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sábado 4 jul 2020 | Actualizado a 15:27

Elogio a los líderes falibles

Negarse a admitir los errores no solo es un defecto de carácter, sino que puede conducir al desastre. Se ha necesitado una pandemia para demostrar cuánto daño puede infligir un líder con un complejo de infalibilidad

/ 31 de mayo de 2020 / 07:22

La semana pasada, Joe Biden hizo una broma improvisada que podría interpretarse como que da por hecho los votos de los ciudadanos estadounidenses de color. No fue para tanto: Biden, quien cumplió con cabalidad su cargo durante el gobierno de Barack Obama, ha tenido desde siempre una fuerte afinidad con los electores negros, y ha insistido en emitir propuestas políticas destinadas a disminuir las brechas en la riqueza y la salud con base en criterios étnicos. De cualquier modo, Biden se disculpó. Y al hacerlo, dio poderosas razones para elegirlo a él en lugar de a Donald Trump en noviembre. Verán, Biden, a diferencia de Trump, es capaz de admitir un error.

Todos cometemos errores y a nadie le gusta admitir que se equivocó. Sin embargo, enfrentar los errores pasados es un aspecto fundamental del liderazgo. Por ejemplo, piensen en el cambio en los lineamientos sobre los cubrebocas. En la fase inicial de la pandemia, los voceros de los centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por su sigla en inglés) les dijeron a los estadounidenses que no era necesario usar tapabocas en público. Sin embargo, a principios de abril, cambiaron de opinión en vista de nueva evidencia sobre cómo se propaga el nuevo coronavirus; a saber, que las personas que no presentan síntomas también pueden contagiar a los demás. Así que recomendó a toda la población usar mascarillas de tela al salir de casa.

¿Qué habría pasado si los CDC se hubieran negado a admitir que se habían equivocado y hubieran mantenido sus recomendaciones iniciales? La respuesta, casi con toda seguridad, es que el número de personas que han fallecido de COVID-19 en Estados Unidos (más de 100.000 hasta la fecha) sería mucho más elevado. En otras palabras, negarse a admitir los errores no solo es un defecto de carácter, sino que puede conducir al desastre. Y eso es exactamente lo que ha sucedido con Trump.

La incapacidad patológica del mandatario estadounidense para admitir un error (y sí, realmente se eleva al nivel de patología) ha sido evidente desde hace años y ha tenido graves consecuencias. Por ejemplo, lo ha convertido en un blanco fácil para dictadores extranjeros, como el norcoreano Kim Jong-un, quienes saben que, sin ningún problema, pueden incumplir cualquier promesa que Trump piense que le han hecho. Después de todo, si el tuitero en jefe condena las acciones de Kim, eso significaría admitir que se equivocó, al haber afirmado anteriormente que había logrado avances diplomáticos con el líder norcoreano.

Sin embargo, se ha necesitado una pandemia para demostrar cuánto daño puede infligir un líder con un complejo de infalibilidad. No es una exageración sugerir que la incapacidad de Trump para reconocer los errores ha acabado con la vida de miles de estadounidenses. Y parece probable que cobre la vida de muchos más antes de que todo termine. De hecho, en la misma semana en que Biden cometió su inofensiva metedura de pata, Trump redobló la insistencia en su extraña idea de que la hidroxicloroquina, un medicamento que se usa contra la malaria, puede prevenir la COVID-19, al afirmar que él mismo la estaba tomando, aun cuando nuevos estudios indican que en realidad ese medicamento aumenta la letalidad. Puede que nunca sepamos cuántas personas han muerto porque Trump siguió promocionando ese medicamento, pero, sin duda, el número está por encima de cero.

A pesar de ello, la extraña incursión del Presidente en la farmacología palidece en importancia cuando se le compara con la forma en que su insistencia en que siempre tiene razón en todo ha paralizado la respuesta de Estados Unidos a un virus mortal. Ahora sabemos que durante enero y febrero Trump ignoró las repetidas advertencias de los organismos de inteligencia sobre la amenaza que representaba el nuevo coronavirus. Ni él ni su círculo más cercano querían oír malas noticias y, en específico, no querían oír nada que pudiera amenazar al mercado de valores.

