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Thursday 29 Sep 2022 | Actualizado a 11:20 AM

Rojo de ira, como su poncho

‘Alborada’ no dejó huella en la historia del cine boliviano; apenas referencias periodísticas breves a su rodaje paceño

/ 3 de junio de 2020 / 06:08

Charles todavía no es Aznavour. Estamos en octubre de 1962 y un equipo de cineastas franceses ha llegado a La Paz para terminar el rodaje de una “road movie” en tecnicolor. Son los tiempos de la “nouvelle vague”. El director tiene 26 años y se llama Jean Gabriel Albicocco. Su única credencial es su opera prima, “La muchacha de los ojos de oro”. Los tres protagonistas de su segunda película son su compañera Marie Laforêt, de 23 años; el italiano Franco Fabrizi, de 46 años (Fausto en “Los inútiles” de Fellini); y Charles Aznavour, un hijo de inmigrantes armenios nacido en París hace 38 años.

En La Paz casi nadie les tira pelota, ni al épico rodaje ni al famoso “chansonier”, pero sí se fijan en ellos la revista Nova y el semanario deportivo Panorama. La primera tiene al maestro Jorge Ruiz como encargado de su sección de cine. Precisamente don Jorge, al frente del flamante Instituto Cinematográfico Boliviano, echa una mano a Albicocco.

Su competencia en el semanario Panorama es Teddy Córdova, periodista deportivo y apasionado cinéfilo de gustos conservadores. En su búsqueda de los actores, Ted se larga al Hotel Crillón y allí se topa con el trío. Charla con Marie, quien está apunada y con un tobillo dislocado; mientras el fotógrafo Nils Valle dispara embrujado foto tras foto. Y entre charla y charla con las estrellas galas, el gacetillero asiste perplejo a una escena también épica: los camareros del hotel no dejan entrar a Aznavour al comedor porque no lleva corbata, lo que evidentemente le molesta. Charles, “un hombre chiquitito y de aspecto demasiado fino” (Córdova dixit) grita y amenaza, “rojo de ira”.

La película que están rodando, casi sin plata, se llama “Le rat d’Amerique” (en castellano “Alborada” o “Amanecer”; en inglés, “Rat trap”; y en italiano, “Il sentiero dei disperati”). Está basada en una novela de aventuras y picaresca escrita por Jacques Lanzmann, que ha sido comparada incluso con “El viaje al fin de la noche”, de Céline.

“Le rat d’Amerique” se estrenó en París en 1963 con gran éxito tras su paso por el Festival de Cannes. Y después se exhibió en casi toda Europa, incluso al otro lado del “Telón de Acero”, donde ven la obra como la justificación de algunos principios de la doctrina marxista. En Paraguay pasa desapercibida, y luego el dictador Alfredo Stroessner, tarde y mal, la prohíbe porque tiene escenas rodadas en un barrio antiguo y pobre de Asunción, La Chacarita, “que atentan contra la realidad del país”. En Chile tiene un estreno fugaz, a pesar de sus secuencias en Santiago, Arica y el campamento minero de la “Disputada de las Condes”. El afiche en castellano dice cosas como éstas: “sus fieras pasiones y candentes amores sobrepasan la inmensidad del continente”, “un apasionante amor ilumina la heroica y violenta odisea del inmigrante”.

“El rata de América” narra las andanzas de un pintor francés que se busca la vida (y el amor) en Asunción, Santiago, Arica y La Paz, para después regresar (derrotado, vivo y nostálgico) en barco a Francia, dispuesto a olvidar para recordar después. Aznavour escucha durante todo el periplo melodías para su futuro repertorio, aprende guaraní, corre mil aventuras, se enamora y se junta con asesinos, bohemios, mineros, putas y una banda de contrabandistas que vende armas para una (otra) guerrilla sediciosa en Bolivia.

Tras su éxito pasajero, la cinta desaparece de la faz de la tierra y se da por perdida. Pero a principio de este siglo, una copia es hallada en los bajos de los estudios Gaumont de la capital francesa y es reestrenada en 2008 en el certamen de cine Arica Nativa (hermano del Festival Radical de La Paz).

“Alborada” no dejó huella en la historia del cine boliviano; apenas referencias periodísticas breves a su rodaje paceño. De aquel medio día de octubre, cuando los camareros (siguiendo escrupulosamente las reglas de la época) impidieron la entrada a ese francés bajito tampoco se sabría nada de no ser por Teddy Córdova. Quizás tampoco se sabrá que a falta de corbata, el parisino llevaba un poncho rojo, como iba a ser su ira. Charles todavía no era Aznavour.

Ricardo Bajo, periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: RicardoBajo

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La cima del mundo

/ 27 de julio de 2022 / 02:56

Uno: “Esto no es París ni Barcelona, esto es felizmente La Paz, la cima del mundo”. Así habla Carlos Villagómez Paredes, el arquitecto. Es la ciudad que hemos querido (construir), espacio de fiesta y protesta; ciudad inacabada para nuestro bien; ciudad/mercado en eterno intercambio; ciudad hundida. Esa tiendita de barrio colgando en la ladera es el mejor shopping del planeta. ¿Quién sino te salva a última hora de la noche con dos huevos para hacer tu revuelto favorito? Tus personajes te han modelado; tus artistas te han ensalzado hasta los cielos. Villagómez pregunta/exige: ¿cuándo vamos a repatriar El yatiri de Borda que está en Santa Cruz? Lloverá y lloverá, pasarán y pasarán los presidentes y los alcaldes. Todos nosotros nos habremos muerto y la paceñidad seguirá de pie, como la montaña vigilante, como el cerro cómplice. “El sentimiento de pertenencia de los paceños y paceñas está por encima de toda ideología”, dice Villagómez que vuelve a preguntar/exigir: ¿cuándo vamos a recuperar el espacio público del atrio de Correos, obra del arquitecto Calderón?

Dos: en el hall del Cine Municipal 6 de Agosto (¿cuándo va a devolver Raúl Garafulic los grandes espejos?) hay una exposición dedicada a la memoria del arquitecto Emilio Villanueva Peñaranda, hijo de María y de Gabino. Se llama Arco Tributo. Don Emilio, hincha y socio del club The Strongest, diseñó el maravilloso “Gran Stadium Presidente Hernando Siles”, inaugurado un jueves ( feriado) 16 de enero de 1930 con una goleada de su querido equipo gualdinegro. Las imágenes de aquel primer match entre la institución del día y de la noche y Universitario están siendo restauradas en la Cinemateca Boliviana y pronto, ojalá, las veremos.

Villanueva —el hombre que soñó La Paz— vivió en una casona colonial de la calle Jenaro Sanjinés. Fue derribada en 1970 —ese afán por demolerlo todo viene de lejos— para ampliar la avenida Sucre. La portada de aquella casa se recuperó en 1988 para ser la entrada del Museo Tambo Quirquincho. Junto a su compañera Hortensia Núñez del Prado y sus hijos Nelly y Fernando, también vivió en Sorata cuando el presidente Siles (Villanueva fue su ministro de Instrucción Pública) tuvo que salir al exilio de Chile. Don Emilio —discípulo de Le Corbusier— hacía alarde su elegancia y tenía un bigotito al más puro estilo Clark Gable.

Nos dejó para siempre edificios que hoy son íconos como la alcaldía (que hizo ad honorem); la actual Vicepresidencia (antes Banco Central de Bolivia y hoy oficialmente Palacio Villanueva); el monoblock de la UMSA, el citado estadio y el Museo de Tiwanaku (excasa de Posnansky, ex Museo Nacional), de hermoso estilo neotiwanakota; el Hospital General de Miraflores; el edificio Sáenz/Cine-Teatro Princesa; la avenida Mariscal Santa Cruz (ex Paseo de Recreo); y la Camacho (diseñada a la perfección para acercar el Tata Illimani a la ciudad). Tuvo que vender su casa del parque Zenón Iturralde (la Alcaldía puso en 2019 un letrero diciendo erróneamente que la casa fue de Aniceto Arce). ¿Por qué te hemos condenado al olvido, don Emilio? ¿Por qué destruimos en 1975 el más bello estadio jamás construido?

Tres: La Paz tiene un estilo formado, como se forma una nación o la idiosincrasia de un equipo de fútbol. Tiene un ajayu intransferible/ inimitable; tiene alma aymara porque el aymara es arquitecto por naturaleza. Arturo Borda vivió “en el mejor de los mundos posibles en La Paz” (Jaime Saenz dixit) y recibió tanto odio, envidia y resentimiento como don Emilio. A veces sueño con Villanueva paseando por la Sagárnaga con su fino terno y una cebolla en el ojal, como el Toqui. En otros sueños extraños/febriles veo a Villanueva abrazado con Cecilio Guzmán de Rojas celebrando/ gritando un gol del Chato Reyes Ortiz.

Cuatro: un día, la hija de Villanueva, Nelly, le preguntó a su padre a quién daría el Cóndor de los Andes. Y don Emilio respondió: “Se lo daría a ese indio adobero que contemplo cada mañana muy temprano. Cuelga su saco, se remanga los pantalones y con los pies desnudos pisa el barro y hace los adobes más perfectos que imaginar se pueda. Con ellos puedo levantar mis edificios”. Todos somos adoberos.

Cinco: vuelvo en el final al arquitecto Villagómez. Sostiene Carlos que si existe un ejemplo paradigmático de nuestra exuberancia, esa es la ciudad de La Paz. Todo está repleto. “Hasta el cielo ha sido asaltado por miles de cables y líneas de teleférico”. En los cuadros de nuestro mejor acuarelista, Marito Conde, no hay espacio para nada ni para “nadies”. Es puro miedo. Todos tenemos miedo ante la inmensidad; ante la soledad; ante esta “ciudad tejida por aguas subterráneas” (Orihuela dixit). No es fácil vivir en la cima del mundo, da vértigo.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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El ceibo de Soria Galvarro

/ 13 de julio de 2022 / 01:05

Uno: el ceibo es un guardián. En los valles cochabambinos es tradición tener/plantar uno delante de la casa del padre y de la madre para que sus raíces se aferren a la tierra y sus ramas excaven en el cielo. Carlos Soria Galvarro ha querido abrir y cerrar su libro de memorias —Recordatorio: estampas de la segunda mitad del siglo XX— con dos imágenes de un poderoso ceibo. No de cualquiera sino del que está en su casa natal de Pairumani, valle alto. En la primera de ellas, se ve a más de 30 personas almorzando bajo la sombra del gigante hace más de siete décadas, cuando todavía vivían sus progenitores; en la segunda, tomada este año, se ve al ceibo solitario como un anciano sabio.

Dos: el año más feliz de toda su infancia lo pasa en San Isidro, comunidad en la carretera entre Cochabamba y Santa Cruz. La familia deja atrás Quillacollo y el chango Carlos no va a la escuela pues hay clases solo hasta segundo básico y a él le toca cuarto. A falta de colegio están los libros. La madre ha cargado una colección de novelas de Julio Verne y un libro mágico, Los grandes inventos del francés Louis Figuier. El primero de todos es la imprenta, toda una señal para un homo typographicus como Carlos.

Tres: “Marina” baila para “Moisés” una polka. “Marina” es Soledad Barrett Viedma, comunista paraguaya, nieta del anarquista/escritor español Rafael Barrett. “Moisés” es Carlos Soria Galvarro y apenas tiene 20 años. Es la Nochevieja del 63, Escuela Central del Komsomol, Moscú. La llama del amor está por encenderse. “Marina” invita a la pista a “Moisés”. El boliviano, entonces no lo sabe, bailará hasta las seis de la madrugada. “Ella irradia una dulzura infinita; su cuerpo inspira una inmensa ternura con una mezcla de pasiones inevitables; sus ojos parecen guardar una oculta tristeza”, así la recuerda. “Marina” y “Moisés” caminan las calles de la capital soviética haciendo “empanadas”, miran el mar (Caspio), visitan juntos el Hermitage, asaltan el Palacio de Invierno, se enrolan en el crucero Aurora en Leningrado y pintan corazones en la nieve frente a la majestuosa catedral de San Isaac.

Entonces “Moisés” susurra una vieja canción de su abuelo Natalio —¿el que plantó el ceibo?— en los oídos de “Marina”: “Sobre una roca grabé tu nombre / que altiva se alza junto a la mar / ni las tormentas pueden borrarlo / ni olas furiosas, ni el huracán. / Sobre la nieve grabaste el mío / y al levantarse radiante el sol / gota por gota, letra por letra, / como llorando lo disolvió”. Así también va a morir ese amor. Carlos confiesa ahora que fue un “estúpido engreído, un arrogante” (como canta la Jurado) por debilitar aquella llama. Soledad Barrett Viedma, militante de la Vanguardia Popular Revolucionaria, es asesinada 10 años después en plena dictadura brasileña en lo que se conoce hoy como la “masacre de la Chácara de São Bento”. Su cuerpo continúa desaparecido.

Cuatro: estamos ahora en 1967, hogar de Israel Avilés, dirigente del Partido Comunista de Bolivia (PCB), Camiri. Carlos y Luis Abasto, joven minero despedido de Siglo XX, están en la ciudad más próxima al campamento del Che Guevara. Han decidido, junto a su camarada/ poeta Ramiro Barrenechea Zambrana, sumarse a la guerrilla, a pesar de sus críticas al foquismo y a contrarruta de la decisión del partido y de la “Jota”, su escuela, su casa, su piel. Son “jóvenes puros en ese mar sangriento” (Neruda dixit). Carlos ya piensa con cabeza propia. Detenida su único contacto, Loyola Guzmán, la incorporación fracasa. Soria Galvarro —desgarrado ante el sacrificio de sus amigos combatientes— nunca conocerá al Che pero consagrará parte de su vida a estudiar/ difundir su (querida) presencia transformada en leyenda. Todavía hoy lamenta la falta de autocrítica a la hora de valorar la relación nunca esclarecida del Partido Comunista con las guerrillas. Los demonios no han sido exorcizados ni las conciencias, tranquilizadas.

Cinco: Soria Galvarro, que posee el ”poco envidiable privilegio de haber sobrevivido”, cierra sus memorias (políticas-partidarias) con un llamado a fortalecer los movimientos sociales, a construir desde abajo el poder de la gente. “Sería el mejor tributo y homenaje a la sangre demarrada”.

Seis: en la tierra que vio nacer al compañero Carlos (tío Peto para la familia) es tradición enterrar la placenta del recién nacido debajo de un ceibo. Como la memoria, los árboles son las columnas del mundo; si los exterminamos, el cielo y sus demonios caerán sobre nosotros. El libro (del querido Qhechi) ha plantado un ceibo.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Always Ready, campeonas

Ricardo Bajo, periodista

Por Ricardo Bajo

/ 3 de julio de 2022 / 17:18

Introducción: la cancha del Kilómetro Tres ‘Antonio López Maruzzi’ de Pura Pura está más llena que nunca y no es para menos. La numerosa barra del Club Always Ready rivaliza en cánticos y apoyo con sus pares de del Club ABB. Es la final del torneo femenino de La Paz. Las dirigidas por el colombiano Diómedes García Madrigal ponen sobre el “field” lo mejor que tienen: el tridente ofensivo de lujo formado por Karen Rodríguez (ex The Strongest), María Cristina ‘Coquito’ Gálvez (ex Plan Tres Mil y La Crema de Santa Cruz y con paso por clubes de Paraguay y España) y Karla Ticona (ex Atlantes de La Paz y club Teldeportivo de las islas Canarias). Las tres están llamadas a conectar/asistir a la mejor de todas: la goleadora del campeonato, la habilidosa cruceña Joselyn Portales (ex Real Tomayapo de Tarija). Las dirigidas por Lucho Mollinedo confían a plenitud en su número diez, la talentosa Janeth Morón.

