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martes 7 jul 2020 | Actualizado a 23:27

Tiempos distintos

A pesar de esta situación, no faltan momentos en los que La Paz saca a relucir su cualidad de ciudad efervescente y vital.

/ 28 de mayo de 2020 / 05:19

Nos encontramos en una etapa de la vida urbana que jamás imaginamos, como consecuencia de la aparición de un invitado no deseado (el coronavirus SARS-CoV2), que ha invadido Bolivia y al resto del planeta. Y a raíz de esta pandemia, la vitalidad con la que contaba la ciudad de La Paz ha decaído significativamente, al menos de manera temporal.

Hace 100 años, el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein ponderó el concepto superior del tiempo sobre el espacio, y la nueva realidad que produjo la llegada del ferrocarril a las ciudades le produjo inquietud, pues se convirtió en el mater de la cotidianidad. Esto lo impulsó a asegurar que esta transformación iba a eliminar la vida urbana, y lo único que les quedaba a las urbes era el tiempo. Se trata de una realidad similar a la que vivimos, ya que la pandemia ha hecho desaparecer el valor del espacio público, o por lo menos ha menguado su riqueza.

A pesar de esta situación, no faltan momentos en los que La Paz saca a relucir su cualidad de ciudad efervescente y vital, lo cual no deja de sorprender, sobre todo por el tipo de población que vive en la ciudad sede de gobierno; pues esta pareciera reafirmar su sentido de comercio innato, entre otros. Este motor de la vida urbana lleva al observador a captar el valor del ciudadano, quien, acorde al momento que se vive, aprovecha para emprender algún negocio, por ejemplo, la venta de exóticos barbijos y otros elementos de seguridad requeridos por la gente en esta época de cuarentena.

Así, en ciertos barrios, el ir y venir de la gente, los puestos de venta callejeros y el bullicio a veces desesperante no se han perdido por completo, pero se han atenuado hasta el punto en que a una hora determinada la ciudad se convierte en un fantasma urbano. Un hecho que no deja de lastimar, pues esto sucede por el riesgo que supone el COVID-19 para la población. Lo singular de este momento es que la población camina por la ciudad casi como autómata, con una vestimenta (barbijos, enterizos y lentes especiales) que la hace irreconocible, y un ajetreo que indica que su tránsito por las vías es solo por necesidad.

Se trata de una realidad que impacta, pues denota que se ha convertido en el inicio de un nuevo tiempo de la vida urbana en movimiento. Una especie de confluencia de seres que anónimamente caminan por las calles, inmersos en una realidad que relata el valor del tiempo acelerado en las ciudades. De esta manera, la ciudad inicia una relación contractual con el espacio practicado. Pero lo más interesante es que la vida en movimiento dota de un privilegio a la senda acelerada en el tiempo. Una presencia dominante en el quehacer de la ciudad que consagra al recorrido en el espacio urbano.

Pero hay más. Esta experiencia revela que si bien la ambivalencia de realidades se ha agudizado en los últimos días, los nostálgicos espacios urbanos son por momentos recuperados no para una cohesión social, sino para dejar nuevos signos y marcas históricas, que lograrán enriquecer a la ciudad de La Paz dentro de un nuevo tiempo.

Kant decía: “El fenómeno fundamental es el de la ciudad; ésta se nos ofrece cada vez más compleja y rica, múltiple en experiencias que producen sus habitantes”.  Con ello, demostró que gracias a la diversidad de hechos fortuitos se logra conformar no solo una urbe, sino una pluralidad de ciudades… hasta las más libres.

Patricia Vargas, arquitecta

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El cuerpo del ciudadano, expresión de sentido

En tiempos de coronavirus, todo disfrute del espacio público ha quedado en la memoria

/ 25 de junio de 2020 / 06:13

En los últimos artículos abordamos distintos hechos que suceden en estos tiempos y que nos revelan los cambios que vive la ciudad y especialmente su población, los cuales comenzaron a mostrarnos cada vez nuevas y distintas circunstancias que semejan a fotografías en las que la cotidianidad pareciera haber desaparecido. Una especie de imágenes en movimiento de decenas de cuerpos que se mueven mecánicamente, como si hubiesen perdido el espíritu bullicioso del ayer.

Hoy el ciudadano ha cambiado hasta el punto en que demuestra que ya aceptó este presente nebuloso que llegó con el coronavirus. Una realidad que deja en evidencia la gran ruptura en la vida y el hacer del habitante desde marzo, lo que ha conseguido desorientarlo y perjudicarlo en sus planes y sueños hacia el futuro.

