Voces

sábado 19 jun 2021 | Actualizado a 05:03

La salud ¿primero?

En dos meses no va a desaparecer la enfermedad, pero puede quebrarse la inestable paz que costó casi 40 vidas

/ 21 de junio de 2020 / 07:35

Un breve repaso a los números basta para refutar la consigna que esgrimen quienes usan la pandemia como excusa para mantenerse en un poder que no ganaron en las urnas. Hemos rebasado el límite de los 20.000 contagios y acumulado un saldo de 679 fallecidos. Son números abstractos: no reflejan los nombres, las angustias, las lágrimas ni los desamparos. Es como decir 500 respiradores: Si cada uno de esos inexistentes aparatos habría salvado una sola vida, el tamaño de la tragedia disminuiría en un 80 por ciento.

Otro número que se conoció esta semana es 45.000: la cantidad de pruebas que se han realizado desde que la pandemia llegó a Bolivia, hace 100 días. Nuestro vecino Perú ha realizado 1.360.000 pruebas en el mismo periodo. Este número de pruebas nos permite deducir que se ha aplicado el test a un promedio de 450 personas por día, lo que equivale a un total acumulado de 0,40 pruebas por millón de habitantes. Nuestro vecino Chile ha hecho 30.000 pruebas por millón de habitantes. El índice de positividad de Bolivia es del 44%. O sea: de cada 100 pruebas que se realizan, 44 salen positivas.

Son solo números, sin embargo. No describen los cientos de llamadas al Sedes para pedir una prueba que tarda o no llega nunca. No reflejan el miedo de los miles que combaten el virus con eucalipto, limón, paracetamol y una dosis enorme de desconfianza en el sistema. ¿Para qué ir a un hospital donde lo más probable es que ni siquiera te reciban? ¿Para qué pedir una ayuda que te convertirá en solo una estadística, vulnerable al estigma?

El número fatal, 679 muertos hasta hoy (seguramente habrá más el día que se publique esta columna). Es otro número sin rostro, sin aliento, lleno de mentiras. El número oficial de muertos por COVID en el departamento del Beni es 131. Pero los cementerios donde se entierran confirmados y sospechosos tienen más de 300 sepulturas.

El número de la indignación es 7. Es la cantidad de hospitales públicos de Cochabamba que se negaron a recibir a Juan Carlos, aduciendo falta de condiciones o de espacio. Finalmente, se desvaneció en plena calle y falleció sin auxilio. Tres cementerios se negaron, después, a recibirlo. Desgraciadamente, no es el único caso.

Comparen estos números con otro, más indigno: 11.000. Es la cantidad de bolivianos que cuesta en promedio un día de internación en clínicas privadas. Hay pacientes que han muerto dejando cuentas por pagar por más de 400.000 bolivianos. A falta de regulación del Ministerio de Salud, la medicina privada está lucrando con la pandemia. Mientras tanto, se han reportado 10 casos de personas que han muerto en puertas de hospitales públicos esperando ayuda médica. Los que mueren en sus casas sin ayuda ni siquiera se cuentan. Es hora de que se nacionalicen, aunque sea temporalmente, las instalaciones de salud privadas. No puede ser que superar la enfermedad dependa del tamaño de tus ahorros. No puede ser que la herencia de tu familia sea un número amargo: cuánto habría costado salvar la vida de un ser amado, si tendrías el dinero.

El Gobierno de facto es responsable de estos números terribles, porque le tocó gobernar durante la pandemia. Y en lugar de concentrarse en reducirlos, usa los números como excusa para evitar elecciones. Piden dos meses más de prórroga. ¿Para qué? En dos meses no va a desaparecer la enfermedad, pero puede quebrarse la inestable paz que ha costado casi 40 vidas.

Los números del COVID, lejos de ser un factor de miedo, son un factor de bronca: No podemos seguir dejando la salud, la vida, la economía y la esperanza de 11 millones de personas en manos indolentes, inexpertas, ineficientes e ilegítimas. Una sola es la salida: ¡Elecciones ahora!

Verónica Córdova
es cineasta.