Nudo: las amarillas de ABB (Academia de Balompié Boliviano) no cometen el mismo error que en las semifinales frente al club Bolívar y apuestan por la tenencia de la pelota. Así llega la apertura del ‘score’ con un golazo marca de la casa Morón: un misil -tiro libre- escorado, directamente al ángulo de la mejor arquera del torneo, Mónica Ballón Palle. La chapa de grandes favoritas y la ansiedad son el mayor rival de la ‘banda roja’.

Desenlace: la segunda parte es otra historia. Always Ready se quita la presión en el vestuario y sale decidido a remontar. Las dos copas han llegado en el entretiempo; han costado 1.800 bolivianos. “No salgan de ahí sin darlo todo”, es la arenga del preparador físico colombiano Rómulo Charrupi Poopo. Y así va a ser. El empate llega temprano con un gol de la platinada Karla Ticona que ahora es otra. Entonces el ‘match’ se vuelve de ida y vuelta; nadie quiere los penales. Una tijera de Wendy Soria asusta; un palo de Joselyn es la respuesta. ‘Coquito’ ya maneja la mitad de la cancha a gusto y placer. En una ‘contra’ a falta de quince minutos, llega el gol de la victoria gracias a ‘Jos’ Portales. Solo sobre el final sufren las campeonas.

Post-scriptum: el club Always Ready es la institución que mejor está haciendo las cosas con sus ramas deportivas. La apuesta por sus equipos femeninos es decidida y de largo aliento. El vicepresidente Steven Díaz promete -a nombre del presidente Andrés Costa- un premio. Las vicecampeonas, sin quitarse sus medallas, hacen el pasillo -entre risas y buena onda- a sus colegas ‘millonarias’. El fútbol femenino -rescatando los viejos valores- es otra cosa.

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Nombrar la desesperanza

/ 15 de junio de 2022 / 02:30

Natalia ha vuelto a La Paz después de 25 años. La ha sobrevolado, de arriba abajo gracias al teleférico y sus líneas de colores. Se ha dado cuenta de que ama el lugar donde nació. Chuquiago Marka la ha deslumbrado. Natalia sabe que su universo y su casa están en México pero cuando sueña, sueña con la ciudad, el bosquecillo de Los Pinos, la cancha del colegio, las caras conocidas. La Paz es su lugar del inconsciente.

La película que ha hecho Natalia tiene que ver con lo que guardamos en el inconsciente colectivo. Dice que su obra, premiada en el Festival de Berlín con el Oso de Plata, es una vasija. Y esa vasija solo se llenará/ terminará cuando el público la vea, la complete, la charle, la acullique, la comparta. Dice Natalia que cuando acabemos de ver la “peli”, ella se va a quedar a platicar sin prisa. Y nos da un consejo antes de que las luces se apaguen y la obra se incendie: “déjense ir, nos le va a tomar de la mano, les va a decir que caminen solitos”.

Natalia cree que el cine es de ida y vuelta. Sostiene que la literatura crea imágenes y el cine, ideas. Natalia habla de cuerpos cuando habla de cine: “el cuerpo es el único ente que nos conecta. La mente está en otro lado muchas veces pero el cuerpo siempre está acá, por eso el cine es para el cuerpo, es una experiencia corporal”.

Su película no denuncia la violencia despiadada del “narco” en México, no quiere proponer soluciones a esa tragedia compleja que vive el pueblo hermano. Natalia tiene culpa al no poder sentir el dolor gigantesco de las madres de las hijas desaparecidas/ asesinadas. Ese dolor es una herida colectiva/espiritual que no sana.

