Voces

jueves 7 jul 2022 | Actualizado a 10:42

Teresa se llamaba dolor

Réquiem por Teresa narra un suicidio/feminicidio desde la perspectiva del hermano de la víctima.

/ 1 de julio de 2020 / 06:53

Villa-Matas pega en el clavo: “no se escribe —contrariamente a lo que creen tantos— para entretener aunque la literatura sea una de las cosas más entretenidas que hay, ni se escribe para eso que se llama ‘contar historias’ aunque la literatura está llena de relatos geniales”. No. Se escribe, dice el catalán, “para atar al lector, para adueñarse de él, para seducirlo, para subyugarlo, para entrar en el espíritu del otro y quedarse allí, para conmocionarlo y conquistarlo”.

Réquiem por Teresa es la mejor novela que he leído en mucho tiempo. Han pasado varias semanas desde que levanté de ella la mirada y sigo conmovido, conquistado, seducido. Tuvieron que pasar meses para que el libro del guatemalteco Dante Liano llegara a mis manos (bien baratito, como debe ser, gracias al Fondo de Cultura Económica, al cambio, 20 bolivianos). Se puede publicar y tener éxito con literatura buena y accesible, señores y señoras.

En agosto del año pasado, Paco Ignacio Taibo II me recomendó Réquiem para Teresa en la Feria Internacional del Libro de La Paz. Fuimos al poderoso stand de México y la novela no había llegado.

Semanas después, mi hermana viajó desde Frankfurt a Guadalajara y me compró la encarecida recomendación. Tuve que esperar a las últimas navidades para la reunión familiar en Bilbao y aún la lectura se dejó esperar hasta que comenzó el encierro por pandemia en La Paz. Después, gozar y sufrir, con banda sonora de Elvis, ante un retrato que ya pintó el poeta mexicano Juan de Dios Peza: “El carnaval del mundo engaña tanto/ que las vidas son breves mascaradas/ aquí aprendemos a reír con llanto/ y también a llorar con carcajadas”.

Réquiem por Teresa narra un suicidio/feminicidio desde la perspectiva del hermano de la víctima. Es el monólogo del perdedor, el que vio cómo un obtuso militar guatemalteco apagó la llama vital de Teresa y le dio, cobarde, el soplido final. Es la confesión desgarradora frente a un remolino de recuerdos verdugos.

La narración alterna interlocutores y planos con lenguaje coloquial, a ratos localista, que se empalma con la poesía gracias a la amalgama del humor. Todo ocurre en una tarde de farra que deviene en una noche decadente durante la tocada del más famoso imitador de Elvis en Guatemala. Hay cerveza a chorros, hay rock, y hay un duelo —oscuro y constante— por la muerte de Teresa.

Réquiem por Teresa retrata la metamorfosis terrorífica de una chica lista y bonita (auto) destruida, sometida a los golpes por una estructura patriarcal que no perdona, abandonada en la isla de las soledades repleta de gente sorda y ciega. “En Guatemala tu deber de hombre es también ese: defender medievalmente a tus mujeres. Y si no, fallaste, mano, como fallé yo esa mañana angustiosa en la que la Teresa llamó llorando porque el Pirata le había pegado por primera vez”. En primera persona, el hermano escarba en la amargura por no haber hecho nada para evitar la muerte, una “culpa que se retuerce como sabandija en la culebra”.

¿Por qué los hombres necesitamos ingentes cantidades de trago para hablar de nuestros sentimientos? ¿Por qué la masculinidad más tóxica nos envenena con soberbia y violencia? Es el sino de un continente derrotado por el machismo asesino que genera dolores colectivos. Ese imitador grotesco, panzón, entrañable y decrépito parodia a un símbolo ajeno, consciente de su degradación. Es la misma degradación de Teresa, de Guatemala, de Bolivia y de América Latina. “Sangre, sudor y mierda, las lágrimas en este continente son un lujo”.

Ante el feminicidio y el dolor, es fácil caer en lo cursi, en la pornomiseria o en lo obsceno de la culpa. Liano se mete en el lodazal y sale a flote con una “novelita” de 135 páginas, ambientada en los años 80 de las dictaduras militares centroamericanas, tan pasmosamente parecidas a nuestros días en lo cobarde, en lo corrupto.

