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viernes 18 sep 2020 | Actualizado a 10:19

Tulsa y los muchos pecados del racismo

El intento de Donald Trump de usar el viejo manual racista le ha valido una caída en las encuestas.

/ 28 de junio de 2020 / 07:38

Cuando los funcionarios de campaña de Trump programaron un mitin en Tulsa, Oklahoma, para el 19 de junio, enviaron lo que pareció ser una señal de aprobación a los supremacistas blancos. Esto se debió a que el 19 de junio es el Juneteenth, o Día de la Libertad, un día en que los afroestadounidenses conmemoran el fin de la esclavitud. Además, Tulsa fue el sitio donde ocurrió la masacre racial de 1921, uno de los altercados más letales en la prolongada y violenta ofensiva para negarle a la población negra los frutos de la libertad que con tanto esfuerzo consiguió.

Ahora se afirma que los encargados de la campaña de Trump no comprendían el significado de esa fecha, pero yo no me creo ese cuento. El presidente Donald Trump sí terminó por postergar el mitin para el día siguiente, aunque a regañadientes, pero eso seguramente fue porque a él y a su círculo de allegados les tomó por sorpresa la fuerza de la reacción negativa, tal como les ha sorprendido el apoyo público a las manifestaciones de Black Lives Matter.

Pero mejor hablemos de Tulsa y de cómo encaja en la historia más extensa del racismo en Estados Unidos.
Joe Biden ha declarado que la esclavitud es el “pecado original” de Estados Unidos. Por supuesto que tiene razón. No obstante, es importante entender que los pecados no terminaron cuando se abolió la esclavitud.
Si Estados Unidos hubiera tratado a los antiguos esclavos y a sus descendientes como verdaderos ciudadanos, con plena protección de la ley, habríamos podido esperar que el legado de la esclavitud desapareciera poco a poco.

Los esclavos liberados empezaron desde cero, pero, con el tiempo, muchos de ellos sin duda habrían trabajado hasta mejorar sus condiciones, habrían adquirido propiedades, habrían conseguido que sus hijos tuvieran acceso a una buena educación y se habrían convertido en miembros con pleno derecho de la sociedad. En efecto, eso empezó a suceder durante los 12 años del periodo de la Reconstrucción, cuando las personas negras se beneficiaron brevemente de algo parecido a la igualdad de derechos.

Sin embargo, el acuerdo político corrupto que acabó con la Reconstrucción empoderó a los supremacistas blancos del sur, quienes reprimieron de manera sistemática las victorias de la población negra. Era muy frecuente ver que se expropiaran las propiedades que los afroestadounidenses lograban adquirir, ya fuera mediante algún subterfugio legal o a punta de pistola. Además, la emergente clase media negra fue sometida en la práctica a un reinado de terror.

Ahí es donde entra Tulsa. En 1921, la ciudad de Oklahoma fue el centro de un auge petrolero, un lugar a donde migraban las personas que buscaban oportunidades. Se jactaba de tener una clase media negra cuantiosa, concentrada en el vecindario de Greenwood, al que todos describían como el “Wall Street negro”.

Y ese fue el vecindario destruido por una muchedumbre de residentes blancos, que saquearon negocios y hogares negros y probablemente asesinaron a cientos. (No sabemos cuántos con exactitud porque la masacre jamás se investigó formalmente). Claro que la Policía no hizo nada para proteger a los ciudadanos de color, sino que se unió a los alborotadores.

No es de extrañar que la violencia contra los afroestadounidenses que lograban alcanzar cierto éxito económico desmotivara la iniciativa. Por ejemplo, la economista Lisa Cook ha mostrado que la cifra de personas negras que registraban patentes, la cual se disparó durante varias décadas después de la Guerra de Secesión, se desplomó ante la creciente violencia blanca.

La represión violenta le dio impulso a la Gran Migración Afroamericana, el desplazamiento de millones de afroestadounidenses desde el sur del país hasta las ciudades del norte, que comenzó cinco años antes de la masacre de Tulsa y continuó hasta 1970, aproximadamente.

Incluso en las ciudades del norte, a las personas negras a menudo se les negaban las oportunidades de ascenso social. Por ejemplo, en 1944, los trabajadores de tránsito blancos en Filadelfia hicieron una huelga —lo cual interrumpió la producción para la guerra— como protesta por el ascenso de un puñado de trabajadores negros.

Sin embargo, la discriminación y la represión eran menos graves que en el sur. Y uno habría esperado que la horrenda saga de represión contra la raza negra al fin cesara luego de que la Ley de Derechos Civiles, promulgada un siglo después de la Proclamación de Emancipación, prohibió la discriminación abierta.

Por desgracia, para muchos afroestadounidenses, las ciudades del norte se convirtieron en una trampa socioeconómica. Las oportunidades que atrajeron a los migrantes desaparecieron conforme los trabajos para obreros se desplazaban primero a los suburbios y luego al extranjero. Chicago, por ejemplo, perdió el 60 por ciento de sus empleos en la industria manufacturera entre 1967 y 1987.

Entonces, cuando la pérdida de oportunidades económicas derivó, como suele suceder, en la disfunción social —familias desintegradas y desesperanza—, demasiadas personas blancas de inmediato culparon a las víctimas. El problema, según muchos de ellos, radicaba en la cultura negra o, como sugerían algunos, en la inferioridad racial.

Este racismo implícito no se quedaba solo en palabras; alimentó una oposición a los programas de gobierno, incluido Obamacare, que pudieran ayudar a los afroestadounidenses. Si se preguntan por qué la red de protección social en Estados Unidos es mucho más débil que la de otros países desarrollados, la razón se reduce a una sola palabra: raza.

Por cierto, resulta extraño que no se escuchara a mucha gente dirigir reproches similares unas décadas después a las víctimas cuando en la zona agrícola del este del país las personas blancas experimentaron su propia pérdida de oportunidades y un aumento en la disfunción social, lo cual se manifestó en un mayor número de muertes por suicidio, alcohol y opioides.

Como dije antes, si bien la esclavitud es el pecado original de Estados Unidos, su horrendo legado fue perpetuado por otros pecados, algunos de los cuales continúan cometiéndose en nuestros días.

La buena noticia es que Estados Unidos tal vez esté cambiando. El intento de Donald Trump de usar el viejo manual racista le ha valido una caída en las encuestas. Su truco publicitario en Tulsa al parecer resultó contraproducente. Seguimos mancillados por nuestro pecado original, pero quizá, finalmente, estemos en camino a la redención.

Paul Krugman
es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008. © 2020
The New York Times. Traducción de News Clips.

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La respuesta de Trump al coronavirus fue más que incompetente

/ 13 de septiembre de 2020 / 05:31

La mayoría de los casos en los que los automóviles matan a los peatones seguramente reflejan negligencia: los conductores estaban demasiado ocupados hablando por el celular o pensando en sus partidos de golf como para darse cuenta de que un anciano cruzaba la calle delante de ellos. Un puñado son actos de homicidio, como cuando un hombre mató a una mujer al dirigir su auto directamente contra los manifestantes en un mitin neonazi en Charlottesville, Virginia.

Sin embargo, los conductores a veces terminan matando a otras personas porque incurrieron en un comportamiento claramente peligroso, como conducir muy por encima del límite de velocidad y pasarse varios semáforos en rojo. Las muertes resultantes no se consideran un asesinato. Pero pueden considerarse un homicidio involuntario, que es cuando una persona no tenía la intención específica de matar a alguien, pero sus acciones irresponsables acabaron por quitarle la vida de cualquier modo.

Hasta esta semana pensaba que el manejo desastroso de la COVID-19 por parte del presidente Donald Trump era simplemente negligencia, incluso si esa negligencia era intencionada; es decir, que no entendía la gravedad de la amenaza porque no quería oír hablar de ella y se negó a tomar medidas que podrían haber salvado miles de vidas estadounidenses porque implementar políticas efectivas no es lo suyo.

No obstante, estaba equivocado. Según el nuevo libro de Bob Woodward, “Rage”, no es que Trump no supiera; a principios de febrero sabía que la COVID-19 era mortal y que se transmitía por vía aérea. Y no estamos hablando de recuerdos que se contraponen: Woodward tiene una grabación de Trump. Sin embargo, el mandatario siguió celebrando grandes mítines en interiores, menospreciando las medidas de precaución y presionando a los estados para que reabrieran la economía a pesar del riesgo de infección.

Y sigue haciendo esas mismas cosas, incluso ahora.

En otras palabras, una gran fracción de los más de 200.000 estadounidenses que seguramente morirán de COVID-19 para el día de las elecciones habrán sido víctimas de algo mucho peor que mera negligencia.

Hay que decirlo claramente: si un ciudadano particular hubiera hecho lo que ahora sabemos que hizo Trump sin duda estaría en serios problemas jurídicos. Por ejemplo, pensemos en las demandas que probablemente se interpongan contra el director ejecutivo de una empresa que sabía que el lugar de trabajo de su compañía era peligroso pero que mintió sobre ello, se negó a tomar medidas y amenazó a los trabajadores con despedirlos si no se presentaban a laborar.

Ahora bien, Trump no se enfrentará a una rendición de cuentas comparable, en parte por el cargo que ocupa, en parte porque el partido que dirige es pusilánime y no lo hará responsable de nada. Pero dejemos de lado el hecho de que tenía conocimiento por un momento, ¿de acuerdo? La enormidad de la mala conducta de Trump debería ser la historia principal aquí, no la especulación sobre si enfrentará alguna consecuencia.

¿Hay alguna excusa para las acciones de Trump? Un argumento que a veces se escucha es que, una vez que se ajusta a la población, se encuentra que algunos países europeos han perdido casi a tanta gente por la COVID-19 como el Estados Unidos de Trump, aunque nuestra reciente tasa de nuevas muertes es mucho más alta, por lo que pronto nos alejaremos del pelotón.

Sin embargo, cuando las acciones de un ciudadano ordinario ocasionan la muerte de otra persona, tanto las circunstancias como la motivación importan.

De los demás países con altas tasas de mortalidad, Italia fue la primera nación occidental en tener un brote importante y hubo muchas muertes antes incluso de que los expertos comprendieran en su totalidad lo que había que hacer.

Suecia y el Reino Unido sufrieron mucho porque en un principio confiaron en la doctrina de la “inmunidad de grupo” para resolver la pandemia. Esta fue una política terrible, que el Reino Unido acabó por abandonar. De manera oficial, Suecia nunca cambió su política, aunque en la práctica terminó recurriendo al distanciamiento social generalizado.

No obstante, hay una gran diferencia entre los errores, aunque sean mortales, y el engaño deliberado. Solo en Estados Unidos el jefe de Estado sabía que estaba tranquilizando a la gente sobre una enfermedad que él sabía no solo que era mortal sino además de fácil propagación.

Trump justificó su ocultamiento de los peligros de la COVID-19 como un deseo de evitar el “pánico”. Eso es mucho decir de un tipo que comenzó su presidencia con advertencias sobre la “carnicería estadounidense” y que actualmente está tratando de aterrorizar a los suburbios con visiones de hordas desbocadas de antifascistas. Pero, ¿exactamente cuáles eran los peligros del pánico que le preocupaban?

Después de todo, decir la verdad sobre el coronavirus no habría sido como gritar “¡Fuego!” en un teatro lleno de gente. Lo único que el temor hubiera motivado a hacer a la gente habría sido quedarse en casa cuando fuera posible, evitar las aglomeraciones, lavarse las manos, entre otras cosas. Y todas estas acciones eran algo que la gente debería haber estado haciendo. De hecho, una vez que la gente comenzó a “entrar en pánico” en lugares como Nueva York, las tasas de infección bajaron mucho.

Por supuesto, todos tenemos una idea bastante buena de lo que Trump estaba diciendo en realidad: a lo largo de esta crisis, fuentes fidedignas han informado que quería restarle importancia a la crisis por miedo a que las malas noticias pudieran dañar su amado mercado de valores. Es decir, sintió que necesitaba sacrificar miles de vidas estadounidenses para apuntalar el Dow.

Resulta que estaba equivocado: las acciones se han mantenido altas a pesar del creciente número de muertes. Pero el hecho de que se equivocara sobre lo que había que sacrificar no altera el hecho de que su voluntad de hacer ese sacrificio fuera totalmente inmoral.

