Voces

sábado 4 jul 2020 | Actualizado a 03:19

No hay peor enemigo que el de tu oficio

Las muy calientes coyunturas son los peores momentos para evaluar hechos que se proyectarán con inevitable trascendencia histórica

/ 29 de mayo de 2020 / 07:20

Observo con cuidado y serenidad los distintos movimientos y gestos públicos del periodismo, de algunos periodistas y de varios opinadores en estos tiempos de gobierno de transición, con una Presidenta que quiere pasar de accidental a electa merced a su auto-habilitación como candidata para las elecciones que deben realizarse, sí o sí, este 2020. Y constató que hay unos que pelean consigo mismos por convencerse de que lo que se produjo hace seis meses no fue un golpe de Estado. Otros se han desmarcado, con el silencio, de su abierta simpatía por lo que fue el gobierno de Evo Morales. Y algunos más chapalean sus grises teclados para decir obviedades en plan maniqueo y aburrido.

Mientras sucede todo esto, me encuentro en la antesala de la publicación de un libro que, con el título Reportaje a la democracia, Bolivia 1969 – 2019, estuvo listo para salir a las calles el 10 de noviembre, pero que pititas, militares y policías estaban ocupando. Y nos vimos obligados a posponer la distribución de esta edición que incluye 24 entrevistas con personajes de nuestra política (desde Antonio Aranibar Quiroga, pasando por Hugo Banzer y Gonzalo Sánchez de Lozada, hasta Luis Arce Catacora), y que consigna una prehistoria democrática con menciones a dictaduras y presidencias atípicas y dignas como la de Luis Adolfo Siles Salinas.

Por si acaso, en este libro de 175 páginas y formato grande no se encontrará una sola palabra sobre las elecciones del 20 de octubre y la posterior caída del masismo, debido a que la experiencia enseña que las muy calientes coyunturas son los peores momentos para evaluar hechos que se proyectarán con inevitable trascendencia histórica.

En esas andaba, escribiendo y editando, cuando la temperatura electoral se hacía inaguantable y un 8 de noviembre tuve que dar por cerrado mi programa “Ácido y sulfúrico” en radio, y dedicarme a asuntos familiares dadas las amenazas, ultimátums y las persecuciones de fotógrafos aficionados que me registraban con sus celulares, y se encargaban de publicar o amplificar colegas a los que alguna vez les abrí las puertas laborales en un diario y en la televisión estatal. Me preguntaba cuál sería el motivo de sus inmanejables resentimientos, cuando años atrás habíamos compartido tareas. Y llegué a la penosísima conclusión de que se había instalado en Bolivia un trauma que padecen estos enfermos de importancia, exclusivamente avocados a escribir contra Evo y su gobierno, clausurando la multifacética territorialidad del periodismo.

Los ajetreos que nos tenían enfrascados en lo urgente me impidieron saber que la ex zarina contra la corrupción del gobierno de Carlos Mesa, Lupe Cajías de la Vega, en una columna publicada en la Agencia de Noticias Fides (ANF), entre otros sitios, me atribuye tareas “político mediáticas” en Abya Yala Televisión y que, según ella, estaba dedicado a manejar “un equipo para hacerle (la) guerra sucia a Comunidad Ciudadana”. Fue entonces que recordé que su señor padre, quien fuera presidente de la Corte Nacional Electoral (CNE) y mi profesor de Ética periodística, jamás habría incurrido en afirmaciones sin verificación previa. Huáscar Cajías era una persona seria.

Así de alocado es ese periodismo boliviano al que se le atribuye madera para el oficio y experiencia. Y esto porque el antievismo ha convertido ciertos espacios de publicación en lugares para decir cualquier cosa, como las afirmadas por Cajías de la Vega, quien no se enteró que fueron una exministra y un exministro masistas obsesionados con retornar al gabinete los que me echaron de manera infundada de dicha estación televisiva en marzo de 2017, y que jamás trabajé en ningún equipo político de campaña, pues apenas soy periodista y editor, sin calificación ni talante para guerras electorales, y menos para trabajar en equipos anónimos cuando a esas alturas ya había impugnado a Carlos Mesa en mis distintos espacios, de acuerdo con mi estilo, a cara descubierta.

