Voces

Tuesday 4 Oct 2022 | Actualizado a 18:02 PM

La Cultura no es despilfarro

Un país que no protege su cultura es un país sin alma, sin identidad, sin ajayu y, por tanto, sin futuro.

/ 7 de junio de 2020 / 08:40

Primero levantaron la cuarentena, con excepciones muy significativas. Mantuvieron la suspensión de actividades culturales, deportivas y políticas, al tiempo que autorizaron actos y ceremonias religiosas. La naturaleza discriminatoria de esta excepción no se le escapó ni siquiera a las autoridades eclesiásticas. ¿Será que los virus diferencian entre quienes se reúnen para rezar y quienes lo hacen para escuchar música? ¿Será que las necesidades espirituales, urgentes después del largo encierro, solo se reducen a ir a misa? ¿No es también alimento para el espíritu el teatro, el cine, la tertulia e incluso la reflexión política?

No contentos con discriminar a los artistas, su siguiente decisión es eliminar completamente el Ministerio de Culturas, fusionarlo con Educación, con Deportes, con cualquier cosa, borrando de un plumazo una conquista de décadas. Para ellos el arte es puro despilfarro, la identidad de nuestro país es tan útil como la bocina de un avión, el alma de Bolivia es un invento del Movimiento Al Socialismo y las instituciones creadas por los artistas para proteger su trabajo y estimular la creación son nada más que un gasto insulso.

¿Qué podemos decir ante esta nueva arbitrariedad, ante este despliegue de ignorancia, ante esta nueva manera de censurar y acallar las voces que podrían ser críticas? Eliminar el Ministerio de Culturas es una acción tan fascista como quemar libros en la plaza. Y lo hacen con el pretexto de ahorrar recursos. ¿Esos mismos recursos que derrocharon pagando sobreprecios en respiradores y en bombas lacrimógenas? ¿Esos mismos recursos que malgastaron en viajes en avión para festejar cumpleaños?

Dicen, para colmo, que eliminando el Ministerio de Culturas van a apuntalar la economía de las familias. ¿De qué familias? ¿De las suyas, como han hecho hasta ahora?

El arte es, debe ser, un artículo de primera necesidad, tanto en su consumo como en su producción. Durante la cuarentena, muchos encontramos consuelo y compañía en la música, los libros, las películas. Muchos artistas liberaron su trabajo en las redes sociales, hicieron actividades gratuitas, lanzaron convocatorias, aliviaron la pesada carga del aislamiento y el miedo. Y el Gobierno nos retribuye con discriminación, maltratos y finalmente borrando de un plumazo una institución que nadie “se inventó”: Nosotros la luchamos.

Esta semana circuló una solicitud de renuncia de la autoridad de Culturas, que firmamos cientos de artistas. Ahora, frente a este nuevo atropello, corresponde decir con claridad que no es solamente la Ministra de Culturas quien nos ha fallado en esta pandemia.

Es todo el gobierno de facto, que prioriza la represión antes que la salud; que utiliza la vida (y la muerte) de los bolivianos para tomar medidas que no le corresponden, afectando la economía y la biodiversidad del país en el largo plazo; que asumió el poder supuestamente defendiendo la democracia, y ahora se opone a la realización de elecciones. Ya no hay lugar para la duda, y hasta los más entusiastas pititas van a tener que preguntarse (si les queda un poco de honestidad y sangre en la cara): ¿Qué más se podía esperar de un gobierno que se hizo del poder sobre los cadáveres de decenas de compatriotas?

Nosotros, los artistas, no necesitamos de un Ministerio para componer, para filmar, para escribir, para pintar, para hacer danza, teatro, para —frente a todo obstáculo— seguir creando. Pero un país que no protege su cultura es un país sin alma, sin identidad, sin ajayu y, por tanto, sin futuro. Un Estado que no promueve el arte es un Estado muerto. Y un gobierno que considera la cultura un despilfarro, es un gobierno que no merece ningún respeto.

Verónica Córdoba es cineasta

Comparte y opina:

Si puedes leer esto, llora

/ 25 de septiembre de 2022 / 02:20

Hace muchos años, una amiga me dijo que era totalmente irresponsable tener hijos en esta época, porque esos niños tendrán que vivir en un mundo sin agua. Su hijo es hoy unos meses menor que mi hija.

Los expertos en clima nos dicen que para cuando nuestros hijos tengan la edad que nosotras tenemos ahora, casi todos los picos de la cordillera andina podrán haberse derretido. Que el Titicaca podrá haber bajado su nivel al punto de dividirse en tres pequeñas lagunas. La Paz podría enfrentar una aguda crisis por falta de agua potable, mientras que en el norte y el este del país el cambio en los patrones de lluvia generaría sequía en el invierno e inundaciones en el verano, destruyendo las selvas y convirtiéndolas en desiertos. En la época en que nacieron nuestros hijos llamábamos Cambio Climático a la causa de estos angustiantes pronósticos. Ahora los científicos la denominan Emergencia Climática. Ese simple ajuste en el nombre ya debería estremecernos.

En 2018, la adolescente sueca Greta Thunberg dejó de asistir a clases cada viernes para manifestarse en solitario demandando la acción de su gobierno contra el cambio climático. Tenía la edad que mi hija tiene ahora cuando empezó un movimiento juvenil mundial de lucha por el futuro del planeta, que es en realidad por su futuro y el de todas nuestras guaguas. A veces parece que olvidamos que el planeta nos antecede por millones de años y así como ha sobrevivido todo tipo de cataclismos, seguramente sobrevivirá los cambios en el equilibrio de los ecosistemas que estamos provocando nosotros. Los que muy probablemente no los sobrevivamos somos los humanos. Y serán nuestros hijos y nietos quienes sufran las consecuencias sociales y económicas de los desastres que estamos empezando a experimentar ahora y, de acuerdo con los científicos, no harán más que agravarse en las próximas décadas.

Esta semana un invierno muy crudo nos dejó, acompañado de un bellísimo arcoíris circular alrededor del sol que no faltó quien viera como un mal presagio. En el hemisferio norte se terminó uno de los veranos más calientes desde que se registran las temperaturas para futura referencia. El insoportable calor estuvo acompañado en Europa de una intensa sequía, que disminuyó el caudal de los ríos dejando al descubierto varias piedras del hambre: mensajes grabados en rocas que solo son visibles cuando el nivel del río baja lo suficiente para presagiar miseria. Una de ellas reza: Si puedes verme, llora.

No puedo dejar de imaginar a los antiguos habitantes de esas zonas ribereñas, agobiados por el hambre pero todavía con fuerzas para esculpir en la roca una advertencia ominosa para las generaciones futuras. No puedo dejar de pensar en mi hija cuando tenga la edad que yo tengo ahora. No puedo dejar de recordar las palabras de una de las responsables del Acuerdo de París, Christiana Figueres:

Cuando nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos nos miren a los ojos y nos pregunten “¿Qué hicieron ustedes?”, nuestra respuesta no puede ser “hicimos lo mejor que pudimos”. Tiene que ser más que eso. Hay solo una respuesta correcta a esa pregunta: “Hicimos todo lo que tenía que hacerse”. En el espacio entre esas dos respuestas está el destino de nuestra especie.

Verónica Córdova es cineasta.

Comparte y opina:

Una pistola en la cabeza

/ 11 de septiembre de 2022 / 00:23

Una multitud de partidarios se reúnen para brindar apoyo a su lideresa. Al tiempo de darle la mano, o pasarle libros para que los firme, sostienen el celular y filman. El resultado es escalofriante: vimos multiplicado en decenas de ángulos el momento en que un joven levanta su pistola, la aproxima a centímetros de la cabeza de su víctima y dispara. En la grabación de uno de los teléfonos, se escucha claramente el mecanismo del arma, que estaba cargada, pero por un milagro increíble no llegó a expulsar la bala.

Esa pistola empuñada en medio de una multitud es un símbolo del odio, que hoy mueve más que la convicción, la ideología o la palabra.

Poco se sabe todavía de las razones que llevaron a Sabag Montiel y su novia a apuntar contra la expresidenta Cristina Fernández. Hay fotografías, balas, un teléfono con medidas de seguridad sospechosamente profesionales. Hay videos que los muestran durante varios días vigilando, sopesando y planificando los mejores lugares para materializar el crimen. Está el tozudo silencio del perpetrador, quien lleva ya una semana sin soltar ni una palabra que lo incrimine. Poco se sabe, pero mucho se sobreentiende. A nadie le sorprendió el intento de asesinato, porque durante años se cultivó el odio contra Cristina Fernández. Se la descalificó y persiguió como a pocas mujeres en la historia latinoamericana. Probablemente porque ha habido pocas mujeres que alcanzaron su estatura política.

Ese detalle, que la víctima del atentado sea una mujer, no es una mera anécdota. Así como a las mujeres sin poder se las acosa, golpea y asesina cada día, a las mujeres poderosas se las denuesta de forma sistemática. La propia Cristina Fernández afirmó hace tres años que, en la política, la condición de mujer es un agravante. Para una mujer ser famosa por su belleza o por su música o por sus capacidades histriónicas está permitido y hasta es celebrado, pero en el momento en que pretende brillar por encima o en el territorio de los hombres “ahí te disparan a matar”, escribió proféticamente en su libro Sinceramente.

A Cristina le dispararon a matar los grupos de derecha extrema que la odian por ser mujer, por ser de izquierda, por defender el derecho al aborto y sobre todo porque amenaza con ser Presidenta de nuevo. A Cristina no solo le puso una pistola en la cabeza el joven Montiel, mucho antes que él levantara el arma ya habían pedido su muerte los políticos de oposición y muchos periodistas. A Cristina no la intentó matar “un loco suelto”, sino una estructura enorme que la viene amenazando con la cárcel y la muerte civil desde hace décadas.

Quién es Sabag y en qué estaba pensando la noche del 1 de septiembre es, al final, irrelevante. En el mejor de los casos, la investigación lo llevará a la cárcel por un crimen que no es suyo solamente. La pistola en la cabeza de Cristina es fruto de una construcción colectiva y sistemática de odio, que tarde o temprano iba a decantarse en violencia. La pistola en la cabeza es consecuencia de una polarización brutal, que afecta a la Argentina tanto como a casi todas las sociedades contemporáneas.

La grieta, como llaman en nuestro vecino del sur a este fenómeno, parece ser la forma que está tomando la convivencia social en estos tiempos de posverdad y redes sociales. Una grieta que ahonda las diferencias e impide diálogo, propuestas y soluciones. Una grieta oscura y profunda que, más que cualquier pistola, amenaza con tragarse la democracia.

Verónica Córdova es cineasta.

Comparte y opina:

Canción de amor a un cocodrilo

/ 14 de agosto de 2022 / 01:03

Cuando te encontré todo era desconocido… Tenía veintiún años cuando vi por primera vez la forma de cocodrilo, verde y expandido, desde la ventana del avión. Anochecía. Escribí en mi cuaderno: Cuba, estrellas dispersas en un mar de cielo.

No había luz cuando toqué tierra y recorrí por primera vez los 30 kilómetros del aeropuerto a la Escuela de Cine que me acogería por los siguientes años. Recuerdo la oscuridad de la carretera, el olor a humedad, las personas sentadas en sus portales tomando el fresco de la noche caribeña. Recuerdo haber pensado: Aquí es. Esto es. No hay nada más hermoso.

Y lo que encontré, se fue haciendo grande. En los años que viví en Cuba no solo aprendí el misterio y la técnica del cine. Me enseñó mucho más que eso. Lo más importante: que el Hombre y la Mujer nuevas no son un mito, existen, yo los he conocido. He conversado con ellos por horas en la oscuridad del apagón, mirando la luna y rodeados de insectos. Me han brindado café negro y azucarado. Me han abrazado en los momentos malos. Me han explicado cómo es que para ellos aprendió el ala a volar y el cielo a ser infinito. Y me han desafiado a que lo replique.

Viví en Cuba en tiempos especiales y duros, como los de ahora. Las privaciones, las burocracias, las incógnitas y las dificultades no son exclusivas de la realidad cubana. Existen en Bolivia y en todas las otras patrias. Lo que cambia es la escala, la explicación, las perspectivas. En Cuba, sin embargo, entendí que una sociedad no es la suma de sus individuos, sino el vínculo que los ata. Y ese vínculo se construye de actitudes cotidianas. Lo que más me impresiona de la sociedad cubana es la horizontalidad y la familiaridad con que la gente se trata. No sé si es por su cultura caribeña o resultado más contemporáneo de una Revolución que iguala, pero el vendedor de maní, el taxista o el Ministro te trata con el mismo respeto amable y desenfadado, con el que también espera ser tratado. Lo que ata y une a los cubanos más allá de su color político, de sus argumentos o sus demandas, es una solidaridad horizontal y humana y un amor profundo por su isla hermosa.

Lo que los une también es la voluntad inmensa de protegerla y de preservarla así como es: violenta y tierna. Lo que los une es la conciencia de lo logrado, del rol fundamental que su pequeña isla juega en la dignidad y la esperanza del planeta entero. Todos lo vimos esta semana, cuando columnas de fuego se elevaban sobre el mar y se quemaban las reservas de petróleo con las que contaba Cuba para restaurar su economía después de la pandemia. El dolor y la angustia eran reales y densos como el humo, pero también lo eran el coraje, el sacrificio y el amor de todos los que luchaban contra el incendio. Se hizo presente una vez más, como tantas veces antes, la fraternidad con que los cubanos se tratan unos a otros y el espíritu humano con que la Revolución maneja las situaciones límite. Y se hizo presente también la solidaridad y esperanza que Cuba sembró en el mundo.

No será suficiente, por supuesto. Se vienen tiempos malos, porque reconstruirse nunca es fácil —menos aun cuando se lucha contra un bloqueo más intenso, más cruel y más insensible que el peor de los fuegos. Menos aun cuando los medios oportunistas, las redes sociales y todos los enemigos tratan de horadar lo más esencial, importante y bello: el vínculo que los hace cubanos. No lo lograrán, por supuesto. Todos gritarán: Será mejor hundirnos en el mar antes que traicionar la gloria que se ha vivido.

Verónica Córdova es cineasta.

Comparte y opina:

Agosto

/ 31 de julio de 2022 / 00:35

Comienza el mes en que la Pachamama despierta hambrienta de su sueño de invierno. Es tiempo de rituales. En el campo, las familias ch’allan en los patios las mejores ocas y papas de la cosecha recién terminada. Las comunidades peregrinan a los cerros sagrados para pedirse perdón los unos a los otros y deshacerse de penas y problemas. En las ciudades, los viernes se llenan del humo de los sahumerios. Las tiendas, las oficinas y los mercados encienden hogueras en calles y atrios, mientras las caseras que venden mesas-dulces literalmente “hacen su agosto”.

Se dice que es el mes de la Pachamama y, muy convenientemente, es también el mes patrio —que quizás, dada esta coincidencia, deberíamos llamar matrio. Agosto es un tiempo ambiguo: el invierno está acabando, pero todavía no empieza la primavera. Se recogió la cosecha, pero todavía no estamos listos para la nueva siembra. La ambigüedad nos llena de incertidumbre, pero también de esperanza. Estamos en pausa, esperando todo lo bueno y todo lo malo que pueda llegar en este nuevo ciclo.

Por eso, además de ser tiempo de alimentar a la Pacha, es tiempo de perdonar y de pedir disculpas. Es tiempo de purificar y de limpiar, de poner en orden. Es tiempo de dejar atrás las penas, enterrar los rencores y prepararnos para lo nuevo que comienza.

Es significativo que sea también en agosto que Bolivia celebra su independencia. No dejemos escapar el simbolismo: es tiempo de pedir perdón y tiempo de perdonarnos. Es tiempo de sacudirse las penas, como arvejas de la falda. Es tiempo de quemar q’oa y hacer ofrendas para que la Pacha nos regale un nuevo ciclo de prosperidad y esperanza.

Pero ¿cómo se puede perdonar, si no ha habido reparación ni justicia?, ¿cómo enterrar las tristezas del pasado, si vemos venir nuevas violencias en el futuro cercano?, ¿cómo purificamos y limpiamos nuestra casa común, si los mismos que la han mancillado siguen buscando nuevas formas de agraviarnos?

Hay una grieta profunda entre nosotros, que cada día se engrosa y se abisma. ¿Dónde estarán los puentes que nos permitan cruzarla? ¿Quién los construirá, con qué materiales, con qué herramientas?

Si algo podemos agradecer del triste ciclo que tratamos de dejar atrás, es que nos ha mostrado con claridad los males que nos aquejan: el racismo, la intolerancia, el egoísmo, la violencia. ¿Con qué inhalaciones, con qué bálsamos o qué emplastes los curamos?

