Voces

sábado 19 jun 2021 | Actualizado a 18:19

El cuerpo del ciudadano, expresión de sentido

En tiempos de coronavirus, todo disfrute del espacio público ha quedado en la memoria

/ 25 de junio de 2020 / 06:13

En los últimos artículos abordamos distintos hechos que suceden en estos tiempos y que nos revelan los cambios que vive la ciudad y especialmente su población, los cuales comenzaron a mostrarnos cada vez nuevas y distintas circunstancias que semejan a fotografías en las que la cotidianidad pareciera haber desaparecido. Una especie de imágenes en movimiento de decenas de cuerpos que se mueven mecánicamente, como si hubiesen perdido el espíritu bullicioso del ayer.

Hoy el ciudadano ha cambiado hasta el punto en que demuestra que ya aceptó este presente nebuloso que llegó con el coronavirus. Una realidad que deja en evidencia la gran ruptura en la vida y el hacer del habitante desde marzo, lo que ha conseguido desorientarlo y perjudicarlo en sus planes y sueños hacia el futuro.

En el centro urbano, por ejemplo, las personas van y vienen, se mueven con recelo, evaden o cruzan al frente con tal de no rozarse con aquel o aquellos personajes que pueden contagiarlo. Asimismo, si bien el temor al futuro es profundo, el transeúnte solo busca  seguir con vida y con el paso del tiempo reestructurar sus metas del mañana. No cabe duda de que hoy ese cuerpo está cargado de sentido no solo porque vive con incertidumbre, sino porque le invade la desesperanza respecto a la situación económica.

También es muy llamativo observar que las calles y avenidas por las que ayer se transitaba con cierta seguridad y hasta placer, hoy son recorridas con premura por la gente y los autos debido a la finalización de la hora de circulación. Así, la velocidad y el tiempo han tomado el primer plano de la cotidianidad.

Esa agitación nerviosa denota que la vida urbana de la ciudad de La Paz ha cambiado, pues el personaje principal, el ciudadano, ni siquiera se interesa en participar en ella. Sin embargo, su cuerpo ofrece lecturas distintas y en algunos casos hasta poco claras; por ejemplo, al ver a una persona cabizbaja y de caminar acelerado, una de las interpretaciones puede ser que lo hace forzada para cumplir algún hecho concreto.

Dada esa situación, todo disfrute del espacio público ha quedado en la memoria, por lo menos en esta etapa de riesgo de salud, que según algunos expertos se extenderá por tres años.

Un periodo complejo que por momentos produce desazón esencialmente por la ruptura del pasado con un presente que viene cargado de otras realidades. Empero, esto no quiere decir que las urbes no sigan abiertas a nuevos “fundamentos”, pues –como afirmaba Hilberte– llegará el momento en que necesariamente se tendrá que “exilar para siempre a la ciudad tradicional”, y eso significa imaginar una urbe llena de nuevas exigencias.

Por eso, es inobjetable que vivimos momentos singulares y que la visión de las ciudades ha cambiado, pues exige transformaciones en la medida de la nueva vida que lleva el habitante en estos últimos tiempos.

Resulta difícil entender la vacilación de aquellos cuerpos que, así como aparecen, desaparecen rápidamente, lo que nos demuestra que son la fuente misma de toda subjetividad, pero que hoy iniciaron un nuevo tiempo de objetividad, una especie de paradigma de evolución. En esa línea, filósofos como Merleau-Ponti ya aseveraban que “el cuerpo de una persona puede hablar, como la lámpara eléctrica puede volverse incandescente”.

Patricia Vargas, arquitecta

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La sórdida realidad de la salud actual

/ 11 de junio de 2021 / 01:42

En los últimos tiempos nuestras vidas han cambiado hasta el punto que pareciera que los colectivos humanos han dejado de estar seguros de que haya un mañana, y de que éste seguirá acompañado de una fuente de creación, experiencia y extensión de conocimiento.

Lo cierto es que vivimos una suerte de paradoja que ha logrado invadir la contextura de nuestras vidas, hasta el punto que las ambiciones que conlleva la existencia humana sobre una nueva mirada a un futuro mejor y más amplio han dejado de crecer, aunque no faltan otras que están siendo desarrolladas, pero por otros caminos.