Cuando el fuego devora todo, cuando las luces se prenden de nuevo tras el último fundido en negro, los espectadores apenas acertamos a aplaudir tímidamente. Estamos todos atenazados por un sentimiento de impotencia. Las mujeres que han ido apareciendo desde el fuera de foco hasta nuestras retinas son de verdad. Su dolor (nos) une. La charla de casi una hora —sin prisas— es una lección magistral de cine. Natalia cree firmemente en las potencialidades (olvidadas) del lenguaje cinematográfico.

Entonces alguien pregunta: ¿cabe o no cabe la esperanza? Natalia que nos ha colocado frente a una película jodida, dice que sí y añade: “La esperanza está en nombrar la desesperanza”. Sostiene que la historia, como los sueños que tiene sobre su ciudad, es cíclica, pendular, no lineal. Natalia cree en el futuro, cree que las cosas en México, en Bolivia, en el mundo pueden cambiar, revertirse. Ahí hay que buscar la esperanza. La cura para esa herida pasa por la recuperación de lo colectivo, por hacer un ejercicio masivo de comunidad, por construir espacios íntimos para digerir lo que nos pasa, por darnos tiempo para asimilar lo ocurrido.

Natalia se siente cómoda en la oscuridad. Dice que la imaginación y los sentidos se encienden en esos espacios oscuros que tan poco nos permitimos en un mundo invadido por el ruido y las luces. Entonces Natalia comienza a hablar de formas y deseos. Y de su oficio, el montaje, que es donde ella pule y pule hasta encontrar esa forma deseada.

Su dedicación al cine es suprema. Su película es una yuxtaposición de cuadros con un sonido conmovedor, un personaje más. Me hace recuerdo a El gran movimiento, a (muchos) ratos Natalia me recuerda a Kiro. En ambos filmes, el (trabajado) sonido nos penetra como experiencia, como vehículo para expresar lo complejo, lo inasible, lo abigarrado, lo indeterminado. Los planos fijos, los planos detalles y el cine concebido/ parido como “arma peligrosa en espíritus libres” (Buñuel dixit) une a Kiro con Natalia, a Natalia con Kiro.

La última pregunta debió ser la primera, es la siguiente: ¿por qué se llama tu película Manto de gemas? Natalia no responde a la primera. Nos habla del proceso de estandarización/ conservadurismo que vivimos en todo el mundo, desde las películas a las series de Netflix. Y entonces es ella la que nos interroga: ¿se han dado cuenta de que las series famosas lo mismo gustan a un chico de 12 años que a una mujer de 80? Solo al final responde: “En el budismo, la realidad es un manto de gemas, en cada una de ellas se reflejan todas las demás”.

Natalia es Natalia López Gallardo, hija del recordado/querido Chichizo y de su madre Eliana. Su película, proyectada la semana pasada en un pase único en la Cinemateca Boliviana, es un llamado a la empatía, a verse todos en el prójimo, como las gemas. Solo así desaparecerán los feminicidios y las masacres de la historia de nuestros pueblos.

Ricardo Bajo H. es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Su twitter es: @RicardoBajo.

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Postales de Santiago de Cali

/ 1 de junio de 2022 / 01:11

No es nada fácil encontrar un kiosco de periódicos en Cali. Apenas hay tres alrededor de la plaza Caicedo. En los supermercados el estante de diarios está medio escondido. Gabo vende libros usados en una esquina de la plaza. Es un librero que lee, no es un simple vendedor de libros. Tiene muchos de poesía, cara de pocos amigos y una barba valle-inclaniana. Gabo me recomienda una antología de un poeta costarricense llamado Osvaldo Sauma. El libro está dedicado por el mismísimo autor a un tal Horacio, “con la amistad de ayer, de hoy y de siempre”.

El poeta “tico” no debe saber que ahora el libro descansa en (La) Paz. (“Advertencia: el fuego / llamea predispuesto / ignorando su razón de ser / intenso es su reino: / arder y sucumbir”, Osvaldo Sauma). “¿Conoces El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince?”, me pregunta Gabo. Ahora estoy leyendo una novela del Medellín terrorífico/paramilitar de los años 80 que me compré en una esquina de Cali. Tiene manchas de humedad y su olor es un viaje de regreso hacia lo (des)conocido.

Colombia es un país de sordos, es un bello país contradictorio en medio de una guerra infinita. El domingo pasado, por primera vez, un candidato de izquierdas, Gustavo Petro, ganó las elecciones presidenciales. No sé si logrará ganar en segunda vuelta ante el populista de derechas Rodolfo Hernández, el “Donald Trump” colombiano (que ha prometido cerrar embajadas como la de La Paz). Petro ganará si —parafraseando a Gaitán— “el pueblo es pueblo y no una multitud anónima de siervos”. El exguerrillero del M-19 y exalcalde de Bogotá tiene miedo que lo asesinen, como a Gaitán, a Galán, como a los cientos de líderes sociales de base masacrados cada año impunemente, como a tantos hombres/mujeres que soñaron con una Colombia libre/viva.

Cerca de la cancha del Deportivo Cali, charlo con Carlitos, un joven “petrista” que la tiene clara: “Todos los parceros que estuvimos hace dos años en las calles cuando Colombia despertó queremos que cambie la historia, esto es una democracia de excepción, de sicarios; esto ha sido el gobierno permanente de los EEUU”. Carlitos me hace escuchar una canción “bien chimba” de Rapatrupa. Se llama La Colombia y arranca así: “En la tierra del café hoy germina un pueblo libre, soñador y vividor, defensor de sus ideas; lucharán por todo aquello que es amor. Colombia vive, ahora inyectada en mí”.

En medio de la canción, la candidata a vice de Petro, la afrocolombiana Francia Márquez, recita: “Soy parte de quienes luchan por seguir pariendo la libertad y la justicia, de quienes conservan la esperanza por un mejor vivir, de aquellas mujeres que usan el amor maternal para cuidar su territorio como espacio de vida”.

Mi parce Carlitos, que trabaja de piscinero en un hotel de cinco estrellas construido sobre un cerro aplanado, ha sobrevivido a varios atracos con armas “traumáticas” y balas de plástico. La vida le ha enseñado que no hay más suerte que vivir. Es la dicha que no tuvieron 6.402 civiles asesinados como “falsos positivos” (personas disfrazadas de guerrilleros para cobrar las recompensas) a manos del Ejército.

En la plaza principal de Cali junto a una torre mudéjar, está sentado Míster Sabor. Tiene un programa de salsa y me va a contar cómo nació la canción más famosa, Cali pachanguera (del grupo Niche); como la ciudad llegó a convertirse en la capital mundial de la salsa (y el “paraíso” de las cirugías estéticas). Lo hace mientras tomamos un “refajo”, cerveza fría más “colombiana” (una cola roja). Míster Sabor, que se llama Juan, me habla también de bebidas artesanales con nombres ricos: viche, chirrinchi, chuchuguaza… Votará nulo; dice que es apolítico, dice que no es ningún “jiquerón” (tonto/huevón).

Junto a la iglesia La Merced donde se fundó Santiago de Cali en julio de 1536, veo a doña Eliveria que tiene en la calle 6 (carrera 4) un puesto de chontaduro. Se come con sal y miel. En Bolivia la llamamos chima (hay harto en los Yungas) y hay que tener cuidado de no tragarse la pepa. También se conoce como pejibaye, pupuña, pipire, pijuayo, pixbae, cachipay, pifá o tembe. ¿Quién dijo que hablamos el mismo idioma?

Cuando me voy de Cali, está lloviendo y sigue haciendo un calor húmedo. Colombia, “que de América es el faro” (Juan de Arona dixit), es tierra de grandes poetas y gente hermosa. En su sangre y en sus palabras se resume su historia. Entonces olvido todas las sonrisas/todas las rumbas y me quedo con un verso del caleño Jorge Isaacs: “Mientras haya esclavos bajo tu cielo, habrá libertadores en tu suelo”.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique.Twitter: @RicardoBajo.

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