En el centro urbano, por ejemplo, las personas van y vienen, se mueven con recelo, evaden o cruzan al frente con tal de no rozarse con aquel o aquellos personajes que pueden contagiarlo. Asimismo, si bien el temor al futuro es profundo, el transeúnte solo busca  seguir con vida y con el paso del tiempo reestructurar sus metas del mañana. No cabe duda de que hoy ese cuerpo está cargado de sentido no solo porque vive con incertidumbre, sino porque le invade la desesperanza respecto a la situación económica.

También es muy llamativo observar que las calles y avenidas por las que ayer se transitaba con cierta seguridad y hasta placer, hoy son recorridas con premura por la gente y los autos debido a la finalización de la hora de circulación. Así, la velocidad y el tiempo han tomado el primer plano de la cotidianidad.

Esa agitación nerviosa denota que la vida urbana de la ciudad de La Paz ha cambiado, pues el personaje principal, el ciudadano, ni siquiera se interesa en participar en ella. Sin embargo, su cuerpo ofrece lecturas distintas y en algunos casos hasta poco claras; por ejemplo, al ver a una persona cabizbaja y de caminar acelerado, una de las interpretaciones puede ser que lo hace forzada para cumplir algún hecho concreto.

Dada esa situación, todo disfrute del espacio público ha quedado en la memoria, por lo menos en esta etapa de riesgo de salud, que según algunos expertos se extenderá por tres años.

Un periodo complejo que por momentos produce desazón esencialmente por la ruptura del pasado con un presente que viene cargado de otras realidades. Empero, esto no quiere decir que las urbes no sigan abiertas a nuevos “fundamentos”, pues –como afirmaba Hilberte– llegará el momento en que necesariamente se tendrá que “exilar para siempre a la ciudad tradicional”, y eso significa imaginar una urbe llena de nuevas exigencias.

Por eso, es inobjetable que vivimos momentos singulares y que la visión de las ciudades ha cambiado, pues exige transformaciones en la medida de la nueva vida que lleva el habitante en estos últimos tiempos.

Resulta difícil entender la vacilación de aquellos cuerpos que, así como aparecen, desaparecen rápidamente, lo que nos demuestra que son la fuente misma de toda subjetividad, pero que hoy iniciaron un nuevo tiempo de objetividad, una especie de paradigma de evolución. En esa línea, filósofos como Merleau-Ponti ya aseveraban que “el cuerpo de una persona puede hablar, como la lámpara eléctrica puede volverse incandescente”.

Patricia Vargas, arquitecta

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Supervivencia e imaginación

La creatividad es muy importante para subsistir en tiempos duros como los actuales

/ 11 de junio de 2020 / 06:03

Vivimos momentos en los que la realidad no solo nos demuestra la necesidad de cambios en la vida de las ciudades del planeta, sino que estos vienen cargados de una ruptura en la proyección de su futuro, son planes que estuvieron programados desde las últimas décadas del siglo XX. Sin embargo, todo demuestra que gracias a la vivencia de estos últimos meses hoy existe una nueva visión del vivir del habitante, quien comienza a comprender el valor de la existencia, lo que debiera invitar a repensar la nueva dirección de las ciudades a futuro.

Un virar que conlleva una transformación desafiante no solo para la supervivencia física del habitante, sino también para la proyección a futuro de las urbes, su economía y su cultura. Esto último referido, por ejemplo, a la proyección de aquellas grandes obras arquitectónicas con las que cuentan las ciudades y que hoy ya incorporan cambios no solo para mantener en vigencia su prestigio, sino para atraer a los nuevos visitantes que llegarán posiblemente en dos años.

La historia de la imaginación, según escritos, se inicia con Aristóteles en una de sus obras, Tratado del alma, en la que analiza la necesidad del descubrimiento de la imaginación a través de dos ideas totalmente distintas. “La primera, la imaginación en sí, y la segunda, la imaginación imitativa, reproductiva y combinatoria”. Esta última  —a nuestro entender— se muestra como la más usual en este tiempo.

De esa manera, ciertas ciudades (por ejemplo, de Europa) cuyo prestigio hasta hace pocos meses atraía a cientos de visitantes de otros países gracias a sus magníficas obras arquitectónicas y de arte en general —lo que les generaba altos ingresos por el turismo—, hoy están redescubriéndose y reinventándose rápidamente.

Para ello, uno de sus primeros pasos fue la implementación de la tecnología y su lanzamiento al mundo. Un ejemplo de esto son los videos que se produjeron, en los cuales las obras pareciesen tener vida propia gracias a la dinámica que les dio la informática.

