Voces

jueves 4 mar 2021 | Actualizado a 18:46

Paso siguiente: colapso

La capacidad de respuesta de los niveles gubernamentales y decisorios del país ha sido superada

/ 18 de junio de 2020 / 05:25

“La libertad de opinión es una farsa si no se garantiza la información objetiva y no se aceptan los hechos mismos”. Este es un pensamiento que Hanna Arendt expresaba para agregar que solo con la discusión “humanizamos aquello que está sucediendo en el mundo y en nosotros mismos, por el mero hecho de hablar sobre ello; y mientras lo hacemos, aprendemos a ser humanos”. Esta claridad hoy ausente en el momento de crisis multisectorial que ha polarizado a nuestra sociedad hasta extremos de no admisión de la calidad humana del otro, impide establecer un diálogo liberado de adjetivos y asociaciones negativas para buscar comprender, sensatamente, nuestra situación sin caer en realidades paralelas.

Las crisis no son hechos epifenoménicos y menos aún complejidades estacionarias, expresan dinámicas en movimiento, siendo por lo tanto progresivas, que arriban a una etapa hasta agotarse y avanzar a un estadio superior. La fase continua a la crisis es el colapso. Bolivia se apresta a ingresar en un colapso extendido, que no solo será político sino también ético, producido por la agenda sanitaria al servicio de las pretensiones partidarias y personales.

Los españoles utilizan el término “desnortado” para referir a un gobierno extraviado y “desautorizado”. Este hecho que aplica en la coyuntura boliviana va configurándose en sensaciones de frustración que se instalan en la sociedad con una mirada a ocho meses perdidos. La carencia de una debida hoja de ruta, y el acudir a una visión esquizofrénica del conspiracionismo constante como recurso argumentativo final de una gestión que ha traspapelado su mandato único, le permite acreditar solo una alta capacidad para acelerar el paso de su gobierno hacia esta fase de desorden y desgobierno pleno.

Claramente, el colapso expresa la forma en la que el gobierno se relaciona con el hecho adverso. Este axioma, no meditado y considerado como variable esencial y, por lo tanto, pocas veces debatido, explica de forma evidente las diversas respuestas, no acertadas y contradictorias que da la actual administración ante la crisis multisectorial instalada. El colapso absoluto es la consecuencia constatada de procesos humanos junto a una sumatoria de acciones equívocas, de una conciencia ahistórica con la configuración socio económica y cultural del país y sus diversas sociedades, y decisiones con prioridades individuales y políticas, pero distantes de la urgencia colectiva. 

La capacidad de respuesta de los niveles gubernamentales y decisorios del país ha sido superada y las disposiciones que se van asumiendo evidencian una preocupante falta de preparación, esta carencia es la vía directa al colapso. Las respuestas reactivas evidencian lo improvisado de la gestión. Ante la amenaza, el miedo y el desconcierto, la decisión vuelve a ser el encierro y la reclusión, condenando a miles de bolivianos a días de hambre y violencia.

Entonces, muy dados los bolivianos a realizar miradas retrospectivas, algún día nos preguntaremos, dónde nos equivocamos con las acciones de freno a la pandemia y la respuesta será, posiblemente, que esa construcción que señalaba el paso de la cuarentena rígida (confinamiento, asilamiento, temor, fin de la normalidad y del mundo) a la cuarentena flexible (salidas controladas, cuidándose pero no tanto) mostró que la principal causa de la enfermedad fue el error humano en la gestión de la pandemia misma, y que conclusivamente, faltaron capacidades políticas y lealtad con los bolivianos hasta conducirnos al colapso absoluto.

Jorge Richter Ramírez es Politólogo

Comparte y opina:

Un cambio en la marcha

/ 20 de diciembre de 2020 / 00:19

Un país roto, así titulaba mi primera entrega como columnista de La Razón. En el tiempo que siguió a ella, durante este 2020, cada entrega fue construyendo una resistencia en palabras y pensamiento a quienes decidieron quebrar la democracia. La vida te arrastra por caminos inimaginables, pero éstos van condicionados por tus convicciones. Lo que fue un golpe de Estado no se podía callar. Produjeron muertos, hirieron a bolivianos que solo gritaban angustiados su indignación. A otros los condujeron detenidos y los apresaron. Aún hoy inexplicablemente algunos no alcanzan el camino a la libertad. Quienes necesitaban del golpe, lo disfrazaron de una ficcional narrativa que habló de sucesión constitucional. Sucesión constitucional es una figura jurídica que no puede emparentarse con la muerte, la violencia y la represión. ¿Cómo se podía estar indiferente ante un hecho histórico que terminó siendo la puesta en marcha de una maquinaria de producir dolor en los bolivianos? Un texto de Gramsci lo explica todo: “Odio a los indiferentes. Creo que vivir es tomar partido. Quien verdaderamente vive no puede dejar de ser ciudadano ni de tomar posición. La indiferencia es abulia, es parasitismo, es cobardía, no es vida. Por eso, odio a los indiferentes. La indiferencia es el peso muerto de la historia”. El 4 de julio de 1928 Antonio Gramsci fue condenado a 20 años, cuatro meses y cinco días en prisión. El fiscal Michele Isgró, que fue quien dictó la condena, ejecutó un infame pensamiento para respaldar su sentencia: «Tenemos que impedir que este cerebro funcione durante 20 años». En esos años de ausencia de libertad, Gramsci legó al mundo sus mayores escritos.

En un tiempo de obligado paréntesis democrático (noviembre de 2019-octubre de 2020) donde los valores referenciales de libertad; participación irrestricta en la vida política; libre manifestación; interpelación a las injusticias y respeto por la dignidad por el otro iban diluyéndose, había que levantar la voz y delatar la violencia inusitada y la intención de canceladora a nuestra democracia. Claramente había que hacerlo.

Ha sido un año de escribir y decir. Hablar con la palabra. Caracterizar, analizar, categorizar, describir y reflexionar. Decir que “Defender a los pobres no te convierte en comunista”, que el poder se estaba deshumanizando, que se convertía en una fuerza miserable, que se complacía en la expulsión de aquel que es distinto. Decir que avanzábamos “Del orden necesario al autoritarismo deleznable” siendo testigos de conferencias de prensa utilizadas como advertencias represivas y de cuidado, como si las formas democráticas hubiesen sido derogadas: “Que quede claro, tengo una orden expresa de salvar vidas, no de jugar con nadie. El que venga a jugar conmigo, gobernador, alcalde, lo voy a meter preso. No estoy jugando, la Presidenta me ha dado orden de meter preso hasta al ministro que no trabaje (…). Este no es un tema de ‘por favor’, este es un tema de ‘se acata, se obedece’ y punto”, avisaba la autoridad descontrolada. Escuchar el relato oficial de pacificación fingida y solo discursiva y anteponer a ello, clara y enfáticamente la evidencia de “La NO pacificación”, donde importaba señalar que Pacificar era construir, y construir es un proceso dialogado por unir y ensamblar. Que lo social, político, cultural y étnico exigía una articulación inclusiva entre distintos —distintos ideológicos, distintos en origen— sentenciados a coexistir en espacios de tensión mínimos en un primer momento hasta evolucionar a periodos de aceptación habitual y complementación positiva.

Hoy la columna Controversias ingresa en pausa indefinida. Pensar, escribir y analizar, eso seguirá vigente hasta el fin, no podría detenerse ya. Este objetivo personal y de vida, de insistir y secundar el desarrollo de una consciencia crítica sobre nuestra realidad social y política no conseguirá interrumpirse. Hay un giro en la marcha y en el escenario desde el cual hablaré. Pero no hay un cambio en el compromiso y tampoco en la intención.

El periódico La Razón siempre tendrá mi agradecimiento por ser la muestra irrestrictica de la libertad de expresión. Ahí quedan amigos y gente hoy muy querida por mí. Dejo mi columna, pero mantengo el cariño por quienes encontré acá.

Jorge Richter es politólogo.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Desfigurando el debate

/ 6 de diciembre de 2020 / 07:09

La Corporación Mediática Empresarial Política trabaja incesantemente. En forma coordinada con los actores visibles de la trama guionizada del neogolpismo tiene un nuevo objetivo que ya no es de ataque como en los tiempos preelectorales. Hoy la narrativa con la que buscan desfigurar los hechos de 2019 busca la creación de un imaginario escenario que es la consecuencia de su triple derrota: el fracaso del noviembrismo, la capitulación ante el movimiento popular en agosto y el dramático resultado electoral del 18 de octubre. Tres momentos que son el efecto de haber forzado la secuencia constitucional en un intento de restaurar regresivamente el Estado neoliberal y su lógica de clases dominantes y segregacionistas. Para ello, generaron un proceso de ruptura institucional que concluyó de la forma que solo su miedo más profundo podía imaginar. El fallido intento de consolidación de un Estado y una sociedad con participación recortada produjo muerte, heridos y apresamientos. Ante ello, el conservadurismo opositor de hoy busca desesperadamente un constructo narrativo de posverdades excusativas que sean benignas con lo sucedido en aquellos días, pero fundamentalmente, con sus más identificados propulsores. La narrativa ficcional busca impunidad y excusar de responsabilidades a quienes desencadenaron el episodio golpista.

