Voces

sábado 8 ago 2020 | Actualizado a 05:21

Vapulear al árbitro

Dejar sin respiro al TSE debe entenderse como una afrenta a las aspiraciones de reconstrucción democrática

/ 19 de junio de 2020 / 06:48

Si convenimos en que estamos en medio de una crisis múltiple que se agrava con el paso del tiempo debido a que, con ello, se le suman varios otros elementos que no solo la complejizan sino que aumentan los factores de riesgo bajo los que se encuentra nuestra democracia, probablemente podemos ver con mayor claridad cuál es la importancia de instaurar algunas señales de certidumbre política a partir del establecimiento de una fecha para la realización de las elecciones pendientes.

La crisis en la que se ha sumergido nuestra institucionalidad democrática no nace de los conflictos que tuvieron lugar entre octubre y noviembre. Este tiempo, por el contrario, fue solamente el momento en el que esta estalló definitivamente. Los sucesos que tuvieron lugar desde el año 2016 —Referendo Constitucional de por medio— nos refieren a que ya durante varios años se fueron mermando, sigilosa pero permanentemente, las instituciones democráticas del voto, la alternancia, la independencia y el equilibrio de poderes, por mencionar algunos.

A ello, simplemente se le sumó un proceso electoral plagado de cuestionamientos y carente de legitimidad que nació pendiendo de un hilo y desembocó en su fracaso y anulación, producto de la movilización ciudadana y el posicionamiento político de las fuerzas del orden. En ese escenario el nacimiento de un nuevo Poder Ejecutivo y la sobrevivencia del Poder Legislativo, dejaron a ambos órganos del Estado debilitados en su institucionalidad, legitimidad y credibilidad. Los primeros esfuerzos de ambos permitieron erigir con un mínimo de contrapesos (algo demasiado valioso para cómo se dieron los hechos entonces) un Órgano Electoral Plurinacional renovado y que desde finales del 2019 estrenaba legitimidad y credibilidad; a tiempo de consolidarse como el centro institucional sobre el cuál se depositaban las pocas salvaguardas democráticas que quedaban para apostarlas todas y encaminarnos a unas elecciones que permitieran darle inicio a un proceso de reconstrucción democrática que, cuando menos, será de mediano plazo.

Entonces, nadie sospechaba que una emergencia sanitaria de corte mundial se constituyera en un obstáculo tan difícil de sortear que ha llegado a poner en la incertidumbre la realización como tal de este demandado evento. Si bien con estos antecedentes, el Tribunal Supremo Electoral (TSE) ya tenía por delante un proceso sumamente desafiante, incierto y complejo al que se le añadió un contexto tan inesperado como el de la pandemia, más inesperados aún son los varios elementos que desde la arena política, manifiesta o velada, directa o directamente se le han ido demandando a esta institución en las últimas semanas: redistribución de escaños, solicitud de constituirse en querellante ante el “caso fraude” (idealmente a la medida esperada por la Procuraduría), re apertura del padrón para inscripción de nuevos votantes, inscripción de nuevas candidaturas, proscripción del MAS, informes científicos de respaldo para la estipulación de la fecha; por nombrar los más mediáticos. A ello se suma una naciente campaña de desprestigio en su contra que, desde los polos políticos, se alienta.

Estos elementos que hoy emergen y se añaden al por demás complejo escenario, amenazan con llevar al límite lo que queda de nuestro orden democrático. Dejar sin respiro al TSE, vapulear al árbitro hoy en día debe entenderse como una afrenta a las aspiraciones de reconstrucción democrática que tanto anhela la ciudadanía y que tan poco se entienden desde los polos radicalizados de nuestra política.

Comparte y opina:

Orfandad y extravío

/ 31 de julio de 2020 / 02:39

Al momento en que la agenda pública del fin de esta terrible semana transita entre la difusión en internet de un video denigrando a una autoridad, la solicitud de la Procuraduría a la CIDH para que le quiten un “Me gusta” a un tuit y un comunicado de la Cancillería acerca de un supuesto robo de dos envases de shampoo, existe un innumerable número de compatriotas que acuden a sus redes más cercanas de familiares, amistades y conocidos en busca de un tanque de oxígeno. Cuando logran conseguirlo a precios exorbitantes y luego de múltiples llamadas, caen en cuenta que le falta un accesorio y empieza esa otra angustiante búsqueda. Otros compatriotas, mientras tanto, están buscando medicinas en las farmacias, un espacio en algún hospital, una médica, un enfermero, una aspirina. También están los que, simultáneamente, se pasan datos para conseguir gas, otro tanto hace filas para adquirirlo. El fin de semana de encierro se acerca y hay casas donde comer ha sido una maniobra esta semana, encontrar trabajo una utopía.