“Vámonos de esta mierda, vámonos por favor a algún lugar donde la mente se ponga en blanco, en donde todo sea como fue alguna vez, sin felicidad, sin ausencia”, dice el narrador que llora a Teresa. Un narrador que, a estas alturas se ha adueñado de este lector, ha entrado a su espíritu y allí sigue. Voy a agradecer a mi hermana, precisamente a ella, este gran regalo.

Ricardo Bajo
es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual
Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Always Ready, campeonas

Ricardo Bajo, periodista

Por Ricardo Bajo

/ 3 de julio de 2022 / 17:18

Introducción: la cancha del Kilómetro Tres ‘Antonio López Maruzzi’ de Pura Pura está más llena que nunca y no es para menos. La numerosa barra del Club Always Ready rivaliza en cánticos y apoyo con sus pares de del Club ABB. Es la final del torneo femenino de La Paz. Las dirigidas por el colombiano Diómedes García Madrigal ponen sobre el “field” lo mejor que tienen: el tridente ofensivo de lujo formado por Karen Rodríguez (ex The Strongest), María Cristina ‘Coquito’ Gálvez (ex Plan Tres Mil y La Crema de Santa Cruz y con paso por clubes de Paraguay y España) y Karla Ticona (ex Atlantes de La Paz y club Teldeportivo de las islas Canarias). Las tres están llamadas a conectar/asistir a la mejor de todas: la goleadora del campeonato, la habilidosa cruceña Joselyn Portales (ex Real Tomayapo de Tarija). Las dirigidas por Lucho Mollinedo confían a plenitud en su número diez, la talentosa Janeth Morón.

Nudo: las amarillas de ABB (Academia de Balompié Boliviano) no cometen el mismo error que en las semifinales frente al club Bolívar y apuestan por la tenencia de la pelota. Así llega la apertura del ‘score’ con un golazo marca de la casa Morón: un misil -tiro libre- escorado, directamente al ángulo de la mejor arquera del torneo, Mónica Ballón Palle. La chapa de grandes favoritas y la ansiedad son el mayor rival de la ‘banda roja’.

Desenlace: la segunda parte es otra historia. Always Ready se quita la presión en el vestuario y sale decidido a remontar. Las dos copas han llegado en el entretiempo; han costado 1.800 bolivianos. “No salgan de ahí sin darlo todo”, es la arenga del preparador físico colombiano Rómulo Charrupi Poopo. Y así va a ser. El empate llega temprano con un gol de la platinada Karla Ticona que ahora es otra. Entonces el ‘match’ se vuelve de ida y vuelta; nadie quiere los penales. Una tijera de Wendy Soria asusta; un palo de Joselyn es la respuesta. ‘Coquito’ ya maneja la mitad de la cancha a gusto y placer. En una ‘contra’ a falta de quince minutos, llega el gol de la victoria gracias a ‘Jos’ Portales. Solo sobre el final sufren las campeonas.

Post-scriptum: el club Always Ready es la institución que mejor está haciendo las cosas con sus ramas deportivas. La apuesta por sus equipos femeninos es decidida y de largo aliento. El vicepresidente Steven Díaz promete -a nombre del presidente Andrés Costa- un premio. Las vicecampeonas, sin quitarse sus medallas, hacen el pasillo -entre risas y buena onda- a sus colegas ‘millonarias’. El fútbol femenino -rescatando los viejos valores- es otra cosa.

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Nombrar la desesperanza

/ 15 de junio de 2022 / 02:30

Natalia ha vuelto a La Paz después de 25 años. La ha sobrevolado, de arriba abajo gracias al teleférico y sus líneas de colores. Se ha dado cuenta de que ama el lugar donde nació. Chuquiago Marka la ha deslumbrado. Natalia sabe que su universo y su casa están en México pero cuando sueña, sueña con la ciudad, el bosquecillo de Los Pinos, la cancha del colegio, las caras conocidas. La Paz es su lugar del inconsciente.

La película que ha hecho Natalia tiene que ver con lo que guardamos en el inconsciente colectivo. Dice que su obra, premiada en el Festival de Berlín con el Oso de Plata, es una vasija. Y esa vasija solo se llenará/ terminará cuando el público la vea, la complete, la charle, la acullique, la comparta. Dice Natalia que cuando acabemos de ver la “peli”, ella se va a quedar a platicar sin prisa. Y nos da un consejo antes de que las luces se apaguen y la obra se incendie: “déjense ir, nos le va a tomar de la mano, les va a decir que caminen solitos”.

Natalia cree que el cine es de ida y vuelta. Sostiene que la literatura crea imágenes y el cine, ideas. Natalia habla de cuerpos cuando habla de cine: “el cuerpo es el único ente que nos conecta. La mente está en otro lado muchas veces pero el cuerpo siempre está acá, por eso el cine es para el cuerpo, es una experiencia corporal”.

Su película no denuncia la violencia despiadada del “narco” en México, no quiere proponer soluciones a esa tragedia compleja que vive el pueblo hermano. Natalia tiene culpa al no poder sentir el dolor gigantesco de las madres de las hijas desaparecidas/ asesinadas. Ese dolor es una herida colectiva/espiritual que no sana.

Cuando el fuego devora todo, cuando las luces se prenden de nuevo tras el último fundido en negro, los espectadores apenas acertamos a aplaudir tímidamente. Estamos todos atenazados por un sentimiento de impotencia. Las mujeres que han ido apareciendo desde el fuera de foco hasta nuestras retinas son de verdad. Su dolor (nos) une. La charla de casi una hora —sin prisas— es una lección magistral de cine. Natalia cree firmemente en las potencialidades (olvidadas) del lenguaje cinematográfico.

Entonces alguien pregunta: ¿cabe o no cabe la esperanza? Natalia que nos ha colocado frente a una película jodida, dice que sí y añade: “La esperanza está en nombrar la desesperanza”. Sostiene que la historia, como los sueños que tiene sobre su ciudad, es cíclica, pendular, no lineal. Natalia cree en el futuro, cree que las cosas en México, en Bolivia, en el mundo pueden cambiar, revertirse. Ahí hay que buscar la esperanza. La cura para esa herida pasa por la recuperación de lo colectivo, por hacer un ejercicio masivo de comunidad, por construir espacios íntimos para digerir lo que nos pasa, por darnos tiempo para asimilar lo ocurrido.

Natalia se siente cómoda en la oscuridad. Dice que la imaginación y los sentidos se encienden en esos espacios oscuros que tan poco nos permitimos en un mundo invadido por el ruido y las luces. Entonces Natalia comienza a hablar de formas y deseos. Y de su oficio, el montaje, que es donde ella pule y pule hasta encontrar esa forma deseada.

Su dedicación al cine es suprema. Su película es una yuxtaposición de cuadros con un sonido conmovedor, un personaje más. Me hace recuerdo a El gran movimiento, a (muchos) ratos Natalia me recuerda a Kiro. En ambos filmes, el (trabajado) sonido nos penetra como experiencia, como vehículo para expresar lo complejo, lo inasible, lo abigarrado, lo indeterminado. Los planos fijos, los planos detalles y el cine concebido/ parido como “arma peligrosa en espíritus libres” (Buñuel dixit) une a Kiro con Natalia, a Natalia con Kiro.

La última pregunta debió ser la primera, es la siguiente: ¿por qué se llama tu película Manto de gemas? Natalia no responde a la primera. Nos habla del proceso de estandarización/ conservadurismo que vivimos en todo el mundo, desde las películas a las series de Netflix. Y entonces es ella la que nos interroga: ¿se han dado cuenta de que las series famosas lo mismo gustan a un chico de 12 años que a una mujer de 80? Solo al final responde: “En el budismo, la realidad es un manto de gemas, en cada una de ellas se reflejan todas las demás”.

Natalia es Natalia López Gallardo, hija del recordado/querido Chichizo y de su madre Eliana. Su película, proyectada la semana pasada en un pase único en la Cinemateca Boliviana, es un llamado a la empatía, a verse todos en el prójimo, como las gemas. Solo así desaparecerán los feminicidios y las masacres de la historia de nuestros pueblos.

Ricardo Bajo H. es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Su twitter es: @RicardoBajo.

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Postales de Santiago de Cali

/ 1 de junio de 2022 / 01:11

No es nada fácil encontrar un kiosco de periódicos en Cali. Apenas hay tres alrededor de la plaza Caicedo. En los supermercados el estante de diarios está medio escondido. Gabo vende libros usados en una esquina de la plaza. Es un librero que lee, no es un simple vendedor de libros. Tiene muchos de poesía, cara de pocos amigos y una barba valle-inclaniana. Gabo me recomienda una antología de un poeta costarricense llamado Osvaldo Sauma. El libro está dedicado por el mismísimo autor a un tal Horacio, “con la amistad de ayer, de hoy y de siempre”.

El poeta “tico” no debe saber que ahora el libro descansa en (La) Paz. (“Advertencia: el fuego / llamea predispuesto / ignorando su razón de ser / intenso es su reino: / arder y sucumbir”, Osvaldo Sauma). “¿Conoces El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince?”, me pregunta Gabo. Ahora estoy leyendo una novela del Medellín terrorífico/paramilitar de los años 80 que me compré en una esquina de Cali. Tiene manchas de humedad y su olor es un viaje de regreso hacia lo (des)conocido.

Colombia es un país de sordos, es un bello país contradictorio en medio de una guerra infinita. El domingo pasado, por primera vez, un candidato de izquierdas, Gustavo Petro, ganó las elecciones presidenciales. No sé si logrará ganar en segunda vuelta ante el populista de derechas Rodolfo Hernández, el “Donald Trump” colombiano (que ha prometido cerrar embajadas como la de La Paz). Petro ganará si —parafraseando a Gaitán— “el pueblo es pueblo y no una multitud anónima de siervos”. El exguerrillero del M-19 y exalcalde de Bogotá tiene miedo que lo asesinen, como a Gaitán, a Galán, como a los cientos de líderes sociales de base masacrados cada año impunemente, como a tantos hombres/mujeres que soñaron con una Colombia libre/viva.

Cerca de la cancha del Deportivo Cali, charlo con Carlitos, un joven “petrista” que la tiene clara: “Todos los parceros que estuvimos hace dos años en las calles cuando Colombia despertó queremos que cambie la historia, esto es una democracia de excepción, de sicarios; esto ha sido el gobierno permanente de los EEUU”. Carlitos me hace escuchar una canción “bien chimba” de Rapatrupa. Se llama La Colombia y arranca así: “En la tierra del café hoy germina un pueblo libre, soñador y vividor, defensor de sus ideas; lucharán por todo aquello que es amor. Colombia vive, ahora inyectada en mí”.

En medio de la canción, la candidata a vice de Petro, la afrocolombiana Francia Márquez, recita: “Soy parte de quienes luchan por seguir pariendo la libertad y la justicia, de quienes conservan la esperanza por un mejor vivir, de aquellas mujeres que usan el amor maternal para cuidar su territorio como espacio de vida”.

Mi parce Carlitos, que trabaja de piscinero en un hotel de cinco estrellas construido sobre un cerro aplanado, ha sobrevivido a varios atracos con armas “traumáticas” y balas de plástico. La vida le ha enseñado que no hay más suerte que vivir. Es la dicha que no tuvieron 6.402 civiles asesinados como “falsos positivos” (personas disfrazadas de guerrilleros para cobrar las recompensas) a manos del Ejército.

En la plaza principal de Cali junto a una torre mudéjar, está sentado Míster Sabor. Tiene un programa de salsa y me va a contar cómo nació la canción más famosa, Cali pachanguera (del grupo Niche); como la ciudad llegó a convertirse en la capital mundial de la salsa (y el “paraíso” de las cirugías estéticas). Lo hace mientras tomamos un “refajo”, cerveza fría más “colombiana” (una cola roja). Míster Sabor, que se llama Juan, me habla también de bebidas artesanales con nombres ricos: viche, chirrinchi, chuchuguaza… Votará nulo; dice que es apolítico, dice que no es ningún “jiquerón” (tonto/huevón).

Junto a la iglesia La Merced donde se fundó Santiago de Cali en julio de 1536, veo a doña Eliveria que tiene en la calle 6 (carrera 4) un puesto de chontaduro. Se come con sal y miel. En Bolivia la llamamos chima (hay harto en los Yungas) y hay que tener cuidado de no tragarse la pepa. También se conoce como pejibaye, pupuña, pipire, pijuayo, pixbae, cachipay, pifá o tembe. ¿Quién dijo que hablamos el mismo idioma?

Cuando me voy de Cali, está lloviendo y sigue haciendo un calor húmedo. Colombia, “que de América es el faro” (Juan de Arona dixit), es tierra de grandes poetas y gente hermosa. En su sangre y en sus palabras se resume su historia. Entonces olvido todas las sonrisas/todas las rumbas y me quedo con un verso del caleño Jorge Isaacs: “Mientras haya esclavos bajo tu cielo, habrá libertadores en tu suelo”.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique.Twitter: @RicardoBajo.

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Doña Josepha y sus banquetes

La potosina Josepha Eskurretxea escribió en 1776 la “carta de nacimiento” de nuestra gastronomía. La mal llamada “salteña” llevaba aceituna

Extraídas del facsímil de ‘libro de cocina’ e internet

/ 22 de mayo de 2022 / 21:42

(Advertencia al lector, lectora: no leer esta nota con el estómago vacío)

Doña Josepha es potosina, hija de vasco. Su padre —coronel de Dragones y fracasado mercader de plata— es Miguel Antonio Eskurretxea Iturburu, nacido en Pasaia San Pedro, con padre y madre de Alza (Gipuzkoa, Euskal Herria). Su madre es potosina (también hija de vasco): Micaela Javiera Ondarza Galarza, bautizada en la iglesia Matriz de Potosí. Josepha Eskurretxea pertenece a las damas de la alta sociedad potosina. Y está casada con el alcalde del Cabildo, Joaquín José Otondo. Viven rodeados de coches, caballos, lacayos y esclavos en el Palacio Santa María de Otavi, una de las joyas de la arquitectura barroca de la ciudad. Así lo va a contar siglos después su biógrafo e investigador, Iván F. Moreno de Cózar, conde de los Andes.

Estamos en 1776 y doña Josepha prepara un banquete por todo lo alto, a cuatro mil metros de altura. Los platos a servir están inspirados/detallados en el Libro de cocina que recién ha terminado —tras varios años de invención/recopilación— con su puño y letra. Es un recetario único en un continente que lucha por su liberación, es el mestizaje entre la cocina originaria, la medieval de la península ibérica y la de la nobleza castellana del siglo XVIII. Sus descendientes van a enriquecer el libro durante generaciones. Y otras mujeres como doña Eugenia de Atayora y doña Sofía Urquidi, ambas de Sucre, se van a sentir inspiradas.

Doña Josepha agarra las recetas del cocinero mayor del rey Felipe III y transforma los platos a base de maíz, maní, zapallos, ocas, papas, ajíes, tomates, chuño, camote y mucha chicha. Es el primer ejemplo de maridaje. Beatriz Rossells Montalvo, que ha resucitado/publicado el recetario el año pasado en edición facsímil, resume cabalmente: “Es la carta de nacimiento de nuestra gastronomía”.

El Libro de cocina (editado por el Instituto de Estudios Bolivianos) posee 132 recetas: desde mondongos, guatías, charquecán, tripas de pato, jigotes y faisanes a tortas, biensabe, duelos y quebrantos. Los ajíes de todos los colores los ha copiado de las “gateras”, las mujeres indígenas que cocinan y venden sus platos en plazas y mercados. Sirven para conservar los alimentos y aportar un sabor único, exportado luego al mundo entero.

El banquete en el palacio Otavi —para festejar al nuevo alcalde— arranca a las once de la mañana. Lo primero que llegan son las mistelas, los bizcochuelos y los manjares blancos. Es el ante o primer plato, siempre dulce. Después se sirve el picoteo con empanadas de carne/pescado con papa y ají, quesos serranos, aceitunas de Camaná o Ilo y rosquillas de manteca. Las empanadas flamencas con ahogado son las favoritas para abrir boca y han nacido del recetario mismo de doña Josepha. Algunas llevan aceitunas, pasas y almendras ralladas. Siglos después, se llamarán “salteñas” (de Salta, Argentina); siempre debieron ser llamadas “potosinas”. El tercer plato del menú es un asado acompañado de sopa dorada. El cuarto y último es la ostentosa olla americana.

La olla es un arma de destrucción masiva; es la madre de todas las batallas gastronómicas. Es la abuela del cocido de Carnaval, es la bisabuela de la picana navideña. Lleva carne de vaca —pecho a ser posible—, pescuezo de carnero, cecina, jamón, tocino, gallinas gordas, garbanzos, cabezas de ajo, yerba buena, culantro, yucas, camotes, repollos, plátanos, raíces de nabos, membrillo, peras, chuño, morcillas, salchichas, azafrán, canela, pimienta, salsa de mostaza, perejil, ají verde asado, pan sopado en vinagre, azúcar, tomates asados y arroz lavado.

