Voces

viernes 5 mar 2021 | Actualizado a 09:07

Brasil está en caída libre ante el coronavirus

Los hospitales están al borde del colapso y en los cementerios se entierra a la gente en fosas comunes

/ 14 de junio de 2020 / 06:29

Han pasado casi tres meses desde la última vez que mi hija pequeña salió del apartamento. Hemos resistido lo mejor que podemos: pasamos incontables tardes en el balcón viendo la calle y contando carros rojos; abrimos y cerramos todas las cortinas; apilamos cajas de pañuelos desechables y hacemos montañas; inventamos historias sobre nuestros vecinos con base en los olores que emanan cuando cocinan. Recientemente, ella ha comenzado a jugar con su propia sombra. Una decisión sabia, porque sus dos padres están exhaustos.

Estar en cuarentena con una niña de dos años es una labor extenuante. Además de eso, mi esposo y yo seguimos trabajando de manera remota —él es un inspector de impuestos para el ayuntamiento—, mientras cocinamos, limpiamos y desinfectamos los picaportes. Día tras día, tratamos de ser positivos. Sin embargo, aunque muchos de nosotros estamos haciendo sacrificios, existen otras personas a las que no les importa en lo más mínimo.

En la ciudad de São Paulo, según datos de ubicación móvil, un poco menos de la mitad de la población cumple con las medidas de distanciamiento social. Es verdad que algunos no tienen otra opción excepto seguir transportándose a sus empleos, ya que son trabajadores independientes a los que no les pagan lo suficiente, trabajadores esenciales o simplemente empleados explotados. Sin embargo, muchos sencillamente confían en los superpoderes de su sistema inmunitario y niegan lo grave de la pandemia o dependen de los esfuerzos del resto de nosotros.

Cada tarde puedo ver desde mi ventana a un grupo de hombres que charlan en la acera y beben cerveza, como si estas fueran unas alegres vacaciones. El otro día fui a la farmacia para surtir una receta médica y vi a un grupo de tres mujeres que estaban en el área de barnices para uñas, sin cubrebocas, por supuesto.

Hace poco, escuché de alguien que había decidido retomar sus clases de pilates, como si su salud fuera más importante que la de los demás.

A finales del mes pasado, Brasil marcó un récord: nuestra cifra diaria de muertes rebasó a la de Estados Unidos. Tenemos una tasa de contagios que garantiza que ocurrirán más muertes. Hemos tenido más de 690.000 casos diagnosticados de coronavirus y 36.000 muertes y, aun así, los números reales probablemente son mucho más altos, hemos realizado pruebas de manera tan limitada que simplemente no lo sabemos. En otras partes del mundo, la curva de crecimiento de infecciones se está aplanando o reduciendo; aquí, más bien está creciendo. Los hospitales están al borde del colapso; igual que las morgues y los cementerios. En la ciudad amazónica de Manaus, las muertes se han incrementado a tal grado que el cementerio principal ha comenzado a enterrar cinco ataúdes al mismo tiempo en tumbas compartidas.

Dado lo sombrío de las estadísticas, uno podría esperar de forma razonable que la población comenzaría a apegarse de manera estricta a los protocolos de salud y seguridad. Sin embargo, eso no está pasando. A medida que los casos se propagan, igual lo hace el desprecio de ciertas personas en las calles por las medidas de distanciamiento social. Y es fácil determinar con precisión una de las principales razones de este desprecio: nuestro Presidente.

Desde el inicio de la pandemia, Jair Bolsonaro ha demostrado desdén por todo lo que no se ajusta a sus intereses personales, especialmente si son noticias basadas en hechos o recomendaciones científicas. En el pasado, dijo que el COVID-19 es un “resfriado miserable” y que el pueblo vería que fue “engañado” por los gobernadores y los medios respecto al brote. El 12 de abril, cuando ya habían muerto más de mil brasileños, proclamó que “el asunto del virus” estaba “comenzando a desaparecer”. Cuando esto resultó falso, pasó sus jornadas combatiendo las cuarentenas estatales y municipales, al calificarlas como desastrosas para la economía del país.

Bolsonaro despidió a nuestro ministro de Salud, Luiz Henrique Mandetta, por respaldar las medidas de aislamiento y al mismo tiempo oponerse a los intentos de Bolsonaro de promover la cloroquina e hidroxicloroquina como tratamientos contra el COVID-19. Durante este tiempo, el Presidente ha continuado asistiendo a mítines progubernamentales en la calle, saludando de mano a sus simpatizantes y reuniendo a grandes multitudes solo para apaciguar su ego.

