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miércoles 8 jul 2020 | Actualizado a 04:08

Es hora de recomponer la relación del hombre con la naturaleza

Obtener beneficios sostenibles de los bosques significa prestar mayor atención a sus necesidades, que también son las nuestras.

/ 27 de mayo de 2020 / 06:48

Por Qu Dongyu

La pandemia COVID-19 está suponiendo una profunda y duradera conmoción a nivel mundial, y todos sabemos que seguir comportándonos como en el pasado ya no es viable. Es imperativo que veamos esta crisis como una oportunidad para reconstruir nuestros medios de vida de manera sostenible, incluso mejorándolos. Una de las prioridades en agenda es restablecer la armonía de la relación del hombre con la naturaleza y, en particular, con la biodiversidad.

La edición de 2020 del informe “El estado de los bosques en el mundo”, elaborado en forma conjunta por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), ayuda a trazar una estrategia para lograrlo. El informe examina la contribución de los bosques -y de las personas que los utilizan y gestionan-, a la conservación y el uso sostenible de la diversidad biológica.

Los bosques albergan la mayor parte de la biodiversidad terrestre del planeta y nos aportan una amplia gama de servicios, que van desde un aire y agua más limpios, hasta los alimentos naturales que consumen 1.000 millones de personas y el combustible para cocinar para otros 2.400 millones. Los bosques tienen también un impacto directo en la subsistencia de la población, ya que proporcionan más de 86 millones de empleos verdes y sostienen los medios de vida de mucha más gente.

Tenemos que hacer más para garantizar la protección de este legado que nunca deja de ofrecernos sus dones, y hacerlo mejor. Obtener beneficios sostenibles de los bosques significa prestar mayor atención a sus necesidades, que en realidad también son las nuestras. La degradación y la pérdida de bosques y biodiversidad es un factor que contribuye a perturbar el equilibrio de la naturaleza, y a aumentar los riesgos de enfermedades epidémicas para los seres humanos en general. Si bien la deforestación mundial se redujo en el último decenio, se siguen perdiendo cerca de 10 millones de hectáreas cada año y, junto con ellas, especies vitales.

Hay evidencias claras de que el principal impulsor de la deforestación es la expansión de la agricultura. El uso no racional de la tierra y las plantaciones para producir carne, aceite y cereales, seguidas de las actividades agrícolas de subsistencia, suponen un 75% de la deforestación tropical. Para invertir esta tendencia, necesitamos innovar e implementar prácticas agrícolas sostenibles, que aprovechen las soluciones basadas en la naturaleza y protejan la biodiversidad. La propia función y resiliencia de la agricultura depende de la diversidad biológica para sustentar todos los servicios de polinización, el ciclo del agua, los suelos y evitar la erosión. Proteger la biodiversidad no solo es importante para el medio ambiente, también es una condición previa para contar con una alimentación más variada, saludable, equilibrada y nutritiva.

Debemos igualmente poner en práctica enfoques integrados del paisaje. Los bosques pueden conservarse y gestionarse de manera que creen puestos de trabajo, recuperen los ecosistemas y mejoren los hábitats, tanto para las personas como para la naturaleza. Consideremos por ejemplo la reserva de la Biosfera Maya, la mayor zona protegida de bosque tropical de América Central.

Creada en 1990, una parte considerable de esta área se otorgó mediante concesiones de uso múltiple a comunidades integradas por pequeños propietarios, que también recibieron asistencia técnica, acceso a los mercados, apoyo institucional y un marco reglamentario. Esto los alentó a seguir en parte con la extracción de madera, manteniendo al mismo tiempo las normas de protección estipuladas. El resultado es que estos grupos han talado menos árboles que el promedio del conjunto de la reserva, se ha reducido la incidencia de incendios forestales, ha incrementado la cubierta forestal y se ha mantenido la población local de jaguares.

Aparte del alentador desempeño de las personas involucradas en el proyecto, los jaguares no son un mero detalle. Muestran otro aspecto importante de conservación y restauración: los bosques no solo son el hogar de la biodiversidad, sino que también dependen activamente de sus habitantes. Algunas comunidades arbóreas emblemáticas en el mundo dependen de la fauna autóctona (por ejemplo, los osos de América del Norte, los gorilas de África Central, los osos panda de China o los koalas de Australia) para actuar como artífices ecológicos con importantes funciones en la dispersión de semillas, entre otros servicios ecosistémicos fundamentales.

Este enfoque integral es esencial para pasar del conocimiento a la acción mientras nos preparamos para el Decenio de las Naciones Unidas para la Restauración de los Ecosistemas 2021-2030, que estará liderado conjuntamente por la FAO y el PNUMA.

Un hallazgo sorprendente de la última edición de “El estado de los bosques en el mundo” de este año es que el 7% de la superficie forestal mundial está dividida entre más de 34 millones de pequeños fragmentos, cada uno de los cuales cubre menos de 1.000 hectáreas (10 km2). Esta fragmentación dificulta contar con áreas de paisaje en las que prospera la biodiversidad. Necesitamos una restauración a gran escala más amplia, hecha de manera que apoye los medios de vida de las comunidades rurales y mitigue el cambio climático.

La pandemia del COVID-19 es una advertencia global que esperamos, a pesar de la devastación que ha causado, pueda servir de catalizador para proseguir por caminos más creativos e incluyentes hacia un futuro mejor, en el que plantemos más árboles y se conserven los que ya tenemos. Los bosques y la rica biodiversidad que albergan permiten a nuestras comunidades y economías seguir avanzando. Debemos colaborar con la naturaleza para garantizar que puedan prosperar.

Qu Dongyu, director general de la FAO; e Inger Andersen, directora ejecutiva del PNUMA.

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Resulta de vital importancia mantener las cadenas alimentarias mundiales en la crisis Covid-19

Se necesita una respuesta mundial coordinada y coherente para evitar que esta crisis de salud pública desencadene una crisis alimentaria que impida a las personas encontrar u obtener alimentos

/ 5 de abril de 2020 / 07:08

Por Qu Dongyu

La pandemia del COVID-19 está ejerciendo una presión sobre los sistemas de salud pública en todo el mundo, y millones de personas en los países económicamente más avanzados están en cuarentena. Sabemos que la pérdida de vidas será alta y que los esfuerzos masivos para modificar la tendencia tienen un alto costo económico. Para reducir el riesgo de pérdidas aún mayores y de escasez de alimentos para millones de personas, incluso en los países ricos, el mundo debe adoptar medidas inmediatas para reducir al mínimo las interrupciones en las cadenas agroalimentarias.

Se necesita una respuesta mundial coordinada y coherente para evitar que esta crisis de salud pública desencadene una crisis alimentaria que impida a las personas encontrar u obtener alimentos. Hasta la fecha, el COVID-19 no ha ejercido ninguna presión sobre la seguridad alimentaria. Aunque no hay razón para el pánico, porque hay suficiente comida en el mundo para alimentar a todo el mundo, todavía nos enfrentamos al reto de asegurar que la comida esté disponible donde se necesita.

La epidemia del COVID-19 ha creado limitaciones logísticas que repercuten en las largas cadenas de valor de la economía mundial moderna, que ha dado lugar a la contención y cierres de fronteras. Las restricciones a la circulación, así como el comportamiento de los trabajadores, pueden impedir que los agricultores cultiven la tierra y que los procesadores de alimentos (que manejan la mayoría de los productos agrícolas) se dediquen a la elaboración. La escasez de fertilizantes, medicamentos veterinarios y otros insumos también podría afectar a la producción agrícola.

El cierre de restaurantes y tiendas de comestibles menos frecuentadas reduce la demanda de productos frescos y de pescado, lo que afecta a los productores y proveedores, en particular a los pequeños agricultores, con consecuencias a largo plazo para las poblaciones cada vez más urbanizadas de todo el mundo, ya sea en Manhattan o en Manila. La incertidumbre acerca de la disponibilidad de alimentos puede inducir a los tomadores de decisiones a aplicar medidas de restricción del comercio, a fin de garantizar la seguridad alimentaria a nivel nacional. La experiencia de la crisis mundial de los precios de los alimentos de 2007-2008 nos enseña que esas medidas solo pueden agravar la situación.

Las restricciones a la exportación establecidas por los países exportadores para aumentar la disponibilidad de alimentos en el país podrían provocar graves trastornos en el mercado mundial de alimentos, lo que daría lugar a un aumento de los precios y a una mayor volatilidad de los mismos. En 2007-2008, esas medidas inmediatas resultaron ser sumamente perjudiciales, en particular para los países de bajos ingresos y con déficit de alimentos y para los esfuerzos de las organizaciones humanitarias por suministrar alimentos a los necesitados y vulnerables.

Todos debemos aprender del pasado para no repetir los mismos errores. Los tomadores de decisiones deben tener cuidado de no endurecer involuntariamente las condiciones de suministro de alimentos. Aunque cada país se enfrenta a sus propios retos, la colaboración entre los gobiernos y todos los sectores e interesados es esencial. Nos enfrentamos a un problema global que requiere una solución global.

Debemos asegurarnos de que los mercados de alimentos funcionen adecuadamente y que la información sobre los precios, la producción, el consumo y las existencias de alimentos sea accesible a todos en tiempo real. Este enfoque reducirá la incertidumbre y permitirá a los productores, consumidores, comerciantes y tomadores de decisiones estar informados y contener el pánico injustificado en los mercados mundiales de alimentos.

Aún no se conocen los efectos de la actual pandemia del COVID-19 en la salud de algunos de los países más pobres. Sin embargo, podemos decir con certeza que cualquier crisis alimentaria que resulte de la elaboración de políticas deficientes será un desastre humanitario que podemos evitar. Ya tenemos 113 millones de personas que padecen de hambre aguda en el mundo; en la África subsahariana una cuarta parte de la población está desnutrida. Cualquier interrupción de las cadenas de suministro de alimentos intensificará el sufrimiento humano y aumentará el desafío de reducir el hambre en el mundo. Debemos hacer todo lo posible para que eso no suceda. La prevención es menos cara. Los mercados mundiales son esenciales para mitigar las perturbaciones de la oferta y la demanda entre los países y las regiones, y debemos trabajar juntos para garantizar que las interrupciones de las cadenas de suministro de alimentos se reduzcan al mínimo posible. El COVID-19 es un poderoso recordatorio de que la solidaridad no es caridad, sino sentido común.

Qu Dongyu, director general de la organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Acuicultura (FAO).

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