Los postres llegan para rematar la faena. La especialidad de Eskurretxea son los “buñuelos de viento” que pronto van a ser famosos en Potosí y Sucre. Son “de viento” porque el secreto está en la calidad de la harina (de maíz blanco o trigo) y en su cocimiento lento llamado “sango”. Se sirven calientes con almíbar, azúcar con olor espolvoreado y harta canela.

El festín es regado con abundante chicha. Doña Josepha apunta en su recetario dos versiones. La primera lleva varias frutas coladas en un cántaro de chicha tradicional para luego sumar azúcar, clavo y otros condimentos. La segunda usa el maíz morocho, hervido con mucha agua para que luego madure.

La tertulia llega antes de partir a la corrida de toros. Los comensales charlan de la necesidad de crear el virreinato de La Plata. Están preocupados por las inminentes sublevaciones de Túpac Amaru y Túpac Katari. En unos pocos años llegarán las invasiones inglesas al Río de la Plata y los primeros gritos de libertad en Sucre y La Paz.

Doña Josepha, marquesa/viuda de Santa María de Otavi, bebe veneno de derrota y muere en 1821, cuatro años antes de la primera independencia de Bolivia. Su hacienda de Cayana es saqueada tanto por patriotas como por realistas. Los dos bandos arrasan con todo pero nadie se fija en un pobre libro de cocina que guarda las recetas más ricas de nuestro eterno Potosí.

Un menú potosino con postre bien/sabe

Empanadas flamencas

A cada treinta huevos, la mitad sin claras, se le pone una libra de azúcar y batido pronto. Se le pone a cada libra un real de vino, manteca y anís, harina de trigo, bien floreada rica. El picadillo no es de carne cruda, sino de cocida. Esta se muele con un poquito de agua, se le ponen diez huevos, libra y media de azúcar, azafrán, clavo, canela y pimienta, perejil molido, un poco de manteca, pasas, almendras. E incorporando todo, hacer las empanadas; para ponerlas al horno untarlas con yemas de huevo batidas con azúcar. El temple del horno, como para rosquetes.

Charquecán

Hay dos modos de hacer charquecán, uno es que desde un día antes se cocina el charque con hartos ajos, manteca y sal, bien cocido. Al día siguiente se deshace en pedacitos y sin caldo se compone con muchos tomates, ajíes verdes, perejil, orégano, clavo, canela, pimienta, harta manteca, ají ahogado con cebollas, rajitas de lima amarilla con cáscara y todo. Se le da un hervor y de ello mismo sale el caldo, fuera de la lumbre se le pone aceite y encima aceitunas y huevos duros rajados.

El otro modo es que el charque se ha de lavar y majar crudo, bien majado y deshecho se compone con harto ají molido y harta manteca, cebollas, tomates, ajíes verdes, perejil, orégano, rajitas de lima amarilla, sal y pimienta molida. Y se fríe revolviendo continuamente hasta que se cueza. Encima se le pone tomates, ajíes verdes asados y huevos duros.

Bien sabe

Este dulce es muy semejante al manjar blanco. Para una fuente se ha de lavar una libra de arroz y secarlo al sol con toda limpieza. Cocinarlo en poca agua, con manteca, a fuego lento sin que le entre cuchara, sacudiendo no más la olla, tratando de que no se deshaga el arroz. Bien cocido escurrirlo el caldo y vaciarlo en un lienzo ralo, luego colgarlo de un día para otro para que se escurra el caldo que le ha quedado.

Poner en un perol leche como para manjar blanco, lo mismo de azúcar, un puñado de almendras picadas y hervirlo. Ya que haya hervido bien, echarle el arroz en fuego más lento, hervirlo sin dejarlo de las manos, meneándolo sin deshacer el arroz. Ya que haya espesado, ponerle lechugas, lo mismo que al manjar blanco. En el punto, lo mismo, y en los olores, lo mismo. También se hace de pescado.

FOTOS: EXTRAÍDAS DEL FACSÍMIL DE ‘LIBRO DE COCINA’ E INTERNET

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Eres tu tatarabuelo

/ 18 de mayo de 2022 / 03:11

Huaco retrato (Dum Dum editora) es un ajuste de cuentas, es una terapia. La escritora peruana Gabriela Wiener despliega una impúdica crónica del yo con el derecho a saber como bandera. La agencia literaria Casanovas y Lynch se ha encargado de publicar la obra en varias editoriales a lo largo del mundo. La tapa boliviana lleva una ilustración de Marco Tóxico.

“Entre padres e hijos, la perplejidad parece ser la única posibilidad de comprensión”, dice Heinrich Boll, en las típicas citas antes de arrancar el libro. Gabriela, que será la estrella invitada de la próxima Feria del Libro de La Paz en agosto, repasa su árbol genealógico armada con una motosierra.

Su tatarabuelo austríaco explorador Karl/Charles Wiener Mahler es lo más parecido que tenemos a Humboldt, Orbigny o Posnansky; un Indiana Jones “farsante/impostor”, según la tataranieta; “un personaje extraviado en su eurocentrismo, violento y atrozmente racista, un puto americanista, el mito del salvador blanco”. Charles Wiener —judío y luego católico converso— también caminó por Tiwanaku y La Paz y trepó hasta la cima del Illimani, bautizando unos de sus picos como “París”. En esas andanzas, tomó “prestadas” algunas instantáneas del fotógrafo de Corocoro, Ricardo Villalba.

Las infidelidades del padre periodista comunista, los debates sobre el poliamor (el amor libre de toda la vida, los tríos tan queridos y temidos), el racismo institucional/ cotidiano en España (donde vive) y la competencia (ambos, Charles y Gabriela, han escrito libros de éxito) conducen la crónica ombliguista hacia una reivindicación de la bastardía.

Vendidos como esclavos en la Grecia clásica y aislados/repudiados en la Roma antigua, el bastardo es el nuevo “mestizo”. Wiener no ansía la paz, ni la reconciliación, ni la autenticidad, ni mucho menos el trillado mestizaje; ella quiere ser bastarda, por sus venas corre sangre bastarda. Para desarmar y armar su modelo toma fragmentos, saca, pone, quita y juzga con ojos de hoy un pasado olvidado/incompleto. En ese camino de detective familiar, duda: “acaso este acto de indiscreción violenta solo encubre mi propia cobardía”. Entonces sigue escribiendo en una huida hacia adelante morbosa, en un intento de reafirmar su “identidad marrón, chola y sudaca”.

Huaco retrato es literatura para matar al padre. A Wiener se le va la mano y “mata” a toda la familia. En la balacera muere hasta su ciudad natal (“Lima tiene el cielo más injusto que he visto en mi vida”).

La no ficción —donde las protectoras mentiras impulsan la búsqueda de medias verdades— está de moda como género en este mundo cada día más narcisista. Wiener camina segura sobre ese territorio sucio pero teme perder la inocencia al meter la vida en la literatura y la literatura en la vida. La autoficción sobre la familia de cada uno, sin pudores ni vergüenzas, engancha como lo hacen Laura o la Doctora Polo. “Una familia es una isla ficticia sobre un mar de realidad”, dice Wiener para arremeter rabiosamente contra el concepto de familia tradicional, apostólica y romana.

Gabriela se siente feliz/halagada cuando la comparan con la argentina Leila Guerriero. Y está chocha cuando alardea de los privilegios que tienen los cronistas (autoproclamados como la “primera clase de la prensa”). Ellos y ellas “no son escritores pero Dios nos libre de ser solo periodistas”. En eso, la depredadora Gabriela se parece más de lo que cree a su odiado/amado tatarabuelo. Wiener se ha convertido, como temía, no solo en su padre (infiel) sino en el propio Charles; ambos con la hipérbole como bandera, siempre en primerísima persona, saqueando y creando sus propios héroes protagonistas, ellos mismos.

Para mantener la atención del espectador (digo, lector), Wiener sazona sus memorias con sexo salvaje/necrófilo, amores tóxicos, reflexiones sobre la inmigración (como doble vida) e impostura. Todo con la letra “c” por delante: “ce” de culpa, de confesión, de celos, de complejo, de cuestionamiento del constante deseo sexual.

Huaco retrato, eliminadas las pajas familiares, es un ensayo sobre racismo, sexopolítica, cuerpos diferentes y belleza/fealdad. “Hemos dejado de desear y amar cuerpos como los nuestros”. Wiener —preocupada por el porcentaje exacto de razas en su sangre— sostiene que la blanquitud es un régimen político; que el sexo puede ser una venganza histórica, una forma de resistir, una manera de rellenar vacíos. Quizás la respuesta de su madre sea la más sabia: la hija se expone demasiado, como el tatarabuelo.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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