Voces

sábado 19 jun 2021 | Actualizado a 06:16

Paso siguiente: colapso

La capacidad de respuesta de los niveles gubernamentales y decisorios del país ha sido superada

/ 18 de junio de 2020 / 05:25

“La libertad de opinión es una farsa si no se garantiza la información objetiva y no se aceptan los hechos mismos”. Este es un pensamiento que Hanna Arendt expresaba para agregar que solo con la discusión “humanizamos aquello que está sucediendo en el mundo y en nosotros mismos, por el mero hecho de hablar sobre ello; y mientras lo hacemos, aprendemos a ser humanos”. Esta claridad hoy ausente en el momento de crisis multisectorial que ha polarizado a nuestra sociedad hasta extremos de no admisión de la calidad humana del otro, impide establecer un diálogo liberado de adjetivos y asociaciones negativas para buscar comprender, sensatamente, nuestra situación sin caer en realidades paralelas.

Las crisis no son hechos epifenoménicos y menos aún complejidades estacionarias, expresan dinámicas en movimiento, siendo por lo tanto progresivas, que arriban a una etapa hasta agotarse y avanzar a un estadio superior. La fase continua a la crisis es el colapso. Bolivia se apresta a ingresar en un colapso extendido, que no solo será político sino también ético, producido por la agenda sanitaria al servicio de las pretensiones partidarias y personales.

Los españoles utilizan el término “desnortado” para referir a un gobierno extraviado y “desautorizado”. Este hecho que aplica en la coyuntura boliviana va configurándose en sensaciones de frustración que se instalan en la sociedad con una mirada a ocho meses perdidos. La carencia de una debida hoja de ruta, y el acudir a una visión esquizofrénica del conspiracionismo constante como recurso argumentativo final de una gestión que ha traspapelado su mandato único, le permite acreditar solo una alta capacidad para acelerar el paso de su gobierno hacia esta fase de desorden y desgobierno pleno.

Claramente, el colapso expresa la forma en la que el gobierno se relaciona con el hecho adverso. Este axioma, no meditado y considerado como variable esencial y, por lo tanto, pocas veces debatido, explica de forma evidente las diversas respuestas, no acertadas y contradictorias que da la actual administración ante la crisis multisectorial instalada. El colapso absoluto es la consecuencia constatada de procesos humanos junto a una sumatoria de acciones equívocas, de una conciencia ahistórica con la configuración socio económica y cultural del país y sus diversas sociedades, y decisiones con prioridades individuales y políticas, pero distantes de la urgencia colectiva. 

La capacidad de respuesta de los niveles gubernamentales y decisorios del país ha sido superada y las disposiciones que se van asumiendo evidencian una preocupante falta de preparación, esta carencia es la vía directa al colapso. Las respuestas reactivas evidencian lo improvisado de la gestión. Ante la amenaza, el miedo y el desconcierto, la decisión vuelve a ser el encierro y la reclusión, condenando a miles de bolivianos a días de hambre y violencia.

Entonces, muy dados los bolivianos a realizar miradas retrospectivas, algún día nos preguntaremos, dónde nos equivocamos con las acciones de freno a la pandemia y la respuesta será, posiblemente, que esa construcción que señalaba el paso de la cuarentena rígida (confinamiento, asilamiento, temor, fin de la normalidad y del mundo) a la cuarentena flexible (salidas controladas, cuidándose pero no tanto) mostró que la principal causa de la enfermedad fue el error humano en la gestión de la pandemia misma, y que conclusivamente, faltaron capacidades políticas y lealtad con los bolivianos hasta conducirnos al colapso absoluto.

Jorge Richter Ramírez es Politólogo

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LA DERECHA INSUSTANCIAL

La derecha ya no busca el poder por un fin filosófico o ideológico, sino por el beneficio que da desmantelar el Estado.

/ 6 de junio de 2021 / 17:39

DIBUJO LIBRE

Lo que asfixia a la derecha boliviana no es el largo tiempo de una vida política errabunda, vacía de pensamiento y sin miradas propias del país que ambicionarán construir. El fondo de ese extravío se explica en la carencia de una identidad propia y nacional y en el alejamiento casi natural de dos factores sustanciales que concluyen siéndoles extraños: las injusticias instaladas en la sociedad y su incomprensión de las formas construidas y necesarias de libertad e igualdad social.