Asimismo, se hicieron intervenciones en el exterior de esos museos, con nuevas propuestas referidas a la iluminación externa, la cual si bien ya existe hace muchos años, se nutre ahora con una variedad de sonidos que dan como resultado tonos por de más híbridos y cuya estridencia no deja de sorprender. Esto por la variación de los niveles de los sonidos, con los que parecieran trasladar a los nuevos tiempos a esas grandes y bellas reliquias históricas.

Así, esa propuesta seguramente logrará atraer al visitante no en estos momentos, sino en un futuro esperemos no lejano. Esas ciudades ya conciben los nuevos caminos por donde transitarán en el futuro para reconquistar a un turismo que es de vital importancia para las arcas de esas naciones.

A nuestra sociedad no se le deben negar los valores creativos innatos de quienes con gran esfuerzo e incluso limitaciones económicas son capaces de crear o imitar obras para su subsistencia, un mérito que nadie puede desmerecer.

Un ejemplo interesante de aquello, y que demuestra la habilidad manual, son algunas mujeres de la provincia Murillo (La Paz) que elaboran barbijos pero con telas típicas y bordados en altorrelieve.

Con ese trabajo, esa comunidad rural logró pedidos hasta de exportación, lo que denota que la supervivencia en tiempos duros como los actuales puede ser afrontada gracias a la creatividad basada en algo ya existente, un hecho que redunda en ingresos económicos para algunas familias de esa región. 

Pero no debemos dejar de valorar otro tipo de trabajos como los de abastecimiento en la época de cuarentena, cuando camiones subían desde Mecapaca cargados de verduras para distribuirlas a medianoche (mercado Rodríguez) a los vendedores minoristas. O en su caso, otra parte de nuestra sociedad que hoy ha reinventado su labor, convirtiendo su negocio en móvil gracias al envío de diferentes productos a domicilio.

Es evidente que son momentos difíciles que vive el mundo no solo porque han limitado nuestra libertad de movimiento, sino de producir economía. Sin embargo, esa realidad —dentro de una mirada positiva— ha sido la artífice para que se aproveche la situación, fundamentándola en la “phantasía aristotélica”, que es elevar un desafío acompañado de la “imaginación imitativa, reproductiva y combinatoria” que propuso hace siglos ese filósofo.

Patricia Vargas, arquitecta

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Deconstruir la vida urbana

El trabajo obligado en casa pareciera indicar el principio de la transformación de la vida urbana.

/ 14 de mayo de 2020 / 06:38

La crisis que vivimos con la pandemia del coronavirus SARS-CoV2 se ha convertido en uno de los signos más claros de la deconstrucción del vivir del habitante en el espacio urbano. Si bien la cultura urbana siempre fue polémica, en este corto tiempo nos presenta realidades contradictorias en las ciudades vivas, especialmente por la soledad que transmiten. Y eso significa que el espacio urbano real, nacido con la cualidad de una heterogeneidad incalculable de acciones de los actores, hoy está perdiendo su magia.

En los últimos meses el silencio y la desolación son hasta lamentables, ya que devalúan el valor de la vida urbana, porque denotan nuevas características, desmereciendo con ello el sentido propio del espacio público. La cuarentena obliga al encierro de la población por un virus extendido no solo en los hogares sino también en las falacias ocultas del discurso de las grandes potencias, cuyo trasfondo pareciera señalar un futuro dudoso, cargado de grandes cambios y transformaciones.

Sin embargo, se debe recordar que toda herencia del pasado no desaparecerá fácilmente, ya que es imposible destruir y omitir aquellos espacios públicos llenos de vida comunitaria. Los cuales en el siglo XX fueron el fundamento para cualificar la vida urbana en momentos en que el ciudadano fue considerado el “sujeto imposible de la modernidad” gracias a su gran emancipación. Concepción que impulsó a Baudelaire a señalar que “el espacio público era como levantar el hogar en el corazón de la multitud”.

Así, deconstruir la vida urbana significa encontrar hoy nuevas cualidades y necesidades ciudadanas, pues la pandemia ha llevado a que las sociedades vivan grandes tempestades, como crisis económicas, falta de empleo y la pérdida de cientos de miles de vidas, las cuales eran parte de una generación que construyó los cimientos para la transformación de la existencia urbana en el planeta.