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Enemigo Público Número Uno

/ 5 de junio de 2021 / 22:25

Después de un largo tiempo de investigaciones, el FBI logró apresar a una persona que se vanagloriaba de su poder y ejercía la violencia con placer, sin empatía y sin escrúpulos. A pesar de la considerable cantidad de crímenes más serios y de víctimas mortales que podían atribuírsele, terminó preso por un relativamente menor crimen económico. No, no estoy hablando de Arturo Murillo: me refiero el famoso capo de la mafia norteamericana Alfonso Capone. También llamado Caracortada, Al Capone supo huir de Nueva York cuando sus crímenes llamaron la atención de las autoridades. Llegó a Chicago buscando un refugio seguro y una vida nueva, donde disfrutaría de sus dólares mal habidos al amparo de amistades de su calaña y de unas autoridades que se hacían de la vista gorda. Lo consiguió por algún tiempo, consolidando su fama de matón y su imperio de crimen organizado. Pero al final terminó acusado de evasión de impuestos y condenado a prisión en la célebre isla de Alcatraz.

Cualquier parecido con la vida y trayectoria de Arturo Murillo, nuestro Enemigo Público Número Uno, es mera coincidencia. Creo.

Lo que no es casual es el ímpetu, la decisión y la saña con la que las autoridades gringas persiguen el soborno, el lavado de dólares o la evasión de impuestos, delitos contra el fundamental valor y principio de ese país: el derecho al dinero. Ahí fue donde Murillo se equivocó: la Justicia norteamericana no iba a perseguirlo por las masacres de Senkata o de Sacaba, las violaciones de derechos humanos no iban a ser óbice para que se le otorgue asilo y se lo proteja en Estados Unidos. Pero robarse unos (muchos) dólares y tratar de blanquearlos en los bancos gringos, eso es imperdonable y merece cárcel inmediata. Bien lo pueden atestiguar Gonzalo Sánchez de Lozada y en especial Carlos Sánchez Berzaín, quien a pesar de estar acusado de asesinatos extrajudiciales sigue libre y campante en Miami, dándose el lujo de aparecer como invitado en conferencias y programas de televisión, opinando sobre Bolivia y alentando todo tipo de sediciones, insubordinaciones y golpes de Estado. La Justicia de Estados Unidos es implacable con quienes cometen crímenes de lesa economía, pero se hace a la loca frente a genocidas y masacradores.

Arturo Murillo tiene muchas probabilidades de terminar como Al Capone: lo sentenciaron a 11 años de cárcel pero salió en siete, después de pagar las multas e impuestos que debía. La pregunta es qué hará al respecto la Justicia de Bolivia. ¿Se lo perseguirá solamente por los actos de corrupción descarada que cometió en el gobierno de facto? ¿O será que aquí sí se lo juzga por los crímenes de lesa humanidad que cometió mientras robaba?

La prisión de Murillo en Estados Unidos es una forma de justicia. Pero no basta. No puede purgar solamente sus robos, cuando hay familias enlutadas y vidas rotas por su prepotencia y la forma sanguinaria en que ejerció la violencia. La última palabra la tienen Carlos Mesa y Luis Fernando Camacho: así como ahora desconocen a Murillo y se rasgan las vestiduras ante su corruptela ¿darán vía libre a un juicio de responsabilidades al gobierno de Áñez?

Arturo Murillo no es un mafioso solitario. Sus crímenes se cometieron en el marco de un gabinete, con el respaldo de decretos supremos y avales del Banco Central de Bolivia. En los casos de corrupción, así como en los crímenes de lesa humanidad, las responsabilidades son tanto individuales como solidarias. ¿Tendrán Mesa, Camacho y sus asambleístas la integridad necesaria para participar en la investigación y el juicio que le dará un cierre a este periodo amargo de nuestra historia?

Verónica Córdova es cineasta

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La supervivencia del más apto

/ 23 de mayo de 2021 / 01:17

Estamos tan acostumbrados a considerarnos el centro del universo, que olvidamos que los humanos somos apenas una especie, entre millones. Quizás seamos la más inteligente o la más hábil, seguro somos la más destructiva, pero de ninguna manera somos la única. Si vemos la presente pandemia desde el punto de vista de la otra especie involucrada, quizás entendamos mejor nuestras opciones para abordar el problema. Estoy hablando, evidentemente, del virus llamado COVID-19. No es una enfermedad, estrictamente hablando. Es un microbio: un ser vivo muy pequeño que, igual que todos los otros seres de cualquier tamaño, busca sobrevivir y reproducirse.