Agustín Tosco, aquel dirigente sindical argentino que tributó su vida, infatigablemente, por los derechos de las clases trabajadoras, protagonista determinante en la gesta conocida como el Cordobazo, (protesta obrero-estudiantil, acaecida en Córdoba, Argentina, los días 29 y 30 de mayo de 1969, en oposición a la dictadura militar presidida por Juan Carlos Onganía) dejó un pensamiento y una reflexión de compromiso infinito: “…Hago lo que hago porque quiero a la justicia. Si bien yo nací en una familia de pequeños propietarios y no he experimentado la injusticia que sufre tanta gente, tantos trabajadores, sé que no solo lucha contra ella quien la padece, sino también quien la comprende”. Sin un sentido de las injusticias que inciden determinantemente en la vida y dignidad de hombres y mujeres, no es posible transitar el camino de la demanda interminable, la urgente profundización de la democracia. El conservadurismo nacional padece de ello.

En noviembre de 2019, los grupos conservadores, los de radicalidad extrema y aquellos contemporizadores con el centro político, articularon esfuerzos para componer, tras largos años de ausencia en la administración del Estado, la ofensiva antidemocrática. Los ejes discursivos utilizados en referencias constantes a “recuperar la democracia”, a “retornar a la libertad y la institucionalidad del Estado” y al “fin del autoritarismo” solapaban la pretensión última: un desembarco en el Estado con fines de urgencias personales, de grupo y corporativas siempre económicas y nunca en perspectiva histórica transformadora. El concepto de Estado no tenía sustancia ideológica, se simplificó exclusivamente en una mirada utilitarista de vaciamiento económico. Las estructuras ocultas en la lógica policial que construyó el noviembrismo, con perfiles propios de crimen organizado e internacionalizado, develan la esencia de una derecha que rastreó el poder y la administración del Estado en una perspectiva de posibilidades eventuales de apropiación y uso personal. Albert Camus expresó una máxima de dimensiones inagotables en el tiempo y que aplica al interés en referencia al poder: “Se trata de servir a la humanidad con medios que sigan siendo dignos en medio de una historia que no lo es”.

La urgente inclusión social en la construcción de una sociedad equilibrada que diluya las formas de discriminación a sectores sociales marginados históricamente, condenados a vivir en la periferia de las decisiones políticas y la vida social, prueba que las clases dominantes resisten en formas que generan nuevos antagonismos. El conservadurismo en Bolivia ha desarrollado un imaginario de democracia que tiene en el concepto solo un beneficio discursivo, actuando en la práctica con métodos sobrecargados de autoritarismo e intenciones regresivas a las viejas lógicas del Estado noventista, esto es, una clase media radical y dominante como única articuladora de la administración de Estado y sectores sociales y populares con representaciones marginales.

La ofensiva antidemocrática. Lo que la derecha conservadora hace en el país es cuestionar el Estado Plurinacional, las formas de inclusión social y la capacidad lograda por los movimientos sociales de articular un enorme bloque con toda la corporatividad popular en conductas electorales homogeneizadas hasta consolidar una potencia electoral casi invencible. La negación del país plural y diverso, su desprecio racializado por la gente campesina, originaria e indígena en un maltrato que llega a las culturas ancestrales y a las nuevas identidades ya hoy politizadas, los convierte en representantes de la intolerancia y la hostilidad sempiterna.

Los procedimientos de poder expuestos por el noviembrismo en 2019 evidenciaron el ánimo de implementar un Estado Policía a partir del cual se reconfiguraron las intervenciones del mismo, disminuyéndolas para favorecer las prácticas neoliberales. El nuevo neoliberalismo se exaspera con las formas manifestadas por los movimientos sociales, las identidades y las maneras colectivas de comprender la libertad. La ofensiva antidemocrática es la presencia del neoliberalismo impaciente, la exaltación de la libertad individual extrema que estando carente de posibilidades democráticas y electorales recurre a los inéditos formatos que sugiere el neogolpismo. La libertad ultraindividualizada fragmenta el movimiento popular. En palabras de E. Hayek, “la democracia es esencialmente un medio, un instrumento utilitario para salvaguardar la paz interna y la libertad individual”. El sentido de Hayek apunta a un retorno de las formas duras de un capitalismo de mercado que desprecia la conformación de Estados fuertes; Robert Nozick con su planteamiento del Estado mínimo, restringido únicamente a funciones de orden y establecimiento de la ley; Brzezinski y la sugerencia de “separar el sistema político de la sociedad y empezar a concebirlos como entidades separadas”. Los actuales teóricos de la nueva derecha en el mundo que interpelan, en un extremo preocupante, el sufragio universal. Alain de Benoist se expresa al respecto diciendo que “la democracia pone a todos los individuos en un mismo plano haciendo caso omiso de las importantes diferencias que existen entre ellos. Siendo el resultado una uniformización y masificación de los ciudadanos, lo que revela el carácter necesariamente totalitario de la democracia”. En suma, un vasto desarrollo de quienes construyen sus ideas en el lado derecho del pensamiento político.

Carente incluso de estas ideas, el conservadurismo boliviano se ve comprimido a una voz en el vacío mientras aguarda un error histórico del movimiento popular. Pero cuando ya su paciencia se reduce a grados no administrables, opera en la subversión, la desestabilización y la gesta rupturista. El por qué busca el poder del Estado ya no es una cuestión filosófica e ideológica, sino el enorme atractivo de los beneficios que concede la desmantelación de la estructura estatal.

 (*)JORGE RICHTER R. es politólogo, actual Vocero presidencial

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NARRATIVA, POLÍTICA Y REALIDAD

La narrativa del ‘fraude’ expresa un intento de validación del pensamiento no democrático.

/ 23 de mayo de 2021 / 21:05

DIBUJO LIBRE

Cuáles son los hábitos dominantes del análisis político en nuestros espacios mediáticos? El criterio interpretativo de valoraciones subjetivas y personales reducidas a la exposición simplista del “yo creo” y “yo pienso”, expuestas con una carga de mayor histrionismo y extravagancia como muestra veraz de convicción en la exhibición de la verdad “conseguida y defendida”, podría ser una respuesta a la interrogante inicial.

Las sociedades se fragmentan de formas infinitas, se polarizan y se distancian en apariencia irreconciliable, esto porque la naturaleza de ellas se caracteriza por miradas y sentires variados en las maneras de gobernarse y de disipar sus prioridades e intereses. Se instalan entonces significantes vacíos, palabras o imágenes, en los hechos términos privilegiados, significantes sin significado que condicionan los constructos discursivos de manera determinante en este tiempo político.

Los hechos acontecidos en 2019 conservan a nuestra sociedad enfrentada ahora en interpretaciones, significantes, categorías y conceptos: una narrativa que habla de Fraude y No- Golpe frente a una vívida realidad de Golpe de Estado y Gobierno No Constitucional. El problema de fondo trata sobre la desesperada impunidad que buscan, unos por su participación en aquellos días de muerte y dolor y, otros, en la búsqueda de memoria urgente por la ruptura institucional y la violación de los derechos humanos de una extensa y dramática lista de hombres y mujeres bolivianas.

La instalación de la narrativa post noviembrismo llega en el propósito de sobresimplificar premeditadamente la ruptura constitucional en un hecho —improbado a hoy— como fue el relato del fraude. La construcción ficcional de la derecha conservadora se asienta, desde entonces, en un extenso eje discursivo polivalente que pretende soterrar e invisibilizar el neogolpismo propiciado desde el conglomerado político, cívico, empresarial, mediático e institucional del país.

El relato de quienes subvirtieron el orden constitucional inicia con la instalación de un imaginario gesto épico que llamaron “la revolución de las pititas”. Los hechos de la realidad develaron que aquello fue un intento regresionista, un camino al tiempo del Estado neoliberal, caracterizado por clases sociales privilegiadas y dominantes, fuertemente transversalizado por miradas de soslayo racializado y favorecimiento de intereses económicos. Algo así como una síntesis desagradable de la historia de un país plural donde millones de seres estuvieron penados, filosóficamente, en el anonimato cruel de una vida resignada a los contornos de lo social y lo político.

La narrativa del fraude expresa un intento de validación del pensamiento no democrático, con intencionalidades inocultables de repudio a la diversidad, a la otredad y a las ideas inclusivas. Un relato con dos momentos: una acción rupturista y de implementación de las nuevas formas de golpe de Estado que buscan ser normalizadas y aceptadas como metodologías modernas y admitidas de recambios y alternancias gubernamentales; y una práctica constante sobre la conciencia de la individualidad del ciudadano, distorsionando lo que se sabe, lo que se piensa y aquello que se siente en relación a las experiencias presenciadas e innegables.

El relato/narrativa ficcional del fraude, de la revolución democrática de las pititas, de la sucesión constitucional y de la recuperación de la libertad y la institucionalidad democrática expresa en términos transformadores, la reificación de lo social y popular que, ante el fracaso en su tiempo de gobierno, pretende excusar responsabilidades y culpas. La construcción discursiva del fraude es el camino a la desesperada impunidad primero y a la normalidad de las formas rupturistas después.

Frente a la narrativa del fraude indemostrado hasta hoy, después del uso discrecional del poder propio de un gobierno amparado en la fuerza militar, de la presencia de un representante personal —con afinidades políticas y de clase indiscutidas— en la mayor instancia electoral del país, se coloca la realidad evidente que se cuenta y comprueba: aquel enorme grupo de personas propiciadoras de la ruptura de la secuencia constitucional de un gobierno electo, configuraron un Golpe de Estado para instalar en Bolivia un Gobierno NO Constitucional que violentó derechos, hirió y laceró a cientos de ciudadanos; hostigó, encarceló y en muestra de su inacabado desprecio por la vida humana de los bolivianos, también finalizó abruptamente con la vida de 37 ciudadanos.

La narrativa del fraude enceguece argumentalmente cuando ante ella cuestionamientos irresueltos no encuentran respuesta. La señora Áñez, figura visible del noviembrismo, instrumentalizada por políticos tradicionales, grupos de poder e instituciones, pero también incontrolada en su desesperación de poder desmedido, siempre supo y así se refirió a los medios de comunicación de forma antelada el mismo 10 de noviembre, que debía dar cumplimiento a los artículos 161 y 154 de la CPE (esa misma que ella como constituyente ayudó a redactar) “tendría que convocarse a una asamblea para poner en consideración las renuncias de los primeros mandatarios… primero convocar para consideración de la asamblea las renuncias, así viene la sucesión constitucional…” declaraba la señora Áñez el mismo día que el Mando Militar, horas antes había “sugerido” la renuncia de Evo Morales y Álvaro García Linera.

Un día después vuelve a hablar, y dice que las Fuerzas Armadas le transmitieron que ellas estaban comprometidas con las fuerzas cívicas y que éstas “pretenden acompañar este momento tan difícil”, en la misma declaración dijo estar también en contacto con los organismos internacionales. “Primero voy asumir la presidencia del Senado”, fue su otra declaración. En tanto, políticos de la vieja partidocracia, miembros de organizaciones internacionales y eclesiásticas — que hoy recortan la verdad de los hechos— ya habían concertado que la sucesión era con la señora Áñez, para ello el operador político/ jurídico del eterno representante de la derecha boliviana realizaba consultas personales ante el Tribunal Constitucional (los señores de la reunión en la Católica así lo expresaron) y así encontrar una forma “constitucional” que invierta la inconstitucionalidad pactada. Solo les faltaba lograr lo más ambicioso de la escalada rupturista: convencer a la dirigencia del partido de gobierno de que asistan a la Asamblea para respaldar su propuesta de Áñez Presidente en sucesión presidencial. Tuvieron un no por respuesta y activaron el Plan B sin demora y sin principios democráticos y, por supuesto, también la narrativa de la sucesión constitucional, esa que pueda condescender un rostro amable y democrático al Golpe de Estado.

 (*)Jorge Richter R. es politólogo, actual Vocero presidencial

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‘La barbarie de la literalidad’

El autor señala que el Golpe de Estado y la argumentación forzada de la Sucesión Constitucional no se comprimen y anulan en la intención de validar el hecho violento y de sangre con dos palabras literales

/ 14 de abril de 2021 / 14:51

DIBUJO LIBRE

El empirismo lógico del Círculo de Viena, corriente filosófica influyente en los años 20 del pasado siglo, estuvo fuertemente determinado por el Tractatus logico-philosophicus, obra del lúcido filósofo Ludwig Wittgenstein. Este profesor nacido en Viena, estudió, afirmó y habló de los hechos del mundo tal y como son, una idea del uso del lenguaje para describir la realidad. Con esas inferencias conclusivas y resueltos sus propios desafíos intelectuales finalizó su atención a la filosofía. Pero sería únicamente una pausa. Transcurrió el tiempo y Wittgenstein regresó a sus investigaciones filosóficas (que será el título de su segunda obra en publicación póstuma en 1953), pero en un sentido profundamente diferente de los años anteriores. Este otro tiempo, que hoy se comprende y denomina como el segundo Wittgenstein, refiere a las construcciones llevadas a cabo con el lenguaje de los humanos; cómo vamos construyendo nuestras formas de hablar donde los seres humanos, con sus formas de usar el lenguaje creamos constructos referidos a la realidad. El “segundo Wittgenstein” se constituyó en un áspero crítico del “primer Wittgenstein”. Fue la expresión del pensamiento dinámico. Evolución, investigación, análisis y contrastación para concluir en la explicación de paradigmas superadores.

Compendiando las crónicas escritas entre 2016 y 2020, Thomas Piketty ha publicado su libro ¡Viva el socialismo! En 1992, Piketty realizaba su primer viaje a Moscú, visitaba entonces la plaza Roja, donde la bandera soviética ya había dejado de flamear y ahora el viento ondeaba los colores de la insignia rusa. Pasó también varios minutos detenido, mirando y observando el mausoleo de Lenin. En ese tiempo el convencimiento de sus ideas liberales lo llevaban a afirmar que la economía de mercado y la propiedad privada eran las soluciones que reducirían las brechas de la desigualdad social. Treinta años después, en la mirada de sobrepasar alternativamente al capitalismo —dice Piketty— “uno no puede contentarse con estar en contra del capitalismo o del neoliberalismo: hay que estar también y sobre todo a favor de otra cosa, lo que exige ser capaz de definir con precisión el sistema económico ideal que uno desearía poner en práctica, la sociedad justa que uno tiene en mente, sea cual sea el nombre que finalmente decida darle”. Piketty sorprende aún más cuando señala: “Empecemos con una afirmación que a algunos les puede parecer sorprendente. Desde una perspectiva de largo plazo, la larga marcha hacia la igualdad y el socialismo participativo está bien encaminada”. Todo ello es la evidencia aguda del movimiento del pensamiento dinámico, de la construcción de las ideas y de la fuerza de la observación e investigación.

El español Javier Cercas, quien en 2016 produjo un llamativo artículo al que tituló La barbarie de la literalidad, opinaba: “los ‘tontos cultos’ no detectan una ironía, una metáfora o una provocación, y así atrofian el pensamiento”. Pues el pensamiento atrofiado, inmóvil y raquítico se anota en el extremo opuesto del pensamiento dinámico. Allí no hay evolución, no existe un ejercicio de continuo esfuerzo interpretativo con la suma de elementos que se incorporan, que clarifican y que contrastados todos ellos, van revelando los hechos de un acontecimiento de manera gradual. La literalidad cerrada como forma y metodología para interpretar y analizar un momento coyuntural, que en sí y en esencia, es fuertemente volátil, encierra un pensamientoabandono intelectual cuando no fingidos intereses que agravian al pensamiento.

Reducir los hechos de noviembre de 2019 a dos declaraciones de literalidad editada, abandonando la exposición global, no reúne el requisito de honestidad que el firmante anónimo reclama y que él no logra acreditar. El Golpe de Estado y la argumentación forzada de la Sucesión Constitucional no se comprimen y anulan en la intención de validar el hecho violento y de sangre con dos palabras literales. La intención de asociar aquellos hechos a un relato de forzadas interpretaciones y visiones de conspiración para escapar del apuro, desafía a sus mismas hojas de periódico, esas que tuvieron que recoger los números dejados por las horas golpistas del orden constitucional: 37 muertos, más de 800 heridos y por encima de 1.000 personas detenidas de forma injusta y expedita. El relato es un intento de modulación discursiva de una realidad ficcional que busca desesperadamente imponerse para obtener impunidad negociada. La realidad, en cambio, enumera las cifras de la angustia producida por la gente del noviembrismo.

La crítica de cierta fuerza mediática asociada al conservadurismo opositor del hecho popular, reincide en la superficialidad del argumento que tiene más de desesperación emocional que de inteligencia objetiva. Esta acción fustigadora, que esperanzada en la literalidad no modifica las metodologías reiteradamente fracasadas en las últimas décadas, solo favorecen al poder sus adversarios. Unos y otros, hablando y escribiendo mucho, pero leyendo y comprendiendo poco, con apariciones y publicaciones de fuerte ferocidad discursiva, pero solo para un público de convencidos que necesita consumir aquello en lo que se reconoce, esto que se llama sesgo de confirmación; sin audiencias, sino con hinchadas abarrotadas de delirio obsesivo. Leen selectivamente para confirmarse, escuchan para validarse. Especulan con estrategias inexistentes, realidades artificiales que imaginan ver o requieren fundar.