Quedar históricamente asociado como actor participante de una programación rupturista, ya indeleblemente señalada como golpe de Estado, produce desenlaces políticos, personales y por supuesto, también jurídicos. Conocemos que la historia ya ha referido de forma abundante al accionar del coronel Alberto Natusch Busch, por encima de las consideraciones personales positivas que varios autores destacaron en él, su nombre permanece asociado y registrado como el sello del golpe de Estado de Todos Santos. Su figura también representa la imagen de 15 días de muerte y espanto. Se ha escrito que fue un hombre de prodigiosa inteligencia y características afables, pero terminó abrazado a un proceso de ruptura institucional que las ciencias sociales categorizan como golpismo.

Cuando se produce un estado de crisis, de tensiones y conflictos, la primera víctima es la verdad, pues la industria de la posverdad se aligera y recrea realidades deformadas. Un espacio que utiliza los sesgos sociales de aquello que nos forzamos a pensar urgidos por ansiedades que requieren ser validadas y que en la confusión de opiniones, inexactitudes y relatos inagotados diluyen la claridad entre realidad e irrealidad para instalar contrahechos adulterados. El objetivo general es dificultar las diferencias, confundir, distorsionar, embarrar y desordenar para “introducir una especie de visión cínica” sobre lo que denominan Sucesión Constitucional. El objetivo político hoy está en buscar impunidad para quienes generaron los hechos de noviembre de 2019.

Las tesis de la nueva y desesperada narrativa conservadora se respaldan más en evocaciones de un sentido común subjetivo que en apreciaciones categoriales estudiadas e investigadas. Esta posverdad pobre y sin sustancia quiere reducir noviembre de 2019 a una movilización social que por sí sola indujo la renuncia de un presidente. Una sobresimplificación que intencionadamente aparta de sus argumentos la presencia desequilibrante, en el escenario político, del poder militar y policial decisivo en aquellos días. Este factor de fuerza ya accionado causó Senkata y Sacaba para sostener al gobierno No-Constitucional.

Hoy instrumentalizan con urgencia desesperada las palabras discursivas de David Choquehuanca, él expuso códigos de paz y convivencia de nuestras culturas originarias, códigos que hablan de complementariedad. Los noviembristas nunca le procuraron su atención y aún hoy no lo entienden, pero creen escuchar en esa voz un resguardo que les confirme impunidad por lo hecho y obrado en noviembre de 2019.

Jorge Richter es politólogo.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

‘Venganza, impunidad y justicia’

/ 22 de noviembre de 2020 / 01:23

En el tiempo liberal de los años 90 la democracia daba sensaciones urbanas de buen funcionamiento. A ello se le llamó gobernabilidad e institucionalidad. Una democracia de corte y matices excluyentes y señoriales que prescindía de aquello que miraban como la vulgaridad democrática que acecha desde el otro lado de los suntuosos hoteles. Así fueron reconstruyendo una vez más, alejados de los años de la Revolución Nacional, una república que expresó la almibarada idea de democracia donde la simulada hostilidad afectuosa e ilusoria de inicios de los años 80 trastocó en el tiempo, en hostilidad real.

La movilización que los sectores urbanos y de clase media denominaron “La Revolución de las Pititas” buscaba un país republicano y liberal pleno, donde la alternancia sea la posibilidad de no estar marginados del proceso político del país. Sin embargo, quienes se posicionaron con el nuevo régimen —los noviembristas — abrigaban una idea contraria y una hoja de ruta reservada que no incorporaba la intención democrática. Algunos quedaron fuera del esquema de poder, pero claramente habían ayudado a construir el engendro autoritario. Podrían hoy negarlo de palabra, pero no de hecho, pues su presencia fue visible. El tiempo redujo la acción “Pitita”, la chatura y mediocridad de un régimen no democrático y decadente los terminó condenando a consumirse en un último esfuerzo antidemocrático de no reconocimiento de la realidad de un país que se construye de modo distinto a lo que sucedió en noviembre de 2019. Esto ocurrió de la mano de aquel hombre esquinado y despótico, hoy ya ausente, que se miraba satisfecho por el régimen de pesadumbre que cada día construía y que una avalancha de votos insurreccionales desde las urnas sepultó un 18 de octubre. Fueron 12 meses de gobierno no democrático, de paréntesis institucional que sintetizaron más de dos siglos de historia y vida pre y posrepublicana.

El fin del mal denominado “gobierno transitorio” deja múltiples conclusiones que se expresan en un mayor enfrentamiento. En lo social, un estamento de nuestra sociedad busca acallar a otro, intenta anularlo hasta lograr su invisibilización. Por otro lado, el enfrentamiento político persigue igual objetivo, incapacitar e invalidar al adversario/enemigo político, hecho que se instrumentaliza con la acción de los jueces en eventos infinitos de causas legales.

Después de un golpe de Estado, viene el momento de las revanchas y los intentos de impunidad. Las preguntas insoportables se mantienen: ¿Fue golpe? ¿Hubo fraude? ¿Participaron quienes después se habilitaron como candidatos a la presidencia del Estado? ¿La OEA estuvo comprometida? ¿Por qué la Policía se amotinó? ¿Las Fuerzas Armadas estuvieron implicadas? ¿Se traicionó? ¿Existieron los financiadores que menciona el señor Carlos Romero? ¿Se aportaron esas enormes sumas de dinero para romper el orden institucional en Bolivia? Un listado inacabable de interrogantes que exigen explicación y verdad y para el cual la Justicia boliviana carece de la altura y solvencia requeridas.

La construcción de Estado y Sociedad nos pide ser mejores que aquellos hombres y mujeres que articularon la ruptura institucional. No hay espacio para la venganza y el odio. Hoy se precisa de un elemento divisor que concluya aquel episodio infame de nuestra historia. Esto es posible con la creación de una Comisión por los Derechos Humanos y la Institucionalidad Democrática de Bolivia, una entidad que pueda ser avalada y auspiciada por organismos internacionales y gobiernos de conocida probidad. Allí la investigación de lo sucedido en noviembre y en los 12 meses de estadía del gobierno no electo, con distancia política, transparencia debida y fundamentalmente, imparcialidad. Es necesario un equilibrio de debida justicia y responsabilidades, que ahuyente las ansiedades de venganza y destierre las posibilidades de impunidad.

Jorge Richter es politólogo.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

‘Ni vencedores ni vencidos’

Tras la elección, el país 55/45 ¿no está diciendo más bien que Bolivia tiene que construirse en complementariedad?

/ 18 de noviembre de 2020 / 15:32

En septiembre de 1955, un golpe cívico militar, encabezado por el general Eduardo Lonardi, derrocaba en Argentina el gobierno democrático de Juan Domingo Perón. A consecuencia de aquellos hechos, nacía lo que después llamaron la Revolución Libertadora. Un evento que costó la vida de 156 argentinos. Desde aquel momento, Perón inició un peregrinaje por diferentes países, el exilio lo llevó inicialmente a Paraguay, donde Alfredo Stroessner ya había impuesto una rígida dictadura militar iniciada un 15 de agosto de 1954. La ruta del exilio siguió por Panamá, Nicaragua, Venezuela, República Dominicana, para instalarse finalmente en Madrid, España. Allí transcurrió diecisiete años de su vida, ese tiempo lo pasó mayormente en una quinta conocida como Puerta de Hierro. La política argentina, bien puede decirse, tuvo una sucursal de operaciones en aquella ciudad española. Desde su salida a consecuencia del golpe de Estado, Perón buscó incesantemente retornar a su país. En 1964 emprendió la vuelta, pero el gobierno radical de Arturo Illía le impidió llegar a suelo argentino. El entonces canciller, Miguel Ángel Zavala Ortiz, un ardiente anti peronista, solicitó y gestionó ante el gobierno brasileño del mariscal y dictador Humberto Castelo Branco que se retenga a Perón y se lo devuelva a España. El 17 de noviembre de 1972, después de innumerables vacilaciones e intensas y desordenadas negociaciones, Perón retorna brevemente a su país bajo un acuerdo con el gobierno militar de Alejandro Lanusse. Una abreviada estadía que concluiría el 14 de diciembre del mismo año y a la que seguiría una nueva prohibición de ingreso a su país. Ya con el peronista Héctor José Cámpora en el poder, Perón retorna definitivamente a Argentina el 20 de junio de 1973. El recibimiento al máximo líder social de los argentinos congregó a más de un millón de personas, paralizó la conocida autopista Richieri y conmocionó los días vividos por toda Argentina. Era el retorno del hombre más influyente del siglo XX. Unos meses después, producto de la renuncia de Cámpora, Juan Domingo Perón se habilita como candidato, ganando las elecciones con 60%.