Este nuevo tiempo para la humanidad y de consolidación del habitante informático es una realidad que invita a la evolución del espacio público, lugar donde se manifiesta la ciudadanía. De ahí que aquellos espacios del ayer requerirán que su concepto sea reconstruido para ofrecer una renovada propuesta. Una realidad respaldada en el signo claro de los nuevos tiempos, que nos preocupa y nos lleva a preguntar ¿será que el “espacio para todos” desaparecerá por el encubierto anhelo de usar todo el territorio para la construcción de grandes chimeneas? Vale decir, ¿se seguirá destruyendo al planeta?

Esperemos que las ofertas apasionadas sobre el nuevo habitante del orbe no vayan en contra de las cualidades del buen vivir ciudadano, aunque por el momento han quedado en espera. Sobre este punto, la propuesta de Jaques Derrida parece oportuna, cuando afirma que la estrategia de la deconstrucción se basa en un análisis de las estructuras que componen un discurso; por tanto, en “el desmontaje” de los espacios públicos de las ciudades, aun de los más inteligibles.

Esto porque hoy en día pareciera absolutamente incierto saber hacia dónde se dirigirá el futuro del espacio urbano y qué se espera de las ciudades, las cuales, gracias a una enfermedad que no da visos de desaparecer, cambiarán el sistema de vida del habitante.

Por todo ello, es indiscutible recordar que el ser humano nació para ser libre. Desde la aparición del virus, el trabajo obligado en casa, acompañado de todo tipo de mecanización, información y comunicación (elementos útiles para la vida informática), pareciera indicar el principio de la transformación de la vida urbana.

El nuevo vivir del ciudadano en el mundo informático nos lleva a preguntarnos ¿será que esta nueva realidad logrará crear el aislamiento del habitante y, consiguientemente, la desaparición de la cotidianidad urbana? ¿Será el fin del espacio más democrático y privilegiado, como es el espacio público?

Patricia Vargas, arquitecta.

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Una mirada al cambio

Durante la cuarentena la interrelación entre las personas se ha visto facilitada con los distintos recursos que ofrece la tecnología.

/ 30 de abril de 2020 / 06:36

En pocos meses nuestras vidas han cambiado radicalmente, respecto al hacer y pensar sobre el futuro. Con la inesperada llegada de un peligroso virus proveniente de Asia, que hoy en todo el planeta, ha perdido importancia el mundo político; y se cierne una sombra, en la que la luz asume contornos imprevistos y ambiguos, al igual que nuestro vivir actual.

Este tiempo viene cargado de dudas y preguntas acerca del futuro, cuyas respuestas no son nada concretas incluso para los países desarrollados, ya que la pandemia desatada por el coronavirus COVID-19, además de desestabilizar la vida humana, constituye un gran desafío para todos los ámbitos. Por tanto, son momentos en los que se requiere una “reinvención” social; vale decir, extraer los valores propios de las sociedades, sin olvidar que la realidad que exige importantes “cambios”, especialmente en la vida y el hacer del habitante.

Todas las naciones enfrentan el mismo desafío, pues es un hecho que el nuevo coronavirus no va a desaparecer fácilmente, y no se tiene claro el camino que seguirá la pandemia. Pero sí se puede afirmar que el COVID-19 ha disminuido la seguridad del sujeto, pero también el significado que produce su libertad de acción.

Independientemente de aquello, con esta terrible enfermedad y las medidas adoptadas para contenerla, la interrelación se ha visto facilitada con los distintos recursos que ofrece la tecnología (celulares, iphone, tablets, computadoras, televisores smart, entre otros) y las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, WhatsApp, Tik Tok, Zoom, etc.), para permitir el “encuentro” entre la ciudadanía.

Así, una vez que lo virtual ha ingresado de forma franca a nuestras vidas, el contacto intercontinental que podemos lograr hoy en cuestión de segundos no deja de sorprender. Y lo propio ocurre con los innumerables contenidos que se pueden transmitir o recibir, por ejemplo los videos sobre el coronavirus, las relaciones humanas, el medio ambiente, hechos graciosos, materiales educativos, de investigación y otros.

La necesidad de comunicación ha obligado a la población a aprender sobre tecnología digital, pues esta transformación del hacer y sentir humano promete un futuro en una franca vida en red. En esta medida, la generación y procesamiento de información se ha convertido en parte de nuestras fuentes de valor y de oportunidad para lograr grandes transformaciones.

