Voces

sábado 19 jun 2021 | Actualizado a 18:03

Educación y futuro

Resultado de una educación repetitiva, unidireccional, memorística, del “mi-mamá-me-mima”, los bolivianos fuimos formados para espantarnos ante la posibilidad de un cambio.

/ 1 de julio de 2020 / 06:49

Hace décadas que la educación en Bolivia no logra superar su atraso endémico. Para colmo de males estamos en medio de una tragedia nacional y debemos tomar decisiones trascendentales y apresuradas sobre nuestra educación. Una de las medidas es la implementación de la educación a distancia y/o virtual que se impuso en casi todo el planeta. Una decisión de enorme responsabilidad en un año que se va volando junto a miles de muertos.

De todo ese tema tan complejo deseo relievar una secuela de nuestra educación: la falta de creatividad e iniciativa en todos los estratos sociales. Resultado de una educación repetitiva, unidireccional, memorística, del “mi-mamá-me-mima”, los bolivianos fuimos formados para espantarnos ante la posibilidad de un cambio. Y, ante una innovación inminente, mostramos nuestras peores lacras: falta de creatividad, ninguna autocrítica y baja autoestima. Recordemos la declaración apresurada de un representante del magisterio que calificó como “un fracaso” la educación virtual sin experimentar siquiera un tiempo razonable; o el dislate de algún padre de familia que aún piensa, y en pleno siglo XXI, que la escuela presencial va a dar todo a su nene.

He conocido, como docente, personas de diferentes orígenes y clases con creatividad innata. Personajes tenaces que pudieron desarrollar ese talento a pesar de nuestra castrante educación y de vivir en una sociedad monotemática (“todo es política”). Existen, pero, la mayoría, somos víctimas de las lacras mencionadas.

Por ello (y otras 100 razones más), debemos financiar y lograr una educación virtual en paralelo a la tradicional, que sea incluyente y universal. Es algo imprescindible en este siglo porque desarrolla las llamadas competencias transversales, destrezas imprescindibles en un mundo donde desaparecerán muchas profesiones: creatividad, iniciativa, flexibilidad, trabajo en equipo, comunicación interpersonal, etc. Las nuevas generaciones deben formarse con esas habilidades para superar nuestra inaguantable baja autoestima y desarrollar iniciativa propia. Debemos dejar de ser pedigüeños en un futuro que será de espanto.

Un nene de cinco años aquí, en este país dependiente y atrasado, ya navega y juega en un celular. A sus 10 tendrá todo el saber enciclopédico en un tris. A sus 25 se instalará un chip en su neo-cortex cerebral para reemplazar el “pesado” celular. A sus 45, es decir el año 2050, tendrá relaciones en un mundo real-virtual.

Sí, inclusive aquí. Y, en estos meses de crisis múltiple, no somos una sociedad unida que trabaja el presente y planifica su futuro. Seguimos neciamente monotemáticos postergando una sociedad holística para todos.

Carlos Villagómez es arquitecto

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La prosperidad urbana

/ 18 de junio de 2021 / 01:28

Dentro de la política nacional para el desarrollo integral de las ciudades, la ONU Habitat presentó el Primer reporte del estado de la prosperidad de las ciudades de Bolivia. Es un documento muy importante, ejecutado con solvencia profesional, e impecablemente presentado, que desarrolla las líneas establecidas por ese organismo para evaluar la prosperidad de las ciudades en todo el orbe. Como se trata de un documento de suma importancia, éste debe ser conocido por los profesionales del rubro y la ciudadanía en general. Por ello, haré sucesivos comentarios a tan significativo documento para conjugar aportes constructivos (aportes que, además, se promueven en el texto para construir nuevos índices extendidos o contextuales de la Ciudad Próspera).

En esta nota reflexionaré sobre el concepto base que se aplica universalmente para medir la Prosperidad de las Ciudades (el llamado índice CPI), porque es un tema de múltiples interpretaciones. Es una inquietud que no impugna el objetivo principal del estudio que es: lograr “una herramienta estratégica dirigida a los niveles de gobierno y la sociedad para que las administraciones puedan tomar decisiones y definir políticas públicas basadas en evidencia”. Pienso que el término prosperidad es complejo de estandarizar. ¿Cómo podemos igualar la prosperidad urbana de una ciudad colla, con una de Noruega, o con una ciudad argentina llena de blanquiñosos llegados en barcos? Según la ONU, la prosperidad se puede englobar en seis variables: Productividad, Infraestructura para el desarrollo, Calidad de vida, Equidad e inclusión social, Sostenibilidad ambiental, Gobernanza y Legislación urbana. Todos temas capitales y muy preciados en la mentalidad del planificador urbano o regional. Pero, ¿por qué no se incluyen componentes claves de este tiempo como la dimensión cultural? Dicho en términos coloquiales: ¿cómo entiendo mi prosperidad urbana? ¿cómo la entiende el vecino que se farrea en pandemia en la fiesta patronal?, o ¿cómo entiende la prosperidad urbana el contrabandista y acaudalado dueño de un cholet? Comprendo, pero no comparto, la línea conceptual de estos estudios que nacen de esa visión estadística, planificadora y reductora de los aspectos multidimensionales de lo urbano.

Conocer nuestra casa mayor es vital. Los gobiernos no pueden legislar ni ordenar el caos vital que todos construimos más allá de las voluntades planificadoras porque, hasta el día de hoy, las cifras ocultan al ser humano, los planos y los esquemas ocultan las dimensiones culturales que, pienso, son la llave de nuestro futuro.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Cuando llora mi guitarra

/ 4 de junio de 2021 / 01:41

Una excedida comparación me permite recordar los cambios en los paradigmas artísticos que, hace décadas, perturban la historiografía occidental del arte y la historia de la cultura en general. Como es un tema de múltiples aristas, trataré de no hundirme en un fango epistémico.

En los años 60 del siglo pasado dos genios de la música compusieron unas canciones, como joyas universales, que llevan por título Cuando llora mi guitarra. Un autor vivía en las islas británicas, Georges Harrison, y el otro aquí cerca, el peruano Augusto Polo Campos. Ambos con su genio y desde sus raíces cantaron a ese instrumento que les dio fama eterna. Pero, entre ellos existen diferencias. Harrison se acopló a la vigencia universal (muy colonial por cierto) del rock, y Polo Campos, en el encapsulado género del vals peruano. Los rockeros de todo el mundo estamos de acuerdo, por nuestra aculturación, que lo de Harrison es una obra del arte universal. Un acuerdo que los innumerables fanáticos de Polo Campos, que pululan en las fiestas populares de la América morena, no lo pueden manifestar siendo también otra obra maestra.

Por razones atribuibles al orden mundial, una canción es de la alta cultura y la otra de la baja. Y así, por la historia del arte occidental, “sabemos” que hay lágrimas de primera y de segunda. Una catalogación descalificadora que todavía se sigue enseñando. Pero, a mediados del siglo XX, en la academia del norte comenzaron a desarrollarse líneas transgresoras a ese pensamiento, los llamados “estudios culturales” o “estudios poscoloniales”, que ensancharon la base de aceptación y ampliaron la óptica de los registros de las producciones artísticas y culturales recuperando las experiencias creativas del mundo olvidado del sur. Son estudios que alimentan el acervo e interpelan la discriminación artística establecida por una visión clasista de la historia. Desde entonces, se construyen nuevos paradigmas del arte y la cultura universales donde no caben las visiones binarias de esto sobre aquello, o si esto es arte y aquello es artesanía.

Mi excedida comparación no es un tema menor. Permite recordar que, en este nuevo milenio, la democratización y la aceptación de todas las expresiones del planeta se están consolidando. Y, lo siento por los seres binarios de la rancia cultura: esta apertura es irreversible; solo falta alterar las leyes del mercado que por el momento dictan la cotización y la diferencia. Algo difícil de entender por qué experimentamos momentos de intenso goce estético tanto con Harrison o con Polo Campos, pues todo depende del momento y de la respuesta pasional ante los desengaños.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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Sopocachi y la economía naranja

/ 21 de mayo de 2021 / 01:24

En alguna oportunidad me referí al barrio de Sopocachi que, creo, es particularmente importante y que deben tomar en cuenta los responsables de la nueva gestión municipal. Y preguntará usted por qué. Pues, porque es un lugar idóneo para impulsar la llamada economía naranja, aquella que se funda en la creatividad y las ideas relacionadas al diseño, el arte y la cultura, que de manera encadenada se transforman en bienes y servicios culturales. Formado hace más de un siglo, el barrio de Sopocachi nació aristócrata, como hogar de liberales y republicanos, y hoy en día es pluri y multi, como casi toda nuestra ciudad.

Sopocachi ha reunido en sus calles y casonas una fuerza a ser explotada: la mayor concentración de centros culturales, gastronómicos, y galerías de arte. Por ejemplo: la Fundación y el Espacio Patiño, la galería El Salar, la Fundación Solón, el Centro Arte y Culturas Bolivianas, el Museo Elsa Paredes, la Ajicería la Ahijada, la Academia de Bellas Artes; la galería de la Alianza Francesa, la del Círculo de la Unión, las Flaviadas, el Cine Teatro Municipal 6 de Agosto, la Cinemateca Boliviana, el Centro Cultural del Brasil, el restaurante Manqa, la galería de la CAF, el Instituto Goethe, la Casa Virgen de los Deseos, el Archivo de La Paz, la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, entre muchos otros.

En Sopocachi también se rinde culto al arte del comer y beber con múltiples ofertas en restaurantes, cafés y bares de todo tipo con cocina nacional o internacional, rubro muy naranja por decirlo así. Ello genera un movimiento de economía cultural e industrias creativas que están enfiladas en las características mencionadas más arriba. Es un barrio que puede desarrollarse sobre el turismo local e internacional; propios y extraños destacan ese aire tan particular de Sopocachi que uno experimenta en sus recorridos. Es un particular equilibrio de culturas que no existe en otros barrios donde colisionan otros imaginarios. Sin ánimo de debatir ni menospreciar, con orgullo paceño pregunto: ¿qué otro barrio de La Paz u otra ciudad boliviana tiene esa densidad de espacios dedicados al arte y la cultura?

Ayudando a los emprendimientos privados sin ahogarlos con normas y procedimientos municipales interminables y engorrosos; recuperando el patrimonio arquitectónico y urbano (por ejemplo: la piedra comanche de sus calles); mejorando la seguridad ciudadana, Sopocachi será un motor de reactivación de esta ciudad que está perdiendo la carrera del desarrollo urbano frente a otras ciudades bolivianas y ante la pandemia.

Carlos Villagómez es arquitecto.

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La gran metáfora de Mondaca

/ 7 de mayo de 2021 / 03:05

Se dice que el cine es la metáfora de las metáforas y es el soporte estrella de lo simbólico. Ninguna otra expresión artística connota tanto. Por eso, el cine es el arte predilecto de la contemporaneidad.

Pero no todas las películas expresan multisignos, ni tienen la capacidad metafórica de múltiples lecturas o de capas de construcción de sentido. El primer largometraje de Diego Mondaca, Chaco (2020), lo logra con soltura y honestidad; y la mayoría de las críticas locales giraron en torno a una metáfora evidente: la construcción de la nación boliviana o, si se quiere trazar una elipse de moda, la construcción de lo nacional popular de Zavaleta Mercado.

La Guerra del Chaco (1932-1935) fue el despertar de la Bolivia contemporánea. Fue la piedra de toque para un nuevo pensamiento político, nacionalista y revolucionario. Y en esos terrenos densos se interna Mondaca escribiendo un guion inteligente y ejecutando un filme donde ves deambular a un grupo de soldados famélicos y taciturnos bajo el mando de un capitán alemán en la inmensidad de un territorio ardiente y espinoso. ¿Qué buscan? Pues todo: al enemigo, a sus compatriotas, agua, o algo que dé sentido a esas vidas desgraciadas. Es decir, y metafóricamente hablando, el grupo representa el desvarío de la historia contemporánea boliviana. Sin ninguna posibilidad de coordinar para trazar un plan razonable, la soldadesca se encierra en su mundo (aymara y quechua parlante) sin guía ni rumbo. Es la brillante representación de lo nacional que deambula hace décadas en la ecuación dispar de población y territorio. Por más que el soldado Liborio se entregue a las órdenes del ario (que yerra como cualquier organismo imperial), al final todos perderemos y acabaremos entre brumas en una nada existencial. Tampoco la presencia pusilánime del k’ara, en la figura del tenientillo, pone orden y concierto. Es la metáfora perfecta para un microcosmos social sin equilibrios, salvo las ganas de comernos entre nosotros.

Pocas obras del cine boliviano tienen la potencia metafórica de Chaco de Mondaca. Pocas películas nacionales construyen sentido y, con ello, producen conocimiento, estético y social, con un agudo perfil crítico. ¿Y cómo lo logra? Construyendo una metáfora mayor que contiene múltiples metáforas en su interior: Liborio el indio sumiso y pendejo; el capitán Hans que simboliza una Europa que carga amores artificiales; el correr solitario y desequilibrado del cojo entre unas trincheras abandonadas; el fratricidio en las oscuridades de un pozo; etc. Es un placer ver Chaco de Mondaca porque despierta múltiples capas interpretativas y sedimenta una amarga alegoría de lo boliviano.

 Carlos Villagómez es arquitecto

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Patrimonio arquitectónico

/ 23 de abril de 2021 / 02:00

Tatiana Suárez publicó una crónica, directa y contundente, sobre el inmueble conocido como Palacio Agramonte, al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores en la plaza Murillo; es decir, en el centro simbólico de esta ciudad y en el corazón político del país. Para vergüenza de todas y todos, la casona está en un deterioro mayúsculo y es muestra de nuestra desidia para los visitantes que llegan a esta ciudad.

El matutino colega reprodujo en Facebook la brillante nota y, como esa red social es la alcantarilla emotiva del siglo XXI, brotaron las pasiones a favor y en contra del patrimonio edificado paceño. Es importante comentar las contradicciones de los enemigos del patrimonio edificado en el centro de La Paz que se pueden agrupar en los que evidencian su falta de pertenencia y los que politizan el tema patrimonial.

El sentido de pertenencia cultural es la razón fundamental por la cual una sociedad cuida y preserva su patrimonio tangible e intangible. Saber y conocer las obras que son parte de tu pasado es la fuerza que empuja al Estado a preservar y restaurar esa memoria. El cultivo de la pertenencia cultural es un largo proceso que en esta sociedad pluricultural paceña no se ha fomentado, ergo: no nos interesa nuestro pasado cultural. A esa falta de formación debemos añadir las actuales ganas políticas de alejarnos de todo lo que sea occidente. En teoría, la búsqueda de un paradigma identitario es correcta. Pero, en los hechos, estamos hasta el cogote con influencias del imperio, a saber: Iphones en las manos de los movimientos sociales; Avengers en las fachadas de los cholets; Nike y Adidas en los pies de los hermanos y hermanas del campo y de las marginalidades urbanas; y podría multiplicar los ejemplos. Es decir, no somos el Reino del Bután (el más alejado de occidente); estamos colonizados hasta el tuétano y, por ello mismo, es imprescindible cuidar nuestro patrimonio sin discriminaciones infundadas.

Politizar el tema y expresar que la arquitectura patrimonial del centro es del imperio colonialista y, por lo tanto, debe desaparecer y ser reemplazado por dos skyscraper es burdo y cavernario. Ni la Rusia comunista se atreve a tocar su pasado arquitectónico zarista (Putin goza en esos palacios); ni la China roja levantó edificios al lado de la Ciudad Prohibida; y la Cuba socialista es un ejemplo internacional por la recuperación de su centro patrimonial a cargo del fallecido arquitecto Eusebio Leal, un ícono de la restauración. Cuando la política de pacotilla se inmiscuye en las dimensiones culturales y artísticas atemporales la embarra. 

Carlos Villagómez es arquitecto.

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