Independientemente de ello, son tiempos difíciles en la vida del ciudadano, a quien se le exige cumplir con medidas diarias como el cubrir su cuerpo y rostro. Un sinfín de rituales que son parte de la puesta en escena cotidiana de cada persona antes de salir de casa. Un hecho que no puede ser fragmentado y menos omitido si queremos seguir con vida.

Empero, esta situación si algo positivo tiene es el desarrollo de la realidad sanitaria, cuya experiencia y producción científica ha comenzado a extenderse a otras naciones menos desarrolladas, pero que hoy obligadamente empezaron a producir vacunas, obviamente con las composiciones que les llegan de los países productores. Una realidad que denota que seguimos caminando inevitablemente hacia el desarrollo.

Esto nos debiera llevar a recordar que todo pasará y que nuevamente el planeta se consolidará en cuanto a salud; y lo mejor, el habitante nunca dejará de soñar y menos olvidará el tener la mirada en el futuro.

Es evidente que los precursores del futurismo soñaron con la evolución del orbe, lo que jamás dejará de suceder porque la necesidad de crear, inventar o descubrir forma parte innata de la humanidad. Mucho más en los últimos años, ya que la vida en movimiento ha mostrado realidades que responden a esa meta y que serán retomadas con mayor ahínco, pero con prudencia y en el momento que se venza a la adversidad. Algo inobjetable porque el orbe ambiciona la sobreconstrucción, el redescubrimiento, en síntesis: los signos del desarrollo.

Si bien momentos como este nos recuerdan otras realidades similares en la historia, hoy pareciera que vencer esta adversidad debe estar apoyada en el pensamiento de Buccioni, quien afirmó hace más de un siglo: “A levantar el hogar” en el corazón de una multitud. Esto con un sentido distinto: el de la mirada más humana y equitativa del futuro del planeta. Por tanto, son momentos que se han convertido en una especie de sobrecarga en nuestras vidas gracias a un mal que se ha extendido y ha creado la mayor disonancia que ha atravesado la humanidad en estos dos últimos años, lo cual nos lleva a pensar que toda sórdida realidad es a causa de una heterogeneidad de hábitos y necesidades de subsistencia del ser humano, que deben comenzar a ser reflexionados pues también entran en juego su calidad de vida y su salud.

El rostro de la libertad del ciudadano no dejará de existir, tampoco el descubrimiento y desarrollo de la ciencia y demás. Esto porque las personas jamás dejarán de crear y menos dejarán de soñar en un futuro cada vez más desafiante. Todo ello pese a que la vida sanitaria sea adversa como en estos momentos, lo que conlleva una realidad que hasta hace más de un año era inimaginable. Ahora, esta situación solo muestra la necesidad de repensar en el ser humano, el personaje más importante de la Tierra.

Patricia Vargas es arquitecta.

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El sentido de la cultura

/ 28 de mayo de 2021 / 01:43

Históricamente la cultura para una sociedad siempre fue el proceso de sustentación de una identidad. Esta, lograda por un consistente punto de vista estético.

Si bien la cultura urbana emana sus propias expresiones, Max Weber afirmaba que el pensamiento, la conducta y la estructura social están integradas, ya que sus ramas —la ciencia, la economía y la cultura— son predominantemente racionalistas.

Sin embargo, no faltaron los estudiosos que señalaban que la conducta tiene un doble sentido: los aspectos cosmológicos del pensamiento y la cultura propia de las sociedades, las cuales hoy parecieran caracterizarse por la eliminación de su magia. Asimismo, hubo apreciaciones de que la cultura está unida entre el pensamiento y el sentido de la sociedad.

Es evidente que existen sociólogos que estudiaron las expresiones y la vida urbana buscando el significado de éstas, hasta el punto en que detectaron grandes valores, pero también una diversidad de problemas, como aquel sociólogo urbano que denominó “Crisol Cultural” a las ciudades por el gran cosmopolitismo que allí reside.

Lo singular es que ese estudioso urbano no consideró que hoy las metrópolis se transformaron y convirtieron en una especie de maraña de estilos de vida, de costumbres y hasta idiomas. Bellas ciudades del futuro que ya existen en el planeta, las cuales conllevan un sentido cultural experimental metamorfoseado, apoyado por hibridaciones en la mayoría de los casos. Auténticas mutaciones gracias al encuentro o la vida entre distintas culturas que allí radican.

Pero no falta aquel contraste en el que el crecimiento humano también pareciera sacar a relucir una especie de urdimbre de una población de bajos recursos, que no solo exige una infraestructura renovada, sino que necesita la dotación de lugares libres a partir de la ampliación espacial para esos sectores poblacionales. Una transformación que, empero, no elimine el sentido cultural singular de esos lugares.

Eso significa que cuanto más se estudia, se vive o se visita esas grandes metrópolis, se descubre que cada cultura entendió de manera particular la modernidad en su vivir. Mucho más si se trata de comprender la sobremodernidad de otros sectores. Una forma de vida que exige un nuevo habitar en esas grandes naciones conformadas por millones de habitantes.

Esa realidad debiera llevar a los estudiosos y urbanistas a buscar armonía en ese ensamble de culturas. Pero esto no es nada fácil porque en el fondo existe un radical y diferente sentido cultural, aunque también vivencial, que pareciera requerir una mayor visibilización de la realidad de la población numerosa que allí reside.

Algo inobjetable porque el mundo de hoy no solo debe transformarse y posiblemente hasta evolucionar su sentido, especialmente desde la llegada de la pandemia al planeta.

Eso significa un gran reto para los planificadores y arquitectos porque se tendrá que pensar en reestructurar no solo las urbes, sino crear escenarios de libertad vivencial que demanda el nuevo existir ciudadano. Esto debido a que aún no llegó el tiempo en que el planeta deje de estar amenazado por diferentes males, por lo que su sociedad, al ser sensorial, requiere transformaciones.

Indudablemente, es un gran desafío pensar en la importancia del sentido que conlleva la nueva vida del ciudadano.

Por todo ello, el impacto urbano denota otra dimensión de realidades, la cual parece confirmar que “desde la arquitectura se puede intervenir, pero desde el urbanismo se puede cambiar una ciudad”.

Patricia Vargas es arquitecta.

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Arquitectura, vivienda-evolución

/ 14 de mayo de 2021 / 02:07

Apartir de la multiplicidad de situaciones que se viven hoy, la arquitectura tiene el desafío de evolucionar no solo en la búsqueda de propuestas atractivas, sino que contengan una complejidad de cruce de fuerzas, cuyo resultado sea una obra significativa. Sabemos que las condiciones actuales no son las más alentadoras para un éxito rotundo. Esto gracias a la llegada de un virus que ha causado situaciones inteligibles, las cuales, empero, parecieran afirmar que la arquitectura debe enriquecerse y caminar por nuevas sendas, ya que la vida del habitante exige transformaciones y ello significa munirse de estrategias constructivas sin olvidar el aprovechamiento de energías limpias.

Cabe recordar que la arquitectura no es una escultura, sino el acontecimiento de espacios y volúmenes que logran resultados significantes, como son los espacios residenciales, de esparcimiento, diálogo y demás, que no solamente son útiles para elevar el valor de la ciudad, sino el disfrute del habitante que allí reside. Mucho más por la importancia y valor de continuidad, integración y conexión que hoy requiere el espacio habitacional y su relación amable con el exterior.

No nos referimos a que cada edificación esté conectada a un jardín o una plaza, sino que su vínculo sea con aquellos territorios relacionados hasta indirectamente con la naturaleza, la vida. Así, la arquitectura estaría concebida en el cruce de espacios que la componen y apoyada por la fuerza de lo tecnológico. Es indudable que para ello se tendrá que dejar atrás el programa tradicional.

Y viene la pregunta: ¿qué pasa con las zonas de bajos recursos? Éstas se caracterizan por estar en una ciudad, la cual debe saber entender que la vida humana dentro de esas pequeñas edificaciones requiere complementar sus necesidades espaciales, así como consolidar o ampliar sus lugares, por ejemplo, los residuales, a fin de convertirlos en útiles para el esparcimiento. Una realidad que lleve a buscar soluciones en aquellos territorios pequeños o medianos para que se conviertan en el lugar del acontecimiento.

Conviene aclarar que este artículo no trata de códigos estilísticos, sino de una mirada al futuro de la arquitectura referida a la vivienda y su relación con la ciudad. Tampoco se debe dejar de reconocer que el momento en el que vivimos nos mostró otras realidades, que posiblemente puedan repetirse o ampliarse en el futuro. Por tanto, logró revelar las grandes necesidades de la urbe y, lo mejor, nos acercó al futuro.

Y en cuanto a lo tecnológico, ya no se debiera tapar aquella herida que significa la falta de tecnología especialmente en la arquitectura y convertir a las edificaciones en eficientes.

Para ello, se debiera reflexionar sobre la necesidad de transformar las obras con pautas para el ahorro máximo de energía. En esa línea, es preciso señalar que el construir con criterios sustentables representa solo del 3 al 5% más de la inversión económica y que éste se hace visible hasta en materiales de acabados de una obra. Independientemente de aquello, es necesario sensibilizar a las personas sobre temas medioambientales que deriven en la toma de conciencia acerca del respeto y la necesidad de salvaguardar la naturaleza. Esto significa hacer entrar en cuenta a la sociedad de que requiere un nuevo vivir tanto en espacios cerrados como externos. Lugares verdes no solo recreacionales, también los entornos naturales que elevan el buen vivir del ciudadano.

Para finalizar, reafirmamos que este artículo no representa la manifestación de una construcción teórica de la transformación de la arquitectura del mañana, sino que fue escrito deliberadamente para iluminar la realidad que, pareciera exigir el nuevo vivir.

Patricia Vargas es arquitecta.

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El Alto, otra forma de entenderlo

/ 30 de abril de 2021 / 02:17

La ciudad de El Alto es un producto de tradición, el cual relata que en los últimos años ha cambiado mucho hasta el punto que su población pareciera querer consolidar la memoria de un pasado, pero con expresiones que sean fruto de un presente fuertemente reconstructivo. Para ello ha comenzado a ser edificada con un nuevo sentido.

Lo relevante es que no se dejó en el olvido a la identidad, la cual es la fuerza que brota de la naturaleza orgánica, es decir que parte de la tierra. Así, esa identidad hoy busca mostrar un significado distinto que exige ser ampliado a los nuevos tiempos.

Lo significante es cómo todo aquello va acompañado de la intención de una sociedad que busca y evoca dirigirse sola.

Y es así como la ciudad de El Alto de a poco se transforma en ciertos sectores, a través de algunas obras arquitectónicas que representan íconos urbanos y que conllevan un trasfondo de la cultura del ayer. Tampoco falta el entrecruzamiento con aquellas otras edificaciones de corte contemporáneo, las cuales demuestran que esa urbe no se limita solo a la búsqueda de su desarrollo como ciudad tradicional.

Una especie de cruce de expresiones que ansían consolidar un futuro distinto, cuyo resultado sea una nueva imagen donde lo simbólico sea la fuerza que deje atrás a la ciudad del ayer.

Todo aquello ha logrado trascender a la sociedad, que hoy busca que aquella identidad del pasado se amplíe a un presente prometedor, cuyo sentido de pertenencia no deje de estar vigente.

Lo paradójico es que hoy otra parte de la sociedad tiene presencia en la dirección de esa urbe. Nos referimos a la ciudadanía joven, que ha tomado el rumbo con nuevos ideales y conduce políticamente a esa ciudad.

Por tanto, El Alto comienza a dejar atrás toda tradición conservadora, la cual si bien condensa valores ancestrales, hoy está dirigida por una juventud que protege su identidad, pero dentro de una visión de futuro.

Tampoco falta la otra parte de la ciudadanía joven cuyos intereses están relacionados con la creatividad, reforzada por la tecnología. Un hecho que debiera impulsar a la UMSA a ingresar con la educación superior a esa urbe, ya que esa juventud requiere la extensión de un conocimiento sólido y científico, a partir de carreras con las que no cuenta la universidad que allí funciona.

No se debe olvidar que dentro de esa juventud están las mujeres, con ejemplos claros como los de la alcaldesa saliente Chapetón, que silenciosamente supo dirigir y construir parte de la ciudad más complicada del país, no solo por su gente sino por la diversidad de su población y los problemas que conlleva aquello. Ahora llegó la segunda, la alcaldesa electa Copa, que es una mujer que enfrentó a su entorno político y supo ganar con valentía encomiable el lugar que hoy ocupa.

El Alto está en camino de tener su propio lenguaje de ciudad, cuyos distintos rostros denotan espacios llenos de situaciones significativas y constitutivas de una cultura que promete respuestas singulares.

Asimismo, no se puede dejar de mencionar que esa urbe tiene hoy un importante crecimiento gracias a la migración campo- ciudad. Una realidad que, empero, debiera ser proyectada y no omitida, pues cada vez crea mayores desigualdades.

Por todo ello, es preciso reafirmar que la identidad no es un haz vertical y que la tradición no se identifica solo con ciertos habitantes, sino que es producto de una memoria fuertemente asentada que podría ser proyectada al futuro.

No cabe duda que la urbe alteña ha dejado de ser aquella donde la tradición era lo que más sobresalía. Hoy esa característica se condensa en la memoria, que si bien sigue sumergida en la tierra, se halla reforzada por la identidad, que es la fuerza que la sostiene y nutre. 

Patricia Vargas es arquitecta.

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Dos consideraciones y un tema: la educación

/ 16 de abril de 2021 / 01:42

Ha pasado un año y la ciudadanía todavía no logra integrarse a la realidad actual: el nuevo vivir urbano, la evolución de nuevos conceptos del espacio público y la transformación que requiere la extensión del conocimiento, la educación. Esto significa la “toma de una nueva conciencia del tiempo”, como afirma Kant, que conlleve a aceptar y manejar los códigos comunes generados en medio de la desorientación de la gente.

A partir de 2020 las exigencias sobre los cuidados sanitarios limitaron nuestra libertad de acción y por eso la vida urbana se desarrolla hoy de un modo distinto, movida por las nuevas exigencias de este tiempo. Una realidad que debiera llevar a otras tendencias con una teorización renovada que —como afirman los expertos— esté centralizada en tres ejes: los referidos a la función, el significado y la forma. Esto dentro de aspectos relacionados a la valoración del trabajo diario, la vida privada y la identidad cultural.

En lo que se refiere a las ciudades, éstas van dejando atrás la otrora práctica dinámica y vital de su espacio público, donde las expresiones ciudadanas y culturales mostraban que son la fortaleza de una sociedad. Y esto evidencia la necesidad de recuperar ciertos lugares libres, vacíos urbanos que no estén saturados de detalles, sino que ofrezcan como valor agregado la belleza y el cuidado de la naturaleza. En una ciudad donde sobran las áreas abigarradas de edificaciones, el ser humano necesita libertad y esparcimiento; un hecho que ha quedado demostrado durante el tiempo de encierro que vivimos y que podría terminar de enfermar a la población.

En cuanto a la educación escolar, es innegable que en la actualidad la extensión del conocimiento en plena era de la información aún es lenta, pese a su aplicación digital abrupta debido a la pandemia. Ello no significa, sin embargo, restar valor a la enseñanza que se impartió hasta 2010. La idea es que si bien la evolución fue paulatina, hoy se dio un salto importante con la incorporación de la tecnología a la extensión del conocimiento, a través de las computadoras. Una situación que no debiera retroceder, sino enriquecerse mediante la práctica y la dotación de equipos a los estudiantes.

Así, lo conceptual en el aula y la extensión del conocimiento a través de un sistema virtual se constituyen en la nueva realidad de estos tiempos.

Si bien en estos últimos 10 años hubo cambios en la educación, no cabe duda de que hoy los niños y jóvenes tendrán que vivir los nuevos tiempos, y esto significa que la educación los lleve a una especie de madurez intelectual que les permita adquirir el suficiente conocimiento que consolide el “aprehender,” y ello significa dejar atrás la enseñanza memorizante. Resulta importante rescatar lo positivo de estos momentos, especialmente lo referido a la ampliación del conocimiento que promete lo digital, sin desmerecer la extensión del conocimiento tradicional.

Las nuevas investigaciones están llamadas a demostrar, medir la intensidad y originalidad que requieren los hombres y mujeres para hacerle frente al futuro, pese a que sus condiciones económicas no sean las mejores.

En esa línea, los niños y jóvenes requieren un contenido educativo que aliente su curiosidad por la investigación y el descubrimiento de nuevos saberes paralelos. Una verdadera forma de proyectar al futuro a grandes profesionales.

Dentro de todo ello, no se debe descuidar la infraestructura del aula, pues convendrá aprovechar las transformaciones de estos tiempos, como la instalación de un sistema de red, para impulsar la experiencia vivencial del debate abierto, las conclusiones propias del educando, sin olvidar lo fundamental: el que aprenda a “reflexionar”.

 Patricia Vargas es arquitecta.

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