Respecto al contacto personal tan reprimido en estos días, la historia y la vida cotidiana dan cuenta de que el ser humano nació con una relación directa con el espacio externo, y esa era la esencia de la ciudad efervescente de la que gozábamos hasta hace poco. Por tanto, la vida urbana juega un rol determinante en el devenir del ciudadano.  Por ejemplo, la nueva vivienda o espacio habitacional no deberá dejar de lado su innovación, lo que sin duda constituye un hermoso desafío para los arquitectos. Para terminar, es evidente que la ciudad silenciosa que predomina gracias a la cuarentena ha sacado a relucir una cualidad con la que se deberá hacer frente luego a la nueva realidad: la creatividad, entendida como la fuerza más productiva y poderosa en el ingreso definitivo del planeta a la era digital.

Patricia Vargas, periodista

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¿Será que el siglo XXI acaba de nacer?

Este hecho debiera recordar que la razón rige al mundo, y que la flecha de la historia apunta a la libertad y el respeto a la conciencia individual.

/ 3 de abril de 2020 / 08:01

Desde el inicio del nuevo siglo, el espectáculo de la historia nos muestra que el siglo XX estuvo lleno de grandes transformaciones y de desarrollo para la humanidad, especialmente en lo que a la ciencia, la técnica, el arte, el pensamiento y la tecnología se refiere. Aunque no faltaron acontecimientos negativos como las dos guerras mundiales. Conflictos que conmocionaron al mundo, y cuya polifonía del entrecruzamiento de obsesiones imaginarias de quien la imaginó, en el caso de la Segunda Guerra Mundial, involucró a casi toda Europa.

A pesar de ello, el siglo XXI se inició apuntando a la expansión global y al desarrollo de una conciencia individual basada en nuevas visiones de vida. Una realidad que, según Octavio Paz, rompe con toda la modernidad, dando lugar a un tiempo puro y sin medida. Esto ante la necesidad de corregir los errores cometidos anteriormente, por el desmedido desarrollo de la industria, cuyas consecuencias negativas no fueron las mejores, por ejemplo para el medio ambiente.

De esa manera, el siglo XXI nació con una nueva visión reparadora de errores anteriores, pero esencialmente dando grandes pasos evolutivos. Apuntando con ello hacia una expansión global también de la conciencia individual basada en nuevas visiones. En síntesis, el construir una sociedad preparada para la dinámica de los nuevos tiempos, cuya visión ambicione el ingreso a la “sobremodernidad”.

Sin embargo, estos últimos meses confirmarían el dictamen de Hegel que asegura que estamos condicionados a repetir errores. Pero él no imaginó la existencia de unos errores más crueles otros, como la mala utilización de la ciencia, cuyo resultado (intencional, calculado o no), ha tenido consecuencias destructivas para las personas, involucrando incluso a todo el mundo. Por ejemplo, la aparición del coronavirus COVID-19, que hoy está matando a miles de ciudadanos inocentes en todo el mundo, y esencialmente a la población adulta. Aunque también ha comenzado a expandirse a una generación totalmente inocente, como son los niños. Algo seguramente jamás esperado.

Este hecho debiera recordar que la razón rige al mundo, y que la flecha de la historia apunta a la libertad y el respeto a la conciencia individual. Pareciera que esta realidad está arremolinada y que la tempestad arrastra al planeta a un futuro incierto, porque si bien más temprano que tarde venceremos a este mal, el hecho quedará en la historia y la experiencia podría ser un peligro para el futuro con experiencias similares. Esta realidad podría impulsarnos a pensar que hemos comenzado a vivir una especie de tercera guerra mundial, la cual siempre estuvo imaginada ya no con el uso de armamentos, sino algo como lo que estamos viviendo en la actualidad.

Pensemos que se trata del desborde de errores científicos, cuyos virus son tentáculos que han llegado a todos los rincones del mundo. Sin embargo, el ser humano nunca dejará de seguir esperanzado en un mundo mejor. Además, en palabras de Benjamín, el futuro es una especie de fascinación gracias a los adelantos tecnológicos que ya existen y que irán creándose, cada vez más, los cuales buscarán construir mejores condiciones de vida para la humanidad.

A pesar de todo, y gracias al confinamiento de los habitantes, el encierro nos demuestra cuánto daño le hemos hecho al medio ambiente, ya que en este tiempo la Tierra está recuperando sus bellas cualidades, como el renacer de la naturaleza en lugares donde los incendios la destruyeron, sin olvidar la limpieza de las aguas, por ejemplo en Venecia, donde hasta los delfines volvieron para corroborar aquello. La realidad que vivimos en la actualidad confirma que los primeros tiempos efímeros de todo nuevo siglo contienen una ansiedad de cambios, aunque respecto al coronavirus COVID-19, deja la lección de cuán frágil puede ser el planeta cuando la ciencia se desfasa del mayor principio: el de cuidar a la humanidad.

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