No obstante, lo verdaderamente sorprendente es lo que sucedió en la primera mitad de marzo. Para entonces, la evidencia de una pandemia emergente era abrumadora. Sin embargo, Trump y compañía se negaron a actuar, y continuaron con sus declaraciones optimistas. En gran medida, según se sospecha, debido a que no podían imaginarse admitir que sus primeras aseveraciones habían sido erróneas. Cuando el Mandatario estadounidense finalmente, aunque de manera muy breve, se enfrentó a la realidad, ya era demasiado tarde para evitar un número de muertes que ya ha superado los 100.000 decesos.

Puede que lo peor esté todavía por venir. Si no se sienten aterrados por las fotos de las grandes multitudes reunidas durante el fin de semana del Día de los Caídos que no llevan cubrebocas ni practican el distanciamiento social, no han estado poniendo atención. Sin embargo, si hay una segunda ola de casos de COVID-19 en Estados Unidos, Trump (quien ha solicitado de manera insistente que se relajen las medidas de distanciamiento social a pesar de las advertencias de los expertos en salud) ya ha declarado que no exigirá un segundo confinamiento. Después de todo, eso significaría admitir, al menos implícitamente, que, para empezar, se equivocó al presionar para que hubiera una pronta reapertura.

Esto me regresa al contraste entre Trump y Biden. En ciertos sentidos, el tuitero en jefe es una figura tan patética que inspiraría lástima si sus defectos de carácter no estuvieran causando tantas muertes. Imaginen cómo debe sentirse ser tan inseguro, tan falto de autoestima, que no solo siente la necesidad de alardear todo el tiempo, sino que además tiene que afirmar que es infalible en todo. Biden, por otra parte, aunque no sea el candidato presidencial más impresionante de la historia, sin duda es un hombre que se siente a gusto consigo mismo. Sabe quién es, razón por la cual ha podido reconciliarse con antiguos críticos como Elizabeth Warren; y cuando comete un error, no le da miedo admitirlo. En los últimos meses hemos visto cuánto daño puede hacer un presidente que nunca se equivoca. ¿No sería un alivio tener en la Casa Blanca a alguien que no sea infalible?

Paul Krugman

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Tulsa y los muchos pecados del racismo

El intento de Donald Trump de usar el viejo manual racista le ha valido una caída en las encuestas.

/ 28 de junio de 2020 / 07:38

Cuando los funcionarios de campaña de Trump programaron un mitin en Tulsa, Oklahoma, para el 19 de junio, enviaron lo que pareció ser una señal de aprobación a los supremacistas blancos. Esto se debió a que el 19 de junio es el Juneteenth, o Día de la Libertad, un día en que los afroestadounidenses conmemoran el fin de la esclavitud. Además, Tulsa fue el sitio donde ocurrió la masacre racial de 1921, uno de los altercados más letales en la prolongada y violenta ofensiva para negarle a la población negra los frutos de la libertad que con tanto esfuerzo consiguió.

Ahora se afirma que los encargados de la campaña de Trump no comprendían el significado de esa fecha, pero yo no me creo ese cuento. El presidente Donald Trump sí terminó por postergar el mitin para el día siguiente, aunque a regañadientes, pero eso seguramente fue porque a él y a su círculo de allegados les tomó por sorpresa la fuerza de la reacción negativa, tal como les ha sorprendido el apoyo público a las manifestaciones de Black Lives Matter.

Pero mejor hablemos de Tulsa y de cómo encaja en la historia más extensa del racismo en Estados Unidos.
Joe Biden ha declarado que la esclavitud es el “pecado original” de Estados Unidos. Por supuesto que tiene razón. No obstante, es importante entender que los pecados no terminaron cuando se abolió la esclavitud.
Si Estados Unidos hubiera tratado a los antiguos esclavos y a sus descendientes como verdaderos ciudadanos, con plena protección de la ley, habríamos podido esperar que el legado de la esclavitud desapareciera poco a poco.

Los esclavos liberados empezaron desde cero, pero, con el tiempo, muchos de ellos sin duda habrían trabajado hasta mejorar sus condiciones, habrían adquirido propiedades, habrían conseguido que sus hijos tuvieran acceso a una buena educación y se habrían convertido en miembros con pleno derecho de la sociedad. En efecto, eso empezó a suceder durante los 12 años del periodo de la Reconstrucción, cuando las personas negras se beneficiaron brevemente de algo parecido a la igualdad de derechos.

Sin embargo, el acuerdo político corrupto que acabó con la Reconstrucción empoderó a los supremacistas blancos del sur, quienes reprimieron de manera sistemática las victorias de la población negra. Era muy frecuente ver que se expropiaran las propiedades que los afroestadounidenses lograban adquirir, ya fuera mediante algún subterfugio legal o a punta de pistola. Además, la emergente clase media negra fue sometida en la práctica a un reinado de terror.