El 23 de abril, Brasil registró más de 3.300 muertes. Al ser cuestionado sobre la cifra en ascenso, el Presidente respondió: “No soy un sepulturero”. Cinco días —y más de 1.700 muertes— después, dijo: “¿Y eso qué? Lo lamento. ¿Qué quieren que haga?”.

El día que Brasil alcanzó las 11.653 muertes, Bolsonaro emitió un decreto ejecutivo en el que clasificó a los gimnasios, las barberías y los salones de belleza como negocios esenciales que podían reabrir.

(¡Finalmente! ¡Aquellas mujeres en la farmacia pueden ir a hacerse una manicura decente!). Algunos días después, el nuevo ministro de Salud, Nelson Teich, renunció a su cargo, después de menos de un mes en el puesto. El ministro interino es un general en servicio activo del Ejército que no cuenta con experiencia en salud pública y de inmediato designó a otros nueve militares para ocupar cargos en el ministerio.

Al final, Bolsonaro es exactamente como esos tontos que charlan de manera despreocupada en la acera mientras médicos luchan para manejar una afluencia de pacientes en los ya saturados hospitales. Aquellos que lo respaldan eligen el barniz de uñas mientras que a muchos de nosotros nos cuesta respirar en el confinamiento. No solo se aprovechan de los sacrificios de otras personas, sino que también hacen que nuestros esfuerzos sean casi inútiles.

Es posible que una incompetencia tan flagrante al lidiar con el brote, combinada con las diversas investigaciones por corrupción en curso contra Bolsonaro, tendrá consecuencias políticas para él, finalmente. (En medio de la pandemia, ha sido acusado de interferir en investigaciones realizadas por la Policía Federal para proteger a sus hijos). En efecto, algunos han formulado este argumento. Sin embargo, no soy tan optimista.

El índice de aprobación de Bolsonaro tal vez sea bajo —alrededor del 30 por ciento—, pero su base radical, la cual incluye al sector agrícola, a los militares y a los evangélicos, todavía lo respalda, impulsada por la intolerancia y las noticias falsas. El Gobierno también ha logrado forjar una alianza con el poderoso bloque de centro en el Congreso, pues obtuvo su apoyo a cambio de favores políticos.

Así que no creo que haya cambios pronto. Tan solo estamos al principio de una larga, dolorosa y desesperanzadora cuarentena.

Vanessa Barbara
es editora del sitio web literario A Hortaliça, autora de dos novelas y dos libros de no ficción. © The New York Times Company, 2018. Traducción de News Clips.

Comparte y opina:

Trump perdió; Bolsonaro no lo puede superar

Para los populistas de derecha, Trump fue un pionero, un guía, incluso un líder. Su partida marca un revés preocupante.

/ 11 de diciembre de 2020 / 03:46

El presidente de mi país, Jair Bolsonaro, todavía no ha reconocido a Joe Biden como el ganador de la elección presidencial de Estados Unidos. “Me estoy aguantando un poco más”, comentó, y agregó que hubo “mucho fraude” en las elecciones. Es una respuesta comprensible, pues parece que le cuesta mucho aceptar los hechos. Piénsalo: es un tipo que sigue afirmando que la hidroxicloroquina es la cura para el COVID-19. Sostiene que la pandemia es una exageración. Asevera que Brasil nunca tuvo una dictadura militar. Asegura que la Amazonía no se está incendiando.

Como uno de los aliados más feroces del presidente Donald Trump en la escena mundial, Bolsonaro sin duda no está listo para llorar la partida de su colega. Está en la fase de la negación.

Y tal vez sea por una buena razón. El destino de Bolsonaro, quien aceptó el sobrenombre de Trump de los Trópicos, y el de su homólogo estadounidense están entrelazados. Y como las fuerzas de la oposición parecieran ganar fuerza, a Bolsonaro quizá le preocupa que, después de la derrota de Trump, llegue la suya.

A pesar de todo el entusiasmo de Bolsonaro hacia Trump —“Cada vez estoy más enamorado de él”, admitió el año pasado—, los beneficios han sido bastante pobres en la realidad. Para empezar, después de su primer viaje a Estados Unidos, Bolsonaro puso fin a los requisitos de visado para los visitantes de este país. La medida no ha sido correspondida. Además, a diferencia de la mayoría de los presidentes estadounidenses, Trump nunca visitó Brasil. (¡Qué grosero!).