El resultado final es que está mal decir que Trump manejó mal la COVID-19, que su respuesta fue incompetente. No, no lo fue; fue inmoral, rayando en lo criminal.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2018. Traducción de News Clips.

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Trump y el ataque de los anarquistas invisibles

/ 6 de septiembre de 2020 / 03:38

El jueves por la mañana caminé de ida y vuelta por buena parte de Manhattan (¿por qué todos los consultorios médicos están en el East Side?) El día era hermoso y la ciudad lucía alegre: las tiendas estaban abiertas, la gente bebía café en las áreas destinadas para sentarse ubicadas en las aceras que han proliferado durante la pandemia, Central Park estaba lleno de corredores y ciclistas.

Pero debo haberme imaginado todo eso, porque el presidente Donald Trump me asegura que Nueva York está asediada por “la anarquía, la violencia y la destrucción”.

A solo dos meses de que termine la campaña presidencial, resulta evidente que Trump ha decidido que no puede contender solo con base en su historial ni atacar de manera eficaz a Joe Biden. En cambio, se enfrenta a los anarquistas que, insiste, gobiernan en secreto el Partido Demócrata y están devastando las ciudades de Estados Unidos.

No hay mucho qué decir sobre las declaraciones de Trump de que gente “en la oscuridad de las sombras” controla a Biden y de que gente misteriosa vestida de negro está amenazando a los republicanos, excepto que no hace mucho tiempo hubiera sido inconcebible que cualquier político de un partido importante fuera partícipe de este tipo de teorías conspirativas.

Pero hay algo más qué decir sobre sus afirmaciones de violencia desenfrenada y destrucción en “jurisdicciones anárquicas”: a saber, que estas afirmaciones tienen poco parecido con la realidad mayormente pacífica.

Sin embargo, los anarquistas invisibles son todo lo que le queda a Trump. Para entender por qué, hablemos de problemas reales: la pandemia y la economía.

Hace unos meses la campaña de Trump sin duda esperaba poder dejar atrás el coronavirus. Pero el virus se negó a cooperar.

No es solo el hecho de que la reapertura prematura condujo a una segunda ola enorme de infecciones y muertes. De igual importancia, desde un punto de vista político, ha sido la propagación geográfica del COVID-19.

Al principio de la pandemia fue posible afirmar que el COVID-19 era un problema de las grandes ciudades y los estados demócratas; los electores de las zonas rurales y los estados republicanos pudieron descartar la amenaza con mayor facilidad en parte porque era relativamente improbable que conocieran a personas que se hubieran enfermado. Sin embargo, la segunda ola de infecciones y muertes se concentró en la región conocida como el Cinturón del Sol.

Y aunque el aumento de casos en esa región parece estar disminuyendo poco a poco ahora que los gobiernos estatales y locales han hecho lo que Trump no quería que hicieran (cerrar bares, prohibir grandes reuniones y exigir el uso de cubrebocas), parece haber un aumento en la región del Medio Oeste.

Lo que esto significa es que para el día de las elecciones casi todo el mundo en Estados Unidos conocerá a alguien que haya contraído el virus y también sabrá que las repetidas promesas de Trump de que iba a desaparecer eran falsas.

En lo que respecta a la economía, todo indica que la rápida recuperación de mayo y junio se ha estabilizado, si bien el desempleo sigue siendo elevado. El informe del empleo del viernes probablemente muestre una economía que sigue abriendo puestos de trabajo, pero nada como la recuperación de la “súper V” que Trump sigue afirmando que sucedió. Y solo habrá un informe más del mercado laboral antes de las elecciones.

Además, la política de la economía depende más de cómo se siente la gente que de lo que digan las cifras oficiales. La confianza del consumidor sigue siendo baja. Las evaluaciones de las empresas encuestadas por la Reserva Federal van de poco entusiasta a abatido. Y no hay suficiente tiempo para que esto cambie mucho: Trump no va a poder promoverse diciendo que hubo un auge económico de aquí a las elecciones.

Así que necesita hacer su campaña oponiéndose a esos anarquistas invisibles.

Ahora bien, ha habido algunos saqueos, daños a la propiedad y violencia asociados con las manifestaciones de Black Lives Matter. Pero los daños a la propiedad han sido menores comparados con los disturbios urbanos del pasado (no, Portland, Oregon, no está “en llamas todo el tiempo”) y mucha de la violencia no viene de la izquierda sino de los extremistas de derecha.

También es cierto que ha habido un aumento reciente en los homicidios y nadie sabe con certeza a qué se debe. No obstante, hubo muy pocos homicidios el año pasado, e incluso si la tasa que hemos visto a lo largo del año se mantiene, la ciudad de Nueva York tendrá sustancialmente menos homicidios en 2020 que cuando Rudy Giuliani era alcalde.

En resumen, no hay una ola de anarquía y violencia más que la desatada por el propio Trump. Pero, ¿los electores pueden dejarse influir por las fantasías escabrosas del presidente?

En realidad, podría ser así. Por alguna razón, hay una larga historia de desconexión entre las realidades de la delincuencia y la percepción pública. Como el Centro Pew ha señalado, entre 1993 y 2018 los delitos violentos en Estados Unidos se desplomaron; los asesinatos en Nueva York cayeron más del 80%. Sin embargo, durante ese periodo los estadounidenses no dejaron de decirles a los encuestadores que la delincuencia estaba en aumento.

Y con los viajes y el turismo tan escasos, de modo que la gente no logra ver la realidad de otros lugares con sus propios ojos, puede ser muy fácil para Trump fingir que nuestras grandes ciudades se han convertido en paisajes infernales distópicos.

Lo que no está tan claro es si esta mentira ayudará a Trump, incluso si la gente la cree. “Estados Unidos se ha ido al infierno bajo mi mando, así que deben reelegirme” no es el mejor discurso de campaña que se me ocurre.

Y las encuestas sugieren que, de hecho, el miedo no es amigo del presidente. Por ejemplo, en una encuesta nueva de Quinnipiac, un amplio margen de los participantes declaró que tener a Trump como presidente los hace sentir menos seguros. Las reacciones a Biden fueron mucho más favorables.

A pesar de ello, cuenten con que Trump seguirá despotricando contra esos anarquistas invisibles. Son todo lo que le queda.

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008. © 2015 The New York Times. Traducción de News Clips.

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La pesadilla en la avenida Pensilvania

/ 3 de agosto de 2020 / 03:38

La pesadilla de todo trabajador es tener un jefe nefasto —todos conocemos al menos uno— que es en extremo incompetente y, sin embargo, se niega a hacerse a un lado. Esos jefes tienen el toque de Midas a la inversa —todo lo que tocan se vuelve porquería—, pero ellos harán todo lo posible, violarán todas las normas, para quedarse con el puesto más alto. Y dañan, a veces destruyen, las instituciones que se supone lideran.

Por supuesto, Donald Trump es uno de esos jefes. Por desgracia, no es solo un director empresarial malo; es, Dios nos ayude, el presidente. Y la institución que podría destruir son los Estados Unidos de América. ¿Acaso algún otro presidente ha fallado su prueba máxima de manera tan contundente como Trump lo ha hecho en los últimos meses? Rechazó los consejos de los expertos de salud y presionó para que hubiera una reapertura económica rápida, con la esperanza de lograr un auge antes de las elecciones. Ridiculizó y subestimó medidas que habrían ayudado a frenar la propagación del coronavirus, incluyendo usar cubrebocas y practicar el distanciamiento social, convirtiendo el sentido común en un frente de batalla en la guerra cultural. El resultado ha sido un desastre tanto epidemiológico como económico.

Durante la semana pasada, el número de muertos en Estados Unidos por el COVID-19 promedió más de 1.000 personas diarias, en comparación con solo cuatro (¡cuatro!) al día en Alemania. La declaración de mediados de junio del vicepresidente Mike Pence de que: “No hay una ‘segunda ola’ de coronavirus”, incluso en aquel momento, se sintió como si quisiera darse ánimos para ocultar su temor, ahora se siente como una broma de mal gusto.

Y todas esas muertes adicionales no parecen habernos redituado en lo económico. La contracción económica de Estados Unidos en la primera mitad de 2020 fue casi idéntica a la contracción en Alemania, a pesar de que nuestra tasa de mortalidad es mucho mayor. Y mientras la vida en Alemania ha regresado a la normalidad en muchos sentidos, diversos indicadores sugieren que, tras dos meses de un rápido crecimiento del empleo, la recuperación de Estados Unidos está estancándose ante el resurgimiento de la pandemia.

Espera, la cosa se pone peor. Trump, sus funcionarios y sus aliados en el Senado se creen por completo la idea de que la economía estadounidense experimentará una recuperación sorprendentemente rápida a pesar de la ola de nuevas infecciones y muertes. Se han creído esa idea a tal grado que parecen incapaces de aceptar la evidencia abrumadora de que eso no está sucediendo. Hace apenas unos días Larry Kudlow, el principal economista de Trump, insistió en que la llamada recuperación en forma de “V” todavía estaba en curso y que “las solicitudes de prestaciones por desempleo nuevas y continuas seguían disminuyendo con rapidez”. De hecho, ambas están en aumento.

Sin embargo, como el equipo de Trump insistió en que se avecinaba una recuperación pujante y se negó a darse cuenta de que no estaba sucediendo, ahora hemos caído en una crisis económica que era totalmente innecesaria.

Gracias a la inacción republicana, millones de personas desempleadas recibieron sus últimos cheques del programa de Compensación de Emergencia por Desempleo debido a la Pandemia, que se suponía que iba a mantenerlos durante un periodo económico devastado por el coronavirus; el virus sigue causando devastación, pero los salvavidas se acabaron.

Así que Trump ha hecho un muy mal trabajo, causando un dolor innecesario a millones de estadounidenses y la muerte a miles. Tal vez a él no le importe, pero a los electores sí. Entonces debería estar tratando de cambiar las cosas, al menos por interés político y personal.

No obstante, la cuestión es que: incluso si Trump fuera el tipo de persona que pudiera aprender de sus errores, es demasiado tarde. Si hace un año nos hubiéramos encontrado en la situación en la que estamos ahora, todavía habría tiempo para que Trump controlara el virus y le diera un vuelco a la economía. Pero la elección está a la vuelta de la esquina.

Supongamos que la cantidad de muertes y empleos mejorara un poco en los siguientes tres meses. ¿Qué tanto mejoraría eso la opinión que tienen los electores del negador en jefe? ¿Qué tanto crédito le daría la gente, incluso a auténticas buenas noticias, después del falso amanecer de la primavera pasada? A estas alturas Trump ha fallado como presidente y todos, a excepción de sus fervientes seguidores, lo saben.

Sin embargo, como dije al principio, Trump es uno de esos jefes de pesadilla que no pueden hacer su trabajo, pero tampoco se hacen a un lado. Así que, claro que ahora está hablando de retrasar la elección. Esto era predecible; de hecho, Joe Biden lo pronosticó hace meses, en medio de las burlas de los críticos (ninguno de los cuales, vaticino yo, se disculpará).

Ahora, Trump no puede hacer eso. Habrá una elección el 3 de noviembre. Pero lo que sí puede hacer, si pierde, es afirmar que le robaron la elección, que hubo millones de votos fraudulentos, que los resultados no son legítimos. Oigan, lo hizo después de perder el voto popular en 2016, aun cuando ganó el Colegio Electoral.

Es casi seguro que esas excentricidades no lo dejarán quedarse en la Casa Blanca, aunque el proceso de sacarlo pueda ser… interesante. No obstante, pueden producir mucho caos y muy posiblemente algo de violencia en la nación. Y cualquiera que no piense que los disgustados seguidores de Trump podrían tratar de sabotear el gobierno de Biden —incluyendo sus esfuerzos para lidiar con la pandemia— no ha estado atento. Esto es lo que ocurre cuando pones a un jefe nefasto a cargo de un país. Y nadie puede decir cuándo se reparará el daño, si es que se logra reparar.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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Una plaga de ignorancia deliberada

Trump no solo ha fracasado en su intento por afrontar el desafío político que supone la COVID-19. Con sus palabras y acciones, en particular su negativa a usar cubrebocas, ha alentado y potenciado la veta antirracional de Estados Unidos.

/ 5 de julio de 2020 / 18:17

A principios del siglo XX, el sur de Estados Unidos fue devastado por la pelagra, una enfermedad desagradable que ocasiona las “cuatro D”: dermatitis, diarrea, demencia y deceso. Al principio, la naturaleza de la pelagra era incierta, pero, para 1915, Joseph Goldberger, un inmigrante húngaro empleado por el Gobierno federal, había demostrado de forma concluyente que se debía a deficiencias nutricionales relacionadas con la pobreza y en particular a una dieta a base de maíz.

Sin embargo, durante décadas muchos ciudadanos y políticos sureños se negaron a aceptar este diagnóstico y declararon ya sea que la epidemia era una ficción creada por los norteños para insultar al sur o que la teoría nutricional era un ataque a la cultura sureña. Y las muertes por pelagra siguieron en ascenso. ¿Les suena familiar?

Hace meses que sabemos lo que se necesita para controlar la COVID-19. Se necesita un periodo de confinamiento serio para reducir la prevalencia de la enfermedad. Solo entonces se puede reabrir la economía, manteniendo el distanciamiento social según sea necesario, e incluso entonces se necesita un régimen de pruebas generalizadas, trazabilidad y aislamiento de los individuos potencialmente infectados para mantener el virus suprimido.

La mayoría de los países avanzados han seguido este camino. No obstante, Estados Unidos es excepcional, en un sentido negativo. Nuestro índice de casos nuevos nunca disminuyó tanto, porque la disminución de los índices de infección en el área de Nueva York fue compensada por el aumento o la disminución de las infecciones en el sur y el oeste. Ahora los casos están en aumento a nivel nacional, así como en los estados de Arizona, Texas y Florida.

Es cierto que las muertes siguen disminuyendo en toda la nación, aunque están aumentando en algunos estados. Esto refleja alguna combinación de la forma en que las muertes se retrasan con respecto a las infecciones, mejores precauciones para los ancianos, que son los más vulnerables, y un mejor tratamiento a medida que los médicos aprenden más sobre la enfermedad.

Alrededor de 600 estadounidenses siguen perdiendo la vida al día; es decir, estamos experimentando el equivalente a seis 11 de Septiembre cada mes. Y muchos de los enfermos que no mueren por el COVID-19 quedan debilitados por la enfermedad, a veces de no usar cubrebocas, y por lo tanto poner en peligro a otras personas de manera gratuita, se ha convertido en un símbolo político: Trump ha sugerido que algunas personas usan cubrebocas únicamente para señalar su desaprobación hacia la figura presidencial, y muchos estadounidenses han decidido que la necesidad de usar cubrebocas en espacios cerrados es un ataque a su libertad.

En consecuencia, el distanciamiento social se ha vuelto partidista: los autodenominados republicanos hacen menos que los autodenominados demócratas. Todos vimos cómo se desarrolla esto en Tulsa, Oklahoma, donde se congregó una gran multitud (si bien más pequeña de lo que se esperaba), en su mayoría sin cubrebocas y en un entorno cerrado diseñado para propagar el coronavirus.

La moraleja de esta historia es que la respuesta singularmente pobre de Estados Unidos al coronavirus no es resultado nada más de un mal liderazgo en las altas esferas de gobierno, aunque decenas de miles de vidas se habrían salvado si tuviéramos un presidente que se ocupara de los problemas en lugar de tratar simplemente de ignorarlos.

También nos va mal porque, como muestra el ejemplo de la pelagra, en la cultura estadounidense hay una larga racha de pensamiento contrario a la ciencia y la experiencia, la misma racha que nos hace estar excepcionalmente poco dispuestos a aceptar la realidad de la evolución o a reconocer la amenaza del cambio climático.

No somos una nación de ignorantes; muchos, probablemente la mayoría de los estadounidenses, están dispuestos a escuchar a los expertos y actuar responsablemente. Pero hay una facción beligerante dentro de nuestra sociedad que se niega a reconocer los hechos inconvenientes o incómodos y que prefiere creer que los expertos están de algún modo conspirando en su contra.

Trump no solo ha fracasado en su intento por afrontar el desafío político que supone la COVID-19. Con sus palabras y acciones, en particular su negativa a usar cubrebocas, ha alentado y potenciado la veta antirracional de Estados Unidos.

Y este rechazo a la experiencia, la ciencia y la responsabilidad en general nos está matando.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía.
© The New York Times Company, 2018. Traducción de News Clips.

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Cuando un país falla en la prueba del malvavisco

Estados Unidos está demasiado desunido como para enfrentar de manera efectiva la pandemia

/ 21 de junio de 2020 / 07:33

La prueba del malvavisco es un famoso experimento psicológico que prueba la disposición de los niños para postergar la gratificación. A los niños se les ofrece un malvavisco, pero se les dice que pueden tener un segundo malvavisco si están dispuestos a esperar 15 minutos antes de comerse el primero. La afirmación de que a los niños con fuerza de voluntad les irá mejor en la vida no se ha sustentado bien, pero el experimento sigue siendo una metáfora útil para muchas opciones en la vida, tanto de individuos como de grupos más grandes.

Una forma de pensar sobre la pandemia del COVID-19 es que plantea un tipo de prueba del malvavisco para la sociedad.

En este punto, ha habido suficientes historias internacionales de éxito sobre cómo lidiar con el coronavirus como para darnos una idea clara de lo que se necesita para vencer a la pandemia. Primero, hay que imponer un distanciamiento social estricto el tiempo suficiente para reducir el número de personas infectadas a una pequeña fracción de la población. Luego se debe implementar un régimen de pruebas, rastreo y aislamiento: identificar rápidamente cualquier brote nuevo, encontrar a todos los que estuvieron expuestos y ponerlos en cuarentena hasta que haya pasado el peligro.

Esta estrategia es aplicable. Corea del Sur lo ha hecho. Nueva Zelanda lo ha hecho.

Pero debes ser estricto y debes ser paciente, mantener el rumbo hasta que la pandemia haya acabado, no ceder a la tentación de volver a la vida normal cuando el virus aún está muy extendido. Entonces, como dije, es una especie de prueba del malvavisco.

Y Estados Unidos está fallando en esa prueba.

Los nuevos casos en Estados Unidos y las muertes han disminuido desde inicios de abril, pero eso se debe casi en su totalidad a que el área metropolitana de Nueva York, después de un brote horrible, ha logrado un gran progreso. En muchas partes del país —incluidos nuestros estados más poblados, California, Texas y Florida— la enfermedad aún se está diseminando. En general, los nuevos casos se estancan y pueden estar comenzando a elevarse. Y, aún así, los gobiernos estatales están empezando a reabrir.

Esta es una historia muy diferente a la que está sucediendo en otros países avanzados, incluso en países muy golpeados como Italia y España, donde los casos nuevos han caído dramáticamente. Ahora parece probable que a fines del verano seamos la única nación rica en la que un gran número de personas aún mueran por el COVID-19.

¿Por qué estamos fallando en la prueba? Es fácil culpar a Donald Trump, un hombre-niño que seguramente se zamparía ese primer malvavisco y luego intentaría robar los de los otros niños. Pero la impaciencia de Estados Unidos, su falta de voluntad para hacer lo que se tiene que hacer para lidiar con una amenaza que no puede ser derrotada con amagos de violencia, es mucho más profunda que un solo hombre.

No ayuda que los miembros del Partido Republicano se opongan ideológicamente a los programas gubernamentales de redes de seguridad, que son los que hacen tolerables las consecuencias económicas del distanciamiento social; como explico en mi reciente columna, parecen determinados a dejar que la ayuda de emergencia crucial expire demasiado pronto. Tampoco ayuda que incluso las medidas de bajo costo para limitar la propagación del COVID-19, sobre todo usar mascarillas (que protegen principalmente a las otras personas), estén atrapadas en nuestras guerras culturales.

Estados Unidos en 2020, parece, está demasiado desunido, con demasiadas personas tomadas por la ideología y el partidismo, como para enfrentar de manera efectiva una pandemia. Tenemos el conocimiento, tenemos los recursos, pero no tenemos la voluntad.

Paul Krugman
es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008. © 2015 Th e New York Times. Traducción de News Clips.

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