Ahí es donde entra Tulsa. En 1921, la ciudad de Oklahoma fue el centro de un auge petrolero, un lugar a donde migraban las personas que buscaban oportunidades. Se jactaba de tener una clase media negra cuantiosa, concentrada en el vecindario de Greenwood, al que todos describían como el “Wall Street negro”.

Y ese fue el vecindario destruido por una muchedumbre de residentes blancos, que saquearon negocios y hogares negros y probablemente asesinaron a cientos. (No sabemos cuántos con exactitud porque la masacre jamás se investigó formalmente). Claro que la Policía no hizo nada para proteger a los ciudadanos de color, sino que se unió a los alborotadores.

No es de extrañar que la violencia contra los afroestadounidenses que lograban alcanzar cierto éxito económico desmotivara la iniciativa. Por ejemplo, la economista Lisa Cook ha mostrado que la cifra de personas negras que registraban patentes, la cual se disparó durante varias décadas después de la Guerra de Secesión, se desplomó ante la creciente violencia blanca.

La represión violenta le dio impulso a la Gran Migración Afroamericana, el desplazamiento de millones de afroestadounidenses desde el sur del país hasta las ciudades del norte, que comenzó cinco años antes de la masacre de Tulsa y continuó hasta 1970, aproximadamente.

Incluso en las ciudades del norte, a las personas negras a menudo se les negaban las oportunidades de ascenso social. Por ejemplo, en 1944, los trabajadores de tránsito blancos en Filadelfia hicieron una huelga —lo cual interrumpió la producción para la guerra— como protesta por el ascenso de un puñado de trabajadores negros.

Sin embargo, la discriminación y la represión eran menos graves que en el sur. Y uno habría esperado que la horrenda saga de represión contra la raza negra al fin cesara luego de que la Ley de Derechos Civiles, promulgada un siglo después de la Proclamación de Emancipación, prohibió la discriminación abierta.

Por desgracia, para muchos afroestadounidenses, las ciudades del norte se convirtieron en una trampa socioeconómica. Las oportunidades que atrajeron a los migrantes desaparecieron conforme los trabajos para obreros se desplazaban primero a los suburbios y luego al extranjero. Chicago, por ejemplo, perdió el 60 por ciento de sus empleos en la industria manufacturera entre 1967 y 1987.

Entonces, cuando la pérdida de oportunidades económicas derivó, como suele suceder, en la disfunción social —familias desintegradas y desesperanza—, demasiadas personas blancas de inmediato culparon a las víctimas. El problema, según muchos de ellos, radicaba en la cultura negra o, como sugerían algunos, en la inferioridad racial.

Este racismo implícito no se quedaba solo en palabras; alimentó una oposición a los programas de gobierno, incluido Obamacare, que pudieran ayudar a los afroestadounidenses. Si se preguntan por qué la red de protección social en Estados Unidos es mucho más débil que la de otros países desarrollados, la razón se reduce a una sola palabra: raza.

Por cierto, resulta extraño que no se escuchara a mucha gente dirigir reproches similares unas décadas después a las víctimas cuando en la zona agrícola del este del país las personas blancas experimentaron su propia pérdida de oportunidades y un aumento en la disfunción social, lo cual se manifestó en un mayor número de muertes por suicidio, alcohol y opioides.

Como dije antes, si bien la esclavitud es el pecado original de Estados Unidos, su horrendo legado fue perpetuado por otros pecados, algunos de los cuales continúan cometiéndose en nuestros días.

La buena noticia es que Estados Unidos tal vez esté cambiando. El intento de Donald Trump de usar el viejo manual racista le ha valido una caída en las encuestas. Su truco publicitario en Tulsa al parecer resultó contraproducente. Seguimos mancillados por nuestro pecado original, pero quizá, finalmente, estemos en camino a la redención.

Paul Krugman
es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008. © 2020
The New York Times. Traducción de News Clips.

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Cuando un país falla en la prueba del malvavisco

Estados Unidos está demasiado desunido como para enfrentar de manera efectiva la pandemia

/ 21 de junio de 2020 / 07:33

La prueba del malvavisco es un famoso experimento psicológico que prueba la disposición de los niños para postergar la gratificación. A los niños se les ofrece un malvavisco, pero se les dice que pueden tener un segundo malvavisco si están dispuestos a esperar 15 minutos antes de comerse el primero. La afirmación de que a los niños con fuerza de voluntad les irá mejor en la vida no se ha sustentado bien, pero el experimento sigue siendo una metáfora útil para muchas opciones en la vida, tanto de individuos como de grupos más grandes.

Una forma de pensar sobre la pandemia del COVID-19 es que plantea un tipo de prueba del malvavisco para la sociedad.

En este punto, ha habido suficientes historias internacionales de éxito sobre cómo lidiar con el coronavirus como para darnos una idea clara de lo que se necesita para vencer a la pandemia. Primero, hay que imponer un distanciamiento social estricto el tiempo suficiente para reducir el número de personas infectadas a una pequeña fracción de la población. Luego se debe implementar un régimen de pruebas, rastreo y aislamiento: identificar rápidamente cualquier brote nuevo, encontrar a todos los que estuvieron expuestos y ponerlos en cuarentena hasta que haya pasado el peligro.

Esta estrategia es aplicable. Corea del Sur lo ha hecho. Nueva Zelanda lo ha hecho.

Pero debes ser estricto y debes ser paciente, mantener el rumbo hasta que la pandemia haya acabado, no ceder a la tentación de volver a la vida normal cuando el virus aún está muy extendido. Entonces, como dije, es una especie de prueba del malvavisco.

Y Estados Unidos está fallando en esa prueba.

Los nuevos casos en Estados Unidos y las muertes han disminuido desde inicios de abril, pero eso se debe casi en su totalidad a que el área metropolitana de Nueva York, después de un brote horrible, ha logrado un gran progreso. En muchas partes del país —incluidos nuestros estados más poblados, California, Texas y Florida— la enfermedad aún se está diseminando. En general, los nuevos casos se estancan y pueden estar comenzando a elevarse. Y, aún así, los gobiernos estatales están empezando a reabrir.

Esta es una historia muy diferente a la que está sucediendo en otros países avanzados, incluso en países muy golpeados como Italia y España, donde los casos nuevos han caído dramáticamente. Ahora parece probable que a fines del verano seamos la única nación rica en la que un gran número de personas aún mueran por el COVID-19.

¿Por qué estamos fallando en la prueba? Es fácil culpar a Donald Trump, un hombre-niño que seguramente se zamparía ese primer malvavisco y luego intentaría robar los de los otros niños. Pero la impaciencia de Estados Unidos, su falta de voluntad para hacer lo que se tiene que hacer para lidiar con una amenaza que no puede ser derrotada con amagos de violencia, es mucho más profunda que un solo hombre.

No ayuda que los miembros del Partido Republicano se opongan ideológicamente a los programas gubernamentales de redes de seguridad, que son los que hacen tolerables las consecuencias económicas del distanciamiento social; como explico en mi reciente columna, parecen determinados a dejar que la ayuda de emergencia crucial expire demasiado pronto. Tampoco ayuda que incluso las medidas de bajo costo para limitar la propagación del COVID-19, sobre todo usar mascarillas (que protegen principalmente a las otras personas), estén atrapadas en nuestras guerras culturales.

Estados Unidos en 2020, parece, está demasiado desunido, con demasiadas personas tomadas por la ideología y el partidismo, como para enfrentar de manera efectiva una pandemia. Tenemos el conocimiento, tenemos los recursos, pero no tenemos la voluntad.

Paul Krugman
es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008. © 2015 Th e New York Times. Traducción de News Clips.

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Trump nos lleva al límite

Desde hace décadas los republicanos han venido explotando la hostilidad racial para ganar elecciones

/ 7 de junio de 2020 / 08:57

A fines del año pasado, Bob Kroll, director del sindicato de policías de Minneapolis, estuvo presente en un mitin de Trump, en el cual le agradeció por terminar con la “opresión de la Policía” que había instaurado Barack Obama y dejar que los policías “les pusieran las esposas a los criminales en lugar de a nosotros”.

Los acontecimientos de la semana pasada, en los cuales la muerte de George Floyd bajo custodia de la Policía de Minneapolis dio lugar a manifestaciones contra la brutalidad policial, que, en respuesta, recibieron más brutalidad policial —incluida una violencia sin precedentes contra los medios noticiosos—, dejan claro a lo que se refería Kroll con eso de que les quitaron las esposas. Además, Donald Trump, lejos de tratar de calmar a la nación, le está echando leña al fuego y parece estar a punto de tratar de incitar una guerra civil.

No creo que sea una exageración decir que Estados Unidos como lo conocemos está en el límite.