Luego, tenemos la economía. En 2019, Brasil accedió a ceder algunos beneficios en la Organización Mundial del Comercio a cambio del respaldo de Estados Unidos para la candidatura de Brasil a la membresía de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, una maniobra que el Gobierno esperaba aumentara la confianza de los inversionistas en la economía del país. Esto no ha ocurrido. Bolsonaro también les dio concesiones comerciales especiales a los productores de trigo y etanol de Estados Unidos, un proceso que perjudicó al sector agrícola del país. Para corresponder el favor, el gobierno de Trump impuso aranceles al aluminio brasileño.

El. Peor. Amigo. De. La. Historia.

No obstante, la administración de Trump le dio una gran victoria a Bolsonaro: tuvo la libertad de actuar en la Amazonía a placer. Esto implicó el debilitamiento del cumplimiento de las regulaciones ambientales, las cuales, en su opinión, “no protegen nada”. Bolsonaro se ha hecho de la vista gorda mientras los rancheros, los leñadores y los mineros han saqueado la selva. La destrucción se disparó durante su gobierno: este año, la escala de deforestación en la Amazonía brasileña aumentó a un máximo no visto de 12 años.

Al desatar tal caos ambiental y humano, Bolsonaro pudo actuar con impunidad; después de todo, tenía la bendición de Trump. “He llegado a conocer bien al presidente @jairbolsonaro en nuestros tratos con Brasil”, tuiteó en 2019 el Presidente estadounidense. “Está trabajando arduamente para resolver los incendios de la Amazonía y en general está haciendo un gran trabajo con el pueblo de Brasil”.

Ah, qué días aquellos. Es poco probable que Biden sea tan permisivo (y, Dios quiera, pase menos tiempo en Twitter). Ahora que Estados Unidos ya no estará liderado por alguien que cree que el cambio climático es un engaño, Bolsonaro debería esperar mucha más presión.

Siendo justos con Bolsonaro, parece estar consciente de la posibilidad que el gobierno de Biden restrinja su capacidad de maniobra. “Hace poco, vimos a un gran candidato para jefe de Estado decir que, si yo no apagaba el fuego en la Amazonía, le impondrá barreras comerciales a Brasil”, mencionó Bolsonaro en noviembre, para referirse a una declaración que realizó Biden. Sin embargo, no hay de qué preocuparse: tiene un as bajo la manga. “No basta la diplomacia”, opinó Bolsonaro. “Cuando se acaba la saliva, uno debe tener pólvora, si no, no sirve de nada”.

Es posible —necesario, yo diría— ridiculizar estas palabras como si vinieran de un loco. No obstante, debajo de la bravuconería está el reconocimiento de Bolsonaro de que la situación está cambiando, y no para bien. La derrota de Trump no solo le roba una presencia amigable (al menos en teoría) en Washington, sino también un alma gemela. Para los populistas de derecha, Trump fue un pionero, un guía, incluso un líder. Su partida marca un revés preocupante.

Claro está que esa es la opinión (¡y la esperanza!) de muchos brasileños. La victoria de Trump en 2016 parecía profetizar el ascenso del propio populista disidente de derecha del país; tal vez la salida de Trump sea igual de profética. ¿Quién sabe? A juzgar por los comentarios recientes de Bolsonaro —“La esperanza es lo último que muere”, declaró el día posterior a las elecciones— , el pensamiento le debe haber pasado por la cabeza.

Pero, Bolsonaro no se desanima con facilidad.

Promete mantenerse firme en su puesto.

Después de todo, Trump “no era la persona más importante del mundo”, como dijo el mes pasado. “La persona más importante es Dios”.

Vanessa Barbara es columnista de The New York Times.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

El coronavirus y las certezas de los tontos

Vivimos en una época en la que hay más preguntas que respuestas. Tengan cuidado con cualquiera que piense diferente, en especial con los presidentes

/ 17 de abril de 2020 / 06:56

Mis primeros síntomas comenzaron la mañana del lunes 23 de marzo. Me estaba recuperando de una enfermedad desconocida que mi hija trajo a la casa de la guardería (todavía no estábamos seguros de qué era) cuando me dio fiebre. Decidimos que mi esposo era el culpable; mi hija y yo habíamos estado aisladas en casa durante 10 días porque estábamos enfermas de otra cosa. Él, por otro lado, todavía iba a algunas reuniones de trabajo y salía de la casa para comprar víveres.