Me provoca una tremenda incomodidad la autorreferencia a la que me he visto obligado a acudir para dejar establecido que, a pesar de haber sido injustamente maltratado por varios personeros de las (tres) administraciones gubernamentales de Evo, nunca, hasta ahora, me había referido a estos hechos, porque más allá de mi situación laboral y personal, creí, y sigo creyendo, que entre 2006 y 2019 se han producido cambios estructurales trascendentes para la vida de Bolivia, lo que significa que me obligué a diferenciar los asuntos que me afectaban en lo personal con los acontecimientos que hicieron del país un Estado Plurinacional en construcción.

El refranero popular dice que el peor enemigo es el que ejerce nuestro mismo oficio, y lamentablemente “así nomas había sido”, como decía el Tano Llobet. Los años me han enseñado a tomar ciertas actitudes, irresponsables y mentirosas, con liviandad. Algún día, cuando la calma visite a estos afiebrados articulistas, llegarán a la conclusión de que su sello es el de la bronca y la animadversión personal nada más por el hecho, como ellos mismos repiten, de  “pensar distinto”. El postevismo se ha convertido en un asunto de diván.

Julio Peñaloza Bretel, periodista.

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Las dos Bolivias

El país tiene abierta una enorme interrogación acerca de su futuro democrático

/ 27 de junio de 2020 / 06:52

La pretensión de imponer una narrativa acerca de los “malditos 14 años” es un obsesivo intento por negar política y mediáticamente algo que para la historia del país parecía imposible hasta 2005: Que los indígenas originarios y campesinos pudieran demostrar que había otra manera de comprender y escribir Bolivia, que más allá de la excesiva concentración de reflectores en la figura de Evo Morales que amenaza con elevarse a la categoría de mito, el país estaba hecho de demasiados pedazos inconexos e invisibilizados, de realidades cotidianas diversas y soslayadas por los señoritos de las zonas residenciales que jamás figuraron en sus cotidianidades de barrio confortable, porque la vida de los nadies no tiene porqué importunar el apoltronamiento y la mirada de la clase media-alta del occidente globalizado.

En ese contexto asoma el miedo al regreso del MAS al poder, ese mismo miedo de tanto cuento chino que busca querer convencer a los convencidos conservadores que ya conocemos, que el culto a la personalidad practicado por un entorno al que en algún momento le exigiremos una contabilidad de sus actos y sus malos consejos, no es suficiente argumento para querer esconder que la Bolivia de hoy pone en el mapa de la vida real a tod@s y ya no más a unos cuantos, que la Constitución que abre las compuertas al Estado Plurinacional es un instrumento que exige perfeccionamiento y profundización, que la inclusión social no es una condescendencia, sino más bien el resultado de dolorosas luchas, de varias marchas indígenas por la tierra y el territorio, y masacres  producidas desde principios del siglo XX y un despido masivo (1985) de mineros y trabajadores de las zonas rurales y las ciudades.

El Sí por la repostulación de Evo en el referéndum del 21 de febrero de 2016 estaba fundado en la necesidad de completar un ciclo estatal hasta 2025 a fin de evitar, otra vez, innecesarias y traumáticas transiciones que nos llevan intempestivamente, de un extremo al otro, en este caso, de un programa de gobierno inconcluso a un gobierno bisagra sin preparación para comprender la misión que le exige su tiempo y espacio, consistente en restituirle al país su derecho a votar para elegir. Y aunque ese Sí obtuvo casi el 49 por ciento de la votación, porcentaje idéntico al obtenido en la anulada elección presidencial del 20 de octubre del pasado año por presunto fraude, las cartas estaban echadas desde el día en que Morales decidió convertirse en un mal perdedor, alimentando durante los tres años siguientes la animadversión de quienes habían ganado con su No en las urnas, al extremo de haber tenido que salir por la ventana, golpeado por milicos, polis, embajadores y curas con vocación injerencista, gracias a la decisión tomada por ese puñado de opositores que ahora, otra vez, se sacan los ojos entre ellos debido a su falta de musculatura política, y en los casos de Mesa y Quiroga, además, a sospechosos comportamientos reñidos con la honradez y la transparencia en el manejo de la cosa pública.