Cada vez que una conferencia de prensa es convocada por alguno de los poderes nacionales es para hablar de elecciones, procesos judiciales, marchas, bloqueos, acusaciones, chantajes. Nadie sale a decir dónde están las soluciones, no hay quién dé la cara en vivo, solo quedan las promesas de hace una, dos, tres semanas. Uno, dos, tres meses atrás. Entonces al menos señalaban que el equipamiento estaba en camino, UTI, respiradores, medio millón de pruebas que llegaban a mediados de julio, así como se debía inaugurar el Hospital del Sur en La Paz. Hoy ya ni eso. Nada abastece, nada llega.

En sus declaraciones no parecen saber que apenas tenemos las noticias con algo de volumen en las casas mientras en realidad estamos tratando de cuidar de nuestro entorno: en la cena, en la puerta, en el barrio, en el teléfono. Ahí, en los noticieros, se dice cada noche que los Sedes se encargan de las pruebas y que nos brindan datos para saber cómo estamos. Pero todo eso ya parece una leyenda urbana, el mercado de pruebas privadas corre por debajo, de mensaje en mensaje; a ver si hay suerte. Claro, para quien pueda darse el lujo. Los que no, a la cola de la mítica instancia. La gente que desde un inicio propositivamente había intentado trabajar con los datos empieza a bajar los brazos al saber que no nos hablan de la realidad. Ya no es un secreto que los reactivos escasean, no todos los laboratorios funcionan.

Esta se ha vuelto nuestra realidad cotidiana y todo compatriota bien lo sabe porque la tiene cerca. Hoy es más urgente escribir mirando a la calle que mirando los datos. Esta desastrosa realidad está cerca de nosotros y parece que lejos, bien lejos de nuestras autoridades nacionales que aparecen de tanto en tanto para alguna condolencia porque también a diario muere o se enferma alguien que sí importa.

¿Cómo llegamos hasta acá? No faltará quién señale primero los 500 años, luego los 14 y finalmente los ocho meses. Y, lo peor, si en este panorama se osa preguntar en palestra pública qué demonios estamos haciendo parados en este abismo, no faltará quién empiece a agredir, a insultar o a calificar tal alevosía. Lo cierto es que mientras seamos una sociedad herida al punto de que la enfermedad o muerte ajena nos produzca algo que no sea dolor y respeto seguiremos estando al borde del abismo, espalda contra espalda. Necesitamos con urgencia curarnos colectivamente y no solo del COVID-19. Y, huérfanos y extraviados, no pareciéramos estar listos para ello.

Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka

Temas Relacionados

Comparte y opina:

¿Cuál es nuestro límite?

/ 17 de julio de 2020 / 08:53

Mal acostumbrados a vivir crisis políticas, recuerdo que se solía decir que Bolivia siempre llega con sus conflictos hasta las penúltimas consecuencias. Luego está el histórico dato de que, antes de caer al precipicio, solemos encontrar un nuevo inicio en las urnas, yendo a votar. Y volvemos a empezar. 

Si los graves hechos de octubre y noviembre de 2019 habían ya producido un profundo shock en nuestra sociedad y democracia, ningún boliviano hubiera podido avizorar que este escenario solo podía ponerse peor con una pandemia de por medio y sus derivadas consecuencias. No obstante, incluso entonces era difícil imaginar que después de una crisis sanitaria global, podría ocurrir algo que pudiera revolver aún más este manido, cansino y prolongado conflicto político que estamos atravesando.

Pero también recuerdo que se suele decir —en un lamento entre chauvinista y fantástico— que Bolivia es el país de lo posible. Siendo así perfectamente viable que podamos encontrar la forma de agravar hasta el límite el futuro a corto y largo plazo de nuestra democracia a través de nuestras acciones propias como sociedad y las de nuestra clase política. 

