Voces

viernes 14 ago 2020 | Actualizado a 13:15

La mala hora

El empleo es un bien escaso en casi todo el mundo y en nuestro país por supuesto es un tesoro sin mapa y sin isla

/ 2 de julio de 2020 / 11:15

Encerrados, endeudados y desempleados, es como estar fulminados, hechos polvo. Pero la verdad es que cientos, miles de personas se levantaron de esa situación para coser barbijos, en todas las tallas, para todas las edades, y para todas las predilecciones. Los aficionados al fútbol se quedaron con los de sus equipos, los niños terminaron con la boca cubierta por su superhéroe favorito, las caritas felices taparon los gestos tristes de la mala hora, los bancos y otras empresas activas en estas circunstancias encargaron material con su logotipo. Quienes estaban dedicados a la costura de prendas de vestir ahora inundan las calles con trajes de bioseguridad. Las redes sociales cada día tienen más avisos pidiendo que compren o apoyen con un like el emprendimiento de la prima, la hermana, el hijo que vende máscaras o finalmente aquello que tiene más éxito: la comida, lo que también dio paso a que los jóvenes se ganen la vida ofreciendo delivery , en moto, auto o bicicleta. La sobrevivencia dio rienda suelta a la creatividad.

El empleo es un bien escaso en casi todo el mundo y en nuestro país por supuesto es un tesoro sin mapa y sin isla. Según el INE la tasa de desempleo durante la pandemia llega al 7,3% y esto incluye al sector informal. Existe un decreto por el cual está prohibido despedir durante la cuarentena y se designaron 1.500 millones de bolivianos para que las empresas recurran a créditos destinados al pago de salarios, pero nada de esto ha impedido que en el sector de la industria, la construcción, la hotelería, el turismo, el espectáculo, el comercio que no está relacionado con la alimentación o medicamentos cientos de personas se queden sin trabajo. Un gran número de los trabajadores fueron despedidos de forma indirecta, ya sea mediante vacaciones colectivas, baja de salarios, cambio de funciones. Los que quedaron sin trabajo mediante un memorándum de despido comprobaron que la ley puede ser un simple papel hecha para no cumplirse porque en el momento de ser echados no recibieron los salarios retrasados, ni los tres meses de desahucio y ni hablar de las vacaciones o las duodécimas del aguinaldo que les toca por seis meses de este inexistente 2020.

Es cierto que corren tiempos difíciles para todos, pero hay quienes siempre los tuvieron más complicados y finalmente serán los que terminen pagando las mayores secuelas de esta pandemia, contagiados o no, con el coranavirus. Esos son los que en más de 100 días de cuarentena se aguantaron en un cuarto con cinco hijos sin escuela, sin internet, sin aire libre en el único sitio que tienen para jugar, comer, aburrirse y dormir. Este tiempo ha sacado a todos de la rutina para derrotar la paciencia y en muchos momentos las esperanzas de días mejores.

Lucía Sauma es periodista

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No somos enemigos

/ 12 de agosto de 2020 / 02:29

Estos días cientos de imágenes han impreso la radiografía del país: bebecitos en incubadoras a punto de quedar sin oxígeno. Cientos de caminos y carreteras bloqueados. Miles de personas que tienen reclamos de todo tipo desde una prueba de COVID, retorno a clases para sus hijos, renuncia de autoridades, alimentos, trabajo, cama en un hospital, entierro digno. Son demasiadas demandas, demasiadas necesidades. Lo peor es que todas estas imágenes son reales y la falta de respuestas, de soluciones, también.

Puestos frente a esta situación nos preguntamos: ¿Qué hacer? ¿Cómo evitar las escenas que se vieron el pasado domingo en Cochabamba? La radicalidad entre un grupo y otro se da por la falta de racionalidad de ambos, por eso termina desencadenando violencia. Quienes se quejan de la ignorancia o la indolencia de los bloqueadores tampoco reconocen sus propias ignorancias o sus indolencias ante la cotidianidad de quienes solo conocen la sobrevivencia y cuya imagen del futuro es tan triste que no existe.

Bolivia es un país muy desigual, la aceptación sin cuestionamiento de esa desigualdad como algo natural es el peor impedimento para una verdadera salida. Mientras la mayoría de la población no alcance mejores situaciones de vida, no tenga acceso a una educación de calidad, mientras el agua o la luz no pasen de enunciados a derechos cumplidos para todos, el país seguirá siendo un espacio imposible de ordenarse.

Para conseguir  los mínimos logros de igualdad es necesario que en todos los sectores sociales se entienda la urgencia de un acuerdo de unidad en torno a un solo objetivo: la construcción de un país con un mayor nivel de igualdad del que disfrute la mayoría de la población. ¿Ilusorio? ¿Ingenuo? Mi respuesta es que así se construyeron países devastados, destruidos, por guerras, por desigualdades tan aberrantes como las que ahora nos enfrentan. Fueron capaces de dejarse llevar por la oportuna lucidez y depusieron sus armas, sus odios, sus antiguas afrentas. Desecharon lo que les dividía y dieron importancia a los puntos en los que coincidían.

En situaciones como las que vivimos es muy fácil identificar al contrincante, al enemigo, al adversario, lo difícil es encontrar a quienes pueden actuar con  grandeza, los dispuestos a trascender más allá de sus intereses personales e inmediatos y proceder en consecuencia, sin violencia, sin amenazas, sin mentiras. Son muchos los que están dispuestos a trabajar en el cuidado del prójimo. Son mayoría los que quieren que sus hijos estén ocupados en sus tareas escolares, en sus juegos de niños, en sus propios sueños. Son multitud los que están dispuestos a entregar sus energías por una sociedad que enorgullezca a todos. Solo que a veces no los vemos.

Lucía Sauma es periodista.

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Mucho por hacer

/ 29 de julio de 2020 / 09:35

¿Es posible salirse del cerco que el coronavirus ha construido alrededor de la vida? La primera respuesta es que no. Pero el instinto de sobrevivencia nos lleva a pensar en el año pasado cuando éramos libres de la pandemia y los planes iban por otros rumbos. Por ejemplo, La Razón nos había planteado a algunos columnistas hablar sobre el futuro del periódico impreso. En ese momento no había duda en creer que el periódico en papel aún tenía larga vida y aunque todavía esa idea está vigente, también está claro que se debe agregar el verbo reinventar donde coexistan el impreso y el periódico digital convertido en multimedia. Todos estos son soportes y herramientas que no condicionan ni someten el contenido de la noticia, o a la convicción de los periodistas. En julio de 2019 era imposible imaginar que el periódico impreso ya no estaría todos los días a las 06.00 junto con el desayuno y que desaparecería la impresión dominical. Tampoco era posible proyectar que la ausencia se daría por algo totalmente ajeno a los cambios tecnológicos, que sería un enemigo invisible el que asolaría con todo y nos sumergiría en un cuento de ciencia ficción demasiado real, del que todavía no se conoce el final.

La radio era otro tema para cuestionar su vigencia, su capacidad para captar la imaginación de las generaciones actuales. ¿Por qué los radialistas creen que las redes sociales les ganan la batalla? Dan esa impresión cuando se remiten a leer mensajes que les llega al WhatsApp o el Facebook sin importar la pertinencia, la veracidad o el respeto que deberían guardar. La radio en general también tiene que reinventarse. ¿Dónde está la maga capaz de hacer imaginar otros mundos, otras épocas, otros sueños? ¿Dónde se fue la compañera de los más solos a la hora en la que la soledad duele más? La gente aún necesita de voces amigas que le hablen al oído, que la tranquilicen, que le narren cuentos. Todos tienen sed de aprender y valoran a quien les ayuda a descubrir conocimiento, a quien les muestra lo diverso que es el mundo, sus habitantes, sus historias y sus formas diarias de hacer la vida.

A pesar de las cuarentenas, rígidas, dinámicas o las que sean y por duros que sean los golpes, aún están las ganas de inventar, de construir otras historias, de seguir adelante con las viejas y las nuevas herramientas comunicacionales. La sociedad aún necesita que el periódico, impreso o digital, le proporcione información contrastada, que le oriente. Todavía el ser humano necesita que le hablen desde una radio, que se convierta en una amiga provocadora con la suficiente inteligencia para hacer imaginar las formas de mejorar nuestro mundo, de remozarlo, de humanizarlo. Hay mucho camino por andar y mucha vida por gastar.

Lucía Sauma es periodista.

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Indefensión

/ 15 de julio de 2020 / 09:25

En estos días peregrinar parece ser una práctica forzada, mucho más habitual de lo deseado, o incluso de lo recomendado. Hay cientos de personas que van de farmacia en farmacia buscando la otrora barata y popular aspirina hasta remedios mucho más sofisticados, y cuyos nombres incrementan el nuevo vocabulario surgido de la pandemia. Hay peregrinajes más duros, injustos y de triste final como los que realizaron de hospital en hospital miles de personas enfermas de COVID-19, sin conseguir que las atiendan y terminaron muertas en las puertas cerradas de alguno de esos centros colapsados, atestados, con personal en muchos casos mal protegido, agotado por el esfuerzo e impotente ante el drama.

Existe otro peregrinaje y es el de los familiares de niñas víctimas de abuso sexual sucedido en sus propias casas y en plena cuarentena. Son frecuentes las imágenes de vecinos, generalmente mujeres, pidiendo que detengan a los autores que marcan de por vida la existencia de pequeñitas de corta edad o las matan como el caso de la niña Esther, quien terminó muerta porque ser niña y mujer son razones suficientes para machos enfermos que desde la sombra acechan a sus víctimas, no importa que él pase 30 años de prisión, ella no volverá. En más de un caso, familiares de víctimas de abuso sexual pasaron horas y hasta días buscándolas de un sitio a otro, sin mayores pistas que las pocas palabras de algún testigo inesperado.

Estos peregrinajes son la reacción de una población agobiada por la indefensión, sin certezas sobre su salud, la educación de sus hijos o su fuente de ingresos económicos. Este es un tiempo en el que la población boliviana necesita autoridades menos dedicadas a los conflictos del poder, a políticos menos interesados en aprovechar la ocasión para hacer campaña electoral. La situación exige que todos los trabajos, todos los esfuerzos se concentren en atender a los enfermos, en implementar los hospitales con lo necesario para que nadie muera en la calle sin ser médicamente asistido. Toda actividad de los encargados de velar por la educación de los niños y jóvenes del país, debería estar absolutamente centrada en hacer que se cumpla a cabalidad la tarea de enseñar y el derecho de aprender sin recurrir a la nefasta medida de aprobar automáticamente el pase de curso en todos los niveles.

Improvisar, ocultar o esquivar la verdadera situación que vive el país es simplemente no tener ninguna consideración hacia la ciudadanía. Quienes gobiernan en todos los niveles creen que la gente ocupada en el peregrinaje cotidiano no percibirá el engaño, pero se equivocan porque hombres y mujeres de a pie valoran a quien actúa en beneficio de su vida y desprecia a quienes la desgracian. La población solo pide respeto.

*Lucía Sauma es periodista

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Asfixia

Nos impusieron una inaguantable cuarentena que se suponía daría tiempo para implementar los servicios de salud

/ 18 de junio de 2020 / 05:19

¿Quiénes deciden sobre la salud de los bolivianos? ¿Quiénes determinan las políticas de educación en el país? Estremece responder estas preguntas en tiempos de pandemia porque al parecer estamos en manos de quienes no tienen idea de lo que hacen o vayan a hacer. Caminan a tientas, van de tropezón en tropezón, resuelven a cara o cruz según se le antoje al azar.

Nos impusieron una inaguantable cuarentena que se suponía daría tiempo para implementar los servicios de salud y trazar las políticas a seguir haciéndole frente al coronavirus, pero a tres meses de encierro, rígido o flexible, estamos en la cuerda floja a punto de perder el equilibrio y sin red que aguante la caída. Mientras tanto las energías se gastan en jugar al tira y afloja para ver quién se queda con el SEDES de La Paz, ¿Con qué objeto? Cualquiera que sea no tiene nada que ver con el bienestar de la gente. En plena pandemia se cambian ministros de salud, se descubre un inconcebible hecho de corrupción con respiradores que no sirven para salvar vidas.

¿Qué podemos decir de la educación? Muchas promesas incluidas fechas para reactivarla con el uso de las nuevas tecnologías, anuncios de rescate de antiguas modalidades en educación a distancia. Nada de esto se implementó y van tres meses sin clases y sin atisbos de solución. ¿Las autoridades de educación tienen alguna certeza sobre cómo afrontar la ausencia de escuela? Día que pasa queda más claro que este año está perdido para los estudiantes.

Para seguir está la tormenta económica que ya deja sentir los rayos y truenos con que llegará. Los bonos ya se cobraron y  ya se gastaron. Junto a sectores como la construcción, la manufactura y la industrialización que intentan levantarse después de los golpes recibidos, aparecen los anuncios de venta o alquiler de cientos de locales, casas, departamentos sin ocultar los signos de abandono que dejó la pandemia y el encierro.

Y para rematar está el asunto político que no da tregua al ciudadano por lo mezquino del poder. Es el tema omnipresente que pone en cuarentena de olvido permanente a la gente de a pie, que vuelve sordos y ciegos a los políticos que detentan la autoridad,  quienes dejan de escuchar y  ver a los que claman por medicinas, oxígeno, o una cama de hospital. A quienes pierden su empleo y la  posibilidad de llevar comida a su casa. Es bueno que los políticos sepan que los clamores, los reclamos, la angustia de la gente será tan fuerte que no habrá sordera ni ceguera que los deje libres.

Lucía Sauma es periodista

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Cuarentena: Antes y después

Habrá cambios en los bolivianos después de 70 días de cuarentena, queda preguntarse ¿cuán mejores o peores seremos?

/ 4 de junio de 2020 / 05:24

“Vuelvo en 10 minutos”,  se puede leer en la puerta de vidrio de una tienda de ropa femenina. 70 días después de ese aviso, se ven en el piso los empolvados recibos de agua y luz que el tiempo de la cuarentena dejó acumular. Así se adormecieron todos los lugares que no fueran de expendio de alimentos, de medicamentos o bancos. Todo lo demás quedó bajo el régimen del letargo con la consigna de encerrarse para no morir. Fueron pasando los días, unos más animados que otros. Se inventó de todo para entretener a chicos y grandes. Las familias jugaron a reencontrarse, unas lo hicieron  y otras se perdieron en el intento. La soledad mostró su verdadero encanto a unos y su enorme peso a otros.

En la vida de las personas habrá un antes y un después de esta cuarentena. En ese entendido es posible preguntar ¿Que había antes de la cuarentena? Surge la respuesta de urgencia, antes de la cuarentena había mucha violencia en las familias. Había poca tolerancia entre padres e hijos. Mucho trabajo informal.  Gran daño al medioambiente. Mucha comida chatarra, en fin, podríamos hacer una lista interminable.

¿Qué cambió durante  la cuarentena? Si hacemos un recuento de lo que sucedió en esos 70 días de encierro los datos no hablan de cambios, sino más de constataciones. 15 feminicidios, 6 infanticidios, 44 violaciones y 1.282 casos de violencia a menores durante la cuarentena, confirman que el lugar más peligroso para niños y mujeres es el hogar, su casa. Estos días sin movimiento económico significaron jornadas de inactividad, pero quienes se buscan la vida día a día volcaron toda su iniciativa en la hechura de barbijos, máscaras, trajes de bioseguridad, como lo hacen siempre. Si es época de clases venden material escolar, si es Carnaval se dedican a llenar su carretilla con disfraces y en tiempo de tunas las venden con cáscara o peladas. Es el trabajo al que se dedica el 70 % de la población, es decir, la informalidad.  El medio ambiente se benefició con menos polución, sin el aire viciado por tanto automóvil.

Seguramente estos días sin escuela, sin clases en las aulas universitarias, cobrarán su costo en ignorancia y mediocridad.  Seguramente ya no seremos los mismos al terminar de verdad la cuarentena. Lo que no está claro es cuán mejores o peores seremos. ¿Para qué nos hemos preparado cuando sentíamos que nos ganaba el aburrimiento? ¿Con qué humor estará quien ha constatado que a nadie le importa? Pese a estas interrogantes aún prevalece la esperanza y estoy convencida de que la mayoría saldremos felices, con ganas de reinventarnos, con la certeza de haber entendido que me cuido para cuidar al otro porque somos una comunidad.

Lucía Sauma, periodista

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