A la tierra de Perón llegó por aquel entonces otro hombre que la historia recogería en sus páginas como uno de los políticos más determinantes que su país tuviera. Ocurrió en 1946, después de pasar varios meses como refugiado político en la Embajada de Paraguay, Víctor Paz Estenssoro salió rumbo a Argentina para vivir el primero de sus tres exilios. Allí transcurrieron los seis años que duró aquel destierro, interrumpido brevemente por un intento de retorno a Bolivia por la zona fronteriza de La Quiaca para ingresar a Villazón; buscaba iniciar un proceso de resistencia al gobierno de Mamerto Urriolagoitia. Esta acción lo llevó a radicarse brevemente en Uruguay para retornar nuevamente a Buenos Aires en 1951. Su domicilio de la calle Charcas 3821, donde pasó la mayor parte del tiempo en aquella ciudad porteña, fue el centro de estudios, análisis y escritos en forma de Manifiestos con los que Paz cercó opositoramente a los gobiernos de Enrique Hertzog y Urriolagoitia. Las ideas de resistencia a la rosca minera, el pensamiento de nacionalización de las minas y la reforma agraria eran los argumentos que acorralaban el último momento liberal que encarnaba Urriolagoitia. Las elecciones de 1951 fueron el fin del liberalismo conservador, cuando una primera insurrección, esta vez en las urnas, confiere la victoria del MNR por encima incluso de las miradas marxistas. Después, el Mamertazo; después, los militares con Ballivián; después, la indignación de un pueblo; y el resultado de todo aquello, mientras Paz Estenssoro permanecía en el exilio, fue una movilización violenta en interminables setenta horas de combates que condujeron al país hacia uno de sus momentos más sublimes: la Revolución Nacional.

Concluidas aquellas jornadas de abril, Paz Estenssoro retorna al país. El avión que fue a buscarlo estaba a cargo del comandante Wálter Lehm, el segundo a bordo era René Barrientos Ortuño. Cinco horas de vuelo tortuoso en un avión transportador de carne. Afuera del aeropuerto, las calles abarrotadas hasta el extremo, miles de campesinos, obreros, mineros y sectores de clase media fueron a recibir al hombre que transformaría Bolivia.  Una  mancha  de gente —en la más pura expresión de la frase acuñada por Zavaleta— profundamente abigarrada acompañó al líder movimientista desde el aeropuerto hasta la plaza Murillo. El movimiento popular, expresión de la Alianza de Clases que propugnaba el MNR, ya en acción política decidida le ofreció el mayor recibimiento que presidente alguno haya conocido.

En noviembre de 2019, otro líder político de histórico protagonismo se encaminaba al exilio. Evo Morales partía hacia México, primer destino de un impensado destierro. En una extraña coincidencia de la historia, Morales se radica en Argentina, también bajo la protección personalizada del presidente Alberto Fernández, quien públicamente expresa su ayuda y respaldo al líder indígena. Lo que de pronto hubiese sido imaginado como un proceso de larga ausencia se configura en un retorno de exactitudes asombrosas: un año después de marchar forzadamente, Evo Morales retorna al país abrigado por el movimiento popular que ha dejado sentada una realidad inextinguible: el movimiento popular en unidad señala los itinerarios históricos de manera irrebatible.

Los golpes de Estado, allá como acá, en Argentina o en Bolivia o en muchos otros países, tienen un contrapeso rotundo, el poder de la movilización popular. El 11 de abril de 2002, el entonces presidente Hugo Chávez fue retenido y cesado en sus funciones presidenciales. Una multitudinaria movilización lo devolvió al poder unos días después. Desde entonces, la acción movilizadora de las corporaciones sociales se constituye en un elemento de protagonismo estratégico, que articula diversas realidades y composiciones sociales, étnicas y culturales en lógicas de visibilización inclusiva de tejidos societales profundamente enmarañados.

