Voces

domingo 25 oct 2020 | Actualizado a 21:08

‘No amo a mi patria…’

Para PP Luque, Carlos López (Lopeco), Cayo Salamanca, Adrián Villanueva. In memorian.

/ 7 de junio de 2020 / 08:35

Así empieza un bello poema de José Emilio Pacheco, titulado Alta traición (1969), poeta mexicano de hueso intenso que sufría los descalabros éticos de sus gobernantes. Su poema continúa: (… ) Su fulgor abstracto/ es inasible/ pero (aunque suene mal)/ daría la vida/ por diez lugares suyos/ Cierta gente/ puertos/ bosques de pino/ fortalezas/ una ciudad deshecha/ gris, monstruosa/ varias figuras de su historia/ montañas y tres o cuatro ríos.

Esta frase de desamor “no amo a esta Bolivia, quiero otra… pero amo sus montañas, sus selvas…cierta gente… y detesto a los políticos”, la escucho con frecuencia de la voz quebrada de amigos cercanos; en sus voces hay indignación y tristeza.

En los últimos tres meses perdimos a tres artistas músicos y a un artista plástico, todos con un ardor y amor por su país que ahora parece languidecer. Dejaron un vacío y nos falta su esperanza, porque todos, sin excepción, pensaban que la vida sería mejor, que hay que continuar, que nuestro pueblo merece días luminosos, que tenemos gran potencial y nuestro futuro no será perverso, que los políticos cambiarán y serán honestos y pensarán en sus proyectos y en los más desvalidos. Se fueron tristes porque nada de eso sucedió.

PP Luque, fundador de la revista de humor político Cascabel, se enfrentaba desde su medio con los políticos corruptos y los dictadores, sus dibujos herían a los malandrines. En la dictadura de Banzer fue exiliado y volvió a su país, que amaba solamente de visita. Su casa era el refugio de los exiliados. Nos encontramos hace seis años en el Museo Nacional de Arte, optimistas, llenos de esperanza. Lloramos y nos abrazamos. Fue la última vez, murió en Guayaquil, en plena cuarentena, no pudieron enterrarlo rápidamente, su cuerpo estuvo peregrinando hasta que por fin, su exilio terminó en su patria adoptiva que ahora sufre por el desgobierno y la improvisación, como nosotros.

Carlos López, cantautor, tuvo una brillante carrera y formó parte de varios grupos de música boliviana y de la nueva canción, como Savia Nueva, junto a César y Jaime Junaro, con Música de Maestros. Se apagó en Cochabamba, antes de salir a escena a cantarle a su tierra.

Cayo Salamanca, cariñoso hasta la médula, el músico de Kanata, que tocaba vientos, concertina y vivía cerca a los cerros de Ovejuyo, que semejan iguanas antediluvianas, paseando con su burro Jacinto. Creo que, en el fondo, era un ser triste. Muchos amigos le debemos las mejores noches de nuestras vidas en el Bocaysapo, donde tocaba la cueca Soledad.

Hace pocos días, después de sorpresivas visitas que hacía a los amigos, desapareció Adrián Villanueva, músico y lutier. Conservo un bello charango que salió de sus manos, lo conservo como un objeto de arte.

Nos conocimos en el Colegio Nocturno Ayacucho en el que tuvimos excelentes profesores, entre ellos al maestro normalista, jurista y médico Saúl Tellería, que entraba a la sala con su copete como cresta y sus bigotes atusados como los del pintor Salvador Dalí, le decíamos Gallo. De él aprendimos lo que significa el Estado, el monstruo que envilece a los ciudadanos, sobre el matrimonio que solo es un contrato civil entre partes ante el Estado y el que el amor es el sentimiento más grande que no cabe en un papel. En una ocasión, nos mandó a que demostráramos nuestras habilidades frente al público estudiantil, porque se preocupaba por el futuro que nos esperaba para “defendernos” de la vida. Pasamos todos al escenario: unos a cantar, otros a contar chistes y otros a tocar. Adrián tocó su quena y el profesor Tellería le dijo: “De eso vas a vivir”. Y así fue, Adrián Villanueva, amante de su pueblo indígena, nunca más dejó la música hasta que sus vientos enmudecieron en Londres.