Urge empezar un nuevo ciclo, roturar la tierra para sembrar nuevas semillas. Esperar por lluvias generosas. Nada de eso puede hacerse con el corazón oscuro: hay que peinarse el cabello de raíz a punta, y en cada movimiento ir sacándose los rencores y las penas. Que se vayan, que se alejen, que no vuelvan. Urge subir, todos juntos, al más sagrado de nuestros cerros Achachilas, para abrazarnos y perdonarnos ante los ojos de la Pacha. No creo que este agosto podamos hacerlo. ¿Quizás el próximo año?.

Verónica Córdova es cineasta.

Comparte y opina:

Lo generoso y lo mezquino

/ 3 de julio de 2022 / 01:28

La producción cultural y artística en Bolivia se mueve en un péndulo entre estos dos extremos. Vivimos de la generosidad de los extraños, los colegas y los amigos. Necesitamos de la generosidad de nuestras audiencias, de la prensa, de los críticos. Mendigamos generosidad en los largos procesos de investigación, de creación, de desarrollo técnico y sobre todo en las dolorosas búsquedas de financiamiento. Y en Bolivia todavía se encuentra generosidad en abundancia, solo así se explica que sigan naciendo películas, obras de teatro, esculturas, poemas, canciones, novelas…

De la generosidad depende, más que del talento o de la suerte, que nosotros los artistas trabajemos. Y a la mezquindad, que también abunda, se deben muchas veces nuestros fracasos personales, creativos y sobre todo financieros.

Solo gracias a la generosidad de decenas de personas e instituciones ha sido posible plasmar en un ensayo audiovisual las reflexiones, dudas y dolores que me han perseguido desde noviembre de 2019. El resultado es Noviembre Rojo, una serie documental de 10 episodios que está emitiéndose en redes de televisión abierta y en espacios digitales. Han sido muy generosas las 62 personas que, desde ambos lados del conflicto, han compartido conmigo sus ideas y sus testimonios. Ha sido muy generoso el acompañamiento de los miembros del equipo técnico y han sido generosos los amigos fotógrafos, dibujantes, músicos y cineastas que han cedido el uso de sus obras para el proyecto.

Agradezco en especial la generosidad de las instituciones públicas y privadas que nos han cedido infraestructura, acceso a archivos, nos han facilitado contactos y en general nos han alentado a seguir adelante en un proyecto que no solo hacíamos a pulmón, sino que además lucía desmesurado.

Por eso resulta especialmente doloroso el comunicado de la municipalidad de La Paz aclarando que no apoyaron nuestro proyecto a través de su Secretaría de Culturas. Resulta irónico que, precisamente la institución de la ciudad cuya función es apoyar proyectos culturales, haga un esfuerzo específico para negar haberlo hecho. Y resulta hasta ridículo que el propio Alcalde se tome la molestia de replicarlo. Es un ejemplo de la mezquindad, que balancea toda la generosidad que recibimos.

La generosidad de la familia Cordero dispuso que las fotografías que tomó don Julio Cordero a principios del siglo XX sean patrimonio de la ciudad y estén a disposición de la población a través de sus instituciones de cultura. La producción de Noviembre Rojo solicitó el uso de algunas de esas imágenes históricas para el proyecto, pagó la tasa determinada y firmó un compromiso para poner a la Secretaría de Cultura y al gobierno municipal en los créditos. A pesar de la mezquindad, seguimos agradeciendo la posibilidad de acceder a ese maravilloso patrimonio.

Tengo claro que las ideas que se expresan en el ensayo audiovisual que presento pueden ser polémicas porque hay una polarización brutal alrededor de los eventos de 2019. Estoy preparada para conversar sobre los datos, las interpretaciones, las ideas. De hecho: para eso hice el esfuerzo de producir este proyecto, para abrir espacios de discusión y diálogo. Me alegró saber que el diputado de CC Alejandro Reyes tuvo la generosidad de ver mi trabajo, pero es triste que lo haya hecho solo para escudriñar los créditos buscando a quién culpar por el contenido. La única responsable soy yo, como bien lo aclara el municipio paceño. Los creadores culturales estamos siempre solos ante la mezquindad y la generosidad de los otros.

Verónica Córdova es cineasta.

Comparte y opina:

Últimas Noticias