Ese primer día tuve un poco de fiebre y me dolía mucho la cabeza. También perdí el sentido del olfato y desarrollé náuseas y dolor de oídos. Llamé a una otorrinolaringóloga y le dije mis síntomas; ella pidió examinarme en el hospital. El martes fui a verla, parecía una astronauta debido a todo su equipo protector, y rápidamente descartó una infección bacterial. Me recetó un antipirético y un medicamento para aliviar el exceso de mucosidad. Después, me ordenó estar en cuarentena en casa —de nuevo—, esta vez por ser un caso sospechoso de COVID-19.

En Brasil, hasta hace muy poco solo a los casos más graves se les hacía la prueba del nuevo coronavirus. Así que pasé la siguiente semana en la incertidumbre: ¿había contraído COVID-19 o no? ¿Contagiaría a mi hija de 21 meses? ¿Cómo cuidaría de ella en un estado tan deplorable? ¿Necesitaría ser hospitalizada pronto? Ya me sentía drenada por los intensos cuidados maternos de los días anteriores, y repentinamente tenía que seguir haciendo exactamente lo mismo, pero con fiebre. Me pregunté cuáles eran las tasas de recuperación de las mamás exhaustas. Al mismo tiempo que yo enfrentaba este miedo e incertidumbre sin precedentes, mi Presidente parecía tener certeza absoluta acerca de todo.

Durante semanas, Jair Bolsonaro ha minimizado la gravedad de la crisis por el coronavirus; desestimó el brote y lo tildó de “fantasía”, calificó las medidas para combatir al virus como “histeria” y describió la enfermedad como un “resfriado insignificante”. Bolsonaro propaga desinformación peligrosa, sobre una cura no probada, por ejemplo, y ridiculiza de manera pública las medidas de cuarentena. Ignora las estadísticas, la evidencia científica y las recomendaciones de los especialistas como si solo él estuviera dotado de una fuente misteriosa de sabiduría. Actúa con la certeza de los tontos.

Cuando a mediados de marzo los gobernadores y alcaldes brasileños comenzaron a hacer obligatorias las medidas de confinamiento, Bolsonaro los acusó de haber caído en un estado de pánico. “Nuestras vidas tienen que continuar”, dijo, como exhortación a todos a dar marcha atrás a las restricciones. Posteriormente cedió un poco, al decir que “todos nos vamos a morir algún día”. Porque esa es la clase de estadista que es. Afortunadamente, la mayoría de nosotros no hemos escuchado al Presidente. De hecho, pocos todavía lo escuchan.

Mi ciudad, Sao Paulo, es el lugar que ha recibido el mayor impacto del brote en Brasil, y eso es suficiente para mantenernos alertas (no hay tiempo para prestar atención a declaraciones delirantes como el llamado de Bolsonaro a un día nacional de ayuno y oración para “liberar a Brasil de este mal”). Cada día, el Mandatario queda más aislado (lo digo de manera metafórica: los índices de aprobación de su Ministro de Salud y de varios gobernadores están al alza, mientras que el suyo se ha desplomado).

De regreso a la realidad, el fin de semana llegó y mi fiebre bajó, pero todavía tenía un dolor de cabeza persistente. Para ese entonces ya sabía que la segunda semana del ciclo de la enfermedad era la realmente crítica, cuando los pacientes mejoran o enferman más. Traté de no tener un ataque de pánico porque, de tenerlo, no sabría cómo determinar si la causa de mi dificultad para respirar era la enfermedad o una ansiedad intensa. Hasta ese momento el país había registrado 4.309 casos confirmados de COVID-19 y 139 fallecimientos, 98 de ellos en Sao Paulo.

El martes 31 de marzo logré programar la visita a un profesional de la salud para que me hiciera la prueba del coronavirus (tuve que pagar 73 dólares). Fue la prueba PCR, sigla en inglés de reacción en cadena de la polimerasa, en tiempo real. Este examen detecta rastros de material genético viral presentes en las secreciones respiratorias. Los resultados tardarían cerca de dos días. Para entonces, mi dolor de cabeza había disminuido a un nivel mucho más tolerable y podía de nuevo oler el dulce aroma del pañal lleno de mi hija. Recuperé mi apetito (aunque no cuando estaba cerca de su pañal). Reanudamos nuestras sesiones de madre e hija de baile de tap alocado en el balcón. Sentí una vaga sensación de victoria. Para el viernes 3 de abril, Brasil tenía 9.216 casos confirmados y 365 decesos.

