Voces

sábado 31 oct 2020 | Actualizado a 12:32

El cuerpo del ciudadano, expresión de sentido

En tiempos de coronavirus, todo disfrute del espacio público ha quedado en la memoria

/ 25 de junio de 2020 / 06:13

En los últimos artículos abordamos distintos hechos que suceden en estos tiempos y que nos revelan los cambios que vive la ciudad y especialmente su población, los cuales comenzaron a mostrarnos cada vez nuevas y distintas circunstancias que semejan a fotografías en las que la cotidianidad pareciera haber desaparecido. Una especie de imágenes en movimiento de decenas de cuerpos que se mueven mecánicamente, como si hubiesen perdido el espíritu bullicioso del ayer.

Hoy el ciudadano ha cambiado hasta el punto en que demuestra que ya aceptó este presente nebuloso que llegó con el coronavirus. Una realidad que deja en evidencia la gran ruptura en la vida y el hacer del habitante desde marzo, lo que ha conseguido desorientarlo y perjudicarlo en sus planes y sueños hacia el futuro.

En el centro urbano, por ejemplo, las personas van y vienen, se mueven con recelo, evaden o cruzan al frente con tal de no rozarse con aquel o aquellos personajes que pueden contagiarlo. Asimismo, si bien el temor al futuro es profundo, el transeúnte solo busca  seguir con vida y con el paso del tiempo reestructurar sus metas del mañana. No cabe duda de que hoy ese cuerpo está cargado de sentido no solo porque vive con incertidumbre, sino porque le invade la desesperanza respecto a la situación económica.

También es muy llamativo observar que las calles y avenidas por las que ayer se transitaba con cierta seguridad y hasta placer, hoy son recorridas con premura por la gente y los autos debido a la finalización de la hora de circulación. Así, la velocidad y el tiempo han tomado el primer plano de la cotidianidad.

Esa agitación nerviosa denota que la vida urbana de la ciudad de La Paz ha cambiado, pues el personaje principal, el ciudadano, ni siquiera se interesa en participar en ella. Sin embargo, su cuerpo ofrece lecturas distintas y en algunos casos hasta poco claras; por ejemplo, al ver a una persona cabizbaja y de caminar acelerado, una de las interpretaciones puede ser que lo hace forzada para cumplir algún hecho concreto.

Dada esa situación, todo disfrute del espacio público ha quedado en la memoria, por lo menos en esta etapa de riesgo de salud, que según algunos expertos se extenderá por tres años.

Un periodo complejo que por momentos produce desazón esencialmente por la ruptura del pasado con un presente que viene cargado de otras realidades. Empero, esto no quiere decir que las urbes no sigan abiertas a nuevos “fundamentos”, pues –como afirmaba Hilberte– llegará el momento en que necesariamente se tendrá que “exilar para siempre a la ciudad tradicional”, y eso significa imaginar una urbe llena de nuevas exigencias.

Por eso, es inobjetable que vivimos momentos singulares y que la visión de las ciudades ha cambiado, pues exige transformaciones en la medida de la nueva vida que lleva el habitante en estos últimos tiempos.

Resulta difícil entender la vacilación de aquellos cuerpos que, así como aparecen, desaparecen rápidamente, lo que nos demuestra que son la fuente misma de toda subjetividad, pero que hoy iniciaron un nuevo tiempo de objetividad, una especie de paradigma de evolución. En esa línea, filósofos como Merleau-Ponti ya aseveraban que “el cuerpo de una persona puede hablar, como la lámpara eléctrica puede volverse incandescente”.

Patricia Vargas, arquitecta

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Mejor país para todos

/ 30 de octubre de 2020 / 02:29

Los últimos días hemos detectado un múltiple entramado de realidades que se anexaron a otras por de más sorprendentes, como una especie de tejido variopinto que ha dejado claro que a partir de este año el país cambió y se abrió a dos aspectos. El primero es que la pandemia que sufrimos los últimos ocho meses dejó nuevas exigencias y conceptos de vida del habitante del futuro, enmarcados en la necesidad de transformación que hoy forma parte, por ejemplo, de hacer ciudad. Una invitación al cambio a partir de la urgencia de una evolución útil para elevar la calidad de vida de toda la población.

