Voces

martes 14 jul 2020 | Actualizado a 06:41

Cuarentena: Antes y después

Habrá cambios en los bolivianos después de 70 días de cuarentena, queda preguntarse ¿cuán mejores o peores seremos?

/ 4 de junio de 2020 / 05:24

“Vuelvo en 10 minutos”,  se puede leer en la puerta de vidrio de una tienda de ropa femenina. 70 días después de ese aviso, se ven en el piso los empolvados recibos de agua y luz que el tiempo de la cuarentena dejó acumular. Así se adormecieron todos los lugares que no fueran de expendio de alimentos, de medicamentos o bancos. Todo lo demás quedó bajo el régimen del letargo con la consigna de encerrarse para no morir. Fueron pasando los días, unos más animados que otros. Se inventó de todo para entretener a chicos y grandes. Las familias jugaron a reencontrarse, unas lo hicieron  y otras se perdieron en el intento. La soledad mostró su verdadero encanto a unos y su enorme peso a otros.

En la vida de las personas habrá un antes y un después de esta cuarentena. En ese entendido es posible preguntar ¿Que había antes de la cuarentena? Surge la respuesta de urgencia, antes de la cuarentena había mucha violencia en las familias. Había poca tolerancia entre padres e hijos. Mucho trabajo informal.  Gran daño al medioambiente. Mucha comida chatarra, en fin, podríamos hacer una lista interminable.

¿Qué cambió durante  la cuarentena? Si hacemos un recuento de lo que sucedió en esos 70 días de encierro los datos no hablan de cambios, sino más de constataciones. 15 feminicidios, 6 infanticidios, 44 violaciones y 1.282 casos de violencia a menores durante la cuarentena, confirman que el lugar más peligroso para niños y mujeres es el hogar, su casa. Estos días sin movimiento económico significaron jornadas de inactividad, pero quienes se buscan la vida día a día volcaron toda su iniciativa en la hechura de barbijos, máscaras, trajes de bioseguridad, como lo hacen siempre. Si es época de clases venden material escolar, si es Carnaval se dedican a llenar su carretilla con disfraces y en tiempo de tunas las venden con cáscara o peladas. Es el trabajo al que se dedica el 70 % de la población, es decir, la informalidad.  El medio ambiente se benefició con menos polución, sin el aire viciado por tanto automóvil.

Seguramente estos días sin escuela, sin clases en las aulas universitarias, cobrarán su costo en ignorancia y mediocridad.  Seguramente ya no seremos los mismos al terminar de verdad la cuarentena. Lo que no está claro es cuán mejores o peores seremos. ¿Para qué nos hemos preparado cuando sentíamos que nos ganaba el aburrimiento? ¿Con qué humor estará quien ha constatado que a nadie le importa? Pese a estas interrogantes aún prevalece la esperanza y estoy convencida de que la mayoría saldremos felices, con ganas de reinventarnos, con la certeza de haber entendido que me cuido para cuidar al otro porque somos una comunidad.

Lucía Sauma, periodista

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La mala hora

El empleo es un bien escaso en casi todo el mundo y en nuestro país por supuesto es un tesoro sin mapa y sin isla

/ 2 de julio de 2020 / 11:15

Encerrados, endeudados y desempleados, es como estar fulminados, hechos polvo. Pero la verdad es que cientos, miles de personas se levantaron de esa situación para coser barbijos, en todas las tallas, para todas las edades, y para todas las predilecciones. Los aficionados al fútbol se quedaron con los de sus equipos, los niños terminaron con la boca cubierta por su superhéroe favorito, las caritas felices taparon los gestos tristes de la mala hora, los bancos y otras empresas activas en estas circunstancias encargaron material con su logotipo. Quienes estaban dedicados a la costura de prendas de vestir ahora inundan las calles con trajes de bioseguridad. Las redes sociales cada día tienen más avisos pidiendo que compren o apoyen con un like el emprendimiento de la prima, la hermana, el hijo que vende máscaras o finalmente aquello que tiene más éxito: la comida, lo que también dio paso a que los jóvenes se ganen la vida ofreciendo delivery , en moto, auto o bicicleta. La sobrevivencia dio rienda suelta a la creatividad.

El empleo es un bien escaso en casi todo el mundo y en nuestro país por supuesto es un tesoro sin mapa y sin isla. Según el INE la tasa de desempleo durante la pandemia llega al 7,3% y esto incluye al sector informal. Existe un decreto por el cual está prohibido despedir durante la cuarentena y se designaron 1.500 millones de bolivianos para que las empresas recurran a créditos destinados al pago de salarios, pero nada de esto ha impedido que en el sector de la industria, la construcción, la hotelería, el turismo, el espectáculo, el comercio que no está relacionado con la alimentación o medicamentos cientos de personas se queden sin trabajo. Un gran número de los trabajadores fueron despedidos de forma indirecta, ya sea mediante vacaciones colectivas, baja de salarios, cambio de funciones. Los que quedaron sin trabajo mediante un memorándum de despido comprobaron que la ley puede ser un simple papel hecha para no cumplirse porque en el momento de ser echados no recibieron los salarios retrasados, ni los tres meses de desahucio y ni hablar de las vacaciones o las duodécimas del aguinaldo que les toca por seis meses de este inexistente 2020.

Es cierto que corren tiempos difíciles para todos, pero hay quienes siempre los tuvieron más complicados y finalmente serán los que terminen pagando las mayores secuelas de esta pandemia, contagiados o no, con el coranavirus. Esos son los que en más de 100 días de cuarentena se aguantaron en un cuarto con cinco hijos sin escuela, sin internet, sin aire libre en el único sitio que tienen para jugar, comer, aburrirse y dormir. Este tiempo ha sacado a todos de la rutina para derrotar la paciencia y en muchos momentos las esperanzas de días mejores.

Lucía Sauma es periodista

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Asfixia

Nos impusieron una inaguantable cuarentena que se suponía daría tiempo para implementar los servicios de salud

/ 18 de junio de 2020 / 05:19

¿Quiénes deciden sobre la salud de los bolivianos? ¿Quiénes determinan las políticas de educación en el país? Estremece responder estas preguntas en tiempos de pandemia porque al parecer estamos en manos de quienes no tienen idea de lo que hacen o vayan a hacer. Caminan a tientas, van de tropezón en tropezón, resuelven a cara o cruz según se le antoje al azar.

Nos impusieron una inaguantable cuarentena que se suponía daría tiempo para implementar los servicios de salud y trazar las políticas a seguir haciéndole frente al coronavirus, pero a tres meses de encierro, rígido o flexible, estamos en la cuerda floja a punto de perder el equilibrio y sin red que aguante la caída. Mientras tanto las energías se gastan en jugar al tira y afloja para ver quién se queda con el SEDES de La Paz, ¿Con qué objeto? Cualquiera que sea no tiene nada que ver con el bienestar de la gente. En plena pandemia se cambian ministros de salud, se descubre un inconcebible hecho de corrupción con respiradores que no sirven para salvar vidas.

¿Qué podemos decir de la educación? Muchas promesas incluidas fechas para reactivarla con el uso de las nuevas tecnologías, anuncios de rescate de antiguas modalidades en educación a distancia. Nada de esto se implementó y van tres meses sin clases y sin atisbos de solución. ¿Las autoridades de educación tienen alguna certeza sobre cómo afrontar la ausencia de escuela? Día que pasa queda más claro que este año está perdido para los estudiantes.

Para seguir está la tormenta económica que ya deja sentir los rayos y truenos con que llegará. Los bonos ya se cobraron y  ya se gastaron. Junto a sectores como la construcción, la manufactura y la industrialización que intentan levantarse después de los golpes recibidos, aparecen los anuncios de venta o alquiler de cientos de locales, casas, departamentos sin ocultar los signos de abandono que dejó la pandemia y el encierro.

Y para rematar está el asunto político que no da tregua al ciudadano por lo mezquino del poder. Es el tema omnipresente que pone en cuarentena de olvido permanente a la gente de a pie, que vuelve sordos y ciegos a los políticos que detentan la autoridad,  quienes dejan de escuchar y  ver a los que claman por medicinas, oxígeno, o una cama de hospital. A quienes pierden su empleo y la  posibilidad de llevar comida a su casa. Es bueno que los políticos sepan que los clamores, los reclamos, la angustia de la gente será tan fuerte que no habrá sordera ni ceguera que los deje libres.

Lucía Sauma es periodista

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Así estamos

La implementación de los centros de salud no se cumplió en la medida de la promesa

/ 21 de mayo de 2020 / 06:22

Más de 60 días en cuarentena, saliendo una vez a la semana según la terminación del número de carnet. Sin transporte público, sin escuela para los niños, sin universidad para los estudiantes, sin teatros, cines, sin exposiciones, ni museos abiertos. Sin periódicos impresos en las esquinas. Con las construcciones paradas, los negocios detenidos, Sin viajes, ni paseos. Afanados en  adoptar la costumbre del barbijo, dejar los zapatos en la puerta, saludos sin mano ni beso. Anoticiados de los casos de violencia entre las parejas, sin cambiar la costumbre de ser las mujeres las principales víctimas. Violencia de madres y padres contra sus pequeños hijos. Acostumbrados a esperar  por las noches los reportes de contagiados y muertos. Así la población ha cumplido el encierro, con algunas excepciones, como siempre, como en todo.

El objetivo de la cuarentena era evitar un gran número de contagios al mismo tiempo para que no colapse el sistema de salud. Un sistema que en el caso boliviano es casi inexistente. En el ideal esto permitiría implementar hospitales, y asegurar que el personal médico y paramédico esté  dotado de material de bioseguridad que garantice su salud y la efectividad de su trabajo; es decir, ganar tiempo.

A fines de febrero cuando solo se tenía atisbos de lo que significaba el COVID-19, las autoridades de salud de entonces decían que estábamos preparados. Se hablaba de las medidas que se estaban tomando en los aeropuertos para detectar los pasajeros que ser importadores del virus. Pero la verdad es que en ese entonces no se tenía idea de los alcances de la pandemia que ha encerrado al mundo.

A partir de la segunda quincena de marzo, el temor comenzó a mostrar sus primeros tentáculos. Junto a la prohibición de viajes, salidas, reuniones, asistencia a lugares públicos; también llegaron los bonos y las promesas para aumentar la cantidad de pruebas, la implementación de hospitales especiales, camas de terapia intensiva y respiradores. La gente se enclaustró, unos más que otros, pero la implementación de los centros de salud no se cumplió en la medida de la promesa.

Llega el tiempo de salir, ¿qué pasará? ¿Se dispararán las cifras de infectados? ¿La de los fallecidos? No hay cura para la enfermedad y solo estaremos a salvo cuando exista y se aplique una vacuna. Los expertos dicen que para probarla y ver sus efectos en seres humanos deberá pasar al menos  seis meses y otros seis para producirla. Para distribuirla y aplicarla a todo el mundo el tiempo bien podría duplicarse. Siendo optimistas, podremos librarnos de este virus en dos años como tiempo récord. Mientras tanto, en Bolivia estamos expuestos a enfermarnos, con sistemas de salud que no responden, ni a la promesa ni a la demanda. ¿Qué nos queda?.

Lucía Sauma, periodista.

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¡A pagar!

Nadie perdona las deudas, y menos los bancos o la dirección de impuestos.

/ 7 de mayo de 2020 / 05:03

Cuando un niño está llorando, para tranquilizarlo utilizamos un ardid que suele ser infalible, ofrecerle una golosina. El niño se calma, nosotros nos calmamos y todo sigue adelante. Podemos retomar lo que dejamos de atender para apaciguar el llanto, continuamos en nuestra rutina o aquello que con insistencia está reclamando nuestra atención. Parece que eso sucedió cuando se inició la cuarentena total en el país. No se pagarán las facturas de luz hasta Bs 120 de consumo y el 50% de las facturas de agua. También fuimos gratamente anunciados de que los servicios básicos no iban a ser cortados, aunque nadie nos advirtió sobre las llamadas insistentes de las compañías telefónicas que encontraron las maneras más amables y hasta divertidas de recordarte que debes la factura de marzo, aunque sabes que la abril también está pendiente.

Ni qué decir de las cuentas bancarias. Con mensajes a través de WhatsApp te recuerdan quién es tu oficial de crédito, y presumen que te atenderá por escrito o mediante llamada disponible para cualquier consulta o ayuda que precises. Un servicio extraordinario que te hace sentir importante, cliente exclusivo de un banco. ¡Cosa admirable! La verdad es que encontraron la mejor manera de recordarte que tienes que pagar el préstamo para tu vivienda, emprendimiento, viaje o lo que fuera. Recordarte que aunque te pusieron a brillar un espejito con la promesa de no pagar intereses ni capital durante seis meses, y sin la pesadilla de las multas durante el tiempo de la cuarentena a cambio de que te quedes en casa, ahora tienes que pagar. Ante semejante noticia, piensas que es mejor encapsularse.

Lo mismo sucede con los impuestos. “Quédese tranquilo porque su salud es lo más importante”,  escuchaste día y noche. Pero desde hace unos días, ante la posibilidad de salir parcialmente de la cuarentena, se avivan las voces de mal augurio que vuelven sistemáticamente para decir: “revise su cálculo del IVA”, “el IUF vence en mayo, tenga listo su libro de compras  y ventas”… Es como vivir una pesadilla, y la mala noticia es que estás despierto. Nadie perdona las deudas, y menos los bancos o la dirección de impuestos.

Los colegios, las universidades privadas, los desembolsos prometidos, todo debe ser pagado, desembolsado, entregado. Al comienzo de la cuarentena, la urgencia de la pandemia traía, como en los tiempos de estudiante, el alivio del examen postergado. Era el principio del letargo, del encierro y el adormecimiento, ha llegado el momento del despertar. Como todo lo que queda pendiente, cumplido el plazo, se convierte en impostergable y urgente. Está terminando el tiempo de las promesas. La burbuja del encierro está a punto de estallar y saldremos despedidos a la realidad del que tiene que pagar.

Lucía Sauma, periodista

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Leer para entender

Esa inocente carta me llevó a pensar en la fascinante forma en la que los libros abren la mente

/ 23 de abril de 2020 / 06:44

En estos días de cuarentena en los que uno revisa viejos papeles y antiguas fotografías, suele terminar enfrentado con lo que quedó suspendido en el tiempo. Así es como encontré la carta que mi hijo, entonces de siete años, le dirigía a Papa Noel. Al final de su lista de regalos decía que a cambio él prometía “comer toda su comida, ser muy buen alumno y nunca dejar de leer”. Papa Noel cumplió y el niño, también. Esa inocente carta me llevó a pensar en la fascinante forma en la que los libros abren la mente; en la aventura que te permite viajar sin pasaporte, ni equipaje por mundos inimaginables pero reales y viceversa.

Es lo que Julio Verne logró y aún continúa haciéndolo. Investigó, imaginó, escribió… y un siglo antes de que el hombre pisara la luna, él nos llevó hasta ella. Sin movernos de donde estamos podemos realizar 20.000 leguas de viaje submarino. Los científicos copiaron o comprobaron cuánto había de verdad en ambas novelas.

Estos días de encierro y pandemia me hicieron revisar 1984, la obra que George Orwell terminó de escribir en 1948, y que parece haber sido elaborada ayer. Describe una sociedad comandada por el “Gran Hermano” desde una gran pantalla, lanzando “fabulosas estadísticas” sobre el aumento de alimentos, de “más vestidos, más casas, más muebles, más ollas, más combustible… menos enfermedades, crímenes y locura”. Pero la realidad es muy distinta. La comida es escasa y pésima, el mundo es gris y abandonado. La gente está prematuramente envejecida, enferma. La Policía del pensamiento lo vigilaba todo. Está prohibida cualquier manifestación de sentimiento compasivo o cariñoso. La gente se ríe hasta las lágrimas al ver cómo matan, desde un helicóptero,  a un grupo de refugiados en un barco que navega por el Mediterráneo. Esta cuarentena también me llevó al Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, una ficción sobre una epidemia muy contagiosa que asola al mundo, y por la que todos van quedando ciegos. La lucha por la sobrevivencia convierte a la gente en seres despiadados, totalmente deshumanizados. Ciudades modernas, tecnologizadas, quedan convertidas en montañas de basura. El hedor a cadáveres y deshechos lo inunda todo. En ambas obras, Orwell y Saramago se valen de un mundo enfrentado a la deshumanización y la crueldad para clamar por la esperanza, y recordar que solo nos salvará la solidaridad, la humanización en toda su magnitud, el tener la absoluta convicción de que existimos porque existe el otro. La línea entre la ficción y la realidad es aún más fina de lo que pensamos. Hoy, 23 de abril, es el Día del Libro.

Lucía Sauma, periodista

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