Mozi, un filósofo chino que vivió entre los años 468 y 391 anteriores a la era cristiana, desarrolló una filosofía tendiente a la austeridad y a una especie de utilitarismo social que dictaba que las acciones (sobre todo las políticas) debían medirse por su contribución al mayor bien social.

Esa manera de pensar puede parecer razonable –sobre todo en tiempos de hambruna y escases, como en la China de Mozi, o de pandemia y cuarentena, como en Bolivia y el mundo ahora–, pero también puede resultar engañosa y mezquina. Por ejemplo, queriendo aplicar la economía a todo lo humano, buscando administrar de manera eficiente los recursos escasos, Mozi llegó a sugerir que la música y la danza debían ser abandonadas, porque no servían a ningún propósito útil.

A un mensaje similar han respondido los sectores artísticos de Bolivia ayer, protestando en redes sociales con el lema: “Soy artista, no soy un gasto absurdo”, que –aunque no se trata de una contestación a algo que la presidenta Jeanine Añez haya dicho letra por letra– viene a ser una reacción legítima de repudio a lo que las acciones del gobierno dicen por sí solas; a saber: que está en guerra contra el arte.

En primer lugar, no hay que olvidar que los artistas bolivianos han quedado en una situación de total desamparo por parte del gobierno nacional. Un claro ejemplo –entre muchos– es lo denunciado por medios de prensa a finales de mayo: el gobierno todavía no ha pagado la suma total de los premios a los ganadores de los concursos nacionales de literatura.

En segundo lugar se puede mencionar el ominoso decreto 4231, firmado por la presidenta Añez el pasado 7 de mayo y que le permitía al gobierno ejercer control sobre los contenidos de la producción artística en el país. Por fortuna, la población y los medios de prensa forzaron al gobierno a dar marcha atrás en este caso.

En tercer lugar se tiene que el 28 de mayo la presidenta decretó (D.S. 4245) que las iglesias pudieran beneficiarse con una flexibilización de las normas de cuarentena, de manera que tendrían permitido empezar a congregar personas en sus templos –hasta el 30% de la concurrencia habitual–, mientras que la apertura de cines y teatros –y en general todo tipo de actividad artística pública– quedó explícitamente prohibida. De nuevo fueron las presiones sociales las que lograron que el gobierno diera marcha atrás en esta medida arbitraria y reñida con toda lógica que no sea la de la discriminación.

A esto se suma la reciente eliminación del Ministerio de Culturas.

En fin, se podría seguir enumerando acciones con las que el gobierno actual demuestra que entiende al arte como lo hacía Mozi, como un gasto absurdo o una serie de actividades inútiles. No obstante, el desestimar el arte y combatirla es solo el signo de un gobierno que está corto de vista, por lo que cabe hacer resonar dos pronunciamientos al respecto.

El primero, del editor boliviano Alexis Argüello, quien, en entrevista con el periódico *La Razón*, dijo: “En esta situación (de cuarentena total) se ha visto que lo único que nos queda son los libros, las artes, así que es momento de hablar de su importancia”. El segundo, del ya fallecido escritor argentino Ernesto Sabato, quien en sus días supo admitir –con gran lucidez– que el arte es la única actividad del espíritu humano que puede salvar a las personas de la crisis total en la que está inmersa la humanidad.

Juan Carlos Zambrana Gutiérrez es novelista, cuentista y articulista.