El segundo aspecto es el de la política, que sacó a relucir una mezcla de escenarios e intereses de grupo que nos llevan a exigir un porvenir con cambios acordes a los desafíos, sin olvidar los derechos del ciudadano, aunque su pensamiento se inscriba en otras ideologías. Esto porque todos somos bolivianos y aquí no existen los elegidos y menos los ciudadanos de segunda clase.

Una realidad concreta y consolidada, ya que la diversidad no es atribución de una sociedad en particular y menos le pertenece a un partido político. Aquí cabe la pregunta: ¿es que acaso la ciudadanía no es el pueblo en general?

Es preciso entender que son tiempos que exigen nuevos constructos para que el país se encamine al futuro preparado para los retos que abundan en el siglo XXI, el cual ha dejado sentado que estos tiempos son otros (tal como lo reflejamos en nuestros últimos artículos).

Una etapa de cambio que nos señala un sendero que, si bien conduce a una subjetividad, demuestra —según las últimas experiencias— que atravesamos un antes, que exige que el después se aborde a partir de este presente.

Esto no solo porque en el pasado se cometieron varios errores, sino porque aquello nos exige comprender que el sujeto y el tiempo tienen la necesidad de acceder a una estructura concreta, la del futuro. Olvidando que el planeta no es más una significación del mundo, sino que conlleva un trasfondo que nos dirige al mañana; por tanto, no es un objeto sino es un medio natural: el campo de todos los pensamientos y percepciones explícitas, útiles para su futura existencia.

Así, mujeres y hombres deben estar dispuestos a enfrentar un nuevo vivir semejante a un río, el cual, si bien fluye del pasado, se dirige hacia un nuevo presente, pero esencialmente hacia el futuro.

Todo ello nos lleva a la esperanza de nuevos tiempos en los que indudablemente no será fácil desdibujar lo negativo del pasado, pero sí trazar otro presente y dar el salto al mañana acompañados de jóvenes y no tan jóvenes, porque justamente es aquello lo que se precisa entender: que somos una sociedad que necesita tener la esperanza de un porvenir sólido, sin olvidar que éste debe estar acompañado de sabiduría.

Parece innecesario remarcar que atravesamos momentos en que la sociedad está ansiosa de transformaciones y para ello es preciso que camine tranquila por nuevas y valientes decisiones para dar pasos acertados hacia el futuro. La paradoja es: “no solo construir un país equilibrado en la importancia de todos los ciudadanos, sino esencialmente evitar que se convierta en una nación fisurada por el efecto de inclinación hacia un solo lado”.

Sin duda, para ese futuro ansiado podríamos recordar a Durkheim, quien afirmaba que: “cuando existe seguridad en construir un futuro mejor, no se debe abandonar las ambiciones sin límites, porque el creer posible el construir o reconstruir el mundo es posible hacerlo, solo con sus fuerzas y a la medida de sus deseos”.

Patricia Vargas es arquitecta.

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Movimiento ciudadano

De ese modo, la vida del habitante cambió, las urbes progresaron y la arquitectura se enriqueció conceptualmente.

/ 16 de octubre de 2020 / 11:49

Los movimientos que permanentemente se observan en el mundo, como respuesta a distintas demandas, han colaborado a que la humanidad dé grandes saltos hacia un futuro mejor, no solo en diferentes momentos históricos, sino a partir de otro tipo de situaciones como las pandemias, enfermedades y demás, que exigieron repensar el porvenir, la comprensión de la vida, a partir de nuevas soluciones destinadas a optimizar la calidad de la existencia y el hacer del habitante.

Así, a través de los siglos, aquello trajo consigo nuevas realidades que exigieron grandes propuestas de evolución para un renovado habitar del planeta.

De ese modo, la vida del habitante cambió, las urbes progresaron y la arquitectura se enriqueció conceptualmente, y como consecuencia avanzó formal y espacialmente preparada para el nuevo vivir ciudadano. Una evolución que fue permanente y acorde a las sendas que siguen las sociedades, lo que alentó a la simplificación del vivir humano.

Una forma de redescubrir la vida bajo un pensamiento objetivo y útil para el aprovechamiento de las diferentes etapas y sus grandes problemas y realidades inesperadas. Éstas fueron inspiradoras para comprender que la sociedad requiere asumir los distintos periodos y valorar sus movimientos como una constante propositiva de nuevas formas de vida acordes a los desafíos planteados.

De ahí que se puede aseverar que un movimiento no prescribe pautas específicas, pero se sabe que la vida es una aceleración del tiempo histórico y ello trae consigo evolución y transformaciones.

Movimientos de realidades en muchos casos discontinuas, como sucedió en Bolivia en 2019, cuando hubo un hecho que enfrentó a la sociedad a propósito de los comicios para el cambio gubernamental; o el caso de la aparición de la pandemia en 2020, que prácticamente forzó la evolución de la vida con una nueva visión de futuro.

Pero, siguiendo el análisis de 2019, habrá que decir que fue un momento histórico que permitió dar el primer paso a la transformación de esta nación, con la incorporación de jóvenes que lograron cambiar la historia política del país. Si se revisa la historia, se constata que cada cierto tiempo la forma de sucesión era de forma violenta.

Lo singular es que la movilización del año pasado conformó un movimiento gracias a los y las valientes jóvenes y demás ciudadanía, que de forma decidida evitaron el tránsito vehicular. Una forma de presión y de rebeldía frente a un sistema quizá arcaico por el que se quería hacer seguir transitando al país. Algo que no se puede dejar de mencionar es que la idea de ese movimiento juvenil era romper con aquel muro que los limitaba a crecer y buscar rumbos contemporáneos.

En el caso de la pandemia, ésta llegó en un momento muy importante para la historia boliviana, ya que todo el malestar social que tuvo lugar en 2019 y que aún lastima a la población, debe ser aprovechado para encaminar los cambios que exige la democracia: la evolución en el vivir, las ciudades adaptadas a los nuevos requerimientos de una sociedad con necesidad de contacto externo.

Pareciera que faltó tiempo para construir movimientos ciudadanos sólidos, con una mirada clara sobre la construcción de un país del siglo XXI. Al respecto, es preciso remarcar que todo movimiento es un fenómeno de una estructura que afirma que desconoce la palabra relativo.

También es cierto que no hay un movimiento sin un interés que lo vehicule desde el punto de partida hasta el de llegada, y menos un movimiento ciudadano sin referencia objetiva.

Sin embargo, se debe tomar en cuenta que “lo objetivo evidentemente podría captar una sociabilidad de inercia, en cambio lo subjetivo es capaz de motivar a crear el verdadero sentido de un movimiento ciudadano”.

*Patricia Vargas es arquitecta.

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Movimiento ciudadano

/ 16 de octubre de 2020 / 10:48

Los movimientos que permanentemente se observan en el mundo, como respuesta a distintas demandas, han colaborado a que la humanidad dé grandes saltos hacia un futuro mejor, no solo en diferentes momentos históricos, sino a partir de otro tipo de situaciones como las pandemias, enfermedades y demás, que exigieron repensar el porvenir, la comprensión de la vida, a partir de nuevas soluciones destinadas a optimizar la calidad de la existencia y el hacer del habitante.

Así, a través de los siglos, aquello trajo consigo nuevas realidades que exigieron grandes propuestas de evolución para un renovado habitar del planeta.

De ese modo, la vida del habitante cambió, las urbes progresaron y la arquitectura se enriqueció conceptualmente, y como consecuencia avanzó formal y espacialmente preparada para el nuevo vivir ciudadano. Una evolución que fue permanente y acorde a las sendas que siguen las sociedades, lo que alentó a la simplificación del vivir humano.

Una forma de redescubrir la vida bajo un pensamiento objetivo y útil para el aprovechamiento de las diferentes etapas y sus grandes problemas y realidades inesperadas. Éstas fueron inspiradoras para comprender que la sociedad requiere asumir los distintos periodos y valorar sus movimientos como una constante propositiva de nuevas formas de vida acordes a los desafíos planteados.

De ahí que se puede aseverar que un movimiento no prescribe pautas específicas, pero se sabe que la vida es una aceleración del tiempo histórico y ello trae consigo evolución y transformaciones.

Movimientos de realidades en muchos casos discontinuas, como sucedió en Bolivia en 2019, cuando hubo un hecho que enfrentó a la sociedad a propósito de los comicios para el cambio gubernamental; o el caso de la aparición de la pandemia en 2020, que prácticamente forzó la evolución de la vida con una nueva visión de futuro.

Pero, siguiendo el análisis de 2019, habrá que decir que fue un momento histórico que permitió dar el primer paso a la transformación de esta nación, con la incorporación de jóvenes que lograron cambiar la historia política del país. Si se revisa la historia, se constata que cada cierto tiempo la forma de sucesión era de forma violenta.

Lo singular es que la movilización del año pasado conformó un movimiento gracias a los y las valientes jóvenes y demás ciudadanía, que de forma decidida evitaron el tránsito vehicular. Una forma de presión y de rebeldía frente a un sistema quizá arcaico por el que se quería hacer seguir transitando al país. Algo que no se puede dejar de mencionar es que la idea de ese movimiento juvenil era romper con aquel muro que los limitaba a crecer y buscar rumbos contemporáneos.

En el caso de la pandemia, ésta llegó en un momento muy importante para la historia boliviana, ya que todo el malestar social que tuvo lugar en 2019 y que aún lastima a la población, debe ser aprovechado para encaminar los cambios que exige la democracia: la evolución en el vivir, las ciudades adaptadas a los nuevos requerimientos de una sociedad con necesidad de contacto externo.

Pareciera que faltó tiempo para construir movimientos ciudadanos sólidos, con una mirada clara sobre la construcción de un país del siglo XXI. Al respecto, es preciso remarcar que todo movimiento es un fenómeno de una estructura que afirma que desconoce la palabra relativo.

También es cierto que no hay un movimiento sin un interés que lo vehicule desde el punto de partida hasta el de llegada, y menos un movimiento ciudadano sin referencia objetiva.

Sin embargo, se debe tomar en cuenta que “lo objetivo evidentemente podría captar una sociabilidad de inercia, en cambio lo subjetivo es capaz de motivar a crear el verdadero sentido de un movimiento ciudadano”.

Patricia Vargas es arquitecta.

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Política y emociones

/ 2 de octubre de 2020 / 03:38

“Toda etapa de elecciones es un tiempo nuevo, una especie de práctica de estrategias orientadas a obtener propuestas e interacciones que colaboren en conformar y dirigir un país y mucho más motiven a los políticos a presentar nuevas visiones del futuro de sus naciones”.

Palabras que nos demuestran que son tiempos en que el planeta exige evolución tanto en las estrategias destinadas a construir un país con nuevas visiones de futuro, como en las propuestas que respondan verdaderamente a las necesidades de la población. El inicio de la reconstrucción de un futuro distinto comienza en 2020 y éste debiera estar acompañado de una perspectiva clara sobre ese mañana.

Lo singular es que son tiempos en que se requiere todo tipo de planteamientos: desde cómo funcionará el próximo gobierno, las cualidades que lo respaldarán, cómo se entenderá a partir de hoy a la ciudadanía. Todo dentro de una visión de país más transparente, en la que desaparezcan aquellas realidades inestables o vagamente comprendidas por una consciencia supraindividual.

A pesar de todo ello, es importante recordar que hay nuevas exigencias en Bolivia, las cuales demandan una mirada evolucionada, que no deje de atender aspectos resueltos como el de la información a la población sobre los planes y programas con propaganda política que exponga y dé a conocer los valores y perspectivas de los candidatos de forma abierta y reiterada, si es posible.

Y para aquello no solo deben estar los debates, sino la comunicación de los candidatos con la población, sin olvidar que su propaganda debe ser hoy más diversa que nunca tanto en lo real como en lo virtual; ambos sistemas organizados con una mirada al futuro.

En lo que se refiere a las grandes e impactantes concentraciones ciudadanas que antes producían una eclosión de efervescentes pasiones en el espacio público durante la época de elecciones gubernamentales, hoy aquellas han disminuido por las circunstancias actuales y las exigencias de bioseguridad. Sin embargo, esto no quiere decir que la riqueza de la expresión corporal que acostumbraban recibir esos importantes espacios políticos haya desaparecido, sino que su densidad mermó.

En cuanto a las campañas políticas virtuales tienen una amplia difusión en las ciudades. Su dinamismo no deja de asombrar y menos evidenciar que la virtualización no es una desrealización de la propaganda electoral del pasado mediato, sino la transmisión de una propuesta en un conjunto de posibles.

Así, lo que se observa y escucha son videos, entrevistas, comentarios juego de pensamientos, ataques a los adversarios, y múltiples y nuevas formas de exponer las cualidades de las fuerzas partidarias.

De esa manera, la propaganda política virtual logró dejar atrás la forma tradicional de hacer proselitismo, aunque su eficacia simbólica nunca se comparará, por ejemplo, con las multitudinarias concentraciones en la plaza San Francisco, un espacio político útil para los discursos y cierres de campaña. Empero, lo virtual tiene la cualidad de una velocidad de difusión tan grande, que su transmisión es casi instantánea.

Es evidente que 2020 nos ha llevado a tiempos nada sencillos, en los que se necesita mayor creatividad y celeridad para lanzar propuestas de corte virtual o real, que sean capaces de dirigir las ideas e ideales hacia la dinamización de las fuerzas con miras al mañana. Un camino virtual hacia la esperanza que ofrecen los distintos partidos a la población en tiempos de cálculo político.

“No cabe duda que son momentos en que renace la subjetividad, el requisito innegable de la política”.

Patricia Vargas es arquitecta

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El porvenir del pasado

/ 18 de septiembre de 2020 / 02:59

La ciudadanía en la actualidad aún se siente impactada hoy por lo que atravesó en estos meses, no solo porque la pandemia ha logrado prescribirnos ciertas pautas de vida diferente, sino porque fue una amenaza sobre su porvenir, empero, lo más lamentable es que es una experiencia que quedará marcada en la memoria viva de toda la población.

Esa realidad (COVID-19) todavía no fue controlada por completo, sin embargo está claro que el mundo no se quedará estancado, todo lo contrario, requerirá de grandes e importantes cambios en beneficio de la humanidad. Una situación que demuestra que en el siglo XXI se cometio una infinidad de errores, proyectando un desarrollo que dejó de lado al ser humano como el personaje más importante del planeta. Es preciso entender que la vida del pasado (modernidad) tuvo otra visión metafísica, ahistórica. En cambio, los tiempos actuales tienen un porvenir ya proyectado, que exige otra visión de nuevos horizontes, pues la realidad (coronavirus) ha demostrado la necesidad de darle un significado al futuro. Sobre todo, porque ese virus llegó para quedarse y debemos aprender a vivir con él. Sin embargo, no debe limitarnos a dar grandes saltos que exige el nuevo siglo, especialmente a las naciones menos desarrolladas.

No cabe duda que para el país son tiempos de nuevas realidades antes inimaginables y menos vivibles. Ahora los problemas económicos no solo aquejan a Bolivia sino al mundo entero. De cualquier manera, la realidad actual convirtió a la población en más creativa y al ciudadano en un ser reflexivo con miras a ser más independiente y reforzar sus conocimientos para las nuevas formas de lucha por la sobrevivencia. Una especie de reminiscencia del pasado por un porvenir renovador.

Esa verdad nos alienta a enfrentar con creatividad cualquier presente desolador, y eso lo comprobamos en los siguientes años. Si bien hoy existe un mayor número de desocupados y vendedores en la calle, su actitud frente a la vida ha cambiado. Algunos comerciantes, por ejemplo, se convirtieron en productores de distintos elementos de bioseguridad. Así los nuevos rumbos de supervivencia incentivaron a que algunos ciudadanos entiendan que son capaces de cambiar el rumbo de sus vidas con metas distintas a ser solo vendedores callejeros.

Confiemos en que esta realidad dejará atrás el hecho de que únicamente seamos oyentes o espectadores pasivos del desarrollo del país, y, por el contrario, seamos capaces de enfrentar nuestro crecimiento personal.

Otro hecho prioritario es comprender que vivimos una época que exige el involucramiento profundo en lo digital y que lo fundamental es crear institutos especializados obviamente de forma gratis y a cargo del Gobierno, que tiene como principal responsabilidad la educación. Empero ello no significa alejarnos de nuestra identidad cultural y participación ciudadana, sino comprender que es imperioso que las urbes pasen de lo local a lo global.

Tampoco se debe olvidar el ingreso de la población a otro tipo de vida y para ello quienes dirigen la ciudad deben comprender que aquélla necesita la cualificación de los espacios verdes, jardines, parques, bosquecillos, para recuperar su vida sana, ya que el encierro de tantos meses lastimó emocionalmente y en muchos casos la enfermó

Así, se trata de que caminen hacia un porvenir prometedor sin abandonar el pasado. “Mirar un porvenir como una especie de polifonía ideal del entrecruzamiento de la vida informacional, lo virtualmente infinito y la identidad sin nostalgia alguna”. Con ello, llevar al porvenir al ciudadano, dejando un pasado limitativo.

Patricia Vargas es arquitecta.

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