Posteriormente, el sábado 4 de abril, mis resultados salieron negativos. Y la incertidumbre volvió: ¿fue la influenza todo este tiempo? ¿O tal vez un falso negativo? (un estudio chino indica que la tasa de falsos negativos de las pruebas PCR podría ser del 30%). Un resultado positivo habría sido al menos algo concreto con qué lidiar, una certeza extraña en medio de toda esta ansiedad generada por el coronavirus. A medida que pasan los días, me quedo pensando cuándo o si en algún momento contaremos con pruebas serológicas (las cuales detectan la presencia de anticuerpos de una enfermedad en específico) para poner punto final a la cuestión. Estaba donde había comenzado, solo que más exhausta esta vez y con dolor de cabeza, aunque un poco menos intenso.

Además de la terrible pérdida de miles de vidas, el coronavirus nos ha golpeado con una ola de incertidumbre. Nos preocupamos por nosotros mismos y por nuestros padres. Nos preguntamos qué pasará después, cuándo comenzará a aplanarse la curva, cuánto durará esto. Las pruebas masivas a la población todavía parecen ser la forma más rápida y certera de detener la propagación del virus, pero, cuando llegó mi turno, aprendí que incluso eso está plagado de ambigüedades. Sin embargo, en este momento tal vez solo los tontos tienen certezas.

Vanessa Barbara es escritora y periodista brasileña, colaboradora de The New York Times. ©  The New York Times Company, 2020.

Comparte y opina:

La Policía brasileña está fuera de control

Las redadas forman parte de una desastrosa política para combatir el tráfico de drogas en Río de Janeiro. En un vecindario de clase media este tipo de actos de terrorismo de Estado serían prácticamente inconcebibles.

/ 20 de marzo de 2020 / 20:26

Eran aproximadamente las cinco de la mañana de un martes cualquiera. Estaba sentada en el sofá comiéndome un pan tostado cuando recibí una notificación de Facebook que decía que acababa de iniciar una redada policial. “Por favor, no salgan de sus casas”, leí. “Si están en la calle, ¡busquen un lugar para refugiarse!”.

Las clases se cancelaron esa mañana. Tanques blindados pasaron por las calles, aparentemente disparando de forma aleatoria. Hacia las ocho de la mañana, de acuerdo con los reportes, oficiales de la Policía irrumpieron en algunas viviendas y torturaron a los residentes. Otros se dirigieron a las azoteas para establecer guaridas de francotiradores. La operación duró todo el día. Fue algo totalmente habitual.

Por supuesto, eso no sucedió en el lugar donde vivo, un vecindario de clase media en Sao Paulo, donde este tipo de actos de terrorismo de Estado serían prácticamente inconcebibles. No, la operación se realizó el mes pasado en Complexo da Maré, un conjunto de 16 comunidades de favelas en Río de Janeiro, donde viven aproximadamente 140.000 personas.

Hace algunos meses, empecé a seguir la página de Facebook “Maré Vive” en un vago esfuerzo por comprender lo que se siente vivir en una favela de Río. Para mantener a los residentes a salvo, la página comparte información y actualizaciones en vivo sobre las redadas policiales en la comunidad. Casi todas las mañanas, cerca de las 5.00, recibo su pronóstico diario. ¿Estará todo en calma hoy en la favela? ¿O ya los tanques están rodando por las calles? Es casi como un pronóstico del tiempo… si pudieras cambiar impermeables por chalecos antibalas.

Sin embargo, yo podría apagar la computadora y olvidar todo ese asunto inmediatamente si quisiera. Los residentes no pueden. En 2019, según un informe realizado por la organización sin fines de lucro Redes da Maré, se realizaron 39 operaciones policiales en el complejo —una cada 9,4 días—, que duraron casi 300 horas y dejaron un saldo de 34 personas fallecidas (ninguna de ellas fue una persona blanca). Se perdieron 24 días escolares (las clases se suspenden cuando hay una redada policial).

Las redadas forman parte de una desastrosa política para combatir el tráfico de drogas en Río de Janeiro. Las fuerzas de seguridad del Estado siempre han sido violentas y nunca le han rendido cuentas a nadie por sus acciones en las favelas, pero la situación incluso ha empeorado durante el mandato del presidente de extrema derecha Jair Bolsonaro y su aliado Wilson Witzel, gobernador de Río de Janeiro.