La Bolivia represiva, negadora de las contradicciones como método para comprender la historia, por desconocimiento o por elección ideológica, se enfrenta nuevamente a la Bolivia del ultimátum obrero por la autodeterminación y mientras entre esas dos Bolivias no se produzca un auténtico pacto social, ni partidario, ni circunstancial, no dejaremos de ser un país de quienes miran con nostalgia el retorno al pasado republicano y quienes comprenden las cosas desde la lógica de la diversidad étnica y las prácticas organizativas con contenido social, con todos los matices que pudieran considerarse, desde la auténtica lucha de los más pobres por mejores días, hasta las maniobras de intereses corporativos que, camuflados en “el pueblo”, apuestan por el capitalismo empedernido, lo mismo que cualquier banquero de Wall Street (léase mineros cooperativistas, por ejemplo).

La conjugación de las dos Bolivias fue un intentó del MNR del 52 con la Alianza de Clases y a su manera, a través de una combinación de lo nacional popular con los sectores “privilegiados” quiso hacerla el MAS. En los dos casos, Paz Estenssoro y Evo Morales, fueron defenestrados con el mejor argumento-pretexto que podría encontrarse en cada una de esas coyunturas: Prorroguismo o eternización en el poder. En ambos intentos –1964 y 2019—la Embajada de los Estados Unidos de América jugó un papel determinante y así tuvimos dieciocho años de dictaduras militares inauguradas por el Gral. Barrientos y ahora tenemos una transición gubernamental atorada por una pandemia que sacude al planeta.

Mientras tanto, Bolivia siguen siendo dos, y navega en la contradicción de la restauración del viejo canon republicano o la consolidación de un país con un Estado fuerte, capaz de generar los equilibrios y contrapesos entre nostálgicos, reaccionarios y progresistas, en una actualidad sin liderazgo, sin esa conducción necesaria para encarar tan gigantesca tarea, con posibilidades de superar las profundas diferencias que desembocan en muerte por razones políticas, como sucedió en noviembre de 2019, en Pedregal, Sacaba y Senkata.

Bolivia tiene abierta una enorme interrogación acerca de su futuro democrático y con los jugadores que se desplazan en la cancha electoral, no asoma la mínima certidumbre de hacia dónde se dirige. Las señales indican que el período de la improvisación se prolongará, seguramente hasta el día en que emerja una nueva agenda a cargo de un equipo que debería estar preparado para comprender el signo de los tiempos, ese que nos está diciendo con claridad que en el núcleo de los acontecimientos deberá intervenir una nueva generación que con más de conocimiento y experticia, y menos de prejuicios y fantasmas, deberá intentar, otra vez, la monumental tarea de acercar las dos Bolivias para convertirla en una sola.

Julio Peñaloza Bretel es periodista

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El mal cálculo golpista

El patriarcado político suele subestimar a las mujeres en todos los órdenes, y no es excepción aquél relacionado con la búsqueda del poder.

/ 14 de junio de 2020 / 06:18

Si las encuestas posteriores a la caída de Evo Morales ubican al nuevo candidato masista, Luis Arce Catacora, primero en todas las encuestas, y si se acepta que hubo fraude como difusamente lo insinúa la OEA en su informe, esto significa que la tendencia no ha cambiado y que efectivamente el MAS ganó los comicios anulados del pasado 20 de octubre, aunque no hubiera sido con el necesario diez por ciento de diferencia que le permitiera materializar el triunfo para la nueva reelección de su entonces candidato único, aquel que en su obcecación personalista, instruyó renunciar a Adriana Salvatierra a la presidencia del Senado, probablemente calculando que sucedería lo que en Venezuela en 2002 con Hugo Chávez: el golpe no se sostendría y Evo volvería en hombros a la Casa Grande del Pueblo.

Evo calculó mal —el amotinamiento policial era irreversible—, se empecinó en la re-reelección, y el tiempo, a través de encuestas de distintos calibres, ya se encarga de demostrar que el MAS podía haber triunfando con otro candidato, dejando de lado ese empecinamiento consistente en desconocer la voluntad ciudadana expresada en las urnas el 21F16. Pero si Evo apostó al todo o nada, al yo o el desastre, los promotores del derrocamiento del gobierno al que apenas le faltaban dos meses y diez días para expirar constitucionalmente, calcularon peor subestimando a Jeanine Áñez como la designada para conducir la transición hacia nuevas elecciones: El patriarcado político suele subestimar a las mujeres en todos los órdenes, y no es excepción aquél relacionado con la búsqueda del poder.

