Voces

sábado 4 jul 2020 | Actualizado a 22:26

Teresa se llamaba dolor

Réquiem por Teresa narra un suicidio/feminicidio desde la perspectiva del hermano de la víctima.

/ 1 de julio de 2020 / 06:53

Villa-Matas pega en el clavo: “no se escribe —contrariamente a lo que creen tantos— para entretener aunque la literatura sea una de las cosas más entretenidas que hay, ni se escribe para eso que se llama ‘contar historias’ aunque la literatura está llena de relatos geniales”. No. Se escribe, dice el catalán, “para atar al lector, para adueñarse de él, para seducirlo, para subyugarlo, para entrar en el espíritu del otro y quedarse allí, para conmocionarlo y conquistarlo”.

Réquiem por Teresa es la mejor novela que he leído en mucho tiempo. Han pasado varias semanas desde que levanté de ella la mirada y sigo conmovido, conquistado, seducido. Tuvieron que pasar meses para que el libro del guatemalteco Dante Liano llegara a mis manos (bien baratito, como debe ser, gracias al Fondo de Cultura Económica, al cambio, 20 bolivianos). Se puede publicar y tener éxito con literatura buena y accesible, señores y señoras.

En agosto del año pasado, Paco Ignacio Taibo II me recomendó Réquiem para Teresa en la Feria Internacional del Libro de La Paz. Fuimos al poderoso stand de México y la novela no había llegado.

Semanas después, mi hermana viajó desde Frankfurt a Guadalajara y me compró la encarecida recomendación. Tuve que esperar a las últimas navidades para la reunión familiar en Bilbao y aún la lectura se dejó esperar hasta que comenzó el encierro por pandemia en La Paz. Después, gozar y sufrir, con banda sonora de Elvis, ante un retrato que ya pintó el poeta mexicano Juan de Dios Peza: “El carnaval del mundo engaña tanto/ que las vidas son breves mascaradas/ aquí aprendemos a reír con llanto/ y también a llorar con carcajadas”.

Réquiem por Teresa narra un suicidio/feminicidio desde la perspectiva del hermano de la víctima. Es el monólogo del perdedor, el que vio cómo un obtuso militar guatemalteco apagó la llama vital de Teresa y le dio, cobarde, el soplido final. Es la confesión desgarradora frente a un remolino de recuerdos verdugos.

La narración alterna interlocutores y planos con lenguaje coloquial, a ratos localista, que se empalma con la poesía gracias a la amalgama del humor. Todo ocurre en una tarde de farra que deviene en una noche decadente durante la tocada del más famoso imitador de Elvis en Guatemala. Hay cerveza a chorros, hay rock, y hay un duelo —oscuro y constante— por la muerte de Teresa.

Réquiem por Teresa retrata la metamorfosis terrorífica de una chica lista y bonita (auto) destruida, sometida a los golpes por una estructura patriarcal que no perdona, abandonada en la isla de las soledades repleta de gente sorda y ciega. “En Guatemala tu deber de hombre es también ese: defender medievalmente a tus mujeres. Y si no, fallaste, mano, como fallé yo esa mañana angustiosa en la que la Teresa llamó llorando porque el Pirata le había pegado por primera vez”. En primera persona, el hermano escarba en la amargura por no haber hecho nada para evitar la muerte, una “culpa que se retuerce como sabandija en la culebra”.

¿Por qué los hombres necesitamos ingentes cantidades de trago para hablar de nuestros sentimientos? ¿Por qué la masculinidad más tóxica nos envenena con soberbia y violencia? Es el sino de un continente derrotado por el machismo asesino que genera dolores colectivos. Ese imitador grotesco, panzón, entrañable y decrépito parodia a un símbolo ajeno, consciente de su degradación. Es la misma degradación de Teresa, de Guatemala, de Bolivia y de América Latina. “Sangre, sudor y mierda, las lágrimas en este continente son un lujo”.

Ante el feminicidio y el dolor, es fácil caer en lo cursi, en la pornomiseria o en lo obsceno de la culpa. Liano se mete en el lodazal y sale a flote con una “novelita” de 135 páginas, ambientada en los años 80 de las dictaduras militares centroamericanas, tan pasmosamente parecidas a nuestros días en lo cobarde, en lo corrupto.

“Vámonos de esta mierda, vámonos por favor a algún lugar donde la mente se ponga en blanco, en donde todo sea como fue alguna vez, sin felicidad, sin ausencia”, dice el narrador que llora a Teresa. Un narrador que, a estas alturas se ha adueñado de este lector, ha entrado a su espíritu y allí sigue. Voy a agradecer a mi hermana, precisamente a ella, este gran regalo.

Ricardo Bajo
es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual
Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Nuestro periodismo es un cadáver

¿Por qué ahora en los canales de aquí y de allá los nombres de los programas se basan en el apellido del periodista?

/ 17 de junio de 2020 / 05:54

Por qué la mayoría de los últimos escándalos de corrupción no han sido publicados en los medios hegemónicos de comunicación? ¿Por qué las redes sociales y los “Uniteles” de turno con jefes que van/vienen han ganado la batalla? ¿Por qué los mejores periodistas de derechas y de izquierdas ya casi no trabajan en los medios tradicionales? ¿Por qué ya casi no hay colegas de prestigio en canales, radios o periódicos? ¿Hace cuánto que no ves o escuchas una buena entrevista/ charla/conversación en la tele o en la radio? ¿Por qué muchas veces los diarios se te caen de las manos sin nada bueno que leer? ¿Por qué las contrapartes se buscan al día después de la nota publicada? ¿Por qué no se imprimen ya medios alternativos como El Juguete Rabioso? ¿Leemos ya exclusivamente en el digital y por ende leemos/entendemos peor? ¿Por qué hay tanta gente que se niega a ver canales nacionales o comprar diarios bolivianos? ¿Por qué tenemos que leer prensa extranjera para enterarnos de las cosas feas? ¿En qué momento colegas/ “buena gente” exigen censurar a colegas/ “mala gente” sin rubor? ¿Se soluciona todo atacando/amenazando a periodistas? Esta columna no tiene respuestas, es como el teatro.

Todo este panorama de incertidumbres, catástrofe, ahogo y revanchismo no es nuevo, no arrancó ni hoy ni ayer. Hace años que los colegas que conozco, de izquierdas o de derechas, migraron a las universidades, a las ong, a las fundaciones, a la escritura o simplemente cambiaron de oficio. Algunos pusieron un bar.

Las empresas/estancias mediáticas del buen/mal negocio despiden sin rubor o los periodistas se van, monta tanto. En el mundo la crisis del periodismo impreso ha encontrado una “salida mágica” ante el fenómeno de las redes/celulares que “informan”, entretienen, intoxican y opinan por el mismo “precio”, ante la desaparición progresiva de la publicidad que también se ha esfumado por arte de birlibirloque: la suscripción digital. ¿A cambio de qué? De buenos contenidos, de lindas crónicas, de buenas plumas, de investigaciones, de producción audiovisual de calidad… y de descuentos/ofertas en el cine, en el super, en el comercio de turno. ¿Cómo serán las redacciones de periódico del futuro? Obviamente no serán aquellas repletas de personas marcadas a sangre y fuego por las famosas tres “d”: depresivas, dipsómanas y divorciadas. ¿Serán viables en nuestro país redacciones con más de 50 personas? ¿Se acelerará la terciarización de suplementos, revistas y productos especiales de los diarios para ahorrar en personal y plata? Los mineros fueron obligados a partir hacia el Chapare tras la salvaje “relocalización” neoliberal, ¿a dónde nos van a mandar a los cientos/miles de periodistas sin pega?

En nuestro medio donde la suscripción digital se ve como algo lejano, marciano y/o simplemente imposible, las empresas mediáticas del mal/buen negocio despiden a los periodistas y/o éstos se van, tanto monta. ¿Por qué? Porque estorban, porque no se cuadran, porque ya no entran en el modelo del “bisnes”, porque se sienten/son ajenos y se van calladitos para no molestar al patrón. Y así, lo único que queda son las penas, pena de nosotros y pena de otros, lectores, oyentes y televidentes que todavía no han salido corriendo huyendo de la peste, el asco, la plaga. Las estancias mediáticas del buen/mal negocio que cambian de camiseta según el viento que sopla prefieren pagar a tres cuates dos salarios de miseria para fabricar una pinche nota para las redes y lograr miles de “likes” masturbatorios.

¿Por qué ahora en los canales de aquí y de allá los nombres de los programas se basan en el apellido del periodista? ¿Ese es el futuro? ¿Apostar a la “independencia” del colega de turno y no al logo desgastado del medio mercenario de turno? ¿Esa será la vacuna salvadora para esta infopandemia? ¿Y si apostamos por la honestidad?

Nuestro “viejo” periodismo es un puto cadáver, está muerto tirado en la calle y el “nuevo” todavía no ha nacido, peor ni siquiera se lo espera. En este maldito claroscuro solo alcanzo a sufrir sin parar perfiles de monstruos, miedos y mentiras. Es mi melancolía insurrecta, es mi infinita tristeza.

Ricardo Bajo
es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual
Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Rojo de ira, como su poncho

‘Alborada’ no dejó huella en la historia del cine boliviano; apenas referencias periodísticas breves a su rodaje paceño

/ 3 de junio de 2020 / 06:08

Charles todavía no es Aznavour. Estamos en octubre de 1962 y un equipo de cineastas franceses ha llegado a La Paz para terminar el rodaje de una “road movie” en tecnicolor. Son los tiempos de la “nouvelle vague”. El director tiene 26 años y se llama Jean Gabriel Albicocco. Su única credencial es su opera prima, “La muchacha de los ojos de oro”. Los tres protagonistas de su segunda película son su compañera Marie Laforêt, de 23 años; el italiano Franco Fabrizi, de 46 años (Fausto en “Los inútiles” de Fellini); y Charles Aznavour, un hijo de inmigrantes armenios nacido en París hace 38 años.

En La Paz casi nadie les tira pelota, ni al épico rodaje ni al famoso “chansonier”, pero sí se fijan en ellos la revista Nova y el semanario deportivo Panorama. La primera tiene al maestro Jorge Ruiz como encargado de su sección de cine. Precisamente don Jorge, al frente del flamante Instituto Cinematográfico Boliviano, echa una mano a Albicocco.

Su competencia en el semanario Panorama es Teddy Córdova, periodista deportivo y apasionado cinéfilo de gustos conservadores. En su búsqueda de los actores, Ted se larga al Hotel Crillón y allí se topa con el trío. Charla con Marie, quien está apunada y con un tobillo dislocado; mientras el fotógrafo Nils Valle dispara embrujado foto tras foto. Y entre charla y charla con las estrellas galas, el gacetillero asiste perplejo a una escena también épica: los camareros del hotel no dejan entrar a Aznavour al comedor porque no lleva corbata, lo que evidentemente le molesta. Charles, “un hombre chiquitito y de aspecto demasiado fino” (Córdova dixit) grita y amenaza, “rojo de ira”.

La película que están rodando, casi sin plata, se llama “Le rat d’Amerique” (en castellano “Alborada” o “Amanecer”; en inglés, “Rat trap”; y en italiano, “Il sentiero dei disperati”). Está basada en una novela de aventuras y picaresca escrita por Jacques Lanzmann, que ha sido comparada incluso con “El viaje al fin de la noche”, de Céline.

“Le rat d’Amerique” se estrenó en París en 1963 con gran éxito tras su paso por el Festival de Cannes. Y después se exhibió en casi toda Europa, incluso al otro lado del “Telón de Acero”, donde ven la obra como la justificación de algunos principios de la doctrina marxista. En Paraguay pasa desapercibida, y luego el dictador Alfredo Stroessner, tarde y mal, la prohíbe porque tiene escenas rodadas en un barrio antiguo y pobre de Asunción, La Chacarita, “que atentan contra la realidad del país”. En Chile tiene un estreno fugaz, a pesar de sus secuencias en Santiago, Arica y el campamento minero de la “Disputada de las Condes”. El afiche en castellano dice cosas como éstas: “sus fieras pasiones y candentes amores sobrepasan la inmensidad del continente”, “un apasionante amor ilumina la heroica y violenta odisea del inmigrante”.

“El rata de América” narra las andanzas de un pintor francés que se busca la vida (y el amor) en Asunción, Santiago, Arica y La Paz, para después regresar (derrotado, vivo y nostálgico) en barco a Francia, dispuesto a olvidar para recordar después. Aznavour escucha durante todo el periplo melodías para su futuro repertorio, aprende guaraní, corre mil aventuras, se enamora y se junta con asesinos, bohemios, mineros, putas y una banda de contrabandistas que vende armas para una (otra) guerrilla sediciosa en Bolivia.

Tras su éxito pasajero, la cinta desaparece de la faz de la tierra y se da por perdida. Pero a principio de este siglo, una copia es hallada en los bajos de los estudios Gaumont de la capital francesa y es reestrenada en 2008 en el certamen de cine Arica Nativa (hermano del Festival Radical de La Paz).

“Alborada” no dejó huella en la historia del cine boliviano; apenas referencias periodísticas breves a su rodaje paceño. De aquel medio día de octubre, cuando los camareros (siguiendo escrupulosamente las reglas de la época) impidieron la entrada a ese francés bajito tampoco se sabría nada de no ser por Teddy Córdova. Quizás tampoco se sabrá que a falta de corbata, el parisino llevaba un poncho rojo, como iba a ser su ira. Charles todavía no era Aznavour.

Ricardo Bajo, periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: RicardoBajo

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