El COVID-19 sobrevive a través de sus organismos anfitriones: antes los murciélagos, hoy los humanos. Nuestro cuerpo le da un hogar amplio, cómodo y lleno de facilidades, que sería tonto de no apropiarse. Desde nuestro punto de vista, la tos es un síntoma de la enfermedad. Desde el punto de vista del COVID-19, es una forma de transmitirse de un humano al otro con la mayor velocidad y eficiencia posible: se instala en nuestra garganta, nos irrita y nos obliga a toser —lanzando nubes de virus que fácilmente se transportan al próximo anfitrión. Por eso los barbijos son tan importantes: crean una barrera física que evita que el virus se propague.

Una diferencia clave entre el humano y el COVID es que para ganar la batalla el microbio depende solamente de respuestas biológicas y físicas (suyas y nuestras). Las mutaciones del virus son su estrategia para contrarrestar nuestras medicinas. Nosotros, además de las respuestas orgánicas que nuestro sistema inmunológico genera, para derrotar a este enemigo tenemos laboratorios, microscopios, análisis, genomas, cientos de años de observaciones, pruebas y deducciones —eso que llamamos ciencia. Las vacunas son la estrategia más hábil que hemos desarrollado para sobrevivir y somos muy tontos (más tontos que el virus) si nos negamos a usarlas.

No: la vacuna no te cura. Lo que hace es enseñarle a tu sistema inmunológico los puntos débiles del enemigo microbiano, para que sepa defenderse mejor y tenga una ventaja táctica.

No: la vacuna no evita que te enfermes. Lo que hace es darte una armadura antes de mandarte a la batalla. Los golpes igual te van a llegar, pero serán mitigados por la vacuna. Si te vacunas, el COVID será derrotado por tu sistema inmunológico y los síntomas de su presencia en tu organismo serán más suaves.

No: que te hayan vacunado no implica que puedas dejar de usar barbijo o distanciarte de otros. Los virus pueden seguir en tu saliva y aunque a ti no te dañen (porque tienes la armadura) todavía pueden dañar a otro que no la tiene.

No: la vacuna no te modificará genéticamente. Solamente las vacunas de Pfizer y de Moderna (que en Bolivia se han usado muy poco) utilizan un código genético llamado ARN mensajero, que es una especie de “manual de instrucciones” que le indica a nuestro ADN cómo combatir el virus. El ARNm no entra al núcleo de nuestras células, que es donde está el ADN y por tanto no interactúa con él de ninguna manera.

No: la vacuna no ha sido desarrollada a la rápida y por tanto está hecha “como sea”. Cientos de institutos, laboratorios, universidades y empresas farmacéuticas han trabajado simultáneamente, con una muy importante inyección de recursos económicos y por primera vez compartiendo información técnica. Por eso se han podido desarrollar tan rápido sin tener que omitir ninguno de los pasos necesarios para que sean seguras.

Sí: hay un fin de lucro en la mayoría de esas entidades y hay quienes ganan cantidades obscenas de dinero gracias a las vacunas. Pero que haya quienes se benefician de este esfuerzo no significa que en sí mismo sea dudoso. Si así fuera, deberíamos dudar de todo lo que en el mundo se desarrolla con fines de lucro. O sea: todo.

Sí: existe la posibilidad de que estas vacunas generen efectos secundarios de algún tipo en el tiempo. Pero lo mismo pasa con el microondas, el plástico, los celulares, la margarina y casi todo lo nuevo. No ha pasado suficiente tiempo como para medir y descartar sus efectos a largo plazo. Es un riesgo que debemos sopesar: evito morir hoy, evito que mi familia sufra la desesperación y el costo de verme hospitalizado ahora o dejo de vacunarme por miedo a consecuencias que pueden —o no— venir dentro de quién sabe cuántos años.

El COVID-19, un bicho muy inteligente por lo que parece, claramente se vacunaría. Para preservar su vida, reproducirse y mantener su especie. ¿Seremos nosotros menos sensatos que nuestro enemigo invisible?

Verónica Córdova es cineasta.

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Chakana

/ 9 de mayo de 2021 / 00:38

Esta semana se inició el tiempo de la Chakana: tiempo de reconstituir, de enderezar y de recomponer nuestro camino. El tiempo de la Chakana es el tiempo de la madurez, mayo, cuando la cruz del sur se alinea en el cielo y los frutos están listos para la cosecha. Se termina el ciclo anual, es tiempo de mirar hacia atrás para reconducirnos en lo venidero. Madurez en la naturaleza y en los seres humanos: ya sabemos lo suficiente para entender en lo que erramos, pero todavía hay tiempo por delante para corregir y re-encaminarnos.

En el centro de la Chakana está el Taypi, el centro ritual, el ombligo donde se cruzan todas las divisiones. Es el espacio de la mediación y del equilibrio, donde por fuerza se encuentran todos los opuestos. Ahí es donde se realiza el 3 de mayo el Tinku: rito sexual, simbólico y violento, donde las mitades se encuentran para derramar sangre un día, evitando así que se derrame sangre el resto del año. Dice Fernando Montes que el Tinku es una cópula simbólica que exacerba hasta la violencia las contradicciones entre las dos partes enfrentadas, para así poder integrarlas plenamente. Solo después de la máxima intensidad del conflicto, es que se logra la verdadera unidad.

Hay mucha sabiduría en esa concepción de mundo, simbolizada por la Chakana o la cruz escalonada andina. No es necesariamente malo que haya parcialidades, contradicciones, divisiones, siempre que exista un Taypi donde encontrarnos para restablecer los equilibrios perdidos. El mundo no puede ser unívoco, sólido, terminado: debe haber espacio siempre para ver con los dos ojos, para tocar con las dos manos. Un pie avanza mientras el otro sostiene el peso del cuerpo. El mundo debe ser fluido, negociado, no puede solo sostenerse en los extremos dicotómicos de un “sí” o un “no”. Tiene que haber espacio para el “cómo será pues”: un sí que tiene algo de no, una negación que a la vez afirma un poco.

Es en la violencia de las afirmaciones tajantes donde se imposibilita el diálogo y se pierde el Taypi. La guerra empieza cuando vemos el universo como una dialéctica irreconciliable, con opuestos maniqueos que deben destruirse uno al otro para sobrevivir como verdades. La paz se hace imposible cuando mi verdad no acepta otras verdades posibles, y asume que todo lo que no comprende es falso, necesariamente. El diálogo es inalcanzable cuando no me basta con argumentar mis verdades: debo descalificar, degradar y hasta exterminar a quien no las comparte.

Para poder convivir entre distintos es importante que exista un Taypi que equilibre nuestras diferencias y enfatice nuestras complementariedades. Dice Montes que la representación perfecta de esta filosofía está en la relación sexual: “momentánea comunión en que macho y hembra disuelven sus límites individuales, armonizan sus antagonismos y conjuncionan sus disparidades para fusionarse en una estrecha unidad contradictoria”.

Resulta significativo que la raíz lingüística de la palabra Tinku no solo se aplica al encuentro físico, la confrontación, la competencia; sino también al encuentro sexual, al descubrimiento o conocimiento del otro en toda su diferencia —que es, en la mayoría de los casos, lo que nos atrae de una potencial pareja.

Sexo, equilibrio, madurez, violencia, frutos, noche, verdad, encuentro, diálogo, Chakana. ¡Cuánto nos pueden enseñar cuatro estrellas alineadas en el cielo de mayo!

Verónica Córdova es cineasta.

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Crimen y castigo

/ 10 de abril de 2021 / 22:26

Cada día veo la cárcel de mujeres de Miraflores prácticamente desde mi ventana. Algunas tardes se escucha a las presas jugar a la pelota. Durante los días aciagos de la cuarentena, hubo veces en que las mujeres presas gritaron y pidieron que las tomen en cuenta, que les hagan pruebas, que les proporcionen medios para cuidarse de la pandemia. Alguna vez entrevisté allí a una persona que había caído presa y pude sentir en mi propia piel la incertidumbre y la desolación que trashuman esas paredes, pero a la vez atestiguar una solidaridad y resiliencia que no deja de estremecer a quien recorre sus estrechos vericuetos y mira sus ropas multicolores colgadas a secar entre los barrotes.

La cárcel es, siempre, una forma de tortura. Como decía Foucault, toda prisión es una forma de ejercer un poder disciplinario sobre la sociedad, pues se trata de controlar las conductas sociales fuera de la cárcel, a través del miedo a caer en ella. Por eso, es importante que la prisión sea terrible. Que lo digan los miles de presos que están ahí sin sentencia y sin esperanza, sin dinero y sin justicia.

Cada semana veo desde mi ventana a Doña Julia: una anciana que deambula por Miraflores vendiendo matico, manzanilla y eucalipto. Su hijo menor, un joven de 20 años, estuvo preso en la cárcel de San Pedro. No le pregunté qué crimen cometió (si acaso alguno), porque al final no importaba. Lo que importaban eran las lágrimas de Doña Julia, tratando de vender cada día lo suficiente para comprar un mínimo de seguridad para su hijo preso. Importaba que cada viernes debía pagar para que él tenga un rincón en el piso para extender el cartón sobre el que duerme. Importaba la angustia de Doña Julia cuando miraba las nubes negras en el cielo y sabía que su hijo no tenía un plástico ni un techo para protegerse de la lluvia. Importaba que un día enfermó y languideció durante días, sin que su madre pudiera concebir siquiera la posibilidad de sacarlo de allí para que lo vea un médico. Se lo entregaron muerto. Y doña Julia siguió mendigando en las calles de Miraflores por unos centavos para poder enterrarlo. Cuántas veces habrá pasado Doña Julia por la puerta de la cárcel de mujeres, donde la señora Jeanine Áñez dice ser torturada porque no le dejan internarse en una clínica privada para curar su presión alta.

Creo firmemente que toda cárcel es una forma de tortura, y ojalá existiera otra forma menos violenta de hacer justicia. Pero la tortura no es igual para quienes deben comer el magro prediario que se les reparte en horarios fijos, que para quienes reciben cada día comida especial que les traen sus hijos, no importa si es una hamburguesa Burger King o unas lechuguitas. No es igual estar presa con abogados, medios de comunicación y homilías a tu disposición, defendiéndote y justificando tus crímenes, que ser una presa olvidada y sin recursos, inventando apenas una forma nueva de alimentar a tus hijos, presos junto contigo.

Dice Doña Jeanine que ella es inocente. Que se lo diga a los centenares de hombres, mujeres e incluso niños que fueron apresados en su nombre y bajo sus órdenes, por “crímenes” tan terribles como escribir en una red social, como salir a protestar, como estar en la calle durante la cuarentena. Dice la señora Áñez que está siendo maltratada, cuando se la está tratando con una consideración y cuidado que ya quisiera tener cualquier persona que cae presa. Lo pueden atestiguar Doña Julia, su hijo muerto y cada una de las presas de Miraflores —con quienes Doña Jeanine no ha intercambiado una sola mirada, ni ha compartido una sola comida o un solo juego de pelota.

 Verónica Córdova es cineasta.

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INJERENCIAS

Es absurdo que siendo un sistema de naciones iguales y soberanas, aún haya gobiernos entrometidos

/ 7 de abril de 2021 / 13:41

SALA DE PRENSA

Comunicado: “El Estado Plurinacional de Bolivia se encuentra profundamente preocupado por los crecientes signos de comportamiento antidemocrático en Estados Unidos, cuya expresión más descarnada pudo verse en vivo en pantallas de todo el mundo el 6 de enero pasado, cuando una turba de manifestantes armados irrumpieron violentamente en el edificio del Capitolio con la intención de detener el proceso legal de certificación de votos de las elecciones nacionales. Fue especialmente preocupante constatar, en ese terrible suceso, que los manifestantes erigieron una horca donde pretendían colgar al Sr. Mike Pence, vicepresidente en funciones en ese momento; que la mayoría de ellos declararon actuar bajo las instrucciones del Sr. Donald Trump, quien no aceptaba los resultados de las elecciones y pretendía evitar que el proceso democrático siga en curso; y que, además, las fuerzas del orden llamadas a proteger la infraestructura del Congreso y la vida de los congresistas allí reunidos, actuaron con sorprendente moderación y permitieron desmanes tan graves como el robo de objetos personales de las oficinas e incluso que algunos se atrevieran a defecar en los pasillos y paredes, en llamativo contraste con la forma en que se comportan las fuerzas de seguridad cuando se trata de ciudadanos de raza negra o de origen latino que reclaman sus derechos o simplemente se desplazan por las calles.