¿Cómo llegamos hasta aquí? La historia de fondo de la política estadounidense de los últimos cuarenta años es que las élites acomodadas usaron como arma el racismo blanco para obtener poder político, del cual se sirvieron para instaurar políticas que enriquecieron más a los que ya eran ricos a expensas de los trabajadores.

Hasta antes del ascenso de Trump se podía, aunque a duras penas, negar esta realidad con el rosto impasible. Sin embargo, a estas alturas, se necesita una ceguera deliberada para no ver lo que está sucediendo.

Todavía veo uno que otro reportaje en el que se describe a Trump como “populista”, pero las políticas económicas de Trump han sido lo opuesto al populismo: han sido despiadadamente plutocráticas, centradas principalmente en un esfuerzo exitoso para hacer que se promulgaran enormes recortes de impuestos para las corporaciones y los ricos y en un intento hasta ahora fallido de dejar sin cobertura médica a los pobres y a las familias de la clase trabajadora.

Las guerras comerciales de Trump tampoco han hecho resurgir los trabajos de antaño. Incluso antes de que el coronavirus nos sumergiera en una depresión, Trump ya había fracasado en su propósito de aumentar de manera considerable los empleos en los sectores minero y manufacturero. Así mismo, los productores agrícolas y ganaderos, quienes apoyaron de manera mayoritaria a Trump en 2016, han sufrido graves pérdidas debido a sus guerras comerciales.

Entonces, ¿qué es lo que Trump le ha ofrecido en realidad a la clase trabajadora blanca de la que está compuesta la gran mayoría de su base electoral? En esencia, ha afirmado y encubierto la hostilidad racial.

En ningún otro aspecto es esto más claro que en su relación con la Policía.

Si el egoísmo económico fuera lo único que motivara la orientación política, uno esperaría que los policías estuvieran a favor de los demócratas. Después de todo, son empleados sindicalizados del sector público y los republicanos están en contra de los sindicatos y el Gobierno.

No ganan lo suficiente como para obtener grandes beneficios del recorte de impuestos de Trump. Sus empleos estarán en grave riesgo si se obliga a los gobiernos estatales y locales, cuyos ingresos son escasos, a hacer drásticos recortes al gasto, y los aliados de Trump en el Senado están bloqueando la asistencia que evitaría muchos de esos recortes.

De hecho, las contribuciones políticas de los sindicatos del sector público favorecen de manera abrumadora a los demócratas. Y aunque muchos bomberos votaron por Trump en 2016, el principal sindicato de bomberos respalda a Joe Biden.

No obstante, muchos policías y sus sindicatos siguen siendo seguidores acérrimos de Trump y han dejado muy claro por qué: sienten que Trump los respaldará incluso, o tal vez particularmente, si incurren en comportamientos abusivos en contra de las minorías raciales.

Solo para dejarlo claro, muchos y quizá la mayoría de los agentes de Policía se comportaron bien la semana pasada. De hecho, en algunas ciudades la Policía ha mostrado solidaridad con los manifestantes uniéndose a las marchas o arrodillándose.

Sin embargo, no hay duda de que Trump está del lado de los que rechazan cualquier noción de que los oficiales de Policía —o cualquier otra figura de autoridad— deberían asumir la responsabilidad de su comportamiento abusivo. Recuerden que usó su autoridad para perdonar a miembros del Ejército estadounidense acusados o sentenciados por las mismas fuerzas armadas por haber cometido delitos de guerra.

El 1 de junio, en una llamada con los gobernadores, no mostró ningún indicio de reconocer que las protestas generalizadas pudieran tener alguna justificación o que debería intervenir de alguna manera para unificar al país. En cambio, les dijo a los gobernadores que toda la violencia venía de la “izquierda radical” e insistió en que deben actuar con mayor dureza: “Tienen que dominar la situación o se verán como un puñado de tontos; tienen que arrestar y enjuiciar a la gente”.

Trump, quien se retiró a un búnker subterráneo cuando los manifestantes estuvieron frente a la Casa Blanca, también les dijo a los gobernadores: “A la mayoría de ustedes les tiembla la mano”.

Fue una actuación aterradora.

Como dije, desde hace décadas los republicanos han venido explotando la hostilidad racial para ganar elecciones a pesar de tener una agenda política que daña a los trabajadores, pero Trump ahora está llevando esa estrategia cínica hacia una especie de apoteosis.

Por una parte, en la práctica incita a sus seguidores a la violencia. Por la otra, está muy cerca de invocar una respuesta militar en contra de la protesta social. Y a estas alturas nadie espera ninguna oposición significativa por parte de otros republicanos.

Ahora bien, no creo que Trump logre provocar una guerra racial en el futuro cercano, aun cuando es evidente que se muere por encontrar una excusa para usar la fuerza. No obstante, es probable que en los próximos meses la situación se ponga muy pero muy fea.

Después de todo, si Trump está alentando la violencia y hablando de soluciones militares contra protestas en su mayoría pacíficas, ¿qué harán él y sus seguidores si consideran probable que pierda las elecciones de noviembre?

Paul Krugman
es premio Nobel de Economía.
© The New York Times Company, 2018. Traducción de News Clips.

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Cómo crear una depresión pandémica

La búsqueda de una salida fácil y la falta de paciencia de Trump para contener la pandemia pueden desatar una depresión a gran escala. Si pudiéramos controlar el nuevo coronavirus, la recuperación sería, de hecho, bastante veloz

/ 17 de mayo de 2020 / 06:36

La semana pasada, la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos validó de manera oficial lo que ya sabíamos: tan solo unos meses después de iniciada la crisis ocasionada por el coronavirus SARS-CoV2 (responsable de la enfermedad COVID-19), Estados Unidos ya tiene un nivel de desempleo similar al registrado durante la Gran Depresión. Sin embargo, eso no es lo mismo que decir que estamos en una depresión. No sabremos si lo estamos hasta que veamos si el desempleo extremadamente alto continúa por mucho tiempo, digamos durante un año o más. Por desgracia, el gobierno de Donald Trump y sus aliados están haciendo todo lo que pueden para que sea más probable que se genere una depresión a gran escala.

Antes de que lleguemos ahí, permítanme comentar algo sobre el informe del desempleo. Observen que no dije “el peor nivel de desempleo desde la Gran Depresión”, dije “un nivel como el de la Gran Depresión”, una declaración mucho más fuerte. Para entender por qué dije eso, necesitan leer el informe, no solo ver las cifras que se mencionan en los encabezados.

Una tasa de desempleo del 14,7% es bastante terrible, pero la oficina incluyó una nota que indica que es probable que ciertas dificultades técnicas hayan ocasionado que esta cifra sea inferior al desempleo real por casi cinco puntos porcentuales. Si esto es cierto, en este momento tenemos una tasa de desempleo en torno al 20%, lo que significaría que es peor que la de casi todos los años de la Gran Depresión, excepto los dos peores. La interrogante es cuán rápidamente podremos recuperarnos.

Si pudiéramos controlar el nuevo coronavirus, la recuperación sería, de hecho, bastante veloz. Es cierto, la recuperación de la crisis financiera de 2008 tardó mucho tiempo, pero eso se debió en gran medida a problemas que se acumularon durante la burbuja de la vivienda, en especial un nivel de deuda familiar sin precedentes. Parece que ahora no tenemos problemas equiparables.

No obstante, controlar el virus no significa “aplanar la curva”, lo cual, por cierto, ya hicimos, pues logramos disminuir la propagación de la COVID-19 lo suficiente para que nuestros hospitales no se saturaran. Controlar al SARS-CoV2 significa aplastar la curva: hacer que la cantidad de estadounidenses contagiados disminuya y luego mantener un alto nivel de pruebas para identificar los casos nuevos de inmediato, en combinación con la trazabilidad de contactos para que podamos poner en cuarentena a quienes tal vez hayan estado expuestos al virus.

Sin embargo, para llegar a ese punto, primero necesitaríamos mantener un régimen estricto de distanciamiento social durante todo el tiempo que sea necesario, para reducir las nuevas infecciones a un nivel bajo. Y luego tendríamos que proteger a todos los estadounidenses con el tipo de pruebas y medidas de trazabilidad ya disponibles para la gente que trabaja directamente con Donald Trump, pero casi para nadie más.

Aplastar la curva no es fácil, pero es muy factible. De hecho, muchos otros países, desde Corea del Sur y Nueva Zelanda hasta, créanlo o no, Grecia, han logrado hacerlo. Los países que actuaron velozmente para contener el coronavirus pudieron reducir de manera importante la tasa de infecciones con más facilidad cuando dicha tasa todavía era baja, en lugar de pasar varias semanas en negación.

No obstante, incluso los lugares con brotes severos pueden disminuir sus cifras si mantienen el curso. Pensemos por ejemplo en la ciudad de Nueva York, el epicentro original de la pandemia de Estados Unidos, donde la cantidad de casos nuevos y muertes solo es una pequeña fracción de la que era hace unas semanas.

Sin embargo, hay que mantener el curso. Y eso es lo que Trump y compañía no quieren hacer. Durante un tiempo pareció como si, por fin, la administración republicana estuviera dispuesta a tomarse en serio al COVID-19. A mediados de marzo, el Gobierno introdujo las directrices de distanciamiento social, aunque sin imponer regulaciones federales. Pero en fechas recientes todo lo que escuchamos de la Casa Blanca es que necesitamos reabrir la economía, aunque todavía estamos muy alejados de donde deberíamos estar para poder hacerlo sin arriesgarnos a tener una segunda ola de infecciones.

Al mismo tiempo, el Gobierno y sus aliados parecen estar empecinados en no otorgar la ayuda financiera que nos permitiría mantener el distanciamiento social sin las dificultades financieras extremas. ¿Extender las prestaciones por desempleo mejoradas hasta el 31 de julio? “Sobre nuestro cadáver”, dice el senador Lindsey Graham. ¿Ayudar a los gobiernos estatales y locales, que ya despidieron a un millón de trabajadores? Eso, según Mitch McConnell, sería un “rescate para los estados demócratas”.

Como dice Andy Slavitt, quien dirigió los programas para proporcionar una cobertura médica a las personas mayores de 65 años (Medicare) y a aquellos que no tienen ingresos para contratar un seguro (Medicaid) durante el mandato de Barack Obama, Trump es un derrotista. Ante la necesidad de hacer su trabajo y lo que se requiera para acabar con la pandemia, simplemente se rindió. Y desentenderse de su responsabilidad no solo matará a miles de personas, sino que también podría convertir la caída provocada por el COVID-19 en una depresión.

Así es como funcionaría: en las próximas semanas, muchos estados republicanos abandonarán las políticas de distanciamiento social, mientras muchos individuos, atendiendo lo que dicen Trump y Fox News, comenzarán a comportarse de manera irresponsable. Eso ocasionará que el empleo aumente un poco durante un periodo breve. Pero muy pronto será evidente que el COVID-19 estará saliéndose de control. La gente volverá a sus hogares, sin importar lo que Trump y los gobernadores republicanos digan.

De tal modo que estaremos de vuelta a donde empezamos en términos económicos y peor que nunca en términos epidemiológicos. En consecuencia, el periodo de desempleo de dos dígitos, que podría haber durado solo unos cuantos meses, continuará de manera indefinida. En otras palabras, la búsqueda de Trump de una salida fácil y su falta de paciencia ante el trabajo arduo para contener la pandemia pueden ser precisamente lo que convierta una crisis grave pero provisional en una depresión a gran escala.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2020.

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Trump y sus asesores infalibles

Trump y compañía minimizaron enormemente la pandemia y sus peligros en cada paso del camino EEUU está siendo gobernado por un hombre cuyo ego es demasiado frágil para permitirle admitir haber cometido algún tipo de error

/ 10 de mayo de 2020 / 06:24

“Tienes 15 personas y las 15, en un par de días, van a ser cerca de cero”. “Hemos contenido esto y la economía está aguantando bien”. “El nuevo coronavirus dista de ser tan grave como la influenza común”. “Vamos a tener 50.000 o 60.000 muertes, y eso es genial”. “Bueno, puede que tengamos más de 100.000 muertes, pero estamos haciendo un gran trabajo y deberíamos reabrir la economía”….

A veces se oye decir que Donald Trump y sus secuaces minimizaron los peligros de la COVID-19, y que este error de juicio ayuda a explicar por qué su respuesta política ha sido tan desastrosamente inadecuada. Pero esta afirmación, aunque cierta, pasa por alto aspectos cruciales de lo que está pasando. Porque Trump y compañía no cometieron un error en una sola ocasión. Minimizaron enormemente la pandemia y sus peligros en cada paso del camino, semana tras semana durante un periodo de meses. Y todavía lo están haciendo.

Ahora bien, todo el mundo hace malas predicciones; Dios sabe que yo lo he hecho, pero cuando uno sigue equivocándose y, especialmente, cuando se sigue equivocando en la misma dirección, se supone que se debe hacer una autocrítica y aprender de sus errores. ¿Por qué me equivoqué? ¿Cedí a un razonamiento motivado, creyendo en lo que quería que fuera cierto en lugar de seguir la lógica y la evidencia?

Sin embargo, a fin de hacer esa autocrítica, para empezar, hay que estar dispuesto a admitir que uno estaba en el error. Todos sabemos que Trump mismo es incapaz de admitir tal cosa. En un momento de crisis, Estados Unidos está siendo gobernado por un hombre llorón e infantil cuyo ego es demasiado frágil para permitirle admitir haber cometido algún tipo de error. Además se ha rodeado de gente que comparte su falta de carácter.

¿Pero de dónde vienen estas personas? Lo que me ha sorprendido, mientras los detalles de la debacle del coronavirus de Trump continúan emergiendo, es que no estaba recibiendo malos consejos de figuras oscuras y marginales cuya única pretensión de fama era su exitosa adulación. Al contrario, la gente que le decía lo que quería oír eran, en general, pilares de la clase dirigente conservadora con largas carreras previas a Trump.

El sábado anterior, The Washington Post informó que a finales de marzo Trump no estaba contento con los modelos epidemiológicos que indicaban un número de muertes de más de 100.000 personas; los cuales, por cierto, ahora parecen muy probables. Así que la Casa Blanca creó su propio equipo liderado por Kevin Hassett, a quien ese diario describe como “un expresidente del Consejo de Asesores Económicos de Trump sin antecedentes en enfermedades infecciosas”. Y ese equipo produjo un análisis que los asesores de Trump interpretaron que implicaba una menor tasa de letalidad.

The Washington Post no mencionó que, aparte de no tener ningún antecedente en epidemiología, Hassett tiene un, digamos, historial interesante como economista. Primero atrajo la atención general como coautor de un libro de 1999 en el que afirmaba que las acciones estaban muy infravaloradas y que el índice Dow debería ser de 36.000 (que hoy en día serían aproximadamente 55.000, ajustado por la inflación). De inmediato se hizo evidente que había importantes errores conceptuales en ese libro, pero Hassett nunca admitió el error.

A mediados de la década de 2000 Hassett negó que hubiera una burbuja inmobiliaria, sugiriendo que solo los liberales creían que la había. En 2010, Hassett fue parte de un grupo de economistas y críticos conservadores que advirtieron en una carta abierta que los esfuerzos de la Reserva Federal (FED) para rescatar la economía conducirían a la devaluación monetaria y a la inflación.

Cuatro años más tarde, Bloomberg News trató de contactar a los firmantes para preguntarles por qué esa inflación nunca se materializó. Ninguno estuvo dispuesto a admitir que se había equivocado. Por último, Hassett prometió que el recorte fiscal de 2017 de Trump generaría un gran impulso en la inversión empresarial. No lo hizo, pero insistió en que así fue.

Tal vez piensen que un economista paga alguna pena profesional por este tipo de historial, no únicamente por hacer malas predicciones, lo cual puede pasarle a cualquiera, sino además por equivocarse en cada coyuntura importante y negarse a admitir o aprender de los errores. Pero no, Hassett sigue siendo, como dije, un pilar de la clase dirigente conservadora moderna, y Trump lo llamó a cuestionar a los expertos en epidemiología, un campo en el que no tiene antecedentes.

Y Hassett no es ni siquiera singularmente malo. A diferencia de, digamos, Stephen Moore (a quien Trump trató de poner en la Junta de la Reserva Federal), Hassett tiene un historial de solo equivocarse en los números y hechos básicos, hasta donde yo sé.

La moraleja de esta historia, diría, es que los observadores que tratan de entender la letal respuesta de Estados Unidos al coronavirus SARS-CoV2, causante de la enfermedad bautizada como COVID-19, se centran demasiado en los defectos personales de Trump y no lo suficiente en el carácter del partido que lidera.

Sí, la inseguridad del Mandatario lo lleva a rechazar la pericia, a escuchar solo a la gente que le dice lo que lo hace sentir bien, y se niega a reconocer el error. Pero el desdén hacia los expertos, la preferencia de leales incompetentes, y la falta de aprendizaje de la experiencia son procedimientos operativos estándar para todo el Partido Republicano moderno. El narcisismo y el solipsismo de Trump son especialmente flagrantes, incluso extravagantes. Pero no es un caso aparte, sino más bien la culminación de la tendencia a largo plazo de la derecha de Estados Unidos hacia la degradación intelectual. Y esa degradación, más que el carácter del tuitero en jefe, es lo que está conduciendo a una gran cantidad de muertes innecesarias.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2020.

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