Obliga parafrasear la intención de un editorial que busca eximirse de integrar el extendido e ingrato club sin membresía de quienes deforman y modulan las noticias que debemos consumir: “Si en Bolivia la justicia fuera eficiente e imparcial”, entonces las manifiestas intenciones de manipular y modular la voluntad ciudadana con información falsa “podrían ser sujetos de prueba”. Pero no, ocultan su inconsistencia democrática retornando a la diaria clase de moralina, siempre estampada en la opinión del nombre oculto.

(*) Jorge Richter Ramírez es politólogo y vocero presidencia

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Un cambio en la marcha

/ 20 de diciembre de 2020 / 00:19

Un país roto, así titulaba mi primera entrega como columnista de La Razón. En el tiempo que siguió a ella, durante este 2020, cada entrega fue construyendo una resistencia en palabras y pensamiento a quienes decidieron quebrar la democracia. La vida te arrastra por caminos inimaginables, pero éstos van condicionados por tus convicciones. Lo que fue un golpe de Estado no se podía callar. Produjeron muertos, hirieron a bolivianos que solo gritaban angustiados su indignación. A otros los condujeron detenidos y los apresaron. Aún hoy inexplicablemente algunos no alcanzan el camino a la libertad. Quienes necesitaban del golpe, lo disfrazaron de una ficcional narrativa que habló de sucesión constitucional. Sucesión constitucional es una figura jurídica que no puede emparentarse con la muerte, la violencia y la represión. ¿Cómo se podía estar indiferente ante un hecho histórico que terminó siendo la puesta en marcha de una maquinaria de producir dolor en los bolivianos? Un texto de Gramsci lo explica todo: “Odio a los indiferentes. Creo que vivir es tomar partido. Quien verdaderamente vive no puede dejar de ser ciudadano ni de tomar posición. La indiferencia es abulia, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso, odio a los indiferentes. La indiferencia es el peso muerto de la historia”. El 4 de julio de 1928 Antonio Gramsci fue condenado a 20 años, cuatro meses y cinco días en prisión. El fiscal Michele Isgró, que fue quien dictó la condena, ejecutó un infame pensamiento para respaldar su sentencia: «Tenemos que impedir que este cerebro funcione durante 20 años». En esos años de ausencia de libertad, Gramsci legó al mundo sus mayores escritos.

En un tiempo de obligado paréntesis democrático (noviembre de 2019-octubre de 2020) donde los valores referenciales de libertad; participación irrestricta en la vida política; libre manifestación; interpelación a las injusticias y respeto por la dignidad por el otro iban diluyéndose, había que levantar la voz y delatar la violencia inusitada y la intención de canceladora a nuestra democracia. Claramente había que hacerlo.

Ha sido un año de escribir y decir. Hablar con la palabra. Caracterizar, analizar, categorizar, describir y reflexionar. Decir que “Defender a los pobres no te convierte en comunista”, que el poder se estaba deshumanizando, que se convertía en una fuerza miserable, que se complacía en la expulsión de aquel que es distinto. Decir que avanzábamos “Del orden necesario al autoritarismo deleznable” siendo testigos de conferencias de prensa utilizadas como advertencias represivas y de cuidado, como si las formas democráticas hubiesen sido derogadas: “Que quede claro, tengo una orden expresa de salvar vidas, no de jugar con nadie. El que venga a jugar conmigo, gobernador, alcalde, lo voy a meter preso. No estoy jugando, la Presidenta me ha dado orden de meter preso hasta al ministro que no trabaje (…). Este no es un tema de ‘por favor’, este es un tema de ‘se acata, se obedece’ y punto”, avisaba la autoridad descontrolada. Escuchar el relato oficial de pacificación fingida y solo discursiva y anteponer a ello, clara y enfáticamente la evidencia de “La NO pacificación”, donde importaba señalar que Pacificar era construir, y construir es un proceso dialogado por unir y ensamblar. Que lo social, político, cultural y étnico exigía una articulación inclusiva entre distintos —distintos ideológicos, distintos en origen— sentenciados a coexistir en espacios de tensión mínimos en un primer momento hasta evolucionar a periodos de aceptación habitual y complementación positiva.

Hoy la columna Controversias ingresa en pausa indefinida. Pensar, escribir y analizar, eso seguirá vigente hasta el fin, no podría detenerse ya. Este objetivo personal y de vida, de insistir y secundar el desarrollo de una consciencia crítica sobre nuestra realidad social y política no conseguirá interrumpirse. Hay un giro en la marcha y en el escenario desde el cual hablaré. Pero no hay un cambio en el compromiso y tampoco en la intención.

El periódico La Razón siempre tendrá mi agradecimiento por ser la muestra irrestrictica de la libertad de expresión. Ahí quedan amigos y gente hoy muy querida por mí. Dejo mi columna, pero mantengo el cariño por quienes encontré acá.

Jorge Richter es politólogo.

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Desfigurando el debate

/ 6 de diciembre de 2020 / 07:09

La Corporación Mediática Empresarial Política trabaja incesantemente. En forma coordinada con los actores visibles de la trama guionizada del neogolpismo tiene un nuevo objetivo que ya no es de ataque como en los tiempos preelectorales. Hoy la narrativa con la que buscan desfigurar los hechos de 2019 busca la creación de un imaginario escenario que es la consecuencia de su triple derrota: el fracaso del noviembrismo, la capitulación ante el movimiento popular en agosto y el dramático resultado electoral del 18 de octubre. Tres momentos que son el efecto de haber forzado la secuencia constitucional en un intento de restaurar regresivamente el Estado neoliberal y su lógica de clases dominantes y segregacionistas. Para ello, generaron un proceso de ruptura institucional que concluyó de la forma que solo su miedo más profundo podía imaginar. El fallido intento de consolidación de un Estado y una sociedad con participación recortada produjo muerte, heridos y apresamientos. Ante ello, el conservadurismo opositor de hoy busca desesperadamente un constructo narrativo de posverdades excusativas que sean benignas con lo sucedido en aquellos días, pero fundamentalmente, con sus más identificados propulsores. La narrativa ficcional busca impunidad y excusar de responsabilidades a quienes desencadenaron el episodio golpista.

Quedar históricamente asociado como actor participante de una programación rupturista, ya indeleblemente señalada como golpe de Estado, produce desenlaces políticos, personales y por supuesto, también jurídicos. Conocemos que la historia ya ha referido de forma abundante al accionar del coronel Alberto Natusch Busch, por encima de las consideraciones personales positivas que varios autores destacaron en él, su nombre permanece asociado y registrado como el sello del golpe de Estado de Todos Santos. Su figura también representa la imagen de 15 días de muerte y espanto. Se ha escrito que fue un hombre de prodigiosa inteligencia y características afables, pero terminó abrazado a un proceso de ruptura institucional que las ciencias sociales categorizan como golpismo.

Cuando se produce un estado de crisis, de tensiones y conflictos, la primera víctima es la verdad, pues la industria de la posverdad se aligera y recrea realidades deformadas. Un espacio que utiliza los sesgos sociales de aquello que nos forzamos a pensar urgidos por ansiedades que requieren ser validadas y que en la confusión de opiniones, inexactitudes y relatos inagotados diluyen la claridad entre realidad e irrealidad para instalar contrahechos adulterados. El objetivo general es dificultar las diferencias, confundir, distorsionar, embarrar y desordenar para “introducir una especie de visión cínica” sobre lo que denominan Sucesión Constitucional. El objetivo político hoy está en buscar impunidad para quienes generaron los hechos de noviembre de 2019.

Las tesis de la nueva y desesperada narrativa conservadora se respaldan más en evocaciones de un sentido común subjetivo que en apreciaciones categoriales estudiadas e investigadas. Esta posverdad pobre y sin sustancia quiere reducir noviembre de 2019 a una movilización social que por sí sola indujo la renuncia de un presidente. Una sobresimplificación que intencionadamente aparta de sus argumentos la presencia desequilibrante, en el escenario político, del poder militar y policial decisivo en aquellos días. Este factor de fuerza ya accionado causó Senkata y Sacaba para sostener al gobierno No-Constitucional.

Hoy instrumentalizan con urgencia desesperada las palabras discursivas de David Choquehuanca, él expuso códigos de paz y convivencia de nuestras culturas originarias, códigos que hablan de complementariedad. Los noviembristas nunca le procuraron su atención y aún hoy no lo entienden, pero creen escuchar en esa voz un resguardo que les confirme impunidad por lo hecho y obrado en noviembre de 2019.

Jorge Richter es politólogo.

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