Carlos Mesa inició la asonada civil, luego policial y militar, en conjugación espacio temporal con la comisión de observadores de la OEA, después del disparatado manejo del conteo rápido interrumpido abrupta e inexplicablemente por el TSE presidido por María Eugenia Choque, y repuesto, del mismo modo, 26 horas después, pretexto suficiente para confundir el conteo preliminar no oficial con el oficial y válido que se iba desarrollando con la previsible lentitud que derivaría en un resultado que había sido desconocido a priori por los operadores de la desestabilización con Luis Fernando Camacho, articulando a niveles cívico, policial y militar, y Tuto Quiroga, siempre bien conectado con la Embajada de los Estados Unidos y la derecha latinoamericana, que en reuniones desarrolladas en la Universidad Católica y con la presencia de los embajadores de Brasil, la Unión Europea y un representante de la Conferencia Episcopal, terminaron de cocinar la asunción de Jeanine Áñez, que según la anarquista María Galindo se encontraba bailando zumba en Trinidad, y a decir de Leonardo Roca, amigo personal de Camacho, se encontraba afanada haciendo masaco en su casa, cuando la sorprendieron para informarle que ya estaba todo listo para que un avión de la Fuerza Aérea la recogiera para llegar a posesionarse a la Asamblea Legislativa Plurinacional, con coreografía militar de combate, las charreteras de los comandantes y sin el quórum correspondiente en la Asamblea Legislativa Plurinacional.

Mesa, Tuto y Camacho no consideraron que el partido de Áñez, el Movimiento Demócrata Social (MDS) jefaturizado por el gobernador de Santa Cruz, Rubén Costas, era el único con ejercicio parlamentario opositor real frente a los dos tercios del MAS en Diputados y Senadores, y que a pesar de haber fracasado con apenas el 4 por ciento de la votación en las elecciones anuladas, —eso era todo lo que podía lograr el entonces candidato presidencial Óscar Ortiz—, contaba con operadores capaces de actuar rápidamente para convertir al inicial gobierno de transición, en uno dominado por esta tienda política, cuando el acuerdo original, según el cercano a Camacho, Leonardo Roca, en entrevistas ofrecidas a medios cruceños, consistía en conformar una administración gubernamental de ciudadanos, sin militantes partidarios.

Pamplinas, porque Mesa fue subordinado por el liderazgo de Camacho y el movimiento cívico cruceño para convertirse en el macho alfa de la conspiración exigiendo la renuncia de Evo, y Tuto Quiroga, que el sábado 9 de noviembre ya daba vueltas por la plaza Murillo en plan gallo ganador, se convertiría en el embajador encargado de convencer a la comunidad internacional de la necesidad del derrocamiento de Evo que terminó saliendo del país, resignado a su derrota.

Un par de encuestas a través de las que se medía la proyección de Jeanine Áñez en caso de que se lanzara al ruedo electoral dio lugar a la creación de la alianza Juntos, a la reaparición de Samuel Doria Medina como vicepresidenciable y con la presidenta accidental convertida en candidata, que liquidó el plan inicial de la transición con Mesa confundido e indigesto por tener que aceptar una nueva adversaria que disputa su mismo potencial electorado, Tuto Quiroga renunciando a la embajada itinerante cuando podía haberse convertido en candidato de la unidad contra el MAS, y Luis Fernando Camacho, el corajudo cívico capaz de reunir todas las noches a orar a miles de cruceños en el Cristo Redentor para conseguir la renuncia de Evo, a la que fue prácticamente conminado por el comandante de las Fuerzas Armadas, Williams Kaliman.

Con los crespos hechos, Mesa que jamás admitirá haber conseguido el segundo lugar el 20 de octubre, aparece ahora con proyecciones mermadas y con una oposición al MAS nuevamente fragmentada, ahora en cuatro, mientras el campo popular conformado por las organizaciones sociales campesinas y trabajadora de las ciudades continúa siendo dominado por el partido de Evo Morales. Así las cosas, Jeanine que vislumbraba su retiro de la política es hoy Presidenta y candidata, y si hay algún partido al que para nada le conviene que se baje de la contienda es al MAS, a pesar de los cada vez más insistentes pedidos en ese sentido, debido a la muy cuestionada manera en que se encara el combate contra el coronavirus, dominado por militares y policías, antes que por médicos y enfermeras.