Como ciudadanía, durante los últimos años, producto de la erosión a la democracia que se generaba desde nuestras instituciones políticas, hemos deteriorado al límite nuestra convivencia democrática. Nuestros otrora diálogos, con algún que otro argumento de por medio, han devenido en simplones intercambios de adjetivos que hoy, sin poder sonrojarnos ante la mirada del otro, se profieren incansablemente detrás de una pantalla, mientras nos hundimos cada vez más a fondo en nuestra propia cámara de eco. 

Y, como no, nuestra clase política que hace ocho meses había acordado encaminarnos hacia las urnas para iniciar (una vez más) un camino común de re-construcción de lo público, hoy demuestra no tener ya ni la voluntad ni la capacidad para hacerlo (probablemente lo tuvo el año pasado). Visto de esa manera, resulta casi anecdótico que los intercambios entre la ciudadanía se hayan limitado a la adjetivación y anulación del otro, cuando hemos empezado a ver como la “nueva normalidad política” consiste en una total falta de comunicación y respeto entre dos de los principales poderes que nos gobiernan. Como si la democracia aguantara realmente todo, las afrentas simbólicas y de hecho entre Legislativo y Ejecutivo se están volviendo la moneda común con el paso de los días, haciendo pedazos los resabios de institucionalidad que nos quedaban para retomar el rumbo plenamente democrático. 

Es posible que los supuestos que damos por sentado nos hacen pensar que somos una sociedad que políticamente aguanta todo. Huelga entonces recordar que también solíamos dar por hecho que nuestra democracia había tenido las décadas suficientes para cimentarse sólidamente en los valores y prácticas de su ciudadanía, las que hoy también vemos esfumarse. Quizá estas palabras están amplificadas desde el ojo de la tormenta sanitaria, política, económica y social que vivimos estos días y la historia contenga episodios aún más trágicos en sus espaldas o nos guarde muchos episodios terribles hacia adelante. A reserva de ello, es urgente que hoy nos preguntemos nosotros y se pregunte la clase política, ¿cuál es nuestro límite? Porque aunque pareciera que todo puede repararse con el tiempo, muchas veces aquello que se rompe lo hace de forma irremediable. 

Verónica Rocha es comunicadora social

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Certidumbre democrática

La realización de las elecciones debe permitir allanar la agenda pública para concentrarse en los temas sanitarios

/ 5 de junio de 2020 / 06:30

Símbolos. Las últimas imágenes que habíamos recibido hace pocos meses desde la Plaza Avaroa que alberga la simbólica casa donde se ubica el Tribunal Supremo Electoral fueron aquellas que hoy nos evocan los terribles y riesgosos días que vivimos el pasado fin del año 2019 y que pusieron en vilo a nuestra democracia. Por ello, sin duda alguna, la fotografía de la semana es la que fue tomada en esas instalaciones, el pasado martes, donde se ve a gran parte de la Sala Plena, tres candidatos presidenciales y un par de representantes de organizaciones políticas. El hecho: existe un consenso entre esos actores para la realización de las elecciones generales pendientes el domingo 6 de septiembre.

A reserva del existente debate sobre la exclusiva atribución del Órgano Electoral para fijar el día de la votación sin necesidad de recurrir a la Asamblea Legislativa Plurinacional, qué mejor señal democrática que arribar a la misma a través de un proceso de acercamiento no solo entre esos dos poderes sino integrando, por supuesto, a aquellos actores políticos que buscarán el voto entonces. La ruta jurídica: la futura promulgación de una ley y la posterior emisión de una resolución de Sala Plena, estableciendo esa fecha que ya es conocida por el país.

En nuestra actual coyuntura, en la que continuamente transitamos de una incertidumbre a otra respecto a casi todo lo que respecta a nuestras vidas, es importante relevar no solo el hecho sino también la forma en la que se ha construido esta certeza de tipo político electoral de cara al país. No solo porque una buena parte del país está convencida de la necesidad de que contemos lo más pronto posible con un gobierno legítimo sino también porque es necesario que la realización de las elecciones se constituya en una certeza que permita allanar la agenda pública y podamos dedicarnos a temas sanitarios, que son lo realmente urgente en este momento.