¿Conocerán algo de estos seres extraordinarios los políticos bolivianos? ¿Por qué tenemos la fatalidad de creer en estos individuos que archivaron su frágil decencia en un oscuro galpón y saltan a corromperse sin importarles la vida? ¿Entenderán algún día los generales con sobrepeso y traje de guerra que invadieron la Asamblea Legislativa que estos bolivianos amaban su patria sin condiciones, como el pueblo llano? No creo.

Edgar Arandia Quiroga,
es artista y antropólogo.

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Por la boca de las urnas hablamos…

/ 25 de octubre de 2020 / 07:09

Una semana antes de las elecciones nacionales, fuimos a distendernos a la bahía de Guaqui, puerto donde las gaviotas marinas hicieron su hogar desde los años 40, atrapadas en los vagones del tren de carga y se adaptaron al lago. Decidimos dar un paseo en bote; desde la popa, una chola sonriente repartía fideos tostados para que estas aves nos persiguieran; así lo hicieron en gran número. Al bajar del bote nos dijo: Este domingo las bocas de las urnas van a hablar por nosotros. Jamachnaka (aves), eso dicen.

Hace algunas semanas comentamos el escepticismo democrático de Borges, quien, después de las elecciones en Argentina —luego de una sangrienta dictadura— manifestó que le habían refutado espléndidamente por sus resultados. Eso nos ocurrió a nosotros cuando entendimos la visión de la señora que delegaba su voz a las urnas dotadas de vida.

El rotundo fracaso de los grupos y asociaciones políticas coyunturales, todas conformadas para enfrentar al IPSP-MAS, fue debido a múltiples factores que ya todos reconocen, entre ellos el absoluto desconocimiento de la Bolivia profunda, a la que éstos califican como premoderna, ignorante y salvaje. El principal candidato de la derecha democrática, Carlos Mesa, nunca pasó la frontera cultural de la Pérez Velasco en La Paz, jamás llegó al Plan Tres Mil en Santa Cruz y menos al mercado Calatayud en Cochabamba, espacios de encuentro y entrelazamientos entre las urbes y áreas rurales. Estos son territorios donde se negocia, celebra y acuerdan acciones. No se acercaron a los cuerpos y por lo tanto no fueron capaces de intentar descifrar cómo se comportarían estas colectividades mayoritarias, para quienes todo tiene vida, desde la tierra hasta un automotor. Ante la arremetida restauradora del viejo orden republicano, restablecieron el silencio como arma de autodefensa, asimilada desde los tiempos cíclicos del awqa pacha, (tiempo de guerra) coloniales, durante la república, en el año de desgobierno que agoniza, y enfrentar a los grupos racistas y conservadores.

 Durante la satanización al anterior gobierno del MAS, no dudaron en usar las peores artimañas jurídicas y comunicacionales que pusieron en manos de crápulas dispuestos a todo por recibir un estipendio jugoso; entonces, como arma, el silencio implicaba saber cernir el trigo del vidrio molido. Ocultaron los combustibles para impedir el desplazamiento en el área rural, sabían que ese voto leal al IPSP no podían voltearlo. Los campesinos caminaron varias leguas, comunidades enteras se desplazaron cargando el apthapi y llegaron a sus centros de votación. El silencio, como instrumento, obligaba caminar por los túneles interconectados que no ven desde la ciudad. Prometieron que el uso del carnet caducado sería válido para la votación ¿Sería cierto? El estar en silencio también implicaba desconfiar. Enormes filas en el Segip durante varias semanas, aseguraron que un posible pretexto de última hora no impediría hacer hablar a las urnas. Los restauradores republicanos aseguraron que el pueblo daría el voto castigo al MAS, pero usaron su gastado lenguaje de odio y estar en silencio comporta, sobre todo, saber oír y castigar al revés.

Ese domingo, en la iglesia de Guaqui, construida con los sillares milenarios de Tiwanaku, donde se venera al Tata Santiago y se baila morenada en su día (25 de julio), hicimos rebautizar con su nombre nuestro viejo automotor, con otras personas. Todo está vivo aquí, por eso se delega a las urnas para que hablen por ellos, por eso en tiempo de apronte belicoso es mejor estar: ¡Callaro… nomás!

Los derrotados en las urnas no salen del shock; prisioneros del internet, creen que hubo fraude. Deambulan en las plazas, confundidos, se resisten a creer que solo vivieron una ficción alimentada por grupos de poder que, desde la televisión y las redes sociales, aprovecharon precisamente eso que indilgan al mundo indígena y cholo, ignorancia. Algunas personas quieren irse a otro país y les responden que las puertas están abiertas de par en par, otros les dicen que más bien estudien la historia de Bolivia pero no en los libros de Carlos Mesa. Sin horizonte, sin líderes creativos, se desvanecerán un tiempo para volver a aglutinarse y conformar una oposición ciega. Las urnas hablaron y ahora empieza lo más difícil.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Lo que el viento se llevará…

/ 11 de octubre de 2020 / 07:08

Con el rostro inflamado por la urgencia, el Procurador General del Estado, en un acto de servilismo para afianzar su nombramiento irregular, presenta  una denuncia, esta vez contra el candidato opositor Arce Catacora. Las otras denuncias contra el partido exgobernante (MAS) nunca tuvieron un efecto preelectoral devastador; ahora queman la última artimaña jurídica contra su candidato con el mismo propósito y luego, lo echan del cargo. Descalificar y destruir al oponente que representa una competencia es parte de la k’uchi guerra preelectoral.

En este escenario, cuasi carnavalesco, otras figuras emergen o reaparecen, así la asambleísta Norma Piérola reapareció en un programa radial, arremetió contra “los comunistas que están por todas partes” y cuándo no, contra el expresidente Morales. Todavía recordamos su grosería ante la primera autoridad del país, cuando se negó a darle la mano y desvío su cuadrado rostro con la altanería de una birlocha que estrena un abrigo de visón. Su odio a la izquierda política y a los indígenas no deja de llamar la atención, porque alguna vez le escuchamos cantar con voz afinada la canción  que le dedicaron al Che Guevara. ¡Qué vericuetos estrambóticos ocurrirán en su poderosa testa para expresar esas rimbombantes contradicciones! Solo ella y su pasado lo saben, por ahora trata —vanamente— de hacerse visible para que alguna tienda política la tome en cuenta. Parece que sus días como asambleísta acabaron, y tal vez pueda emprender una nueva carrera como cantante.

La terrible suerte de Potosí es proverbial, una ciudad que fue reputada por su riqueza y de estar contemplada en la historia como la ciudad más importante del siglo XVII, tiene  asambleístas ineficientes y patéticos; asimismo sus dirigentes políticos son los campeones para dejar a medias cualquier proyecto favorable para su departamento. Pumari, el joven dirigente cívico que se convirtió en un baluarte que impidió la explotación del litio en el anterior gobierno, para después saltar al protagonismo de los movimientos pititeros, desapareció y reapareció, tímidamente.

Ahora Potosí perdió soga y cabra y el Gobierno al que ayudó a tomar el poder, intenta renegociar con una transnacional la explotación del salar en condiciones menos favorables. Perdió soga, cabra y aduanas en una sola acción. Es fácil imaginarse a una persona como él de gobernante. Asimismo, el asambleísta Barrientos, quejumbroso siempre, trata de defender a su gobierno; sin cambiar el tono de mastín apaleado. No opina ni dice nada sobre el litio, solo modula su lastimera voz para hablar siempre lo mismo. Ambos irán a llorar al río.

Doria Medina tiene el innegable talento de reclutar a izquierdistas extraviados alrededor de su fundación-correccional Pazos Kanki; como al extinto Herbert Müller, que llegó a ser ministro de Economía. Tiene capacidad ($$$) de convencimiento, por eso aseguró que convertiría la Casa Grande del Pueblo en un hospital. Cuando cogobernaba no lo hizo, porque era solamente demagogia electoralista que el viento se llevará muy lejos.

El asambleísta Monasterio utiliza el mismo lenguaje procaz del ministro Murillo, no maneja conceptos; con ese talante autoritario es un posible reemplazo del abollado ministro de Gobierno, cuyas acciones contra la población más vulnerable y su enfermiza obsesión azulina, han erosionado su figura y de su excandidata, la Sra. Áñez.

El nuevo ministro de Economía y Finanzas Públicas, Branko Marinkovic, prosigue la política agraria en el oriente boliviano que ya denunció Miguel Urioste en su estudio, Concentración y extranjerización de las tierras en Bolivia (Fundación Tierra 2010), para ampliar la nueva república de la soya transgénica. Cumplió su rol a cabalidad y está satisfecho. En tanto Chi y Camacho usan la Biblia como escudo para sus contradicciones y Tuto Quiroga devela la urgente necesidad de apoyo psicológico.

¿Servirán de algo las elecciones en un país fracturado? Tal vez para prolongar la tregua y ampliar más el abismo entre ricos y una mayoría pobre. Pacificación es solo una palabra vaciada que nos hace dudar de la existencia de Bolivia; espacio territorial en que sus FFAA y su Policía, que cuestan mucho su manutención para cualquier gobierno, actúan como pandilleros y no como instituciones pilares de un Estado. A tal extremo de disolución de la autoestima hemos llegado y este estado anímico, perdurará un buen tiempo.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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El factor ‘khencha’

/ 27 de septiembre de 2020 / 07:24

Cuando Borges calificó a la democracia como un abuso de la estadística, no estaba lejos de la verdad, además concretó su afirmación al citar a Carlyle que la definió como el “caos provisto de urnas electorales”. Cuando la dictadura militar argentina declinaba irreversiblemente (1983) y se llamó a elecciones, reconoció que su dictamen fue refutado “espléndidamente”. No sabemos si eso ocurrirá en Bolivia.

Las últimas cifras de la encuesta electoral confirmaron la condenatoria a los últimos lugares de la señora Áñez, cuyo caudal de votación se esfumaba cada semana   para migrar a otros grupos que fundaron empresas políticas, nombradas en Bolivia como frentes, concertaciones, alternativas, inclusive partidos. El Movimiento Al Socialismo (MAS-IPSP) es la única agrupación que tiene estructura partidaria y presencia en los nueve departamentos de Bolivia y cuyas disputas internas son descarnadas y feroces a la hora de decidir por sus candidatos; es una estructura primaria donde todavía reina el cacicazgo y los lazos verticales y horizontales del compadrazgo.

En las otras empresas políticas no ocurre eso, simplemente la cúpula decide a partir de intereses corporativos, patrimonio personal y cuotas magnánimas para ocupar la proclamada “franja de seguridad”, que no es otra cosa que garantía de impunidad asegurada para que el postulante generoso rescate su capital y lo reproduzca de manera geométrica, sin peligro de ir a la cárcel.

Algunos analistas políticos profesionales y comentaristas aficionados como nosotros, no tomamos en cuenta que la subjetivad de las clases populares no se basa exclusivamente en cálculos estadísticos y matemáticos, sino que existen otros factores que están sedimentados en el ethos de la población marginal, comportamientos no medibles y que crean un espejo ciego que impiden ver otros caminos.

Así, después de la Guerra Federal (1899-1900), luego de la persecución y asesinato de Zárate Villca y sus cercanos colaboradores, “el cholaje y la indiada”, como gustaban valorar a la mayoría de la población en aquella etapa histórica, calificaron al Gral. José Manuel Pando como El K’encha. En el sabroso Diccionario del Saber Popular de Antonio Paredes Candia (1924-2004) se lee: “Khencha, (El).- Lenguaje popular. De carácter político.a. del General de División José Manuel Pando, Presidente de Bolivia (1899-1904)”.

Origen del apodo: fue uno de los promotores de la Revolución Federal donde murieron muchos bolivianos. Las creencias aborígenes dicen que es khencha quien derrama la sangre de sus hermanos. (p. 271-2005).

A estas “creencias” se adhiere una multitud heterogénea de la población y abren múltiples interpelaciones morales a los políticos que usaron el poder para imponer con la fuerza bruta, sus intereses de casta y de grupo. Esta ligazón con la memoria corta y larga precede a la hora de decidir por el candidato y la calificación moral antecede a cualquier valoración de gestión y administración del Estado.

La población excluida, marginal y con índices de analfabetismo funcional o no, juzga a los khenchas en los mercados populares, en los miles de pueblos del área rural. Esa inteligencia ética está incorporada en su vida diaria porque vive en sus muertos de las masacres y actos represivos; cada muerto es una señal y genera solidaridad estableciendo una visión diferente de la clase media y la clase pudiente, tal vez más cerca de los gremiales, obreros y campesinos y lejos de los empresarios.

Al revisar las sañudas disputas que se narran en la historia de un país fracturado como Bolivia, se descubre la enorme cantidad de khenchas a los que tuvo que resistir y sobrellevar la mayoría de los bolivianos, como si la violencia, a partir de la eliminación del opuesto, fuera la única posibilidad de generar un espacio de concertación más o menos duradero.

 Esta sedimentación cultural popular ha extendido su fatalidad no solo a los que matan a sus hermanos, sino también a los que nunca pueden consolidar sus proyectos, porque sus padres o abuelos participaron en masacres y genocidios o se hicieron ricos de manera dolosa con el sufrimiento de muchas personas; por lo tanto cargan un khencherío casi contagioso.

En la memoria popular todavía se recuerda al juez Uría que mandó a fusilar a Jáuregui, en un juicio político por la muerte de Pando; casi medio siglo después, el hijo de éste, fue colgado con Villarroel en 1945.   

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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¡Maten al indio!

/ 13 de septiembre de 2020 / 05:42

Frase recurrente durante toda la historia de Bolivia, a causa de las constantes sublevaciones de las naciones que siempre estuvieron resistiendo a los colonizadores ibéricos y a los otros que llegaron después; inclusive antes  que un grupo de doctorcitos criollos  huayralevas (con las levas al viento) tuvieran la provechosa idea de restaurar sus privilegios coloniales creando un fundo y bautizarlo República de Bolívar para que el Libertador, tocado en su egolatría, aceptara el proyecto. Es decir que la restauración tampoco es una acción política nueva, siempre la pulsión entre el viejo orden aupado por las castas y los sucesivos intentos de cambiarlo tuvieron esa oscilación histórica.

No otra cosa pasó durante la llamada Guerra Federal, entre el federalista General Pando y el constitucionalista Fernández Alonso, cuando el líder aymara Zárate Willka, aliado del General, profesaba” la doctrina según la cual la sociedad andina debía retornar al antiguo orden prehispánico o por lo menos a uno parecido, y esto hace suponer su intención de favorecer, en los hechos, la vuelta del mismo, aprovechando el estado de guerra (pachakuti) en el que intervino”, a decir de Condarco (1969). Este líder aymara emitió una proclama en Caracollo exigiendo respeto, pese a admitir la república con los diezmos y primicias del colonato. En sus partes salientes proclama: “2° Con grande sentimiento ordeno a todos los indijinas que guarden respeto con los vecinos y no hagan tropelías (ni crismes) porque todos los indijinas han de levantarse para el combate y no para estropear a los becinos/tan lo mismo deben respetar a los blancos o besinos a los indijinas porque somos de una misma sangre e hijos de Bolivia y deben quererse como entre  hermanos i con indianos… 4° Tanto hago la prevención a los blancos o besino para que guarden el  respeto con los indijinas según /lo/ epresado en el marjen… (sic) 28 de marzo de 1899”.

Ya sabemos cómo terminó este suceso histórico para llegar a un momento constitutivo inestable: eliminaron a Zárate Willca y establecieron un acuerdo  entre Pando y Fernández Alonso porque  avizoraban que perderían sus privilegios. Nunca cumplieron con la nación indígena sobre la restitución territorial. Los periódicos de la época califican a los sublevados de salvajes, bestias, ignorantes, etc., visión sedimentada en el imaginario criollo mestizo que ha cambiado muy poco y que ahora es acentuada por la prensa audiovisual.

En el Gran Chaco, las constantes invasiones por parte de los herederos de la colonia a los territorios de las naciones indígenas chiriguanas-guaraníes, tapietes y tobas determinaron a los líderes a firmar un tratado de paz el 15 de septiembre de 1884, ante el peligro del exterminio y genocidio de sus pobladores. Seis años antes del estallido de la Guerra Federal, lo que nos hace suponer que existían relaciones entre estos grupos.

Los capitanes nombrados para la firma, elaboraron los temas y presentaron al representante del gobierno, Coronel Estensoro, varios puntos, entre éstos: “Cierren U.U todos los Caminos de la Guerra como lo hemos hecho nosotros i si encontramos en alguna parte sangre; la cubriremos con tierra para que no se conserve ningún recuerdo. Nos hemos inferido grandes males de parte a parte i como ya ahora somos amigos no tenemos que hacernos cargos ni reclamos de ningún género porque si es verdad que nosotros hemos robado ganado vacuno caballar y mular y muerto a caraís (blancos) i hecho cautivas a unas señoras, las que siempre hemos devuelto, Uds. también nos han quitado caballos y mulas nos han hecho cautivos a nuestros hijos y mujeres en número infinito… (sic)”. Este documento tiene el punto cuarto que dice: “Una vez rotos los presentes tratados por parte de U.U, no se aceptaran otros i se declarará la guerra de exterminio completo (sic)” El franciscano Gianechini fue el mediador.

En el Acre (1901) estaban sucediendo similares conflictos con los territorios del caucho, origen de la esclavitud de grupos indígenas; por lo tanto, asegurar que hubo pacificaciones son  eufemismos. Hubo treguas que se fracturan cada década y media para empezar otra vez y buscar el momento constitutivo que siempre será frágil. La acumulación histórica de la exclusión de las mayorías bolivianas sigue creciendo y podemos repetir la historia.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Cambio de clima

/ 30 de agosto de 2020 / 00:41

Diez de la mañana, sol de invierno, una luz traslúcida talla las sombras de un camión y de los enseres de mi compadre Teo que están apilados en la calle. Está abandonando su taller en el que estuvo trabajando casi tres décadas; finalmente sus dueños de casa lo echaron porque no puede ganar para pagar el alquiler y no entienden ni perdonan el atraso. Una parte de este barrio acabará de morir con su partida. No tengo palabras para demostrarle mi cariño y solidaridad, no podemos hacer nada por él, ni por mi comadre y nuestro ahijado. Recuerdo que le presté mi columna para que le escribiera al ministro de Gobierno Murillo y tuviera la ocasión para decir lo que sentía y pensaba sobre el desvarío democrático que fue el preludio de la pandemia y que ocasionó el desastre social que sufrimos. La carta que se publicó, levantó su ánimo y estaba muy orgulloso de haberlo hecho. Ahora se va y me confiesa que consiguió algo en El Alto y que estará bien porque mi comadre cocina y sabe hacer negocios, y que el debate sobre las vacas comunistas quedará en suspenso hasta primavera.

Somos dos viejos camaradas y ya no tenemos miedo de nada, por eso denostamos contra los políticos corruptos y venales que se aprovechan de la generosidad de nuestro pueblo para ser elegidos y luego convertirse en nocivos. Nuestra fe en el Señor del Gran Poder y el Tata Santiago nos permitió mantener la amistad a pesar de las diferencias que alguna vez tuvimos, sobre todo ocasionadas por los sucesos políticos de octubre del año pasado. La pandemia nos ahogó, como a la mayoría, y para consolarle le cuento que mi proyecto  también se vino abajo y tengo problemas. Le digo que ni él ni yo ya no podemos reinventarnos porque lo que hacemos es lo único que sabemos hacer con gusto.

A unas cuadras cerca del taller de mi compadre, está la casa de la señora María Palacios que guarda detención en el Centro de Orientación Femenina de  Obrajes, hace más de medio año. La acusaron de conspiración, sedición y otros supuestos delitos. No le comprobaron nada, ni su supuesta militancia política; su “delito” fue llevar una remesa a la Argentina de los sueldos de PDVSA. Nadie se acuerda de ella y es una flagrante injusticia que se comete porque ninguna persona puede estar privada de su libertad tanto tiempo sin un juicio. Patricia Hermosa, otra señora que estaba con detención, luego de un calvario en que perdió a su bebé, finalmente fue liberada; el exministro Romero y el exalcalde Cronembold lograron detención domiciliaria. Mi compadre fue testigo de cómo invadieron el domicilio de la señora Palacios, como si se tratara de una terrorista y solo encontraron el documento de una pequeña propiedad de su empleada. Su señora madre anciana languidece y solo reza, esperando justicia. La defensora del Pueblo, señora Nadia Cruz, debe actuar, aunque la acusen —como siempre— de defender masistas.

Entretanto, las viejas prácticas de las guerras sucias entre los políticos evidencia la fractura social integral que sufre Bolivia desde la conquista, expresada en el odio racial y el pensamiento medioeval de algunos dirigentes de Santa Cruz que no les permite saltar al siglo XXI y tener líderes de trascendencia nacional. Estos aspectos han engendrado una polarización que no tiene un mínimo de recato a la hora de intentar destruir al rival opositor, hasta el extremo de linchar mediáticamente a una joven. Llama la atención la triple moral, sobre todo de algunas periodistas mujeres que con espíritu maniqueísta tratan de descalificarla y con ella al expresidente para restarle votos a su partido político.  Muchos periodistas de los medios televisivos se han convertido en promotores del regionalismo y del continuismo de la Sra. Áñez y es notorio y explícito su contubernio a la hora de informar sobre el tema y regodearse morbosamente pensando en su peculio. Mientras el crimen del policía Mina, muy cercano al ministro Murillo, ha ocasionado que éste instruya que los aspirantes a policías deben pasar por un examen psiquiátrico. Sería prudente que él diera el ejemplo porque ya lo necesita hace rato.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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