En estos días insólitos nuestra voluntad y capacidad están siendo puestas a prueba; a tiempo de evidenciar lo que somos, amamos y rechazamos; así como la templanza de nuestros valores, la legitimidad de nuestros sueños y la condición de nuestro espíritu. Tiempos de crisis que me provocan una visión contemporánea de la cárcel de Robben Island, Sud África; y posteriormente, de la caverna de Platón.

Me asomo imaginariamente a la primera, la prisión en la que Nelson Mandela estuvo recluido 18 años, donde su cuerpo se encerró, donde la intolerancia lo detuvo, donde la opresión pretendió someterlo. Luego me transporto a la segunda, durante una la clase de filosofía en Madrid, cuando Amanda me pidió que guardase el tesoro que debo preservar, y me contaron la historia de unos hombres que, en una cueva, asidos a cadenas infames no miraban otra cosa que sombras, reflejos de los objetos, personas y cosas que estaban en la luz.

Ante la realidad de la prisión antigua y esta suerte de prisión colectiva actual cuyos causantes nos deben responder, me rebelo más allá de la necesidad inmediata y su justificación, me rebelo reclamando la responsabilidad que les incumbe, los daños que genera, las violaciones que se engendran; me rebelo por los miles que han muerto, las familias que sufren, los que están separados; me rebelo por las calles vacías, las ciudades calladas, el silencio que se impone a la sociedad. 

Me rebelo ante todo, y a todos les digo lo que le expresé a Amanda: no es el lugar en donde estemos, es lo que somos. La gente puede estar encerrada, pero nuestra tendencia, nuestro derecho, nuestra naturaleza es la libertad. Es el espíritu humano, que no se puede someter, ni siquiera en el cuerpo del ser que lo contiene. Espíritu que no se rinde nunca, no renuncia, ni claudica jamás, porque es superior a todas las cosas, al hombre mismo por la necesidad de vivir, de ser y de existir.

Es, pues, el derecho a la vida, el derecho sagrado a la libertad, a la paz, a la salud que merecemos; el derecho al mundo que debemos tener, que debemos preservar y rescatar. Volver a lo que nunca dejaremos de ser. Es la humanidad interminable, exploradora, buscadora, que puebla y desarrolla, trabaja, lucha, vive, ama, conserva, aprecia, la que hay que levantar para que siga andando por todos los lugares que Dios creó para cada mujer y cada hombre, regalándoles además del don del discernimiento, el atributo irrenunciable de ser libres en la maravillosa obra de su creación, la Tierra.

José Félix Díaz Bermúdez, abogado e historiador venezolano.