“Los ingredientes que dan por resultado la energía del ejecutivo son: la unidad, la permanencia, el proveer adecuadamente su sostenimiento y poderes suficientes”, reza en El Federalista Nº 70 escrito por Alexander Hamilton en 1788. La unidad y fuerza de un poder ejecutivo yace en que depende netamente del nombramiento presidencial, aunque están respaldados por la Constitución, los ministros no responden directamente al pueblo, sino a su nombrador. Es de esta forma que existe la cohesión necesaria para su funcionamiento en la estructura democrática moderna, por tanto, pedir que un ministerio sea capaz de responder, no solo al pueblo en general, sino a necesidades específicas de sectores específicos en lugares específicos no solo es una quimera logística, es literalmente imposible, ya que esa no es su función democrática.

La limitación de poderes del Ejecutivo es y debe ser la característica democrática por excelencia que nos distingue de la monarquía, entonces: ¿cuál es su función? Cumplir con el programa de gobierno, el cual siempre se deberá enfocar en la creación de políticas generales a largo plazo de forma que cada sector pueda ponderar sus demandas en otro nivel jerárquico más adecuado, sino la burocracia crece y crece y estimulamos un sistema que nunca resuelve nada y solo impone trabas burócratas.

Es así que, si las carteras del Estado no están ocupadas satisfaciendo demandas minoritarias, limitan la capacidad politiquera del gobierno central, y, al no existir directamente esta capacidad, el enfoque en políticas generales se hace efectivo resultando en una labor mucho más beneficiosa para todos los sectores.
Cuando se trata de políticas sectoriales y específicas el mejor camino será un gestión descentralizada por dos puntos clave:

  1. Si un gobierno central debe resolver miles de situaciones que no le competen terminará beneficiando solo a unos y perdiéndose de su objetivo central.
  2. Al descentralizar esta gestión, el control social se hace plenamente efectivo debido a la conformación de las estructuras más cercanas al gobierno (pudiendo ser éstas las alcaldías y gobernaciones).

De esta forma no solo quitamos un instrumento proselitista y politiquero a un gobernante, sino damos espacio a una mayor eficiencia de esta gestión.

Después de todo debemos preguntarnos ¿Por qué defender una cartera (Culturas) que a todas luces va contra los principios democráticos e incluso perjudica al sector que debe resguardar? Los ministerios son áreas del gobierno con burócratas cuyos sueldos los paga el pueblo, no son ídolos todopoderosos que resolverán nuestros dolores.

Como dice la canción “Ay ay ay, que se va la vida, mas la cultura se queda aquí” ¿Dejaremos que la vida se vaya en burocracias?

Iván Canedo Calderón es músico