La Bolivia del 18 de octubre, la del arribo de Evo Morales, esa de las multitudes infinitas y movilizadas, verbaliza un mensaje que se anota en el sustrato de las necesidades históricas y angustiantes, donde ni tres millones de partidarios, ni dos millones de opositores pueden pulverizar el camino de la complementariedad social de todo un pueblo que reclama una mirada y acción de gobierno que comprenda que la sociedad y el Estado nuestro se construye mejor bajo la lógica de “ni vencedores ni vencidos”.

(*) Jorge Richter Ramírez es politólogo

Comparte y opina:

Democracia Concomitante

/ 8 de noviembre de 2020 / 10:41

La tarea está ahora en la reconstrucción de la democracia. El intervalo oscuro producido por el hecho de noviembre deja expuesto el mayor desafío político del nuevo tiempo que se inaugura hoy: la necesidad de otro sentido común, innovador y transformador de las actuales formas que caracterizan las relaciones políticas en Bolivia. Un sentido común que debe, imprescindiblemente construir identidades democráticas abarcadoras de la equivalencia de intereses, conectando la suma de preocupaciones y tensiones de una sociedad plural que está intentando reacomodarse. Esto no se construye con una alianza declarativa ni la expresión de intencionalidades afables, precisa comprender de manera inequívoca que una comunidad no es un espacio constitutivo único de lo político donde el bien común es el factor unificador por antonomasia. La colectividad boliviana está signada por la multiplicidad de sujetos, contradictorios por supuesto, diversos, con temporalidades diferentes y miradas subjetivadas de lo nuestro y de lo prioritario; con estructuras organizativas que combinan tiempos prehispánicos e incipiente modernismo. Un espacio donde el sujeto individualizado precisa de una renovada filosofía política que haga posible la convivencia de la expresión plural y democrática.

Trabajar en una filosofía política posmoderna obliga rearmar la democracia, las institucionalidades y las miradas individuales en una perspectiva de respuestas diversas e inclusivas. Precisa a su vez trascender la idealización de la Ilustración y del sujeto unitario asentado sobre el mito exclusivo del bien común como hecho totalizador para, concentrarse, con mayor fuerza en la búsqueda de la democracia diversa y su coexistencia tácita con las formas tradicionales del institucionalismo liberal.  

Hoy Bolivia se ha fragmentado en espacios políticos radicalmente nuevos y contrapuestos, con intenciones no silenciosas de marginar la otredad molesta. Esto incide sobre las nociones e ideas de libertad e igualdad que deben estar presentes en este reinicio institucional. La “democracia concomitante”que debe construirse en Bolivia reclama derechos democráticos, que si bien suelen entenderse como individuales su ejercicio es colectivo pues se expresan en el derecho de todos. Las libertades y la igualdad deben tener hoy una dimensión que interseccione la esfera individual y política. Compartimentar de forma intemperante el individualismo liberal y el comunitarismo intercultural sin espacios intermedios de convivencia necesaria es una apuesta inviable.

Las relaciones político sociales del Gobierno que hoy asume deben ser esencialmente constructivas y dialógicas, asentadas sobre una matriz democrática de valores y prácticas que se extiendan progresivamente y que permitan reducir las disonancias de intolerancia. En sociedades diversas, las lógicas unipolares son conducentes a la construcción de figuras autoritarias y restrictivas del pensamiento y las libertades, la democracia plural es tarea del nuevo gobierno, pero ello se edifica sobre la necesaria existencia y aceptación de multiplicidades y conflictologías que se superan cuando los métodos que las resuelven son dialógicos.

La reconstrucción democrática no es posible cuando se substrae únicamente a la reedición de modelos pasados e insuficientes. Un nuevo tiempo que llega pide otros patrones democráticos. La Democracia Liberal de los años noventa y la Democracia Intercultural del Proceso de Cambio deben abrir espacio a la “Democracia Concomitante”, un espacio que en el mundo aymara se llama el espacio taypi, ese lugar/zona donde lo indígena y lo occidental se entretejan en su más profunda expresión de abigarramiento para ordenar las asimetrías hoy existentes.

Temas Relacionados

Comparte y opina: