Voces

sábado 4 jul 2020 | Actualizado a 20:03

Un proceso electoral bajo fuego

La fundación Friedrich Ebert Stiftung presentó su estudio Delphi sobre escenarios prospectivos 2020

/ 29 de junio de 2020 / 06:26

En tiempos como los actuales, cuando el corazón, el cálculo y la brújula fracasan, nada mejor que contar con datos para guiarnos en el entendimiento de los sentidos comunes predominantes. Y en este empeño es muy útil el trabajo de la fundación Friedrich Ebert Stiftung (FES), que presentó la semana pasada la segunda ronda de su estudio Delphi sobre escenarios prospectivos 2020. Este informe es el resultado de entrevistas a un muestreo por conveniencia de un grupo plural de 140 políticos, analistas, periodistas y especialistas en distintos ámbitos. Su importancia como informantes clave se debe no solo a que reflejan un sentido común colectivo, sino que son personas que con sus opiniones influyen en sus círculos de opinión. Vayamos a los resultados.

Tal vez la pregunta inicial es la que refleja con claridad la profundización de un sentido pesimista sobre el contexto. Al indagar si el país va por buen camino o por mal camino, un 82% de los entrevistados optan por la opción negativa. Esta respuesta presenta un incremento significativo frente al 63% de la primera ronda (realizada en mayo de este año). Esto se ratifica cuando un 79% considera que la situación política y un 66% la económica es mala o muy mala. A este ambiente pesimista contribuyen nuestros miedos y principales preocupaciones: un 71% teme que la crisis económica aumente la pobreza, muy por encima de las inquietudes en torno al riesgo de contagio del coronavirus, el autoritarismo y el colapso del sistema de salud que son expresados en cerca de un 40% de los entrevistados.

En torno a la conflictividad, violencia y posibles enfrentamientos, las cosas no lucen mejor. Si asumimos que en la crisis política de 2019 se produjo una fractura social, un 58% de los entrevistados opinan que esa fractura no se ha superado y es aún más profunda. Un 94% considera que es probable que en las elecciones generales de este año se generen hechos de violencia y enfrentamiento puesto que el conflicto de octubre y noviembre no ha sido resuelto.

Así, el proceso electoral próximo se desarrollará en el marco de una persistente sensación de polarización y desconfianza. Podemos decir que le tememos en proporciones semejantes tanto al contagio del coronavirus como al posible fraude electoral. Por ello, el 92% de las personas considera que el Tribunal Supremo Electoral (TSE) tiene que priorizar la seguridad sanitaria para jurados y votantes, pero también un 89% marca como imprescindible para el reconocimiento del resultado la transparencia y corrección del proceso electoral. Una buena noticia en este contexto desalentador es que el TSE es la institución que genera mayor confianza, incluso por encima de la Iglesia católica. Esto es determinante si consideramos que, frente a la incertidumbre en torno al proceso electoral, el TSE es un factor crítico.

En términos de factores de riesgos significativos que el informe sugiere podemos destacar la incertidumbre en torno a las elecciones del 6 de septiembre, muy centrada en el prestigio del TSE y la falta de señales de acuerdos de corto plazo entre los actores políticos para enfrentar la crisis. Sumamos a estos factores de riesgo el potencial resultado del recurso de inconstitucionalidad contra la ley que posterga las elecciones ante el Tribunal Constitucional Plurinacional y la propia gestión de la pandemia. También tenemos que prestar atención a la inseguridad generada por un posible ausentismo de votantes y jurados en la jornada electoral que podría impulsar el cuestionamiento de legitimidad de origen del nuevo gobierno, lo que impulsaría el desconocimiento del resultado de la votación con posible impugnación política y/o legal acompañada de movilización social.

Tiempos oscuros para celebrar elecciones, pero son la única salida a nuestra crisis múltiple.

Lourdes Montero
es cientista social.

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¿Nos quedamos en casa?

‘En tiempos de contagio, somos un solo organismo, una sola comunidad’ (Paolo Giordano).

/ 1 de junio de 2020 / 06:06

Hoy iniciamos una nueva etapa en la crisis sanitaria. Vamos a comprobar si la “cuarentena dinámica”, que apela a la responsabilidad de las personas, mantiene el contagio bajo control o, como muchos temen, provocará la explosión de una bomba que termine matándonos a todos. A partir de hoy, la Policía y el Ejército no estarán tomándonos presos o imponiendo multas, y muchas personas se verán obligadas a salir diariamente a la calle para asegurar su sustento diario o evitar el quiebre de sus negocios. Los menos, privilegiados con el teletrabajo o que no requieren salir, ¿se quedarán en sus casas por responsabilidad o solo por miedo?

Confiar en la responsabilidad ciudadana ha dado algunos resultados positivos y otros desastrosos. Por ejemplo, Los Países Bajos ha optado por un confinamiento selectivo, en el que pequeños negocios de comercio y servicios se mantuvieron abiertos, atendiendo con guantes quirúrgicos, letreros sobre medidas de seguridad y cinta adhesiva en el piso para animar al distanciamiento entre las personas. Solo las escuelas, guarderías y universidades estuvieron cerradas, además de las empresas donde se requiere tocar a los clientes, como las peluquerías y los famosos burdeles de la zona roja.

Ayuda que los holandeses cumplen disciplinadamente lo que se les pide: una encuesta apuntó que el 99% de las personas mantuvieron distancia de otras y el 93% se quedó en casa todo lo posible. Al responder a las críticas sobre estas medidas que parecen de alto riesgo, el Primer Ministro sostuvo “la gente en Holanda está contenta de que los traten como adultos, no como niños”. El otro caso extremo, como ejemplo negativo de la confianza en la responsabilidad ciudadana, esta EEUU, que no logra bajar sus índices de contagio y mortalidad.

Y es cierto, confiar en que la contención de la pandemia debería ser resultado de una ciudadanía responsable y bien informada sobre medidas de bioseguridad. Algo mucho más eficaz y sostenible que andar haciendo de niñera, como rezongó el ministro de Defensa, Fernando López. Pero esa responsabilidad ciudadana requiere también de un Gobierno responsable, cuyas acciones generen confianza. Si una autoridad considera que las personas están en las calles porque “no les da la gana de cuidarse”, es una prueba de que necesitamos con urgencia que asesoren al gabinete, más que exmilitares, buenos científicos sociales.

Hoy día, al inicio del proceso de desescalada de la cuarentena, quienes nos quedamos en casa lo hacemos más por miedo que por responsabilidad. Y es que, con la información disponible, no sabemos a ciencia cierta si todo el esfuerzo económico y social del aislamiento ha tenido las consecuencias positivas que nos anunciaron. Nuestra desconfianza se basa en que no tenemos convicción de que los datos oficiales sean fidedignos; no contamos con suficientes pruebas y celeridad en las mismas para atender el avance del contagio; dos meses después, nuestro sistema de salud no se ha fortalecido e incluso dudamos que el personal a cargo de esta pandemia esté capacitado en protocolos certeros para no hace más daño que bien. Salir hoy a la calle infunde más miedo que al inicio de la cuarentena sobre todo por la constatación de una absoluta falta de coordinación entre las autoridades nacionales, departamentales y municipales, lo que debería ser el pilar que sostiene nuestra respuesta a la crisis.    

En esas condiciones, tengo la certeza de que los bolivianos que nos quedaremos en casa lo haremos más por miedo que por responsabilidad. El propio Ministro de Defensa revela que la gente no entendió hasta el momento todas las medidas de bioseguridad que deben mantener al salir a la calle. Mi duda es: ¿tuvimos en Bolivia una estrategia de comunicación seria y sostenida que permitiera a los ciudadanos hacerse cargo de su cuidado? En los próximos días muchos tendremos retumbando en la mente el autoritario eslogan mexicano: “Quédate en casa. Quédate vivo”; pero también es momento de respirar hondo y apelar a nuestra sensatez, sobre todo pensando en lo que sostiene Paolo Giordano: “en tiempos de contagio, somos un solo organismo, una sola comunidad”.

Lourdes Montero, cientista social

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Ivermectina: la medicina de los pobres

El COVID 19 no vive en presencia del Ivermectina, por ello su eficacia con una sola dosis.

/ 18 de mayo de 2020 / 06:13

Si Gabriel García Márquez estuviera vivo, seguro nos contaría la historia de un pueblo en el trópico latinoamericano que, burlando a la ciencia de más de 150 países, detiene el avance del COVID-19 utilizando en las personas un eficaz remedio para desparasitar animales.

La primera imagen tal vez sería las cuatro cuadras de filas de pacientes en la farmacia Nostas para, dando el peso y talla de toda la familia, obtener su receta y comprar la Ivermectina. Y con las temperaturas de Santa Cruz, no es difícil imaginarla como Macondo, aquel ombligo del mundo a orillas del bajo Cauca donde se sitúa la mayor parte de los relatos de García Márquez.

Pero la historia no se centraría en el medicamento y su efectividad en la lucha contra la pandemia, sino en los personajes vinculados a su buena fama. Seguramente el hábil narrador se concentraría en los héroes de esta empresa: el reconocido medico Herland Vaca Díez, quien se juega el pellejo y la reputación sosteniendo que la Ivermectina, por su acción viral, puede combatir el COVID 19.

Al principio nadie le cree: ¿cómo un medicamento que es para matar bichos en los animales puede ser la solución? Él es contundente en su respuesta: la Ivermectina es la medicina de los pobres y en su prohibición “hay una confabulación en contra de los remedios baratos, en contra de los remedios del hemisferio pobre; nuestra mentalidad es esperar la medicina y comprarla desde afuera cuando la tenemos a la mano”. Basado en sus estudios y experiencia en procesos inflamatorios en los trasplantes de riñón, defiende con pasión lo que cree:  el COVID 19 no vive en presencia del Ivermectina, por ello su eficacia con una sola dosis. Desde hace semanas, este Aureliano Buendía local no acepta las convenciones e inicia una campaña en contra de la prohibición centralista del uso del remedio por el Ministerio de Salud.

Esta historia en el imaginario cuento de García Márquez estaría complementado por otro personaje local: el doctor Ernesto Nostas Telchi, legendario farmacéutico que, desde su botica en el barrio de las Siete Calles, curaba cuanta enfermedad tropical y parasitaria afligía a los cruceños desde 1952. Todavía recuerdo ingresar a la farmacia de la mano de mi madre y que el Dr. Nostas, con una sola mirada determinara “esa niña esta lleninga de bichos, dele esta pastilla”. Desde ese tiempo la Farmacia Nostas y sus preparados magistrales gozan de la confianza y credibilidad de todo el pueblo cruceño. Este personaje podría ser Juvenal Urbino de “el amor en los tiempos del cólera”. No me extrañaría escuchar del propio Dr. Nostas una famosa frase de este personaje: “no hay medicina que cure lo que no cura la felicidad”. Y por qué no, sostener “si el COVID 19 es una enfermedad que dio el salto de los animales a los humanos, por qué no compartir con ellos las mismas medicinas”.

Es tanto el miedo que la pandemia ha inspirado que cualquier posibilidad de cura nos llena de esperanza. Y tal vez quien en unos años cuente la historia de la prohibición de la Ivermectina para el tratamiento del COVID 19, utilice las palabras del colombiano ganador del premio nobel de literatura para decir: “aquí existió la vida, en ella prevaleció el sufrimiento y predominó la injusticia, pero también conocimos el amor y hasta fuimos capaces de imaginarnos la felicidad. Y que sepa y haga saber para todos los tiempos quienes fueron los culpables de nuestro desastre, y cuán sordos se hicieron a nuestros clamores de paz para que ésta fuera la mejor de las vidas posibles, y con qué inventos tan bárbaros y por qué intereses tan mezquinos la borraron del universo” (García Márquez, 1986).

Lourdes Montero

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Una fotografía en tiempos de tormenta

Esta primera ronda de la encuesta Delphi muestra una fotografía interesante de este tiempo de tormenta.

/ 4 de mayo de 2020 / 06:18

La crisis, polarización e incertidumbre es la marca de nuestro tiempo. Y más aún para los actores políticos que están viviendo lo que Fernando Mayorga caracteriza como “el tiempo de la kamanchaca”, en referencia a la palabra quechua-aimara usada por Fernando Calderón para referirse al momento en que “la niebla baja y no deja ver”. Pero el kamanchaca no es cualquier bruma, es una niebla viva en la que si te mueves puedes tener serios problemas, pero, si no te mueves, también. Es el tiempo en que no solo se vive intensamente la incertidumbre, sino también cuando “los espíritus gozan con el riesgo de la gente”.

Y en este tiempo nada mejor que la investigación para iluminar, así sea parcialmente, la sensibilidad política sobre la que actuamos. Por ello, celebramos que la Friedrich-Ebert-Stiftung (FES) presente su primer informe de análisis prospectivo sobre la situación política del país. Se trata de la primera ronda de la encuesta Delphi realizada a 126 líderes de opinión pública boliviana (dirigentes políticos, analistas, periodistas y especialistas en distintos ámbitos), que nos presenta un estado de la percepción pública en este momento de emergencia sanitaria, crisis económica y suspenso electoral, que podría desencadenar una crisis social catastrófica.

¿Qué alertas podemos identificar en el informe? El primero tiene que ver con una sensación mayoritaria de pesimismo sobre la situación actual y el porvenir en el país. Casi dos tercios de los consultados creen que el país va por mal camino; y cuatro de cada cinco consultados asume un escenario de crisis de representación política. A este clima de pesimismo y miedo se suma la irresuelta disputa de narrativas sobre los hechos de octubre y noviembre de 2019.

En igual proporción se presentan quienes consideran que la renuncia de Evo Morales se debió al fraude y la movilización de los 21 días, y quienes defienden que fue resultado de un plan golpista con intervención cívico-militar-policial e intervención externa. Esta división de criterios respecto a la verdad histórica de los hechos incluso admite lecturas mixtas; es decir, quienes sostienen que pudo haber movilización ante el fraude, pero también golpe. En lo que existe consenso es en el reconocimiento de que se produjo una “fractura social”, y que se mantiene latente un alto potencial de violencia y enfrentamiento que puede resurgir en cualquier momento.

La buena noticia es que hay una mayor confianza en el Tribunal Supremo Electoral (TSE), y ha disminuido la sensación de que “habrá fraude”. Pero es preocupante la opinión mayoritaria en sentido de que no se reconocerá el resultado de la votación de las próximas elecciones y que ello generará conflicto poselectoral. Se contrapone a esta idea un apoyo casi unánime a favor de un compromiso público de los candidatos para respetar el resultado, así como apoyo amplio a posibles acuerdos en la Asamblea Legislativa, guiados por un liderazgo concertador.

En este estudio la gestión del gobierno de Jeanine Áñez tiene nota de reprobación (3,6 sobre 10), aunque en general se registra un apoyo moderado (4,2 sobre 10) a la respuesta ante la emergencia sanitaria por el coronavirus. Es significativo que el 81% de los líderes consultados considere que hay persecución política en el presente y exprese su desaprobación mayoritaria de los hechos de violencia en Sacaba y Senkata por parte de la fuerza pública.

Más allá de esta percepción, lo evidente es que todos reconocen que la pandemia tendrá fuertes efectos económicos, políticos y electorales. Cerca del 90% de líderes consultados prevé que la emergencia sanitaria derivará en una nueva crisis política y económica, lo que genera una expectativa de ampliación de la conflictividad. En todo caso, es evidente que el curso de la emergencia sanitaria por el coronavirus en el país, y las medidas para mitigar los impactos en los próximos meses, tendrán efectos en la administración del proceso electoral, en las preferencias de voto e incluso en el resultado.

En síntesis, esta primera ronda de la encuesta Delphi muestra una fotografía interesante de este tiempo de tormenta, acerca de las percepciones desde la voz de los liderazgos de la opinión pública. Sin duda la señal positiva es la reafirmación de la necesidad de diálogo, acuerdos y participación para encaminar una nueva agenda de reformas en el escenario poselectoral. En tanto que la señal preocupante tiene que ver nuevamente con el no reconocimiento del resultado de las elecciones y el muy probable escenario de conflicto, violencia y enfrentamiento que los actores esperan del proceso poselectoral.

Lourdes Montero, cientista social.

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Bienvenido, nuevo siglo

La historia siempre te espera a la vuelta de la esquina, te coge del cuello y te enfrenta a tu frágil humanidad

/ 20 de abril de 2020 / 06:20

Tengo la certeza de que hasta hace pocos meses seguíamos viviendo con los miedos y las convicciones del siglo pasado. El siglo XX estuvo lleno de grandes transformaciones y un desarrollo que parecía ilimitado. El confort llenó nuestra vida cotidiana, y gracias a la infinita capacidad productiva asiática, nuestras casas se atestaron de pequeños juguetes que nos resuelven la vida. La ciencia, la tecnología y la cultura global nos encandilaron; y el consumo logró hipnotizarnos como bichos alrededor del alumbrado público.

En las ciudades nos tragamos la idea de la película “Parásitos”: si nos esforzamos lo suficiente, todos podríamos cumplir el sueño de una vida cómoda y segura, acceder a un auto propio y pagar la hipoteca de nuestra casita de barrio. Nuestros miedos eran pequeños, propios de la posguerra fría. Nos afanábamos por conseguir un buen empleo, y defendíamos nuestras libertades tan solo para expresarnos libremente en redes sociales. El único riesgo real era que un grupo de inadaptados nos asalte a la vuelta de la esquina. Las guerras, epidemias, migraciones masivas y el cambio climático estaban limitados a las pantallas de nuestros televisores, y siempre podíamos cambiar de canal.

Pero la historia siempre te espera a la vuelta de la esquina, te coge del cuello y te enfrenta a tu frágil humanidad. Como en una realidad paralela, impensada tan solo hace un par de meses, hoy nos acostamos todos los días contando muertos y observando cómo se desintegran nuestras certezas financieras. La tecnología y la ciencia, que hasta hace pocos días nos aseguraban la felicidad, hoy nos fallan, devolviéndonos al miedo más primitivo: la incertidumbre de nuestra propia supervivencia. Nadie sabe cuánto durará la pandemia, cuántas personas se enfermarán, ni cuántas vidas se cobrará el coronavirus COVID-19. Pero lo que ya se está viendo son las consecuencias económicas y políticas de un siglo marcado por la primera (de muchas) crisis global.

Hace apenas unos meses, en la Cumbre del Clima de la ONU (COP25) los representantes de 200 países señalaron que era imposible parar la producción y el crecimiento. Inesperadamente primero se detuvo China, y ahora lo hacen cada vez más países. Industrias imparables como el turismo y la gastronomía hoy podrían enfrentar una situación crítica y reducirse considerablemente. Los viajes internacionales hoy son tan complejos como en el siglo XVIII. 

Se han cortado las cadenas de suministro mundiales. Las restricciones locales de movimiento, la suspensión de redes portuarias y logísticas clave provocan un efecto dominó a través de las cadenas mundiales. Privados de sus suministros, se tiene que detener la producción, y muchas industrias han comenzado a despedir a los trabajadores. Las políticas de cierre temporal han dejado a millones de trabajadores desempleados, sin otra opción que regresar a sus países de origen para sobrevivir. Y al hacerlo, aumentan el riesgo de propagación del virus. La caída de la demanda asiática sacudió los mercados de materias primas, y junto con las guerras de precios del petróleo, las preocupaciones por la recesión y las calamidades en los mercados financieros están contribuyendo a formar la tormenta perfecta. Al mismo tiempo, el colapso de la demanda de los consumidores ha hecho que las marcas mundiales cancelen sus pedidos, lo que ha afectado a los principales productores textiles. El temor al colapso de estas casas de naipes genera la fuga de los inversores. El único mineral que no para de subir de precio es el oro, único refugio seguro para los ahorristas temerosos.

Y los rasgos del nuevo siglo no se limitan de ninguna manera al ámbito de la economía. Se ponen a prueba los Estados y sus gobiernos para proteger las vidas de sus propios ciudadanos. Y allí surge aún mayor incertidumbre: ¿protección a cambio de obediencia? ¿Los poderes invocados por la declaración del estado de emergencia pueden también utilizarse para suprimir la disidencia pública? ¿Y quién nos asegura que las medidas draconianas introducidas hoy serán retiradas cuando la crisis haya terminado? Los Ejércitos, hoy en las calles, pueden sentirse muy a gusto, e imaginar que “la patria los convoca a dirigir el futuro”. En tiempos de crisis, la gente tiende a reunirse en torno al líder poco democrático. En muchos países, producto del miedo, la opinión pública se está volviendo en contra del respeto a las libertades individuales.

De la noche a la mañana un nuevo siglo toca nuestras puertas y nos deposita nuevas angustias y miedos. Las certezas que nos acompañaban se disuelven. De repente todo está sucediendo muy rápido. En cuestión de horas, promesas imposibles de los políticos populistas como el salario universal hoy se convierten en posibilidades reales. Lo que en el debate sobre el clima fue descartado por visiones románticas del mundo hoy puede ser una realidad. La primacía de los intereses del mercado sobre todos los demás intereses sociales está haciendo aguas, y seguro que, cuando el estado de excepción termine, ya no nos creeremos tan fácil la idea de que “eso es imposible”. Con esta crisis y el nuevo siglo, comenzó un nuevo ciclo de lo políticamente posible.

Lourdes Montero, cientista social

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Vigilar y castigar en tiempos de coronavirus

Las decisiones que las personas y sus gobiernos tomen y acepten en las próximas semanas probablemente darán forma a ese mundo futuro

/ 6 de abril de 2020 / 06:05

Cuando esta columna llegue a usted, estaremos transitando la tercera semana de cuarentena en Bolivia. Sin duda pasaremos el resto del año descubriendo las implicaciones multidimensionales de esta pandemia, pero hoy quiero detenerme en uno de sus aspectos: ¿hasta dónde queremos ceder nuestros derechos ciudadanos frente al peligro de la muerte? En ese sentido, la epidemia podría marcar un hito importante en la historia de la vigilancia estatal.

En Bolivia, la cuarentena significa que las personas estamos obligadas a mantenernos en nuestros hogares, realizando desplazamientos mínimos de abastecimiento una vez a la semana. Esto implica la suspensión de actividades, tanto como la prohibición de circulación de todo el transporte. También se ha determinado el cierre total de fronteras, no permitiendo la repatriación de los bolivianos que se encuentran fuera del país. Eso sí, se ha permitido que los extranjeros se vayan.

Las Fuerzas Armadas y la Policía Boliviana son los responsables del cumplimento de este aislamiento forzoso, y las personas que violan las restricciones pueden ser retenidas durante ocho horas, además de recibir multas equivalentes hasta de un salario mínimo mensual. Y si esto no fuera suficiente, puedes ser acusado de cometer delitos contra la salud pública, lo que implica la privación de libertad de uno a 10 años. Al evaluar la primera jornada de emergencia sanitaria endurecida, el Gobierno reportaba la detención de cerca de 1.300 personas.

Definitivamente comprendemos que para detener la pandemia, poblaciones enteras deben cumplir con ciertas pautas, pero se pueden tomar diferentes caminos para lograrlo: ejercer la fuerza de la coerción o convencer a la población para que se autorregule, y se alcance el bien común con controles horizontales y/o corporativos. Antes de elegir una de las dos opciones, un Gobierno debe preguntarse primero sobre aspectos sociológicos de la sociedad que gobierna, así como sobre su propia legitimidad para imponer reglas.

En esta pandemia todos estamos mirando los ejemplos asiáticos y su capacidad de contención del coronavirus. La gran diferencia es que el Asia ha demostrado tener acceso a una serie de herramientas tecnológicas de vigilancia. China, por ejemplo, cuenta con sistemas de monitoreo de los teléfonos de las personas, hace uso de cámaras que reconocen los rostros y obliga a las personas a informar sobre su condición médica. Esta es una sofisticada tecnología de vigilancia totalitaria que la KGB rusa hubiera envidiado.

Por otro lado, tenemos los ejemplos de países como Japón, Corea del Sur, Taiwán y Singapur que han logrado ralentizar la transmisión. Si bien estos países han utilizado una combinación de elementos tecnológicos de vigilancia, su estrategia se ha basado mucho más en hacer pruebas de manera masiva, rastreo de contactos y en la cooperación voluntaria de un público bien informado. Una población motivada y bien informada suele ser mucho más efectiva que una población atemorizada y vigilada.

Pedirle a la gente, como ocurre en Bolivia, que elija entre libertad o salud es, de hecho, una elección falsa. Podemos elegir proteger nuestra salud no instituyendo regímenes de vigilancia y castigo, sino empoderando a los ciudadanos.

Queda claro que en algún momento esta pandemia y el miedo a la muerte que conlleva pasará a ser normal y la mayoría de nosotros aún viviremos, pero de seguro habitaremos en un mundo diferente. Como sostiene Yuval Noah Harari en un reciente artículo del Financial Times, las decisiones que las personas y sus gobiernos tomen y acepten en las próximas semanas probablemente darán forma a ese mundo futuro. Si no tomamos la decisión correcta, podríamos encontrarnos renunciando a nuestras libertades más preciadas, pensando que esta es la única forma de salvaguardar nuestra salud.

Lourdes Montero, cientista social

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