No obstante, también es necesario dejar constancia de que este se constituirá, hacia adelante, solo en un pequeño momento democrático más en el que el Poder Electoral, el sistema político y la ciudadanía se encuentren para ir resolviendo aún una importante cantidad de situaciones propias del que se ha denominado el proceso electoral más difícil de nuestra historia democrática. Entre ellos, la mencionada preclusión de las etapas ya realizadas del proceso, que impedirían la apertura del padrón electoral para posibilitar el ejercicio del derecho al voto de las y los jóvenes que han cumplido años en los últimos meses en los que se ha postergado este proceso. O la cantidad de innovaciones y ajustes que atravesarán las acciones y actividades de todo el ciclo electoral debido a la implementación tecnológica o logística de medidas de bioseguridad. O la misma campaña electoral que deberá ser reinventada y ser llevada adelante en medio de una pandemia. Estas son solo algunas de las delicadas situaciones pendientes que configuran la ruta que aún tenemos que transitar pero que, al menos, reinicia con una certeza construida dialógicamente.

En tiempos de incertidumbre sanitaria y democrática, a veces es realmente suficiente un símbolo para evocar, en la agenda informativa y política, instancias propias de una democracia como el diálogo, el acuerdo y la concertación. Para posicionar el ejercicio de autoridad e iniciativa del Órgano Electoral (aunque debiera preocupar que esta no provenga del sistema político). Y, finalmente, también para que algunos candidatos envíen alguna señal al electorado de que se entiende que el grave problema político institucional en el que estamos inmersos es algo que nos atañe a todos/as y que no admite mezquindades.

Verónica Rocha, comunicadora social

Comparte y opina:

Novedades en el proceso electoral

La tecnología electoral jugará un importante rol en este puntual proceso y, por supuesto, en los venideros

/ 22 de mayo de 2020 / 06:32

La ubicación de las elecciones generales 2020 en medio de dos crisis (política y sanitaria) ha añadido un inédito grado de complejidad a su realización, consiguiendo consolidar a este proceso electoral como «el más complejo que le toca organizar al Tribunal Supremo Electoral en la democracia», de acuerdo con una declaración de su actual Presidente.

Durante los últimos años, se han realizado cambios en varios procedimientos del ciclo electoral en busca de su mejora. Entre los más relevantes destacan la implementación o innovación en la transmisión rápida y segura de las actas electorales (TREP), el cómputo, el paquete (kit) electoral, el sistema de monitoreo electoral y las papeletas y actas electorales. Esto evidencia un constante esfuerzo institucional por consolidar estas innovaciones como parte de una renovada cultura democrática electoral, que el año pasado tuvo que afrontar el grave conflicto que significó la paralización del TREP. Lo cual, como sabemos, constituyó un importante ingrediente del desencadenamiento de la crisis política. 

La crisis sanitaria desatada por la pandemia COVID-19 ha puesto sobre la mesa la urgente necesidad de realizar ajustes e insertar novedades en determinadas actividades electorales, además de acelerar la digitalización de otras tantas. Esto, recordemos, en medio de un mandato no menos complejo, que consiste en recuperar (una vez más) la confianza ciudadana en el trabajo del ente electoral, de su desempeño en el proceso electoral y, finalmente, en los resultados que de él emerjan. 

El chileno Juan I. García R. señala acerca de las tecnologías electorales que su éxito “no depende de ellas. No importa que tan sofisticadas o simples éstas sean, o si son muy costosas, o si son muy complejas, o si requieren mucha instalación previa, etc. (…) Solo depende de la sociedad misma, que la acepta y valida legitimando los resultados obtenidos a través de ella”.

Por lo mencionado, es importante señalar que la tecnología electoral jugará un importante rol en este puntual proceso y, por supuesto, en los venideros. Así como su forma de implementación y los procesos comunicacionales que permitan su socialización hacia los actores del proceso electoral y la ciudadanía en general. Esto se traducirá en novedades dentro de las actividades que componen el proceso electoral, las cuales rápidamente deberán ser implementadas con eficacia y transparencia. E igual de rápido deberán ser conocidas e interiorizadas por la ciudadanía.