Los bolivianos celebramos junto al pueblo norteamericano el triunfo democrático de las elecciones de noviembre, a la vez que expresamos nuestras felicitaciones al gobierno del presidente Joe Biden, con quien deseamos una relación robusta y de respeto mutuo. Por ello, nos preocupan profundamente las 253 leyes que se están discutiendo en 43 estados de su país con el objetivo de limitar el derecho al voto de los ciudadanos norteamericanos afrodescendientes. Añadimos nuestra voz a las muchas declaraciones de organizaciones de defensa de los derechos civiles y humanos, que han hecho público su cuestionamiento a medidas que consideran un retorno al periodo oscuro de la historia norteamericana, cuando los ciudadanos negros se contaban como 60% de una persona blanca y estaban impedidos de votar. Estas iniciativas legislativas injustas y discriminatorias no están en consonancia con los ideales democráticos de Estados Unidos y le quitan mérito a los extraordinarios esfuerzos de votantes, candidatos y servidores públicos que hicieron que la Elección de 2020 en Estados Unidos haya sido la de mayor participación de las últimas décadas.

Asimismo, seguimos con atención el juicio que esta semana se ventila contra Derek Chauvin, oficial de Policía acusado de asesinar al ciudadano negro George Floyd arrodillándose en su cuello durante nueve minutos, mientras él gritaba que no podía respirar y un grupo grande de testigos filmaban y miraban. Nos permitimos dudar de la imparcialidad del sistema de justicia norteamericano, dados numerosos casos anteriores en que policías blancos, haciendo un uso excesivo de la fuerza, asesinaron a ciudadanos negros desarmados y fueron consecuentemente hallados inocentes y liberados.

Hacemos, por tanto, un llamado al Gobierno de Estados Unidos para que deje en claro su apoyo por la paz, la democracia y la reconciliación nacional, hallando culpable a Derek Chauvin en el juicio que se ventila en cortes de Mineápolis. Llamamos también a todos los estadounidenses —tanto autoridades como manifestantes— a actuar con respeto y pacíficamente, para que no se repitan escenas de violencia y dolor como las que el mundo presenció durante el ataque al Capitolio el 6 de enero pasado. El Estado Plurinacional de Bolivia está al lado de sus amigos y vecinos estadounidenses en nuestra común búsqueda de sociedades más pacíficas, prósperas y democráticas”.

Absurdo ¿no? Si la Cancillería de un país cualquiera se atrevería a redactar un comunicado tan paternalista y entrometido, dándose ínfulas de juez y señor, atreviéndose a opinar y dictar sentencia en un caso de la justicia ordinaria interna de otro país, sería un escándalo.

Llama a la risa pensar que el Ministerio de Relaciones Exteriores de Bolivia redactara y publicara un comunicado de esta naturaleza. Y, sin embargo, esta es una traducción casi exacta del Comunicado que emitió el canciller de Estados Unidos, Antony Blinken, el 27 de marzo pasado en relación a la democracia y la justicia bolivianas. Solo se cambiaron los asuntos internos que se tomó la atribución de comentar: el tono hipócrita, las críticas veladas y la actitud soberbia están todas en el original.

Parece absurdo que casi cien años después de la firma de tratados y convenios que sostienen un sistema de naciones iguales y soberanas, incluida la Carta de las Naciones Unidas, sigan habiendo gobiernos que se atrevan a inmiscuirse de una manera tan descarada en asuntos que no les incumben. Y no son solo gobiernos: el secretario general de la OEA, Luis Almagro, ha ido incluso más lejos. No solamente intervino de forma nefasta en los eventos que precedieron al golpe de Estado de 2019, utilizando de manera oscura la Auditoría Electoral que el Gobierno boliviano ingenuamente le confió. No solamente calló ante las masacres y los abusos a los derechos humanos que llevó a cabo el gobierno de facto, instaurado en mucho gracias a su manipulado Informe Preliminar. No solamente le dio apoyo incondicional a personajes como Luis Fernando Camacho y Arturo Murillo, con quienes se reunió a puertas cerradas y se fotografió sonriente. Encima de todo ello, tiene ahora el cinismo de proponer aún mayor injerencia: quiere crear una “comisión internacional” para investigar la corrupción en Bolivia, quiere ser parte de la reforma a nuestro sistema de justicia y quiere llevar al Estado boliviano ante la Corte Penal Internacional. En otras palabras: quiere erigirse como Virrey de unas nuevas colonias.

Bolivia es un Estado soberano, libre y autodeterminado. Puede que las acciones del gobierno de facto hayan dado una idea equivocada durante algunos meses, pero ya es tiempo de que se rectifiquen las cosas. La respuesta de nuestra Cancillería al despropósito de Blinken ha sido un buen comienzo.

(*) Verónica Córdova S. es cineasta

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