficiente, porque en una sociedad tan desarrollada como la canadiense, los indígenas de ese país aún viven en condiciones de desigualdad, los originarios de esas tierras tienen las tasas más altas de desempleo y las más bajas de cobertura en el seguro de salud, por eso no basta con pedir disculpas.

El 11 de junio, el expresidente de Colombia Juan Manuel Santos pidió perdón a los familiares de los llamados falsos positivos, es decir los civiles asesinados por militares para hacer pasar esas muertes como bajas guerrilleras en combate. “Me queda el remordimiento y el hondo pesar de que durante mi ministerio muchas, muchísimas madres, incluidas las de Soacha, perdieron a sus hijos por esta práctica tan despiadada, unos jóvenes inocentes que hoy deberían estar vivos. Eso nunca ha debido pasar. Lo reconozco y les pido perdón a todas las madres y a todas sus familias, víctimas de este horror”. Ahora se sabe que esos muertos eran parte de las cuotas que los soldados debían cumplir. ¿Qué piden los familiares de las víctimas? Quieren que el Alto Mando de los militares dé la cara, que declare qué pasó con sus hijos, hermanos, esposos, que revelen quién dio la orden, mientras tanto el pedido de perdón no es suficiente.

Indudablemente no es fácil pedir perdón, pero cuando se lo hace de poco o nada sirve si no se busca la reparación, eso sí es más difícil porque para hacerlo se tocarán intereses, se involucrará a personas o grupos de poder que aún están vigentes, pero el verdadero pedido de perdón pasa por actuar en serio, por esclarecer la verdad, por mejorar la vida de los que quedan.

Lucía Sauma es periodista.

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