La situación que se vive en Bolivia ha puesto a nuestra sociedad al frente de muchos nuevos cambios y desafíos que nos toca afrontar de la manera más responsable y empática posible. En ese marco general, el venidero proceso electoral se ubicará también en este escenario que desencadenará en varias novedades de digitalización y bioseguridad que seguro iremos conociendo oportunamente. Cuando el calendario electoral vuelva a ser de conocimiento público, la ciudadanía deberá elegir ubicarse entre la resistencia o el acompañamiento a estas actividades electorales venideras (junto a sus novedades), pudiendo entonces encontrar la oportunidad de constituirse en una vigilante pero proactiva comunidad que no renuncia al ejercicio de sus derechos políticos ni a su derecho a la salud.

Verónica Rocha, comunicadora social.

Comparte y opina:

(Tratar de) vivir entre dos crisis

El Órgano Electoral tiene el mandato de llevar adelante un proceso electoral exitoso en medio de dos crisis.

/ 8 de mayo de 2020 / 06:31

De acuerdo con un informe de IDEA Internacional, entre elecciones primarias, locales, nacionales, legislativas y referendos, se han pospuesto 55 procesos electorales en todo el mundo, 13 en nuestro continente. Por otro lado, entre marzo y abril se han impulsado 26 procesos electorales en el mundo, respetando sus calendarios. De este total, cinco elecciones fueron realizadas en el continente, primarias en Estados Unidos principalmente y unos comicios en República Dominicana.

Cuando a Bolivia llegó la crisis sanitaria desatada por el COVID-19, acá ya se lidiaba con una crisis política, producto de los sucesos de noviembre del año pasado. Lo cual no solo ha complejizado al extremo la gestión gubernamental realizada para enfrentar la pandemia, sino que también ha generado mayor tensión en torno a la realización de las pendientes elecciones. Es decir que ambas crisis se están afectando mutuamente, empeorándose.

Es importante enfatizar que Bolivia no es el único país que debía organizar un proceso electoral durante esta pandemia, pero sí depende de su exitosa ejecución para encaminarse hacia la resolución de una crisis política. En el debate electoral global varios aspectos se discuten para evitar “detener” los procesos eleccionarios, a sabiendas de que, tarde o temprano, deberemos aprender a convivir con el COVID-19. Uno de los aspectos indiscutibles en este debate global es la inserción de un nuevo actor para la toma de decisiones: el sistema de salud. Sin este criterio, será imposible determinar los riesgos sanitarios que conllevaría retomar la realización de un evento electoral mientras dure la pandemia.

En el caso de Bolivia, no contamos con escenarios prospectivos oficiales sobre el desarrollo de la pandemia y las consecuentes medidas para combatirla. De hecho, la información pública es uno de los mayores problemas que enfrenta el Gobierno en la gestión de la crisis sanitaria. Contamos con las proyecciones realizadas por universidades extranjeras e insumos provenientes de la OPS y la OMS. Dado el acompañamiento del sistema de Naciones Unidas en la gestión de la pandemia en el país y sumándoles la virtud de que están por fuera del polarizado campo político, queda pensar que el acompañamiento de estas agencias será crucial al momento de establecer algunas luces en torno a la fecha de votación, además del proceso logístico que demanda “completar” el ciclo electoral rumbo a las elecciones generales.

A reserva de la propuesta de ley enviada por el Órgano Electoral Plurinacional (OEP), la norma aprobada por la Asamblea en esta materia y las acciones legales de personeros del Ejecutivo en torno a la fecha de las venideras elecciones, lo cierto es que la incertidumbre aún continúa, y seguro contendrá varios capítulos más hacia adelante. Ello establece un complejo escenario para el OEP, actor que tiene el mandato de llevar adelante un proceso electoral exitoso en medio de dos crisis, garantizando no solo la fiabilidad técnica del proceso y sus resultados, sino también novedosas medidas sanitarias para votantes y trabajadores/as electorales.

Como un camino casi quirúrgico, esto dependerá de recursos económicos, flexibilidad normativa, recursos tecnológicos y tiempo, factor que, como sabemos, está en contra. Es preciso que como ciudadanía entendamos esta complejidad, por fuera de la dicotomía MAS/Demócratas, actores que eventualmente deberán ceder sus posiciones para que arribemos a un buen puerto democrático.

Verónica Rocha, comunicadora social  

Comparte y opina: