Voces

jueves 22 oct 2020 | Actualizado a 08:09

Kant o Can’t

Todos estos elementos que encontramos en Kant los usa el filósofo francés Michel Onfray para re pensar el juicio a Eichmann.

/ 29 de junio de 2020 / 06:23

Muchos recuerdan a Kant por la frase “¡Sapere Aude!” que el mismo Kant la interpreta como “ten el valor de usar tu propia razón”. Kant escribe esta frase cuando responde a la pregunta: ¿qué es la ilustración? Era 1784, y ya había escrito su “Crítica de la razón pura”. Entonces intimaba a las personas a pensar por sí mismas. ¿Pero hasta dónde era bueno, según Kant, pensar por uno mismo? No olvidemos que Kant escribió páginas hermosas sobre la libertad y la razón, pero también era un pensador conservador, defensor de la pena de muerte, como defensor de los derechos del Rey.

Entonces podemos estar seguros de que la sugerencia de que usemos nuestra propia razón no se aplica a todos los seres humanos y en todos los casos. Por ejemplo, en el mismo texto en el que nos dice atrévete a pensar (¡Sapere Aude!) señala que un funcionario público no puede pensar, debe obedecer. Un oficial no puede pensar, debe obedecer, un ciudadano no puede cuestionar el pago de impuestos, debe obedecer, debe pagar.

Es decir, hay una esfera, que Kant denomina pública, en la que se puede pensar y, por lo tanto, tener el valor de usar la razón, y hay otra, que Kant denomina privada, en la que no se debe pensar, sino que se debe obedecer. Años más tarde, en 1797, Kant inmortalizará este deber de obediencia en una de sus obras más importantes: La metafísica de las costumbres. Al finalizar el primer libro (sobre la doctrina del Derecho) se lee el imperativo categórico que argumentó en ese libro: “Obedeced a la autoridad que tiene poder sobre vosotros”.

Todos estos elementos que encontramos en Kant los usa el filósofo francés Michel Onfray para re pensar el juicio a Eichmann, el funcionario público nazi que fue juzgado en Jerusalén, y cuyo juicio fue cubierto por Hannah Arendt. Onfray muestra su asombro cuando, al leer el libro de Arendt Eichmann en Jerusalén, durante el interrogatorio que le hacían a Eichmann, éste se declaró kantiano. Entonces cuando Eichmann señala que él solo obedecía órdenes, que solo obedecía la ley, Onfray nos recuerda que siendo kantiano obedecía, como un funcionario público más, la ley porque era la ley. Dura lex sed lex, si bien es un aforismo romano, pero Kant y Eichmann lo podrían firmar juntos.

Uno podría esperar que Kant señale que se debe examinar el contenido de la ley antes de decidirse a obedecerla o a quebrarla y en consecuencia a rebelarse contra ella, pero no, Kant no señala ello en ninguna parte de su obra. Es más, frente al Derecho, Kant cierra filas y nos señala que ni el acto más injusto e insoportable es motivo para no obedecer la ley y por ende a la autoridad. Michel Onfray termina su ensayo Un kantiano entre los nazis recordándonos que a la filosofía de Kant le falta el derecho a desobedecer, a negarse y a resistirse a la opresión.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo

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Democracia

Debate: el voto, las elecciones (lo que hoy pasa en Bolivia) no es la única forma de legitimidad del futuro gobierno

/ 21 de octubre de 2020 / 07:34

Momentos como el que hoy vivimos nos muestran la complejidad que se encuentra detrás de una palabra como democracia. El término proviene de la unión de dos palabras griegas: demos y kratos. La primera hace referencia al pueblo que participa en lo público, y la segunda hace mención al poder, no al poder como titularidad, sino al poder en tanto ejercicio y praxis. Literalmente podemos entender democracia como poder del pueblo, poder en el pueblo y poder sobre el pueblo.

En el primer caso (el poder del pueblo), nos referimos al poder como potencia que se produce por y en la cooperación de los seres humanos que de manera conjunta configuran al pueblo. En este caso, la individualidad se transforma por la presencia de la alteridad, es decir, por la presencia de los otros que transforma a los individuos en un “nos-otros”, pues el pueblo supone colectividad. Esto quiere decir que el sujeto pueblo se transforma constantemente por la interacción de los mismos seres humanos. El pueblo no es solo la suma de individualidades, sino es la transformación de esas individualidades por la presencia del otro. Como señalaba Spinoza, la potencia de un ser humano es solo potencia porque se multiplica por la potencia de otros seres humanos. Lo que diez personas pueden hacer por separado es mucho menos de lo que estas mismas diez personas puedan hacer juntas, cooperando. Y no solo el producto de su potencia es lo que se pone en juego, sino la misma subjetividad se transforma y potencia en la cooperación. Lo que Marx denominaba modo de producción no es otra cosa, desde una lectura spinoziana, que la potencia coordinada de los seres humanos. Potencia del pueblo o poder del pueblo es, entonces, lo que los seres humanos en conjunto y afectados por la presencia de la alteridad, hacen y construyen, no sin conflictos, porque esta cooperación está atravesada por relaciones económicas y de clase, relaciones de dominación coloniales y de género, entre otras. Es decir, esta unidad no supone una presencia pacífica, sino altamente conflictiva. ¿Qué es pueblo? Es una pregunta sin una respuesta final.

En el segundo caso (el poder en el pueblo) se tiene como condición al poder del pueblo. Es decir, la potencia de la cooperación se constituye en el dispositivo de constitución y transformación de todo tipo de gobierno. No es posible el gobierno como ejercicio de poder si la condición de éste se encuentra en el pueblo. Por ejemplo, el mismo pueblo que elige y legitima a sus gobernantes retiene también el poder de deslegitimarlos. El poder en el pueblo, entonces, es potencia de un gobierno futuro, pero el pueblo no es en sí mismo el gobierno, pues el pueblo, como lo decíamos antes, es el lugar del conflicto y el antagonismo, aunque también de la cooperación y la potencia, por ello el gobierno no podría perder su nexo y relación con el pueblo, pues es de éste que viene su condición de gobierno. Pero pensar el gobierno sobre el pueblo precisa reflexionar sobre el medio, el método de traducción y transformación del poder del pueblo, el poder en el pueblo, en el poder sobre el pueblo, que es el tercer caso de nuestra exposición. 

El tercer caso, el poder sobre el pueblo, solo es posible por medio de la democracia, a partir del gobierno que crea y elige el pueblo. El pueblo es el productor de la potencia, el sujeto de la potencia y la fuerza misma del gobierno que constituye. No es posible ningún tipo de gobierno sobre el pueblo sin que el mismo lo haya producido, consentido y a la vez limitado. La democracia es, en consecuencia, el medio que posibilita el gobierno sobre el pueblo, cuya fuente y naturaleza descansa en el mismo pueblo. La democracia no es la posibilidad de un gobierno absoluto, sino de un gobierno limitado y controlado por el pueblo, esto no quiere decir que la democracia sea el gobierno, sino que la democracia es el medio de constitución del gobierno.  

Por lo señalado, el término democracia no es un significante sencillo, el problema, como se ha podido ver, se encuentra en lo que entendemos por pueblo. El pueblo es en sí una pluralidad de sujetos antagónicos, depositarios del conflicto y de la política. Pueblo es el nombre de una querella discursiva que se realiza todo el tiempo sobre sí mismo, esta querella tiene momentos complejos en los cuales una parte puede pretender negar la existencia de esta diversidad que le es constitutiva. Y hoy lo podemos ver en expresiones de una parte de la población que quiere negar a otra parte la posibilidad de elegir a sus representantes, bajo la idea de que aquellos que sean elegidos no los representan, al punto de que quienes los elijan no sean tomados como parte del pueblo. Pero el gobierno precisa un pueblo y las elecciones son un dispositivo ficcional que pretende, en el acto de votación y representación, unificar una imagen de un pueblo, pero ni el gobierno elegido por una mayoría puede eliminar el antagonismo que se encuentra en idea misma de pueblo.   

El pueblo como depositario del poder, no puede resolver por sí mismo el ejercicio de este poder; dicho de otra manera, el pueblo, que es a la vez el origen del gobernante y el sujeto gobernado, precisa de mecanismos para resolver esta transmisión, traducción y transformación, de ser a la vez soberano y gobernado, y allí es donde se precisan otras formas de democracia para ir más allá del mecanismo ficcional de las elecciones. No hay una sola forma de resolver esta transmisión y transformación del sujeto de poder y el destinatario del mismo. Así como no hay una sola temporalidad de las relaciones que se ponen en juego en la democracia.

Las formas, los mecanismos y los niveles institucionales que permiten al pueblo el ejercicio de poder, precisan concebir en la democracia a otras democracias (en plural), pues la sola democracia representativa es insuficiente. Los gobernantes que crean que su legitimidad radicará en la imagen ficcional de un pueblo que los ha elegido, se engañarán a sí mismos, pues el pueblo no es una unidad y no aprender a gestionar la conflictividad que posee el pueblo en su seno (no a eliminarla pues no es posible, por ello me refiero a gestionarla) lo llevará de manera acelerada a una crisis. Si bien todo gobierno llegará a una crisis de poder y legitimidad, lo que está en juego cada vez que elegimos gobernantes son los tiempos de estabilidad que ficcionalmente se les ha otorgado.

(*) Farit Rojas Tudela es docente de Teoría del Derecho y Pluralismo Jurídico. UMSA

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Constitución no escrita

/ 19 de octubre de 2020 / 07:00

Una clásica división de la teoría constitucional distingue entre Constitución escrita y Constitución no escrita. Suele darse como ejemplo a Inglaterra como un Estado con una Constitución no escrita, es decir no reunida en un solo texto codificado.

Una mirada más compleja de esta división la encontramos en la diferencia entre Constitución material y Constitución formal. La primera, atiende a la tensión entre procesos político-sociales y las transformaciones normativas, sean que adquieran forma de Constitución escrita o no, de esta manera la Constitución material trata de una revivificación permanente de procesos político-sociales. La segunda, la Constitución formal, se refiere a la existencia comprobada de cambios normativos en el texto mismo de una Constitución. La Constitución formal suele contar con una estrategia de rituales para su modificación pues si se la entiende como norma suprema no podría ser reformada de manera sencilla. En cambio, la Constitución material solo sucede, es decir, se dan los cambios sin la exigencia de los rituales y muchas veces sin las modificaciones de la Constitución.

En Bolivia un ejemplo de Constitución material no escrita la tenemos en las reformas fundamentales que llevó a cabo la revolución de 1952: sufragio universal, nacionalización de las minas y reforma agraria. La revolución de 1952 no dejó sin efecto la CPE de 1947, pero posibilitó que las normas fundamentales se encuentren además en una serie dispersa de normas (decretos-ley) hasta que se constitucionalizaron en 1961.    

 A partir de la ola de reformas constitucionales de los años 80 y 90 en Latinoamérica, así como la aparición de los tribunales constitucionales, se ha ido gestando una Constitución de los jueces, que tiene que ver con las interpretaciones que éstos hacen de la CPE, las mismas que son vinculantes y de cumplimiento obligatorio por todos los órganos de poder por mandato del artículo 203 de la CPE. Una vez más, para comprender las normas fundamentales en Bolivia, además del texto constitucional se precisa coleccionar las sentencias del Tribunal Constitucional Plurinacional que muchas veces reescriben la CPE.

Sin embargo, un fenómeno ha sucedido recientemente, pese a estar en plena vigencia la Sentencia SCP 0084/2017, que mediante una interpretación de la CPE ha permitido la reelección sin límite, la Ley 1266 de 24/11/19 ha prohibido la reelección de las y los ciudadanos que hubieran sido reelectos de forma continua a un cargo electivo. El proceso electoral del pasado domingo se llevó a cabo conforme a esta ley y no conforme a la Sentencia SCP 0084/2017, este cambio se llevó a cabo por un acuerdo tácito de las fuerzas políticas que concurrieron al proceso electoral. Una curiosa reforma tácita de las normas fundamentales.

Farit Rojas es abogado y filósofo.

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Tiempo y justicia

/ 5 de octubre de 2020 / 00:42

En Hamlet, Shakespeare describe en una frase al tiempo dislocado: the time is out of joint, es decir el tiempo está desarticulado, desencajado, fuera de quicio. ¿De qué está separado el tiempo para que el mismo esté disyunto? Para responder imaginemos que usted tiene que viajar, supongamos que lo hará por avión y su vuelo parte a las 18.00. Usted ha llegado al aeropuerto a las 16.00, tiempo suficiente para hacer su registro, dejar sus maletas, pasar por migración y luego por seguridad. En este día imaginado no hay largas filas en el aeropuerto ni huelgas que lo retrasen. Usted puede decir que “está a tiempo” de tomar el vuelo.

¿Qué significa este “estar a tiempo”? Pues parece que significa simplemente que usted puede tomar el vuelo sin mayores contratiempos.

Significa también que la corriente de sucesos que otorgan sentido a su vida se encuentra estable y que usted puede continuar en ella.

Veamos lo contrario, su vuelo parte a las 18.00 y usted ha llegado al aeropuerto a las 18.01. Usted no llegó a tiempo, usted está fuera de tiempo o a destiempo. El avión ha partido, y si aún no lo ha hecho, es seguro que el vuelo ya esté cerrado o que el avión esté dirigiéndose rumbo a la pista de despegue. Usted está en contratiempo, usted ha perdido el vuelo, ha perdido su tiempo de volar. Dicho de otro modo, la corriente de sucesos que otorgan sentido a su vida ha continuado, pero sin usted. Usted está fuera de tiempo.

En un sentido similar, cuando un barco se hunde se supone que el capitán deba quedarse al mando del timón dispuesto a hundirse con su embarcación. Cuando un capitán de barco simplemente huye, podríamos decir que se encuentra a destiempo, es decir escapó a la corriente de sucesos que otorgaba sentido a su vida, a su identidad. No murió a tiempo. Lo mismo podemos decir respecto a un demócrata que acepta una dictadura, respecto de un activista de derechos humanos que reprime a la población desde un cargo estatal, respecto de un ambientalista autorizando la depredación de un área protegida, respecto de un hombre probo aceptando un soborno. Estar a destiempo supone haber perdido el rumbo, la identidad y el sentido.

Estar a tiempo o estar a destiempo es para Derrida la explicación de estar en justicia o en injusticia. Derrida hace esta explicación partiendo de la frase de Shakespeare con la que empezamos este texto: the time is out of join. En Hamlet es el fantasma del padre el que se encuentra a destiempo, desajustado y dislocado y exige un acto de justicia, exige una reparación del tiempo para descansar en paz.

Un espectro asedia al Derecho, es el fantasma de la justicia. La justicia que no llega a tiempo es ya injusticia, es ya un vivir el disyunto. Lo que permite que el tiempo sea contemporáneo es su identidad con la justicia.

*Es abogado y filósofo

(05/10/2020)

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Teoría pura del Derecho

/ 21 de septiembre de 2020 / 07:47

Existe una expresión italiana que dice traduttore, traditore (traductor, traidor), que refiere a que ninguna traducción puede ser tomada como original, debido a que la subjetividad del traductor está siempre en el resultado. Por ello existen varias traducciones de un mismo texto, a veces tan distintas que parece que estamos delante de otro texto. Lo he visto con mayor frecuencia en las traducciones del alemán al castellano, pero sucede también cuando la empresa de la traducción se realiza desde y hacia otros idiomas. ¿A quién leemos en una traducción? ¿Qué sucede si lo traducido no posee un original sino muchos y en distintos idiomas?

Veamos, cuando se menciona el libro de Hans Kelsen, Teoría pura del derecho, se debe tomar en cuenta que existe la Teoría pura del derecho de 1934 versión alemana, traducción de Gregorio Robles y publicado por la editorial Trotta; la versión francesa de 1934 (reescrita por Kelsen en francés y por tanto distinta a la previa alemana) y que lleva también el título de Teoría pura del Derecho, la misma que fue traducción de Moisés Nilve para la editorial Eudeba, y que suele ser la traducción con mayor difusión. Luego está la Teoría general del derecho y del Estado, escrita por Kelsen en 1944 y publicada en 1945 en inglés; Kelsen agradece en su introducción la colaboración de muchos en la traducción de textos del alemán al inglés, esta obra fue traducida al español por Eduardo García Máynez para la editorial UNAM, y presenta una revisión de su teoría del Derecho.

Luego está la Teoría pura del Derecho de 1960, redactada en alemán y que presenta una revisión de la edición alemana de 1934, pero con muchos añadidos; por el paso del tiempo y las respuestas de Kelsen a muchos de sus críticos, este texto fue traducido por Roberto Vernengo para la editorial de la UNAM. Y finalmente está la versión escrita tanto en alemán como en inglés, pues Kelsen cuya lengua materna era el alemán vivía ya mucho tiempo en Estados Unidos, titulada Teoría general de las normas, traducida al castellano por Miguel Ángel Rodilla para la editorial Marcial Pons y que en algunas editoriales ha sido también titulada Teoría pura del Derecho, imagino que con la finalidad de lograr mayores ventas que una comprensión de la identidad de la obra. Cabe una aclaración, este último texto es en realidad un manuscrito, a manera de notas de trabajo, y no un libro terminado y publicado en vida de Kelsen.

Entonces, cuando se hace referencia a la Teoría pura del Derecho de Hans Kelsen, ¿a qué texto nos referimos?, ¿a qué traducción, de qué lengua? Diego López refería a la distorsionada recepción de Kelsen en América Latina, además de otros trasplantes jurídicos, en un texto con el genial título de La teoría impura del Derecho.

Farit Rojas T. es abogado y filósofo.

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¿República vs. Estado plurinacional?

Para el autor hay que poner en tela de juicio esta consabida ‘contradicción’

/ 9 de septiembre de 2020 / 07:38

Para Maquiavelo, en El Príncipe, todos los estados fueron y son repúblicas o principados.

Obviamente Maquiavelo se concentra en esta obra sobre los principados, pues se dedicó al estudio de la república en otro escrito, más extenso y complejo, denominado Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Es importante esta cita pues opone la república a los principados, lo contrario a la república serían las autocracias, sean estas monarquías o principados; en consecuencia, la república es aquella forma de gobierno en la que el poder radica en una voluntad colectiva.

Doscientos años después, Montesquieu señalará que hay tres formas de gobiernos: el republicano, el monárquico y el despótico. El llamado gobierno republicano es aquel en el que todo el pueblo, o una parte mayoritaria, tiene el poder supremo, en contraste con las otras dos formas autocráticas: la monarquía y el despotismo.

En consecuencia, el opuesto a la república es la monarquía. La idea de la república se encuentra en la etimología de la palabra, res (cosa) pública (del pueblo), es la forma de gobierno orientada hacia el bien común y se basa en la participación de los ciudadanos, bajo una ciudadanía extendida y protegida por un extenso catálogo de derechos fundamentales. La república, como forma de gobierno, se encuentra en la división y separación de los órganos de poder, por ello Montesquieu encontrará la forma republicana en la Constitución, pues si no hay separación de poderes no hay Constitución. El pensamiento de Montesquieu influirá en los revolucionarios franceses que señalarán, en el artículo 16 de la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano de 1879 que una sociedad en la que no esté establecida la garantía de los derechos, ni determinada la separación de los poderes, carece de Constitución. La tensión es siempre la misma, evitar que el poder se concentre en pocas manos o en una sola y garantizar la soberanía del pueblo. Se trata de una idea o noción liberal, en tanto la separación de los órganos de poder ralentiza el ejercicio del mismo, y su adecuación a la Constitución legitima el ejercicio del poder. El llamado poder público es legítimo, y es público, sí y solo sí, el mismo se enmarca en lo señalado en la Constitución y las leyes, que es la base de lo que llamamos Estado de Derecho. Sin embargo, la idea de república no es únicamente una expresión del liberalismo, la llamada Unión Soviética era en realidad la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, aunque con muchas diferencias a las nociones liberales, la idea de república era, en esencia, la misma, es decir, lo contrario a la autocracia de los zares. 

Se ha dicho, considero erróneamente, que Bolivia ha dejado de ser república desde 2009; sin embargo, la sola idea de Constitución debería hacernos pensar lo contrario, Bolivia no ha abandonado su forma republicana desde el 11 de agosto de 1825, cuando mediante un decreto adquiere la forma republicana de gobierno.

Esta formulación de Bolivia como república la encontramos en el parágrafo I del artículo 11 de la Constitución de 2009, que señala:

Artículo 11. I. La República de Bolivia adopta para su gobierno la forma democrática participativa, representativa y comunitaria, con equivalencia de condiciones entre hombres y mujeres.

Y se menciona a la  república en los artículos 146, parágrafo II (Presidente, Vicepresidente y Senadores de la República; 202, numeral 1 (la acción abstracta de inconstitucionalidad solo puede ser interpuesta por el Presidente de la República); 202, numeral 7 (la consulta sobre la constitucionalidad de proyectos de ley por parte del Presidente de la República; 238, numeral 3 (se menciona al Presidente y al Vicepresidente de la República en relación a las causales que impiden el acceso a cargos públicos electivos; y, 339, parágrafo I (el Presidente de la República podrá decretar pagos no autorizados por la ley del presupuesto únicamente en casos extraordinarios).

La soberanía del pueblo se encuentra señalada en el artículo 7,  la forma democrátrica (participativa, representativa y comunitaria) es explícita en el artículo 11, y la separación y división de poderes se la encuentra en el artículo 12. Está demás referir que el texto constitucional de 2009 es uno que presenta el catálogo más extenso de derechos fundamentales, pues el mismo se extiene desde el artículo 13 al artículo 107, y si el catálogo no fuera suficiente, el artículo 256 señala que los derechos que se encuentran en instrumentos y tratados internacionales en materia de derechos humanos y que declaren derechos más favorables a los contenidos en la Constitución se aplicarán de manera preferente sobre ésta.

Entonces, los elementos básicos de una república se encuentran en la Constitución, y lógicamente el Estado Plurinacional no es lo opuesto a la república.

¿A qué se opone el Estado Plurinacional? Pues al Estado-nación, pero esta oposición hoy en día es muy difícil de sostener, pues, como ya decía Will Kymlicka en los años 80 del siglo pasado, de todos los estados a nivel mundial son casi inexistentes los estados-nación, en tanto la pluralidad de culturas y de pueblos y naciones hacen muy difícil retornar al proyecto del Estado-nación, empezando por los proyectos multinacionales y plurinacionales que se generaron en la India, en África, luego de la Conferencia de Bandung (1955) y de los procesos de descolonización de los años 60 y 70 del siglo XX, continuando con la experiencia de Canadá, que desde 1982 reconoce la herencia multicultural (multicultural heritage), terminando en la complejidad de proyectos multinacionales y plurinacionales que se puedan encontrar en curso, con nociones como la democracia consosiacional en estados como Bélgica, que posee una diversidad cultural y lingüísitica similar a la de otros estados europeos (piénsese en España o Italia).

Pero, ¿por qué hay este imaginario de oposición entre Estado plurinacional y república? Tal vez la respuesta se la encuentre en el preámbulo de la Constitución, que señala que dejamos en el pasado el Estado colonial, republicano y neoliberal. Sin embargo, lo que la Asamblea Constituyente buscó dejar atrás era el Estado que bajo la idea de república continuaba prácticas coloniales excluyentes y aunque no reconocíamos una monarquía se trataba de una versión republicana con prácticas coloniales de exclusión, es decir una república colonial que es claro que ya dejamos en el pasado hace mucho.

(*) Farit Rojas Tudela es abogado constitucionalista

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