Julio Peñaloza Bretel
es periodista

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Retreta militar contra el coronavirus

La legitimidad es uno de los bienes más preciados para la salud democrática de un país.

/ 7 de mayo de 2020 / 05:13

El domingo 3 de mayo, día en que debían realizarse elecciones nacionales (pospuestas debido a la pandemia provocada por el COVID-19 que nos tiene a maltraer), las Fuerzas Armadas de nuestro Estado Plurinacional decidieron que sus bandas musicales salieran de frente con compás mar por calles y plazas de las ciudades, con la orden de “levantar el ánimo a la población en el combate contra el coronavirus”. Ese mismo día, por la noche, un noticiero televisivo difundió una breve entrevista con un oficial que explicaba que “la música levanta la moral e infunde patriotismo en la ciudadanía”, y que ese fue el motivo para que se decidiera tan cívica y patriótica acción.

La escena era entre surreal y pintoresca, debido a que los trompetistas y trombonistas de las bandas marchaban impedidos de usar barbijos, en tanto la protección es incompatible con soplar los instrumentos que hacían sonar “Viva Santa Cruz” o “Viva mi patria Bolivia”. Los tamboreros, en cambio, sí llevaban los protectores, tal como lo ordena el protocolo dictado por la desportillada Organización Mundial de la Salud (OMS). Lo que significa que hay más probabilidades de que los vientistas de la banda puedan contraer la enfermedad, mientras los percusionistas, bien provistos, además, de guantes quirúrgicos de látex, seguramente sintieron que el paso de parada no resultaba una gran amenaza para sus integridades físicas.

Unos marchaban con barbijo, los otros no, pero todos irrespetaban de manera estruendosa, como la música que interpretaban, la denominada distancia social, debido a que el codo a codo entre camaradas ataviados de uniformes y cascos de camuflaje es inevitable en incursiones callejeras marciales como esta. Las banderas rojo, amarillo y verde ondeaban, y los aplausos desde ventanales y balcones se dejaban sentir, como testimonio de gratitud de los espectadores, emocionados con el espectáculo militar musical, que reconocían la valentía de los uniformados que por imbuir de espíritu a los confinados fueron capaces de salir a riesgo de terminar contagiados, en terapia intensiva y, en algún caso, coqueteando con la muerte.  

Los grandes músicos populares del planeta, los que consagran sus vidas a componer, tocar y cantar a diario, han programando tareas sin tufo nacionalista y con sonido universal, desde las salas y estudios de grabación de sus casas, desde la pulcritud y la sobriedad de acatar las cuarentenas que rigen en sus ciudades y países, haciendo uso de la tecnología para armar propuestas interconectadas por WhatsApp, Zoom o Jitsi Meet. Que hasta ahora sepamos, a ninguna banda rockera o jazzera se le ocurrió romper el confinamiento en el afán de salir a combatir los estados de ánimo y de salud que se extienden desde la resignación hasta el miedo, pasando por la depresión, la histeria, la paranoia y la somnolencia.

Los de mi generación, los que tuvimos infancia-adolescencia bajo regímenes dictatoriales militares, no experimentamos la vibración que mujeres y hombres de nuevas generaciones supieron expresar este último domingo, sencillamente porque las bandas de oficiales y soldados del Ejército nos recuerdan a las cadenas informativas obligatorias instruidas por el dictador Luis García Meza que se transmitían desde la Radio Illimani, “la emisora del Estado”.

Combatir el coronavirus con Biblia, plegarias, vigilancias militar y policial, en primer lugar; y con la ciencia y la infraestructura médicas por detrás, me recordó que las ciudadanas y los ciudadanos de nuestro país tenemos la necesidad de contar con un gobierno elegido en las urnas, para que las fases de mediano y largo plazo de lucha contra esta compleja pandemia puedan producirse en el marco de la orientación y concientización, en lugar de la vigilancia y el ultimátum. La legitimidad es uno de los bienes más preciados para la salud democrática de un país.

Julio Peñaloza Bretel, periodista.

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