Witzel ha prometido “masacrar” a los criminales en las comunidades, y ha dicho que la Policía Militar debe “apuntar a sus pequeñas cabezas”. Esta es la esencia de su política de seguridad pública, que solo consiste en una retórica fuerte contra la delincuencia, darle carta blanca a la Policía y nada más. El año pasado, Witzel afirmó que debería tener el derecho de lanzar un misil a una favela para poder “volar en pedazos a estas personas”. Promueve incesantes y letales invasiones policiales en las comunidades pobres en búsqueda de bandas de narcotraficantes, sin reconocer que la mayoría de los residentes son ciudadanos trabajadores que respetan la ley.

Como resultado, los asesinatos policiales en Río de Janeiro alcanzaron una cifra récord en 20 años el año pasado, con 1.810 personas asesinadas por las fuerzas de seguridad, casi cinco muertes al día (22 oficiales de la Policía fueron asesinados en el mismo periodo). Las fuerzas policiales son actualmente responsables del 43% de todas las muertes violentas en el estado, un número asombrosamente alto incluso para estándares brasileños.

Si bien las autoridades alegan que la mayoría de las víctimas eran miembros de pandillas que se involucraron en enfrentamientos con la Policía, muchos casos muestran señales de haber sido ejecuciones extrajudiciales. En otros casos, las víctimas fueron transeúntes inocentes atrapados en el fuego cruzado: seis niños murieron el año pasado durante redadas policiales realizadas en las comunidades más pobres de Río de Janeiro (la mayoría de estos asesinatos siguen sin resolverse). Otras víctimas fueron atacadas por error; si eres negro y vives en una favela, cualquier cosa que tengas puede ser confundida con un arma. Varias personas han sido asesinadas por tener un paraguas, un gato hidráulico, un teléfono o una mochila. Hace cuatro años, un muchacho de 16 años fue asesinado porque se pensó que su bolsa de palomitas de maíz contenía drogas.

En los vecindarios más pobres, los episodios aleatorios de violencia, tortura, humillación y agresión verbal ejecutados por la Policía son tan comunes que ya tenemos una palabra en portugués para ellos: “esculacho”. Esta palabra se refiere al trato denigrante de los oficiales de la Policía a los ciudadanos pobres y negros. ¿Tirar abajo una puerta, despertar a todos dentro de la casa, apuntarles con fusiles en la cabeza y acusarlos de consumir drogas? Eso es un esculacho bastante común. “Nuestra sociedad ha construido la idea de que la favela es inferior, de que la gente que vive allí vale menos”, afirmó el periodista y activista Raull Santiago durante una entrevista con The Guardian. Santiago es cofundador de Papo Reto (charla directa), un grupo similar a Maré Vive que monitorea los abusos policiales en la favela Complexo do Alemão, también en el norte de Río de Janeiro.

El año pasado, Santiago grabó y transmitió varios episodios de policías en helicópteros blindados disparándole a su vecindario desde las alturas. Esa práctica de disparar desde helicópteros se ha intensificado en los últimos dos años de tal manera que una escuela en Complexo da Maré tuvo que instalar un enorme letrero amarillo en la azotea que dice, en mayúsculas: “Escuela, no disparen”.

Al menos dos personas murieron y dos resultaron heridas en la redada “habitual” de Complexo da Maré que mencioné antes, la cual tuvo lugar el 18 de febrero. Las autoridades encontraron un fusil y dos transmisores de radio. Es evidente que estas redadas policiales salvajes y aleatorias no son efectivas para combatir el crimen organizado o el tráfico de drogas. Sin duda funcionan para socavar cualquier confianza que los residentes puedan tener en la Policía, la cual debería estar protegiéndolos, y en el Gobierno, que debería al menos reconocerlos como ciudadanos.

No sé qué tenga que pasar para que las autoridades entiendan que las personas que viven en las favelas merecen, como cualquier otra persona, el derecho a comer en paz y, bueno, a mantenerse con vida. Pero tengo una sugerencia. Instalemos un letrero en cada azotea y en cada calle que diga: “Seres humanos, no disparen”.

* Es escritora y periodista, editora del sitio web de literatura A Hortaliça (El Vegetal, en español), colaboradora de The New York Times Company. © 2020 The New York Times Company.

Comparte y opina:

Últimas Noticias