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sábado 19 sep 2020 | Actualizado a 22:11

Tanatofobia

Hoy en día, la tanatofobia y La Parca circulan, sin distancia social, por todo el mundo

/ 2 de junio de 2020 / 11:44

Hoy en día revivimos miedos primitivos y arcaicos como el miedo a la muerte. Empezamos a contar muertos y a vivir tragedias causadas por un virus que se ensaña con todos sin excepción de clases, razas o religiones. Y todo el drama lo vivimos a lo grande, a full color,  gracias al morbo interminable de la prensa y la televisión, que pasan y repasan tétricas estadísticas globales y nacionales cebando el temor ciudadano. Y espantados nos encerramos, lavamos, desinfectamos, asoleamos y escapamos a contactos dudosos. Hoy en día, la tanatofobia y La Parca circulan, sin distancia social, por todo el mundo.

Este miedo sempiterno viene asociado a otros, igual de siniestros, como la necrofobia y la hipocondría. Tengo amigos, machos alfa, que dicen no tener miedo a la muerte, pero temen enfermarse. Tragan como posesos decenas de píldoras de vitaminas y minerales como el genio americano Ray Kurzweil, quien también se píldorea en su carrera por vencer a la muerte: necesita tiempo para “trasladarse” a una máquina.

Y para desatar una necrofobia generalizada con consecuencias nefastas para la salud y el sueño colectivo, los canales y las redes sociales nos abruman con imágenes dantescas de fosas comunes, cadáveres tirados en las calles, y personas agonizando en las puertas de los hospitales.   Ergo: el menú completo para que las fobias (y no el virus) nos exterminen.

Por ello, debemos encontrar consuelo. Y si no te reconforta religión alguna (animismo, cristianismo o marxismo) aconsejo, como terapia emocional, la mirada sensible de los artistas sobre las epidemias y muertes. Por ejemplo, la película Muerte en Venecia, de Visconti, basada en el libro homónimo de Tomas Mann. Si hasta dan ganas de morirse junto al protagonista en ese atardecer en playas venecianas, viendo al joven Tadzio como la representación de la belleza atemporal, y con Mahler de banda sonora. También pueden escuchar las profundas conversas entre Antonius Block y la Muerte, en la película El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman. Antonius, el protagonista, desafía a la Muerte al ajedrez para postergar su partida y encontrar respuestas trascendentales al sentido de la vida. Una obra de arte estructurada por un guión exquisito y con diálogos soberbios que fue alabada hasta por agnósticos y ateos; esos materialistas que dudan de sus no-creencias cuando ven caminar a sus nietos.

“Todos somos diferentes en vida, pero seremos iguales en la muerte”, reza el dicho popular. Sin embargo, y más allá del consuelo de un “comunismo post mortem”, es imperativo encontrar sosiego ante las fobias globales que vivimos porque –y siento mucho decirlo– se viene lo peor.

Carlos Villagómez, arquitecto

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Desencanto urbano

/ 27 de julio de 2020 / 07:24

Creo que el triunfo de las ciudades proclamado por Edward Glaeser está en entredicho. Lo puso en cuarentena un virus que transformó el avance arrollador de las ciudades en un paroxismo global, en un encierro atroz y en un distanciamiento social sin precedentes.

La ciudad es la obra cultural más grande y el mecanismo de todo el desarrollo humano. Los seres humanos tenemos la genética para vivir en sociedad, para amarnos y, también, para odiarnos hasta la muerte. Somos gregarios, una facultad que nos enaltece como especie, y también nos rebaja a condiciones larvarias. 

Glaeser glorificaba las ciudades como un mecanismo, capitalista por cierto, de generar riqueza y bienestar universales; de crear cultura y esparcimiento sin límites; y, en los papeles, de cumplir con salud y educación para todos, incluidos los “pobres de la tierra”. Para un economista urbano que visitó ciudades prósperas y el lumpen urbano de todo el mundo esto era una verdad sin retaceos. Pero, cuando el tablero se movió hacia un juego pandémico, las dudas saltaron incluso en el mundo desarrollado donde la ciudad tampoco es igual para todos. Sales del centro turístico y gentrificado de muchas ciudades del norte y llegas a zonas depauperadas y hacinadas que son tierra de nadie. La ciudad, si la ves en su totalidad, ya no es tan encantadora.

¿Cuál, entonces, es el tamaño ideal de una ciudad para no caer en ese pozo de espanto al que nos empuja este siglo XXI? Y, más aún, ¿considerando nuestra incapacidad y desmadre político, cuál sería nuestra escala ideal para absorber tragedias y desastres de manera razonable? Es un tema para los especialistas. La expansión y la densificación urbanas deben ser analizadas y planificadas en concordancia con cada realidad social, geográfica y económica. No podemos seguir sin reacción ante los nefastos efectos del sistema. ¿Existe una solución? Los especialistas, por el momento, no tienen más ideas que las llamadas ciudades intermedias o la metropolización. Y, dicho al margen. Los ideólogos-devotos deben saber que tampoco se logra algo virando hacia el modelo de los otros imperios. Los fracasos de Rusia o China en hacinamiento, desastre medioambiental y segregación urbana son evidentes, con índices muy rojos.

Para que entiendas la importancia de las densidades y el hacinamiento urbano tomo el trágico ejemplo del penal de San Pedro. Ese predio tiene la mayor densidad poblacional de toda la ciudad de La Paz: 2.500 habitantes por hectárea. Una barbaridad inhumana que, por esta cruel pandemia, tiene la mayor cantidad de decesos de la ciudad: más de 25 muertos en solo un manzano.

Carlos Villagómez Paredes es arquitecto.

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16 de julio de 2020

/ 14 de julio de 2020 / 11:58

El 16 de julio de 1809 comenzó en la ciudad de La Paz la liberación continental, la primera revolución de la región, una gesta heroica interminable y trágica de un pueblo rebelde que se plantó frente al dominio español. Se apagaba una historia de sometimiento de tres siglos y se alumbraba, en una simbólica tea, un mundo nuevo para todos los pueblos latinoamericanos.

Este 2020 será un 16 de julio diferente, triste y desconcertante. Desde ese lejano 1809 que no se reunían tantas tensiones y tristezas juntas: una crisis sanitaria sin paragón, una edición más de la eterna batalla política, un incremento del odio entre hermanos, y una crisis económica que ya muestra sus garras. No recuerdo otro 16 de julio con semejante lista de problemas y penas como el de este año. Desde noviembre pasado no descansa nuestro espíritu, no se sosiega nuestro ajayu, y no tenemos la paz que casi todos y todas anhelamos.

Este julio el pueblo paceño debe quedarse en casa y cumplir los protocolos establecidos. No podemos salir a festejar la tradicional verbena que todos los años reunía a miles de personas que festejan esa gesta con alegría, fanfarria y excesos en el centro patrimonial de la ciudad. Entre las plazas históricas más importantes de La Paz se armaba una fiesta colectiva que tomaba las calles, las plazas y los locales con música popular y fuegos artificiales. Todos los años de julio “La Paz era una fiesta” plena de intensos roces sociales, de espumantes sucumbés, de incendiarios ponches y de cualquier música popular que eleve los ánimos. Conociendo los excesos en la noche de la verbena paceña podías entender por qué un día de 1809, en este sitio tan elevado y espectacular, en un medio social tan variado, bizarro y peculiar, comenzó una gesta. Es por ello, que en julio renacen esos atavismos de pasiones y arrebatos cívicos, de fiesta colectiva, y de reconocer que formamos parte de una sociedad única.

Este año debemos serenar esas pasiones y, por responsabilidad cívica y social, debemos vivirlas en casa virtualmente. Para olvidar al menos por un momento esta crisis perversa y mortal, la noche de este 16 prepárate para estar y brindar en familia, recordando a este pueblo que soporta iniquidades humanas y naturales como ningún otro pero que sigue y seguirá firme, inamovible y soberbio como su Illimani.

Si es inevitable la vida virtual en este milenio, ruego a todos los dioses que volvamos pronto a sentirnos zarandeados por una enorme masa humana, feliz y desbordada que canta, ríe, y festeja como si fuera la última verbena en esta ínclita ciudad.

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Educación y futuro

Resultado de una educación repetitiva, unidireccional, memorística, del “mi-mamá-me-mima”, los bolivianos fuimos formados para espantarnos ante la posibilidad de un cambio.

/ 1 de julio de 2020 / 06:49

Hace décadas que la educación en Bolivia no logra superar su atraso endémico. Para colmo de males estamos en medio de una tragedia nacional y debemos tomar decisiones trascendentales y apresuradas sobre nuestra educación. Una de las medidas es la implementación de la educación a distancia y/o virtual que se impuso en casi todo el planeta. Una decisión de enorme responsabilidad en un año que se va volando junto a miles de muertos.

De todo ese tema tan complejo deseo relievar una secuela de nuestra educación: la falta de creatividad e iniciativa en todos los estratos sociales. Resultado de una educación repetitiva, unidireccional, memorística, del “mi-mamá-me-mima”, los bolivianos fuimos formados para espantarnos ante la posibilidad de un cambio. Y, ante una innovación inminente, mostramos nuestras peores lacras: falta de creatividad, ninguna autocrítica y baja autoestima. Recordemos la declaración apresurada de un representante del magisterio que calificó como “un fracaso” la educación virtual sin experimentar siquiera un tiempo razonable; o el dislate de algún padre de familia que aún piensa, y en pleno siglo XXI, que la escuela presencial va a dar todo a su nene.

He conocido, como docente, personas de diferentes orígenes y clases con creatividad innata. Personajes tenaces que pudieron desarrollar ese talento a pesar de nuestra castrante educación y de vivir en una sociedad monotemática (“todo es política”). Existen, pero, la mayoría, somos víctimas de las lacras mencionadas.

Por ello (y otras 100 razones más), debemos financiar y lograr una educación virtual en paralelo a la tradicional, que sea incluyente y universal. Es algo imprescindible en este siglo porque desarrolla las llamadas competencias transversales, destrezas imprescindibles en un mundo donde desaparecerán muchas profesiones: creatividad, iniciativa, flexibilidad, trabajo en equipo, comunicación interpersonal, etc. Las nuevas generaciones deben formarse con esas habilidades para superar nuestra inaguantable baja autoestima y desarrollar iniciativa propia. Debemos dejar de ser pedigüeños en un futuro que será de espanto.

Un nene de cinco años aquí, en este país dependiente y atrasado, ya navega y juega en un celular. A sus 10 tendrá todo el saber enciclopédico en un tris. A sus 25 se instalará un chip en su neo-cortex cerebral para reemplazar el “pesado” celular. A sus 45, es decir el año 2050, tendrá relaciones en un mundo real-virtual.

Sí, inclusive aquí. Y, en estos meses de crisis múltiple, no somos una sociedad unida que trabaja el presente y planifica su futuro. Seguimos neciamente monotemáticos postergando una sociedad holística para todos.

Carlos Villagómez es arquitecto

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Educación virtual

La educación virtual, o la educación en el siglo XXI, es una verdadera revolución en todo el sentido del término.

/ 17 de junio de 2020 / 05:50

Empujados por una tragedia, los educadores y educandos de este país, atrasado y dependiente, nos lanzamos de lleno a la educación virtual o educación a distancia. Se cerraron parvularios, colegios, institutos y universidades, públicos como privados, urbanos y rurales; para abrir computadoras, tablets o teléfonos inteligentes y continuar con la modalidad no presencial de la educación virtual. En otras palabras: un país limitado en sus recursos, confundido en sus peleas de cocina, usa tecnologías de vanguardia, y para cumplir el año académico los docentes prendieron sus compus, bajaron programas o aplicaciones para convocar “virtualmente” a sus estudiantes. Todo un revuelo. Incluso, el actual Gobierno, presentó un precipitado aggiornamento de este tema.

Veamos el fondo de la cuestión. El atraso de la educación en Bolivia es monumental y, en el uso de las nuevas tecnologías, es aún peor. La educación virtual, o la educación en el siglo XXI, es una verdadera revolución en todo el sentido del término. No se trata de cambiar el aula clásica (con un maestro o maestra en un podio, con pizarrón, regidor y verticalista, que sorprende al estudiante con “algo que no sabe”) por una pantalla donde el maestro o la maestra, continúan las maneras y contenidos que han sido la desgracia de la educación boliviana. No se trata, pues, de continuar esas malas prácticas del proceso de enseñanza-aprendizaje en la red y por intermedio de una pantalla.

Las transformaciones en la enseñanza con nuevas tecnologías son radicales y se basan en el ejercicio de la imaginación, la creatividad y la innovación; de trabajos colectivos; de investigación conjunta entre docentes y alumnos; del uso extensivo de las TICs; de formar competencias y habilidades para las sociedades del conocimiento del siglo XXI. Por ello, en una revolución educativa con nuevas tecnologías, es inútil continuar con el pensum y los contenidos actuales; porque, además, las nuevas generaciones de la ciudad y el campo tienen una visión que supera a la de los docentes. Son personas multitareas, hipertextuales, autónomos, que pasan horas en celulares y computadoras, y resuelven sus problemas en: Google, Wikipedia, Youtube.Edu, iTunes-U, MIT Open CourseWare, Coursera, Udacity, Udemy, Wikibooks, TED. Son jóvenes que “navegan por la nube” y llegan a universidades alternativas y de éxito como la Universidad de la Gente, UoPeople, de Shai Reshef.

Sin más espacio termino invocando a cualquier gobierno: Para una revolución educativa exitosa, que permita un salto histórico, debes primero dotar a la población de un servicio de internet de alta gama, gratuito y universal.

Carlos Villagómez es arquitecto

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Brecha digital

La cuarentena adelantó el tiempo milenarista que varios vaticinaban: la sociedad virtual

/ 19 de mayo de 2020 / 06:40

En 1980, Paul Virilio escribió que Howard Hughes fue, en realidad, un “monje electrónico” y un profeta avanzado que se anticipó a la manera en que viviríamos en el futuro: encerrados y estremecidos frente a las pantallas. En la famosa película sobre el excéntrico millonario (Ciudadano Kane) vemos su final confinado en hoteles de lujo, obsesionado con virus y bacterias, tragando compulsivamente antidepresivos y ansiolíticos, y desinfectando todo como un poseso. Era un vagabundo de palidez mortuoria con el pelo enrevesado y las uñas como garfios.

El actual confinamiento global y urbano tiene a varios muy descuidados, otros son más cuidadosos. Muchos deben salir por el “día a día” (término que describe mejor nuestras clases sociales, incluso mejor que el libro más citado y menos leído de la historia: El Capital); pero nos tiene a todos frente a pantallas de celulares, computadoras o tabletas.

La cuarentena adelantó el tiempo milenarista que varios vaticinaban: la sociedad virtual. De pronto, en las ciudades estamos pegados a pantallas en el teletrabajo, en la teleclase, en el teleyoga, en la teleconsulta médica, en la teleconspiración política, o comprando por internet. Hoy en día los juntes, para farrear o convocar a bloqueos, son vía Zoom. Diría que “casi todos somos Howard”; con la excepción, alabada por cierto, de los ciudadanos del área rural.

La llamada “nueva normalidad” cambiará muchas costumbres, aunque quieran negarlo algunos personajes, ya sea por falta de perspicacia o por simple vejez. Y en estos tiempos obligados de consumo tecnológico, tenemos que superar la enorme brecha digital que existe en Bolivia por partida doble. Por una parte, tenemos uno de los servicios de internet más caro y lento del mundo, solo equiparable al de los países de retraso endémico. Y por otra, los bolivianos, digitalmente hablando, no somos iguales. Las diferencias son enormes. Unos gozan del acceso a las nuevas tecnologías del hardware (routers, celulares, tabletas, laptops, pizarras electrónicas etc.) y del software (programas, aplicaciones, redes sociales, plataformas de enseñanza, etc.); y otros carecen de ella por motivos de desigualdad social, económica o de distancia geográfica.

Si deseamos impulsar grandes transformaciones en la educación boliviana, resulta imperativo superar esa doble brecha digital con inversiones inteligentes (léase sin gastos faraónicos, ni mal asesorados, ni bien aceiteados). De no mediar una política de Estado agresiva al respecto, el  analfabetismo digital, que ya sufren muchos compatriotas en este siglo, significará su implacable postergación y retraso en la etapa más darwiniana y perversa de la historia de la discriminación: el post-humanismo.

Carlos Villagómez, arquitecto.

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